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Libro PDF Hecho con amor – Lorraine Cocó

Hecho con amor – Lorraine Cocó

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—Hemos tardado quince minutos en atravesar trescientos metros. Espero que no lleguemos tarde o perderemos la oportunidad de participar.
Morris señaló la entrada de la caseta a Liam a pocos metros de ella.
—¿Lo has hecho más veces? ¿Cómo funciona esto?
Su cabo sonrió enigmáticamente y por un momento se preguntó dónde se estaría metiendo.
—Va a tener que ser valiente, sargento —Rio Morris.
—¿Por qué? ¿Qué es lo peor que puede pasar? —quiso saber Liam, y explayó la mejor de sus sonrisas.
—Pues el primer año que participé, yo buscaba conseguir un beso de Patricia, una preciosa maestra de secundaría con unas piernas de infarto.
—¿Y qué pasó?
—Que terminé besando a Dotty, la de la tienda de ultramarinos. No es fea del todo, pero tiene más bigote que mi tío Stuart. Y le aseguro, sargento, que nunca he
visto un mostacho como el suyo.
—Ya…—chasqueó Liam la lengua contra el paladar mientras entraba en la caseta; una enorme carpa donde la congregación de gente era muy similar a la de fuera. Sin
duda era una atracción popular aquella de los “Besos robados”. Nuevamente sintió crecer su curiosidad.
Él no era un hombre de ir besándose con cualquier mujer. Y si quiso ir hasta allí, evidentemente, había sido buscando a la pequeña morena que tanto le intrigaba.
Ahora se preguntaba si entre tanta gente conseguiría encontrarla. Echó un vistazo a un lado y a otro y se sorprendió al apreciar que cuantos le rodeaban eran hombres.
—¿Dónde demonios me ha metido, cabo?
—No se preocupe, sargento. Las chicas deben estar ya en sus puestos —contestó leyéndole la mente.
—Muy bien, creo que es hora de recibir un poco más de información.
Liam se cruzó de brazos sin moverse del sitio esperando que Morris comenzase a explicarse.
—Esto es como las apuestas, señor. Tiene que jugársela y dejarse llevar por su instinto. Cada año las chicas eligen qué parte de su cuerpo van a mostrar.
Liam elevó una ceja lleno de curiosidad.
—Después se colocan en los cubículos, y los chicos tienen que reconocerlas viendo solo la parte que exhiben. A la chica que elijan, pueden robarle un beso.
Está vez Liam se rascó la nuca riendo. Ahora ya sabía que se había vuelto loco al ir hasta allí. Sí, creía haberse fijado bien en la chica, pero tanto como para
reconocerla viendo una única parte de su cuerpo… Como no mostrase aquellas esculturales piernas… Por otro lado, la posibilidad de conseguir un beso de la morena
bien merecía hacer la apuesta. Inspiró enérgicamente llenándose de valor y optimismo.
—Oh, oh…
—¿Qué ocurre? —preguntó Liam girándose hacía Morris que de repente parecía confuso.
—Han elegido las manos. Es prácticamente imposible distinguirlas. Se cambian la manicura. También las joyas, entre ellas…
—Imagino que les gusta ponerlo difícil.
Había dado un buen repaso a la morena, pero tenía que reconocer que no se había fijado en sus manos. Había estado más entretenido en perderse en sus ojos, en sus
pestañas infinitas, en los gestos graciosos y ofuscados de sus pequeñas facciones, en las vertiginosas curvas de su menudo cuerpo. Pero las manos… Iba a ser una
apuesta arriesgada. Por un momento se imaginó siendo él, el que besaba en aquella ocasión a Dotty, la chica de los ultramarinos.
Pero no se iba a achantar. Era un soldado, el sargento primero de su pelotón. Pilotaba UH-60 Black Hawks. Tenía hombres, vidas, a su cargo. Había sido dos veces
condecorado por su valor en sus participaciones en la operación Libertad en Afganistán. No podía echarse atrás en ese momento. Solo tenía que agudizar el instinto.
—Muy bien, vamos allá —instó a Morris a seguirle, comenzando a hacer la rueda de reconocimiento.
Quince minutos estuvieron dando vueltas por la sala. Había visto tantas manos de chicas; grandes, pequeñas. De manicuras coloridas y variadas. Enjoyadas y
desnudas…Decidió descartar primeros la de tamaño más grande. Una chica pequeña, como ella, debía tener unas manos menudas. Después eliminó de su lista las de
manicura excesivamente cursi. Tampoco le parecía que fuese su estilo, aunque bien podría haber cambiado para despistar. Aún sí, decidió seguir adelante. En cuanto a
las joyas… ese era otro tema. Era fácil, como bien le había explicado Morris, que hubiese intercambiado accesorios con alguna amiga. Así que no podía fiarse.
Y entonces la vio.
Mostró una sonrisa ladina al detenerse frente a una mano menuda de piel delicada. Manicura discreta; apenas un poco de brillo sobre unas uñas cuidadas y
redondeadas. Un par de anillos plateados, uno en el índice y otro más fino en el anular. Podían haber sido de otra chica, pero lo que llamó su atención fue un pequeño
rastro de algodón de azúcar rosa que se había adherido al primero de los anillos.
Recordó como minutos antes ella había tomado una buena madeja de su algodón dulce para callar a su amiga. Debió de mancharse en ese momento. Todo lo demás
coincidía con ella. Tomó aire. Tenía que jugársela, y sin pensárselo más se colocó frente al cubículo y fue a tomar la pequeña mano con la suya.
