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Libro PDF La amante del impostor – Luisa M. Cisneros

La amante del impostor – Luisa M. Cisneros

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¿Durante cuánto tiempo arde un
corazón rostizado por el fuego? ¿Quién
rescata los mitos que se confunden con
la historia? Algunos relatos sufren la
torcedura de la memoria y llegan hasta
nuestra era intervenidos por
conveniencias y tergiversaciones que ya
nada tienen que ver con nuestro mundo.
Hay polvo y mugre entre la historia
oficial y el mito, entre los héroes y sus
adversarios. Hay ciertos roces que la
historia omite, besos que no le interesa
narrar, roces que perduran en secreto.
Pero son estos pequeños y humanos
encuentros los que definen una voluntad
y su propósito antes de que cualquier
historia sea escrita para las futuras
generaciones. Los historiadores poco
saben de estos latidos y confían en una
línea recta de hechos y nombres que
aparecen y desaparecen sobre un mapa.
Así, en esta historia, hoy afloran los
mitos que nunca fueron contados, pero
que siempre permanecieron como polvo
de ceniza en las orillas de una hoguera
apagada esperando por el momento de
dar un último chispazo que venza al
olvido.
Guillén de Lampard, al igual que
casi todos los hombres en su juventud,
apenas adivinaba las coordenadas de su
destino pero se sentía animado por un
ímpetu superior a sus miedos. Extrañaba
a su querida Irlanda, aquel verde intenso
y su calidez profunda doliendo en los
huesos. Muy probablemente comenzaría
a extrañar al odiado Londres, esa
pocilga de murmullos y traidores,
cuando zarpara el barco en el cual
estaba cifrado su futuro. No era
conveniente continuar en aquel
hervidero de ratas y tampoco podía
regresar a su tierra. En cada esquina
acechaba una amenaza contra su
libertad. Comenzaba a ser un hombre
que a su paso silenciaba a los valientes
y animaba el cotilleo de las mujeres. No
le satisfacían las huidas pero creía tener
entre sus manos el cumplimiento de una
misión superior a su envalentonamiento.
Un propósito iluminado y temible
hilándose lentamente, un llamado a la
aventura. De pronto sentía que alguien lo
convocaba al otro lado del mundo, que
alguien lo esperaba. Alguien con quien
compartir los mismos sueños y luchas.
La prudencia, en este caso, era el
camino a seguir para lograr resultados
definitivos y cumplir un objetivo
largamente soñado, el sueño de sus
padres y el de otros tantos compatriotas
que rumiaban en las sombras la
esperanza de su libertad.
—Es imposible —recordaba
replicarle a su abuelo en Irlanda durante
sus años de adolescencia—. Los
ingleses tienen mejores armamentos y
mucho más hombres para pelear en
nuestra contra.
—Ellos no conocen el sudor tras
haber trabajado la tierra durante meses,
la emoción ante el primer brote, la
resistencia al licor amargo, ni el favor
de nuestro Señor —le respondía su
abuelo.
—¿Acaso Dios está de nuestra
parte? —dudaba Guillén.
—Dios no favorece al hombre que
pone una corona en su cabeza, sino a
quien arroja un hacha a sus pies.
Guillén nunca entendió del todo esas
palabras de su abuelo pero no pudo
olvidarlas desde entonces, y al paso de
los años se las repetía como una
plegaria sin intentar comprenderlas.
Atrás quedaría Irlanda y sus juegos de
niños creyéndose elegidos por los
dioses. Luego la vida en Inglaterra le
hizo pensar muy poco en injusticias o
rebeliones, rodeado de bailes, clases
eruditas y borracheras. Pero entre libros
y conversaciones, su sangre irlandesa se
sentía animada por los cuentos de héroes
que preferían morir antes que rendirse
bajo el yugo de un conquistador, y
adivinaba disimulados desprecios en la
sonrisa de aquellos que amablemente le
dejaban hacerse un lugar allí siempre y
cuando reconociera la autoridad de un
Rey sobre su propia tierra, como anexo
de otra tierra supuestamente mejor. Algo
no estaba bien en esa repartición.
Algunos privilegios eran conquistados
sin esfuerzo valiéndose de excusas como
Dios o la sangre, mientras que los que
no accedían a ellos asentían sin oponer
resistencia. Pero, ¿eran legítimos estos
derechos? ¿Verdaderamente legítimos a
los ojos de Dios? La tierra es de quien
la trabaja, de quien la puebla, de quien
ríe y llora sobre ella. Quizás su abuelo
tenía razón: no hay coronas por encima
de los dioses o los pueblos.
Invitado por otros como él, Guillén
participaba curioso en algunas reuniones
clandestinas en contra del Rey y la
Corona. Al principio parecía una
travesura colegial, el natural desprecio
de un hombre joven frente a cualquier
autoridad, pero luego, algunos de sus
amigos fueron interrogados y
desaparecían para reaparecer luego
golpeados en cualquier callejón oscuro.
Si seguía viviendo allí pronto sería
apresado antes de cualquier intento en
nombre de sus ideales. Debía partir y
fortalecer su causa, conseguir aliados,
apoyo financiero y un plan de regreso.
Al otro lado del mar lo esperaría la
buena fortuna o la peor de las
desgracias, pero estaba dispuesto a
arriesgarse para no renunciar a su
propósito.
Con la mirada fija en una antorcha
buscaba un cómplice mudo entre las
llamas, mientras el fuego crepitaba
como un viejo amigo asintiendo sin
palabras. Había concebido un plan que
ameritaba poner tierra y mar entre su
pasado y su futuro. Plena noche cerrada
en un puerto clandestino, a lo lejos, un
barco dibujaba su silueta en la niebla.
Nadie notaría su ausencia hasta pasados
varios días. Había un lugar para él allí
en ese monstruo de maderamen, anclas,
cañones y velas. Ya saboreaba los jugos
y las mieles de esa tierra fértil y
milagrosa de la cual tanto había
escuchado. ¿Tendría que modificar su
acento o le serviría bien para su farsa?
Tan inquieto como el fuego de su
antorcha, estaba dispuesto a arder antes
que rendirse.

