---------------

Libro PDF Igual te echo de menos que de más Olga Salar

Igual te echo de menos que de más Olga Salar

Descargar Libro PDF Igual te echo de menos que de más Olga Salar


Diez años después…
Tengo que dejar de escribir mis pensamientos en notas. Esta mañana Gerardo ha estado a punto de enterarse de que Arturo me ha pedido ayuda para la celebración
de aniversario que está organizando. Menos mal que me he dado cuenta antes de que abriera el papel donde lo había escrito. ¡Voy a tener que compararme una
libreta! O aprender a ser lo suficientemente constante para escribir en un solo lugar.
Garabatear mis pensamientos en las facturas y en los papeles de promoción es demasiado peligroso para mi salud mental.
La radio sonaba de fondo en la tienda mientras Olimpia intentaba organizar el lío de documentos que se amontonaba en su zona de trabajo. Además de los catálogos de
monturas para la nueva temporada, tenía que ordenar los albaranes y las tarjetas de los clientes habituales.Y por supuesto, deshacerse de las peligrosas notas que se
dejaba a sí misma.
Fue a los ocho años cuando empezó a plasmar sus pensamientos en el papel. De niña era muy habladora y preguntona, y su padre se quejaba de que era incapaz de
concentrarse en su propia casa, por lo que se quedaba la mayor parte de su tiempo libre en la biblioteca de la Facultad de Matemáticas, en la que trabajaba dando clase,
corrigiendo exámenes o intentando descubrir los grandes misterios de las ciencias exactas. Para evitar que tuviera que marcharse de casa, la madre de Olimpia decidió
darle un diario y un consejo, que ella guardó como un tesoro: hay pensamientos que es mejor escribirlos para uno mismo que compartirlos con los demás. Desde aquel
momento escribió todo lo que pensaba o le preocupaba. Cualquier superficie blanca era una vía de escape digna.
La voz del locutor anunció una canción y Olimpia aplaudió la elección con una sonrisa.
—¡Bien hecho, Nico! —canturreó—. “Echo de menos la cama revuelta, ese zumo de naranja y las revistas abiertas…”.
Gerardo asomó la cabeza por la puerta de su pequeño despacho, situado a unos cuatro metros a la izquierda del mostrador de venta.
—A Arturo le encanta esta canción —comentó sonriendo y perdiendo el hilo de lo que iba a decir—. Es de nuestros tiempos. Todavía me acuerdo cuando nos
escapábamos a disfrutar de la “movida madrileña”.
—Sí que eres viejo —se burló con una mueca—. Una vieja gloria.
—Ni tan viejo ni tan gloria —comentó él, aunque era evidente que le había complacido ser llamado“vieja gloria”.
—No te preocupes, te conservas muy bien para la edad que tienes —volvió a pincharle.
Gerardo cabeceó, dando a entender que estaba de acuerdo.
—Es lo que tiene disponer de buenos genes.
—En ese caso lo siento mucho por Nico, porque mi padre tiene unas entradas más grandes que las puertas de los jardines de Viveros. —Se rio al imaginarse a su
hermano con poco pelo y entradas—. Aunque es muy listo. Supongo que la naturaleza se esfuerza en equilibrar los dones.
Gerardo disimuló una carcajada, seguramente al visualizar la imagen que Olimpia había plantado en su cabeza.
—Bueno, corazón, en realidad he salido porque necesito hablar contigo. Ven al despacho —pidió de repente, con el semblante que usaba solo cuando quería hacer
notar que era el dueño de la óptica en la que Olimpia trabajaba desde que terminó sus estudios.
Normalmente siempre la trataba como a una compañera; como una colega más. Solo usaba esa expresión cuando pretendía que le tomara en serio.
Olimpia se tensó. Llevaba el último mes temiendo que su jefe le dijera lo que sabía que le iba a decir: que cerraba la óptica y que tenía que buscarse un nuevo trabajo.
Algo que la dejaría completamente destrozada, y no solo por tener que rehacer currículos y demás, sino porque se sentía muy cómoda trabajando con Gerardo. De
hecho, él había sido su único jefe, casi como un padre para ella, y lamentaba mucho que se viera obligado a cerrar. No obstante, sus problemas de salud y la insistencia
de su marido, Arturo, habían terminado por inclinar la balanza en favor del cierre.
Si cerraba, ya podía decir adiós a sus planes de mudarse a un piso para ella sola. Llevaba años ahorrando para comprarse una casa, nada de hipotecas de por vida, ella
anhelaba tener algo que sentir como propio. Por ese motivo vivía con su hermano, para ahorrarse medio alquiler y seguir guardando dinero.
Si se quedaba en el paro tendría que seguir viviendo con Nico, su hermano mayor, y sufriendo las largas noches de insomnio que comportaba vivir con alguien con un
trabajo tan nocturno y una vida social tan activa.
