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Libro PDF Inocencia con diamantes BLAKE Maya

Inocencia con diamantes BLAKE Maya

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Bastien Heidecker abrió la puerta de su
sala de juntas y entró. Durante varios
segundos, ninguno de los asistentes notó
su presencia, absortos como estaban en
la catástrofe que mostraba la pantalla de
alta definición.
Su director financiero, Henry Lang,
fue el primero en verlo.
–Señor Heidecker. Acabamos de ver
las últimas noticias… –el hombre,
moreno, de corta estatura, tomó el
mando a distancia, apretó un botón y
volvió a su asiento.
Bastien observó a los demás
empleados ocupar sus asientos. Estaba
ya enfadado, pero su furia aumentó aún
más cuando sus ojos se posaron en la
pantalla.
La imagen congelada de ella le
devolvió la mirada. A pesar de la
tormenta que se formaba bajo la
superficie de su calma exterior, Bastien
no podía culpar a su equipo por sentirse
fascinado por la mujer que estaba en el
centro del caos que amenazaba a su
empresa.
Ana Duval era la perfección
personificada. La belleza de la modelo
mitad colombiana-mitad inglesa,
combinaba inocencia y desafío con un
toque de vulnerabilidad cultivada
cuidadosamente. Esa combinación había
conquistado a todos los hombres viriles
del hemisferio occidental y la había
hecho famosa antes de cumplir los
veintiún años.
¡Qué narices! También lo había
conquistado a él.
Ya a sus quince años, Bastien había
sabido que la chica delgada de ocho
años y mirada de corderito inocente con
la que había tenido la mala suerte de
pasar un invierno terrible solo causaba
problemas. Lo que no había previsto era
que dieciséis años después llevaría esos
problemas hasta su misma puerta.
Miró su pelo sedoso negro liso, su
figura esbelta y delicada y las piernas
que un adulador había descrito en una
ocasión como «un metro de paraíso
cremoso».
Contra su voluntad, su cuerpo
reaccionó al recordar la proximidad de
aquel cuerpo con el suyo solo dos meses
atrás, y las palabras suaves y sin sentido
susurradas en su oído.
Apartó aquel recuerdo, se sentó en la
cabecera de la mesa y miró a su segundo
al mando.
–¿Cuál es el último precio de las
acciones? –preguntó.
El otro hombre hizo una mueca.
–Menos de la mitad que ayer y siguen
cayendo.
–¿Qué dicen los abogados? ¿Pueden
hacer desaparecer esto?
Henry, su segundo, miró su reloj.
–Esta tarde a las dos hay una vista
judicial. Confían en que, puesto que es
la primera ofensa de la señorita Duval,
el juez sea indulgente…
–Presunta ofensa –corrigió Bastien
entre dientes.
Henry frunció el ceño.
–¿Cómo dice?
–Hasta que se demuestre lo contrario,
esto es solamente una presunta ofensa,
¿no?
Un par de miembros del Consejo de
Administración hicieron movimientos
nerviosos con las manos. Henry miró la
pantalla.
–Pero la grabaron con las drogas en
la zona VIP de una discoteca…
Bastien apretó los labios. En el
recorrido hasta allí desde Heathrow
había visto ya la grabación que algún
estúpido había colgado en internet.
También la habían visto los miembros
del Consejo de Administración de
Ginebra de la Banca Heidecker, el
banco privado más elitista del mundo y
la empresa madre de Diamantes
Heidecker. Su reacción había sido un
reflejo de la de él mismo. Tenía que
atacar aquel problema de raíz.
Contaba con la confianza de la
mayoría de los miembros del Consejo,
pero el estigma no desaparecía nunca
del todo.
De tal palo, tal astilla.
Él no se parecía nada a su padre.
Desde aquel deprimente invierno, se
había esmerado por probarse a sí mismo
que compartir ADN no implicaba
compartir también atributos deplorables.
Lo había conseguido muchos años…
hasta que un pequeño traspié dos meses
atrás había desenterrado una duda que
no había conseguido borrar desde
entonces. Se había rendido a unas
palabras y un cuerpo seductores y casi
había perdido su concentración…
Alzó la vista, miró a la culpable y se
esforzó por mantener su sangre fría.
