---------------

Libro PDF La boda del magnate Abby Green

La boda del magnate  Abby Green

Descargar Libro PDF La boda del magnate Abby Green


si no acepta mis condiciones, no será precisamente la marca O’Connor la que se vea afectada.
Gianni Delucca apretó los dientes, le costaba soportar el tono arrogante del irlandés. Su insinuación no era nada sutil, le estaba dejando bien claro que sería la marca Delucca la que iba a verse perjudicada y la que no iba a poder lanzar a nivel mundial.
Gianni trató de controlar su enfado mientras miraba a Liam O’Connor. El hombre lo miraba desde su sillón de cuero, dándole la espalda a la impresionante vista del distrito financiero de Dublín que tenía su despacho.
–¿Y qué es lo que piensa su hija de este matrimonio de conveniencia?
O’Connor lo miró estrechando sus ojos grises y le pareció que apretaba ligeramente los labios.
–Keelin es muy leal y le importa el futuro de la empresa familiar –contestó el otro hombre.
–¿Lo suficientemente leal como para aceptar un matrimonio de ese tipo?
Gianni se sintió de repente nervioso y, sin esperar una respuesta, fue hasta uno de los enormes ventanales del despacho. Se metió las manos en los bolsillos para no tener la tentación de pasárselas por el pelo. Era una manía que no conseguía quitarse.
Empezaba a sentir claustrofobia.
Estaban hablando de matrimonio, una palabra que llenaba su cabeza de oscuras imágenes y malos recuerdos.
Había visto de cerca lo peor de una unión entre dos personas y se había prometido a sí mismo que nunca iba a tomar ese camino. Pero, por desgracia, necesitaba esa fusión con Alimentos O’Connor, una empresa que iba a ayudarlo a estar presente en los mercados mundiales. Sobre todo en el más lucrativo, el de Estados Unidos.
Sabía que era la manera de dejar atrás para siempre los amargos recuerdos de su infancia y juventud. Tenía en sus manos la increíble oportunidad de renovar su apellido. Creía que, con el tiempo, nadie recordaría que los Delucca habían sido una de las familias más conocidas de la Mafia italiana.
–Keelin es una mujer bella y culta. Le vendrá muy bien tenerla a su lado mientras trata de abrirse camino en los mercados y aumentar la producción –le dijo O’Connor.
Apretó con fuerza los labios al oír sus palabras. Le estaba describiendo una escena que no conseguía imaginar por mucho que lo intentara. No terminaba de hacerse a la idea.
Pero no quería que O’Connor viera en sus ojos lo que sentía y le contestó sin darse la vuelta.
–¿Acaso cree que no puedo encontrar una esposa yo mismo? –le preguntó.
Aunque era algo que nunca se habría llegado a plantear.
Liam O’Connor se echó a reír al oírlo.
–Delucca, no tengo ninguna duda de que podría encontrar una esposa en segundos. Seguro que le bastaría con chasquear los dedos para lograrlo. Pero con su reputación…
Se dio la vuelta hacia el irlandés y lo fulminó con la mirada.
–Cuidado con lo que dice, O’Connor –le advirtió mientras trataba de calmarse.
7
El otro hombre se levantó de su sillón y se acercó a él.
Era alto e imponente. Y, aunque era mayor y tenía el pelo canoso, seguía siendo atractivo. Le plantó cara como solo podría hacerlo otro macho alfa. A Gianni no le costaba reconocerlos. También él era así y había tenido que enfrentarse muchas veces a alguien aún más imponente que el irlandés, su propio padre.
–Ninguna otra compañía puede darle al instante la pátina de respetabilidad y prestigio que le daría O’Connor por el mero hecho de ser nuestro socio –le dijo el hombre hablándole sin rodeos–. Si nos unimos, la gente que confía en nuestra marca, confiará de forma automática en la suya. Sus productos estarán en las estanterías de todo el mundo en cuestión de meses. Le estoy ofreciendo la oportunidad de demostrar su compromiso tanto con su empresa como con su apellido. Supongo que no necesita que le recuerde que las personas con las que tendrá que lidiar en esta nueva etapa profesional estarán más dispuestas a poner su confianza e inversiones en alguien que tenga una imagen respetable, alguien que les parezca un hombre de familia.
