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Libro PDF Justicia pública – Alan McDermott

Justicia pública – Alan McDermott

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le dijeron que no quería verlo.
—Ha sido un golpe muy duro para
mamá —le había dicho su cuñado—.
¿Cómo pudiste dejar que Dina acabase
así? ¿No te diste cuenta de que algo iba
mal?
Gray se había marchado sin
responder a sus preguntas ni hacer las
paces. Aquella era la última vez que
había tenido contacto con la familia de
su mujer, y ahora le daba la impresión
de que no habría más veces.
—Vamos, Tom. Echemos un trago.
Len Smart guio a Gray hasta su auto y
se dirigieron al pub en silencio. Una vez
en el interior, con sendas pintas de
cerveza frente a ellos, Gray dijo:
—Debería ir al velatorio, Len.
—No, Tom. Dales tiempo. Ya
vendrán, pero ahora déjales pasar el
duelo.
—Supongo que tienes razón.
Una docena de amigos de Gray
entraron en el pub; los habían seguido
desde la iglesia. Dos de ellos fueron a la
barra a pedir una ronda, mientras el
resto movía unas mesas para poder
sentarse todos juntos.
—¿Cómo va el negocio? —preguntó
Carl Levine, aunque ya sabía la
respuesta. Lo que buscaba en realidad
era un tema que distrajese a Gray de los
acontecimientos del día.
—Bastante bien. Conseguí un contrato
para tres escoltas en Afganistán la
semana pasada, y dentro de poco otro
para ocho en Irak, protegiendo a obreros
del petróleo. Voy a reunirme con la
petrolera en un par de semanas.
—Suena bien. Cuando lo consigas, no
te olvides de tu viejo amigo Len.
—No te preocupes —le aseguró Gray
—. Cuando firmemos el contrato, serás
el segundo en la lista.
Len pareció herido.
—¿El segundo nada más? ¿Quién es
el primero? Espero que no sea el Chico.
A Simon Baines, el Chico, lo habían
bautizado con ese apodo por el aspecto
juvenil que tenía cuando se alistó, y no
parecía haber envejecido ni un solo día
desde entonces. A su cara de niño se le
sumaba una afición a las bromas de
colegial, y Len era la víctima de muchas
de ellas.
—No; el Chico, no. Yo.
—¿Y qué pasa con el negocio? ¿Qué
va a ser de él cuando estés paseándote
por Bagdad?
Gray dio un trago de cerveza.
—Está a la venta. Ya hay una firma
de capitales de riesgo interesada. No
hemos hablado de cifras todavía, pero
mi contable cree que debería pedir un
millón ochocientas mil, más o menos.
—Es un poco precipitado. ¿A qué se
debe? —preguntó Jeff Campbell.
Gray dio otro trago largo,
haciéndoles esperar. Hacía muchos años
que los conocía, y habían pasado por
mucho juntos, pero aun así seguía sin
sentirse cómodo a la hora de expresarles
ciertas cosas. En su día había
compartido innumerables experiencias
con ellos, pero rara vez sus
sentimientos.
—Es que no soporto estar sin
ellos —dijo al fin, con la mirada fija en
su vaso—. Si me quedo aquí voy a
volverme loco, lo sé. Cuando Dina y
Danny estaban vivos, pensaba en ellos
de camino a casa, y cada vez que abría
la puerta, él venía corriendo hacia mí
gritando «¡Papá!». Ahora, cuando abro
la puerta, no hay más que silencio, y eso
me destroza.
Empezaron a nublársele los ojos. Se
los secó antes de darle un último trago a
la cerveza. En cuanto dejó el vaso vacío
sobre la mesa, ya se lo habían sustituido
por otro lleno.
—Cada vez que paso junto a su
guardería, pienso en él. Cuando voy al
supermercado, recuerdo los días que
solíamos ir en familia, y hasta duermo
en el sofá porque no puedo soportar
estar solo en la cama. Cuando veo a una
mujer con un hijo por la calle, me
acuerdo de ellos. Hay demasiadas cosas
en mi día a día que me hacen pensar en
mi familia. Necesito empezar de nuevo,
salir de aquí y volcarme en algo que me
ocupe la mente en todo momento. Lo
único así de intenso que se me ocurre es
una temporada en Irak.
