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Libro PDF Inocencia Penelope Fitzgerald

Inocencia Penelope Fitzgerald

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especialmente hermosa. La familia americana de su madre tenía raíces escocesas, de
modo que su belleza era norteña. El delicado tono rosado de su piel no era el más
apropiado para un clima demasiado riguroso, sino para la niebla y la humedad del
norte, más benignas. Solo los párpados de sus ojos azules eran florentinos, redondos
y lánguidos, como los de los ángeles de Pontormo en Carmignano,[4] fruto de un
prolongado verano. Su manera de enfrentarse a lo que fuera que se le viniera encima
quedaba a medio camino entre el entusiasmo y la timidez, y no respondía en absoluto
a la crueldad propia de esa antigua ciudad de comerciantes que, en su glorioso pasado,
había puesto en tela de juicio el importe de las facturas de los más grandes artistas del
mundo. Por ejemplo, era una conductora rápida y temeraria, pero de vez en cuando
sufría repentinos ataques de remordimientos de conciencia, algo que no le servía de
mucho cuando de lo que se trataba era de circular por las calles de Florencia. Deseaba
obtener todo lo que no podía alcanzar y, por tanto, a menudo sentía que había algo
que se le escapaba o que dejaba atrás, así que solía tener la impresión de no estar
esforzándose lo suficiente. Tenía buen corazón. Pero no sabía muy bien cómo sacar lo
mejor de sí misma. Ni siquiera sabía cómo vestirse. Todo el mundo creía, dado que
caminaba con la cabeza tan recta y tan alta, que alcanzaría su máximo esplendor
cuando se vistiera por fin para sus primeras veladas nocturnas, pero sucedió que para
entonces los Ridolfi no tenían ya joyas de la familia y resultó que a Chiara no le
importó lo más mínimo que las tuvieran o no.
Un año atrás, cuando acababa de cumplir los dieciséis, sin aviso previo y sin pedir
permiso, su tía Mad se la llevó a Parenti para que le hicieran un vestido. Llevar «un
Parenti» significaba todavía, en la década de 1950, lo mismo que había significado en
la década de 1920: poseer una prenda inmediatamente reconocible en esos lugares en
que los vestidos se lucen sin que sus propietarias admitan jamás la existencia de
ninguna otra moda que no sea la suya. Sin embargo, por aquella época, Vittorio
Parenti apenas hacía corte alguno, y su confezione podría describirse como el
resultado de reproducir simples sacos, más largos o más cortos. El secreto (como en el
caso de Fortuny) residía en la tela. La seda de Parenti (seda italiana, exclusivamente)
se tejía y se remataba en la propia fábrica del diseñador, sita en un callejón próximo a
la Via delle Caldaie. El tejido surgía en las tablas más finas que se pudieran imaginar:
la mitad de cada tabla iba a favor del hilo y la otra mitad en contra, de modo que cada
pliegue formaba parte de la misma textura y en ningún caso podría resultar menos
definido o delicado ya que, en realidad, no se trataba de un pliegue, sino tan solo de
un cambio en la dirección de la seda. Lo que se producía en aquella destartalada
fábrica solo podía compararse a las telas más quiméricas y legendarias, como la capa
del viento del oeste o el vestido de novia que podía deslizarse a través de un anillo.
Era una tela que, naturalmente, solo se destinaba estricta y exclusivamente a la
producción de la casa, y cuando las telas entraban en la sala de costura, los
trabajadores recibían instrucciones muy precisas para que todos los recortes sobrantes
se destruyeran. Dichas instrucciones, sin embargo, no venían acompañadas de unos
buenos salarios para los empleados, quienes se veían forzados a vender todo lo que
pudieran sacar de allí, de modo que todavía debe de haber un sinfín de trozos y de
piezas de seda Parenti dispersas por Florencia sirviendo de forro o de parche para
Dios sabe qué. Pero esos retales aún se distinguirán por sus colores suaves y
resistentes, y por la marca de sus inimitables pliegues.
Chiara le tenía pavor a la ropa «buena» y solo se consolaba al pensar que un
vestido de Parenti (que no se podía colgar sino que debía mantenerse doblado y
recogido en un estante) no sería nunca, en el sentido habitual de la expresión,
«bueno». Había muy poca ropa «buena» entre las pertenencias de su tía. Sus prendas
habían sufrido todo tipo de alargamientos, remiendos y dobladillos y se le habían
cosido todo tipo de curiosos tirantes, armazones y cinturillas, de modo que, incluso en
la percha, presentaban una rígida y severa forma humana. La tía Mad, para
acompañarla a su cita, se había puesto un antiguo conjunto negro de ese tipo: un traje
vienés de Knüpfe. Y Chiara, por su parte, llevaba el uniforme del colegio inglés. En
un principio, toda su ansiedad desapareció ante el temor de que pudiera encontrarse,
por alguna remota casualidad, con alguien del convento y tener que pasar la vergüenza
de que la vieran con el uniforme puesto en vacaciones.