Poppy estaba aguardando en su cubículo con la mano en la bandeja, esperando ser elegida por alguno de los chicos que participaban en la caseta. Si no hubiese
perdido aquella maldita apuesta con su hermana, dos semanas atrás, ese año se habría librado de participar. Pero Maggie la conocía demasiado bien, y en cuanto vio
entrar al sargento guaperas en el local, supo que haría de las suyas. No sabía si de haber recordado la apuesta entre ambas, habría evitado derramar el batido sobre él. Lo
dudaba. Pero lo cierto es que en ese momento se había visto tan furiosa, tan provocada por su altanería, que solo pensó en refrescarlo un poquito. Sonrió con malicia al
recordarlo parpadear con el rostro lleno de batido. Lo tenía bien merecido. Pensándolo bien, el precio a pagar por haberlo hecho no era tan alto. Un beso, nada más.
Entonces, sin previo aviso, una mano grande tomó la suya, sorprendiéndola. Tuvo que morderse el labio inferior para evitar una expresión malsonante. La mano del
hombre cubría la suya por completo. Debía ser un tipo grande. El tacto era cálido y agradable. Se alegró de que no fuese uno de esos tipos de manos sudorosas y tacto
frío que tanto le repugnaban. La palma era un poco áspera pero la tocaba con delicadeza. Se sorprendió disfrutando de la inesperada caricia de su dedo índice sobre la
piel fina y sensible del interior de su muñeca, sobre una pequeña mariposa tatuada en blanco y negro que se había hecho un par de años antes. Contuvo el aliento al
sentir como su corazón se desbocaba con aquella mínima caricia.
—¡A todos los solteros! ¡Espero que estéis seguros de vuestras elecciones! ¡Ha llegado el momento de descubrir a quién habéis elegido!
Una voz femenina, por megafonía, anunció el gran momento. Y Poppy aprovechó la interrupción para deshacerse del turbador contacto de aquella mano sobre la
suya. Se preguntó cómo sería ser besada por el hombre que le había provocado tantas reacciones solo tocándole una mano.
—¡Solteros, podéis entrar en los cubículos! —volvió a anunciar la voz femenina, cargada de entusiasmo.
Poppy contuvo el aliento extrañamente nerviosa. Su espacio se abrió y el aire se hizo doloroso en sus pulmones al ver quién era el propietario de aquella mano
tortuosa.
Liam se encontró con aquellos maravillosos ojos castaños y respiró aliviado al ver que se trataba de ella. Solo había ido hasta allí y participado en aquella excéntrica
atracción con la esperanza de probar los labios de la preciosa chica que tenía frente a él. Si no la hubiese visto en su salsa, en pie de guerra, habría jurado que estaba tan
nerviosa como él. Lo miraba fijamente y aunque esperó un segundo que protestara o le hiciese algún comentario ácido al verlo frente a ella, no lo hizo. Se mantuvo en
silencio viéndolo acercarse un paso más, para quedar a pocos centímetros de su rostro.
Las luces de la caseta bajaron de intensidad y en el hilo musical comenzó a sonar “Like i’m Gonna lose you” de John Legend y Meghan Trainor. El ambiente más
romántico no podía ser. Bueno, podrían haber estado solos, pero la habría besado en mitad de aquella feria de haber tenido la oportunidad. La observó un segundo
mientras ella abría ligeramente aquella boquita de labios provocadores, conteniendo el aliento. No podía esperar más, no quería darle la oportunidad de arrepentirse de
estar allí, y rodeó su pequeño rostro con las manos. La sintió estremecerse bajo el contacto de sus dedos que llegaban hasta su nuca, enredándose en su cabello oscuro y
sedoso. Se inclinó sobre ella deseoso de perderse en el sabor de su boca, y pegando sus rostros, se apropió de sus labios presionándolos con los suyos, ligeramente,
tanteándolos, sucumbiendo al tacto delicado y exquisito de los mismos. La respiración de ambos se aceleró inmediatamente, como si el aire se espesase para ambos.
Como si el anhelo creciese entre ellos como una ola imparable. Liam presionó con mayor intensidad y cuando un pequeño gemido escapó de los labios femeninos,
introdujo su lengua en busca de la suya. La danza sensual, íntima y cálida de sus jugos, de sus lenguas insaciables, lo emborrachó haciendo que olvidase dónde estaba.
Bajó un brazo y la rodeó por la cintura elevándola contra su cuerpo, pegándola a él. Queriendo sentir como las curvas excitantes de la chica se acoplaban a su cuerpo de
manera más íntima. El siguiente gemido en escapar fue el suyo, cuando ella rodeó su cuello con los brazos y le mordió el labio inferior con exquisita ternura.
Quería mucho más.
Pero la canción terminó y una sirena que anunciaba el final del tiempo del beso sonó retumbando en sus oídos. Liam, con pereza, separó los labios de la chica con la
respiración entrecortada y la mirada nublada por el deseo. Pero mantuvo la frente apoyada en la de ella, un par de segundos, mientras intentaba recobrar el control de
sus sentidos. Lentamente la chica se separó de él, bajando las manos por su cuello, hasta posarlas en su pecho. Y sintió como ya comenzaba a anhelarla a pesar de seguir
manteniendo las manos en su cintura.
Poppy dio un paso atrás para terminar de separarse del cuerpo del sargento. Se sentía mareada, con la respiración agitada y confusa. Jamás se había visto tan
alterada con un único beso y temió caer de bruces en aquel mismo instante, ante la atenta mirada del hombre que acababa de despertar cada uno de sus sentidos.
—¡Qué bien que te encuentro! Tenemos que irnos de aquí, ¡ya! —interrumpió el momento Nora apareciendo tras ella. La tomó de la mano sin percatarse del estado
de la pareja que se miraba en silencio en el cubículo —Me ha tocado Izan Show, no hace falta que te explique que necesito urgentemente mi enjuague bucal, ¿verdad?—
prosiguió tirando de ella fuera del cubículo enérgicamente.
