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Libro PDF Knock Out. Tu historia, tu pelea, tu futuro – Deborah Luzige

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patillas hasta la mitad de la oreja y
encima el pelo en punta rompía con toda
aquella perfección.
“Tal vez sea modelo. No, no se
arriesgaría a que le marcaran la cara.
¿De dónde me suena?”
—Nik, este es mi gimnasio —
dijo Paul en un tono más elevado. —
Aquí el que dice qué se hace y qué no
soy yo. ¿Vamos a seguir discutiendo?
Él suspiró de una forma
exagerada.
—Está bien. Como quieras.
—¡Pri, arriba! —Le gritó Paul.
Ella subió, se miraron fijo por un
instante. Ella no develaba nada; él,
frustración. Se chocaron los guantes y
comenzaron.
Se movían en un círculo, uno
frente a otro, esperando tensamente
quien diera el primer golpe.
—¡Vamos, vamos! —Decía Paul
chocando sus palmas.
Pri se decidió y lanzó un puño a
sus costillas que él defendió con su
brazo. Al segundo siguiente, lanzó una
sucesión de puños y patadas a sus
piernas, estómago, hasta aventuró un par
de golpes a su rostro. Él sólo se
defendía.
—Nik, ¿qué mierda estás
haciendo? ¡muévete! Pri, sigue así.
Ella seguía acorralándolo pero
la frustración iba ganando lugar en su
psique, se sentía estafada.
“Mi primera vez en el ring y
este muñeco parece una bolsa de
papas”
—¡Nik! —Volvió a gritar Paul y
finalmente reaccionó. Sus puños se
separaron de su rostro y aunque
evidentemente estaba midiendo su
fuerza, empezó a avanzar hacia Pri
marcando contacto.
—Más fuerte Nik, así no sirve.
Pri se estaba enojando. El
entrenamiento que hacía con el saco era
más fuerte que esto. Tenía que hacerlo
reaccionar de alguna manera. Entonces
aprovechó una mínima distracción de él,
cuando por un instante miró a Paul y le
asestó un golpe con todas sus fuerzas a
la altura de las costillas. Ésta vez él no
alcanzó a defenderse. Se dobló en sí
mismo y emitió un ahogado quejido
desde el fondo de su garganta. Ella no
pudo evitar una leve sonrisa.
—Muy bien Pri —la animó Paul.
—Más control en la próxima. Es sólo un
entrenamiento. Nik, despiértate.
Y de hecho lo hizo. Tal vez por
sentirse algo humillado pero la pelea se
tornó más ágil y había aumentado la
fuerza y velocidad de sus golpes. La
miraba intensamente, como si quisiese
ganarle antes en su mente.
“¿Acaso quiere intimidarme?
¡Ja! Que iluso. Hace falta algo más que
eso para ponerme nerviosa” pensó Pri
regocijándose en lo segura que se sentía.
Tras unos veinte minutos más,
ambos estaban sudando y agitados. Ella
se admitió que al final había sido un
buen ejercicio. Le faltaba mucho camino
por recorrer. No le gustó para nada
recibir esos golpes. Si hubiese sido más
rápida podría haberlos evitado. Pero en
términos generales, había sido una buena
pelea.
Paul la dio por terminada. Se
pusieron uno frente a otro y chocaron los
guantes de nuevo. El rostro de Nik se
había suavizado pero Pri no lo notó
porque salió disparada a los vestuarios
sin siquiera mirarlo. Una vez allí se
sacó toda la ropa y se metió en la ducha.
No era normal pelear con tanta ropa
puesta pero ella lo prefería así. Ya
acarreaba bastantes problemas con lo
que se apreciaba a simple vista. No era
necesario develar más.
Quince minutos después, estaba
saliendo del gimnasio. Saludó a Paul a
lo lejos ya que estaba metido en la
oficina revisando papeles. Recién
cuando llegó a la puerta se dio cuenta de
que estaba lloviendo profusamente.
“Genial” pensó resignada y
cruzó la puerta. Se quedó parada bajo el
diminuto techo que estaba sobre la
entrada tratando de decidir si esperaba a
que parara o no.
—¿Te llevo? —Escuchó de
pronto y se sobresaltó. Giró la
encapuchada cabeza a su derecha y vio
al tal Nik observándola de forma
complaciente.
“No otra vez” pensó ella
mirando de nuevo al frente.