Parenti recibió a sus clientes, como siempre, en el edificio anexo a la fábrica. Había
pasado tiempos difíciles, pero ahora empezaba a recibir el reconocimiento que
merecía. Desde que las juventudes fascistas dispararan contra las farolas del Oltrarno
una noche de 1923, juró no hacer nada para las mujeres de los dirigentes del Partido.
(Aunque, por otra parte, bien podría ser que el nuevo orden político tampoco
mostrara el menor interés por su ropa.)
La casa no tenía ni placa con el nombre de la empresa ni timbre, y no había ninguna
indicación escrita, ni por fuera ni por dentro de la puerta de cristal ni pegada a la
pared interior, de que allí estuviera el taller. Había que conocer el camino o bien
aventurarse por aquellas oscuras escaleras. No obstante, el establecimiento no era
ningún misterio. El rellano del segundo piso conducía directamente a los dos cuartos
de costura y a la sala de planchas. Todos los rostros que hasta ese momento habían
permanecido inclinados sobre las tablas de planchado levantaron la mirada un
momento para observarlas mientras pasaban, y luego volvieron a inclinarse sobre su
labor. «Espero que se pueda salir de aquí por otro sitio», pensó Chiara.
Tuvieron que esperar un buen rato en una salita minúscula, que, desde luego, no
era un probador, ya que allí no había ningún espejo. Montones de retales de seda, en
diferentes tonos de suave gris, se desplegaban sobre una fila de sillas, y no había
manera de sentarse en ningún sitio sin tener que retirar el género para ponerlo en otro
lugar. Pero ni siquiera la tía Mad se atrevería a mover aquellas piezas de tela.
—No nos esperan, tía. Se han olvidado de nosotras. Vámonos a casa.
—Contessa! Contessina!
Parenti entró en la habitación por una puerta que había tras ellas. Parecía mucho
más viejo y mucho más pequeño que en las fotografías, y daba la impresión de estar
muy cansado. Naturalmente, aún era capaz de seguir cargando con la responsabilidad
y la exigencia que implicaba ser el inimitable Parenti, pero solo hasta cierto punto:
justo lo imprescindible. Sin embargo, no actuaba con afectación, ya que el viejo
maestro nunca había tenido necesidad de fingir nada en absoluto.
—Commendatore, quiero presentarle a mi sobrina, Chiara Ridolfi —dijo la tía Mad.
A los ojos de Parenti, ella había ganado unos cuantos puntos al decidir no quejarse
por esos cinco largos minutos que les había tenido esperando. Y él, a su vez, al no
mostrar la menor intención de reparar en el traje de Knüpfe que tía Mad se había
puesto aquel día, también causó una impresión muy favorable. Parenti retiró sin
contemplaciones los montones de seda gris que cayeron al suelo con un leve susurro
hasta quedar reducidas a amasijo de telas.
—Me he tomado la libertad de entrar justo ahora y sin avisar para poder ver a la
joven contessina tal como es —dijo Parenti—. Quería ver cómo se comportan las
nuevas generaciones, quiero decir…, cómo es una mujer joven cuando cree que nadie
la mira…
—Me abstendré de juzgar la forma en que dirige su negocio, Parenti —dijo la tía
Mad bruscamente.
Él se volvió para envolverla por completo con su melancólica mirada, y le habló
con la voz de un superviviente que se dirige a otro:
—Contessa, la última vez que hice algo para usted fue en 1921. Un vestido de
noche, en seda pongée de color galleta pálido, con un cinturón de satén de seda a
juego y con motivos de lirio florentino. El cinturón rompía el corte y sinceramente
espero que no se lo pusiera nunca.
—Bueno. ¿Y qué me sugiere para mi sobrina?
Por primera vez, Parenti se volvió para observar a Chiara.
—Se lo ruego, hágame el favor de levantarse.
Chiara se puso de pie, con los brazos caídos a ambos lados del cuerpo, mientras
escuchaba los murmullos y rumores entrecortados que llegaban desde las salas de
costura situadas al final del pasillo. Sin que nadie se lo pidiera, pero con la sensación
de que tal vez fuera lo más correcto, ya que estaban en una casa de alta costura,
empezó a caminar un poco de un lado a otro. Parenti le pidió muy educadamente que
se detuviese:
—Quédese quieta un poquito, por favor, contessina. Ya le diré yo lo que tiene que
hacer.
