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Libro PDF Juegos insolentes Libro 2 Emma Green

Juegos insolentes Libro 2 Emma Green

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poseída, en verdad creo que está dispuesta a todo, inclusive a matarme. Ella apunta su revólver hacia mí, sus ojos están fijos, habitados por un brillo frío e inquietante.
Sienna Lombardi está fuera de sí. Y yo ya no soy más que un gran cuerpo inmóvil, acorralado y aterrado.
« Una madre está dispuesta a todo… Para proteger a sus hijos. »
« Inclusive a hacer correr la sangre. »
Durante este interminable silencio, siento su determinación aumentar. Está lo suficientemente encolerizada y desesperada como para apretar el gatillo. ¿Cómo
defenderme? ¿Intento hacerla entrar en razón, grito, me lanzo sobre ella? Ninguna de esas opciones me parece viable, sabiendo que en una décima de segundo puede
hacer explotar mi cabeza. Y además me acuerdo de su hijo pequeño, al que todavía puede cuidar, al que justamente debe proteger. Entonces susurro, sin saber si mi
intervención va a salvarme o al contrario, condenarme:
– Sienna, no hagas eso… No por mí, sino por tus hijos…
Algunos segundos pasan antes de que baje el arma. Y de golpe, es como si entrara en razón. Como si retomara posesión de su mano, de todo su cuerpo, de toda su
mente. Sienna se apresura a meter el revólver en su bolso, apenas si me echa un vistazo – para verificar que no haya hecho demasiados daños – y deja mi oficina a toda
velocidad, después de haberme advertido:
– No le cuentes esto a nadie, Liv. Será nuestro secreto.
« Nuestro secreto », como si intentara jugar a mi cómplice; como si, después de volverse loca, sintiera nuevamente esa necesidad visceral que siempre ha tenido de
controlar todo.
La puerta se cierra detrás de ella, corro para cerrarla con llave y atrincherarme. Y luego me derrumbo. De rodillas en el piso, llorando, dejo salir toda la angustia y el
miedo que se acumularon dentro de mí en sólo algunos minutos.
***
– Come eso, pequeña. ¡Voy a hornear más!
Conmocionada, Betty-Sue me ofrece el plato de brownies recién salidos del horno y apenas cocidos, pero tengo el estómago demasiado anudado como para comer
algo. Ella leva dos horas haciendo galletas y pasteles en la cocina, loca de rabia y de preocupación.
– ¡Esa bruja! gruñe mi abuela haciendo volar harina por todas partes, excepto en su ensaladera. ¡Una pistola! ¿Pero quién se cree que es? ¡Mi nieta! ¡Amenazar a mi
propia sangre! La sangre de mi… Filete Mignon, sal de aquí!
El cerdo pigmeo y todo su séquito fueron atraídos por los aromas de la cocina y los gritos de su ama, así que ahora somos unos diez quienes asistimos el
espectáculo. Es la primera y única a quien le hablé, cuando dejé la agencia rezando para no encontrarme una nueva francotiradora lista para matarme. Totalmente en
shock, llegué hasta la casa y encontré un poco de serenidad entre los brazos del último miembro de mi familia.
Betty-Sue… No tengo a nadie más que a ella.
Y ella no tiene a nadie más que a mí.
– Bueno, no tienes hambre, se da cuenta de pronto al ver los brownies, galletas y sándwiches orgánicos que se apilan sobre la mesa.
– No realmente…
– ¡Entonces vamos a la estación de policía!
– ¿Qué?
– No vamos a dejarla…
– No.
– Liv…
– ¡No!
He tomado mi decisión, no hay vuelta atrás, le guste o no.
– Puede ser que te haya dado miedo con su sádico juego de « nuestro secreto », pero…
– No tiene nada que ver con eso.
– ¿Entonces qué? ¿Es por…Tristan?
Nuestras miradas se cruzan y yo soy la primera en desviar la mía, dándole la razón. Y estalla.
– Si se enterara, él seria el primero en internar a su madre, ¿sabes? ¡Hace seis años, habría aniquilado a cualquier persona que se te acercara con un palillo de
dientes!
– No importa. No voy agregarle una carga más. Una humillación pública, cuentas pendientes con la justicia… Y no quiero llamar la atención.
– Se lo merece, Liv. Pudo haberte…
La voz de Betty-Sue, a pesar de ser fuerte y estruendosa, se ha quebrado. Rodeo la mesa y la abrazo para susurrarle:
– No me va a pasar nada. Ella perdió a su hijo y perdió los estribos, pero no volverá a pasar. Es extraño, pero sentí que… reaccionó cuando le hablé de sus hijos. Y
si no es así, te prometo que me defenderé.
– ¡Te inscribiré a clases inmediatamente!
