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Libro PDF Historia de un Canalla – Julia Navarro

Historia de un Canalla - Julia Navarro

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haber respondido a mis múltiples
preguntas sobre las enfermedades del
corazón, y Pedro Górgolas, por
ayudarme a despejar otras dudas sobre
cuestiones médicas. Si hay algún error,
soy la única responsable. Gracias por su
paciencia.
Y a todo el equipo de Penguin
Random House que, como siempre, me
ha ayudado a que este libro llegue a los
lectores.
Me estoy muriendo. No, no es que
sufra una enfermedad terminal ni que los
médicos me hayan desahuciado. La
última vez que me vieron fue para
decirme que me encontraban bien, y más
después de haber sufrido un infarto y una
operación para cambiarme las válvulas
del corazón. Tengo, sí, un poco alto el
azúcar y el colesterol, y la tensión en el
límite, pero, dicen, nada que no pueda
corregirse tomando unas cuantas
pastillas todos los días, haciendo dieta y
prescindiendo del tabaco y el alcohol.
Camine, lo que le conviene es
caminar. Es la mejor medicina. Ya les
gustaría a muchos con su historial tener
su aspecto —me dijo el doctor
intentando animarme.
No le dije nada. ¿Para qué? Yo sé que
me estoy muriendo más allá del
resultado de los análisis de sangre o del
cardiograma. ¿Que cómo lo sé? Lo sé
porque me miro al espejo cada mañana y
observo las manchas parduscas que me
han aflorado en el cuerpo. Parecen
lunares, pero en realidad son la señal de
que la piel se muere. No hay centímetro
de mi piel que no haya perdido
elasticidad.
Miro mis manos y ¿qué veo? Unos
hilos azules transparentándose a través
de la piel. Los mismos hilos azules que
cruzan mis piernas. Son las venas que
adquieren la rigidez de la piedra.
«Estás más interesante ahora que a los
veinte», escucho decir a algunos
hipócritas. Mienten. Sobre todo las
mujeres. Lo único que tengo de
interesante es la cuenta corriente y estar
en la lista de Who’ Who.
Hace tiempo que descubrí que los
otros no te ven por cómo eres, sino por
lo que representas o tienes. Las mismas
canas, la misma piel grisácea serían
contempladas con indiferencia o incluso
con asco si sólo fuera uno de esos seres
anónimos que te encuentras en cualquier
rincón de la ciudad.
¿Cuánto me queda de vida? Acaso un
día, una semana, cinco, seis, diez
años… o puede que mañana me
despierte con un dolor agudo en el
pecho, o que me descubra un bulto
mientras me estoy duchando, o que
pierda el conocimiento por un mareo, y
entonces el mismo médico zalamero me
dirá que tengo un cáncer en el pulmón,
en el páncreas o en cualquier otro lugar.
O quizá me diga que mi corazón cansado
vuelve a fallar y necesita una nueva
válvula. Lo que sea para justificar que
de un día para otro la muerte acabó
dando la cara.
Pero yo no necesito que me salga un
bulto, o marearme, o que me lata deprisa
el corazón. Yo sé que me estoy
muriendo porque he llegado a esa edad
en la que no cabe engañarse e intuyes
que empiezas a vivir en tiempo de
descuento.
Esta noche la muerte me ronda el
pensamiento y me he puesto a elucubrar
cómo será el último minuto de mi vida.
Temo que sea en la cama de un hospital
sin poder decidir sobre mi propia
existencia. Me imagino incapaz de
moverme y acaso ni de hablar,
comunicándome sólo con gestos o con la
mirada sin que nadie me entienda ni
comparta mi sufrimiento.
No elegimos dónde ni cuándo
nacemos, pero al menos deberíamos
poder decidir cómo afrontar el último
minuto de nuestra vida. Pero hasta eso lo
tenemos negado.
Como sé que ha llegado la hora en
que la muerte va a presentarse, intento
hacerme a la idea de cómo recibirla,
cómo sortearla durante un tiempo, pero
sobre todo cómo iniciar el camino a la
no existencia.
Por eso, a la espera de la visita
traicionera, esta noche me asaltan los
recuerdos de mi vida, y al hacerlo me
están dejando un sabor tan amargo como
la hiel.
Soy un canalla, sí, es lo que siempre
he sido y no logro arrepentirme por
serlo, por haberlo sido. Aunque si fuera
verdad lo que dicen los físicos de que el
tiempo no existe, deberíamos tener la
posibilidad de dar marcha atrás para así
lograr vivir esa vida que pudimos vivir
pero que no hemos vivido.
