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Libro PDF Estudio en escarlata Sir Arthur Conan Doyle

Estudio en escarlata Sir Arthur Conan Doyle

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El año 1878 me gradué de doctor en Medicina por la Universidad de Londres, y a continuación pasé a
Netley con objeto de cumplir el curso que es obligatorio para ser médico cirujano en el Ejército. Una vez
realizados esos estudios, fui a su debido tiempo agregado, en calidad de médico cirujano ayudante, al 5.°
de Fusileros de Northumberland. Este regimiento se hallaba en aquel entonces de guarnición en la India y,
antes que yo pudiera incorporarme al mismo, estalló la segunda guerra del Afganistán. Al desembarcar en
Bombay. me enteré de que mi unidad había cruzado los desfiladeros de la frontera y se había adentrado
profundamente en el país enemigo. Yo, sin embargo, junto con otros muchos oficiales que se encontraban
en situación idéntica a la mía, seguí viaje, logrando llegar sin percances a Candahar, donde encontré a mi
regimiento y donde me incorporé en el acto a mi nuevo servicio. Aquella campaña proporcionó honores y
ascensos a muchos, pero a mí sólo me acarreó desgracias e infortunios. Fui separado de mi brigada para
agregarme a las tropas del Berkshire, con las que me hallaba sirviendo cuando la batalla desdichada de
Malwand. Fui herido allí por una bala explosiva que me destrozó el hueso, rozando la arteria, del
subclavio. Habría caído en manos de los ghazis asesinos, de no haber sido por el valor y la lealtad de
Murray, mi ordenanza, que me atravesó, lo mismo que un bulto, encima de un caballo de los de la
impedimenta y consiguió llevarme sin otro percance hasta las líneas británicas. Agotado por el dolor y
debilitado a consecuencia de las muchas fatigas soportadas, me trasladaron en un gran convoy de heridos
al hospital de base, establecido en Peshawur. Me restablecí en ese lugar hasta el punto de que ya podía
pasear por las salas, e incluso salir a tomar un poco el sol en la terraza, cuando caí enfermo de ese flagelo
de nuestras posesiones de la India: el tifus. Durante meses se temió por mi vida, y cuando, por fin,
reaccioné y entré en la convalecencia, había quedado en tal estado de debilidad y de extenuación, que el
consejo médico dictaminó que debía ser enviado a Inglaterra sin perder un solo día. En consecuencia, fui
embarcado en el transporte militar Orontes, y un mes después tomaba tierra en el muelle de Portsmouth,
convertido en una irremediable ruina física, pero disponiendo de un permiso otorgado por un Gobierno
paternal para que me esforzase por reponerme durante el período de nueve meses que se me otorgaba. Yo
no tenía en Inglaterra parientes ni allegados. Estaba, pues, tan libre como el aire o tan libre como un
hombre puede serlo con un ingreso diario de once chelines y seis peniques. Como es natural, en una
situación como esa, gravité hacia Londres, gran sumidero al que se ven arrastrados de manera irresistible
todos cuantos atraviesan una época de descanso y ociosidad
Me alojé durante algún tiempo en un buen hotel del Strand, llevando una vida incómoda y falta de
finalidad y gastándome mi dinero con mucha mayor esplendidez de lo que hubiera debido. La situación
de mis finanzas se hizo tan alarmante que no tardé en comprender que, si no quería yerme en la necesidad
de tener que abandonar la gran ciudad y de llevar una vida rústica en el campo, me era preciso alterar por
completo mi género de vida. Opté por esto ultimo, y empecé por tomar la resolución de abandonar el
hotel e instalarme en una habitación de menores pretensiones y más barata. Me hallaba, el día mismo en
que llegué a semejante conclusión, en pie en el bar Criterios, cuando me dieron unos golpecitos en el
hombro; me volví, encontrándome con que se trataba del joven Stamford, que había trabajado a mis
órdenes en el Barts (1)
como practicante. Para un hombre que lleva una vida solitaria, resulta por demás grato ver una cara amiga
entre la inmensa y extraña multitud de Londres.