– ¿Clases de qué?
– ¡De defensa personal! ¡De Krav Machin o no sé qué! ¡Enciende mi computadora! Por cierto, ¿dónde está?
Mi abuela llega a la sala, con su vestido sin forma y deslavado, y quita a los tres perros del sillón, esperando encontrar la computadora portátil que le compré hace
tres semanas.
– ¿Tomarás las clases conmigo? le sonrío al verla introducir su código para encenderla.
Tres letras: L-I-V.
– ¿Una vieja como yo?
– ¡No eres vieja, Betty-Sue! Esas cosas están en la mente… la imito.
– Hoy en día, ya no estoy muy segura de eso. No tardaré en teñirme el cabello de violeta, hacerme un permanente e inscribirme al club de las abuelitas.
Río al ver su mueca – porque es lo que ella espera de mí -, pero en realidad, me da un poco de pena. Mi abuela no se está haciendo más joven. Acaba de enterrar a
su hijo y no estoy segura de hacerle un favor al contarle todos mis problemas. No creo que sus hombros sean lo suficientemente fuertes para eso.
Arréglatelas sola, Liv. ¡Madura!
– Regresaré a casa, digo acariciando la gran cabeza de Lulu.
– ¿No vas a dormir aquí?
– No, tengo que ir con mi propia mascota…
– ¿Tri…?
– ¡No, Betty-Sue! ¡Tristan no! ¡El gato!
Después de ponerse sus feas y desgastadas pantuflas, me acompaña hasta mi auto. Ya anocheció desde hace varias horas y, una vez pasado el shock, es la fatiga lo
que comienza a invadirme. Bostezo varias veces, lo cual la preocupa más.
– Liv, ¿sabes que mi puerta siempre está abierta?
– Tu casa es mi casa. Mi casa es tu casa, le sonrío.
Ella me acaricia la mejilla, enternecida por esas palabras que nos repetíamos cuando había casi ocho mil kilómetros entre nosotras.
– ¿También sabes que no siempre será tan difícil? ¿Que tu regreso aquí fue en medio de circunstancias difíciles, que necesitarás un poco de tiempo para que todo
regrese a la normalidad, para que el mundo gire de nuevo, pero que te espera un futuro radiante?
– ¿Viste eso en tu bola de cristal? río suavemente.
– No, es sólo una corazonada…
Le doy un último beso y me voy.
– ¡Y dale un beso a Tristan de mi parte! ¡Y cuídense el uno al otro, nadie los acusará de nada esta vez! ¡Y si llega a pasar algo, no te dejes influenciar! Nosotras las
mujeres…
Manejo viéndola agitarse en mi espejo retrovisor. Luego doy una vuelta y ya no escucho su voz. Llegué a su casa llorando y me voy de ahí sonriendo.
Me crean o no, mi abuela es una maga.
***
« Será nuestro secreto. »
Las palabras de Sienna, su mirada, sus amenazas me visitaron en sueños durante varias noches, hasta desaparecer. Y dejarme nuevamente sola frente al otro secreto
que habita mis noches…
Tristan y yo… Nuestro momento de debilidad…
Nadie lo sabe. Y nadie debe saberlo.
Nuestra cohabitación forzada es tan exitosa como la pizza color carmesí que acabo de sacar del horno. Fiel a su palabra, Tristan permanece lo más alejado posible
de mí. Casi nunca sale de su madriguera cuando yo me encuentro en los alrededores, las palabras y sonrisas que me dirige son tan escasas como sospechosas y sus
visitas no mejoran. Según Bonnie, la semana pasada estuvo toda la noche detenido después de haber insultado a un policía.
Por supuesto, los mismos síntomas regresan cada vez que lo encuentro. Su olor, su figura, su melena, sus ojos en los cuales me pierdo: caigo cada vez, sabiendo
perfectamente que me estrellaré directamente contra la pared. Entonces, finjo indiferencia, no me enfado cuando me roza en el pasillo, no gruño cuando se queda
demasiado tiempo viéndome, cuando sus ojos parecen particularmente voraces, cuando al igual que yo, parece estar en carencia de algo.
De nosotros.
El gato, por su parte, vive en el paraíso. Tiene dos humanos a su merced, comida, muebles para arañar y juegos a voluntad. Al menos uno de nosotros está
perfectamente cómodo bajo este techo.
– ¡Ven aquí, maldita bestia!
Atrapo el gato en la isla donde está lamiendo mi pizza roja y negra.
– ¿Y luego piensas quemar la casa? pregunta con ironía el Salvaje.
– Toma querido, te preparé la cena… ¡Nutritivo y delicioso, hecho con amor!
Sonrío como una tonta empujando el plato hacia Tristan, quien me observa pareciendo divertirse.