Una vez más, lo que no le dijo resonó tan fuerte en su cabeza como si hubiera pronunciado las palabras. Le estaba recordando que nadie iba a confiar en un hombre al que se relacionaba con la Mafia o con reputación de mujeriego.
Maldijo entre dientes. Sabía que O’Connor tenía razón. Tenía que decidir si deseaba esa fusión para su empresa lo suficiente como para embarcarse en una unión que nunca habría querido. Y todo para conseguir expandir su empresa, ser aceptado socialmente y lograr que lo respetaran en ese mundo.
Se resistía a hacerlo, pero sabía que era la oportunidad de su vida.
–Puede que sea así, pero no olvide que también su empresa se vería revigorizada después de asociarse con una marca italiana de productos de lujo como la mía –le recordó él.
O’Connor inclinó la cabeza y lo miró con un brillo peligroso en sus ojos. Le quedó muy claro que no le gustaba nada que le recordaran que sus motivos para la fusión tampoco eran altruistas.
–¿Por qué es tan importante para usted que el matrimonio con su hija sea parte del trato? –le preguntó Gianni.
–Es nuestra única hija y heredera –repuso el irlandés–. Soy un hombre anticuado, Delucca. Quiero que tenga el futuro asegurado y que, entre usted y ella, se encarguen de mantener vivo nuestro apellido.
Gianni no estaba muy convencido. Algo le decía que no le estaba contando toda la verdad, pero se distrajo al ver unos marcos de fotos que colgaban de la pared del despacho.
Se acercó para mirarlos más de cerca. Había fotos de O’Connor con multitud de personalidades de todo tipo. Entre ellas, dos presidentes de Estados Unidos. Se fijó en una en la que el empresario estaba con una mujer muy atractiva, rubia y con los ojos verdes. Supuso que sería su esposa.
Le llamó la atención la foto de una joven montada a caballo. Tenía la cabeza echada hacia atrás y estaba riendo. Se fijó en sus hombros delgados, en la manera en la que su camiseta se ceñía a su generoso pecho y en su estrecha cintura. Era muy bella. Sus ojos también eran verdes, pero más claros que los de su madre. Era pelirroja y llevaba la melena recogida en una coleta. Tenía la piel muy blanca, mejillas sonrosadas y pecas.
Aunque no era su tipo de mujer, sintió que algo se removía dentro de él al contemplar su belleza inocente y natural, sin ningún tipo de maquillaje ni joyas.
–Esa es mi hija, Keelin –le dijo el hombre –. Bueno, ¿qué me dice? ¿Ha tomado ya
8
una decisión?
Gianni no respondió en voz alta. Algo le dijo que no necesitaba hacerlo, que los dos hombres sabían cuál era su respuesta.
9
Capítulo 1
Keelin O’Connor miró a su alrededor. Su suite del exclusivo hotel Harrington de Roma tenía una decoración exquisita, pero apenas era visible en esos momentos. Todas las superficies estaban cubiertas por decenas de bolsas. No era dada a las compras, pero ese día había tenido que hacerlo. No sabía si habría llegado a los niveles de consumismo que había visto en algunas películas y documentales sobre ricos y famosos.
Su prometido, que era además un completo desconocido, iba a llegar en cualquier momento y, aunque odiaba admitirlo, estaba muy nerviosa. Seguía además furiosa con su padre. Le hervía la sangre en las venas cuando recordaba la conversación que había tenido con él.
–¡No puedes estar hablándome en serio! –le había contestado a su padre.
De eso hacía ya dos semanas. Se había quedado boquiabierta cuando le habló de su plan.
Pero Liam O’Connor ni siquiera se había inmutado.
–Claro que sí.
–¿Me has vendido a un completo desconocido para que me case con él? –le preguntó fuera de sí.
No podía creer lo que le estaba pasando. Era como si se encontrara en medio de una pesadilla.