Transcurrió un minuto entero, como mínimo, entre el incesante parloteo de las
Necchis.[5]
Entonces Parenti, que había estado examinando a Chiara con el interés propio de un
gran profesional, alzó las manos un poco, las dejó caer, se apartó de ella en un ángulo
de casi cuarenta y cinco grados, y dijo en voz baja:
—No puedo coser para ella. Esta muchacha no puede llevar un Parenti.
7
Al año siguiente, tras haber abandonado el colegio ya para siempre, Chiara le pidió a
su padre diez mil liras y fue a ver a una pequeña modista que le había recomendado el
barbero del patio. Era familia de su esposa, le dijo. Pero incluso allí le pusieron trabas:
—Sí… Pero nadie lo lleva así. No tendrá ningún estilo. Imagine cómo le quedará
por detrás.
—No pienso ver cómo me queda por detrás —dijo Chiara.
«Si resulta que hay algo en mí que falla —pensó— quizá también falle mi manera
de elegir lo que quiero. En cualquier caso, lo único que quiero ahora es no tener que
preocuparme por nada. Por primera vez en toda mi vida no tendré que volver al
colegio en mayo. Iré al Maggio Musicale… Iré a todos los conciertos y no me perderé
ni una nota.»
La modista en persona se encargó de llevarle los dos vestidos, uno de color negro y
otro blanco, al número 5 de la Piazza Limbo.
—Ya le he dicho a la contessina que he hecho todo lo que estaba en mi mano. Pero
debe llevar algo en el cuello.
—¡Oh! No importa. Nadie va a mirarme.
—Piensa un poco —dijo Maddalena—. Ya te habrás dado cuenta de que en un
concierto la gente no sabe dónde mirar, de modo que primero se dedican a contemplar
el techo, luego estudian sus propias manos, luego repasan las cuatro esquinas de la
sala, sin poner nunca la vista, por alguna razón, en los intérpretes, hasta que,
finalmente, se fijan en la ropa de los demás. Sin duda, ese vestido negro combinará
maravillosamente con mis diamantes.
Giancarlo, que había entrado en la habitación en ese momento, le recordó que no le
quedaba ya ningún collar de diamantes.
—Os doy mi palabra de honor —dijo Chiara— de que mañana mismo voy al
Mercado Central y me compro un collar. Uno de cuentas de cristal negro. Me gustan.
—¡Eso no sería adecuado en absoluto! —gritó la modista—. No sería auténtico.
—Bueno. Las cuentas de cristal sí serían auténticas.
—Y los diamantes también —dijo Giancarlo—. Ni más ni menos. Exactamente lo
mismo.
Había un pequeño collar de diamantes que había pertenecido a la madre de Cesare y
que había quedado depositado, después de que ella muriera, en un banco de la Via
Strozzi. Quizá fuera el padre de Chiara, o quizá su tía, quien le comentó a Cesare
aquel asunto, porque este le escribió (y eso que no era muy dado a escribir) para
decirle que se acordaba del collar, pero que había olvidado dónde estaba. En cualquier
caso, si lo quería, era suyo.
—Supongo que lo que quiere decir es que se encargará de los trámites con el
seguro si te apetece llevar el collar a algún concierto —dijo el conde—. ¿Sabes que tu
tía sigue hablando de esos dos vestidos tuyos?
—¿Es que no le gustan? —preguntó Chiara.
—No está muy segura de que vayan a hacerte feliz precisamente.
El collar llegó del banco en un envoltorio de lienzo que venía atado con un hilo de
lino. No había vuelto a abrirse desde 1943, año en que la pobre tía Lisa murió de
disentería. Cuando Chiara hubo deshecho el nudo, descubrió que en el interior, junto
a las piedras, había un sobre cerrado dirigido a Cesare. Reconoció la letra de la tía
Lisa. Chiara lo dejó de inmediato donde estaba.
Los pequeños diamantes, de corte cuadrado, resplandecían intensamente, cada uno
con sus pequeñas facetas exteriores e interiores, ocultas, de pura luz. Annunziata, que
se abalanzó a mirarlos, se mostró algo decepcionada. Los recordaba más grandes y
más llamativos.
8
En su primera aparición pública, los vestidos de Chiara recibieron mayoritariamente el
calificativo de «peculiares», aunque tampoco eran tan peculiares si se tenía en cuenta
que quien los llevaba era la hija de los Ridolfi. Era necesario considerar la infancia de
aquella joven, toda la guerra encerrada con su tía en la villa La Ricordanza, que
llegaría a ser requisada tres veces. Ahora que la niña había regresado del colegio
inglés, todo el mundo le deseaba lo mejor. Parecía tan llena de esperanza y optimismo,
tan llena de proyectos, tan dispuesta a considerar que el mundo era su aliado. Pero,
mientras tanto, ¿cómo permitía Maddalena que su sobrina asistiera a los conciertos de
mayo con aquellos vestidos? Parecía que se los hubiera hecho ella misma. Se los
debía haber cosido a máquina Annunziata, en casa y a toda prisa, como los uniformes
del convento. De todos modos, el collar de perlas parecía bueno. ¿De dónde lo
habrían sacado?