—Pero ¿por qué venderla? —
preguntó Colin Avery—. ¿No puedes
dejar a alguien de gerente un tiempo?
—Podría —admitió Gray—, pero
quiero empezar de cero. No quiero
volver a mi antigua rutina; no haría más
que devolverme los recuerdos. Así,
cuando acabe el trabajo en Irak, puedo
establecerme donde quiera. —Algunos
asintieron con la cabeza, indicando que
aprobaban su plan.
Hubo quienes se ofrecieron para
colaborar en el próximo encargo, de
modo que Tom empezó a apuntar los
nombres, hasta que lo interrumpió el
sonido de su teléfono. Al ver en la
pantalla que era su abogado, se disculpó
y se apartó a una zona un poco más
tranquila. Estuvo escuchando unos
instantes, y de pronto estalló:
—¡¿Es una broma?!
Todos los que estaban en la mesa se
volvieron hacia él, preguntando con la
mirada qué ocurría. Gray escuchó
durante otro minuto más antes de colgar
y volver a su asiento.
—Lo han soltado —les dijo a sus
amigos, y se bebió de un trago un
whiskey que estaba en el centro de la
mesa—. Por lo visto, accedió a
declararse culpable si cambiaban los
cargos a conducción imprudente. La
acusación aceptó la oferta, el juez le dio
quince meses y luego lo puso en libertad
porque ya había cumplido más de la
mitad en preventiva.
—¿Por qué solo quince meses? —
preguntó Paul Bennett—. ¿Era su primer
delito?
—Ni por asomo —escupió Gray—.
El abogado me ha dicho que tenía
cuarenta y tres condenas previas por
robo de automóviles, más otras treinta y
cuatro por agresión, robo, posesión de
armas y varios delitos de drogas.
—¿Y ya está? ¿Se va así, sin más?
—Se va así, sin más —confirmó
Gray.
—Acaba de pasar ocho meses con los
de su calaña, aprendiendo formas
nuevas y mejoradas de meterse en los
vehículos de la gente, y ahora lo liberan
para que las ponga en práctica —dijo el
Chico—. No puede ser.
—Este país es demasiado blando con
esos miserables —coincidió Tristram
Barker-Fink.
—Deberían traer de vuelta el
Servicio Nacional, inculcarles
disciplina en condiciones.
—… o la vara…
Llovieron todo tipo de sugerencias
como, por ejemplo, «Cortarles esas
manos de ladrón» y «Dispararles en la
maldita cabeza».
—¿Quieres que le hagamos una
visita? —preguntó Avery, y unos pocos
se mostraron dispuestos a participar.
—Gracias, chicos —dijo Gray, con
una mirada distante—, pero creo que
esto ya va mucho más allá…
CAPÍTULO 2
12 de abril de 2011
Joseph Olemwu estaba desesperado por
encontrar droga, pero como andaba sin
dinero tendría que buscarse otra forma
de pagar. Por suerte, Albert Tonga
aceptaba teléfonos, y a esas horas de la
noche no era difícil encontrar a alguien
que donase uno, aunque no fuera por
voluntad propia.
Le dio un buen trago al vodka y le
pasó la botella a Vinnie Parker.
—Robbo me ha dicho que el viernes
lo hizo con Shelly White —le contó
Parker, antes de limpiar el cuello de la
botella y beber. Olemwu casi se
atragantó de la risa, y el vodka se le
salió por la nariz y la boca cerrada.
Cuando al fin se recuperó, dijo:
—Robbo miente más que habla. No
lo hizo con nadie el viernes. Estuve todo
el día bebiendo con él, y hacia
medianoche ya estaba echándolo por el
hueco de la escalera. Tuve que llevarlo
a su casa. Su madre estaba hecha una
furia. —Sonrió al recordarlo y pensó en
el lío en el que se había metido.
Marcus Taylor avisó a Olemwu y
Parker agarrándolos de los brazos y
señaló con un gesto a alguien que se les
acercaba. Era por lo menos quince
centímetros más bajo que cualquiera de
los chicos y tendría unos veinte años,
dos más que ellos. Llevaba lentes y el
pelo corto con la raya a un lado.
Caminaba mirando la pantalla de su
teléfono y escribiendo, así que no
pareció percatarse de su presencia hasta
que se encontró con ellos. El hombre se
detuvo al ver a los tres individuos y se
quedó mirándolos unos instantes, tras lo
cual pasó vacilante a su lado, sin
perderlos de vista.