–No es así, Keelin. Gianni Delucca es uno de los empresarios más innovadores de Italia. Las exportaciones de alimentos y vinos italianos están en auge y ese hombre ha conseguido en solo tres años que la marca Delucca se gane el respeto en toda Europa. Además de lograr triplicar sus ganancias en ese tiempo. Algo completamente inaudito en estos momentos de crisis económica.
–Pero, ¿qué demonios tiene eso que ver conmigo? –le había dicho fuera de sí.
Su padre había puesto entonces las manos sobre la mesa para inclinarse hacia ella.
–Tiene más que ver contigo de lo que piensas, hija mía. Una fusión con este hombre es la mejor manera de asegurar el futuro de Alimentos O’Connor y, como eres mi hija, tienes que formar parte del acuerdo.
–¿Cómo puedes ser tan anticuado? –le preguntó apretando los puños.
–No seas ingenua, hija. Solo se trata de un acuerdo de negocios, nada más. Gianni Delucca es un hombre joven y guapo. Además de rico. Cualquier mujer estaría encantada de tenerlo como marido.
–Eso si hablas de mujeres con poca inteligencia, pero no es el caso –le había respondido ella–. Además, ¿no está ese hombre relacionado de alguna manera con la Mafia? Me parece haber leído algo respecto.
Notó que su padre se ponía algo tenso al oír sus palabras.
–Bueno, su padre tenía algunos vínculos con la Mafia, sí, pero ya murió y ahora todas esas cosas forman parte del pasado. Delucca está decidido a dejar toda esa vida atrás y demostrarle a la gente que es un hombre respetable. Por eso que está dispuesto a casarse y sentar la cabeza.
Keelin rio con amargura.
–¡Qué suerte la mía!
10
Liam O’Connor la miró con sus ojos grises entrecerrados.
–¿No me has pedido siempre que te dejara estar involucrada en el negocio familiar?
–Sí –le había contestado ella con un nudo en la garganta.
No podía ignorar el dolor que sentía en su corazón cuando recordaba cómo la había excluido su padre durante años.
–Pero quería participar y trabajar en la empresa familiar como la persona que llegará algún día a heredar la marca O’Connor, no como si fuera algo de tu propiedad que puedes vender al mejor postor.
–Bueno, no me has dado motivos para que confíe en ti y crea que puedas llegar a hacerte cargo de la empresa.
Nadie como su padre conseguía despertar la ira en su interior. Había tenido que controlarse para que no se le llenaran los ojos de lágrimas y se había dado la vuelta, fingiendo un repentino interés por las vistas.
Había sentido en ese momento un dolor que aún persistía.
Ya había sabido que había sido una gran decepción para sus padres. Su madre le había echado siempre en cara que no hubiera sido una niña más femenina y su padre habría preferido tener un hijo.
Había sentido desde pequeña que no la querían y, para lograrlo, había tratado de atraer su atención de cualquier manera, incluso convirtiéndose en una adolescente difícil y rebelde. Pero sus travesuras no habían conseguido nada y prefería no recordar esos años.
Poco a poco, había ido madurando y dejando atrás ese espíritu rebelde. Pero, en realidad, nada había cambiado. Ni siquiera se habían dignado a ir a la ceremonia de graduación cuando terminó sus estudios en la universidad.
No podía quitarse de la cabeza la conversación en el despacho de su padre. Cuando por fin consiguió calmarse un poco, se había dado la vuelta para mirarlo de nuevo.
–¿Y qué va a pasar con nuestro apellido? ¡Si me caso con él, lo perderé!
–No, eso no va a pasar. Delucca ha consentido en proteger el nombre de nuestra marca y nuestro apellido, que heredarán algún día vuestros hijos varones.
Se había quedado sin aliento al oírlo. No concebía la idea de tener hijos con un completo desconocido. Un hombre que además era un mafioso.
Su padre se había levantado entonces del sillón para acercarse a ella con un gesto más amable en su cara. Y, como una tonta, no había podido evitar que su corazón se ablandara al verlo así. Era tanta la necesidad que tenía de sentirse aceptada y querida, que siempre conseguía apaciguar su enfado con cualquier gesto de cariño, por pequeño que fuera.
