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Libro PDF La Cabaña W. Paul Young

La Cabaña W. Paul Young

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integridad literaria y audacia espiritual! La cabaña traspasa los clichés tanto de la religión como de la mala literatura para revelar algo bello y rotundo sobre la danza integral de la vida con lo divino. Esta historia se lee como una plegaria: como el mejor tipo de plegaria, llena de sudor y maravilla y transparencia y sorpresa. Cuando la leí, me sentí en comunión con Dios. Si este año lees una obra de ficción, que sea ésta.
Mike Morrell, zoecarnate.com
Una excepcional pieza literaria que te lleva directamente al corazón y naturaleza de Dios en medio del angustiante sufrimiento humano. Esta increíble historia te retará a considerar la persona y el plan de Dios en términos más amplios de los que soñaste jamás.
David Gregory, autor de Dinner with a Perfect Stranger (Cena con un perfecto desconocido)
La cabaña cambiará para siempre tu manera de pensar en Dios.
Kathy Lee Gifford, coanimadora de Today Show (El programa de Hoy) de la NBC
Pensé de verdad que este libro era un libro más. Créanme, amigos: ¡no lo es! Cuando aparecen los carros alegóricos, por lo general los dejo ir. Pero en el caso de La cabaña no sólo me he subido al carro, sino que además no dejo de pedirle al conductor que se detenga para recoger a todos mis amigos. No recuerdo cuándo fue la última vez que un libro, y mucho menos una obra de ficción, tuvo tal impacto sanador en mi vida.
Drew Marshall, conductor de radio, The Drew Marshall Show
Si Dios es todopoderoso y está lleno de amor, ¿por qué no hace algo con el dolor y el mal en nuestro mundo? Este libro responde esa antiquísima pregunta con sorprendente creatividad y asombrosa claridad. Con mucho, uno de los mejores libros que yo haya leído en mi vida.
ames Ryle, autor de Hippo in the Garden (Hipopótamos en el jardín).
Seductor, con giros que desafían nuestras expectativas mientras nos enseñan eficaces lecciones teológicas sin condescendencia. Yo estaba llorando por la página 100. No podrás leerlo sin involucrar tu corazón.
Gayle E. Erwin, autora de The Jesús Style (El estilo de Jesús)
Este libro va más allá de ser la novela bien escrita llena de suspenso que es, y que te obliga a dar vuelta a la página. Desde la muerte de nuestro hijo Jason, el Señor nos ha guiado hasta un reducido número de esos libros que cambian la vida, y éste es el primero de la lista. Cuando llegues a la última página, habrás cambiado.
Dale Lang (rockcanada.org), padre de un estudiante muerto en el tiroteo posterior a Columbine.
La cabaña es una hermosa historia de cómo Dios sale a nuestro encuentro en medio de nuestras penas, atrapados por las desilusiones, traicionados por nuestros propios supuestos. El nunca nos deja donde nos encontró, a menos que insistamos.
Wes Yoder, Ambassador Speakers Bureau
La creatividad e imaginación de La cabaña te cautivarán, y antes de darte cuenta estarás experimentando a Dios como nunca. Las intuiciones de Wm. Paul Young no sólo son cautivadoras, sino también bíblicamente ciertas y fieles. No te pierdas esta transformadora historia de gracia.
reg Albrecht, director de Plain Truth Magazine (Revista La Pura Verdad)
¡Su libro es una obra maestra! Hay lágrimas en mis ojos y un nudo en mi garganta.
Sólo puedo pensar en quienes deberían leer sus palabras, y estoy convencida de que cada
persona que lea este libro también conoce a otras necesitadas de sus palabras. Doctora Chyril Walker
La cabaña es la obra de ficción más cautivadora que he leído en muchos años. Mi esposa y yo reímos, lloramos y nos arrepentimos de nuestra falta de fe a lo largo del camino. La cabaña te dejará anhelando la presencia de Dios.
Michael W. Smith, músico
Este libro capta en forma elocuente el paso de ser personas sumamente responsables en un sistema religioso a entrar en la intimidad al responder a la fragancia de Cristo en la vida diaria.