Capítulo 1
Sus ojos morenos e inquisidores
disfrazaban su rudeza con un velo de
coquetería. El Virreinato entero alababa
su belleza, los poetas escribían versos
sobre sus virtudes y su fiereza encendía
la animosidad en su contra por parte del
resto de las mujeres. Codiciada adonde
quiera que iba, su piel café, engalanada
con unos senos redondos y unas caderas
pronunciadas, hacían de sus vestidos las
prendas más odiadas por los hombres
que la imaginaban libre de ellas.
Muchos miembros de la corte, y otros
tantos aventureros sin herencia, la
habían pretendido en aquella tierra con
la secreta esperanza de ser el elegido
para domarla, llevársela a España y
lucirla en las cortes. Como una amenaza,
la vieja y Madre Patria se anunciaba en
muchas de esas propuestas, y ella se
veía obligada a reconocer y fingir
respeto ante ese nombre como súbdita
de los territorios conquistados,
ocultando su odio por esa otra España
real al otro lado del océano. Pero la
Nueva España, la colorida América de
su infancia, reverberaba en su sangre y
era evidente en su piel morena, se
contoneaba en sus andares exóticos, en
el insoportable calor que le asediaba al
usar aquellos incómodos vestidos. La
tierra húmeda y caliente de su madre y
antepasados sudaba en su cuerpo,
asediándola de noche en sus sueños.
Cuánto deseaba estar desnuda y correr
libre para perseguir pájaros de vuelo
rápido y ahogar insectos en un río, tal
como pasaban sus días antes de que su
padre, un rico terrateniente emparentado
con una mestiza de raíces indígenas,
decidiera asumir oficialmente su
paternidad y preocuparse por ella como
una hija legítima. Educada en un
prestigioso colegio español en la
Ciudad de México, su padre se aseguró
de que aprendiera la gramática, el
cálculo, la religión y todo lo necesario
para convertirse en una mujer
socialmente aceptable e influyente
dentro del Virreinato. Pero su ánimo
siempre se ensombrecía pensando en el
mundo anterior a esos vestidos
asfixiantes, pañuelos sudados e inútiles
abanicos. Le asediaba un recuerdo
encantado en el cual no existían rezos ni
penitencias, sino una conversación
directa con los dioses que vencieron el
tiempo, esos dioses que ya nadie
adoraba pero de los cuales su madre se
encargó de hablarle durante los
intermedios de sus lecciones de
catecismo. Dioses que mudaban la piel y
se confundían con el rocío, dioses que
no agonizaban hasta morir en un madero
sino que preferían hacerlo florecer. Ella
era la hija de esos tiempos, última
heredera de un linaje valeroso.
María del Carmen Moctezuma veía
con indiferencia los acercamientos
indecorosos de los hombres que la
cortejaban. Ni una sola palabra, ni un
solo gesto, le resultaban novedosos. Sin
sorpresa no hay seducción y ella se
creía incapaz de enamorarse.
—¿No crees en el amor,
Carmencita? —le decía con sorna uno
de sus pretendientes.
—¿El amor? El amor es una
distracción. —replicaba ella—. Y no
me gusta que me llamen Carmencita.
Llámame María del Carmen, o María a
secas. —¿Qué importa un nombre o dos?
Ninguno te hace justicia.
—¿Por qué lo dices, Alonso?
—Porque una mujer portadora de
una belleza como la tuya debería
llamarse Venus o Helena. Como una
diosa, o como una reina.
—Yo soy una Reina. Soy la última
heredera de Moctezuma —apuntaba con
cierto envanecimiento.
—Ese nombre significa muy poco en
estos días. Una curiosidad entre tantas
de la Nueva España. Otro rey pagano
derrotado por nosotros.
—Eres insoportable, Alonso. Si tu
forma de cortejar a una dama consiste en
menospreciar las pasiones que animan
su corazón, entonces eres tú el que sabe
muy poco sobre el amor.
—Yo podría amarte, María. Mi
Reina Moctezuma.
María lanzo una carcajada
—Ni queriendo podría amarte, pero
te concedo mi primer baile de mañana.
—¿Asistirás? Nada me haría más
feliz. No le gustaba aquel hombre y apenas
le resultaba gracioso. Pero valoraba la
atención. Se sentía honrada. De todos
sus pretendientes, Alonso era el mejor
dispuesto a humillarse. Nada le
satisfacía más que esa abnegación por
parte de un hombre que nunca
apreciaría. Daban una vuelta por los
jardines, escoltados por esclavas
silenciosas que vigilaban cualquier falta
de decoro para informar debidamente a
sus patrones; María caminaba en
dirección a las puertas de la casa de su
padre y correspondía a la conversación
con unos pocos gestos de aburrimiento.
El joven en cuestión

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