–La verdad es que Alimentos O’Connor no está en su mejor momento, como les está pasando a muchas otras empresas hoy en día –le había dicho su padre suspirando.
Keelin había fruncido el ceño al oírlo. Ya había sido consciente de que la empresa no había ganado tanto ese último año como los anteriores, pero no había pensado que la bajada de ventas hubiera sido tan grande como para alarmarse. Le parecía muy triste que no pudiera estar más al tanto de lo que pasaba en la empresa de su familia. Era una prueba más de hasta qué punto su padre la había excluido.
–¿Qué quieres decir?
Su padre había agitado entonces una mano para dejarle muy claro que no iba a perder el tiempo contestando con detalle su pregunta.
–El caso es que esta fusión con Delucca nos dará el impulso que necesitamos y servirá además para proteger la empresa de cara al futuro –le había explicado su padre–.
11
Así, además, tendré la tranquilidad de saber que también tu futuro estará asegurado.
Aunque anhelaba tener el amor de su padre, no se hacía ilusiones, sabía que a él en realidad no le preocupaba su bienestar. Había decidido aprovechar ese momento para hacerle ver que hablaba en serio, que de verdad deseaba participar en la compañía.
–Pero mi futuro va a estar a salvo. Puedo trabajar contigo y ayudarte con la empresa, conseguir que siga creciendo y ocupando el lugar que merece en el mercado internacional. Estoy lista para trabajar…
Pero él había levantado la mano, esa vez para hacerle callar.
–Si realmente quieres demostrarme que estás decidida a formar parte de esta empresa y que tu compromiso es sincero y sólido, harás lo que te pido –había insistido–. Este matrimonio es la única solución, Keelin.
Aunque sabía que debería estar acostumbrada después de tantos años, sus palabras le hicieron mucho daño. Respiró profundamente y sacudió la cabeza. Un sentimiento de traición crecía dentro de ella.
–No voy a hacerlo –repuso con firmeza.
Su padre había arremetido contra ella al oír su respuesta.
–¡Ya debería haberme imaginado que te echarías atrás cuando llegara el momento de demostrar tu lealtad! –exclamó furioso–. Si no haces lo que te pido, olvídate de tu herencia.
Por un momento, Keelin se había sentido como si acabara de darle un puñetazo en el estómago. Se quedó sin aliento. Siempre había querido tener la oportunidad de demostrarle la lealtad que sentía por el legado de su familia, pero su padre le estaba pidiendo que lo hiciera a cambio de renunciar para siempre a su libertad. Le había parecido un precio demasiado caro.
Recordaba perfectamente cómo se había sentido en ese instante. Le había parecido increíble que todo pudiera terminar si ella se negaba a hacerlo, era el rechazo final, la puntilla.
Pero se le había ocurrido entonces una idea, una inspiración maravillosa que iba tomando forma en su cabeza, llenándola de nuevo de esperanza.
–Y ¿qué pasa si nos conocemos y Delucca decide que no quiere casarse conmigo? –le había preguntado ella.
–Eso no va a pasar. ¡Claro que querrá casarse contigo! Eres joven y bella. Además, así tendrá la oportunidad de entrar en el mercado internacional. No va a dejar que se le escape de las manos una ocasión como esta.
Pero Keelin ya había dejado de escuchar a su padre. El corazón había comenzado a palpitarle con fuerza. No podía dejar de pensar en cómo iba a salir de esa situación sin perderlo todo.
Así que, después de pensarlo mucho, había accedido a reunirse con Delucca. Por eso estaba en Roma en esos momentos, a punto de conocerlo.
Mientras esperaba, había reunido toda la información que había podido encontrar sobre él. Había descubierto que estaba muy preocupado por demostrar que él no tenía nada que ver con la Mafia ni con los escándalos que habían rodeado siempre la vida de su padre, un hombre que había sido brutalmente asesinado por un grupo mafioso rival.
Cada vez que lo entrevistaban, desviaba la conversación para hablar solo de sus inquietudes empresariales y del futuro que quería para su empresa. Se negaba a hablar del pasado.