¿Me equivoco si pienso y digo que
todos cambiaríamos hechos de nuestro
pasado? ¿Que haríamos las cosas de
manera diferente a como las hicimos? Si
pudiéramos volver sobre nuestros
pasos… Quizá incluso yo las haría de
distinto modo.
Hay individuos que dicen en alto:
«No me arrepiento de nada». No los
creo. La mayor parte de la gente tiene
conciencia incluso a su pesar. Yo nací
sin ella, o al menos nunca la he
encontrado, aunque quizá esta noche
llama a mi puerta. Pero me resisto a
dejarla pasar, porque nada puede
modificar lo que nos atormenta.
Esta noche, mientras miro de frente a
la muerte, hago recuento de lo vivido.
Sé lo que hice y también sé lo que
debería haber hecho.

INFANCIA
1
Tendría siete u ocho años, y
caminaba junto a la mujer que cuidaba
de mí y de mi hermano. Debía de ser
media tarde, hora en que salíamos del
colegio. Estaba de malhumor porque la
maestra me había regañado por haberme
distraído mientras explicaba no sé qué.
Mi hermano iba agarrado de la mano
de María, pero yo prefería caminar a mi
ritmo. Además, a María le sudaban las
palmas y me molestaba el contacto de su
piel húmeda sobre la mía.
Yo corría de un lado a otro ignorando
las quejas de María.
—Se lo voy a decir a tu madre. Todos
los días me haces lo mismo, te sueltas
de mi mano y lo peor es que ni siquiera
dejas que te agarre cuando cruzamos de
una calle a otra, y no miras nunca si
viene un coche. Un día va a pasar algo.
María protestaba pero yo no le
prestaba atención. Me sabía de memoria
su retahíla de reproches. De repente
llamó mi atención un pequeño bulto
junto a la acera. Me aproximé a ver qué
era. Lo moví con el pie y para mi
sorpresa vi que se trataba de un pájaro,
un gorrión de esos que pueblan los
árboles de la ciudad. Me pareció que
estaba muerto y le arreé un puntapié
desplazándolo fuera de la acera. Me
acerqué con curiosidad para ver dónde
estaba y descubrí que se movía, el suyo
era un movimiento lento, como el último
estertor. Bajé de la acera y volví a darle
una patada. El gorrión dobló la cabeza.
—Pero ¿qué haces bajándote de la
acera? Hoy sí que se lo digo a tu madre,
me tienes harta.
María me cogió de la mano y me
obligó a caminar junto a ella. Me
produjo una enorme irritación que tirara
de mí y en cuanto se distrajo, le di una
patada en la pantorrilla.
No me arrepiento de la patada que le
di aquel día a María, pero no puedo
olvidar el cuerpo inerte del gorrión. Fui
yo quien le arrebató el último aliento.
—¡Qué bruto! —exclamó Jaime
mirándome con reprobación, no sé si
por la patada a María o por la que le
había dado al gorrión.
—Tú cállate o te doy también a ti —
respondí irritado.
Jaime no contestó. Sabía que, a poco
que se descuidara, tendría que encajar
otra de mis patadas o incluso un
puñetazo en los riñones. Le sacaba dos
años a mi hermano, de manera que
siempre estaba en desventaja conmigo.
—Se lo voy a decir a tu madre. Es
que no puedo contigo… Si sigues así no
iré más a buscarte al colegio. Eres un
niño muy malo.
Malo. Sí, ése era el reproche favorito
de la maestra, de María e incluso de mi
madre.
Mi padre me reprendía, pero nunca
me calificó de «malo». Me conocía
demasiado bien para despacharme con
esa frase tonta de «eres un niño malo».
Si pudiera volver atrás… La escena
sería parecida:
Yo caminaría junto a María y Jaime,
sin que me importara poner mi mano en
la palma sudorosa de mi cuidadora.
Tendría que haberle comentado el
motivo de mi malhumor a cuenta de la
regañina de mi maestra, la señorita
Adeline, y seguramente habría recibido
alguna palabra de consuelo de María.
Algo así como «no te preocupes, no es
tan grave distraerse, ya verás que si
mañana estás atento, a la señorita
Adeline se le pasa el enfado».
Yo me fijaría en el bulto que se
movía en la acera y le pediría a María
que nos acercáramos. «Mira… ahí hay
algo, ¿podemos mirar?»