Aquella noche de abril, en el Teatro della Pergola, un pianista y un violinista se
enfrentaban no tanto a la audiencia como entre sí. El joven y enérgico violinista,
moreno, sudoroso y maloliente, embutido en un traje de etiqueta y con pajarita blanca,
era un gitano auténtico procedente de Europa Central, capaz de desafiar cualquier tipo
de comedimiento y de certeza, igual que su música. En cambio, el hombre del piano,
bastante mayor que el otro, estaba calvo y tenía una piel tremendamente pálida.
Llevaba unas gafas muy discretas, y de los puños de su traje emergían unas muñecas
largas y unas manos que iban a desembocar en unos dedos resplandecientes que
parecían tener vida propia. El azar y las exigencias de sus respectivas carreras los
habían unido esa noche en aquella sala de conciertos, pero no por mucho tiempo: solo
mientras durara la sonata n.º 3 para violín de Brahms, una obra que, según el
programa, «había reunido a Brahms y a Joachim tras un distanciamiento de varios
años». Antes del movimiento lento, el violinista improvisó una tosca floritura, de
probable inspiración gitana, a modo de exuberante fanfarria; el pianista esbozó una
mueca discreta, y a continuación, al reiniciar la melodía, se inclinó sobre el teclado
con un gesto de profunda y tranquila intimidad, como si se estuviera aproximando de
puntillas a un viejo conocido. El violinista, mientras, se veía obligado a mantener una
forzosa contención que parecía amenazar con la destrucción instantánea de su
pequeño instrumento, que entretanto seguía quejándose melodiosamente. Se veía
claramente cómo salpicaba su sudor. El pianista elevó, solo una vez, sus pálidos
párpados en dirección al cielo. ¡Y pensar que los políticos, en ese momento, soñaban
con una Europa unida! Él, que era uno de los más depurados representantes de la
especie humana, ahora se veía condenado a soportar aquella infecta compañía en
nombre de la música. Cuando todo hubo terminado, el violinista se levantó y
abandonó el escenario, tras lo cual regresó triunfante para recoger su arco, mientras el
pianista, sentado a su espalda, quedaba prácticamente oculto tras la resplandeciente
mujer que había estado volviendo las páginas de su partitura mientras él tocaba.
El conde nunca iba a los conciertos por temor a verse atrapado en la sala y tener
que escuchar algo que no le gustara. Chiara estaba aquel día allí, con unos amigos. Y
fue la vieja o envejecida Mimi, una conocida de la tía Mad, quien le presentó al doctor
Rossi en el descanso.
—Mi querida niña, quiero que conozcas al doctor Rinaldi. No… Al doctor
Salvatore Rossini. No… Rossi. Me está cuidando tan bien…
Chiara le tendió la mano al doctor.
—¿Le gusta Brahms? —le preguntó él.
Ella le miró con cortesía, pero también con cierto asombro.
—Por supuesto que no.
«Tal vez tengamos la misma opinión en todo lo demás —pensó Salvatore—. Nadie
está nunca de acuerdo conmigo, pero quizá ella sí.» Sin embargo, era como si una voz
ajena a la suya le estuviera dictando aquellos pensamientos mientras su mente racional
se mantenía ocupada con la impresión (fruto quizá del regocijo, quizá del disgusto)
que le producía ver a una chica joven con un collar de diamantes que debía de valer…
Aquí dejó un espacio en blanco porque no tenía ni idea de cuánto podría valer un
collar de diamantes como aquel. Después de todo, tal vez fuera una imitación.
«Aunque, ¿por qué debería importarme? —pensó—. No trabajo como dependiente en
una tienda.» En cualquier caso, aquella chica llevaba puesto aquel collar como si ni
siquiera fuera consciente de ello, y sin hacer ese elegante movimiento que hacían
muchas mujeres, ese gesto a lo Grace Kelly que consistía en tocar de vez en cuando y
muy ligeramente las joyas con una mano, como para constatar su presencia. Quizá esa
joven no supiera cómo ser verdaderamente elegante, o tal vez fuera Grace Kelly quien
no lo sabía. Se sentía profundamente molesto. Tenía la sospecha de que se encontraba
completamente perdido.
Mimi, que se había lanzado a explotar el tema de sus padecimientos, permanecía
junto a ellos.
