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Insaciable – Olympia Hay

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Resumen y Sinopsis De 

El abogado de la acusación exponía su alegato final con vehemencia dirigiéndose a un jurado que lo escuchaba con talante aburrido; uno de sus miembros, un
cuarentón con aires de Casanova, se veía obligado a hacer denodados esfuerzos para mantener la cabeza erguida y los ojos abiertos y evitar que el sueño le venciera.
Sonreí al observarlo, ¿qué habría estado haciendo aquel tipo durante la noche pasada? ¿Se habría ido de putas aprovechando que se encontraba lejos de su ciudad y de la
vigilancia de su esposa?
Yo tampoco le prestaba mucha atención al letrado, sabía que tenía el caso ganado de antemano y mi defendido saldría libre de los cargos que se le imputaban. No
era la primera vez que ocupaba el sillón de los acusados, pero era un chico listo, un hacker informático que se había vengado de la empresa en la que trabajaba ―y de la
fue despedido de manera injusta, a su modo de ver―, filtrando información sensible a la competencia a cambio de una buena suma de dinero y dejando a su antiguo jefe
al borde de la bancarrota, motivo por el cual éste lo había denunciado y llevado a juicio. Sin embargo, las pruebas contra el joven no eran concluyentes; como digo, era un
chico listo y supo cubrirse bien las espaldas. Y además, el juez estaba de mi parte.
Contemplé al magistrado; él también parecía aburrido, tenía los ojos entornados y su mirada se dirigía hacia mí, con disimulo; bueno, en realidad escrutaba con
avidez bajo la mesa de la defensa donde se encontraban mis piernas, cruzadas con recato y embutidas en unas delicadas medias oscuras, preguntándose, a buen seguro, si
llevaba bragas o no. Él sabía que a menudo no usaba ropa interior alguna bajo mis elegantes y ajustados trajes de chaqueta. De repente, me encontré preguntándome a
cuántos de los hombres que se hallaban en la sala me había follado: al juez, por descontado, en más de una ocasión. Me excitaba el poder que emanaba de su persona, su
seriedad y prestancia cuando vestía la toga, y no podía evitar sentarme a horcajadas sobre él y cabalgarlo con desenfreno cada vez que entraba en su suntuoso despacho,
o recostarme sobre su magnífica mesa de roble con las piernas abiertas ante su cara hasta correrme en su boca.
El abogado de la acusación que en aquellos momentos trataba de convencer al jurado de que enchironara a mi cliente, tampoco se me había resistido. De hecho,
aquella misma mañana me metí en su coche en el aparcamiento para darle los buenos días y de paso hacerle una mamada que lo desconcentrara justo antes de comenzar
la sesión, y de ese modo conseguir que su exposición perdiera fuerza.
El joven acusado también se rindió con gusto a mis requerimientos sexuales en tanto preparábamos juntos su defensa. No era un chico particularmente atractivo
ni demasiado espabilado y, según pude comprobar por mí misma, era obvio que no tenía mucha experiencia con las mujeres ―por no decir ninguna―, pero no me
importó, la inteligencia es un afrodisíaco irresistible para mí y, días atrás, cuando nos encontrábamos reunidos en mi oficina, no pude evitar lanzarme sobre su polla
como si me apoderara de su cerebro; lo empujé sin previo aviso sobre el sofá de mi despacho y le desabroché la bragueta con precipitación mientras él se dejaba hacer
con una mirada de asombro pintada en el rostro que se trasformó, tras unos espasmos de placer, en una expresión de infinito agradecimiento.
En aquel preciso instante, sentado a mi lado en el banco de la defensa, notaba las miradas furtivas que me dirigía y estaba segura de que lo que ocupaba su mente
en aquellos momentos no era la preocupación por ser absuelto o condenado sino el recuerdo de nuestro fugaz e inesperado encuentro, como ponía de manifiesto el
prominente bulto que deformaba su pantalón. Lo miré y le sonreí con ternura, y no pude evitar el gesto inconsciente de llevar mi mano a su muslo, muy cerca de su
entrepierna, en un intento de darle ánimos; el pobre chico dio un respingo, se puso muy tieso, y su respiración se aceleró al tiempo que el bulto de su bragueta se
convertía en una auténtica tienda de campaña. Yo tenía las bragas húmedas ― sí las llevaba ese día― y apenas podía controlar mi excitación cuando el juez se dirigió a
mí en un tono autoritario.

Título: Insaciable
Autores: Olympia Hay
Formatos: PDF
Orden de autor: Hay, Olympia
Orden de título: Insaciable
Fecha: 05 sep 2016
uuid: c09055eb-9e4c-4ee6-b8f5-e64a2477248b
id: 309
Modificado: 05 sep 2016
Tamaño: 0.74MB

Novela kindle  Comprimido: no

kindle Formato – Contenido – tipo : True 

Temáticas: Novela romántica, Comedia romántica , romance

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