Poppy salió de allí sin apartar la vista de aquella preciosa mirada verde.
—Oye, ¿no era ese el guapo sargento de la caseta de tiro? —Le preguntó Nora ya en la calle— ¡Qué suerte tienes, chica! Este es el último año que participo yo.
Nunca me toca uno guapo…
Nora se giró al sentir que estaba hablando sola. Se encontró con su amiga, parada, con la mirada perdida en algún punto del suelo, tocándose los labios enrojecidos y
ligeramente inflamados. Y supo que el momento que tanto había esperado para ella, había llegado.
Capítulo 5
—¡Lo siento! Sé que llego tarde. Es que no he pegado ojo esta noche —se excusó Poppy entrando tras la barra de la cafetería mientras se anudaba el delantal a la
espalda. Maggie entornó la mirada echándole un vistazo.
—Levas toda la semana con excusas. No sé qué te pasa, Poppy, pero no eres la misma desde entonces. Parece que estás en las nubes. No te veía así desde el colegio,
más concretamente desde el último año, cuando te quedaste colgada de aquel chico desgarbado… ¿Cómo se llamaba? —preguntó Maggie a su hermana acercándose a
ella.
Poppy se había dirigido directamente a la cafetera y empezaba a servirse un café doble.
—No sé de qué me hablas. Yo no me colgué de nadie en el último curso…
—¡Claro que sí! Era ese chico tan vergonzoso que iba contigo a clase de dibujo… Tienes que acordarte, si no hacías más que hablar de él. Papá lo asustó un día que
vino a recogerte, mientras limpiaba su arma —recordó con una sonrisa.
Maggie miró a su hermana esperando que esta corroborase su historia pero Poppy no hizo ademán de colaborar. Solo se bebió el café de un trago, como si de veras
lo necesitase tras una larga noche en blanco.
—Tienes que acordarte —insistió—, si hasta le pusimos un mote…
—¡Oh! ¡Dios mío, Maggie! Eres tremenda. ¿No sabes parar? ¡Era Timothy Thomas! Y el mote se lo pusiste tú. Lo llamabas “Timtom Tontón”.
Maggie comenzó a reír al recordarlo.
—Es cierto, el mote se lo puse yo. Es que era tan… pavito…
Maggie vio como Poppy fruncía el ceño aún más que a su llegada y decidió dejar el tema de Timtom tontón antes de terminar de despertar a la fiera.
—Ujum… en fin. Que no te veía tan despistada desde entonces. ¿Qué es lo que te pasa? ¿Qué me ocultas?
Siguió a Poppy hasta el extremo de la barra de la que tomó una gran bandeja ovalada para recoger las copas vacías de las mesas.
—No me ocurre nada en absoluto.
—Poppy, te conozco como si te hubiese parido —la adelantó y se colocó frente a su hermana impidiéndole el paso de salida de la barra.
—Pues parece que no tanto —replicó evitándola. Pasó por su lado y se dispuso a salir, pero entonces se detuvo en seco.
Se quedó blanca como el papel al ver al sargento sentado en una de las mesas, al otro lado del establecimiento. Y no estaba solo, lo acompañaba una bonita rubia con
la que mantenía una, aparentemente, agradable e íntima conversación.
Dejó caer la bandeja metálica a sus pies, armando un terrible estrépito. El escándalo llamó la atención de la media docena de clientes que había en el local. Y todos
dirigieron su interés a la barra. Poppy se agachó inmediatamente y, parapetándose tras el mostrador, recogió la bandeja con pulso trémulo.
¡Estaba allí! Hacía una semana que no lo veía. Una semana en la que tras el beso más alucinante que le hubiesen dado en su vida, no había vuelto a aparecer por allí.
Cada día había ido a trabajar esperando secretamente que apareciese, pero no lo había hecho. Y cada vez que veía pasar las horas de sus turnos, en las que había
aguardado patéticamente que lo hiciese, se sentía la mujer más estúpida del mundo. ¡Si él ni siquiera le gustaba!
Sí, besaba como un demonio, pero lo último que ella haría sería tener una relación con un maldito militar. ¿Qué hacía aguardando que hiciese acto de presencia por
allí? ¡Era una autentica estupidez!
—¡Dios mío! ¡Te gusta el sargento! —le dijo su hermana a su lado.
Poppy tiró de su mano con nerviosismo, haciendo bajar a Maggie hasta su altura.
—¿Te has vuelto loca? ¡Calla esa boca!
Maggie observó el rostro de su hermana completamente desencajado. Estaba pálida, nerviosa y sus manos temblaban más que su vieja lavadora en el programa de
centrifugado. Estaba realmente descompuesta. Aquello era grave y sonrió feliz sin poderlo evitar.
—¿Por qué no sales a saludarlo?
La mirada desorbitada de su hermana le dejó claro que pensaba que había perdido la cabeza.
Poppy se levantó y volvió al interior del mostrador. Con la cabeza gacha lo recorrió deshaciendo su camino anterior y volvió a dejar la bandeja en su sitio. Escondida
tras la vitrina de los muffins echó un vistazo rápido entre los pasteles al sargento y su acompañante. La rubia posaba en ese momento una mano sobre la de él. Poppy
recordaba perfectamente el tacto de esa mano masculina.
—Lleva aquí solo quince minutos —la informó Maggie a su oído dándole un susto tremendo.
—¿Y a mí qué demonios tendría que importarme cuánto tiempo lleva aquí ese idiota?—le espetó con mirada furiosa.