—Por fortuna, Chiara, todavía no sabes la cantidad de cuidados que debe recibir
una para poder sentirse bien. Sobre todo en la espalda. —Se encogió de hombros y
por un momento pareció un vendedor ambulante, viejo y amable, en el desempeño de
su labor—. Una no sabe lo que es el sufrimiento hasta que cumple los treinta y cinco,
y entonces todo se te viene encima de repente.
—Si se trata de la espalda, signora —dijo Chiara cortésmente—, tengo entendido
que ahora hacen maravillas.
—Oh, pero, querida mía, me han contado que hay médicos que te machacan el
cuerpo como taxistas borrachos. Te pasan de uno a otro, de mano en mano. Escuchan
el sonido que hacen tus huesos, hasta oír el famoso clic. Así que he decidido que lo
mío no va a ser cosa de la espalda, sino de los nervios.
«Esta chica piensa lo mismo que yo de la sonata —se repetía Salvatore—. Ella no
me mentiría. Parece la clase de persona que no miente ni siquiera cuando está en una
sala de conciertos.»
Mimi, dispersa por naturaleza, se fue alejando gradualmente de la pareja, y
Salvatore le pidió bruscamente a Chiara que le acompañara fuera hasta que finalizara
el descanso.
—¡Oh! Pero es que he venido con unos amigos.
—¿Qué amigos? ¿Quiénes son? Si han venido con usted, ¿por qué no están aquí?
—Solo son dos. Han ido a buscarme un café.
—La idea de ir a traer café es propio de personas que no saben qué hacer. Venga
fuera conmigo. Será solo un instante.
Llegaron juntos hasta los escalones de entrada. Cuando el público accedió a la sala,
hacía buen tiempo, pero debía de haberse producido algún cambio desde que
comenzara el concierto, ya que ahora el cielo estaba de un oscuro color verde oliva y
solo se veían unas franjas de luz hacia el suroeste, por el lado del río. La brisa era
húmeda y acariciadora.
—Salgamos. La lluvia estará caliente —dijo Salvatore.
—Bueno, ¿pero cómo puede estar caliente la lluvia?
—Bueno, compruébelo, compruébelo… Salga fuera, saque la lengua. Pruebe la
lluvia.
Chiara asistió a la segunda parte de la actuación en un estado ligeramente húmedo.
Se sentía como si acabara de salir del baño, pensó; como si la hubieran sacado antes
de lo previsto. Tenía el pelo pegado a la cara, y la lluvia había dejado en sus mejillas
un llamativo color rosa pálido. Sus amigos no dijeron nada cuando la vieron, en su
asiento situado dos filas más adelante, ejecutando una alegre pantomima en la que
fingía estar secándose el pelo con una toalla. Los Alessandri también vieron la escena,
pero a ellos no les pareció tan divertida. Tampoco se lo pareció al señor Swinburne-
Cacciano ni a su esposa ni al grupo de los Quaratesi, ni a la anciana e inflexible
marquesa Cardoni. Los silenciosos métodos de comunicación y de vigilancia de todos
ellos eran los mismos en 1956 que treinta años atrás. Una dictadura, una guerra y una
ocupación no habían conseguido cambiar aquellas costumbres. Sin embargo, Chiara
era tan poco florentina que disfrutó de la segunda parte del concierto, mucho más
lograda y aplaudida, sin darse cuenta siquiera de que todo el mundo la estaba
mirando.
9
Salvatore, que no era una persona moderada, se arrepintió inmensamente de haber
asistido a aquel concierto. Lo que le irritaba más que cualquier otra cosa era recordar
la voz de su madre repitiéndole una y otra vez que como se le ocurriera irse al norte a
trabajar, a Milán o a Florencia, acabaría sin remedio en las redes de una muchacha
rubia y rica que se pegaría a él como una lapa y con la que se terminaría casando antes
de que pudiera darse cuenta siquiera de lo que estaba haciendo. Ahora bien, en honor
a la verdad, aquella chica que había conocido vestía bastante mal y no era rubia o, al
menos, solo lo era con determinada iluminación. Por ejemplo, cualquiera habría dicho
que solo era rubia bajo el brillo artificial de las luces de la sala, y también en el
exterior, a la luz de aquel lluvioso atardecer. A Salvatore su mente le importunaba
hasta tal punto que intentaba suprimir y anular sus pensamientos, circulares y áridos
como un camino de ceniza.
Como hijo predilecto que era, se había visto obligado a recibir una cantidad
excesiva de sabiduría ancestral materna. Después de que lo hubieran cazado —le decía
ella, y ni siquiera con un tono de reproche, sino con una exasperante convicción,
sonriendo y asintiendo repetidamente— se olvidaría de su casa e incluso de su familia,
y deberían considerarse muy afortunados si es que volvían a verlo alguna vez. A
Salvatore aquella advertencia le parecía tan curiosa como irritante, se cumpliera
finalmente o no.