(1) Abreviatura de San Bartolomé, hospital de practicantes para los nuevos graduados
En aquel entonces Stamford no fue precisamente un gran amigo mío; pero en esta ocasión lo acogí con
entusiasmo, y él, por su parte, pareció encantado de verme. Llevado de mi júbilo exuberante, le invité a
que almorzase conmigo en el Holborn, y hacia allí nos fuimos en un coche de alquiler de los de un
caballo.
—¿Y qué ha sido de la vida de usted, Watson?
—me preguntó, sin disimular su sorpresa, mientras el coche avanzaba traqueteando por las concurridas
calles de Londres—. Está delgado como un listón y moreno como una nuez.
Le relaté a grandes rasgos mi aventuras. Apenas había acabado de contárselas cuando llegamos a nuestro
destino.
—¡Pobre hombre! —me dijo con acento de conmiseración, después de oírme contar mis desdichas—. ¿Y
qué hace ahora?
—Estoy buscando habitación —le contesté—. Trato de resolver el problema de la posibilidad de
encontrar habitaciones confortables a un precio puesto en razón.
—Es curioso —hizo notar mi acompañante—. Es usted el segundo hombre que hoy me habla en esos
mismos términos.
—¿Quién fue el primero? —le pregunté.
—Un señor que trabaja en el laboratorio de química del hospital. Esta mañana se lamentaba de no dar con
nadie que quisiese tomar a medias con él un lindo departamento que había encontrado y que resultaba
demasiado gravoso para su bolsillo.
—¡Por Júpiter! —exclamé—. Si de veras busca a alguien con quien compartir las habitaciones y el gasto,
yo soy el hombre que le conviene. Preferiría tener un compañero a vivir solo.
El joven Stamford me miró de un modo bastante raro, por encima de un vaso de vino, y dijo:
—No conoce usted aún a Sherlock Holmes; quizá no le interese tenerle constantemente de compañero.
—¿Por qué? ¿Hay algo en contra suya?
—Yo no he dicho que haya algo en contra suya. Es hombre de ideas raras. Le entusiasman determinadas
ramas de la ciencia. Por lo que yo sé, es persona bastante aceptable.
—¿Estudia quizá Medicina? —le pregunté.
—No… Yo no creo que se proponga seguir esa carrera. En mi opinión, domina la anatomía y es un
químico de primera clase; sin embargo, nunca asistió de manera sistemática, que yo sepa, a clases de
Medicina. Es muy voluble y excéntrico en sus estudios; pero ha hecho un gran acopio de conocimientos
poco corrientes, que asombrarían a sus profesores.
—¿Le ha preguntado usted alguna vez cuáles son sus propósitos? —pregunté yo.
—Nunca; no es hombre que se deje llevar fácilmente a confidencias, aunque suele ser bastante
comunicativo cuando está en vena.
—Me gustaría conocerlo —dije—. De tener que vivir con alguien, prefiero que sea con un hombre
estudioso y de costumbres tranquilas. No me siento bastante fuerte todavía para soportar mucho ruido o el
barullo. Los que tuve que aguantar en el Afganistán, me bastan para todo lo que me resta de vida normal.
¿Hay modo de que yo conozca a ese amigo suyo?
—De fijo que está ahora mismo en el laboratorio —contestó mi compañero—. Hay ocasiones en que no
aparece por allí durante semanas, y otras en que no se mueve del laboratorio desde la mañana hasta la
noche. Podemos acercarnos los dos en
coche después del almuerzo, si usted lo desea.
—Claro que sí —le contesté.
Y la conversación se desvió por otros derroteros.
* * *
Mientras nos dirigíamos al hospital, después de abandonar el Holborn, me fue dando Stamford unos
pocos detalles más acerca del caballero al que yo tenía el propósito de tomar por compañero de
habitaciones.
—No debe echarme a mí la culpa si no se lleva bien con él —me dijo—. Lo que yo sé del mismo lo sé por
haberlo tratado alguna vez que otra en el laboratorio. Usted es quien ha propuesto el asunto y no debe
hacerme a mí responsable.