Las probabilidades de que Ana fuera
inocente eran muy escasas, pero eso se
lo guardó para sí.
–A pesar de lo que digan las
presuntas pruebas, Ana Duval es la
imagen de la marca DBH. Nuestros
diamantes los llevan esposas de jefes de
Estado y celebridades de todo el mundo.
Hasta que se demuestre su culpabilidad,
sus ofensas siguen siendo solo presuntas
y haremos todo lo que podamos por
defender su inocencia. ¿Está claro?
Esperó hasta que vio que los demás
asentían antes de levantarse.
Tuvo una sensación abrumadora de
déjà vu. La idea de que se repetía la
historia habría resultado risible si
hubiera tenido tiempo de pensarlo. Pero
por el bien de su empresa y de su
reputación, no podía regodearse en el
pasado.
Ana Duval podía parecer una versión
más joven de la mujer que había
destrozado a su familia, pero él no era
tan débil como su padre.
Tenía que defender a su empleada.
Distanciándose de ella transmitiría el
mensaje de que las alegaciones tenían
base y eso daría un golpe mortal a la
campaña publicitaria de Diamantes
Heidecker.
–¿Cómo estamos lidiando con la
prensa? –preguntó a su jefe de prensa.
–Hemos seguido la ruta de «sin
comentarios».
Bastien asintió.
–Mantenedla por el momento. Pero
redactad una nota de prensa negando las
acusaciones y envíame una copia –miró
a Henry–. Empezad a tantear el terreno
con los competidores. Tenemos que
estar preparados para vender la empresa
si las cosas siguen mal.
Él era, ante todo y sobre todo,
empresario. Antes de aquel escándalo,
la marca de diamantes DH había
mantenido una buena posición e incluso
había sobresalido en un mercado
saturado. Pero Bastien sabía de primera
mano cómo podía derribar un escándalo
incluso los cimientos más sólidos…
destruir la familia más fuerte.
–¿Eso no es algo precipitado? –
preguntó Henry.
El rostro peligrosamente cautivador
de Ana Duval devolvió la mirada a
Bastien desde la pantalla grande.
–A veces hay que cortar la amenaza
de una enfermedad antes de que tenga
ocasión de afianzarse y extenderse.
Ana Duval se frotó las muñecas. El
recuerdo de las esposas cerrándose en
torno a ellas permanecía vívido y
terrorífico más de doce horas después
del hecho.
Más terrorífico aún resultaba el
dictamen de la juez. La vista preliminar
había sido preocupantemente rápida, y
la juez no había mostrado ninguna
simpatía hasta el momento.
Ana se levantó de un salto.
–¿Doscientas mil libras? Lo siento,
Señoría, pero eso es…
–Señorita Duval, nosotros nos
encargaremos de esto –se apresuró a
decir su abogado cuando la juez la miró
de hito en hito.
Ana se esforzó por no acobardarse.
Todo aquello era ridículo. Aunque
vendiera todo lo que tenía de valor, no
alcanzaría jamás esa suma. Se hundió en
el asiento y volvió a frotarse las
muñecas, segura de que no tardarían en
devolverla a la celda fría y húmeda de
antes.
Los abogados que representaban a la
Corporación Heidecker hablaron entre
ellos. Ana se puso a calcular cuánto
dinero tenía en el banco. El cálculo no
duró mucho.
Iba a ir a la cárcel. Por utilizar su
inhalador. Un inhalador que se había
evaporado misteriosamente de su bolso
y había sido sustituido por otro lleno de
heroína. Lo absurdo de su situación
habría resultado cómico de no haber
sido tan serio.
El haber visto a su madre tomar
pastilla tras pastilla al más leve indicio
de adversidad o de infelicidad, había
hecho que Ana odiara el abuso de
sustancias químicas desde muy temprana
edad. Solo un grave ataque de asma un
año atrás había conseguido convencerla
por fin de llevar su inhalador con ella en
todo momento.