Pasó junto a su hermana y fue al otro extremo del mostrador. Necesitaba mantenerse ocupada y no pensar. Tomó la caja de las pajitas y se dispuso a rellenar los
dispensadores que solían poner en las mesas. Por suerte Maggie no lo había hecho aún. Así le daba algo en lo que ocupar su mente a punto de ebullición, mientras se
escondía detrás del mostrador.
¡Era increíble! No había aparecido en una semana entera, tras… “el incidente”. Y cuando lo hacía finalmente, iba acompañado de una rubia y se dedicaba a hacer
manitas. ¡Allí mismo! Estaba claro que para ella, “el incidente”, había significado mucho más que para él. Tal vez el sargento sirope estaba acostumbrado a ir besándose
así con mujeres, cada dos por tres. Un exceso de práctica explicaría sus extraordinarias dotes para excitarlas con su solo contacto. Apretó los labios hasta que fueron una
línea cargada de ira. No sabía si más hacia él o hacia su propia persona. ¿Cómo había sido tan patética dedicándole docenas de pensamientos aquellos días? ¿Se le habían
atrofiado las neuronas con el beso?
—¿Sabes? Me han hablado muy bien de él. Según parece viene de Montana… —comenzó a explicarle su hermana no dándose por vencida. ¿Por qué insistía?
¿Acaso no veía que él iba acompañado?
Poppy resopló enérgicamente cerrando los ojos. Empezó a contar mentalmente, pero no pasó del uno.
—¿Se puede saber qué demonios te pasa, Maggie? Ya te lo he dicho, ¡no me interesan ni el estúpido sargento, ni su estúpida vida! —le dijo elevando la voz, al
tiempo que se levantaba y encaraba a su hermana. Pero en ese momento lo vio allí, frente a ellas. Parado tras el mostrador, con la intención de pedir algo.
El rostro de Poppy pasó del blanco como el papel al rojo más escandaloso.
—Hola Poppy —la saludó. Y en su rostro no pudo adivinar cómo había recibido su efusiva declaración.
—Maggie, atiende tú a este cliente. Yo estoy ocupada —fue la contestación de Poppy. Abandonó la zona en la que atendían a los clientes y volvió al fondo del
mostrador, con la cabeza muy alta.
Liam la vio marchar con gesto altivo y elevó una ceja preguntándose qué habría hecho para obtener semejante recibimiento. Llevaba una semana deseando ir a verla.
Desgraciadamente los entrenamientos de aquellos días le habían impedido hacerlo antes. Ese había sido el primer día en poder ir hasta allí y, como no podía esperar más,
aunque había quedado con Amy, aprovechó la cita haciéndolo en la cafetería. Sin embargo y a pesar de que aquel encuentro era importante, (la razón que lo habían
llevado hasta el pueblo), desde que entró en el local no había hecho otra cosa más que buscar con avidez a la pequeña morena. Su desilusión iba creciendo conforme
pasaban los minutos hasta que la vio al otro lado del mostrador. Entonces no pudo esperar más y se acercó con la excusa de pedir un pastel para su acompañante. Pero
era evidente que Poppy estaba enfadada con él. Aunque no imaginaba por qué pues aún no le había dado tiempo a sacarla de sus casillas.
—¿Qué te trae de nuevo por el mostrador? —le preguntó Maggie interrumpiendo sus pensamientos.
La mujer le brindó una sonrisa curiosa, y Liam resopló. Igual se había equivocado y el beso con Poppy había significado mucho más para él que para ella. Desde que
la tuvo entre sus brazos, desde que probó el tortuoso y adictivo sabor de sus labios, de su lengua, no había dejado de pensar en ella. Como si se hubiese grabado a fuego
en su mente. Una y otra vez veía como sus pensamientos terminaban recordando el tacto de su piel, el olor de su cabello mientras la besaba, la sensación abrumadora de
descontrol y deseo que lo envolvió al sentirla junto a él. Aquella pequeña mujer se le había colado dentro y desde que la vio marchar en la caseta de los besos tuvo claro
que necesitaba más de ella. Mucho más.
—Sargento…
Volvió a llamarlo Maggie evidentemente contrariada por el hecho de que no le hubiese hecho su pedido aún.
—Necesito hablar con Poppy —atajó sin rodeos.
—¿Ahora la tuteas? —le preguntó la mujer.
La vio mirar a su hermana y después a él con el ceño fruncido, como intentando averiguar qué se le estaba escapando.
— ¿Qué ha pasado entre vosotros?
—La besé —confesó sin más. No solía hablar de su vida privada, pero esperaba encontrar en Maggie una aliada para acercarse a Poppy.
La vio abrir los ojos desorbitadamente sin dar crédito a sus palabras. Estaba claro que ella había sido mucho menos abierta con su hermana, y no le había contado lo
sucedido entre ambos.
—Pues has debido causarle una gran impresión. Llevo toda la semana preguntándome qué demonios le está pasando. ¡Wow, sargento! Tenías razón, sabes lo que
haces —le dijo con admiración.
—Bueno, por el recibimiento, no diría yo que tanto… —dijo rascándose la nuca.
Maggie observó al sargento mirar a su hermana y su gesto de abatimiento la conmovió.
—Muy bien. A ver lo que haces…
Liam la miró interrogativamente.
—¡Poppy, atiende tú, tengo que salir con urgencia! —llamó Maggie a su hermana mientras sacaba de debajo del mostrador su bolso, con premura, y se lo colgaba al
hombro.
Poppy vio a su hermana dispuesta a marcharse y comenzó a temblar.
—¡No, Maggie, no puedes irte…! —Corrió por el mostrador intentando interceptarla pero, cuando llego al final del mismo, ya había salido por la puerta. Se detuvo
y resopló frustrada.