—Si no nos llevamos bien, será cosa fácil separarnos —comenté—. Me está pareciendo, Stamford, que
tiene usted alguna razón para querer lavarse las manos en este asunto —agregué, clavando la mirada en
mi compañero—. ¿Acaso es hombre terriblemente destemplado, o qué? No se ande con rodeos.
—No resulta fácil expresar lo inexpresable —me contestó, riéndose. Para mi gusto, Holmes es un poco
expresivamente científico. Casi toca en la insensibilidad. Yo llego incluso a representármelo dando a un
amigo suyo un pellizco del alcaloide
vegetal más moderno, y eso no por malquerencia, compréndame sino por puro espíritu de investigador
que desea formarse una idea exacta de los efectos de la droga. Para ser justo, creo que él mismo la tomaría
con idéntica naturalidad. Por lo que se ve, su pasión es lo concreto y exacto en materia de conocimientos.
—Y tiene muchísima razón.
—Sí, pero esa condición se puede llevar al exceso, Toma, desde luego, una forma bastante chocante si
llega hasta golpear con un palo a los cadáveres en los cuartos de disección.
—jApalear a los cadáveres!
—Sí, para comprobar qué clase de magullamientos se puede producir después de la muerte del sujeto. Se
lo he visto hacer con mis propios ojos.
—¿Y dice usted que no estudia Medicina?
—No. ¡Vaya usted a saber qué finalidad busca con sus estudios! Pero hemos llegado ya, y es usted mismo
quien debe formar sus impresiones acerca de esa persona. Mientras hablaba, nos metimos por un camino
estrecho y cruzamos una pequeña puerta lateral por la que se entraba en una de las alas del gran hospital.
Todo aquello me resultaba familiar, y no necesité que me guiasen cuando subimos por la adusta escalera
de piedra y cuando avanzamos por el largo pasillo que ofrecía un panorama de muro enjalbegado y
puertas color castaño. Hacia el extremo del pasillo arrancaba de éste un corredor, abovedado y de poca
altura, por el que se llegaba al laboratorio de química.
Consistía éste en una sala muy alta, llena por todas partes de botellas alineadas en las paredes y
desperdigadas por el suelo. Aquí y allá, anchas mesas de poca altura, erizadas de retortas, tubos de ensayo
y pequeñas lámparas Bunsen de llamas azules onduladas. Un solo estudiante había en la habitación, y
estaba embebido en su trabajo, inclinado sobre una mesa apartada. Al ruido de nuestros pasos, se volvió a
mirar y saltó en pie con una exclamación de placer.
—¡Ya di con ello! ¡Ya di con ello! —gritó a mi acompañante, y vino corriendo hacia nosotros con un
tubo de ensayo en la mano—. Descubrí un reactivo que es precipitado por la hemoglobina y nada más que
por la hemoglobiná.
Los rasgos de su cara no habrían irradiado deleite más grande si hubiese descubierto una mina de oro.
—El doctor Watson; el señor Sherlock Holmes
—dijo Stamford, haciendo las presentaciones.
—¿Cómo está usted? —dijo cordialmente, estrechando mi mano con una fuerza que yo habría estado
lejos de suponerle—. Por lo que veo, ha estado usted en Afganistán.
—¿Cómo diablos lo sabe usted? —pregunté, asombrado.
—No se preocupe —dijo él, riendo por lo bajo—. De lo que ahora se trata es de la hemoglobina.
Usted comprende, sin duda, todo el sentido de este hallazgo mío, ¿ verdad?
—No hay duda de que químicamente es una cosa interesante —contesté.-. Ahora que prácticamente……
—Pero, ¡hombre, si es el descubrimiento de mayores consecuencias prácticas hecho en muchos años en la
Medicina legal! Fíjese; nos proporciona una prueba infalible para descubrir las manchas de sangre,
¡Venga usted a verlo!
