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Interviu – 23 Mayo 2016

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pablo iglesias es muy abrazón, hasta
besucón. alguno se le escapa sin sentirlo
demasiado, pero hay que reconocer que
los que da a Julio Anguita llevan mucha profundidad. Quizás, incluso, agradecimiento.
Parece que el exlíder de Izquierda Unida tiene un papel relevante
en el nuevo intento de sorpasso, y en eso le envidio, porque no todo el mundo
tiene la oportunidad, pasados los años, de desandar el fracaso. Está bien que se
abra el baúl de los recuerdos, otros intentan emocionar con fichajes de dudosa
eficacia. Pero con Anguita en el candelero no puedo evitar pensar en aquel
jarrón chino, de mucho valor pero que molesta en todos los sitios. En política
existen los tiempos, y aquellos felices noventa ya pasaron. Eso no

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significa que todos sus actores tengan que desaparecer, como decían
el propio Pablo Iglesias y Albert Rivera cuando empezamos a saber
de ellos; pero que deben ver los mítines por televisión, lo tengo claro.
Que nadie establezca comparaciones, pero siento algo parecido al
ver a Otegi campar por instituciones democráticas. Soy consciente
de que, en los últimos tiempos, se ha movido para que desaparezca
la violencia, y es posible que así se lo tenga que reconocer alguien,
pero no hay que perder de vista que en otros momentos de su vida
puso todo lo que estaba de su parte para fomentar esa violencia.
¿Que ha pagado por ello? De acuerdo, pero una cosa es que nadie
le pueda ya reclamar nada y otra muy distinta que desempolvemos
el palio por si quiere visitar una catedral. Si está involucrado en la
paz, como dicen, la historia se lo reconocerá, igual que ahora le echa en cara
haber causado, o colaborado en producirlo, mucho dolor. Euskadi, como
otros territorios, posiblemente España también, están afrontando nuevos
tiempos, y habría que exigir futuro, no pasado. Que Otegi juegue la baza de
liderar ese futuro vasco me crea dos intranquilidades: una, agacharte a mirar
los bajos del coche es algo que no se olvida fácilmente; y dos, da miedo de
lo que son capaces de hacer algunos de esos dirigentes del futuro con tal
de que les permitan sumar votos en su asalto a los cielos. Otegi sobra, por
mucho que sus ideas actuales puedan ser defendibles. Que lo hagan otros.
que disfruten de
Una cosa es que
no se le pueda
ya reclamar
nada y otra
que saquemos
el palio para
que visite una
catedral
El baúl de Otegi
23
la carta mayo
Alberto Pozas director.interviu@grupozeta.es
1976
2016
4 interviu.es 23/5/2016
Millás por Juan José Millás • Ilustración de Fernando Vicente
papel
mojado
Lunes. De paseo por San Sebastián, me
cruzo con una señora que lleva un conejo
en brazos. Es blanco y grande. Un conejo
radiactivo, me digo, no sé por qué. El animal
va cómodamente instalado, como un perro
faldero. Decido seguir a la señora y, llegados a
una esquina que se encuentra a cien metros,
se detiene y mira el reloj, como si esperara a
alguien. Al poco, a bordo de una silla de ruedas
eléctrica, aparece un tipo de mediana edad
al que entrega el conejo sin intercambiar una
palabra. Luego, cada uno parte en direcciones
distintas. Dudando a quién seguir, pierdo a los
dos y regreso al hotel, donde, dándole vueltas al
asunto, llego a la conclusión de haber asistido a
un suceso fantástico camuflado en los pliegues
de la vida diaria. No sé quiénes eran el hombre
de la silla de ruedas y la mujer del conejo, pero,
sean quienes sean, están ya entre nosotros.
Martes. De vuelta en Madrid, tras un vuelo
movido, entro en un taxi que huele
a vainilla. Llueve como si se hubiera
producido un cataclismo sideral. El taxista me
cuenta que ha llovido así toda la noche y que
se le ha inundado el garaje, por cuya rampa se
deslizaba una manta de agua del espesor de
cuatro dedos.
–A las tres de la madrugada –añade– estábamos
mi mujer, mi hijo y yo achicando agua a
cubos porque el sumidero se había atrancado
con las hojas. No ha llovido en todo el invierno
y las tuberías estaban medio obstruidas.
El hombre me lo cuenta con una resignación
La grieta habladora
admirable. A mí me ocurre algo así y me suicido
o llamo a los bomberos. Ya sé que no es lo
mismo suicidarse que llamar a los bomberos,
es un decir. El caso es que no me veo en el garaje
de casa, arrastrando cubos de cinco litros al
exterior con el agua hasta las rodillas. En pijama
y a las tres de la madrugada. De súbito, siento
por este hombre una admiración sin límites.
–Su familia y usted –le digo– son admirables.
Debo de haber pronunciado la frase con un
énfasis excesivo, porque el hombre me mira a
través del retrovisor como si hubiera recogido a
un loco. Hacemos el resto del viaje en silencio,
escuchando el repiqueteo de la lluvia contra el
techo del coche.
Miércoles. Suena el móvil a media tarde,
cuando acabo de encender el segundo
cigarrillo del día (doy cuenta del primero
antes de comer, para quitarme el hambre).
A ver qué hago: o apago el cigarrillo o atiendo la
llamada. Decido apagar el cigarrillo y respondo
a mi amigo M., viudo desde hace quince días.
Tras los saludos de rigor, me pregunta qué haría
yo si en una de las paredes de mi dormitorio
hubiera aparecido una pequeña grieta de la que
salieran sonidos articulados.
Permanezco unos segundos en silencio. Luego
pregunto a qué llama él sonidos articulados.
–Pues no sé –indica–, a sonidos que parecen
palabras, aunque palabras de otro idioma. Vamos,
que no son mero ruido.
Todos los amigos estamos preocupados por
M., que desde la muerte de su esposa tiene un
comportamiento extraño. No extraño del
todo, solo ligeramente extraño, lo que quizá
es más preocupante. El otro día llamó para
preguntarme a qué hora me acostaba. Cuando
le dije que a las once, exclamó un “ya lo decía
yo” y colgó.
Como vivimos cerca, me invita a que me acerque
a escuchar los sonidos de la grieta. Le digo
que vale, que ya voy, y me fumo el cigarrillo de
la caída de la tarde de camino a su casa.
–Hueles a tabaco –dice nada más abrirme la
puerta.
–Ahora fumo un par de cigarrillos al día –me
justifico.
Sin más preámbulos, me
conduce al dormitorio donde,
en un rincón, veo, amontonada,
la ropa de la difunta.
Observo también que la cama
está sin hacer. Incómodo por
mi intrusión en una intimidad
que huele a sudor, aplico el oído
a la grieta que me indica
M. Como cabe suponer, no escucho
nada, pero siento una
envidia enorme de su alucinación
auditiva y le digo que sí, que llegan, como
desde muy lejos, pronunciadas en un tono muy
agudo, unas palabras en francés.
–El abuelo de Rosa –dice mi amigo– era francés.
Lo del francés lo he dicho por decir, sin conocer
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