Su hermana se lo iba a pagar, se juró a sí misma.
Dio un par de pasos marcha atrás, lentamente, sin prisas. Hasta quedar a la altura del sargento. Tomó aire mientras apoyaba ambas manos en el frío mostrador y
levantó la mirada sabiendo que no le quedaba más remedio que enfrentarse a él.
—¿Qué quieres? —le preguntó intentando aparentar una frialdad que no sentía ni de lejos.
—Una cita.
Poppy tragó saliva antes de hablar.
—Lo siento, no tenemos de eso —le dijo tomando la bayeta. Dejó de mirarlo y comenzó a pasarla por el mostrador enérgicamente.
Liam no lo pensó ni un momento. Le daba igual lo difícil que se lo pusiese, pero iba a conseguir quedar con ella. Posó una mano sobre la suya deteniéndola sobre la
barra.
Poppy sintió como se le paraba el corazón dolorosamente en el pecho al sentir su cálido contacto.
—No puedes obviar lo que pasó entre nosotros el otro día…
Poppy tomó aire.
—Claro que puedo hacerlo. Quédate un rato más ahí, con… —apretó los labios en una mueca— tu amiga, y observa.
Tras un momento de perplejidad, un pensamiento iluminó la mente de Liam y sonrió satisfecho. ¿Estaba celosa? ¿Podía aguardar alguna esperanza después de todo?
—Lo que quiero decir es que… no quiero que lo hagas. Yo no he podido hacerlo. No he dejado de pensar en…
—“El incidente” —terminó la frase Poppy por él, queriendo quitarle importancia.
—El increíble beso que nos dimos —la rectificó él.
Poppy volvió a apretar los labios con impaciencia. Esos labios que sabían tan bien y que se moría por degustar otra vez.
—Mira, no quiero molestarte. Estás trabajando. Solo quiero que me des la oportunidad de conocerte y que me conozcas. Tal vez te sorprenda lo que descubras de
mí y veas más allá de mi uniforme.
Poppy lo miró a los ojos y durante un segundo se perdió en su fascinante mirada verde. Ya sabía todo lo que tenía que saber de él. Y si una cosa tenía clara, era que
no iba a convertirse en una muesca más en la lista de conquistas del “Sargento Sirope”. Pero no podía estar todo el día allí, perdiendo el tiempo con él.
—Está bien… —dijo ella pronunciando las palabras lentamente.
Liam no podía creer que ella hubiese aceptado tan rápidamente. Pero para su sorpresa Poppy tomó su mano, le dio la vuelta y apropiándose del bolígrafo con el que
apuntaban los pedidos, le anotó su teléfono en la palma de la mano.
—Llámame y quedamos. Si ves que tardo en cogerlo, insiste. No suelo llevarlo encima.
—¡Claro! Dalo por hecho —dijo contento.
—Estaré esperando impaciente —dijo ella ampliando su sonrisa.
Liam le devolvió el gesto y mirándose incrédulo la palma, volvió a su mesa para terminar con su cita.
Capítulo 6
«¿Dónde radica la diferencia entre ser insistente y el acoso más brutal?», se preguntó Liam al finalizar su decimosexto intento de contactar con Poppy, aquella
semana. Ella le había dicho que insistiese, que no solía llevar el teléfono encima. Pero el hecho de no haber conseguido hablar con ella aun, ¿no era una señal clara de que
había cambiado de opinión? No podía creer que no hubiese oído alguna de sus llamadas. Ni visto los avisos en su móvil. Y de haberlo hecho, ¿no podría haberle enviado
al menos un mensaje? Empezaba a sospechar que lo estaba evitando.
Completamente frustrado lanzó su móvil a la cama justo en el momento en el que este comenzó a sonar. Sorprendido, se lanzó sobre su catre al ver el aparato
rebotar sobre la manta verde y caer en el suelo. El teléfono terminó bajo un armario. Tuvo que tirarse al suelo a rescatarlo, temiendo que la llamada finalizase antes de
que pudiese hacerse con él. Cuando consiguió finalmente alcanzarlo, efectivamente, este dejó de sonar. Volvió a resoplar sin quitar ojo de la pantalla. Sí, era el teléfono
de Poppy. Antes de pensarlo presionó el botón de re-llamada. No tuvo que esperar ni un tono cuando una voz masculina contestó.
—¡Digaaa!
Liam se quedó perplejo unos segundos. Si algo no había esperado era que después de pasar los últimos cinco días llamando a Poppy, cuando finalmente consiguiese
contactar con ella, fuese un hombre el que le contestase al otro lado de la línea, pero… podría ser su padre.
—Perdone… Estoy intentando hablar con…
—Ya he visto que es usted bastante insistente. Acabo de contar diecisiete llamadas, joven. Espero que no tenga usted la intención de venderme algo. Los hombres de
Dios también perdemos la paciencia… —lo interrumpió el hombre. Su voz era rasgada y cargada de impaciencia.
—¿Hombres de Dios? Señor, yo estoy intentando hablar con una chica…—intentó explicar Liam completamente alucinado.
—¿Pero qué cree usted que es esto, una línea de esas calientes? ¡Válgame Dios! ¡Y por el número de llamadas que ha hecho, está usted realmente desesperado,
joven!
A Liam las palabras se le atragantaron en la boca. ¿Una línea caliente? Parecía un hombre mayor. A lo mejor era su abuelo.
—Señor, yo no estoy llamando a una línea… ¡ujum! Caliente.
—Eso ya lo sé, joven. ¡Me está llamando a mí! De manera demasiado insistente, todo hay que decirlo. Pero si está buscando una chica de esas, de moral dudosa, no
será en mi iglesia el lugar en el que la encuentre.