Era tal su interés, que me agarró de la manga de mi americana y me llevó hasta la mesa en que había
estado trabajando
—Procurémonos un poco de sangre reciente —dijo, clavándose en el dedo una larga aguja y vertiendo
dentro de una probeta de laboratorio la gota de sangre que extrajo del pinchar,. Y ahora, voy a mezclar
esta pequeña cantidad de sangre a un litro de agua, Fíjese en que la mezcla resultante presenta la
apariencia del agua pura. La proporción en que está la sangre no excederá de uno a un millón, Pues, con
todo y con ello, estoy seguro de que podemos obtener la reacción característica. Mientras hablaba, echó
en la vasija unos pocos cristales blancos, agregando luego unas gotas de un liquido transparente La
mezcla tomó inmediatamente un color caoba apagado, y apareció en el fondo de la vasija de cristal un
precipitado de polvo pardusco.
—jAjá! —exclamó, palmoteando y tan encantado como niño con un juguete nuevo—. ¿ Qué me dice
usted a eso?
—Parece una demostración muy sutil —le dije.
—¡Magnifica! ¡Magnífica! La tradicional prueba del guayaco resultaba muy tosca e insegura. Y lo mismo
ocurre con la búsqueda microscópica de corpúsculos de la sangre. Esta última
demostración es inocua si las manchas datan de algunas horas. Pues bien: esta mía actúa, según
parece, con igual eficacia si la sangre es vieja o si la sangre es reciente. De haber estado ya
inventada esta demostración, centenares de personas que hoy se pasean por las calles habrían
pagado hace tiempo la pena debida a sus crímenes.
—¡Ah!, ¿sí? —murmuré yo.
—Las causas criminales giran constantemente sobre este punto único. Meses después de haber
cometido un crimen, recaen las sospechas sobre un individuo determinado. Se revisan sus trajes y sus
prendas interiores, y se descubren en unos y otras algunas manchas parduscas. ¿Son manchas de sangre,
de barro, de roña, de fruta o de qué? He ahí la pregunta que ha dejado sumido en el desconcierto a más de
un técnico, ¿Por qué? Pues porque no se dispone de una segura prueba demostrativa. De hoy en adelante,
disponemos ya de la prueba de Sherlock Holmes, y no habrá ninguna dificultad. Le rebrillaban los ojos al
hablar; puso la palma de la mano sobre su corazón, y se inclinó igual que si correspondiera a los aplausos
de una multitud surgida al conjuro de su imaginación.
—Merece usted que se le felicite —fue la observación que yo hice, muy sorprendido ante aquel
entusiasmo suyo.
—El pasado año se vio en Francfort el caso de Von Bischoff De haber existido esta prueba, le
habrían ahorcado, con toda seguridad, Hemos tenido también el de Mason, de Bradford, y el tan famoso
de Muller y Lefévre, de Montpelijer, y el de Samson, de Nueva Orleans. Podría citar una veintena de
casos en los que hubiera sido decisiva.
—Parece usted un calendario viviente del crimen —dijo Stamford riéndose~ Podría iniciar una
publicación Siguiendo esa línea general y titularla Noticiario Policíaco de antaño.
—Y que quizá resultase una lectura muy interesante —hizo notar Sherlock Holmes pegando un
pedacito de parche sobre el pinchazo del dedo.
Luego prosiguió volviéndose sonriente hacia mí.
—Es preciso que yo tenga cuidado, porque manipulo venenos con mucha frecuencia.
Alargó la mano al mismo tiempo que hablaba, y pude ver que la tenía moteada de otros parchecitos
parecidos y descolorida por efecto de ácidos fuertes,
—Hemos venido a tratar de un negocio —dijo Stamford, sentándose en un elevado taburete de tres patas,
y empujando otro hacia mí con el pie—. Este amigo mío anda buscando donde meterse; y como usted se
quejaba de no encontrar quien quisiera alquilar habitaciones a medias con usted, se me ocurrió que lo
mejor que podía hacer era ponerlos en contacto a los dos.