Había descubierto también que representaba como nadie el estereotipo de hombre
12
italiano, elegante y atractivo. Muy a su pesar, tenía que reconocer que no había podido reprimir un estremecimiento al ver sus fotos. Tenía un aspecto muy masculino, intenso e incluso peligroso.
En cuanto a su vida sentimental, lo había visto fotografiado con mujeres distintas en cada ocasión, pero casi todas eran del mismo tipo: altas, morenas y bellas. Además de elegantes y discretas.
Aunque salía con suficientes mujeres como para que pudieran considerarlo un donjuán, solía hacer todo lo posible para no llamar demasiado la atención. Y la prensa del corazón nunca lo había sorprendido comportándose de manera inapropiada ni había protagonizado ningún escándalo.
Había descubierto que, aunque le gustaban las mujeres, no dejaba que estas se interpusieran en su carrera profesional. Era un hombre ambicioso y le dio la impresión de que le importaba más que nada conseguir ser respetado en los círculos en los que se movía y llevar una vida lo más discreta posible.
Estaba convencida de que había conseguido la munición que necesitaba. Creía que un hombre así no podía querer casarse y estaba decidida a hacer lo que fuera necesario para parecerle lo menos atractiva posible.
Se había inspirado en algunas de sus compañeras de colegio, tratando de parecer la típica joven rica, presumida, mimada y superficial. Creía que Delucca saldría corriendo antes de casarse con alguien así.
Se miró una vez más en el espejo. Llevaba un vestido demasiado corto, el pelo cardado y mucho más maquillaje de lo que era habitual en ella. Hizo una mueca al verse de esa guisa. Sabía que a su madre le encantaría ese aspecto. Tomó la botellita de perfume y se puso un poco más.
No pudo reprimir un estornudo. Era demasiado fuerte, pero tan necesario como su exagerado aspecto.
Oyó de repente un golpe en la puerta de la habitación y sintió que el corazón le daba un vuelco.
No estaba preparada para aquello, se sentía tan ridícula… Temía que ese hombre se diera cuenta nada más verla de que ella no era así, que se había disfrazado para tratar de provocar su rechazo y lograr que no quisiera casarse con ella.
Volvieron a llamar a la puerta, esa vez con más fuerza.
Respiró profundamente y trató de calmarse. Se recordó que aquello era necesario, que estaba luchando por su independencia y su futuro. Fue hacia la puerta con la mejor de sus sonrisas y la abrió. Pero estuvo a punto de perder la sonrisa cuando se dio cuenta de que tenía que levantar la vista para mirarlo a los ojos.
Lo único en lo que pudo pensar en ese instante fue que las fotografías que había visto de él en Internet no la habían preparado en absoluto para la impresión de ver a Gianni Delucca en carne y hueso.
A Gianni lo sorprendió una nube de fuerte perfume en cuanto esa mujer abrió la puerta. Tardó unos segundos en reaccionar mientras se fijaba en ella.
Su primera impresión no fue buena. Todo en esa mujer le pareció excesivo y de una manera negativa. Su melena roja rodeaba una cara con demasiado maquillaje y llevaba un vestido ajustado y sin mangas que no dejaba nada a la imaginación. También era bastante corto, dejando ver unas piernas que parecían demasiado morenas para que fueran fruto de
13
un bronceado natural.
La mujer que tenía en ese instante frente a él no se parecía en nada a la de la fotografía que había visto en el despacho de O’Connor y apenas pudo ignorar la oleada de ira que nacía en su interior. Sentía que lo habían engañado. Se quedó sin palabras durante unos segundos y no estaba acostumbrado a sentirse así. Se limitaron a mirarse a los ojos.
Afortunadamente, el perfume se disipó un poco y pudo volver a respirar. Trató de ignorar su enfado y pensó que no podía precipitarse. Después de todo, no la conocía de nada y sabía que no convenía dejarse llevar por las primeras impresiones.