—¿En su iglesia? ¿De moral dudosa? No entiendo nada…
Liam comenzó a rascarse la nuca. Aquella era la conversación más extraña que había tenido jamás.
—Joven… —resopló el hombre como si estuviese acabando con su paciencia— Está usted llamando al teléfono de la iglesia St.Patrick’s. Soy el padre Michael.
En su mente Liam visualizó a la pequeña morena que lo había tenido cinco días llamando a distintas horas a aquel teléfono, riéndose y mofándose a su costa. En
aquel momento besarla era lo último que le apetecía.
—Discúlpeme padre Michael, no era mi intención molestarle. Me temo que he sido víctima del extraño humor de una señorita… En fin, de veras le pido disculpas.
No volveré a llamarle.
—Eso espero, joven. ¡Y deje de llamar a esos sitios indecentes, mejor se busca a una buena chica con la que tener una relación de verdad! —farfulló el anciano antes
de dar la llamada por finalizada.
Liam colgó alucinado.
—Poppy, Poppy, Poppy… Si crees que esto va a quedar así, aun no sabes con quien estás jugando —En los labios de Liam se dibujó una enigmática y peligrosa
sonrisa. .
No, Poppy no sabía hasta dónde era él capaz de llegar, pero muy pronto lo sabría.
***
Poppy llegó a su casa cansada y con un único pensamiento en mente, irse a la cama cuanto antes. Había estado trabajando todo el día. Lo único que ansiaba era
refugiarse en su cuarto, ponerse algo de música y caer en los dulces brazos de Morfeo. Pero era viernes por la noche y de ninguna manera, su hermana o su cuñado, la
dejarían escabullirse. Los viernes eran en su familia desde hacía muchísimos años el día destinado a la cena familiar. El resto de la semana o bien por los turnos de su
cuñado en la base o por los de ellas en la cafetería, era difícil coincidir.
Entró en casa arrastrando los pies. Dejó el abrigo en el zaguán, el bolso bandolera colgado del perchero y el pañuelo sobre este.
—¡Hola a todos! —dijo a gritos desde la entrada— ¿Dónde estás enano? ¿Por qué no has salido a recibir a tu tía favorita? —Preguntó extrañada al ver que Junior no
iba corriendo hasta la entrada para recibirla con un enorme abrazo, como cada día a su vuelta.
Tal vez se había escondido. No era la primera vez que el pequeño granuja de siete años lo hacía para después asustarla pillándola desprevenida. Con sigilo fue hasta
la escalera y se agachó para pescar al pequeño terremoto, que esperaba estuviese escondido en el armario bajo la escalera. Abrió la puerta del armario con un movimiento
rápido.
—¡Te pillé! —gritó esperando sorprenderlo. Pero la sorpresa se la llevó ella al no encontrarlo allí.
«¿Dónde demonios se habría metido ese granuja?», pensó. Desde que volvió a casa al finalizar sus estudios en la escuela de arte, hacía más de un año, ni un solo día
el pequeño pillo había faltado a recibirla con entusiasmo. Hasta cuando estaba enfermo lo encontraba envuelto en su bata, sentado a los pies de la escalera, esperándola
pacientemente. Empezó a sospechar que algo no iba bien. Entonces decidió dirigirse a la cocina que era la puerta más próxima a ella. Seguro que su hermana estaba
terminando de preparar la cena.
Cuando entró allí efectivamente fue recibida por los deliciosos olores de la cena. Maggie era buena cocinera y como Todd, su marido, era un hombre de buen comer,
se esmeraba en preparar cada día estupendos platos para él y el resto de la familia. Pero los viernes aún se esforzaba más. Solía dedicar la tarde a elaborar algún
suculento asado que acompañaba de patatas, ensaladas, y por supuesto una estupenda tarta casera.
Allí estaba todo. La ensalada y la tarta sobre la barra de robusta madera que conservaban desde que ella era niña. Aunque Maggie insistía últimamente en que debían
cambiarla. Ella se resistía a desprenderse de aquella antigua pieza llena de marcas y recuerdos; como los desayunos con su padre, las veces que lo había acompañado
mientras él limpiaba allí mismo su arma, o cuando la enseñó a jugar a las cartas apostando con galletas.
No, definitivamente no iban a deshacerse de la encimera. Se agachó para mirar dentro del horno. Allí aguardaban el cordero y unas doradas patatas asadas con
mantequilla que abrieron su apetito brutalmente. La que no estaba en la cocina era su hermana. Entonces decidió ir directamente al salón, seguramente la estaban
esperando viendo la tele. Oyó voces al otro lado de la puerta mientras empujaba la madera y sonrió. Hasta que entró en el salón y se encontró allí, sentado entre su
cuñado y su pequeño sobrino, a Liam, regalando sonrisas a diestro y siniestro como si estuviese pasando la mejor de las veladas. En su casa, en su sofá. Recibiendo las
miradas de adoración de su sobrino, que le correspondían solo a ella.
Poppy contuvo el aire a punto de desmayarse.

Capítulo 7
—¡Ya está aquí mi cuñadita! —Todd fue el primero en dirigirse a ella— Te esperábamos impacientes, nos morimos por probar el asado de esta noche —dijo su
cuñado levantándose de su sillón de cuero marrón. Se acercó a ella y la rodeó por los hombros con uno de sus enormes brazos.
Liam imitó su gesto y se puso en pie tras él, sin mermar un ápice su enorme sonrisa. Disfrutando ladinamente de su turbación.