Su madre lo había bautizado con el nombre de Salvatore en honor al Salvador, a
pesar de que su padre habría preferido no bautizarlo en absoluto y llamarlo
simplemente Nino, por Antonio Gramsci,[6] o llamarlo por ejemplo Liberazione, o
Umanità, o incluso 1926, que además de ser el año de su nacimiento, fue cuando
encarcelaron por última vez a Gramsci. Semejante elección de nombres por parte de
Domenico Rossi podía provocar una carcajada y, de hecho, la provocaba incluso entre
los miembros del Partido en Mazzata. El único que lo apoyaba en esto era un amigo
suyo, contable a tiempo parcial, uno de esos hombres que no han nacido para triunfar
y que poseía la miope educación de la que hacen gala cierto tipo de revolucionarios
violentos. Aquel hombre, que se llamaba Sannazzaro, no era especialmente
bienvenido cuando lo visitaba en su casa. Ambos acostumbraban entonces a sentarse
a hablar en una habitación sin ventanas que en realidad era solamente un tramo del
pasillo que conducía a la cocina. La policía consideraba a Domenico, con razón, un
individuo completamente inofensivo. Pero, para la formación de Salvatore, y a
medida que fue creciendo, su padre había sido mucho más significativo que su madre.
Ni siquiera era capaz de recordar ningún momento en que hubiera aceptado de
corazón, y sin sentir vergüenza, las opiniones de su madre. Aunque, por otro lado,
también era cierto que había ido mitigando lo mejor que podía el dolor de admitir y
asumir que su padre estaba equivocado.
En 1913, Domenico y Sannazzaro salieron de Mazzata y viajaron al norte en busca
de nuevas oportunidades. Fueron tan lejos como les permitieron sus papeles, y
llegaron hasta Turín. Domenico encontró trabajo como mecánico de bicicletas, y
Sannazzaro como ayudante de contable. Cuando podían, solían compartir un ejemplar
de un periódico semanal, el Grido del Popolo, donde escribía Gramsci. En el Grido
vislumbraron una Italia, una Italia posible, en la que no existirían la pobreza ni los
favores ni los sobornos. La educación de las masas sería un asunto normal e
incuestionable, pero no se haría siguiendo las pautas propias de la instrucción, sino
que los alumnos aprenderían hablando cada día con su profesor, con preguntas y
respuestas. Todo hombre cuerdo, decía Gramsci, es un intelectual en potencia, pero la
mayoría tiene miedo de actuar como debería hacerlo un verdadero intelectual, es decir,
permaneciendo junto a los miembros de su propia comunidad y organizándolos. Con
que solo unos pocos miles de ciudadanos lo hicieran en Calabria, en Campania, en
Sicilia o en Cerdeña, el sur podría ser tan próspero como el norte. Solo la falta de
sensatez, o incluso de sentido común, hacía que resultara tan difícil imaginarse
aquellas grandes ciudades humanizadas del futuro que anunciaba Gramsci, con su
intensa, agitada y productiva vida diaria. En las actuales condiciones, cada familia
italiana tendía a luchar contra todas las demás en su propio beneficio. Cuando el
concepto de propiedad quedase abolido, esa lucha sería innecesaria. Dentro de cada
casa reinaría la paz. Doce hermanos y hermanas serían capaces de sentarse en torno a
una misma mesa sin pelearse entre sí. Y la educación de los niños dejaría de estar en
manos de las mujeres y los sacerdotes. Ni un solo niño vería hipotecado su genio ni su
futuro por culpa de un adulto. En la nueva comunidad, cada niño sería libre, por fin,
para elegir su propio destino.
Siempre hay momentos en la vida en que la compasión consigue que las personas
abran su corazón a los demás. Responder a esa franqueza puede ser un error, pero no
responder solo es ingratitud. Así, leer las atestadas páginas del Grido en las callejuelas
de Turín se convirtió en una verdadera forma de vida para Rossi y Sannazzaro. No
habían logrado encontrar en toda la ciudad un solo bar ni una cafetería regentados por
un mazzatano. De modo que su propia amistad, las reuniones semanales del Partido y
el Grido se convirtieron en sus únicos puntos de referencia.
Fue poco antes de la huelga de 1919 cuando pudieron por fin conocer a su frágil
líder en persona. Ocurrió justo antes de que lo metieran en la cárcel por primera vez.
Rossi tuvo incluso la oportunidad de llegar a preguntarle si había algo que pudiera
hacer por él; si había algo que pudiera necesitar y que él pudiera hacerle llegar por
medio de los celadores. Gramsci le respondió que no quería nada excepto una hogaza
de pan sardo y un traducción italiana de El libro de la selva, de Kipling. Pero su
sonrisa mientras le decía aquello, una sonrisa que no era ni por asomo la de un
político, dejaba ver bien a las claras que era perfectamente consciente de que aquello
que le pedía era absurdo.