Arthur Burk, Sapphire Leadership Group, Inc.
¡No te lo pierdas! Si hay un mejor libro en circulación que capte la seductora naturaleza de Dios y Su capacidad para introducirse poco a poco en nuestra más oscura pesadilla con Su amor, luz y sanación, no lo he visto. Para el más fervoroso creyente o el más reciente buscador espiritual, La cabaña es de lectura obligada.
Wayne Jacobsen, autor de So You Don’t Want to Go to Church Anymore (Así que ya no quieres ir a la iglesia…)
Mi mayor desilusión con los libros cristianos es que casi todos parecen decir lo mismo de la misma manera. ¡Pero La cabaña es otra cosa! Se lee como ningún otro libro y cuenta una historia que te aseguro que no has oído jamás. ¡Disfruta la aventura!
Bart Campolo, fundador de Mission Year
¡Mis felicitaciones para los colaboradores de La cabaña por haber vendido más de dos millones de ejemplares hasta ahora! ¡Este es sólo el comienzo! No es común tener la oportunidad de leer un relato tan fascinante de un autor contemporáneo que capte de tal forma el verdadero significado del perdón y la redención.
Rev. Ron Hooker, pastor emérito, Grace United Church of Christ, Columbus, Ohio Título original: The Shack
Traducción: Enrique C. Mercado González
Diseño de portada: Marisa Ghiglieri, Dave Aldrich y Bobby Downes Diseño de interiores de la edición original: Dave Aldrich
Canción utilizada en el capítulo 1: Larry Norman, “One Way”. © 1995 Solid Rock Productions, Inc. Todos los derechos reservados. Reproducida con permiso. Canción utilizada en el capítulo 10: “New World”, de David Wilcox. © 1994 Irving Music, Inc., y Midnight Ocean Bonfire Music. Derechos administrados por Irving Music, Inc. Reproducidas con permiso. Todos los derechos reservados.
©2007, William P. Young
Edición publicada mediante acuerdo con Windblown Media, Inc., c/o Hachette Book Group, Inc., Nueva York, Estados Unidos.
Derechos reservados en español
© 2009, Editorial Planeta Mexicana, S.A. de C.V.
© 2009, Editorial Diana, S.A. de C.V.
Avenida Presidente Masarik núm. 111, 2o. piso Colonia Chapultepec Morales C.P. 11570 México, D.F. http://www.editorialplaneta.com.mx
Primera edición: enero de 2009 Primera reimpresión: marzo de 2009 ISBN: 978-607-8-00030-2
Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de la portada, puede ser reproducida, almacenada o transmitida en manera alguna ni por ningún medio, sin permiso previo del editor.
Impreso en los talleres de EDAMSA Impresiones, S.A. de C.V. Av. Hidalgo núm. 111, Col. Fracc. San Nicolás Tolentino, México, D.F. Impreso y hecho en México – Printed and made in México
y en segundo a
“…los perdidos con fe en el reino del Amor. Pongámonos de pie para que brille”.
Contenido
Prólogo 9
1.Confluencia de caminos 17 2.La oscuridad se avecina 28
3.El punto de inclinación 38
4.La Gran Tristeza 49
5.Adivina quién viene a cenar 74 6.Una pieza de Pi 96
7.Dios en el muelle 113
8.Un desayuno de campeones 125
9.Hace mucho tiempo, en un jardín muy, muy lejano… 138 10.Vadeo en el agua 150
11.Ahí viene el juez 163
12.En el vientre de las bestias 183 13.Encuentro de corazones 197 14. Verbo y otras libertades 208 15.Fiesta de amigos 224
16.Una mañana de pesares 233 17.Decisiones del corazón 247 18. Ondas expansivas 255
Epílogo 265 Agradecimientos 267 La historia detrás de La cabaña 271
Esta historia fue escrita para mis hijos:
Chad, la Suave Profundidad Nicholas, el Explorador Tierno Andrew, el Bondadoso Afecto Amy, la Alegre Conocedora Alexandra (Lexi), el Poder Radiante Matthew, la Maravilla Naciente
y está dedicada en primer lugar a
Kim, mi Amada, gracias por salvar mi vida;
y en segundo a
“…los perdidos con fe en el reino del Amor. Pongámonos de pie para que brille”.