A Sherlock Holmes pareció complacerle la idea de compartir sus habitaciones conmigo, y advirtió:
—Tengo echado el ojo a un juego de habitaciones en Baker Street que nos vendría que ni pintado.
No le molesta el humo del tabaco fuerte, ¿verdad?
—Yo mismo no fumo de otro que del barco —le contesté.
—Hasta ahí vamos bastante bien. Por lo general, yo suelo tener a mano sustancias químicas, y de
cuando en cuando realizo experimentos. ¿Le serviría eso de molestia.?
—iDe ninguna manera!
—Veamos… ¿Qué otras desventajas tengo? Hay veces que me entra la morriña, y me paso días y días sin
despegar los labios. Cuando eso me ocurre no debe usted tomarme por un individuo
huraño. Déjeme a solas conmigo mismo, que se me pasa pronto. Y ahora, ¿tiene usted algo de qué
acusarse? Cuando dos personas van a empezar a vivir juntas es conveniente que sepan mutuamente lo
peor de cada una de ellas.
Me hizo reír semejante interrogatorio, y dije:
—Tengo un perro cachorro; me molestan los estrépitos, porque mi sistema nervioso está
quebrantado; me levanto de la cama a las horas, más absurdas e irregulares, y soy de lo más
perezoso que se pueda ser. Cuando gozo de buena salud, mi surtido de defectos es distinto; pero los que
acabo de indicar son los principales que tengo en la actualidad.
—¿Incluye usted el tocar el violín en la categoría estrepitosa? —preguntó Sherlock Holmes
ansiosamente.
—Depende del violinista —respondí—. El violín tocado por buenas manos es placer de dioses, pero
cuando se toca mal…
—No hay inconveniente entonces —exclamó él con risa alegre—. Creo que podemos dar por
cerrado el trato; es decir, si le agradan las habitaciones.
-¿Cuándo podemos visitarlas?
—Venga a buscarme aquí mismo mañana al mediodía, iremos juntos y lo dejaremos todo arreglado —me
respondió.
—De acuerdo. A las doce en punto —le contesté, dándole un apretón de manos.
* * *
Le dejamos trabajando en sus productos químicos y nos fuimos paseando juntos hacia mi hotel.
—A propósito —pregunté de pronto, deteniéndome y volviéndome a mirar a Stamfórd—. ¿Cómo
diablos supo que yo había venido del Afganistán?
Mi acompañante se sonrió con enigmática sonrisa y dijo:
—Ahí tiene usted precisamente el detalle singular suyo. Son muchísimas las personas que se han
preguntado cómo se las arregla para descubrir las cosas.
—¡Vaya! Entonces se trata de un misterio, ¿verdad? —exclamé, frotándome las manos—. Esto
resulta muy intrigante. Le quedo muy agradecido por habemos puesto en relación. Ya sabe usted aquello
de que «el verdadero tema de estudio para la Humanidad es el hombre».
—Dedíquese entonces a estudiar a ese —dijo Stamford al despedirse de mí—. Aunque le va a resultar un
problema peliagudo. Apuesto a que él averiguará más acerca de usted que usted acerca de él. Adiós.
—Adiós —le contesté. Y seguí caminando sin prisa hacia mi hotel, muy interesado en el hombre al que
acababa de conocer.
CAPITULO II
La ciencia de la deduccion
Según habíamos acordado, nos vimos al día siguiente e inspeccionamos las habitaciones
del número 221 B de la calle Baker, a las que nos habíamos referido en nuestra entrevista. Consistían en
dos cómodos dormitorios y un único cuarto de estar, amplio y ventilado, amueblado de manera agradable,
y que recibía luz de dos espaciosas ventanas.
Tan apetecible resultaba desde todo punto de vista el apartamento, y tan moderado su precio, una vez
dividido entre los dos, que cerramos trato en el acto mismo y quedó por nuestro desde aquel momento. Al
atardecer de aquel mismo día trasladé todas mis cosas desde el hotel, y a la mañana siguiente se me
presentó allí Sherlock Holmes con varios cajones y maletas. Pasamos uno o dos días muy atareados en
desempaquetar los objetos de nuestra propiedad y en colocarlos de la mejor manera posible. Hecho esto,
fuimos poco a poco asentándonos y amoldándonos a nuestro medio.