Pero vio entonces el collar que llevaba y le costó bastante no hacer una mueca de desagrado. Grandes letras de oro deletreaban el nombre de la joven, decorado además con decenas de diamantes.
Su última amante nunca había llevado más joyas que unos elegantes y discretos brillantes en las orejas y le disgustaba que la gente hiciera ostentación de su dinero de esa manera, pero recordó de nuevo que no debía prejuzgarla antes de conocerla.
Forzó una sonrisa mientras miraba a su futura esposa.
–Señorita O’Connor, es un placer conocerla –le dijo con amabilidad–. Soy Giancarlo Delucca, aunque todos me llaman Gianni. Bienvenida a Italia.
La mujer parpadeó, le dedicó una sonrisa y dio un paso atrás.
–Por favor, disculpe el desorden, acabo de volver de hacer algunas compras cerca de la Via del Corso.
Gianni entró en la habitación. Se dio cuenta de que, aunque en esos momentos llevaba zapatos con mucho tacón, también sería alta sin ellos.
Oyó que se cerraba la puerta tras él y tuvo de repente la necesidad de darse la vuelta y salir corriendo de allí, pero sabía que no podía dejarse llevar por ese tipo de impulsos. Había accedido a ese acuerdo por muchas razones y ya había aceptado la idea de que, para ello, tenía que casarse con esa mujer. Después de todo, no iba a ser una unión real, solo una especie de transacción comercial que no le iba a suponer ningún tipo de esfuerzo emocional o romántico.
Se armó de valor y se volvió de nuevo hacia Keelin. Por un segundo, le pareció que había algo extraño en su exagerada apariencia, pero se distrajo mirando sus largas piernas e impresionante escote.
Había esperado encontrarse con una joven de belleza natural y sencilla, una mujer refinada e inteligente, no con una chica superficial y sin cabeza.
Keelin señaló con la mano todas las bolsas de tiendas de lujo que había en cada rincón de la habitación.
–Muchas gracias por darme esa tarjeta de crédito como regalo de bienvenida. Ha sido todo un detalle –le dijo la joven–. ¡Me ha encantado salir de compras por Roma! Ha sido genial. Ha hecho que me sintiera como en casa –añadió mirándolo pícaramente mientras agitaba sus pestañas.
Tuvo que controlarse para no hacer otra mueca. Pero, a pesar del exceso de maquillaje que llevaba, se dio cuenta de que sus ojos eran tan grandes e impresionantes como había visto en la fotografía del despacho de su padre. Y eran de un color verde musgo que no había visto nunca.
–Me temo que vi la palabra «ajuar» y se me fue un poco la cabeza. El resto me lo traerán mañana –le explicó la joven entre risas.
–¿El resto? –repitió él sintiendo que palidecía al oírlo.
–Sí –repuso Keelin con entusiasmo–. Esto que tengo en la habitación son solo
14
algunas cosas que necesitaba mientras espero a recibir el resto. Por cierto… –añadió mientras miraba a su alrededor–. Este hotel es muy bonito, señor Delucca, pero estoy acostumbrada a poder contar con un poco más de espacio. Cuando me alojo en el Chatsfield, por ejemplo, me dan todo tipo de facilidades para guardar mis compras.
Gianni cada vez estaba más disgustado, pero trató de no dejarle entrever su desagrado. Había elegido precisamente ese hotel porque era exclusivo y discreto. Sabía que en un hotel tal lujoso y opulento como el Chatsfield podrían atraer más atención, algo de lo que siempre huía.
–Pero, bueno, este está bien por ahora –agregó la joven–. Además, he oído el rumor de que el jeque Zayn y Sophie Parsons podrían estar aquí alojados. ¿Ha visto las fotos de su boda? Ha sido un evento tan glamuroso y romántico. Me encantaría poder conocerlos.
Se contuvo para no suspirar. No había seguido esa boda por la prensa, pero sí le sonaba haber oído hablar de ese evento en relación a un nuevo escándalo con James Chatsfield como protagonista. Creía que era otra razón más para elegir la discreción del hotel Harrington en vez del lujoso Chatsfield.