Después de la huelga y de la ocupación de las fábricas, que fue un fracaso total,
Rossi y Sannazzaro perdieron, naturalmente, sus puestos de trabajo. Vendieron los
zapatos que solían llevar en la ciudad, les echaron suelas nuevas a sus botas con
trozos de neumáticos de bicicleta, y recorrieron a pie los setecientos cincuenta
kilómetros de regreso a Mazzata. Cuando llegaron estaban al borde de la muerte por
inanición. El pueblo los recibió sin ningún entusiasmo. Habían salido de Mazzata
como un par de fracasados y regresaban a Mazzata como un par de fracasados.
Siguieron asistiendo a las reuniones secretas de la sección local del Partido, que se
celebraban en la trastienda de la farmacia. Cuando Gramsci, desde su celda de la
cárcel, decidió desligarse de las políticas de Stalin, el Partido lo declaró paria y hereje.
Y los dos amigos, aún leales a él, empezaron a tener menos importancia en la política
local que las moscas del techo.
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Cuando tenía diez años, Papa lo llevó de viaje para que conociera a Antonio Gramsci.
Aquella sería su última oportunidad de verlo, ya que se sabía que Gramsci estaba
mortalmente enfermo después de nueve años de traslados continuos de una prisión a
otra. El gobierno italiano había recibido una petición internacional para que se le
pusiera en libertad por motivos de salud, pero dicha petición tuvo el mismo destino
que habían tenido prácticamente todas las anteriores.
En 1936 lo trasladaron a Roma. Ya no era oficialmente un prisionero. Ahora se
encontraba bajo tratamiento médico en la Clínica Quisisana, y las normas para poder
visitarlo eran mucho más laxas. De todas formas, ya no había tantísima gente que
quisiera ir a visitarlo; desde luego, casi ninguno de sus antiguos socios quería hacerlo.
Domenico y su hijo viajaron en un camión de tomates hasta Benevento y allí
cogieron un tren que se dirigía a la capital y que paraba en todas las estaciones, lo que
les permitió mirarse mutuamente y durante mucho tiempo sin que nadie les
interrumpiera. Salvatore veía ante sí a un hombre paciente a quien quería de veras, y
que, como ya sabía, había tenido que pedirle permiso a su madre para poder hacer
aquel viaje. Un hombre cansado, ajado y aceitoso como un traje viejo. Domenico, por
su parte, le devolvía la mirada a aquel chico, tan lleno de vida y tan incomprensible.
Cuando Domenico era pequeño, su abuela, que trabajaba en la cocina de un hotel,
lo subió a la recepción con la esperanza de poder presentárselo a un obispo que
acababa de llegar, para que le diera su bendición. Ambos se arrodillaron juntos en el
suelo de mármol, sabiendo que corrían un grave riesgo de que les echaran de allí, o
algo peor. Pero el obispo, que se encontraba de visita privada y que prefirió dejar bien
claro que estaba fuera de servicio, le dio la vuelta al anillo que llevaba puesto en el
dedo para que aquella mujer y el niño no pudieran besarlo. La abuela se levantó
entonces y se llevó al niño de nuevo a la zona de servicio, como si el muchacho
hubiera tenido la culpa del desinterés del prelado.
Ahora, mientras viajaban en aquel tren a Roma, lo único que quería Domenico era
que su hijo tuviera la oportunidad de estar frente a un gran hombre. Además, tenía un
par de preguntas que formularle después de todos aquellos años que llevaban sin
verse y, por supuesto, no podía presentarse ante él con las manos vacías. Sobre las
rodillas, junto a los bocadillos, llevaba un paquete con algunos medicamentos, papel
de escribir y un jersey de lana. Lo había cerrado todo con cinta aislante y cualquiera
podía percatarse de que aquello no lo había envuelto una mujer. Cuando llegaron a
Roma y el tren entró resoplando en la antigua estación de color melocotón de la Piazza
Esdraia, procuró que el paquete tuviera un aspecto un poco más presentable.
Mientras cruzaban la ciudad, Salvatore se sintió algo decepcionado, en primer lugar,
cuando comprobó que por allí no había ni rastro de aquellos nuevos Alfa Romeo
biplaza cuya imagen le había fascinado al verlos en una revista. Y, en segundo
término, también le disgustó comprobar que en la Clínica Quisisana no había rejas.
—Es que no es una cárcel —le dijo su padre.
—¿Puede irse si quiere?
—No, no puede hacer eso. No puede ir ni siquiera a Roma sin que le acompañe un
policía.
«Entonces sí que es una cárcel», pensó el niño.