—¿Se puede? —inquirió, asomando la cabeza por la puerta.
La sonrisa de Gerardo logró que se relajara un poco. Después de todo, si fuera a decirle que cerraba el negocio no lo haría con tanta alegría. ¿No?
—Pasa y siéntate. A ver si nos da tiempo a hablar tranquilamente antes de que venga alguien. ¿No iba a pasarse Natalia, la amiga de Nico, para probarse unas
lentillas? —preguntó, olvidando el motivo de que Olimpia estuviera allí.
—Esta semana no. ¿Va todo bien? ¿Para qué me has pedido que entre?
—Más que bien, corazón. Verás Pía, mi sobrino regresa de Nueva York. Ya te he contado que hace cinco años se embarcó en un proyecto y abrió varias ópticas en
Estados Unidos. El caso es que el negocio ha ido mejor que bien y ahora planea ampliarlo y que llegue a Europa. —Hizo una pausa dramática para que su amiga
comprendiera que lo que seguía iba a ser algo grande—. Y esta va a ser la primera parada. Vamos a convertirnos en la primera franquicia de PG Eyecare en España. —
Gerardo se calló a la espera de que Pía compartiera su entusiasmo.
—¡Estupendo! Me alegro mucho. ¡Enhorabuena!
Gerardo la conocía lo bastante como para adivinar lo que le preocupaba, así que intentó calmarla.
—Tu trabajo está garantizado, corazón. La única diferencia será que yo ya no seré tu jefe y que vamos a modernizar la tienda para adaptarnos a la estética de las
tiendas americanas. Si todo funciona, mi sobrino estará aquí un par de meses, para ponerlo todo en marcha, y después se irá a Paris a seguir con el proyecto de ampliar
la cadena. Lo siguiente serán más tiendas en España y Europa.
—¿Y quién llevará esta tienda cuando él ya no esté al cargo? —preguntó Pía asustada.
Gerardo sonrió y arqueó una ceja.
—¿Yo? ¿Quieres que la dirija yo? —Ahora estaba asombrada.
—Así es. Además, podrás contratar a otra persona para que te ayude. Yo voy a retirarme y a convertirme en un socio capitalista en la sombra.
Pía soltó una carcajada.
—¿Voy a ser la jefa?
Él asintió de muy buen humor.
—Lo único que le he exigido a mi sobrino para apoyarle en el negocio es que te mantenga en el puesto. Tú eres irreemplazable, corazón. Para Arturo y para mí eres
como la hija que nunca tuvimos.
Pía sonrió.
—¿Y qué pasa con Kiara? —pinchó. Estaba tan emocionada que, o se metía con él o terminaría llorando como una boba.
—Ella es demasiado peluda para ser nuestra hija —le siguió el juego. Los dos sabían lo mucho que la pareja adoraba a su perrita—. Somos padres guapos.
Contenta por las noticias, se levantó y le dio un sonoro beso en la mejilla.
—¡Gracias, gracias! —Salió de la oficina canturreando, pero en lugar de regresar a su mesa se detuvo en la puerta del despacho—. Por cierto, yo también te quiero.
—Ya lo sabía —rio Gerardo—, pero me encanta oírlo.
Pía estaba encantada. Había creído que se iba a quedar sin trabajo y, en cambio, estaba cerca del ascenso. Lo único que le preocupaba era que el sobrinísimo fuera un
problema. No estaba acostumbrada a trabajar con nadie más que con Gerardo, quien la dejaba a su aire y apenas le mandaba que hiciera nada. Y es que Olimpia tenía
ciertos problemas con la obediencia.
¡Bien! Ole, ole y ole.
Ahora solo me queda buscarme un piso cerca del trabajo y mi vida mejorará mucho. Quiero a mi hermano, pero hay demasiadas mujeres que le adoran. No
necesita una más.
Estaba tan contenta por la noticia que se escapó a la pastelería y regresó con dos lenguas de vaca, las preferidas de Gerardo.
—Toma, para ti. —Le tendió una y una servilleta.
El hombre la miró con suspicacia. Desde que le habían detectado diabetes y se veía obligado a inyectarse insulina, Pía había hecho desaparecer incluso el azúcar para
el café de la tienda, por lo que resultaba sospechoso que le llevara un pastel.
—¿Estás tratando de sobornarme? —preguntó apartando un mechón de cabello oscuro, ya con algunas hebras blancas, de su frente.
—No. Para nada. Mira que eres mal pensado. —Y antes de que pudiera decir nada recuperó el pastel.
—¡Oye! Que es mío.
—Te lo doy con una condición.
Gerardo frunció el ceño.
—Ya sabía yo que había algo más.
Ella esbozó una expresión inocente.