Irónicamente, el objeto que se suponía
que debía salvarle la vida era el mismo
que podía arruinársela.
Los abogados dejaron de hablar por
fin. Ana abrió la boca para preguntar lo
que ocurría. Y volvió a cerrarla.
El cosquilleo que recorrió su cuerpo
no le resultaba extraño. Hacía mucho
tiempo que no lo experimentaba. De
hecho, su corazón empezó a latir con
fuerza al recordar la última vez que se
había sentido así.
Había sido el segundo día de
grabación de la primera fase de los
anuncios de Diamantes Heidecker,
donde se hallaba reclinada en la
cubierta bañada por el sol de un
superyate en Cannes, muerta de
aburrimiento y preguntándose cuándo
podría escapar de allí para llamar a su
padre y felicitarlo por su último
hallazgo arqueológico.
El cosquilleo había empezado más o
menos como aquel… subiendo desde los
dedos de los pies, rodeando los tobillos,
las pantorrillas, aflojando las rodillas y
derritiendo el lugar secreto entre sus
piernas. El cosquilleo había parado allí,
como si tomara posesión del lugar, antes
de seguir envolviendo todo su cuerpo.
Entonces, como ahora, ella había
querido huir, esconderse y taparse, una
idea ridícula, teniendo en cuenta que su
profesión a menudo implicaba mostrar
su cuerpo. Finalmente, cuando ya se
sentía mareada por la sensación, el
fotógrafo había dado por acabada la
sesión.
Ella había relajado la postura y había
vuelto la cabeza.
Y se había encontrado con la mirada
plateada de Bastien Heidecker.
Lo que había sucedido después
todavía conseguía dejarla sin aliento y
elevar los latidos de su corazón a
niveles peligrosos por mucho que
intentara quitarle importancia a dicho
recuerdo.
Volvió la cabeza en el juzgado y se
encontró la misma mirada penetrante.
El aliento huyó de sus pulmones y
aquel cosquilleo perturbador envolvió
todo su cuerpo. Sus terminaciones
nerviosas empezaron a gritar en
presencia del hombre cuya mirada la
clavaba a la silla; una mirada tan
penetrante como condenatoria.
Lo observó en silencio. Él, sin dejar
de mirarla, se acercó a los abogados y
habló en voz baja.
El abogado que dirigía a los demás
asintió y carraspeó. Bastien giró hacia
ella, se sentó directamente detrás y le
ordenó mirar al frente con un gesto de la
barbilla.
El rubor subió por el cuello de ella y
le calentó las mejillas. La juez
golpeando con el martillo la sobresaltó.
Apretó los labios y se enderezó en su
silla.
Deseó por enésima vez haber
insistido en cambiarse de ropa antes de
llegar al juzgado. Pero había querido
acabar cuanto antes con aquella vista
preliminar. Miró su vestido de seda
ceñido, que si ya resultaba algo
arriesgado cuando se lo había puesto la
noche anterior para complacer a
Simone, su compañera de casa, a la luz
del día rozaba la indecencia,
especialmente en un tribunal. Se encogió
interiormente.
Se estiraba discretamente el vestido
cuando notó que aumentaba el nivel de
ruido. Los abogados sonreían y
estrechaban la mano a Bastien. Ana
agarró su bolsito y se puso en pie.
Miró a su alrededor y vio que no
había guardias dispuestos a volver a
colocarle las esposas y llevarla de
nuevo a la cárcel.
–¿Qué sucede? –preguntó. Había
querido usar un tono brusco y
profesional, pero sus palabras sonaron
espesas y pesadas, como si hablara en
un idioma extranjero. Se apartó el pelo
de la cara.
Bastien se acercó. Sus ojos grises
eran fríos como el hielo.
–Te resultaba difícil concentrarte,
¿verdad?
–¿Cómo dices?
La amplitud de los hombros de él y la
fuerza de su personalidad amenazaban
con abrumarla. O tal vez fuera porque no
había comido nada desde el día anterior.
Fuera como fuera, el mareo que sintió
cuando lo miró a los ojos hizo que se
tambalearan sus sentidos.
Unas manos fuertes la agarraron por

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