– Creo que me voy a conformar con cereal…
Suspiro, tiro la pizza a la basura y estoy por salir de la cocina cuando él me sorprende deslizándose detrás de mí para tomar una botella de leche. Nuevo roce.
Más escalofríos.
Me volteo y lo miro directo a los ojos sin dejarme impresionar. Apenas diez centímetros nos separan.
– ¿No podías esperar a que saliera?
– Tengo hambre.
– ¿Diez segundos?
– Tengo hambre.
– ¿No sabes decir otra cosa?
Él alza los hombros y su sonrisa crece. La mano me quema. Y mi lengua también.
– Pareces un niño… murmuro.
– ¿Qué?
– ¡Que pareces un niño! repito más fuerte.
– Tú sabes mejor que nadie que soy todo menos un niño, Sawyer…
Sus ojos se han obscurecido, me observa por un último instante, poniendo especial atención en mis labios, y luego desaparece llevándose su cena escueta.
– Mierda, ¡¿es demasiado pedir un coinquilino normal?! gruño mirando el techo, como si me dirigiera a los astros celestes.
¿Qué es lo mejor que se puede hacer cuando ni siquiera un kilo de palomitas y un buen thriller no logran sacar a un idiota tatuado de tu mente? Correr, hasta perder
el aliento.
¡Sólo que esta vez me alejaré de la jungla y me quedaré en el camino!
***
Un ligero viento acaricia mi pecho sin aliento. La noche está a punto de caer cuando me acerco a la punta de la isla, a grandes pasos. El camino costero es muy poco
utilizado fuera de las hoyas de playa y disfruto el paisaje con esa increíble sensación de estar sola en el mundo. Literalmente. No hay nadie alrededor. Ni un alma fuera
de las gaviotas y los pelícanos.
Durante varios minutos, admiro la puesta de sol, sus tonos anaranjados, sus reflejos que se pasean perezosamente sobre el océano. Este espectáculo me transporta
y hace resurgir tantas cosas. Sobre todo a mi padre. Fu con él que vi mis primeros sunsets, en esta isla secreta y exótica que se convirtió en nuestro país, cuando tenía
12 años.
Debería extrañarlo un poco menos cada día… ¿Entonces por qué me parece que es al contrario?
Y luego mis pensamientos se van a otra parte. Por un camino que no deberían tomar. Ese camino lleva a Tristan y está lleno de espinas.
Lo extraño tanto… Al Tristan de antes…
Antes que el destino se ensañara con nosotros. Con nuestros sentimientos, tan torpes, tan inocentes y a sin embargo tan fuertes. Antes que unos perfectos
desconocidos nos acusaran de los peores crímenes. Antes que la palabra « INCESTO » apareciera escrita en nuestras paredes, con letras rojas. Y sobre todo, antes que
Harry desapareciera.
Escucho un timbre de bicicleta, algunos metros detrás de mí, y me sobresalto cuando un grupo de tontas claramente tomadas me grita que me « quite del camino ».
En medio de esas criaturas de ensueño con senos enormes y cerebros diminutos, reconozco a… ¡El Acostón Número 412 ! Pero ella no tiene ni el tiempo ni el placer de
lanzarse encima de mí: salto al acotamiento y corro hacia el otro lado, con mis tenis pisando la arena blanca.
Después del cocodrilo, la zorra. Vamos mejorando.
***
Estoy acostumbrada a las notas de guitarra. Pero escuchar de nuevo su voz ronca, cálida, torturada… Cierro la puerta de entrada lo más discretamente posible tras
de mí y me recargo en ella para escucharlo cantar, hasta que me hormiguean las piernas de tanto estar inmóviles. Levanto un pie, lo sacudo, lo regreso y hago lo mismo
con el otro. Tristan aún no se ha dado cuenta de que ya regresé y que me está ofreciendo un concierto privado.
Nuevos acordes, nueva canción. Ésta apenas comienza, pero ya sé que me va a romper el corazón. Pego la oreja para escuchar mejor, nunca he podido resistirme a
sus baladas, sus creaciones, sus canciones llenas de verdad, de pasión y de tristeza, en las que la esperanza siempre termina por dibujarse entre notas, cuando uno ya no
lo espera. La melodía es hechizante, las palabras que percibo son contundentes, fuertes. El estribillo llega por fin y la frase me deja helada:
– She’s back…
« Ella está de regreso… »
¿Quién?
¿Yo…?
Con las mejillas encendidas, mariposas en el estómago y miles de hormigas recorriendo mi cuerpo, estoy por salir de la sala para hacerle la pregunta, pero alguien
toca la puerta. Es decir, justo detrás de mí. Pánico total. Tristan, que ignoraba completamente mi presencia, va a darse cuenta de que lo estaba escuchando.