—Solo iba a decirte que no se lo contaras a Arturo. Se supone que tengo que vigilarte para que no comas dulces, no suministrártelos.
—Así que eres su espía —acusó con diversión.
—Para nada. Te vigilo por devoción, yo voy por libre. —Le guiñó un ojo y salió para disfrutar de su pastel.
Antes de salir del trabajo, a las dos, llamó a su amiga Lola para ver si quería quedar con ella para comer juntas. Después de todo, tenía algo importante que contarle, no
era ninguna excusa para sacarla de casa. Sin embargo, como venía siendo habitual durante el último mes y medio, Lola se negó a salir, y a cambio la invitó a comer,
tentándola con que tenía canelones de su madre en el congelador.
Cuando llamó al timbre de Lola, Pía tenía un discurso preparado para hacerle ver a su amiga que haber tenido un bebé no tenía porqué convertirla en ermitaña. Así y
todo, cambió de parecer en cuanto Lola le abrió la puerta.
Su mejor amiga, la misma persona que se gastaba un cuarto de su sueldo en revistas de moda, iba vestida con una camiseta gris y sin forma, que seguro que había
pertenecido o pertenecía a Mario, su marido; unos pantalones de chándal y una coleta medio deshecha. Todo ello rematado con unas ojeras negras que le daban una idea
aproximada de las horas que dormía al día.
La imagen que tenía delante desentonaba con el recuerdo de la mujer elegante y atractiva que había sido su mejor amiga desde el día en que se sentaron juntas en su
primer día de Universidad. Incluso embarazada con una barriga enorme e hinchada por la retención de líquidos, se veía estupenda, nada que se acercara a ese aspecto
descuidado que lucía en ese momento.
—Hola, cariño. Pasa —pidió, apartándose de la puerta.
—¿Cómo está Adrián?
—Se acaba de dormir. —Suspiró y le dio dos besos en las mejillas—. No hables muy fuerte, por favor. Tengo los pezones en carne viva, necesito que me dé un
respiro o se me caerán a pedazos.
Pía disimuló una risita. Lola se había empeñado en darle el pecho a Adrián, consciente de que era mucho más sano para el niño, ya que le evitaba los temidos cólicos.
A pesar de todo, ya no parecía tan contenta con su decisión. Aunque, conociéndola, Pía estaba segura de que se le pasaría en cuanto se acostumbrara.
—Te he traído una crema que la chica de la farmacia me ha dicho que te calmará las molestias. —Y añadió antes de que Lola protestara—: Me aseguró que es
inofensiva para Adrián. Ni siquiera notará que la usas.
Los ojos de Lola brillaron por las lágrimas contenidas. De un tiempo a esta parte le resultaba más difícil no llorar por casi cualquier cosa.
—Gracias. Te quiero mucho —lloriqueó—. Se queda dormido en cuanto le enchufo el pecho, con lo que cada media hora tiene hambre.
Pía la abrazó, sabiendo que las hormonas seguían haciendo de las suyas en el cuerpo de Lola.
—Yo también te quiero. De hecho, te quiero tanto que he decidido vigilar a Adrián mientras tú te das un baño relajante y te cambias de ropa. ¿Qué te parece?
—¿De verdad?
—Claro que sí. Es mi deber como madrina cuidar de ti para que tú puedas cuidar de él.
—Suena maravilloso, pero en lugar de un baño me daré una ducha. Y mientras lo hago tú puedes pedir comida china. En la nevera está el menú del restaurante. Los
canelones de mi madre te los he puesto en una fiambrera para que te los lleves para mañana —explicó dejando las lágrimas atrás.
—Eres un sol —alabó Olimpia.
—Ya lo sé. —Sonrió—. Vamos a ponernos en marcha que si no Adrián se despertará y ya no podremos comer con tranquilidad.
—¡Oído cocina! Ahora vete, que yo me encargo de todo.
A pesar de lo que había dicho, Pía dio gracias al universo cuando Adrián siguió durmiendo y le evitó tener que enfrentarse al terrorífico mundo de los bebés llorones.
Para entretenerse mientras esperaba a que Lola estuviera lista, se ocupó de recoger el comedor y los pocos cacharros que había en la cocina.
Desde el nacimiento de Adrián, Lola no había tenido mucho tiempo para dedicarse a sí misma; con todo y con eso, la casa estaba impecable. Con toda seguridad
porque su madre pasaba por allí para echarle una mano, pero también porque su amiga era una maniática del orden.
Diez minutos más tarde, la morena volvió a reaparecer con una camiseta rosa y unos vaqueros muy ajustados. Todavía llevaba el pelo mojado, que le ondulaba a la
altura de los hombros. Era la vez que más largo se lo había visto. Normalmente no dejaba que le creciera más allá de las orejas.
—Le doy la bienvenida a la verdadera Lola —bromeó con guasa.