Prólogo
¿Quién no sería escéptico cuando un hombre asegura haber pasado un fin de semana entero con Dios, nada menos que en una cabaña? Y luego en esa cabaña…
Conozco a Mack desde hace poco más de veinte años, el día en que ambos nos presentamos en casa de un vecino para ayudarle a embalar un campo de heno a fin de acomodar a su par de vacas. Desde entonces andamos juntos, como dicen hoy los muchachos, compartiendo un café, o para mí, un té chai, extra caliente y con soya. Nuestras conversaciones brindan un hondo placer, salpicadas siempre de abundantes risas y, de vez en cuando, de una lágrima o dos. Francamente, entre más envejecemos, más juntos andamos… si entiendes lo que quiero decir.
Su nombre completo es Mackenzie Allen Phillips, aunque la mayoría de la gente le dice Alien. Es una tradición de familia: todos los hombres tienen el mismo nombre propio, pero se les conoce por lo común por su apellido intermedio, para evitar, se supone, la ostentación del i, ii y iii o Júnior y Sénior. Esto también es útil para identificar a los vendedores por teléfono, en especial a los que llaman como si fueran tu mejor amigo. Así que él, su abuelo, su padre y ahora su hijo mayor se llaman Mackenzie, pero por lo general se hace referencia a ellos con su apellido intermedio. Sólo Nan, su esposa, y sus amigos íntimos le decimos Mack (aunque he oído a perfectos desconocidos gritarle: “¡Oye, Mack!, ¿dónde aprendiste a manejar?”).
Mack nació en algún lugar del Medio Oeste, chico de granja de una familia irlandesa-estadounidense comprometida, con las manos encallecidas y las reglas rigurosas. Aunque exteriormente religioso, su muy devoto y estricto padre era un bebedor de clóset,
en especial cuando las lluvias no llegaban, o cuando llegaban demasiado pronto, aunque también, casi siempre, en el periodo entre una y otra cosa. Mack nunca habla mucho de él, pero cuando lo hace, su cara pierde emoción, como ola en retirada, y muestra unos ojos oscuros y sin vida. Por lo poco que me ha contado, sé que su papá no era un alcohólico de los que caen felizmente dormidos, sino un vil y perverso borracho que golpeaba a su mujer para después pedir perdón a Dios.
Todo se decidió cuando, a los trece años de edad, Mackenzie desnudó con renuencia su alma a un líder religioso durante un retiro juvenil. Sobrecogido por la convicción del momento, confesó llorando que no había hecho nada por ayudar a su mamá al ver, en más de una ocasión, que su papá borracho la golpeaba hasta dejarla inconsciente. Lo que Mack no consideró fue que su confesor trabajaba y convivía en la iglesia con su padre, así que cuando llegó a casa su papá lo estaba esperando en el portal, en notoria ausencia de su mamá y sus hermanas. Más tarde se enteró de que habían sido enviadas con su tía May, a fin de conceder a su padre cierta libertad para enseñar a su rebelde hijo una lección sobre el respeto. Durante casi dos días, atado al enorme roble de atrás de la casa y entre versículos bíblicos, era golpeado con cinturón cada vez que su papá despertaba de su estupor y dejaba la botella.
Dos semanas después, cuando por fin pudo volver a poner un pie frente a otro, Mack se paró y se fue de su casa. Pero antes de marcharse, puso veneno de zorro en cada botella de licor que encontró en la granja. Luego desenterró, junto al escusado fuera de la casa, la pequeña caja de hojalata que guardaba todos sus tesoros terrenales: una fotografía de la familia en la que todos aparecían con los ojos entrecerrados por mirar al sol (su papá apartado a un lado), una rústica tarjeta de béisbol de Luke Easter de 1950, un frasquito con alrededor de una onza de Ma Griffe (el único perfume que su mamá se haya puesto jamás), un carrete de hilo y un par de agujas, un pequeño avión troquelado de plata F-86 de la Fuerza Aérea de Estados Unidos, y los ahorros de toda su vida: 15.13 dólares. Se escurrió de nuevo dentro de la casa y deslizó una nota bajo la almohada de su mamá, mientras su padre tendido roncaba otra borrachera. La nota decía simplemente: “Espero que algún día puedas perdonarme”. Juró nunca mirar atrás, y así lo hizo por mucho tiempo.