Mientras tanto, ¿abrir la puerta o no abrirla?
Sacudo la cabeza, en un intento de aclarar mis ideas. Nada ha cambiado. Y ahora, lo que temía: Tristan llegando a la entrada y viéndome, pegada como una idiota
contra la puerta, con el rostro escarlata y el cabello despeinado.
Él se detiene en seco, sorprendido de encontrarme allí, me estudia por un instante y luego murmura con una voz apenas audible:
– 330 día…
El timbre suena de nuevo, lo ignoro.
– ¿Vas a contarlos hasta el final? resoplo de pronto. ¿En verdad crees que eso hará que este infierno termine más rápido?
Su mirada azul se pasea por mis rostro, luego se detiene en mi boca. Bruscamente, se lanza sobre mí y su cuerpo llega a aplacarme un poco más fuerte contra la
madera.
– Créeme, Sawyer, lo que más te conviene es que salga de tu vida lo más pronto posible…
Esa mirada intensa, hambrienta, sobre mí, de nuevo. Sus palabras me dejan muda, su aliento cálido sobre mi piel, el contacto de su torso contra mis senos, su
vientre contra el mío. La cabeza me da vueltas. Y luego el timbre suena por tercera vez y el Salvaje desaparece para encerrarse en su cueva.
Detrás de la puerta, Romeo. Había quedado de cenar con él. Y lo olvidé. Mierda.
Me cambio y llegamos al restaurante con casi una hora de retraso. Perdimos la reservación de nuestra mesa y mi colega y yo somos enviados al bar para esperar.
Pido unas onion rings, él pide dos copas de vino blanco y retomamos nuestras conversaciones inmobiliarias. Romeo y yo casi sólo hablamos de eso. De mi padre, de
viajes, o del clima a veces. A pesar de la poca seducción, de las ambigüedades entre nosotros, lo siento aferrándose cada vez más. Sin ser realmente pesado, simplemente
estando cada vez más presente. Aprecio sinceramente su compañía, tengo mucho respeto y cariño por Romeo, pero eso es todo.
Esta noche solamente tomé una copa de vino. Después me conformé con refresco, seguido de un rápido regreso a la casilla de inicio: casa.
– ¿Estás muy cansada y mañana te espera un gran cliente? me pregunta cuando bostezo en el auto.
– Más o menos, sí, sonrío.
El apuesto latino detiene su vehículo frente a mi portón y no insiste. Me desea una buena noche y se inclina para besarme. Incómoda, abro la portezuela para
escapar de su beso.
– ¡Liv, basta ya! ríe suavemente. ¡Ya te dije que me voy a tomar mi tiempo! ¡Te iba a besar en la mejilla!
– ¡No, no es eso! Yo… Iba a…
– ¡Huir! sonríe encendiendo el auto.
¿Por qué sigo pareciéndole encantadora cuando soy RIDÍCULA?
Mi objetivo: terminar la noche a solas con una cubeta de helado del tamaño de Filete Mignon. Sólo que el congelador está vacío – maldito Quinn – y no pienso ir al
supermercado a esta hora.
Mientras escribo una lista de compras para el día siguiente, acaricio al gato que lame su tazón a los pies del sillón. Luego me acomodo para ver la televisión me es
imposible encontrar el control remoto. Levanto un cojín, nada. Otro, tampoco. Una sudadera de Tristan – inhalo su perfume de paso – y…
¡Alto!
¿En verdad acabo de hacer eso?
Al darme cuenta de que estoy más enamorada de lo que creía, lanzo la prenda al otro lado de la habitación y hago volar un folleto amarillo que cae a mis pies. Lo
recojo: « Micrófono abierto en el Sea Deep de Stock Island – Una sola canción por participante – Traigan sus instrumentos. »
La fecha: esta noche. La hora: empezó hace apenas diez minutos. Aún tomando en cuenta el tiempo de camino, no me perdería de gran cosa. Y algo me impulsa a
llegar a ese bar que jamás he escuchado mencionar, donde no conoceré a nadie, sólo para saciar mi curiosidad. Mi deseo. Secreto.
De verlo. De escucharlo. De entender en qué se convirtió realmente.
Tristan.
2. ¿Qué estoy haciendo aquí?
No pero, ¿qué diablos hago aquí?
Tuve la suerte de encontrarlo aquí, en este bar, o bien tuve razón de seguir a mi instinto. Pero ahora que llegué, ya no estoy muy segura de saber por qué vine.
La última vez que vi a Tristan sobre un escenario, éramos adolescentes; él cantaba con su grupo, en una sala de conciertos de moda en Miami, decenas de fans
histéricas gritaban su nombre y extendían los brazos para intentar tocarlo. Las odiaba. Pero en secreto, me llenaba de orgullo que ese chico tan deseado, ese rockstar
innato, ese cantante tan prometedor fuera mío. Que me hubiera escogido a mí, entre todas esas groupies, esas chicas y esas mujeres más grandes, más escotadas, más
atrevidas que yo.