—De un tiempo a esta parte, la única Lola que existe es la que te ha abierto la puerta. Además, mira lo apretados que me quedan los pantalones —se quejó,
levantándose la camiseta para que viera lo ajustados que los llevaba.
—Qué exagerada eres. Es normal que tengas menos tiempo con un bebé recién nacido en casa, de lo demás te veo estupenda.
Lola suspiró con exageración.
—¡Qué buena amiga eres! Igual que el pobre Mario, primero la cuarentena y ahora Adrián que no duerme y yo que no tengo tiempo ni de peinarme… A este paso se
me va a cerrar el agujero.
Pía se tragó una carcajada. Su amiga parecía abatida.
—Lo dicho, eres una exagerada. Eso no se cierra, no te preocupes.
—No lo soy. Y te aseguro que se cierra porque me cosieron. No dudes que hay que volver a hacerle sitio para que recupere el tamaño normal.
—Te hicieron una episiotomía, como a la mayoría de mujeres que dan a luz. Eso no es cerrar el agujero, cariño. —Le palmeó la espalda con afecto.
—¿Estoy siendo muy dramática?
Olimpia asintió con la cabeza.
—Menos mal que todavía me queda el recurso de echarle la culpa a las hormonas. Así Mario no puede divorciarse de mí, todavía —apuntó antes de que dos
lagrimones le empañaran la visión.
—Cariño, Mario te adora. No seas tonta. —La abrazó con cariño—. No llores, que tengo que darte una buena noticia.
—No estoy llorando son…
—Las hormonas —interrumpió la pelirroja con una sonrisa—. Lo sé. Son unas fastidiosas.
—Espera y verás cuando tengas hijos… —lloriqueó de nuevo Lola.
—Para eso falta mucho.
Más afligida por el comentario de su amiga, la morena alzó la cabeza para mirarla y lloró con más intensidad.
—Pobre, Pía —se lamentó—, estás tan sola sin novio ni nadie que te quiera como te mereces…
—Serán mamonas esas puñeteras hormonas —dijo Olimpia, debatiéndose entre la risa y la mala uva.
Así soy yo
Olimpia estaba demasiado emocionada como para poder dormir. Por eso se había tumbado en la cama, cansada de los programas que emitían en televisión, y se
dedicaba a descargar su cabeza en una vieja libreta de su época de estudiante que encontró en un cajón de su dormitorio. Como norma general escribía en cualquier hueco
en blanco que encontrara, por lo que la libreta que acababa de descubrir terminaría en el fondo del mismo cajón del que había salido.
Nico acaba de llegar a casa. Como siempre, cierra la puerta con tanto cuidado que me entero, porque tengo un oído muy fino y estoy pendiente de lo que hace mi
hermano mayor que si no… (Ja. Parece una apisonadora. Lo mismo le da que sean las diez de la mañana que las doce de la noche). Cuando tenga mi casa podré vivir
sin tanto sobresalto. Disfrutar del silencio…
Porque mira que me cabrea que no tenga el detalle de pensar en mí. Es hora de que esté durmiendo, que no lo estoy, pero eso él no lo sabe. En fin… voy a tener que
contarle lo del nuevo trabajo y lo cerca que estoy de poder comprarme un piso y esta es una ocasión tan buena como cualquier otra para decírselo.
Por un lado me pone triste mudarme, pero por otro estoy segura de que hacerlo será bueno para los dos. Nico necesita replantearse su vida y conmigo aquí no tiene
esa necesidad. Para qué va a preocuparse de aprender a usar la lavadora o el lavavajillas si ya estoy yo para hacerlo. Lo malo es que el que me vaya le va a facilitar
los asuntos del corazón… Justo lo que menos necesita. No, tal vez todo lo contrario, porque yo soy su excusa perfecta para no intimar con nadie lo suficiente como
para traerla a casa.
Pía soltó el bolígrafo y miró el despertador de su mesilla de noche. Tal y como había supuesto, pasaban las doce de la madrugada. Seguramente Nico había doblado
turno en Ti amo FM, la emisora de radio en la que trabajaba como presentador y Dj, una de las tres más importantes del país que, además, estaba vinculada a un
periódico, a una cadena de televisión y vaya usted a saber qué más.
No obstante, a pesar de los horarios de locura que tenía en la emisora, era gracias a su trabajo por lo que se había dado a conocer y le contrataban para bolos por
todas las ciudades de España. Su trabajo le había permitido hacerse un nombre como Dj y ahora también comenzaba a hacer sus pinitos como presentador de eventos
musicales.
Porque, a pesar de que vivían en Valencia, los programas de su hermano se retransmitían en todo el país, detalle que le hacía conocido por la gran mayoría de los
jóvenes asiduos a la radio y a las discotecas.