—No, gracias —le dijo de forma
cortante. Sin embargo él no se movió.
—Está lloviendo fuerte. Puedo
llevarte a donde quieras. Tómalo como
un pedido de disculpas por haberme
portado como un idiota. Creo que al
final dimos una buena pelea.
“Pedido de disculpas… Al final
no era tan pedante como parecía. Pero
no. No puedo dejarme tentar. Esto
siempre termina mal. Tengo que
dejarle claro cómo son las cosas.”
—Lo que hiciste hoy fue
lamentable
—mintió. —Cuando quieras pelear en
serio, me avisas. Y no necesito que me
lleves. Tengo piernas y no soy de azúcar
—y al segundo siguiente, desapareció
dentro de la copiosa lluvia sin mirar
atrás.
Él se quedó inmóvil, impactado
por la crudeza de sus palabras.
“Ciertamente no es de azúcar”
pensó y sin darse cuenta, una sonrisa se
dibujó en sus labios.
Capítulo 2
Tras caminar unas cuadras bajo
la intensa lluvia logró subirse al
ómnibus que la llevaba a su casa.
Calada hasta los huesos se sentó con las
rodillas al pecho en el último asiento.
Eran casi las diez de la noche y había
sólo tres personas que apenas
advirtieron su presencia.
Cuarenta y cinco minutos
después se bajaba del ómnibus y
caminaba las tres cuadras hacia su casa
con las manos en los bolsillos, una de
ellas sujetando la navaja que siempre la
acompañaba.
Cuando llegó, la puerta estaba
abierta. Entró y enseguida el olor a
humedad mezclado con el dulzor de la
marihuana llenó sus fosas nasales. A su
izquierda, desparramada en un sofá,
yacía su madre. Se acercó y vio que su
pecho subía y bajaba levemente.
“Aún respira” pensó.
Detestaba verla así, inconsciente
por el alcohol y las drogas. Había
intentado varias veces convencerla de
que cambiara con ella; le aterraba la
idea de encontrarla muerta cualquier
día, con una aguja clavada en el brazo.
Esa mujer era un desastre, pero era su
madre. Sin embargo, no pudo
convencerla, pese a todas sus amenazas
de que se iba a ir si seguía así. Pero lo
cierto es que ambas sabían que no había
dinero para eso. El escueto sueldo del
bar apenas alcanzaba para las dos y
pese a que Pri se esforzaba para
esconderlo, su madre siempre lo
encontraba y restaba algunos billetes
más para un “gasto de urgencia” como
ella lo llamaba. Aunque el grueso de sus
vicios se los solventaba ella misma,
quién sabe con qué dinero. Pri no quería
detalles. Sabía demasiado bien de lo
que una sería capaz por una dosis. Un
escalofrío recorrió su cuerpo
rememorando un recuerdo del pasado.
Avanzó unos pasos y pateó la
botella de vodka vacía que más tarde se
uniría a las otras en el pequeño patio
trasero de su casa. Su madre apenas si
se movió con el ruido del vidrio
golpeando contra el frío piso de
baldosa.
Pri se fue hasta su habitación, se
quitó la ropa y se secó con una toalla. Se
puso ropa seca y se metió en la cama,
hecha un ovillo apretado; con la capucha
puesta, la manta hasta la barbilla y la
navaja en la mano.
A las seis de la mañana la
alarma la despertó. Salió disparada de
la cama, tomó su ropa de trabajo y se fue
a duchar. Cuando salió del baño estaba
vestida con sus pantalones negros de
gabardina, camisa blanca y chaleco
negro. En los pies, zapatillas deportivas
negras cómodas para estar parada todo
el día. En su bolso llevaba ropa para
entrenar y una manzana. Se apresuró a la
cocina para desayunar atando su pelo en
una trenza. De reojo vio a su madre en el
sillón, aún respirando.
Lo cierto era que la
supervivencia de ambas se debió a la
buena calidad de la droga que
consumían. No todos corrían con la
misma ¿suerte?
“Kar i na…” pensó con una
punzada de dolor en el pecho. Pero todo
eso había quedado atrás. Después de
aquel trágico día, Pri había decidido
cambiar su vida drásticamente. Se
limpió una lágrima que se había
escapado, se devoró sus tostadas, su
taza de café con leche y salió a trabajar.