Trece es una edad demasiado joven para ser un adulto, pero Mack casi no tenía otra opción y se adaptó rápidamente. No habla mucho de los años que siguieron. Pasó la mayor parte de ellos en ultramar, abriéndose trabajoso camino alrededor del mundo, enviando dinero a sus abuelos, quienes se lo mandaban a su mamá. En uno de esos distantes países creo que incluso empuñó un arma en un terrible conflicto; odia la guerra con oscura pasión desde que lo conozco. Como sea, a los veintitantos fue a dar finalmente a un seminario en Australia. Cuando se hartó de teología y filosofía, regresó a Estados Unidos, hizo las paces con su mamá y sus hermanas y se mudó a Oregon, donde conoció a Nannette A. Samuelson, con quien se casó.
En un mundo de habladores, Mack es un pensador y un hacedor. No dice mucho, a menos que le preguntes directamente, lo que la mayoría de la gente ha aprendido a no hacer. Cuando habla, uno se pregunta si no es una especie de extraterrestre que ve el panorama de las ideas y experiencias humanas en forma diferente a todos los demás.
El asunto es que por lo común da incómodo sentido a un mundo donde la mayoría de la gente más bien se contenta con oír lo que ya está acostumbrada a oír, lo cual no suele ser gran cosa acerca de nada. Quienes lo conocen, por lo general lo quieren bien, en tanto guarde sus ideas mayormente para sí. Y cuando habla, no es que dejen de quererlo, hace más bien que no se sientan muy satisfechos consigo mismos.
Mack me contó una vez que en sus años de juventud solía decir más libremente lo que pensaba, pero admitió que la mayor parte de esas palabras eran un mecanismo de sobrevivencia para cubrir sus heridas; a menudo terminaba vomitando su pena en quienes lo rodeaban. Dice que acostumbraba humillar y señalar los defectos de la gente mientras preservaba su sensación de falso poder y control. No suena muy atractivo.
Mientras escribo estas palabras, reflexiono en el Mack que desde siempre he
conocido: muy ordinario, sin duda nadie especial en particular, salvo para quienes lo conocemos de verdad. Está por cumplir los cincuenta y seis, y es un sujeto poco notable, ligeramente obeso, calvo, bajo y blanco, lo que describe a muchos hombres de estos rumbos. Probablemente no se le distinguiría entre una multitud, o uno se sentiría incómodo sentándose junto a él cabeceando en el MAX (Metro) durante su viaje de una vez a la semana a la ciudad para una reunión de ventas. Hace la mayor parte de su trabajo en el pequeño despacho de su casa, en Wildcat Road. Vende algo de alta tecnología y artefactos que no pretendo entender: artilugios tecnológicos que por alguna razón hacen que todo marche con mayor rapidez, como si la vida no lo hiciera ya lo suficiente.
Uno no se da cuenta de lo listo que es Mack a menos que lo oiga dialogar con un experto. Yo he estado ahí, cuando de pronto el idioma que se habla apenas si parece inglés, y me descubro haciendo un esfuerzo por entender conceptos que se vierten como un retumbante río de piedras preciosas. El puede hablar inteligentemente de casi todo; y aunque se siente que tiene firmes convicciones, posee la gentileza de permitirle a uno mantener las propias.