Olimpia estaba muy orgullosa de él. Siempre lo había estado. A pesar de llevarse casi dos años, Nico no había sido el típico hermano mayor que ignoraba a su
hermana pequeña. La había protegido desde que fue consciente de ella, y nunca se había avergonzado de hablarle en el instituto o incluso de salir a tomarse unas copas
con ella y sus amigas en la Universidad.
Nico estaba demasiado seguro de sí mismo como para que le preocupara lo que nadie pensara de él. Y esa seguridad estaba más que justificada; no solo por su
imponente físico, sino por su capacidad para ganarse a la gente con su encanto. Olimpia dejó sobre la almohada la libreta en que andaba garabateando y salió al comedor.
Su hermano estaba estirado en el sofá, y cambiaba de cadena con el mando a distancia tan deprisa que Olimpia dudaba que viera algo de lo que emitían. Su cabello
cobrizo, unos tonos más oscuros que el de pía, estaba desordenado como si se hubiera pasado los dedos por él. Por lo demás, aparte de quitarse los zapatos, seguía
vestido con la ropa de calle.
—¿No tienes sueño?
Nico se giró para mirarla sin dejar de presionar los botones del control remoto de la televisión.
—No mucho. ¿Y tú? Creía que ya estarías durmiendo.
—Tampoco, tengo una buena noticia y me está quitando el sueño —explicó, y se sentó en el sofá, a sus pies.
Su hermano se incorporó un poco.
—¿Por qué te quita el sueño si es buena? A ver, cuéntame y yo decidiré si es buena o mala.
Pía le puso al día enseguida de su conversación con Gerardo y de las posibilidades que le veía a ser la próxima jefa.
—Podré contratar a Lola —apuntó entusiasmada—. ¡Será fantástico!
—Lola ya tiene trabajo. Solo está de baja por maternidad.
—Lo sé, pero estoy dispuesta a ofrecerle más ventajas para que se venga conmigo.
Nico se rio de ella sin tapujos.
—¡Estás loca! Todavía no tienes el puesto y ya estás haciendo cábalas con él.
—¡Gracias! Yo también te quiero.
—Lo sé. Pero vamos a lo importante. ¿Y si no te cae bien tu nuevo jefe? Los dos sabemos que llevas muy mal eso de acatar órdenes —expuso mientras arrugaba el
ceño al recordar alguna situación tensa entre ella y su madre, momentos en los que se veía obligado a intervenir para limar asperezas mientras su padre, ajeno a todo,
seguía enfrascado en sus ecuaciones.
—Solo va a ser mi jefe por unos meses. Estoy segura de que voy a poder aguantarlo. Es familia de Gerardo, no puede ser tan malo.
Nico se encogió de hombros.
—No estoy de acuerdo contigo. Míranos a nosotros. No podemos ser más diferentes.
—Pero los dos somos buena gente —insistió Olimpia.
—Puede que tengas razón. ¡Tengo hambre! —anunció poniéndose en pie de un salto y huyendo a la cocina sin parar a calzarse.
—Tu fe en mí me conmueve —gritó para que la oyera.
No podía dormir, así que volvió a dar otra vuelta en la cama. Cada vez más nerviosa y molesta. Lo suyo era el colmo de los despropósitos. Acababan de darle una de las
mejores noticias de los últimos meses y no podía quitarse de encima la sensación de que algo malo iba a suceder. Y todo porque Nico había estado más negativo que
nunca.
Confiaba en Gerardo, era como un padre o incluso como un hermano mayor más, aunque pasara de los cincuenta. Sin embargo, su carácter y su constante buen
humor la habían llevado a adoptarlo como parte de su familia. Igual que le sucedía con su verdadero hermano, también tenía que estar pendiente de Gerardo, porque era
tan despistado que perdía las llaves de la óptica si Olimpia le dejara que las tuviera.
Durante los primeros meses de trabajar para él, la tienda abría tres cuartos de hora más tarde del horario establecido, y solo gracias a que Arturo siempre podía
escaparse unos minutos de clase para llevarle las llaves de repuesto. Después de eso, Arturo delegó en Olimpia la misión de llevar unas llaves de repuesto de la tienda,
otras del coche de Gerardo y una copia de las del piso que ambos compartían en la calle Colón.
Sin embargo, aunque no dudaba de la palabra de su amigo, el que hubiera otra persona involucrada en su ascenso le quitaba el sueño, de un modo metafórico y literal.
¿Y si no se llevaba bien con el sobrino de Gerardo? No sabía nada de él. ¿Cuántos años tenía? ¿Los suficientes para saber lo que hacía, o aquello solo era un
experimento de niños bien?
Además, tal y como había apuntado Nico, llevaba muy mal que le mandaran. De hecho, su imposibilidad de seguir a la autoridad le había provocado algún que otro
dolor de cabeza.