A las ocho menos cuarto, Pri
cruzaba la puerta del bar. Se dirigió
hacia la habitación para empleados y
dejó su bolso en un casillero. Con su
inseparable compañera metálica salió
de allí para enfrentar otra larga y
extenuante jornada laboral.
A las ocho y cuarto aquello ya
era un hervidero de gente. Pri iba de un
lado para el otro a toda velocidad
llevado todos los estilos de cafés con
sándwiches, medialunas, tortas o solos y
trayendo trastos sucios. Apenas si le dio
tiempo de tragarse la manzana que
llevaba escondida en el bolsillo. Recién
a las tres de la tarde el ritmo se calmó y
pudo tomarse su hora del almuerzo.
Mientras se dirigía a una mesa
semioculta con un suntuoso churrasco de
pollo con puré de papas, que tuvo que
pagar de su bolsillo, divisó un rostro
muy familiar en un diario que un cliente
dejó sobre la mesa. Rápidamente lo
tomó y se fue a sentar. Ocultando el
diario a la vista de todos lo leyó
atentamente no sin antes estudiar muy
bien la fotografía que encabezaba la
sección de economía.
De impecable traje gris pizarra y
corbata azul cobalto sobre camisa
blanca, estaba el tal Nik, su contrincante
de la noche anterior. Sólo que el titular
rezaba:
“El multimillonario Niklas
Halsti arriesga peligrosamente en bolsa
y sale ganador. ¿Suerte?”
Pri leyó todo el artículo aunque
sin entender nada porque aquello estaba
plagado de términos de economía. Se
sorprendió al estar tan ávida de
información sobre aquel sujeto pero el
artículo no decía nada que a ella le
interesara. Sólo que al parecer antes era
muy, muy rico y ahora era ridículamente
rico.
“ G e n i a l ” p e n s ó “Estuve
peleando con un niño rico. Lo único
que me falta es que le haga un
machucón y me quiera demandar.”
—¡Pri! —Le gritó su jefe
sobresaltándola. —¿Te sirvo algo más,
querida? —Le dijo en tono sarcástico.
Ella odiaba que le dijera así.
Pero no protestó. Dejó el diario, se
devoró su comida en tiempo récord y
volvió al trabajo.
A las cinco en punto salió para
el gimnasio. Quedaba a unas diez
cuadras del bar así que iba caminando
ya vestida con su ropa habitual.
Cuando llegó, dejó sus cosas en
su casillero y fue a buscar los trapos y
las escobas para empezar a limpiar. Era
el trato que había hecho con Paul ya que
no podía pagarle lo que él cobraba por
entrenamiento personalizado. Sabía que
ella era una especie de obra de caridad.
Ni trabajando doble horario lograría
pagarle lo que él cobraba pero habían
llegado a un acuerdo. Ella trabajaba a
veces una hora, a veces dos y la
entrenaba hasta cerca de las nueve, a
veces más, dependiendo del movimiento
del día y de su propio humor.
Ella aprovechaba todo lo que
podía, incluso mientras estaba en sus
labores, observaba los otros
entrenamientos tratando de robarse
algún consejo.
Ese día, cuando pasaba con
todas las cosas frente a la oficina de
Paul, éste la llamó de un grito.
—¡Pri, ven aquí!
Ella entró en silencio y se quedó
parada en el umbral de la puerta.
—Siéntate que no muerdo, sólo
ladro —le dijo señalándole la silla
vacía. Ella se sentó.
—Pri, ya no necesito que
trabajes para mí.
Capítulo 3
“¡No, no, no! No me puede
dejar, no me puede echar así.”
Su rostro se puso pálido de
repente.
—No pongas esa cara. No me
estás entendiendo.
—Por favor Señor. Haré lo que
sea, me encargaré de los baños pero por
favor no deje de entrenarme. —Su voz
era una patética súplica. Ni ella misma
se reconocía. Pero había apostado todas
sus fichas a la posibilidad de
convertirse en una buena luchadora y si
esto se iba por la borda todo sería en
vano. Volvería a ser la adicta y otras
cosas peores que solía ser.
“No, no. Esto no puede estar
pasando.”
—¡Pri, por favor! ¿Me dejas
terminar de hablar?
—Sí, Señor.
—Gracias —respondió molesto.
—Lo que quise decir es que no necesito
que trabajes para mí porque no quiero
más distracciones.
—¿Distracciones? Pero Señor,
yo no me meto con nadie.
—Otra vez no

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