Había una campana en la puerta, y cuando la hicieron sonar salió un joven
enfermero en uniforme. Salvatore comprendió de inmediato que nadie iba a
besuquearlo ni a darle palmaditas en la cabeza, como le habría sucedido en un
convento o en cualquier hospital regentado por monjas. Aquello le impresionó. Le
impresionó que los demás pudieran ignorarlo.
El enfermero preguntó si tenían un permiso del doctor Marino o del profesor
Frugoni, y Salvatore sintió una admiración inusitada por su padre cuando vio que
sacaba del bolsillo interior una nota del profesor en la que autorizaba aquel encuentro.
El enfermero se fue entonces, pero regresó al poco tiempo para informarles de que el
paciente Antonio Gramsci no se encontraba lo suficientemente bien como para poder
recibir visitas. Ahora llevaba una carpeta azul bajo el brazo.
—¿Quién lo dice? —preguntó Domenico.
Eran cerca de las tres de la tarde. Domenico, bajo el pálido sol del principio de la
primavera, sujetaba la mano de su hijo.
—A la dirección le preocupa que el paciente pueda recibir visitas en estos
momentos sin el conocimiento de los médicos. Se molestarán mucho si empeora —
dijo el joven, que leía aquellas palabras directamente de la carpeta como si estuviera
repitiendo una lección—. La tuberculosis le ha afectado la columna vertebral… ¿me
comprende? No es un espectáculo muy agradable de ver.
—Puede usted ahorrarse todas esas explicaciones. Mis permisos están en regla. En
respuesta a una carta que le envié yo mismo, el camarada Gramsci en persona nos
pidió que viniéramos a verle.
11
Salvatore había visto seres deformes, y cuerpos sin vida tanto de personas como de
animales, pero nunca había visto nada tan feo como el camarada Gramsci. La fealdad
es algo difícil de perdonar a los diez años. La inflamada boca de aquel preso, amigo
de su padre, se abrió oscuramente ante ellos como la de un sapo, sin mostrar un solo
diente. Aquel pequeño cuerpo tullido[7] ya no podía fingir de ninguna manera que le
quedaba bien la ropa, que colgaba de él como lo haría de un animal circo. Cuando
entraron no estaba sentado, sino de pie, apoyado contra la pared, y el olor de la
enfermedad, más fuerte que el del desinfectante, invadía la habitación haciendo el aire
irrespirable. Su padre cogió a regañadientes la única silla que había en el cuarto, y
Salvatore, después de permanecer un tiempo de pie, fue a sentarse en uno de los
bordes de la colcha limpia y rígida que cubría la cama.
—Hemos traído medicinas. Las que hemos podido conseguir en la farmacia.
—Muchas gracias, pero no. Prefiero que las guardes para otro. Lo único que pido
es que me den algún tipo de estimulante, pero el doctor Marino no me los receta. Eres
muy bueno, Domenico, pero ya tengo todo lo que necesito, dentro de lo permitido,
naturalmente. Mi cuñada viene a verme bastante a menudo.
La visita no estaba transcurriendo como debía. Gramsci no quería el regalo que le
habían llevado. Con una voz ronca y quejumbrosa, apenas comprensible, le preguntó
cómo iban las cosas por Mazzata y también quiso saber el nombre del secretario del
Partido en el pueblo. Cuando Domenico se lo dijo, comentó:
—No. No me suena ese nombre.
—Es de la nueva generación, Nino. No puedes haber oído hablar de él.
—Lo que más temo es poder perder la memoria. Si uno tiene ya cuarenta y cuatro
años, ningún libro del que hablar y además se queda sin recuerdos, parece difícil que
llegue a escribir nada que merezca la pena. Tampoco tengo ninguna información de lo
que está sucediendo fuera de aquí, excepto lo que escriben en los periódicos oficiales.
Todavía tengo la cabeza lúcida, pero creo que tal vez haya perdido el don de la
paciencia. Cuando estaba en la cárcel, supe que mis amigos andaban diciendo: «Si es
capaz de soportar cinco años encerrado allí, o en cualquier otro sitio, seguro que
puede soportar seis». Pero en realidad el quinto año en la cárcel es muy diferente al
cuarto, y nadie sabe cómo será el sexto.
—Pero, Nino, esto es una clínica. Es la primera vez que aceptan una solicitud para
poder visitarte. Eso demuestra que ahora las cosas son muy diferentes.
—Solo demuestra que ya no me consideran importante. Pero sabía lo de tus
solicitudes. No creas que he olvidado lo que es el cariño.
A esas alturas, el entusiasmo de Domenico se había tornado casi en una súplica.
Parecía estar rogando para que la situación se enderezase y se convirtiera en aquello
que había deseado y esperado.
—¿Cómo ibas a hacerlo, Nino? ¿Te acuerdas de

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