Hoy, casi siete años después, Tristan Quinn está solo sobre el escenario. Los Key Why han desaparecido y él se acompaña a sí mismo con su guitarra. Lleva
puesta una boina negra a pesar del calor de la noche, como si quisiera pasar desapercibido. De todas formas, este pequeño bar obscuro parece estar lleno de clientes
regulares indiferentes a lo que les rodea, o bien de amateurs de la música underground que sólo quieren escuchar en silencio. No había guardia de seguridad en la entrada,
pero el barman me miró como si me hubiera equivocado de lugar.
Y me sigo preguntando si hice bien en venir…
La guitarra de Tristan deja de sonar y él se acerca al micrófono para cantar, a cappella, con su voz ronca y discreta. Quería ir a sentarme en una esquina, pero su
tono profundo me llega, me inmoviliza y me impacta a la vez. Pongo una mano sobre la barra como para aferrarme a ella. Las palabras del estribillo me dan escalofríos
nuevamente: She’s back. « Ella está de regreso. »
Y creo que será mejor que me vaya de nuevo…
– ¿Te sirvo algo?
– …
– Labios Rojos, ¿quieres beber algo?
– …
– ¿Te sirvo una copa o sólo beberás sus palabras?
– ¿Perdón?
– Olvídalo, dime cuando tengas sed.
No comprendí nada de lo que me dijo el barman. Detrás de la barra, se acomoda un trapo gris sucio sobre el hombro y se aleja, pareciendo exasperado. De todas
formas, no lo estaba escuchando. Mis oídos estaban en otra parte. Mis ojos regresan a fijarse en el cantante con boina negra. Y apenas si reconozco a Tristan. Con sus
párpados cerrados y su voz que parece haber vivido mil vidas, escucho esa canción que no conozco. Pero poco a poco, las palabras me llegan. She’s back… « Ella está
de regreso… » El dolor. Esa mujer cruel que le obsesiona. Que lo carcome por dentro. Que toma su corazón en la mano y lo aprieta. Que le recuerda sin cesar lo que ha
perdido. Lo que ella no le regresará. Esa mujer no soy yo. Es su pena, su castigo. La desaparición de su hermano, el vacío, la soledad, la impotencia, la muerte. Todo eso
que le duele tanto.
Y particularmente esta noche, lo sé…
Me limpio una lágrima y redescubro detrás de ese hombre tenebroso al chico radiante que alguna vez conocí. La paradoja en su más puro estado. Una de sus
manos, sólidamente anclada al micrófono, con las articulaciones blancas de tan crispada que está. La otra, suspendida con gracia en el aire. La piel bronceada de su brazo,
que parece suave, sedosa como la conozco. El tatuaje negro, misterioso, que marca su antebrazo del otro lado. Sus bíceps contraídos y sus hombros cuadrados que
tensan la tela de su camisa obscura, salida a medias de su pantalón. Su rostro con rasgos tan finos y tan masculinos, absorbiendo la luz. Su manzana de Adán subiendo y
bajando cada vez que respira, cada vez que decide vivir. Los mechones de su cabello castaño, demasiado largos, los que se escapan de su boina y le caen sobre la frente y
los que el sudor le empieza a empapar sobre la nuca. Y sus labios, hechizantes, sensuales, que me decían palabras de amor, palabras crueles, y que ahora sólo hablan de
su dolor.
Conozco a ese Tristan, bello como un dios, sincero, lleno de ímpetu. Conozco a ese chico trascendido por la música, tal vez lo único en el mundo que lo calma.
Pero todavía no conozco a ese hombre en carne viva, escondido bajo una boina negra, que vuelve a abrir sus ojos obscuros sin buscar a nadie con la mirada, que no sonríe
ante los pocos aplausos que resuenan en el bar, que deja el escenario con un paso lento, indolente, como si el simple hecho de caminar, de retomar una vida normal lo
hiciera sufrir.
Sin pensarlo, recorro la barra hasta llegar con él. El barman le abre una botella de cerveza sin que Tristan diga ni una palabra.
– ¿Ya te decidiste, Labios Rojos? me pregunta el tipo con el trapo sucio.
– Un shot de tequila. Y uno para él también.
– ¿Qué estás haciendo aquí, Sawyer? suspira Tristan.
– ¿No se ve? Te estoy invitando una copa.
Él se voltea ligeramente hacia mí y sonríe a medias, sorprendido. Intento no mirar su hoyuelo, ni su boca. Ni siquiera sé si lo logro. Luego se quita la boina y se
frota vigorosamente el cabello, dejándolo todo despeinado.