Vio que Keelin lo sonreía inocentemente. Parecía una joven dulce, pero con la cabeza vacía. Sintió que algo se encogía en su interior. No le hacía gracia tener que casarse con alguien que no le iba a aportar nada, que solo iba a ser una bella mujer que iba a acompañarlo en los eventos sociales. Pero era demasiado tarde. Había aceptado la propuesta de O’Connor y no iba a echarse atrás.
Antes de que pudiera decir nada, Keelin se acercó a una mesita donde había una cubitera en la que enfriaba una botella. Observó su cuerpo mientras se servía una copa. Era delgada, pero tenía unas deliciosas curvas. En eso, al menos, no lo habían engañado.
Vio cómo se tensaba la tela de su vestido contra sus pechos y no pudo evitar sentir una oleada de calor que nacía de su entrepierna. Eso lo confundió aún más. No le gustaba nada de lo que estaba descubriendo de esa mujer, pero su cuerpo tenía ideas muy diferentes y reaccionaba de manera mucho más visceral.
–¿Champán? –le preguntó Keelin alegremente.
Se fijó entonces en sus labios, eran carnosos y no pudo evitar pensar en lo que podría hacer con esa boca, cómo sería tener esos labios rodeando su…
–¡Me encanta el champán! –exclamó ella mientras le ofrecía una copa–. ¡Es una de mis debilidades!
Con su persistencia, Keelin había conseguido que olvidara por completo la inapropiada fantasía que lo había capturado durante unos segundos, pero sabía que era mejor así. Lo había dejado tan fuera de juego que no tuvo tiempo de reaccionar y tuvo que aceptar la copa que le ofrecía.
Después, se dio media vuelta y volvió con la botella de champán a la mesita, contoneándose con ese ajustado vestido. Keelin lo miró entonces y no le dio tiempo a apartar la mirada de su escote ni a disimular.
–¿Le gusta el vestido que llevo? –le preguntó entonces–. ¡Me encantan los diseñadores italianos! Son fabulosos –agregó levantando hacia él la copa con una gran sonrisa–. Salud, señor Delucca.
Gianni sentía que la situación se le escapaba de las manos y no le quedó más remedio que levantar también su copa para brindar con ella. Tenía que hacer de tripas corazón y aceptar los términos del acuerdo que había firmado con su padre. No podía dejar que el mal gusto de esa mujer ni el exceso de maquillaje le hicieran cambiar de opinión, pero empezaba a temer que la foto que había visto en el despacho de O’Connor debía de
15
habérsela hecho alguien cuando solo era una adolescente.
Creía que lo único que necesitaba esa mujer era un poco más de elegancia y sutileza. Decidió que iba a contratar a una estilista que la ayudara con su apariencia. No le costó imaginar el aspecto que tendría con menos maquillaje y con un vestido adecuado. Y, por primera vez desde que Keelin abriera la puerta de la suite, sintió que volvía a tomar las riendas de la situación.
–Por favor, llámame Gianni –le dijo con una sonrisa.
Por un segundo, le pareció ver pánico en sus bellos ojos, pero no tardó en desaparecer.
–Pero ¿no te llamas Giancarlo? –le preguntó ella frunciendo el ceño.
–Sí, pero prefiero que me llamen Gianni.
Ella se encogió de hombros y sonrió. Después, se bebió de un trago media copa de champán.
–Muy bien, entonces te llamaré Gianni.
Vio que tomaba de nuevo la botella para rellenar su copa y no pudo evitar pensar en su padre, un hombre que había bebido siempre más de la cuenta. Apretó los dientes. Odiaba pensar en ello. Le hacía recordar cosas aún peores.
Dejó su copa en una mesa de la suite y Keelin lo miró sorprendida.
–Me temo que no puedo quedarme a beber champán. Solo vine para asegurarme de que todo estaba a tu gusto –le dijo él con algo de brusquedad–. Además, como ya te imaginarás, tenemos mucho de lo que hablar.
Ella lo miró fijamente durante unos segundos como si no supiera de lo que le estaba hablando. Después, se echó a reír algo avergonzada.