María refunfuñaría: «¿Qué más da?;
anda, que llevamos prisa…», pero
habría terminado accediendo. Yo, al
darme cuenta de que era un gorrión, lo
cogería con cuidado. Jaime observaría
con curiosidad y diría: «¡Pobrecito!».
Y los dos, conmovidos, insistiríamos a
María para que nos permitiera llevar
el gorrión a casa. Mi madre era
enfermera, de manera que algo podría
haber hecho por salvar la vida del
gorrión. Lo habríamos tenido dos o
tres días y, una vez curado, lo
habríamos devuelto a la libertad.
Pero no fue así y no me arrepiento.
Aquella tarde, cuando llegamos a
casa, mi madre se estaba arreglando
para irse al hospital. Esa semana tenía
turno de noche y parecía cansada, quizá
por eso prestó poca atención a las
quejas de María. Apenas me regañó:
«¿Cuándo vas a portarte bien? ¿Qué voy
a hacer si María pierde la paciencia y se
va? Tengo que trabajar y sin ella no
podría hacerlo».
—Pues busca otra cuidadora —
respondí desafiante.
—¡Como si fuera tan fácil! Además,
María es una buena mujer. ¡Eres un niño
muy malo! No sé qué vamos a hacer
contigo… Vete a tu cuarto a hacer los
deberes. Hablaré con tu padre y ya te
dirá él el castigo. Ahora tengo que irme.
—Como siempre. Nunca estás aquí.
Sabía lo que decía. Quería hacer daño
a mi madre, que se sintiera culpable por
no dedicarnos más tiempo. En alguna
ocasión la había escuchado hablar con
mi padre culpándose por pasar más
horas en el hospital que en casa, y
aunque mi padre solía consolarla
diciéndole que lo importante era el
cariño que nos daba y no el tiempo que
nos dedicaba, mi madre no dejaba de
sentirse en falta. De manera que la
golpeé donde más le dolía.
Ella se quedó mirándome y vi en su
mirada un destello de tristeza y, a
continuación, de ira.
—¡Vete a tu cuarto!
De camino a mi habitación aproveché
para darle la patada prometida a mi
hermano Jaime, que soltó un alarido que
alertó a mi madre.
—Pero ¿qué pasa?
—¡Thomas me ha dado una patada! —
se quejó mi hermano entre lágrimas.
—María, por favor, hágase cargo de
los niños… me tengo que ir… Y tú,
Thomas, castigado en tu cuarto sin salir,
y este fin de semana no te llevaré a
ninguna parte.
—¡Y a mí qué me importa! ¡Me da
igual! Además, yo no quiero estar
contigo. No me gustas como madre, no
eres como las madres de mis amigos,
nunca estás.
Mi madre ni siquiera me miró. Salió
de casa dando un portazo. Supongo que
era su manera de controlar la rabia y no
soltarme un bofetón.
Sí, aquella tarde debería haber sido
diferente:
—¡Mamá, mamá! Mira, hemos
encontrado un gorrión y está herido,
¿nos ayudarás a curarlo? —le habría
dicho yo mientras mi hermano Jaime se
agarraba a su falda.
—Voy con prisa pero le echaré un
vistazo. A ver… Tiene una patita rota,
nada grave. Buscad un palo finito,
quizá alguno de vuestros lápices… Ya
veréis, le pondremos un vendaje y en
unos días estará curado y listo para
volar. Thomas, pídele a María una caja
de zapatos y algodón, lo pondremos ahí
para que esté calentito.
—¿Nos podemos quedar con el
gorrión para siempre? —preguntaría
Jaime.
—No, su mamá lo estará buscando y
estará preocupada. Además, los
pájaros deben ser libres. En cuanto
esté curado os acompañaré a donde lo
habéis encontrado y lo soltaremos para
que regrese a su nido.
—Gracias, mamá —diría yo, y me
acercaría a darle un beso.
Mi madre me acariciaría el cabello y
nos diría: «Qué buenos sois. Así me
gusta, que os compadezcáis del que
sufre, aunque sea un pajarillo».
Debería haber sucedido así. Pero lo
cierto es que yo pasé el resto de la tarde
en mi cuarto sin molestarme en hacer los
deberes, sacando de sus cajas todos los
juguetes y esparciéndolos por la
habitación sabiendo que María tendría
que colocarlos, lo que la fastidiaría
doblemente; no sólo por el trabajo
añadido sino porque sufría de la
espalda.
Cuando mi padre llegó poco antes de
cenar, María estaba quejándose.