Olemwu fue el primero en reaccionar.
—¿Qué miras?
El hombre siguió caminando,
acelerando el paso, y los chicos trotaron
para alcanzarlo. En cuanto estuvieron a
tres metros de él, este se desvió y cruzó
una de las cancelas del parque. Los tres
chicos lo persiguieron y se adentraron
en la oscuridad. Llevaba una chaqueta
marrón claro que los ayudaba a no
perderlo de vista, pero no parecían
ganar terreno. Mientras corrían uno junto
al otro, los dos a los extremos vieron
cómo se les enfrentaban dos siluetas
vestidas completamente de negro que
parecían haber emergido del suelo a
menos de dos metros frente a ellos. El
impulso los acercó hacia aquellos
hombres, que se hicieron a un lado y los
golpearon en el pecho con bates de
béisbol. Con las costillas rotas, cayeron
al suelo como sacos de cemento.
Ninguno de ellos había podido gritar,
pero Olemwu oyó el golpe de los bates,
y el hombre al que perseguía también.
Ambos se detuvieron, y el tipo de la
chaqueta marrón se dio la vuelta y
comenzó a caminar hacia él con aire
decidido, guardando las lentes en un
estuche protector. Pese a la desventaja
de su altura, había algo amenazante en
aquella figura delgada que lo inquietaba.
Dio media vuelta, buscando la
superioridad de número, pero a la luz
tenue de las farolas vio a sus amigos en
posición fetal apenas capaces de gemir,
y mucho menos de moverse. Dos siluetas
oscuras se le acercaron por ambos
lados, eliminando cualquier posibilidad
de huir.
—Oye, colega, no quiero problemas.
Solo estábamos de broma, nada más.
Los hombres no dijeron nada; solo
siguieron acercándose cada vez más con
los bates en alto listos para golpearlo.
Joseph Olemwu se mareó al intentar
fijar la vista en ambos a la vez, y cuando
llegó el golpe, apenas captó una visión
borrosa de la madera antes de que se
estrellase contra su sien. Cayó
inconsciente al suelo. Sin perder ni un
segundo, los hombres le pusieron
esposas de plástico en brazos y piernas,
amarres temporales que se utilizaban
cuando no se disponía de las esposas
reglamentarias. Baines, el Chico, se
metió el estuche de las lentes en el
bolsillo de la chaqueta y apretó dos
veces el botón del micrófono que
llevaba en el cuello. Los tres hombres
levantaron el cuerpo inconsciente de
Olemwu y lo arrastraron a la penumbra;
a los noventa metros el Chico oyó por el
auricular una voz que decía: «A las once
en punto, sesenta y cinco metros».
Ajustó la dirección y vio el furgón
cuando estaba a diez metros de
distancia. El conductor estaba
observando las inmediaciones con lentes
de visión nocturna, asegurándose de que
no había nadie que los molestase. Una
vez se hubo cerciorado, abrió las
puertas traseras. Metieron a Olemwu en
el vehículo sin ninguna delicadeza.
—¿No podías haberle dado más
fuerte, Carl? Casi le arrancas la cabeza.
—Pero si está bien, mira —dijo Carl,
dándole una patada a Olemwu—.
Respira, ¿no? Pues eso.
El furgón salió del parque y, ya en la
carretera, el conductor encendió los
faros. En la parte de atrás, los hombres
se acomodaron con vistas al largo viaje,
usando a Joseph Olemwu de reposapiés.
CAPÍTULO 3
Domingo, 17 de abril de 2011
John Hammond estaba preparando sus
notas para la reunión que el Comité
Conjunto de Inteligencia iba a celebrar
la mañana del día siguiente cuando
Andrew Harvey llamó a la puerta y
entró sin esperar a que lo invitara.
Normalmente a Hammond le habría
molestado la intrusión, pero Harvey era
un buen agente, muy experimentado y,
por encima de todo, un hombre que
respetaba las convenciones. Si se
saltaba el protocolo, a menudo era por
una buena razón.
—Ha llegado algo gordo —le
informó Harvey—. Estamos todos
reunidos.
