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Libro PDF Juntos somos invencibles – Joana Arteaga

Juntos somos invencibles – Joana Arteaga

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todo el concierto con miraditas, roces y
tonteo a l o loco. N o e s l a primera vez
que me pasa esto con mi prima, así que
salgo resignada (y muerta de envidia)
del recinto.
Cora tiene e s a facilidad, d a asco.
Como un tí o s e l e ponga a tiro, y a no
tiene escapatoria. Y como ella no suele
dejar pasar la oportunidad de
demostrarse que es la reina del mundo,
pues se olvida de que no ha venido sola
al concierto. En fin, la
historia d e m i vi da. A v e r ahora
cómo consigo esquivar a esta panda de
adolescentes y quedarme con uno de
los primeros taxis que se atrevan a
acercarse
por aquí.
La cantidad de prepúberes que había
en el concierto es alucinante. ¿Por qué,
Dios
mío, tuvo que meter Muse una
canción en todas las bandas sonoras de
las doscientas
par tes d e Crepúsculo? ¿ P o r qué
tiene que volverme loca el mismo grupo
q u e a todos los adolescentes de
América? Argggggg.
L a odisea para llegar aquí empezó
ya hace meses, con e l intento d e lograr
conseguir dos entradas y no dejarme el
sueldo del año en el intento. A las dos
horas de salir a la venta ya no quedaban
localidades libres y el precio de reventa
se disparó hasta la luna. Menos mal que
mi hermano Kevin tiene una suerte loca
(y unos contactos de lo más oscuro, todo
hay que decirlo) y, sin saber muy bien
cómo, se hizo con dos entradas en
tiempo récord. Eso sí, previo pago de
235 dólares por
cada una.
Creo que es mejor no optar por los
taxis de esta zona, así que decido
alejarme un
p o c o d e l bar ul l o q u e r o d e a el
Madison Square Garden, bajando por la
Octava Avenida en dirección a mi casa.
Vivo en Bleecker Street, en un
apartamento genial que conseguí gracias
a mi amiga Martina, que me recomendó
antes de que ella lo
dejara para irse de la ciudad. Yo no
me puedo permitir los precios del
Greenwich
Village, p o r e s o comparto e l piso
c o n o t r a p e r s o na , u n a misteriosa
presencia llamada Diana.
A d o s c a l l e s d e l r e c i nto del
concierto ya se respira mejor. Hay gente
que ha tenido la misma idea que yo, pero
nada comparado con la pesadilla de los
aledaños del Madison… veo varias
parejas y algún grupo a la caza de los
escasísimos taxis que pasan. H a y a
quien l e sonríe l a fortuna y consigue
hacerse c o n alguno d e los pocos que
pasan cerca y, además, va libre.
E n u n momento dado, estoy casi a
punto de quedarme con uno, pero un
intimidante t i p o c o n as pecto de
fumador de crack con mono de s u dosis
diaria y cara de querer matarme, me
hace desistir de quedarme con el
vehículo y se lo cedo con cara de no
haber roto un plato cuando se acerca a
mí tambaleante.
El tiempo pasa y mi esperanza cada
vez es menor. Mientras espero por un
mi l agr o, compruebo l o s correos
electrónicos que me han llegado. Esto es
l o que tiene convertirse en empresaria,
que estás pendiente del teléfono a todas
horas.
Hace dos meses que me volví loca
por completo y dejé mi trabajo de toda
la vida
en Coleman and Asociated
Publishing para montar mi propia
empresa. Siempre se
me ha dado bien l a programación y
sentía que podía dar mucho más d e mí
que trabajando e n e l departamento de
sistemas d e una conocida editorial. Mi
hermano pequeño y s u amigo armenio
me convencieron para que m e uniera a
ellos e n su disparatada idea d e montar
una pequeña empresa informática y yo,
que fui pillada en uno d e esos días en
l o s q u e estaba dispuesta a escuchar
cualquier cosa por ridícula que fuera y,
más aún, a darle la posibilidad de
pensar en ella con interés, me vi, d e la
noche a la mañana, pidiendo mi finiquito
en Coleman and Asociated Publishing e
invirtiendo mis ahorros en LemurApps,
la descabellada empresa de mi hermano
y el friki de Narek, que solo tienen
dieciocho años.