—Ven, esta noche tenemos un invitado muy especial. Te lo presentaré, aunque tengo entendido que ya os habéis visto en la cafetería —Su cuñado la guio por el
salón hasta dejarla frente a Liam. De repente se encontró entre aquellos dos gigantes, sin escapatoria posible. Y tragó saliva con dificultad.
Poppy miró a su hermana, un paso por detrás de Liam. Esta aunque mostraba la misma sonrisa encantada que su marido, estrujaba un trapo de la cocina entre sus
manos con nerviosismo y le brindaba una mirada suplicante. Estaba claro que temía que montase una escena. Poppy tomó aire y apretó los labios evitando soltar uno de
sus exabruptos.
—Sí, ya nos habíamos visto antes… —dijo mirando al “Sargento Sirope”. Si hubiese tenido a mano en ese momento una de sus fabulosas copas de batido helado le
habría borrado la sonrisita tonta de la cara.
—Pero no hemos sido presentados formalmente, me temo —añadió Liam clavando su mirada verde en las pupilas centelleantes de la morena.
Esta vez Poppy tuvo que morderse el labio hasta enrojecérselo para no soltar allí mismo que habían tenido mucho más que una presentación formal.
—Pues eso hay que solucionarlo inmediatamente —comentó su cuñado empujándola ligeramente hacia el sargento.
Poppy se tensó como una cuerda. Adoraba a Todd que para ella era más un hermano mayor que el marido de su hermana. Y una de las cosas que más le gustaban de
su cuñado era su prudencia a la hora de inmiscuirse en su vida, mucho más en la concerniente a los hombres. En eso no se parecía en nada a la entrometida de su
hermana. Todd jamás había intentado emparejarla con uno de los muchos militares de la base. ¿Por qué tenía interés en aquella ocasión en presentarle precisamente a
este?—
Poppy, este es Liam Wallas, mi nuevo sargento primero. Nos conocimos en la última misión a la que fui en Afganistán y me dejó impresionado. Además de ser el
piloto de helicópteros con más pericia que he conocido jamás, es un excelente francotirador, y uno de los hombres con más valor de con cuantos he tenido el honor de
servir —dijo su cuñado hinchando el pecho con orgullo.
—El honor es mío, mayor —fue la contestación de Liam con una leve inclinación de cabeza.
Poppy empezaba a aburrirse con tanto baño de elogios. Pero entonces le tocó a ella. Y Todd volvió a empujarla ligeramente para que se acercase a Liam. No pudo
menos que torcer el gesto.
—Liam, esta es mi preciosa cuñada, Poppy. Es una artista maravillosa. Todos los cuadros de esta casa los ha hecho ella —añadió en la presentación, señalando las
paredes del salón en las que habían varias de sus obras expuestas.
No quería que él las viese ni averiguase más cosas sobre ella.
—He tenido la oportunidad a mi llegada de admirarlos y son fantásticos. Señorita Bocook, tiene usted mucho talento.
Poppy sintió que las mejillas comenzaban a arderle. ¿De veras creía que tenía talento? ¿Acaso debería importarle que así fuese? ¿Dónde había dejado a la rubia esa
noche? ¿Y a qué venía tanto formalismo? ¿Se le había olvidado ya que había tenido la lengua dentro de su boca? Menudo papelón estaba haciendo delante de su cuñado.
El encuentro apestaba a encerrona que tiraba de espaldas.
Todd le dio un golpecito en el hombro, apremiándola a devolver el comentario a su sargento.
—Gracias —dijo en tono seco—, si me disculpáis, voy a asearme para la cena —Se excusó sin más y salió de allí antes de perder los estribos.
Subía los escalones hacia su cuarto, de dos en dos, apretando los puños e intentando contener el corazón en el pecho. Tan absorta estaba en el batiburrillo de
emociones que la azotaban que no se percató de que su hermana la seguía, completamente azorada, hasta que estuvo a punto de cerrarle la puerta del cuarto en las
narices. Al descubrirla, no la dejó ni hablar.
—¿Qué demonios hace él aquí? —preguntó señalando hacia la puerta y se quitó las zapatillas que usaba para trabajar.
—Es cosa de Todd. Estoy tan sorprendida como tú. Me llamó esta tarde para decirme que había invitado a cenar a la nueva incorporación de su pelotón, su nueva
mano derecha. La verdad, no imaginé que se trataría del mismo hombre que te tiene tan trastornada.
Poppy la fulminó con la mirada.
—¡No me tiene trastornada en absoluto! Es que es un… Estoy segura de que lo ha hecho a propósito para vengarse. No sé qué intenciones tiene pero no es trigo
limpio.
—¿A vengarse de qué? Pensé que con el beso habíais solucionado ya el suceso del batido.
Poppy se sintió enrojecer hasta el cuero cabelludo. Sabía que el maldito “Sargento Sirope” había contado a su hermana lo del… “incidente”. No imaginaba con qué
intención. Pero si estaba diciendo por ahí, a todo el mundo, que la había besado, le iba a arrancar la piel a tiras. Ella no era la comidilla de nadie, y menos de los zoquetes
de la base. Un escalofrío le recorrió la espalda solo de pensarlo.
—No lo conoces… —dijo al tiempo que se sacaba el uniforme por la cabeza.
—¿Y tú sí? —preguntó su hermana cruzándose de brazos.
—Lo suficiente. No me hace falta saber más.
Tomó un vaquero ajustado y un sencillo suéter blanco de angora, que la hacía parecer un dulce pompón. Que fuese su favorito y el que pensaba que le favorecía más
no tenía importancia ninguna.
—Ya lo has oído, Todd lo tiene en alta estima. Tienes que hacer un esfuerzo por comportarte esta noche.
