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Juegos Prohibidos 2 Emma Green

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Descargar libro PDF En el otro extremo, la voz metálica era glacial, asesina. Escalofríos descienden por
mi espina dorsal a pesar del calor de agosto, suben hasta mi garganta y es la náusea
quien toma el relevo.
¿Quién se esconde detrás de estas amenazas?
¿Quién podría vernos?
¿Y quién nos puede culpar así tanto?
Tres días que estas preguntas dan vueltas en mi cabeza, me impiden dormir, me
cortan el apetito, me dan sudores fríos cada vez que algún teléfono suena de nuevo en
la casa.
En el concierto, nadie me vio entrar al camerino de Key Why, estoy segura. Si
Drake hubiera sabido que me encontraba detrás de la puerta, jamás habría bromeado
con Tristan como lo hizo. ¿Y si el autor de esta llamada anónima habló justo del beso
en la playa? Allí, había mucha gente. Mis dos mejores amigos, jamás harían una cosa
así. Los amigos de Tristan, capaces de este tipo de bromas pesadas, pero que jamás
se atreverían hacerle esto al líder de su grupo. ¿Lana, su ex? ¿La camarera con los
ojos de gato? ¿Jake, el estudiante de medicina del Dirty Club? ¿El jardinero? ¿El
cartero? ¿Y por qué no Harrison, mientras estaba allí? Esta llamada telefónica me ha
vuelto tan paranoica que casi me pongo a sospechar de un niño de 3 años de edad. Un
chiquillo adorable, que me acaba de poner en los brazos Alfred cada vez que siente
que soy pesimista. A pesar de la baba y el polvo, aprieto la felpa contra mí antes de
que Harry lo recupere para « llevarlo a caminar » o « aprender a contarle historias
para cuando mamá ya no esté allí. »
Sienna haría bien en pasar un poco más de tiempo con su hijo y un poco menos
contando sus fajos de doláres.
Mi corazón carece de un latido. El teléfono suena, a lo lejos, pero se calla al cabo
de tres timbres. ¿Un error? ¿Una advertencia? La próxima vez, no me esperaré a que
alguien descuelgue… ¿Pero a quién se le puede ocurrir hacerme vivir esta pesadilla?
¿Quién es tan cobarde, tan patético y tan bastardo para hacerme esto? Todo lo que sé,
es que si me le echo encima, la va a pasar muy mal.
La ira en lugar del miedo: mi nuevo mantra
Tres días, también, que evito cuidadosamente cruzarme con aquel a quien se le han
referido tanto como yo por estas amenazas. O en todo caso, de encontrarme sola con
él. No tan complicado, finalmente. Me levanto temprano, cuando Tristan emerge en
medio del día. Voy al trabajo mientras se queda en un garaje de chiquillos ricos, con
su grupo de seductores de chicas. Ceno en « familia » mientras él se va a los bares de
moda con su grupo de amigos. Cuando vuelve, estoy acostada desde varias horas,
echada en mi habitación.
Acostada desde hace horas, sí… pero no siempre dormida.
Puede dormir tranquilo, al otro lado de la pared. A veces, tengo la impresión de
escuchar su respiración a través de la división, cuando la mía no es más que
sofocaciones y sobresaltos. Cada noche, tengo la sensación de ahogarme mientras que
él, inconsciente del peligro, flota alegremente en la superficie.
Tomé la decisión de no revelarle nada de todo este lío. Ya, porque Tristan
probablemente tendría mucho gusto de tomar esto a la ligera, de media sonrisa
tratándose de un chiquillo asustado y paranoico. También y sobre todo, porque nunca
se sabe, podría tener el impulso repentino de localizar a la persona responsable, con
el riesgo de delatarnos de paso.