Sus temas favoritos son Dios y la creación, y por qué la gente cree lo que cree. Sus ojos se iluminan entonces, y adopta una sonrisa que hace ondear las comisuras de sus labios; y de repente, como en un niño, el cansancio se evapora y él se vuelve joven y es casi incapaz de contenerse. Pero, al mismo tiempo, Mack no es muy religioso. Parece tener una relación de amor/odio con la religión, y quizá incluso con un Dios al que supone caviloso, distante y reservado. Pequeños sarcasmos se cuelan a veces en las grietas de su reticencia como penetrantes dardos inmersos en el veneno de un hondo pozo interior. Aunque en ocasiones ambos aparecemos los domingos en la misma iglesia bíblica local de pulpito y bancas (la Quincuagésima Quinta Comunidad Independiente de San Juan Bautista, como nos gusta llamarla), podría asegurarse que él no se siente muy cómodo ahí.
Mack lleva más de treinta y tres años (casi todos felices) casado con Nan. Dice que ella le salvó la vida, y que pagó un alto precio por eso. Por alguna razón más allá de lo comprensible, ella parece amarlo ahora más que nunca, aunque tengo la impresión de que él la hirió cruelmente en sus primeros años. Supongo que así como la mayoría de nuestras heridas proceden de nuestras relaciones, lo mismo sucede con nuestra curación, y sé que la gracia rara vez tiene sentido para quienes miran desde afuera.
Como sea, Mack encajó. Nan es la argamasa que mantiene unidos los mosaicos de su familia. Mientras que él ha batallado en un mundo con muchos matices de gris, el de ella es más blanco y negro. El sentido común se hace presente en Nan con tanta naturalidad que ni siquiera se da cuenta del don que es. Formar una familia le impidió cumplir su sueño de ser doctora, pero como enfermera ha destacado y obtenido considerable reconocimiento por su trabajo preferido con pacientes de oncología en etapa terminal. Mientras que la relación de Mack con Dios es amplia, la de Nan es profunda.
Los miembros de esta pareja curiosamente acoplada son padres de cinco chicos inusualmente bellos. A Mack le gusta decir que sacaron de él su buen aspecto, “porque Nan aún conserva el suyo”. Dos de los tres muchachos ya no viven en casa: Jon, recién casado, trabaja en ventas en una compañía local, y Tyler, recién egresado de la universidad, sigue en la escuela, estudiando una maestría. Josh y una de las dos mujeres, Katherine (Kate), aún viven en casa, y asisten a la universidad de la comunidad local. Y luego está la última en llegar, Melissa, o Missy, como nos gustaba decirle. Ella… Bueno, en estas páginas conocerás mejor a algunas de estas personas.
Los últimos años han sido… cómo decirlo… muy peculiares. Mack ha cambiado;
ahora es aún más especial y diferente que antes. En todo el tiempo que llevo de conocerlo, ha sido un alma muy gentil y bondadosa; pero desde su estancia en el hospital hace tres años, es… bueno, todavía más amable. Se ha convertido en una de esas raras personas en absoluta paz con la vida. Y con él me siento en paz como con ningún otro. Cuando nos despedimos, siento como si acabara de tener la mejor conversación de mi existencia; aun si, como de costumbre, corrió principalmente por mi cuenta. Y respecto a Dios, Mack ya no sólo es amplio; ha llegado muy hondo. Pero la zambullida le costó caro.
Estos días son muy diferentes a los de hace siete años, cuando la Gran Tristeza entró a su vida y él casi dejó de hablar por completo. Entonces, y durante casi dos años, dejamos de andar juntos, como por mudo y mutuo acuerdo. Yo lo veía apenas ocasionalmente en la tienda local de comestibles, o más rara vez aun, en la iglesia; y aunque por lo general intercambiábamos un cortés abrazo, no hablábamos de casi nada importante. A él le costaba trabajo incluso mirarme a los ojos; tal vez no quería empezar una conversación que pudiera volver a abrir la herida de su lastimado corazón.
Pero todo cambió después de un terrible accidente con… ¡Ahí voy de nuevo!, adelantándome. Llegaremos a todo eso a su debido tiempo. Baste decir que estos últimos años parecen haberle devuelto la vida a Mack, y le quitaron la carga de la Gran Tristeza. Lo que sucedió hace tres años cambió totalmente la melodía de su vida, y es una canción que ardo en deseos de tocar para ti.