—Eso me extraña aún más. Tu marido suele tener buen ojo con la gente. No entiendo cómo puede deshacerse en elogios con el “Sargento Sirope” —Se agachó y se
puso sus botas favoritas.
—Imagino que él habrá llegado a conocerlo mucho mejor de lo que lo hayas podido hacer tú en un par de breves encuentros.
Poppy frunció el ceño mientras se presionaba las mejillas ligeramente para infundirse color. También tomó su brillo de labios y puso una capa ligera sobre los
mismos. Se miró en el espejo y decidió rehacerse el recogido bastante deshecho ya a esas horas. Maggie observaba todo aquel ritual para arreglarse que sobrepasaba con
creces lo que su hermana solía hacer para “asearse antes de la cena”, y se le escapó una sonrisa traviesa.
—Bueno, tú hazlo por Todd. Sabes lo mucho que te quiere y no merece que lo pongas en evidencia delante de su subordinado. No mermes su autoridad, Poppy.
Compórtate. Pasaremos una agradable velada y pronto se marchará.
Poppy miró a su hermana a través del espejo y después su rostro arrebolado. No le quedaba más remedio que hacerlo, pero si el “Sargento Sirope” tenía intenciones
ocultas con aquella visita, iba a hacer que se arrepintiese de cada minuto de aquella cena.

Capítulo 8
Después de hora y media de cena Poppy tenía varias cosas claras; la primera, que el “Sargento Sirope” conseguía que perdiese el apetito. Algo inconcebible hasta el
momento. Pues a pesar de lo que podía aparentar, disfrutaba del placer de la comida más que de ningún otro. Sin embargo, durante toda la cena, no pudo meterse en la
boca más de un par de trozos de patata y otro par de cordero, bajo el intenso escrutinio de Liam, que cada dos por tres buscaba incluirla en la conversación y de paso la
observaba con atención.
Pero tampoco ella se había quedado corta. El ochenta por ciento de la charla de la cena se había centrado en contar anécdotas del periodo que tanto su cuñado como
el sargento habían compartido en Afganistán. Y mientras los hombres se enfrascaban en la conversación ella había podido observarlo a sus anchas.
Escucharlos también la llevó comprobar que no se había equivocado en nada. Liam era uno de esos militares, como su cuñado, o como lo había sido su propio padre.
Uno de los que se alistaban llevados por el más exacerbado patriotismo. Amaban la acción y la adrenalina. Llevaban los colores de la bandera americana en la sangre y su
prioridad ante todo era servir a su país.
Todd narró al menos cuatro ocasiones en las que el sargento había puesto su vida en riesgo para salvar la de alguno de sus compañeros. Por ello era apreciado,
admirado y había sido galardonado con la medalla del servicio meritorio de defensa y doblemente condecorado con la medalla de bronce. Con tan solo veintiocho años
tenía un gran futuro ya dentro del ejército. Y todo aquello también lo convertía en el último candidato en su lista de posibles relaciones.
Ella había sido testigo, primero con su madre, y después con su hermana, de lo que significaba enamorarse de hombres como aquellos. Hombres que podían
desaparecer de un día para otro de tu vida. Que se perdían la mayor parte de los momentos importantes de su familia. Que dejaban atrás mujeres e hijos que sufrían día
tras día por ellos, sin saber si los volverían a ver tras marchar por la puerta.
No, ella no se iba a convertir en la sufridora novia, mucho menos esposa, de uno de aquellos héroes. No iba a hacer pasar a sus hijos por la infancia que tuvieron su
hermana y ella.
Inconscientemente frunció el ceño.
—¿Te estamos aburriendo, cuñadita? —le preguntó Todd al ver su gesto.
—En absoluto. Solo estaba pensando que se hace tarde. Voy a empezar a recoger y a sacar a Lollipop —dijo levantándose de la mesa.
—¿Lollipop? —preguntó Liam con curiosidad.
—Es su perro, su bebé más bien —contestó Todd por ella riendo, justo antes de tomar su último bocado de tarta de queso y arándanos.
—¡Los perros son infinitamente más fieles que las personas!—se defendió con vehemencia.
Maggie que temió que aquel fuese el comienzo de un conflicto, cuando la noche estaba yendo tan bien, se levantó de la mesa inmediatamente.
—No te preocupes, yo recogeré aquí —Comenzó a quitarle los platos de la manos—, tú puedes ir a sacar a Lollipop mientras, así no se te hará más tarde. No me
gusta que andes sola por la calle a estas horas.
—Sí, es tarde y yo también debería irme. Estaré encantado de acompañarla en el paseo —se apresuró a ofrecerse Liam que no veía la hora de quedarse a solas con
ella.
Poppy vio la enorme sonrisa complacida de su cuñado al escuchar el ofrecimiento de su sargento y apretó los labios al ver como su escapatoria de aquella velada, se
convertía en la excusa perfecta para el “Sargento Sirope”, y conseguir quedarse a solas con ella.
—Voy a por Lollipop —dijo resoplando resignada.
Con gesto altivo salió del salón y fue a la entrada, se puso la chaqueta y el pañuelo anudándolo alrededor del cuello. Después se dirigió al patio trasero y saludó a su
precioso Collie. Que en cuanto la vio aparecer se tiró a por ella haciéndola caer de espaldas sobre la grava del jardín. Inmediatamente rompió a reír jugando con él en el
suelo.—
¿Necesitas ayuda?—Oyó que preguntaba Liam a su espalda. Se tensó inmediatamente.
—No es necesario —Fue su escueta respuesta. Ató la cadena de Lollipop en su correa y pasó por su lado, sin mirarlo, en dirección a la calle.
Poppy tuvo que esperarlo mientras él agradecía a su cuñado y su hermana la fantástica

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