—¿Qué sucede, María? ¿Han hecho
alguna trastada los niños? —quiso saber
mi padre.
—Jaime es un santo, señor, no hace
ruido, pero Thomas… es muy malo,
señor, sólo se le ocurren cosas para
fastidiar a los demás.
—Vamos, vamos, María. Hay niños
que son más movidos que otros, pero
eso no significa que sean malos. A ver,
¿qué es eso que ha hecho Thomas…?
María le contó los incidentes de la
tarde y él me llamó a su despacho.
Como yo sabía que María se quejaría de
mí, ya había maquinado mi venganza.
Mientras ella hablaba con mi padre fui a
la cocina y volqué todo el salero en la
sopa que estaba preparando. No tendría
otro remedio que hacerla de nuevo.
Mi padre era abogado. Trabajaba
mucho. Salía de casa por la mañana
temprano y no regresaba hasta la noche.
Era raro que almorzara en casa. Sin
embargo nunca le reproché que no
pasara más tiempo con nosotros. Me
parecía que su trabajo era importante y
me sentía orgulloso de él. Siempre
vestía con elegancia, incluso los fines de
semana cuando se quitaba la corbata.
Mientras que mi madre, cuando se
desmaquillaba y se ponía una bata, se
me figuraba que encogía, que se volvía
insignificante.
—¿No has sentido pena por ese
gorrión? —me preguntó mi padre.
Dudé antes de responder. Sabía que
tenía que encontrar las palabras
adecuadas para ponerle de mi parte.
—Me pareció que ya estaba muerto
y… bueno, es que no me di cuenta, ni lo
pensé.
Pensar. Ésa era mi excusa. Mi padre
siempre me disculpaba alegando que yo
era un niño atolondrado que no me
paraba a pensar y que por eso me metía
en líos.
—Pero tienes que pensar, Thomas, ya
te lo he dicho otras veces. Si te hubieras
fijado bien podrías haber salvado al
gorrión. Mamá te habría ayudado. En
cuanto a dar una patada a María… eso
no te lo puedo consentir. María es una
persona mayor y a los mayores hay que
tratarlos con más respeto. También le
has dado otra patada a Jaime, ¿no te
avergüenza pegar a alguien que es más
pequeño que tú?
Bajé la cabeza. Conociendo a mi
padre sabía que estaba sopesando qué
castigo imponerme que no me resultara
demasiado gravoso. Por fin lo encontró.
—Mira, vas a leer un cuento que te
voy a dar, que trata sobre un chico que
no deja de hacer trastadas, pero un día
le ocurre algo que le hace cambiar.
Cuando lo leas me lo comentas. Ya
verás como aprendes algo.
—Mamá ha dicho que no me llevaréis
a ninguna parte este fin de semana —
susurré con mi voz más inocente.
—Bueno, hay que comprender que
mamá se enfade. La pobrecita trabaja
mucho, no sólo en el hospital sino
también aquí, en casa, ocupándose de
todos nosotros. Ya hablaré yo con ella.
En ese momento escuchamos el grito
de María.
—Pero ¡será malo! ¡Lo que ha hecho,
Dios mío! —llegó diciendo al despacho
de mi padre.
—Pero ¿qué más has hecho? —
preguntó él ya alarmado.
—¡Ay, señor! Ha volcado toda la sal
en la sopa… ¡Yo no aguanto más! Llevo
en pie desde las siete de la mañana… y
ahora vuelta a empezar. Tendré que
hacer otra sopa.
Cuando María salió del despacho mi
padre me miró con severidad.
—No me gusta lo que has hecho.
María no se merece que te portes así con
ella. Tienes que pedirle perdón. Luego
vete a tu cuarto y empieza a leer lo que
te he dicho. Lo tienes que haber
terminado de leer para la hora de cenar.
La mirada reprobadora de mi padre
me producía un hormigueo molesto en la
boca del estómago, pero aun así no
estaba dispuesto a pedirle perdón a
María.
Podría haberlo hecho. Me habría
gustado que María le hubiera dicho a
mi padre que me había portado bien,
que había hecho mis deberes sin
rechistar e incluso ayudado a Jaime a
hacer los suyos.
Él se habría sentido satisfecho y me
habría sentado en sus rodillas.