Hammond asintió, cerró su oficina
con llave y siguió a Harvey. En la sala
de reuniones, Diane Lane parecía haber
esperado su llegada para comenzar la
sesión informativa.
—En los últimos treinta minutos se
han realizado llamadas a todos los
principales periódicos, la BBC y Sky
News para informarlos de este nuevo
sitio web.
Apretó el mando a distancia y en la
pantalla de plasma de cincuenta
pulgadas apareció una imagen de la
web. El banner proclamaba que el sitio
era el hogar de la «justicia británica», y
en el centro de la página había un vídeo
listo para reproducirse. Lane le dio al
play y en la pantalla apareció un
hombre, no muy agraciado —la boca
algo pequeña, quizá— pero cuyo rostro
debajo de aquel pelo corto castaño tenía
un aire de autoridad. El tipo movió la
cámara de modo que enfocase lo que
parecían ser cinco celdas de una prisión,
todas ellas con las puertas abiertas.
Cada celda contenía una sola silla con
forma de caja sobre la que había figuras
sentadas, con las cabezas rapadas y
camisetas blancas. Todos tenían cinta
adhesiva tapándoles la boca y los brazos
extendidos y atados a las paredes de la
celda, mientras que en los pies llevaban
unos grilletes sujetados con cadenas a
unas anillas que había clavadas en el
suelo, entre las piernas.
—Todos los que están aquí —
comenzó el hombre, caminando junto a
las celdas y refiriéndose a los presos
— es porque tienen expedientes
criminales que se remontan varios años.
Pese a que los juzgados han sido
indulgentes con ellos, han desdeñado
numerosas oportunidades de mejorar su
comportamiento. Tal vez creyeran que
los tribunales estaban haciéndoles un
favor al imponerles solo un toque de
queda o servicios a la comunidad, pero
en realidad es todo lo contrario: si
hubieran cometido un delito y hubieran
aprendido la lección, no estarían aquí.
El hecho de que hayan acumulado una
serie de condenas significa que no tienen
ningún respeto por la ley o por la gente a
la que han acosado durante años. Han
demostrado que no quieren contribuir de
forma positiva a la sociedad y, hasta
ahora, la sociedad no ha tenido nada que
decir al respecto. Todos hemos tenido
que confiar en que nuestro Gobierno nos
proteja de ellos y, sin embargo, han
seguido devolviéndolos a las calles una
y otra vez.
»Pues ya está bien. Creo que han
tenido todas las oportunidades que
merecían. Ya es hora de que la gente de
este país decida lo que va a pasar con
ellos.
El hombre se dirigió a la cámara.
—Amigos, me llamo Tom Gray, y los
próximos días vamos a tener que tomar
algunas decisiones.
»El año pasado, uno de estos
criminales mató a mi único hijo, y
nuestro fantástico sistema judicial le
impuso una sentencia de quince meses
de cárcel y después lo soltó porque
había cumplido ocho meses en prisión
preventiva. Eso es todo lo que creyeron
que valía la vida de mi hijo.
Gray le dio un trago a una botella de
agua.—
He creado esta página web para
que ustedes, los habitantes del Reino
Unido, puedan decidir lo que debemos
hacer con estas cinco personas. Los
jueces los han arrojado de vuelta a las
calles porque los crímenes que
cometieron no les afectaban
directamente. Si lo hubieran hecho,
pueden estar seguros de que las
sentencias habrían sido más duras. Si el
hijo de un juez muriera por culpa de un
ladrón de automóviles, no les quepa
duda de que le caerían muchos años.
»He contactado con los principales
medios de comunicación del país para
informarlos de que he colocado un
artefacto en un lugar estratégico capaz
de acabar con miles de vidas. Si uno de
mis colegas de ahí fuera me informa de
que esta página web se ha interrumpido
por la razón que sea, mataré a todos los
individuos que hay en esta habitación,
incluyéndome a mí mismo, y el artefacto
se activará el viernes a mediodía. Soy la
única persona que sabe dónde está, y su
paradero desaparecerá conmigo.
Gray empezó a contar con los dedos:
—Si el Gobierno interfiere con esta
página web o hace que deje de
funcionar, me quitaré la vida. Si la
historia no aparece en todos los canales
de noticias del Reino Unido, y eso
incluye mostrar la dirección de la
página, me quitaré la vida. Si se realiza
cualquier intento de rescatar a estos
criminales por la fuerza, me quitaré la
vida.