Él no tiene nada que perder. Todo el mundo sabe que el cantante de Key Why es un
rebelde, con una boca grande, un electrón libre que no tiene ningún uso de la
moralidad. En cambio, nuestro « acercamiento accidental » – es así como decidí
calificarlo desde que me juré que nunca MÁS me rendiría – podría hacerle una
publicidad increíble.
« Tristan Quinn, el bad boy que consiguió atraer a su hermanastra por puro
interés. »
Estos últimos días, sentí lo bien que me miraba cuando el encuentro era inevitable.
De manera más o menos discreta, más o menos insistente. Sus ojos azules se posaban
sobre mí, unas veces feroces y distantes, y otras curiosos, preocupados. Las manos en
los bolsillos, el cabello desordenado y el paso ruidoso, terminaba por pasar, cansado
de no obtener mi atención.
¿Cansado… o decepcionado?
***

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Ya han pasado cinco días desde que la amenaza hizo su estrago. Nada desde
entonces. Nada que haya destrozado mi vida, la de Tristan y la de toda nuestra familia
reconstruida, en todo caso.
Son casi las 18 horas desde que salí del trabajo después de haber visitado siete
apartamentos uno tras otro. Tengo los pies hechos papilla, las piernas rígidas, mi
espalda me duele y ya en la puerta lanzo con furia mis tacones, diciéndoles cuanto
nombre se me ocurre.
– ¡Mañana, regreso a los Converse! refunfuño odiándome por haber querido jugar a
la dama.
– Sí, porque es bien sabido que las zapatillas para trabajar, es lo mejor, ironiza el
cabeza de bofetada con músculos relucientes, a pocos metros de distancia.
¿Maldecida, yo? Tristan vuelve exactamente de la sala de pesas y, aparentemente,
decidió complicarme la existencia. Es para morirse. La tentación absoluta. Cuando él
coloca su bolso deportivo en la parte superior del gran armario, su camiseta se eleva,
mostrando sus abdominales y la fina línea de vello oscuro que desciende de su
ombligo. Trago saliva con dificultad, alejando mi mirada para colocarla sobre sus
bíceps – stop! – cruzo la suya. Se muerde el labio, me come con la mirada de abajo
arriba y mis mejillas enrojecen como después de una exposición de doce horas a
radiaciones UV. Stop!. Cierro los ojos algunos segundos, tratando de retomar el
control y aprieto mis muslos para que el hormigueo desaparezca.
Abro de nuevo los ojos y veo que se encuentra detrás de mi. Estos hombros, ésta
espalda… No tienen otra elección, tomo el mismo camino que él – dirección a la
cocina – pero sin dirigirle la palabra. El siguiente intercambio se desarrolla bajo un
perfecto silencio. Tristan abre el refri, toma dos latas de soda y me lanza una. Me
instalo en un lado de la barra, él del otro. Me doy varios tragos de soda forzándome
por fijar la pared que se encuentra detrás de él. Saca un paquete de pastelitos y me
tiende uno, el cual acepto sin pensar. Lo muerdo y me doy cuenta que es de canela.
ODIO la canela. Él lo sabe.
– Hilarante, silbo haciendo deslizar el pastelito hacia él.
– ¿Recobraste la voz, Sawyer? Replica antes de vaciar de un golpe la mitad de su
lata.Y la manzana de Adam que me provoca…
– Nunca la he perdido.
– Solo conmigo, entonces, lanza él fijándome intensamente.
– Sabes muy bien que estuvo mal… La noche del concierto… Fuimos demasiado
lejos, murmuro.
– No hablamos de eso más, lo dice con una voz despreocupada encogiéndose de
hombros, lo que tiene el don de enervarme.
Pasa la mano por sus cabellos, los desgreña y el perfume de su champú me alcanza.
Este maldito olor que me vuelve loca, no por tanto tiempo. Como si leyera mi
confusión, Tristan se inclina sobre el mostrador y sumerge de nuevo sus pupilas en las
mías. Como si tratara de leer allí el más íntimo de mis secretos.