– ¿Estamos celebrando algo? ¿Nuestra agradable convivencia en la casa? ¿Tu regreso a Key West? ¿De hace 10 meses?
– Ya casi es la 1 de la mañana. Técnicamente, es el cumpleaños de Harry. Hoy cumpliría 10 años… digo escuchando mi voz quebrándose.
– No has olvidado la fecha.
– No, susurro.
– Pero al parecer sí olvidaste que ya no celebramos su cumpleaños desde… hace mucho. Mi hermano siempre tendrá 3 años.
Su mirada azul me deja, su rostro se cierra nuevamente y su mandíbula intenta triturar la tristeza que lo oprime. Mi corazón se detiene. No quería lastimarlo. Sólo
estar aquí por esta vez. No dejarlo enfrentar solo esta fecha atroz, como estos últimos seis años.
– Eso nos da una buena razón para tomar, digo levantando mi vaso y tomándolo todo de un trago.
– Contrariamente a ti, yo no necesito una razón para hacerlo.
Tristan sonríe tristemente y bebe su shot echando la cabeza hacia atrás. Mordemos al mismo tiempo la rodaja de limón verde puesta en equilibrio sobre los vasos.
Luego nuestros dedos se rozan cuando los volvemos a dejar sobre la barra. Y odio que este estúpido contacto siga teniendo el poder de hacerme estremecer. Un extraño
silencio se instala, pero ni él ni yo retiramos nuestras manos. Permanecemos de pie, uno al lado del otro, por varios minutos, sin movernos ni hablar. Y soy incapaz de
decir lo que siento.
¿Un cierto alivio? De que seamos capaces de no matarnos estando a menos de diez centímetros de distancia. ¿Una inmensa pena? De saber que Tristan está
sufriendo así. ¿Un dejo de admiración, de fascinación? Porque verlo cantar me conmocionó. ¿O un verdadero desasosiego? Porque su presencia, su carisma y su
indiferencia siempre tienen el mismo efecto en mí…
Termino por dejar que la yema de mi índice se deslice sobre la mano de Tristan, siguiendo los finos rasguños rojos que marcan su piel.
– ¿Te peleaste de nuevo? sonrío.
– ¿Qué esperabas? Soy un verdadero bribón.
– Esta vez perdiste, ¿no?
– Creo que sí. Salva a un gato de ahogarse y te lo pagará al cien, dice con ironía.
– Pero entre fieras indomables deberían entenderse…, me burlo gentilmente.
– Sawyer, no me estarás comparando a un gato callejero recién nacido que apenas si se puede sostener de pie, ¿o sí?
– ¡Claro que no! Él es una bestia salvaje. Tú sólo eres un huraño gruñón.
Mi comentario hace sonreír a Tristan, esta vez con sinceridad. Luego se lleva la botella de cerveza a los labios, bebe ansiosamente haciendo bailar su manzana de
Adán y me responde en voz baja:
– Tiger, así lo llamé. Es ridículo, ¿no? Adelante, puedes reírte.
– Papá Oso y Bebé Tigre, me río.
– Creo que a mi hermano le gustaría, agrega después de un largo silencio.
– ¿Tu her…?
– ¡El otro! me interrumpe de inmediato Tristan. El nuevo. Archie.
Me callo, perturbada por haber pensado de nuevo en su hermano desaparecido, el único que conocí. Como si Harrison siguiera vivo, todavía presente, como si
siguiera teniendo 3 años.
Tendría 10 años ahora. Puede estar cumpliendo 10 años en algún lugar. Y daría lo que fuera por volver a verlo… ¿Lo reconocería?
Imagino que Tristan debe pensar en todo eso, cada día desde hace seis años. Y que debe ser una verdadera tortura. Pero había olvidado que un nuevo pequeño entró
en la vida de los Quinn-Lombardi desde entonces. Un pequeño rayo de sol en su mundo tan obscuro.
– Sí, ya sé. Archie, Harry, se parece… me explica Tristan suspirando. Creo que fue algo inconsciente. Pero mi madre…
Pero tu madre… Su arma apuntando hacia mí. Sigo teniendo escalofríos.
– Su imbécil padre sólo lo llama Archibald, completo, retoma Tristan. Pero mi madre lo llama Archie, como a Harrison lo llamaba Harry, y a veces confunde los
dos nombres…
– ¿Harry y Archie se parecen? pregunto en voz baja.
– No podrían ser más diferentes. ¿Recuerdas lo bien que se portaba Harry y cómo tenía miedo de todo? ¡Archie es un travieso! Salta por todas partes, grita todo el
tiempo, se enfurruña, se ensucia, desobedece a sus padres… Lo adoro, concluye con un tono triste.