Por otro lado, se animó, iban a ser solo unos pocos meses… Tal vez le saliera una úlcera de estómago, pero sería por una buena causa y, sin duda, compensaría el
sacrificio.
“¡Seré la empleada perfecta!”, decidió con una sonrisa, sintiéndose muy satisfecha de sí misma. “Lo único que tengo que hacer es fingir que acato sus órdenes
mientras hago lo que me viene en gana”.
El invitado sorpresa
Por lo que parece, el sujeto es moreno y de ojos marrones (muy corriente). Hijo de la hermana de Germán, una mujer muy simpática que conocí en la boda de mi jefe,
por lo que ya hay dos familiares que me caen bien y, por lo tanto, el doble de posibilidades de que el sujeto se parezca a alguno de ellos y cuente con mi aprobación.
Aunque tiene otro punto en contra, y es que habla muy mal de él que no asistiera a una celebración tan importante para Gerardo y Arturo. No le conozco y ya me
parece un desconsiderado de narices.
En cualquier caso, está claro que el sujeto no se merece el cariño con el que los dos hablan de él.
Olimpia interrogó con sutileza (demasiada, a juzgar por el resultado) a Gerardo sobre cómo era su sobrino. En sus pesquisas descubrió muy poco, porque no quería ser
muy evidente y que su jefe se diera cuenta de su interés. Ya que, de hacerlo, sus preguntas se quedarían en una mera entrevista superficial al lado de su tercer grado.
Con intención de descubrir algo más del tipo misterioso que estaba a punto de trastocar su vida, probó la misma táctica con Arturo, con quien salió a tomar un café el
miércoles a la hora del almuerzo para hablar de la fiesta sorpresa que estaba organizando para celebrar su aniversario de bodas. Así y todo, solo llegó a enterarse del
menú del catering que había contratado para esa noche, porque Arturo era incapaz de centrarse en otra cosa que no fuera la fiesta sorpresa.
—Voy a necesitar que el sábado a mediodía te lleves a mi marido a comer después de cerrar la tienda, para que me dé tiempo a prepararlo todo sin que se entere.
—¿Y qué excusa le pongo? Seguro que me propone que te invitemos.
—Eso me lo dejas a mí, yo me encargo de esa parte. Le pondré algún pretexto, tú solo tienes que convencerle para que te acompañe y entretenerlo hasta las ocho,
hora en que me lo traerás de vuelta.
—De acuerdo, pero voy a tener que cambiarme. No puedo ir a una fiesta vestida con la ropa con la que voy a trabajar —se quejó. Si tenía que distraer a Gerardo
hasta casi la hora de cenar, no iba a tener tiempo para arreglarse.
—¡No puedes! Se dará cuenta de que pasa algo y la sorpresa se irá al garete —exclamó Arturo, horrorizado por la idea de que su plan se fuera a pique por un ataque
de vanidad—. Ya sabes lo curioso que es.
—De acuerdo, no te pongas nervioso. Ya se me ocurrirá una solución —apuntó, calmando a su amigo.
Y así había sido.
El jueves por la mañana, cuando llegó al trabajo, se aseguró de dejar caer ante Gerardo que estaba harta de su corte de pelo y del look de “señorita buena” con que
vestía. Añadió el detalle de que hacía más de seis meses que no tenía una cita, y el resultado fue el que había esperado: su amigo se ofreció para asesorarla y hacer de
estilista. Concertaron una cita para comer el sábado, ir de compras y al salón de belleza.
De hecho, Gerardo solo salía de su despacho cuando escuchaba a alguna clienta preguntarle a Pía qué montura le quedaba mejor o el color que potenciaba su tono de
piel. Su jefe adoraba a los clientes indecisos porque con ellos podía dar rienda suelta al buen gusto que le caracterizaba.
—El problema es que hace años que no te cortas el pelo —la regañó—, el color es sensacional, pero el corte…
—¿Sensacional? ¿Te has vuelto daltónico? Es rojo.
—Lo sé, y es precioso. Además, tendrías que alegrarte de no ser una pelirroja al uso, con la piel llena de pecas.
—Eso es cierto. Pese a mi pelo rojo no tengo tantas pecas.
Gerardo parecía perdido en sus propios pensamientos.
—A lo mejor un flequillo lograría que te vieras más actual… —Asió la coleta de Olimpia para mirarle las puntas—. Necesitas sanearlo.
Antes de que ella pudiera volver a quejarse, se dio la vuelta y se metió en su despacho para organizar la sesión de renovación que acaba de decidir que Pía necesitaba.
A la hora de comer ya lo tenía todo planeado, y no lo hacía solo porque disfrutara con ello, sino porque eso de que no hubiera tenido una cita en seis meses le había
dejado muy impactado.
—¿Sabes? Podrías pedir cita para ti también —apuntó Olimpia tras hacer una pausa dramática—. Tu piel está un poco cetrina.