Seguramente me habría propuesto que
leyéramos un rato juntos alguno de
esos libros que guardaba en la
biblioteca y que cuidaba como si de
tesoros se tratasen. Yo habría
disfrutado de ese momento de
intimidad con mi padre, porque
después de haber dedicado un rato a la
lectura, me habría preguntado por mis
amigos, por la maestra, por las
lecciones aprendidas. Es probable que,
como premio a mi buen
comportamiento, me hubiera dejado
prepararle la pipa y habríamos hecho
planes para el fin de semana. Quién
sabe si habría encontrado tiempo para
acompañarnos a Jaime y a mí a montar
en bicicleta, o incluso para comer
fuera de casa con mamá.
Nada de eso pasó. Fui a mi cuarto y le
di una patada a un coche teledirigido,
luego me senté en el suelo en medio del
caos que yo mismo había creado. No
pensaba leer el cuento. Tenía un truco
para salir airoso de las preguntas de mi
padre. Leía algunos párrafos por página
y luego, cuando él me preguntaba, yo
respondía sobre lo que apenas había
leído fingiendo estar nervioso. No me
molestaba engañarlo, a pesar de que era
la única persona por la que sentía
afecto. Así era yo. Así soy yo.
La señorita Adeline era una buena
maestra aunque exigente. Nunca dijo una
palabra más alta que otra, ni mucho
menos se le escapó ninguna colleja. Mis
compañeros de clase parecían
apreciarla, pero yo la aborrecía tanto
como a María. Todo en ella me
molestaba. El rostro amarillento, los
ojos que semejaban empequeñecerse
cuando te miraba causando la impresión
de que estaba leyendo dentro de tu
mente. Su ropa monjil; siempre vestía
faldas y jerséis en tonos oscuros, las
medias gruesas, los zapatos bajos.
Rondaría los cuarenta cuando llegué a su
clase y, según decían, llevaba ya veinte
años en el colegio donde de seguro se
jubilaría.
Sin ser afectuosa, era amable y
paciente con los alumnos, siempre
dispuesta a repetir hasta la saciedad la
lección del día hasta estar segura de que
todos habíamos entendido sus
explicaciones.
Yo solía quejarme a mi padre de la
señorita Adeline. Le decía que me tenía
manía, que me regañaba por cualquier
cosa, que no explicaba bien las
lecciones. Mi padre me creía y de
cuando en cuando le pedía a mi madre
que hablara con la maestra. La respuesta
de ella siempre era la misma: «Lo haré,
pero teniendo en cuenta cómo es
Thomas, si le regaña es porque se lo
merece. Para soportar a nuestro hijo
hace falta ser un santo».
Preparé meticulosamente mi
venganza.
Una mañana, a la hora del recreo, yo
mismo me golpeé la cabeza contra la
pared. Me hice daño y de inmediato me
salió un chichón que me enrojeció la
frente. Antes de que terminara la hora
del recreo, subí al aula sabiendo que allí
estaría la señorita Adeline corrigiendo
nuestros cuadernos. Al verme entrar con
la frente enrojecida se preocupó.
—Pero ¿qué te ha pasado? ¿Te has
caído? Ven, enséñame ese golpe que
tienes en la frente.
Me acerqué despacio, pendiente de
que mis compañeros entraran de un
momento a otro en clase. Cuando el
primero estaba abriendo la puerta, la
maestra me tenía sujeta la cabeza
observando el chichón. En ese instante
empecé a gritar con todas mis fuerzas.
—¡No me pegue, no me pegue!
Mis compañeros, que entraban en
clase, no sabían qué estaba pasando. La
señorita Adeline parecía sujetarme
mientras yo gritaba, y tanto y tan fuerte
grité que entró la señorita Ann, la
profesora del aula contigua a la nuestra,
para ver qué sucedía.
—Me está pegando… ¡Yo no he
hecho nada! —grité llorando ante la
mirada incrédula de la otra profesora.
—Por Dios, Adeline, ¿qué pasa aquí?
—Nada… Te aseguro que nada…
Thomas ha entrado con ese golpe en la
frente. Yo sólo le estaba mirando.
—Que no me pegue más, por favor —
gimoteé como si estuviese asustado.
La señorita Adeline me miró
desconcertada, y en cuanto me soltó el
brazo yo hice un último truco: caí al
suelo como si me hubiese empujado.
—¡Pero, Adeline! —exclamó la
señorita Ann sin saber muy bien qué
estaba ocurriendo—. Vamos, Thomas,
levántate… Te llevaremos a la
enfermería, allí te curarán. Y tú,
Adeline, en fin, creo que debemos ir a
Dirección a aclarar el incidente.