– Más hablar de eso no borrará lo que hicimos, insisto yo con mirada desafiante.
– Detente con tu doble moral, Sawyer, suspira él.
– ¡Estabas tan mal como yo, te recuerdo!
– ¿De dónde sacas eso, exactamente? Gruñe entrecerrando los ojos.
– Se podía leer en toda tu cara.
– ¿Porque pretendes decir que me conoces lo suficiente como para saber todo lo
que pienso? se ríe amargamente.
– No, pero…
– ¡Basta! Liv, ya no vamos a hablar de lo nuestro. Nunca más. Debemos parar
ahora. Retomemos nuestras vidas como eran antes, separadas, y todo estará bien.
– OK, respondo fríamente.
Con esto, mi encantador interlocutor se pone de pie y lentamente da la vuelta al
mostrador para salir de la cocina abierta sobre el salón. Alejándose del mármol
claro, haciendo caer un vaso de plástico sobre el parquet. Uno de los vasos de
Harrison, con asas como orejas y un pequeño pico como la nariz de un animal no
catalogado. Como de costumbre, me agacho para recogerlo, pero Tristan es tan rápido
como yo y nuestras pieles se rozan por un mínimo instante.
¡Malditos escalofríos!
– Oh, a propósito, quería decirte: deja de evitarme a cada momento, Sawyer, esto
va a terminar por levantar más sospechas, añade antes de desaparecer.
– ¡Y tú, deja de llamarme Sawyer! Grito después de él.
– ¡O.K., Sawyer!
¡Oh! ¡Oh! Muerta de risa. Verdaderamente. Ducon.
Mi teléfono vibra. Es Sienna quien me envía un mensaje – Tristan debió de recibir
el mismo – para anunciar que ni ella ni Craig estarán en la casa antes de las 10 de la
noche. Por lo tanto, es nuestra responsabilidad cuidar de Harrison, quién no tarda en
ser traído por la niñera. Inhalo profundamente cerrando los ojos, los reabro para ver
el último archivo GIF que Bonnie me envío – un gatito que baila – y cierro mi pantalla
saltando de mi taburete. Dirección al cuarto de baño para una ducha de medio siglo.
Me hará falta por lo menos esto para recobrar mi buen humor.
La ducha no sirvió de nada, pero cuarenta minutos más tarde, cloqueo como una
pava persiguiendo a Harry en el jardín. Ignoro por qué su madre abandona tanto a su
niño más pequeño, él es un antidepresivo y un ansiolítico por sí mismo. Este
pequeñuelo es tímido, sensible, afectuoso, y demasiado inteligente para tener
solamente 3 años. He aquí diez minutos donde me cuenta las últimas travesuras de su
segundo mejor amigo – Elton el elefante – de su pequeña voz concentrada.
– ¡Eta cosita, e pa hacete coquilla! Dice enrollándome el peluche alrededor del
cuello.
Como estoy a punto de convencerlo de ir a tomar su baño, el pequeño salta de
alegría apuntando con el dedo hacia arriba.
– ¡Gigante! ¡Gigante!
Torso desnudo, con la ventana abierta, su hermano mayor le hace un pequeño gesto
con la mano antes de mirarme, una sonrisa en los labios. Sus ojos no dejan de
observarme durante varios segundos. Segundos en los cuales tengo dificultad para
respirar. Ignoro por cuánto tiempo nos observa, desde arriba. Harry le pide que baje,
cada vez con más insistencia, y Tristan finalmente aparta la mirada para colocarla
sobre el pequeño monstruo. Le explica que vendrá en algunos minutos, el tiempo que
le tome vestirse, luego cierra la ventana con sus brazos… de gigante. Al mismo
tiempo, me echa una mirada terriblemente ambigua. Ignoro si es el cristal que
distorsiona su expresión o si tiene el aire mucho más dulce y más atento que una hora
antes. Todo, salvo indiferente.