Gray abrió la cremallera de su
cazadora militar para mostrar un chaleco
de rejilla. Colgando de él había tres
granadas de mano con un cordón atado
al pasador de la del centro. El cordón
salía de la solapa de la cazadora y
estaba atado a un tirador más grande,
que lo hacía más fácil de agarrar.
—Dada la naturaleza de mi trabajo,
acepté hace mucho que tarde o temprano
me llegará la muerte, así que no le tengo
miedo. Como sin duda les contarán la
televisión y los periódicos durante los
próximos días y semanas, pasé catorce
años en el ejército. Mi conocimiento
sobre explosivos es más que suficiente
para crearlos y prepararlos, así que no
duden de su existencia.
Gray sacó una foto del bolsillo de la
cazadora de combate y la contempló un
momento antes de mostrársela a la
cámara.
—Siete meses tras la muerte de
nuestro hijo, mi mujer se quitó la vida,
así que no me queda más familia. La
decisión que tuve que tomar fue, o bien
vivir una vida en duelo perpetuo, o bien
acabar con ella esta semana mientras
trato de cambiar las cosas. Como
pueden ver, ya he tomado una decisión.
Devolvió la foto de su familia al
bolsillo del pecho y se lo abotonó.
—Quiero recordarle al primer
ministro que este Gobierno llegó al
poder prometiendo que sería más duro
con los criminales. Bien, pues ha
llegado la hora de que tome una
decisión: dejar que el público vea estas
retransmisiones hasta su fin el jueves
por la noche, y salvar con ello las vidas
de miles, o tratar de salvar a estos cinco
hombres que han hecho de delinquir su
modo de vida.
Gray simuló una balanza con las
manos.
—Miles de vidas o cinco criminales.
Lo único que pido es que me dejen
terminar esto, que el país decida el
destino de estos delincuentes.
Considérenlo la encuesta definitiva.
»Las votaciones empiezan ya para
todos los que están en el Reino Unido. A
la izquierda de la pantalla, verán los
perfiles y los expedientes criminales de
estos cinco hombres. La primera
persona de la que nos ocuparemos será
Simon Arkin, veintiún años de edad, de
Manchester. Simon tiene un expediente
de sesenta y siete condenas pero nunca
ha estado entre rejas. En lugar de eso,
los tribunales le impusieron un servicio
a la comunidad, que no ha cumplido.
» S i usted cree que deberíamos
liberarlo para que pueda cometer más
crímenes, envíe un email a
tom@justiciabritanica.co.uk. Ponga
«Simon» en el asunto y «Vivo» en el
cuerpo del mensaje. Si cree que ha
tenido todas las oportunidades que
merece una persona, ponga «Muerto» en
vez de «Vivo». Así que, ¿cree que
merece otra oportunidad? Yo sé mi
opinión, pero ¿qué cree usted? La
votación se cierra a las siete y media de
esta tarde. Volveré al cabo de una hora
con una retransmisión en directo para
revelar los resultados.
El vídeo terminó y Lane se volvió
hacia sus colegas tras reemplazar la
imagen de la página web con una foto de
Tom Gray.
—El Ministerio de Defensa nos ha
enviado esta imagen. Nos confirman que
Tom Gray era de los suyos, pero parece
haberse quitado importancia. —Echó un
vistazo a sus apuntes y continuó—: A
los dieciocho años se unió al Segundo
Batallón de Paracaidistas y, tras
ascender al rango de sargento, se unió al
22.o Regimiento, donde pasó sus últimos
ocho años, incluidos tres períodos de
servicio en Irak que le sirvieron para
obtener la Medalla de Conducta
Distinguida. Tendremos más detalles
cuando llegue su expediente.
—¿Es del Servicio Aéreo
Especial? —preguntó Hammond.
—Eso parece.
—Lo que significa que
probablemente tenga el conocimiento
suficiente para fabricar el artefacto que
menciona, así que procederemos en ese
supuesto. —Hammond se masajeó las
mejillas unos instantes—. Mencionó que
tenía colegas en el exterior. Empieza por
ahí y ve a ver con quién ha estado en
contacto en los últimos seis meses.