Por más que mi maestra juró al señor
Anderson, el director, que no me había
pegado, y aunque mis compañeros de
clase no pudieron dar fe a ciencia cierta
de quién decía la verdad, mi chichón se
había convertido en la prueba de cargo.
El señor Anderson llamó a mi madre
al hospital requiriendo su inmediata
presencia en el colegio. Mientras tanto,
yo opté por lloriquear quejándome de lo
mucho que me dolía el chichón. Mis
lágrimas resultaron tan sentidas como
las de la señorita Adeline, que para
entonces se había derrumbado viendo
que el director parecía darme más
crédito a mí que a ella.
—Pero ¿qué ha pasado? —preguntó
alarmada mi madre apenas llegó al
despacho del señor Anderson.
—Tranquilícese, doña Carmela, el
niño está bien —respondió el director
evidenciando su nerviosismo—, aunque
en realidad no sabemos muy bien lo que
ha sucedido.
—Pero ¿cómo puede poner en duda
mi palabra? —se quejó mi maestra.
El director no respondió y en ese
momento supe que tenía la batalla
ganada.
Mi madre escuchó en silencio la
explicación de lo inexplicable de labios
de la señorita Adeline. Mi maestra juró
lo que era verdad: que yo había entrado
en la clase ya con el chichón y, cuando
ella se dispuso a ver qué me pasaba, me
puse a gritar acusándola de estar
pegándome.
—Bueno… yo no sé qué decirle, doña
Carmela. Siento este incidente, le
aseguro que nunca había sucedido algo
así en el colegio. La señorita Adeline es
una maestra querida por los niños y
nunca hemos tenido quejas sobre su
comportamiento, pero… no sé, quizá
Thomas la ha puesto más nerviosa de lo
habitual, ya sabe que su hijo es muy
inquieto. —El director se retorcía las
manos mientras hablaba.
—¿Qué ha pasado, Thomas? —me
preguntó mi madre con voz cansada.
Noté que dudaba de que la señorita
Adeline me hubiera pegado, que intuía
que había sucedido algo que se le
escapaba.
Yo no respondí sino que lloré con
más fuerza mientras me abrazaba a su
cintura. Mi madre me apretó contra ella
intentando consolarme. De reojo miré a
la señorita Adeline y la supe vencida.
Pensé que era mejor no decir una
palabra más y seguir llorando, no fuera a
contradecirme. Para entonces mi cara
estaba tan enrojecida como el chichón y
los ojos se me habían empequeñecido a
causa de las lágrimas. Fue una actuación
extraordinaria, ni un actor profesional lo
hubiera hecho mejor, porque a pesar de
sus primeras reticencias mi madre acabó
creyendo mi versión. Ella me conocía
bien pero no lo suficiente como para
creerme capaz de tamaña villanía.
—Espero que tome usted una
decisión. Lo que le ha sucedido a mi
hijo es imperdonable.
—Sí, sí… sin duda, claro que
adoptaremos medidas… Reuniré al
claustro de profesores.
—Tendrá que hacer algo más, señor
Anderson. No creo que los padres de los
alumnos de este colegio puedan estar
tranquilos sabiendo lo que le ha
ocurrido a mi hijo. Hoy ha sido Thomas
el agredido, mañana puede ser cualquier
otro.
Por primera vez veía a mi madre
conmovida por mi llanto, acaso porque
era difícil verme llorar. Fue eso lo que
la convenció.
Al día siguiente no fui al colegio. Mi
madre ni siquiera me despertó. Cuando
abrí los ojos bien entrada la mañana, la
encontré sentada en el borde de mi cama
mirándome con atención. Me sobresaltó
su mirada pero me tranquilicé al verla
sonreír mientras me cogía una mano.
Creo que se sentía culpable por dudar
de mí.
—No irás al colegio hasta que el
señor Anderson no resuelva qué va a
hacer con la señorita Adeline. Y más
vale que lo decida pronto.
—¿No has ido a trabajar?
—No, hoy me quedo contigo.
Saldremos a dar un paseo y esta tarde
iremos a buscar a papá al despacho, ¿te
parece bien?
—¿Y Jaime? —Quise saber si tendría
que compartir a mis padres con mi
hermano.
—María se ocupará. Hoy estaremos
juntos sólo los dos.
Cuando regresé al colegio la señorita
Adeline ya no estaba. La habían
despedido. No sólo eso; el colegio
había puesto el caso en manos de las
autoridades de Educación, lo que
suponía que sufriría una sanción y que su
carrera como maestra había

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