Y aquí estoy yo, haciendo de
comercial, programadora, señora de la
limpieza y,
muchas má s veces d e l a s q ue me
gustaría, niñera d e d o s chavales con
muchos pájaros e n l a cabeza, pero
también, l o reconozco, con e l talento y
la ilusión que hacen que tengas ganas de
despertarte por la mañana y venir a
trabajar.
Sí, todo l o que me pase e n mi vida
laboral d e ahora e n adelante, m e lo
habré merecido c o n c r e c e s por
abandonar u n puesto estable y seguro,
rodeada d e gente agradable y mis
amigas d e l al ma, p o r u n destartalado
a l ma c é n e n l a D é c i ma , con tres
ordenadores y una mesa de reuniones
que se cae a cachos.
Además de dos correos sin leer de
posibles clientes que me citan para la
semana
q u e v i e ne , v e o q u e t e n g o tres
llamadas perdidas d e m i madre. ¿Tres
llamadas? A estas ho r a s n o puede
significar n a d a b u e n o . N o s é si
asustarme y devolverle las llamadas o
asustarme y no querer saber de qué va la
cosa. Desconsolada, muerta de frío y ya
con la idea de caminar las treinta calles
hasta mi casa, veo que un taxi aparcado a
mi derecha acaba de arrancar. Corro
como si la
vida me fuera en ello y me lanzo de
cabeza a su interior, sin importarme
nada.
¡Sí , señores! ¡ Touchdown! , nadie
m e v a a quitar este taxi como que me
llamo Miriam Alexandra Blake.
—Perdone, señorita, pero no estoy
de servicio —una voz enfadada y con
acento
irlandés sale del asiento del
conductor.
¿QUÉ? ¡No! No, ni de coña, vamos.
De aquí no me bajan ni los
antidisturbios. No
veo perspectivas de conseguir otro
taxi y estoy agotada y helada. El
concierto me ha
dejado sin fuerzas para nada y solo
quiero llegar a casa, quitarme la ropa y
dormir
trece o catorce horas.
—Por favor… —intento la táctica
de dar pena.
—Lo siento, ahora mismo está usted
dentro d e u n coche particular. Bájese,
por favor.
No puede ser… el único taxi que se
vislumbra en varias manzanas a la
redonda, y
que no está siendo rodeado con
fervor por hordas de adolescentes
desquiciados, y
tiene que pasarme esto.
A través del cristal que separa la
parte delantera del vehículo y la trasera,
intento
establecer contacto visual con el
conductor y así seguir con mi plan de
darle pena…
s e m e d a fenomenal poner ojitos y
hacer pucheros… con mi padre siempre
funciona.
—Por favor, por favor, por favor…
necesito llegar a mi casa. N o me tengo
en pie y los taxis hoy están más
demandados que nunca… tenga
compasión.
El taxista ni siquiera se gira, está
mirando algo en su teléfono móvil. A
través de
la fría mampara de metacrilato que
nos separa, puedo notar cómo va
perdiendo la
paciencia poco a poco.
—¿No me he explicado bien? —dice
con más cabreo aún en la voz, girándose
por fin— Esto no es un taxi porque
no estoy de servicio.
—Un taxista dentro de su propio taxi
siempre debería estar de servicio.
Su rostro pasa del enfado a la ira
total en un par de segundos. Sí, me he
pasado
con el comentario, así soy yo. Me
cuesta mucho tomar decisiones, pero una
vez que
las tomo, nadie me baja del carro (o
del taxi, en este caso). En la penumbra
puedo
distinguir que no e s mayor, rondará
los treinta y pocos, y que sería guapo si
no fuera por ese rictus de amargura que
le tiñe el rostro por culpa de mi
obcecación a bajarme de su coche.
—Lo siento, de verdad… no quería
decir que tuvieras la obligación de ser
taxista
las 24 horas… pero necesito, por
favor, que me lleves. Mira qué hora
es…
—Mi turno empieza a las seis de la
mañana y apenas me quedan un puñado
de horas par a dormir. N o estoy para
jueguecitos. Bájese d e u n a v e z —me
pide rascándose la cabeza por debajo
del gorro de lana que la cubre.