Desde luego no era difícil convivir con Holmes. Resultó hombre de maneras apacibles y de costumbres
regulares. Era raro el que permaneciese sin acostarse después de las diez de la noche, y para cuando yo
me levantaba por la mañana, él se había desayunado ya y marchado a la calle indefectiblemente. En
ocasiones se pasaba el día en el laboratorio de Química; otras veces, en las salas de disección, y de
cuando en cuando, en largas caminatas que lo llevaban, por lo visto, a los barrios más bajos de la ciudad.
Cuando le acometían los accesos de trabajo, no había nada capaz de sobrepasarle en energía; pero de
tiempo en tiempo se apoderaba de él una reacción y se pasaba los días enteros tumbado en el sofá del
cuarto de estar, sin apenas pronunciar una palabra o mover un músculo desde la mañana hasta la noche.
Durante tales momentos advertía yo en sus ojos una mirada tan perdida e inexpresiva que, si la templanza
y la decencia de toda su vida no me lo hubiesen vedado, quizá yo habría sospechado que mi compañero
era un consumidor habitual de algún estupefaciente.
Mi interés por él y mi curiosidad por conocer cuáles eran las finalidades de su vida fueron haciéndose
mayores y más profundas a medida que transcurrían las semanas. Hasta su persona misma y su apariencia
externa eran como para llamar la atención del menos dado a la observación. Su estatura sobrepasaba los
seis pies, y era tan extraordinariamente enjuto que producía la impresión de ser aún más alto. Tenía la
mirada aguda y penetrante, fuera de los intervalos de sopor a que antes me he referido; y su nariz, fina y
aguileña, daba al conjunto de sus facciones un aire de viveza y de resolución. También su barbilla
delataba al hombre de voluntad, por lo prominente y cuadrada. Aunque sus manos tenían siempre
borrones de tinta y manchas de productos químicos, estaban dotadas de una delicadeza de tacto
extraordinaria, según pude observar con frecuencia viéndole manipular sus frágiles instrumentos de
Física.
* * *
Quizás el lector me califique de entremetido impertinente si le confieso hasta qué punto estimuló aquel
hombre mi curiosidad y las muchas veces que intenté quebrar la reticencia de que daba pruebas en todo
cuanto a él mismo se refería. Sin embargo, tenga presente, antes de sentenciar, cuán carente de finalidad
estaba mi vida y cuán pocas cosas atraían mi atención. El estado de mi salud me vedaba el aventurarme a
salir a la calle, a menos que el tiempo fuese excepcionalmente benigno, y carecía de amigos que viniesen
a visitarme y romper la monotonía de mi existencia diaria. En tales circunstancias, yo saludé con avidez el
pequeño arcano que envolvía a mi compañero e invertí gran parte de mi tiempo en tratar de desvelarlo.
No era Medicina lo que estudiaba. Sobre ese extremo y contestando a una pregunta, él mismo había
confirmado la opinión de Stamford. Tampoco parecía haber seguido en sus lecturas ninguna norma que
pudiera calificarlo para graduarse en una ciencia determinada o para entrar por uno de los pórticos que
dan acceso al mundo de la sabiduría. Pero con todo eso, era extraordinario su afán por ciertas materias de
estudio, y sus conocimientos, dentro de límites excéntricos, eran tan notablemente amplios y detallados,
que las observaciones que él hacía me asombraban bastante.
Con seguridad que nadie trabajaría tan ahincadamente ni se procuraría datos tan exactos a menos de
proponerse una finalidad bien concreta. Las personas que leen de una manera inconexa, rara vez se
distinguen por la exactitud de sus conocimientos. Nadie carga su cerebro con pequeñeces si no tiene
alguna razón fundada para hacerlo.