Tristan sonríe mirando hacia el frente, con los ojos en el vacío. Su emoción me conmueve. Pero intento relajar el ambiente.
– ¿Y Sienna intenta de todas formas convertirlo en un niño modelo?
– El mismo corte de cabello y la misma ropa de la mejor calidad, asiente con una pequeña sonrisa.
De inmediato la pierde. Y su voz se vuelve más grave.
– Me mata que lo peine como a Harry. Inclusive recicló algunos de sus juguetes, de sus muebles. Lo inscribió en la misma escuela privada.
– Eso debió ser difícil. Ver a tu madre casarse de nuevo. Tener otro hijo, tan pronto. Un niño…
Mis dedos tamborilean sobre el reverso de su mano. Tristan marca una pausa, como si dudara en hacerme un confesión difícil.
– Intenté no encariñarme, responde. Hice todo para alejarme de Archie. Eso enloquecía a mi mamá pero, durante tres años, me negué a ocuparme de él. Tenía miedo
de olvidar a Harry, de remplazarlo. O de cometer los mismos errores, de no poder protegerlo como debería.
– ¿Qué fue lo que te hizo cambiar de opinión?
– Cuando pasó de la edad que tenía Harry cuando desapareció, no sé, algo cambió… Pensé que Archie no tenía por qué pagar por eso, que él no tenía la culpa. Y
que tal vez ésa era mi oportunidad para reivindicarme. Para ser un hermano mayor digno de ese nombre. Creo que no tenía derecho a dejarlo solo. No como a Harry…
Intento contener las lágrimas con todas mis fuerzas, aprieto los dientes, me muerdo la lengua, miro hacia otro lado, juego con mi cabello demasiado corto para que
pueda hacerme una cola de caballo, como hago cuando estoy nerviosa. Luego el pulgar de Tristan viene a secar la gota ardiente que se escapa de mis pestañas.
– No eres la responsable de eso, Liv. Yo era su familia. No tenemos por qué sufrir los dos, maldecirnos por lo que pasó.
– Tú también eres inocente. Teníamos 18 años, no hicimos nada malo. Desearía tanto que te perdonaras a ti mismo…
– No puedo, murmura tomando mi rostro entre sus manos.
Su rostro se acerca, su mirada triste y obscura se pierde en la mía, su olor me embriaga y sus labios se colocan sobre mi boca. Suaves, cálidos, impactantes. Luego
Tristan me deja, se endereza sacudiendo la cabeza, se pone la boina y sale del bar. No tengo tiempo de reaccionar, de comprender, de pensar. Sólo de sentir a mi corazón
latiendo como loco. Sólo de saborear el limón y la ternura en ese beso.
Sólo para reencontrarme con el Tristan de antes.
Maldita sea.
***
Si pudiera dormir en la inmobiliaria, lo haría. Dejo la casa lo más temprano posible, antes de las 7 de la mañana. Y regreso cuando ya es de noche, después de las
10 . Llevo una semana así y eso me hace pensar en mi padre. Él trabajaba por gusto, por supuesto, pero también para huir de su insoportable mujer o del ambiente
eléctrico en la villa. Yo siento como si fuera una adolescente de nuevo, haciendo todo para evitar al chico que me besó – sin siquiera saber si me arrepiento de no haberlo
rechazado o si muero de ganas por que suceda de nuevo.
– ¡Hola, Liv!
– ¿Cómo estás?
– ¿Cómo vas con tu desorden de personalidades múltiples?
– ¡Muy bien, gracias!
Hasta ahora, Tristan me ha facilitado bastante las cosas viviendo de noche, regresando demasiado tarde como para que nos crucemos y levantándose mucho
después de que me voy. Pero esta mañana, hay bastante gente en la cocina. Y por « gente », quiero decir una sola persona, de sexo femenino, vestida con una falda de
mezclilla tan pegada que debe caminar con pasos pequeños y una blusa tan corta que puedo ver su ombligo, con más rímel bajo los ojos que en las pestañas y que hace
un alboroto como si estuviera en su propia casa. Y como si viviera sola, evidentemente.
¿Pero qué rayos está haciendo ella aquí?
– ¡Hey! Necesito un café. ¿No sabes dónde guarda sus tazas? ¡Tengo una resaca de aquéllas!
– Buenos días… Mis tazas están en la primera alacena de arriba.
– ¡Ah genial! ¿Y de casualidad tienes una aspirina?
¡Claro! En el cajón de abajo, al lado del cianuro… ¡No te vayas a equivocar!
– No, lo siento. Sólo vivo aquí, no tengo una farmacia.
La rubia oxigenada hace una mueca, como si fuera mi obligación ocuparme de ella como una madre. Bajo el peinado revuelto y el maquillaje corrido, reconozco al
Acostón Número 412 .