–¡Ah! Te refieres a la boda, ¿verdad? Por supuesto, qué tonta –repuso Keelin riendo–. Sí, tenemos muchas cosas de las que hablar.
Ella se terminó de un trago la segunda copa de champán echando hacia atrás la cabeza. Fue algo que le molestó tanto como lo excitó. No sabía qué le estaba pasando. Sentía que volvía a perder el control de la situación y no le gustaba nada.
–¿Te parece bien que nos reunamos abajo, en el bar, a eso de las siete y media? –le sugirió él.
–¡Fabuloso! Buena idea.
Gianni sacó una tarjeta del bolsillo de su americana y se la entregó.
Durante un segundo, Keelin volvió a mirarlo sin entender. Después, aceptó la tarjeta.
Respiró profundamente para tratar de controlar su irritación, pero le estaba resultando cada vez más complicado hacerlo.
–Ahí tienes mis números de teléfono privados por si necesitas ponerte en contacto conmigo –le explicó.
Keelin lo miró y sonrió. Durante un instante, sintió que resucitaba la lujuria ahogando todas las otras cosas que estaba sintiendo en esos momentos.
Por desgracia para él, la personalidad de esa mujer había conseguido sorprenderlo. El breve encuentro que acababan de tener había sido uno de los momentos más surrealistas e inquietantes de su vida.
Dio un paso atrás. Estaba deseando salir de allí, antes de que esa mujer lo decepcionara aún más.
–Hasta luego, Keelin. Estoy deseando conocerte mejor –le dijo con amabilidad.
En realidad, temía que no había mucho más que conocer, que lo que había visto era
16
todo lo que había.
Ella inclinó su copa hacia él. Derramó un poco de champán sobre la cara alfombra de la suite, pero ni siquiera se inmutó.
–Ciao –lo despidió ella entre risas–. ¿Has visto que bien hablo italiano? Ya soy prácticamente bilingüe.
Gianni sonrió, pero le costó mucho hacerlo.
Salió de la habitación y bajó al vestíbulo en el ascensor. Fue directo al coche que lo estaba esperando frente al hotel. Sintió entonces una sensación de alivio enorme.
Acababa de descubrir que su prometida no era una mujer demasiado brillante y que ese día parecía haberse gastado a lo loco una cantidad ingente de dinero. Suspiró al recordarlo, intentando convencerse de que no era para tanto. Él mismo le había regalado una tarjeta de crédito como regalo de bienvenida. A lo mejor Keelin era adicta a las compras, pero suponía que todas las mujeres lo eran. Decidió que lo único que necesitaba era la ayuda de una buena estilista que la aconsejara y mejorara su gusto.
Mientras su coche avanzaba sin problemas entre el tráfico de Roma, recordó los pocos minutos que había pasado con ella en la suite del hotel. No le importaba la perspectiva de tener que cambiar la imagen de su prometida. Después de todo, creía que el estilo y la elegancia eran cosas que había que aprender con el tiempo. Él también lo había hecho.
Lo que le había molestado de verdad había sido verla beber champán como lo había hecho. Le daba pánico saber que esa iba a ser la mujer encargada de organizar cenas en su casa cuando quisiera impresionar a colegas e inversores.
Pensó entonces en las mujeres con las que solía salir. Todas habían destacado por su buen gusto y su estilo. Habían sido jóvenes con una gran capacidad para moverse con comodidad en cualquier situación y relacionarse con todo tipo de gente sin llamar demasiado la atención.
Keelin era todo lo contrario, era como un pavo real. Atraía demasiado la atención y no en el buen sentido. Tenía que reconocer que estaba bastante nervioso. Siempre había sentido que tenía que demostrar más que los demás para que nadie lo comparara con su padre, para que nadie pudiera usar eso en su contra. Sentía la tensión de no poder cometer ni el más mínimo error. Siempre había sentido la necesidad de proyectar

Web del Autor

Pagina Oficial

Si no sabes descargar mira este video tutorial

[sociallocker]
[popfly]

Descargar 

Leer en online
[/popfly] [/sociallocker]

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

error: Content is protected !!
---------