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La caza del Octubre Rojo – Clancy, Tom

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Por centésima vez Ramius se dijo que Putin era el perfecto oficial político. Su voz sonaba siempre demasiado fuerte, su
humor era demasiado afectado. Jamás permitía a nadie olvidar quién era él. El perfecto oficial político, Putin, era un
hombre temible.

Ramius se puso de pie y movió el dial en su combinación de tres elementos. Putin hizo otro tanto y el comandante giró la
palanca para abrir la puerta circular de la caja de seguridad. En su interior había un sobre de papel color madera y cuatro
libros de claves de cifrado y coordenadas de objetivos para misiles. Ramius retiró el sobre, luego cerró la puerta e hizo
girar los dos diales antes de volver a sentarse.
—Veamos, Iván, ¿qué supone usted que nos mandan hacer nuestras órdenes? —preguntó teatralmente Ramius.
—Nuestro deber, camarada comandante —sonrió Putin.
—Naturalmente. —Ramius rompió el sello de cera del sobre y extrajo la orden de operaciones de cuatro páginas. La leyó
rápidamente. No era complicada.
—Y bien, debemos dirigirnos a la cuadrícula 54-90 y reunirnos con nuestro submarino de ataque V. K. Konovalov. Ése es el
nuevo buque que tiene bajo su mando el capitán Tupolev. Usted conoce a Viktor Tupolev, ¿no? Viktor nos protegerá de
los imperialistas intrusos, y nosotros cumpliremos un tema de cuatro días de seguimiento, mientras él nos da caza… si
puede —bromeó Ramius—. Los muchachos de la dirección de submarinos de ataque todavía no han resuelto cómo seguir
nuestro nuevo sistema de impulsión. Bueno, tampoco lo harán los norteamericanos. Nosotros debemos limitar nuestras
operaciones a la cuadrícula 54-90 de la parrilla y las cuadrículas vecinas que la rodean. Eso tendría que hacer un poquito
más fácil la tarea de Viktor.
—¿Pero usted no le permitirá que nos encuentre?
—Por supuesto que no —resopló Ramius—. ¿Permitirle? Viktor ha sido alumno mío. No se da nada al enemigo, Iván, ni
siquiera en un ejercicio. ¡Con toda seguridad que los imperialistas tampoco lo harían! Mientras él trata de encontrarnos
está practicando a la vez para encontrar sus submarinos lanzamisiles. Creo que tendrá una buena probabilidad de
localizarnos. El ejercicio está limitado a nueve cuadrículas, cuarenta mil kilómetros cuadrados. Veremos qué ha aprendido
desde que estuvo a nuestras órdenes… ¡Ah!, es cierto, usted no estaba conmigo entonces. Aquello fue cuando
comandaba el Suslov.
—¿Me parece ver cierta decepción?

Ramius vio en el rostro un relámpago de comprensión, luego se oscureció. Se agachó para tomar el pulso de Putin.
Pasaron casi dos minutos hasta que el corazón se detuvo completamente. Cuando Ramius estuvo seguro de que su oficial
político había muerto, tomó la tetera de la mesa y derramó una parte de su contenido sobre el piso, cuidando que algo
cayera sobre los zapatos del hombre.
Después alzó el cuerpo, lo depositó sobre la mesa de la cámara de oficiales y abrió bruscamente la puerta.
—¡Doctor Petrov a la cámara de oficiales de inmediato!
El oficial médico del buque se hallaba a sólo unos pocos pasos hacia popa. Petrov llegó en contados segundos, junto con
Vasily Borodin, quien había corrido desde la sala de control.
—Se resbaló en el piso donde yo había derramado mi té —jadeó Ramius, mientras simulaba un intenso masaje sobre el
pecho de Putin—. Traté de evitar que se cayera, pero se golpeó la cabeza contra la mesa.
Petrov apartó a un lado al comandante, hizo girar el cuerpo y se subió a la mesa para arrodillarse encima. Le desgarró la
camisa, luego controló los ojos de Putin. Ambas pupilas estaban fijas y agrandadas.
El doctor palpó la cabeza del hombre, descendiendo con sus manos hacia el cuello. Allí se detuvieron haciendo presión. El
doctor movió lentamente la cabeza a uno y otro lado.
—El camarada Putin está muerto. Tiene el cuello roto. —Las manos del médico se aflojaron y luego cerró los ojos del
zampolit.

Ramius se incorporó dejando escapar un largo suspiro, ya con el rostro compuesto.
—El camarada Putin era un buen compañero de a bordo, un leal miembro del partido y un excelente oficial. —Por el
rabillo del ojo notó que los labios de Borodin hacían un expresivo gesto—. ¡Camaradas, continuaremos nuestra misión!
Doctor Petrov, lleve el cuerpo de nuestro camarada al congelador. Esto es… grotesco, lo reconozco, pero él merece, y lo
tendrá, un honroso funeral militar, con la presencia de sus compañeros de a bordo, como debe ser, cuando regresemos a
puerto.
—¿Será informado de esto el comandante de la flota? —preguntó Petrov.
—No podemos. Tenemos órdenes de mantener un estricto silencio de radio. —Ramius entregó al doctor un juego de
órdenes de operaciones que acababa de sacar del bolsillo. No eran las que había extraído de la caja de seguridad—.
Página tres, doctor.
Los ojos de Petrov se agrandaron mientras leía la directiva operacional.
—Yo hubiera preferido informar esto pero nuestras órdenes son explícitas: después de habernos sumergido, ninguna
transmisión de ninguna clase, por ninguna causa. —Petrov devolvió al comandante los papeles—. Es una lástima, nuestro
camarada hubiera deseado eso. Pero órdenes son órdenes.
—Y las cumpliremos fielmente.
—Putin no lo habría querido de otra manera —coincidió Petrov.
—Borodin, controle: de acuerdo con lo establecido en los reglamentos, voy a quitar del cuello del camarada oficial
político su llave de control de misiles —dijo Ramius, mientras se metía en el bolsillo la cadena y la llave.
—Soy testigo y lo anotaré en el libro de navegación —dijo con tono grave el oficial ejecutivo.
Petrov llamó a su ayudante enfermero. Juntos cargaron el cadáver y lo llevaron hacia popa, a la enfermería, donde lo
introdujeron en una bolsa especial. Luego el enfermero y un par de marineros lo llevaron de nuevo hacia proa,
atravesaron la sala de control y entraron en el compartimiento de misiles. El acceso a la congeladora se hallaba en la
cubierta inferior de misiles y los hombres hicieron pasar el cadáver por la puerta. Mientras dos cocineros retiraban
alimentos para hacerle lugar, el cuerpo fue depositado reverentemente en un rincón. Hacia popa, el doctor y el oficial
ejecutivo hacían el inventario de los efectos personales, una copia para el archivo médico de la nave, otra para el libro de
navegación, y una tercera para una caja que fue sellada y guardada con llave en la enfermería.
Más cerca de proa, Ramius se hizo cargo del mando en una deprimida sala de control. Ordenó que el submarino tomara
un rumbo de dos-nueve-cero grados, oeste-noroeste. La cuadrícula 54-90 se hallaba hacia el este.
EL SEGUNDO

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