—¿Tú crees? —inquirió Gerardo pasando la palma de la mano por su mejilla—. Será el estrés.
—Sin duda. Deberías hacerte un peeling o algo así.
—Bueno, supongo que podemos arreglarlo para que Toni nos atienda a los dos.
—Eso sería perfecto —aceptó con una sonrisa satisfecha—. Así será más divertido.
Olimpia aplaudió mentalmente. La primera parte de su plan estaba en marcha. Aunque la idea de cortarse el pelo, que siempre había llevado largo y sin flequillo, no
terminaba de convencerla.
De acuerdo que era una adicta de las tendencias y que el flequillo estaba de moda, pero arriesgarse tanto sin conocer el resultado de antemano no era lo que tenía
pensado cuando planeó cómo pasar la tarde del sábado. Lo único que había pretendido al proponerle ir a la peluquería y de compras era encontrar una excusa creíble
para poder ir arreglada a la cena de aniversario de su amigo sin que este sospechara.
Por ese motivo estaba tan preocupada cuando por fin llegó el día y Gerardo la arrastró hasta el salón de estética de su amigo Toni, ya que lo que inicialmente era una
tarde de compras se había convertido en un estilismo completo.
Gerardo se empeñó en cerrar la óptica a la una y, un cuarto de hora después, los dos entraban en la peluquería. No tuvieron que esperar porque les esperaban. Según
supo Pía, su jefe había llamado para avisar que iban de camino, y Toni estaba tan impaciente por atenderlos que prácticamente se abalanzó sobre ellos en cuanto
entraron.
—Tienes toda la razón, Gerardo. El color es maravilloso —comentó el peluquero en cuanto los vio entrar.
—¡Gracias! —aceptó Olimpia con una sonrisa, aunque por dentro pensara que debía de haber una epidemia masculina que afectaba a la percepción de los colores.
Una vez que le lavaron el cabello y la sentaron en el sillón frente al enorme espejo, fue como si ella hubiera dejado de existir. Ni Toni ni Gerardo hicieron caso a
ninguna de sus objeciones sobre cortarse el pelo.
—Tienes un color muy bonito y por lo que veo tienes muy buen gusto para vestir, pero… Te falta algo —apuntó Toni, repasándola de arriba abajo—. Siento tener
que decírtelo, pero te ves sosa. Corriente—explicó y, como si con eso lo hubiera dicho todo, centró su atención en las propuestas de su amigo común.
—¿Qué te parece un long bob con un flequillo largo y ladeado? —inquirió Gerardo, aunque no fue a la interesada a quien le hizo la pregunta.
—Muy adecuado —aceptó el estilista.
—¿Te parece bien, corazón? —la preguntó a través del cristal.
—¿Ahora me preguntas? ¿Cuándo ya lo habéis decidido todo? —protestó, mirándoles también a través del espejo que tenía delante.
—Eso es un sí —zanjó Gerardo con seguridad.
Pía resopló con fuerza, pero no dijo una palabra. Después de todo, sabía que no iba a servir para nada.
De modo que, una hora y media después, salía del salón de belleza con un nuevo look y muerta de hambre. El corte le encantaba; a pesar de eso, no tenía ninguna
intención de admitirlo ante aquellos dos, que ya se sentían bastante satisfechos consigo mismos a la vista del resultado.
Tras la comida entraron en casi todas las tiendas del centro comercial, en algunas hasta dos veces, y, aunque la idea inicial de Olimpia había sido comprarse un
vestido para la fiesta, terminó con el maletero de su coche lleno de bolsas y pensando en ahorrar para comprarse el fabuloso bolso de Guess que había visto.
—¿Me esperas en la cafetería? —le pidió, acercándose a Gerardo para darle un beso en la mejilla—. Tengo que ir al baño.
—Puedo esperarte aquí.
—Mejor en la cafetería. Voy a tardar. Después de dejarte en casa voy a una fiesta y tengo que arreglarme —explicó con una sonrisilla traviesa.
—Entonces te haré caso y me pediré un café. —Hizo una pausa—. Con sacarina. —Y añadió, antes de darse la vuelta y caminar hasta una de las mesas libres—: Si
quieres un consejo, ponte el vestido negro. El escote es perfecto para lucir tu nuevo corte de pelo.
—Era lo que tenía en mente —aceptó, ampliando su sonrisa.
Cuando salió del cuarto de baño del centro comercial, debidamente maquillada y ataviada con el vestido negro, Gerardo ya se había terminado su café y estaba
pendiente del móvil. Lo dejó sobre la mesa en cuanto la vio aparecer. Su expresión de concentración cambió por una sonrisa de aprobación.
—Estás preciosa. Ningún hombre podrá dejar de mirarte.
—Gracias. Tú también estás muy guapo. Tu piel tiene un color fantástico —dijo con un guiño.