¿Cuántas personalidades me escondes detrás de esa cara de ángel, Tristan
Quinn?
El hermano mayor se ocupa del baño del niño, me encargo pues de la misión del «
puré de papa ». Me encuentro pelando mi séptima patata cuando suena el teléfono y
rompe mi burbuja de serenidad, cortándome el aliento. Me precipito en la entrada y
descuelgo, rezando por no volver a escuchar jamás la voz metálica.
– Residencia Lombardi-Quinn-Sawyer, anuncio con una voz clara.
– ¿Se encuentra Tristan? Me pide sin rodeos una voz aguda, que carece de cortesía,
pero ningún sex-appeal.
– ¿Quién es?
– Poco importa, resopla la desconocida masticando su chicle. ¿Se encuentra o no?
– ¡No, se cambio de casa, número equivocado! Gruño colgando brutalmente.
¡Las fórmulas de cortesía, no están hechas para los perros!
Doce minutos más tarde, rebelote. Nuevo timbre, nuevo viento de pánico. Mi
corazón se acelera, los sudores fríos empiezan de nuevo, pero esta vez, la voz al otro
lado de la línea es más grave, más sensual:
– Buenas tardes, quisiera hablar con Tristan, por favor, me anuncia la segunda
pretendiente.
– ¿De parte de?
– La mujer de su vida, eso espero, bromea la señorita, muy segura de ella.
– Es lo mismo que dijeron las quince anteriores.
– ¿Perdón?
– Está ocupado. Te llamará. ¡Hasta pronto!
– ¡Espera, aún no tienes mi nombre!
– Sí: « ¡mujer de su vida número 16! », sonrío antes de colgar el auricular.
Tristan y Harry descienden en el momento de la tercera llamada telefónica. Esta
vez, pierdo mi sentido del humor. Ya no puedo más. El estrés que me causan cada una
de estas llamadas me están volviendo loca. Descuelgo y cuelgo sin contestar y retorno
a la cocina para colocarme en la barra de rompecorazones:
– ¡Como joden tus admiradoras! ¿No puedes darles tu número celular, a fin de no
imponerle esta mierda a todo el mundo?
Tomado por sorpresa, Tristan le pide amablemente a su pequeño hermano ir a leer
al salón.
– Si llaman aquí, es precisamente porque no les respondo mi celular, retoma
mirándome de forma extraña. ¿Qué es lo que te pasa, Sawyer?
Su tono es serio, sin pensarlo dos veces. Y sin embargo, su respuesta me pone
fuera de mí.
– Porque me es necesariamente el problema, ¿no? Suelto plantándome frente a él
para demostrarle que no tendrá la última palabra, esta vez.
– ¿Qué? ¿De qué estás hablando?
– ¡Ocúpate del puré, de tus músculos y de tus zorras! ¡Yo, ya tuve demasiado!
Gruño. ¡Y me largo!
– ¿A dónde vas?
– ¡Allí dónde me arruinaras la paz!
– ¡Liv! Gruñe y de repente corre detrás de mi.
Me intercepta por el brazo antes de que alcance la salida.
– Dime a dónde vas.
– ¡No!
– Entonces no te mueves de aquí, dice con calma pegándose contra la puerta.
– ¡Déjame ir!
Trato de derribarlo, pero obviamente, mis puños no son rival para esta complexión
de quarterback.
– No saldrás en este estado, se ensaña quedando perfectamente indiferente ante mis
golpes.
– ¡No eres mi padre! ¡No eres nada mío!
– Que yo recuerde, me revira sonriendo de manera extraña.
– Tristan, actúo diplomáticamente, retrocediendo un paso. Estoy tranquila. Déjame
salir.
– ¿Para ir a dónde?
– ¡A casa de Bonnie! Suelto de repente, frustrada de ser obligada a ceder.
– Ah que bien, concluye él, orgulloso de si, con una sonrisa en los labios. No era
tan complicado.