Tan notable como lo que sabía era lo que ignoraba. Sus conocimientos de literatura contemporánea, de
filosofía y de política parecían ser casi nulos. En cierta ocasión que yo hice una cita de Tomás Carlyle, me
preguntó con la mayor ingenuidad quién era éste, y qué había hecho. Sin embargo, mi sorpresa alcanzó el
punto culminante al descubrir de manera casual que desconocía la teoría de Copérnico y la composición
del sistema solar. Me resultó tan extraordinario el que en nuestro siglo XIX hubiese una persona
civilizada que ignorase que la Tierra gira alrededor del Sol, que me costó trabajo darlo por bueno.
—Parece que se ha asombrado usted —me dijo sonriendo, al ver mi expresión de sorpresa—. Pues bien:
ahora que ya lo sé, haré todo lo posible por olvidarlo.
—¡Por olvidarlo!
—Me explicaré —dijo—. Yo creo que, originariamente, el cerebro de una persona es como un pequeño
ático vacío en el que hay que meter el mobiliario que uno prefiera. Las gentes necias amontonan en ese
ático toda la madera que encuentran a mano, y así resulta que no queda espacio en él para los
conocimientos que podrían serles útiles, o, en el mejor de los casos, esos conocimientos se encuentran tan
revueltos con otra montonera de cosas, que les resulta difícil dar con ellos. Pues bien: el artesano hábil
tiene muchísimo cuidado con lo que mete en el ático del cerebro. Sólo admite en el mismo las
herramientas que pueden ayudarle a realizar su labor; pero de éstas sí que tiene un gran surtido y lo
guarda en el orden más perfecto. Es un error el creer que la pequeña habitación tiene paredes elásticas y
que puede ensancharse indefinidamente. Créame llega un momento en que cada conocimiento nuevo que
se agrega supone el olvido de algo que ya se conocía. Por consiguiente, es de la mayor importancia no
dejar que los datos inútiles desplacen a los útiles.
—Pero ¡lo del sistema solar! —dije yo con acento de protesta.
—¿Y qué diablos supone para mí? —me interrumpió él con impaciencia—. Me asegura usted que
giramos alrededor del Sol. Aunque girásemos alrededor de la Luna, ello no supondría para mí o para mi
labor la más insignificante diferencia.
Estaba ya a punto de preguntarle qué clase de labor era la suya, pero algo advertí en sus maneras que me
hizo comprender que la pregunta no sería de su agrado. Sin embargo, me puse a meditar acerca de nuestra
breve conversación y me esforcé por hacer deducciones yo mismo. Había dicho que él no adquiría
conocimientos ajenos al tema que le ocupaba. Por consiguiente, todos los que ya tenía eran de índole útil
para él. Fui detallando mentalmente todos aquellos temas en los que me había demostrado estar
extraordinariamente bien informado. Llegué incluso a empuñar un lápiz para proceder a ponerlos por
escrito; cuando tuve listo el documento, no pude menos de sonreírme. He aquí el resultado:
Sherlock Holmes
Area de sus conocimientos:
1. Literatura: Cero.
2. Filosofía: Cero.
3. Astronomía: Cero.
4. Política: Ligeros.
5. Botánica: Desiguales. Al corriente sobre la belladona, opio y venenos en general.
Ignora todo lo referente al cultivo práctico.
6. Geología: Conocimientos prácticos, pero limitados. Distingue de un golpe de vista la
clase de tierras. Después de sus paseos me ha mostrado las salpicaduras que había en
sus pantalones, indicándome, por su color y consistencia, en qué parte de Londres le
habían saltado.
7. Ouímica: Exactos, pero no sistemáticos.
8. Anatomía: Profundos.
9. Literatura sensacionalista: Inmensos. Parece conocer con todo detalle todos los
crímenes perpetrados en un siglo.
10. Toca el violín.
11. Experto boxeador y esgrimista de palo y espada.
12. Posee conocimientos prácticos de las leyes de Inglaterra.
Llevaba ya inscrito en mi lista todo eso cuando

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