Registros telefónicos, cuenta de
correo… Necesitamos los nombres y
direcciones de todo el mundo. —El
asistente del director general del
Servicio de Seguridad británico, el MI5,
se volvió hacia Harvey—. Andrew, tu
prioridad principal es ese artefacto: pon
todos los medios que tenemos para
encontrarlo. Cuando esté eso en marcha,
pídeles a los de Informática que se
pongan a investigar esa web. Analiza
todas las vías y danos algunas opciones.
No quiero que actúen, solo quiero
opciones.
El agente de inteligencia asintió y
abandonó la sala.
—Diane, quiero informes sobre cada
uno de estos chicos, y habla con el
Cuartel General de Comunicaciones y
con Vigilancia, a ver si pueden
encontrar la posición de Gray. Puede
que los informáticos nos consigan algo,
pero quiero el doble de esfuerzo en
todo.
Lane asintió y se dirigió a la puerta:
—Hecho.
Hammond volvió a su oficina e hizo
una llamada rápida antes de agarrar su
maletín y encaminarse a la salida.
—Voy a ver al ministro del
Interior —le dijo a Harvey al pasar—.
Mantenme informado de todas las
novedades.
CAPÍTULO 4
Tom Gray observaba en su portátil cómo
el contador se acercaba a las doscientas
visitas. El programador que había
creado el software especialmente para
él le había explicado que, cada vez que
un visitante nuevo llegaba a la web, el
archivo Global.asax almacenaba su
dirección IP y otros datos en la carpeta
ServerVariables, los recogía en un
mensaje XML y se los enviaba a su
bandeja de correo. Entonces su
programa de correo lo volcaba en una
carpeta monitorizada por un componente
FileSystemWatcher, que extraía los
datos y los introducía en un servicio
web que devolvía la información
conocida procedente de las variables
almacenadas en el servidor, y después la
introducía en una base de datos, para
finalmente mostrar los resultados en la
pantalla, que se iba actualizando cada
pocos segundos gracias a un
temporizador.
Para entendernos: si alguien visitaba
la página web, Gray lo sabría al instante
y tendría una idea bastante clara de
quién era y dónde estaba.
Habían pasado cuarenta minutos
desde que Gray había contactado con los
medios de comunicación y, como nadie
más en todo el mundo conocía la web,
cabía esperar que los primeros
visitantes serían estos medios, el
Gobierno y el MI5.
Fue cambiando de la BBC a Sky
News hasta que vio el primer mensaje
d e «Última hora» pasando en el borde
inferior de la pantalla. Gray consultó su
reloj de pulsera: su predicción había
fallado por tres minutos; nada grave.
Eso solo significaba que podría registrar
más direcciones IP de las que había
esperado. Si los Servicios de Seguridad
no lo habían visitado todavía, ya no lo
harían.
Como tenía las direcciones IP
registradas, podría descartar los votos
que procedieran de la misma dirección.
Al considerar las posibles estrategias
que las autoridades podrían emplear
contra él, había previsto la recepción de
unos cuantos millones de emails con la
p a l a b r a «Vivo» para amañar la
votación, pero su software ignoraría
cualquier voto procedente de las
direcciones IP registradas o de una
dirección determinada. Además, con
solo un clic podía redirigir cualquier
petición que recibiera la web desde
estas direcciones IP a cualquier otra
página de internet. Había optado por
redirigirlas a una página de peticiones,
number10.gov.uk, que pedía al Gobierno
la reintroducción de la pena de muerte.
Gray se había planteado muchos otros
modos en que las autoridades podrían
intentar influir en los resultados, pero
estos también se habían tenido en cuenta
a la hora encargar el software.
Se acomodó para ver las noticias,
preguntándose cuánto tiempo tardarían
en tacharlo de terrorista. No tuvo que
esperar mucho.
—Acaban de llegarnos noticias de
que un exsoldado del Servicio Aéreo
Especial está amenazando con matar a
miles de personas a menos que el
Gobierno le permita ejecutar a cinco
sospechosos de crímenes en directo por
internet.
Una foto de Gray apareció en la
pantalla junto a la presentadora; una
imagen que enseguida reconoció, de sus
días en el ejército.
—Tom Gray, que pasó ocho años en
el 22.º Regimiento del Servicio Aéreo
Especial, ha exigido al Gobierno que le
permita hacer una encuesta

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