Gerardo asintió con la cabeza, dando a entender que pensaba lo mismo que ella.
—¿Sabes? Creo que voy a entrar contigo en casa para que Arturo vea lo que me he hecho. A ver qué le parece.
—Le va a encantar. Ya lo verás —aceptó, asiéndola por la cintura mientras se dirigían al aparcamiento del centro comercial.
“Segundo paso superado”, pensó. Ya tenía la excusa perfecta para subir con él al piso. Ahora solo tenía que encontrar la manera de enviarle un mensaje a Arturo para
avisarle de que iban de camino y la maquinaria se pondría en marcha. Y lo hizo antes de entrar en el coche y arrancar, camino de una fiesta para la que, gracias a su
ingenio, estaba absolutamente preparada. O casi.
La suerte hizo que encontrara aparcamiento a solo unos metros de la casa de la pareja. Caminó junto a Gerardo, quien no sospechaba nada, por lo que cuando las
luces se encendieron y una multitud gritó “¡SORPRESA!”, le pilló completamente desprevenido.
Después de besar a su marido, Arturo se lanzó a los brazos de Pía para agradecerle toda la ayuda que le había brindado.
—¡Pásalo genial esta noche! Estás preciosa —dijo pasando los dedos por su nuevo peinado—. Y hay chicos guapos por todas partes —le dijo guiñándole un ojo—.
No puedes quejarte de la variedad que he invitado expresamente para ti.
Olimpia soltó una carcajada divertida.
—¡Qué detalle! Muchas gracias.
—No hay de qué. —El guiño que le ofreció hizo que ella sonriera más ampliamente.
Estaba muy contenta porque todo hubiera salido tal y como esperaban, así que decidió que había llegado el momento de disfrutar de la fiesta. Se adentró entre los
invitados para charlar y servirse algo de comer del bufé del que tanto había escuchado hablar. No obstante, a pesar de lo bien que había ido la noche hasta el momento,
sentía un peso extraño en el estómago y la sensación de que alguien la estaba observando.
Con disimulo, dio una vuelta sobre sí misma buscando algo extraño, pero todo parecía bastante anormal. Había gente conocida y amigos de Gerardo y Arturo a los
que no había visto nunca, pero nada que justificara la extraña sensación que le oprimía el estómago. Hasta que una voz masculina la llamó por su nombre completo.
Algo que ya de por sí era insólito, porque había muy poca gente que lo usara. Sus padres, su hermano cuando se enfadaba con ella y algún que otro conocido que lo
hacía posiblemente porque sabía lo poco que a ella le gustaba que la llamaran de ese modo.
—¿Olimpia? —preguntó de nuevo la voz.
Se dio la vuelta hacía el lugar de donde procedía la voz y su corazón se detuvo durante un instante. Parpadeó para ver si la imagen desaparecía, pero el hombre seguía
allí, plantado delante de ella para cubrir su huida.
—No, no puedes ser tú —musitó ella sin dejar de mirarle—. No eres tú.
El sujeto arqueó una ceja y la miró con una sonrisa sardónica en los labios, lo que aumentó su malestar.
—Me alegro de verte.
—¡Pues yo no! Y no me da la gana que seas tú —zanjó de muy mal humor.
Un favor muy personal
Nico entró en la emisora sonriendo, como hacía siempre, fuera la hora que fuera e hiciera el tiempo que hiciera. Su buen humor era parte de su identidad.
Lamentablemente, la persona que terminaba turno y que le daba el relevo a su retransmisión era Melissa, por lo que la sonrisa se le quedó atascada en la cara, a medio
camino entre la expresión de miedo y una mueca de horror.
De haber sabido que se iba a encontrar con ella su humor hubiera sido otro distinto.
Con educación, pero sin un atisbo de interés, dio las buenas noches a la mujer, que había salido con prisas de la cabina y le miraba fijamente, y se encaminó hasta su
mesa, para dejar la mochila y revisar su plan de programa de esa noche.
Ya tenía confeccionada una lista con las canciones que iba a pinchar y solía revisarlas antes de entrar en cabina para ir preparando la entradilla. Sin embargo, en ese
momento, ninguna de las escogidas le parecía adecuada para el tétrico humor que se respiraba aquella noche en la redacción.
Solo se relajó al pasar por delante de la mesa de Natalia, su técnico de sonido y una de sus mejores amigas.
La conocía desde hacía cinco años, cuando ambos entraron a trabajar en la emisora, y desde ese primer encuentro la conexión entre ellos fue inmediata.
La morena le miró por encima de sus gafas de pasta

Web del Autor

Clic Aqui Pagina Oficial

Si no sabes descargar mira este video tutorial

[sociallocker]
[popfly]

Descargar 

Leer en online
[/popfly] [/sociallocker]

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

---------