—Te pagaré. Súmale diez dólares a
la carrera ¡o quince! —hala, a lo loco.
Me mira un instante largo en el que
sopesa mi grado de locura. Sé que le
estoy
haciendo una faena gorda, que el
hombre tendrá una casa, una familia, una
vida… y
que yo le estoy retrasando en su
camino para ir a cumplir con esa familia
y esa vida.
Pero… ¿por qué no me entiende él a
mí? No soy capaz de bajarme del coche,
como
si bajarme significara perder mis
derechos sobre él, como si hubiera
participado en la carrera de Oklahoma y
claudicar significara perder mis tierras
de labranza.
—Vivo en Bleecker… a estas horas
no hay tráfico, no tardarás ni diez
minutos…
—le digo suplicando. Sí, ya estoy en
ese momento, ya he empezado a perder
mi dignidad. Solo me falta ponerme de
rodillas para rematarme.
—No estoy de humor, de verdad…
—Lo sé, se le ve a disgusto. Yo
también lo estaría si una loca se hubiera
colado
en mi taxi y me estuviera haciendo
chantaje emocional para que la
llevara… pero es
que, de verdad, es usted mi única
esperanza. Mi prima me ha dejado tirada
por un
macizorro en medio del concierto y
yo… yo no quiero volver sola a casa
andando.
Es tarde, estoy cansada y no creo
que sea seguro ir caminando… por
favor…
Refunfuña un poco más, pero creo
que con mi último alegato lo he
convencido.
Habla como para sí mismo, como si
se debatiera entre ayudarme o echarme
de su
taxi de una patada.
—Perdona ¿has dicho algo? —soy
de natural cotilla, no puedo evitarlo.
Me vuelve a mirar incrédulo, como
si no lograra entender por qué no
desaparezco de su vista de una vez.
—Sí, decía que los del concierto no
hacéis más que crear problemas. Mira
dónde
he tenido que aparcar por culpa de
esos niñatos que l o han invadido todo
desde media tarde…
Vaya, no le gusta la música. O no le
gusta Muse. O no le gusta la gente, así,
en
general.
—Verás, e l concierto h a estado
genial… s í q u e e s cierto q u e genera
ciertas molestias, pero ha sido una
pasada.
—Una grupie, lo que me faltaba. Por
vuestra c ul p a s e e s t á perdiendo la
esencia de tantas cosas… este antes era
un grupo respetable, ahora solo
congrega a chavalas locas p o r los
vampiros y críos q ue n i entienden de
música ni nada. Solo vienen porque el
grupo es ‘guay’ y ‘mola’.
P u e s pensamos c a s i i gua l , pero
cualquiera le saca de s u error. Está que
echa humo… creo que, ahora sí, me va a
sacar a patadas del asiento trasero de su
coche.
—Mira… yo creo que tienes
razón… menuda panda de…
M i m ó v i l s e p o n e a sonar
sobresaltándonos. Vaya, ahora que casi
lo tenía
convencido… miro la pantalla y veo
que e s m i madre. S u cuarta llamada y
todas pasada la medianoche. Espero que
n o haya ocurrido nada grave mientras
estaba desgañitándome con las guitarras
de mi grupo favorito.
—Perdona… tengo que coger esto.
Parece importante —l e digo dejándole
con
cara de circunstancias.
Me acomodo en el asiento de atrás y
le doy a responder la llamada. Si este
señor
quiere irse a su casa, tendrá que
llevarme con él, porque, aunque tenga
una llamada
que atender, mi necesidad de un taxi
no ha desparecido.
—¡Mamá! ¿Ha pasado algo? Es muy
tarde…
—¡Hija!, por fin te localizo… hay
que ver cómo me has tenido toda la
noche…
—Estaba en el concierto, con
Cora… ya te lo dije. ¿Ha pasado algo?
— Y a s é q u e e s ta b a i s e n el
concierto, pero mira qué horas d e salir
son estas…
con la de cosas que tengo que
contarte.
¿Contarme cosas? ¿Casi a l a una de
la madrugada mi madre quiere tener una
charla casual? En circunstancias
normales la mandaría al cuerno (con
sutileza, que no deja d e s er m i madre)
pero ahora mismo m e viene muy bien
que m e tenga al teléfono, para alargar
más mi toma del taxi y, así, convencer a
este señor para que me lleve a mi casa.