El insolente levanta los brazos en señal de rendición y se aparta lo suficientemente
lejos de la puerta para que yo pueda escabullirme. Al paso, ignoro la ligera punzada
que padece mi corazón y murmuro « Buenas tardes, pedazo de idiota… » Detrás de
mí, una risa grave y viril, luego la puerta se cierra.
Absolutamente no me dirijo a casa de Bonnie. Saltando en mi pequeño SUV, tomo
el corto camino que lleva a la excéntrica casa de Betty-Sue. Necesidad urgente de
vaciar mi bolsa. TODA mi bolsa. Veinte minutos más tarde, mi abuela en vestido de
noche con los colores del arco iris me recibe en la puerta, preocupada.
– ¿Pequeña? ¿Qué pasa? Me pregunta empujando a todas las bestias peludas que se
interponen en mi camino.
– El otro día, me dijiste que podía hablar contigo, murmuro, con un nudo en la
garganta.
Una primera lágrima fluye sobre mi mejilla. Con esto, Betty-Sue reacciona y echa
fuera a toda su colección de alegres animales en muy poco tiempo, antes de atraerme
hasta el salón.
– ¡Siéntate, vuelvo enseguida con un té anti-pena!
Algunos minutos más tarde, mientras estoy cómodamente acurrucada en su sofá de
numerosos cojines bien combinados, vuelve con una taza humeante en la mano.
– Bebe esto, querida. No tengo el derecho a decirte lo que esto contiene, pero te
aseguro que te hará bien.
– Solo una pregunta, le sonrío. ¿Todo lo que contiene dentro es legal?
– ¡Siguiente pregunta! Sonríe ella suavemente viniendo a sentarse lo más cerca
posible de mí.
En esta casa de altos y bajos, apaciguada por la presencia de esta mujer que me
ama incondicionalmente sin juzgarme jamás, por las buenas sensaciones y los efluvios
de mi infusión, abro las compuertas. Primero lloro. Y luego cuento. Todo, con todos
los detalles.
Bueno, excepto los de una determinada escena detrás de los bastidores de un bar
abarrotado de gente.
Mi atracción por mi hermanastro, nuestras justas verbales, nuestras francas
discusiones, nuestras miradas ambiguas, nuestro primer beso, el segundo, el tercero.
El hecho de que ciertas fronteras hayan sido quebrantadas, a pesar de mi, a pesar de
nosotros. La pena que me sigue por todas partes a donde voy, desde entonces. El
miedo de ser descubierta, juzgada, insultada, dañada. El miedo de no volver a sentir
lo que me hizo sentir, también. El miedo de quererlo todavía. El miedo de perderlo.
Y luego esta famosa llamada telefónica que se obstina en impedirme dormir,
comer, funcionar correctamente. « Sé lo que hicieron. Y se llama incesto. » Con esto,
Betty-Sue saca las garras. Por primera vez, me interrumpe y su mirada llena de amor y
compasión se turna roja.
– ¿Incesto? ¿Cuál incesto? Se pregunta ella de repente. ¡Que yo sepa, Ustedes no
están ligados por la sangre! ¡Tristan y tú no hicieron nada malo! No eligieron la
facilidad, se los concedo, pero ustedes no han violado nada! ¡Ninguna ley! ¡Ningún
código moral, ético o no sé que otra mierda del género!
– Es mi hermanastro.
– ¡Te equivocas! Intenta persuadirme rodeando mi cara con sus manos dulces y
arrugadas. Tristan y tú, son libres. ¡Ustedes tienen 18 años y el derecho a todas las
locuras! Y luego sabes, los enemigos terminan ya sea por destruirse… o por amarse.
Y personalmente, prefiero la segunda opción.
– La gente no comprenderá, si se enteran de esto.