Aunque es bastante bueno para la comunicación verbal, a Mack no le satisface su habilidad para escribir, algo que sabe me apasiona. Así que él me preguntó si yo escribiría en su nombre esta historia, su historia, “para los chicos y para Nan”. Quería una narración que no sólo le ayudara a manifestarles la profundidad de su amor, sino que también les ayudara a ellos a entender lo que había ocurrido en el mundo interior de él. Conoces ese lugar: es donde estás tú solo, y tal vez Dios, si crees en él. Claro que Dios podría estar ahí aun si no crees en él. Esto no sería nada raro. No por nada se le ha llamado el Gran Entrometido.
Lo que estás a punto de leer es algo que ponerlo en palabras nos llevó muchos meses a Mack y a mí. Tiene algo… bueno, no… tiene mucho de fantasía. Si algunas partes son ciertas o no, no soy quién para juzgarlo. Baste decir que aunque algunas cosas podrían no ser científicamente comprobables, pueden ser ciertas de todas maneras. Te diré con honestidad que formar parte de esta historia me ha afectado muy en lo profundo, en lugares donde nunca había estado ni sabía que existían; te lo confieso: nada me gustaría más que el hecho de que todo lo que Mack me contó sea cierto. Casi siempre concuerdo con él; pero otras veces -cuando el mundo visible del concreto y las computadoras parece ser el mundo real- pierdo contacto y tengo mis dudas.
Un par de advertencias finales: Mack quisiera que sepas que si esta historia cae en tus manos y te desagrada, él te diría: “Lo siento… pero no fue escrita principalmente para ti”. Aunque podría ser que sí… Lo que estás por leer es lo que Mack pudo recordar mejor de lo que pasó. Es su historia, no la mía; así que en las pocas ocasiones en que aparezco, hablaré de mí en tercera persona, desde el punto de vista de Mack.
La memoria es engañosa a veces, en especial con un accidente, de modo que no me sorprendería mucho que, pese a nuestro concertado esfuerzo de veracidad, algunos errores de hechos y recuerdos imperfectos se reflejaran en estas páginas.
No son intencionales. Te aseguro que conversaciones y sucesos se han registrado aquí tan verídicamente como Mack los recuerda, así que, por favor, deja pasar algunas cosas. Como verás, éstas no son cosas de las que sea nada fácil hablar.
-Willie
Confluencia de caminos
“Se abrieron dos caminos en mi vida”, oí decir a un hombre sabio; “opté por el que menos se transita, y eso significó la diferencia a diario.”
-Larry Norman (con disculpas para Robert Frost)
Marzo desató lluvias torrenciales tras un invierno anormalmente seco. Luego, de Canadá descendió un frente frío, prolongado por vientos turbulentos que rugieron Barranca abajo desde el este de Oregon. Aunque era indudable que la primavera estaba a la vuelta de la esquina, el dios del invierno no querría renunciar sin pelear a su dominio arduamente conquistado. Un manto de nieve fresca cubría las Cascadas y la lluvia se congelaba al chocar con el suelo gélido fuera de la casa, razón suficiente para que Mack se hubiera acurrucado con un libro y una sidra caliente, envuelto en el calor de una hoguera crepitante.
Por el contrario, pasó casi toda la mañana teletransportándose desde su computadora central. Cómodamente sentado en el despacho de su casa, vestido con el pantalón de pijama y una camiseta, hizo sus llamadas de ventas, la mayoría a la Costa Este. Con frecuencia hacía pausas para escuchar la lluvia cristalina tintinear en su ventana y ver engrosarse afuera, sobre todas las cosas, la lenta pero constante acumulación de nieve. Para su deleite, estaba a punto de quedar inexorablemente atrapado en casa, prisionero del hielo.
Hay algo jubiloso en las tormentas que interrumpen la rutina diaria. La nieve o la lluvia glacial te liberan de pronto de expectativas, exigencias de rendimiento y la tiranía de las citas y la agenda. Y a diferencia de la enfermedad, es una experiencia más colectiva que individual. Casi puede oírse un unificado suspiro emerger de la ciudad cercana y el campo circundante, donde la Naturaleza ha intervenido para dar respiro a los fatigados seres humanos que se afanan dentro de sus confines. Todos los así afectados están unidos por una mutua excusa, y el corazón se siente súbita e inesperadamente mareado. No harán falta disculpas por no haberse presentado en un compromiso u otro. Todos entienden y comparten esta justificación singular, y el repentino alivio de la presión para producir llena de dicha el corazón.