—Dime… mamá… cuéntame…
Sé que mi madre ahora se habrá
puesto alerta. Seguro que estaba
esperando una
bordería de mi parte y, sin embargo,
l a invito a que s e explaye y m e cuente
las tonterías que, seguro, tiene pensado
contarme a estas horas de la noche.
—¿Va todo bien, cariño? —Pregunta
inquieta.
—Señorita… de verdad… —sigue
insistiendo el taxista.
—¿Qué ha sido eso? ¿Estás
acompañada?
—No, mamá, de verdad, que estoy
bien. Dime, lo que quieras… estoy en el
taxi
d e camino a casa. N o veas cómo
estaba para coger uno, pero he logrado
d a r con uno con un conductor
simpatiquísimo. ¿Te imaginas lo que
sería caminar yo sola a estas horas hasta
mi casa?
¡ Touché! El conductor, huraño y aún
refunfuñando por lo bajo, pone en
marcha
el vehículo y se mueve en dirección
sur. ¡Creo que lo he logrado!
—Recuerde, Bl eecker S tr e e t, el
número 8 7 . Gracias —di go poniendo
voz de
persona supereducada y agradable,
par a, a continuación, bajarla c a s i al
nivel del susurro para volver con mi
madre— Mamá… ¿qué coño quieres a
estas horas?
—Hija… ¡qué voluble eres! —se
queja, pero, enseguida, va a su rollo,
que no se
va a quedar con las ganas de
contarme aquello por lo que ha decidido
llamarme sin
importarle la hora que marca el reloj
— Solo quería saber si vendrás mañana
a comer.
¿Qué? ¿En serio?
—Mamá, n o m e h e perdido n i una
comida en tu casa en domingo desde que
nací… ¿qué estás tramando?
—¡Nada! ¿Por quién me tomas?
—Te tomo por la mayor lianta del
estado de Nueva York.
No bromeo, mi madre es de libro
Guinness de los Récords en idear
estratagemas
para liar a l a gente a s u alrededor.
No s é qué puede estar tramando a estas
horas, pero n o puede s e r nada bueno.
S up o ngo q u e t i e n e q u e v e r con
emparejarme c o n alguno que le haya
entrado por el ojo esta semana. Es su
deporte favorito. Suspiro y me hago a la
idea de que, hasta que no se lo saque
todo, no me dejará tranquila.
—Solo m e preocupo p o r t i , y a lo
sabes. Quiero que vengas y que disfrutes
de una buena comida de domingo.
Además, vendrán los Connor a tomar
café.—
¿Los Connor? Pensaba que no te
hablabas con Lucinda.
—Ahora s í nos hablamos —afirma
con satisfacción en la voz —¿Sabes que
Tessa se está divorciando?
—Mamá…
—¿Qué? Si tengo que volver a
soportar a la horrible Lucinda Connor
por saber
d e pr i me r a m a n o c ó m o v a el
divorcio de su hija con el cirujano, pues
hago de tripas corazón, y me sacrifico.
Además, creí que t e interesaría, Tessa
siempre ha sido t u gr a n némesis, y
después d e ganarte por goleada con la
boda del siglo…
ahora puedes regodearte en su
desgracia.
—Mamá, ¿por qué iba a regodearme
en la desgracia de Tessa Connor? Hace
años que ni siquiera pienso en ella.
Bueno, igual no es del todo cierto y
un poquito sí que pienso en ella a veces
y, sí,
también creo q ue m e regodearé un
poquito en su matrimonio fallido con el
supercirujano con ático en la Quinta
Avenida y casa de veraneo en los
Hamptons.
Tessa Connor fue mi mejor amiga
desde el jardín de infancia. Inseparables
para
t o d o , n o h a b í a c o s a q u e no
hiciéramos juntas. Nuestros primeros
a ñ o s pasaron ajenos a la creciente
rivalidad de nuestras madres, que,
entonces, no sabíamos que nos utilizaban
para quedar una por encima de la otra
continuamente.
Hasta l os quince años, Tessa y yo
pasamos d e puntillas

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