– ¡Esta maldita sociedad y su cobardía ordinaria! Ruge ahora ella levantándose y
poniéndose sus pantuflas gastadas. Para no tener que pensar y dar prueba de coraje, la
gente misma se esconde detrás de falsas ideas y prejuicios. ¡Pero vamos a encontrar
al que te chantajea, mi dulce, y sus amenazas, haremos que se las trague!
No puede ser mejor…
– ¿Sueño o este té logra hacerme sonreír? Hago, un gesto demasiado alegre.
Betty-Sue me suelta un guiño y deja entrar a su rebaño de criaturas que se arrojan
rápidamente para unirse conmigo en el sofá y aplastarme, lamerme, total, cambiarme
las ideas.
– ¡El té Y mis pequeños protegidos! Dice con orgullo escuchándome reír con
mucha alegría.
***
– Finalmente, « sálvese quien pueda » ha demostrado ser mucho más eficaz de lo
esperado, filósofo Fergus observando su futuro uniforme verde caqui.
– Sí, en fin, gracias a Dios, eres el único que debe llevar esta cosa horrible, ríe
Bonnie estudiando la carta de milk-shakes.
– Sí, en fin, no la traigas demasiado, lanzo a mi mejor amiga. Estás a punto de no
traer nada puesto.
– ¿Qué? ¿Stripper, eso es, tu trabajo de verano? Ríe de repente el único varón de
nuestro trío.
– ¡No sueñes demasiado, perverso! Se defiende la linda Black. ¡Soy la nueva
corista del Key Why, me va a tocar un billete en cada concierto! Y si me pongo
decente, será únicamente para Drake.
– Claro que es más excitante que mi trabajo de jardinero, desespera el pelirrojo.
– Puedo procurar que vengas a trabajar a la casa, le propongo. Sienna busca a
alguien para cortar el seto, creo.
– ¿Trabajar para la bruja de tu madrastra? ¡Jamás en la vida! Exclama abriendo los
ojos desmesuradamente como un poseído.
– Bueno, tenemos los tres un trabajo, ¿no es bella la vida? Resume Bonnie
reponiendo la carta. ¡Y para celebrarlo, gira de Sex on the Milk!
¡Más repugnante, muere!
– Hey, finalmente tuve mi respuesta. Para la universidad, suspiro mientras saltan
bajo mis ojos.
– ¿Qué? Maldito Fergus, ahora dotado de un bigote de leche… al que trata
inútilmente de quitar.
– ¿Entonces? ¡Escúpelo! Se impacienta Bonnie.
– Negativo. Aparentemente, no he aspirado a tanto. Mis tres opciones me las han
suspendido.
Intento no dar un aspecto de devastada por estas negaciones que recibí de un solo
golpe, esta misma mañana, pero francamente no soy buena actriz.
– ¡Siempre puedes probar suerte en el próximo semestre, en la universidad de la
esquina! Me recuerda Fergus. Inevitablemente serás aceptada.
– Sí, con eso, estaremos los tres en el mismo lugar, me consuela Bonnie, claramente
preocupada por mí. Sé que no es lo que querías, Liv, pero…
– ¡Pero nada en absoluto! Tengo la solución: voy a tomar clases por
correspondencia a tiempo parcial y trabajar en Luxury Homes Company el resto del
tiempo. Mi padre soñaba con eso y, además, comienzo a ser fanática a mi trabajo.
Creo que estoy hecha para esto.
– ¿Muy, entonces puedo ser honesta?
– Sí…
La loca furiosa se levanta y empieza una danza psicodélica, bajo nuestros ojos
boquiabiertos. Al cabo de algunos segundos, me echo a reír y la alcanzo moviendo las
caderas sin complejos.
– ¡Tenía tanto miedo de que te fueras a Nueva York, o al mismo París! Me confiesa
Bonnie arrojándose en mis brazos. ¡Es egoísta de mi parte, pero acabas de anunciarme
la mejor noticia del año!
Bueno, imagino que no tengo todo perdido.
Aquí, tengo todo mi pequeño mundo que
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