Claro que también es cierto que las tormentas interrumpen los negocios, y aunque unas cuantas compañías ganan un extra, otras pierden dinero, lo cual quiere decir que hay a
quienes no les hace gracia que todo cierre temporalmente. Pero no pueden culpar a nadie de su pérdida de producción, o de no llegar a tiempo a la oficina. Y aun si esto difícilmente dura más de uno o dos días, cada individuo se siente de algún modo amo de su mundo, por el simple hecho de que esas gotitas de agua se congelan al tocar el suelo.
Aun las actividades comunes se vuelven extraordinarias. Las decisiones de rutina se convierten en aventuras, y suelen experimentarse con una sensación de acentuada claridad. Ya avanzada la tarde, Mack se arropó y se encaminó afuera, para recorrer con gran esfuerzo los noventa metros de la larga entrada hasta el buzón. El hielo había transformado mágicamente esa simple tarea cotidiana en una correría contra los elementos: el levantamiento de su puño en oposición a la fuerza bruta de la naturaleza, y en un acto de desafío, una carcajada en su cara. El hecho de que nadie fuera a notarlo o a interesarse importaba poco para él; la sola idea de ese acto lo hizo sonreír por dentro.
Las bolitas de lluvia helada herían sus mejillas y sus manos mientras se abría cuidadoso paso por las leves ondulaciones de la entrada del auto; parecía, supuso, un marinero borracho en cautelosa dirección al siguiente tugurio. De cara a la fuerza de una tormenta de hielo, no avanzas precisamente con osadía, en demostración de una desaforada seguridad en ti mismo. Te golpeará una ráfaga violenta. Mack tuvo que pararse dos veces sosteniéndose en sus rodillas antes de poder abrazarse por fin al buzón, como a un amigo perdido hace mucho tiempo.
Hizo una pausa para contemplar la belleza de un mundo sumergido en cristal. Todo reflejaba luz, y contribuía a la intensa brillantez de las últimas horas de la tarde. Los árboles del jardín del vecino se habían puesto mantos traslúcidos, y cada cual parecía único, aunque uniformado en su presentación. Aquel era un mundo glorioso, y por un breve instante su luciente esplendor casi quitó, así fuese apenas unos segundos, la Gran Tristeza de los hombros de Mack.
Se necesitó casi un minuto completo para desprender el hielo que ya sellaba la puerta del buzón. El premio a los esfuerzos de Mack fue un sobre con sólo su nombre propio mecanografiado en el exterior, sin estampilla ni matasellos ni dirección del remitente. Mack arrancó, curioso, una de las orillas del sobre, lo cual no fue tarea fácil, con dedos que empezaban a entumirse por el frío. Tras volver la espalda al viento impetuoso, al fin logró sacar de su nido el pequeño rectángulo de papel sin doblar. El mecanografiado mensaje decía simplemente:
Mackenzie:
Ya ha pasado un tiempo. Te he extrañado.
Estaré en la cabaña el próximo fin de semana si quieres que nos reunamos.
-Papá
Mack se entiesó, invadido por la náusea, mudada con igual rapidez en enojo. Con toda intención pensaba en la cabaña lo menos posible, y cuando lo hacía, sus pensamientos no eran gratos ni buenos. Si ésta era la idea de alguien de una broma pesada, se había pasado de la raya. Y firmar “Papá” sólo hacía todo más horripilante.
“¡Idiota!”, gruñó Mack, pensando en Tony, el cartero, un italiano muy amable, con gran corazón pero poco tacto. ¿Por qué se había tomado la libertad de dejar ahí un sobre tan ridículo? Ni siquiera tenía estampilla. Molesto, Mack se metió el sobre y la nota en el bolsillo del abrigo y se volvió para emprender

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