¿No la había echado el mismo día que a mí?
¿Llamándome insoportable de paso?
– Me duele tanto la cabeza, lloriquea masajeándose las sienes.
– A mí también, ahora que llevo cinco minutos escuchándote gimotear, respondo para mí misma.
– ¿Perdón?
Sí, estoy enojada. Sí, vuelvo a pensar en el beso de Tristan, como si éste hubiera tenido sentido. Pero no, no estoy celosa.
– ¿Cómo funciona esta cafetera? se enfada jalando el cable.
¡Intenta metiendo tus dedos en el tomacorriente!
Tristan llega a la cocina abierta, vestido solamente con un bóxer gris obscuro. Él nos observa un segundo, a cada una por su parte, divertido por el par improbable
que hacemos las dos, luego se estira con una mano hundida en su melena despeinada y la otra acariciando sus abdominales.
¿Por qué los idiotas sabes exactamente lo que deben hacer para lucir sexys aun cuando uno los detesta?
– Veo que ya se conocieron, dice con una pequeña sonrisa.
– 412 , ¿no? pregunto en voz baja, sin dejar de verla.
– Lexie, me corrige él, sin dejar de sonreír.
– Deberías hacerle su café antes de que se electrocute.
– Me conformaría con un tazón de cereal, gime la rubia entrando en la conversación.
¿Alucino o está esperando a que le sirvamos?
– Sigo sin ser más que la coinquilina, no la cocinera, ni la doméstica, resoplo entre dientes.
Tristan se ríe de mi cara de indignación, va a buscar él mismo la leche, el tazón, la cuchara y el cereal. Mi cereal carísimo. Le prepara el desayuno a la chica con ojos
de panda, toma algunos tragos directamente de la botella, tira la tapa y no la levanta, y finalmente le da el tazón lleno a Lexie susurrando:
– Toma, Liv.
– ¡Te equivocaste de nombre, idiota! se enfada ella, con la nariz en el cereal.
¡Y lo hizo a propósito, idiota!
– Lo lamento, se disculpa falsamente. Sigo sin despertar todavía.
Sus ojos azules e intensos me asustan. No me dejan de ver y juraría que Tristan me está provocando, a pesar de la indiferencia en su voz.
– Tomaré una ducha, anuncia él dejando la cocina.
– ¿Tan pronto? se queja la enojona, decepcionada de que no se quede.
Pero Tristan ya no la escucha. Su trasero abultado nos provoca a ambas mientras que llega a su habitación y se encierra en ella.
Si siguiera teniendo 18 años, le habría lanzado la botella de leche abierta a la cabeza desde hace mucho.
¿Pero qué rayos estoy haciendo aquí, desayunando con el acostón de mi ex primer amor y nuevo coinquilino?
– Sólo tienes que ir con él a la ducha, le aconsejo a la rubia, fuera de mí.
– ¿Para hacer qué? gruñe. No me tocó en toda la noche. OK, llegué un poco tarde; OK, estaba un poco ebria; ¡pero eso no es razón suficiente para dejarme su cama
y dormir en el piso! ¡No entiendo a ese hombre!
– Estamos iguales… suspiro.
– ¿Y qué sucede con ese gato que araña a todo lo que se mueve? se queja mirando su brazo lleno de rasguños.
No puedo evitar sonreír.
¿Quién se atrevería a decir que me estoy regocijando?
3. Fragmentos del pasado
En estos inicios del mes de julio, el calor comienza a hacerse notar en Key West. Los habitantes salen cada vez menos, huyendo de los treinta y dos grados, la
humedad, las tormentas del final del día y las oleadas de turistas que comienzan a invadir la isla. Eso no es muy bueno para los negocios. Romeo aprovechó para tomar
tres semanas de vacaciones e ir a visitar a su familia en México – y hay que decir que yo lo animé un poco a hacerlo, para poder tomar un poco de distancia. Bonnie y su
grupo de góspel salieron a dar varios conciertos en Jacksonville, al norte de Florida, en el marco de un conocido festival de música soul. Entre mi mejor amiga lejos, mi
abuela demasiado ocupada con arca de Noé y la inmobiliaria más vacía de lo normal, estoy a punto de sentirme sola.
Yo, Liv Sawyer, la chica que habría matado por una hora de silencio y de soleada hace poco tiempo.
Pero eso era cuando el Salvaje me volvía loca. No sé si tiene que ver con nuestras conversaciones o con nuestros acercamientos, no sé si ya dejó de ponerme a
prueba o si simplemente ya se cansó, pero Tristan está un poco menos insoportable que antes. Aunque sigue igual de insolente. Pero dejó de hacer de mi vida un
infierno. Se abre un poco, me habla más fácilmente, parece menos sombrío, casi relajado. Me

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