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Libro PDF La chocolateria mas dulce de París – Jenny Colgan

La chocolateria mas dulce de París - Jenny Colgan

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chocolaterías y bombonerías
artesanales. Mi preferida es una que se
llama Patrick Roger, en la rue du
Faubourg Saint-Honoré. Recomiendo
calurosamente una visita y probar su
chocolate caliente, no importa la
estación del año. El dueño es Patrick,
que da nombre al establecimiento, un
tipo de cabellos rizados, ojos
chispeantes y cara de pillo.
Este libro no es sobre ninguna de esas
chocolaterías en concreto, sino sobre el
principio de que, cuando la gente dedica
toda su vida a una sola cosa que ama de
verdad y que ha aprendido a fondo,
pueden suceder cosas asombrosas.
Alguien dijo que el motivo de que nos
guste tanto el chocolate es que se funde a
la misma temperatura que el interior de
la boca humana.
Los científicos hablan también de que
libera endorfinas y demás, pero al
margen de cualquier explicación —
química o no—, el chocolate es una cosa
maravillosa.
Y no se trata de un capricho femenino.
Yo no puedo entrar en casa ocultando un
paquete de galletas digestivas al
chocolate sin que mi marido las olfatee
y se lance a por ellas. He incluido, pues,
en el libro varias recetas realmente
estupendas. Me gusta pensar que a
medida que me hago mayor soy capaz de
cocinar algo con chocolate en vez de,
bueno, simplemente zampármelo como
por casualidad tan pronto entra en casa
(el chocolate), o sin bajarme del coche.
Cuando hace un tiempo nos mudamos
a Francia (por el trabajo de mi marido),
me sorprendió ver que los franceses se
toman el chocolate tan en serio como
cualquier otro alimento. La Maison du
Chocolat es una cadena de primera
calidad presente en la mayoría de las
ciudades francesas; allí uno puede
charlar con el chocolatier sobre lo que
va a tomar (chocolate y
acompañamiento), tal como hablaríamos
de vino con un sommelier. Yo,
personalmente, soy igual de feliz con
una buena tableta de Dairy Milk o un
Toblerone, que con mi barrita preferida,
Fry’s Chocolate Cream. No es necesario
que algo sea lujoso para disfrutarlo. Ay,
mis hijos han llegado a una edad en que
es inevitable confesar quién les ha
venido robando los Kinder de la bolsa
para fiesta infantil. Chicos, a ver, siento
deciros esto: era papá.
Antes de empezar, quisiera hacer una
observación sobre el idioma. Según mi
experiencia, aprender otro idioma es
dificilísimo, a menos que seas de esas
personas que en un visto y no visto lo
pillan todo. Si ese fuera el caso, yo te
d i r í a ¡buuuuh! (soy yo sacando la
lengua), porque soy muy pero que muy
envidiosa.
Por otra parte, es tradición indicar en
letra cursiva cuando en un libro alguien
habla en un idioma distinto de aquel en
que está escrito. Bien, pues yo he
decidido no hacerlo. Casi todas las
personas con las que Anna habla en
París le contestan en francés, a menos
que yo indique lo contrario. Y ahora tú y
yo pensaríamos, jolín, es absolutamente
impresionante, qué rápido ha aprendido
francés. Es cierto que toma muchas
lecciones con Claire, pero si alguna vez
has intentado aprender otro idioma
sabrás que en clase te sientes más o
menos segura de tus conocimientos, pero
que tan pronto pisas el país en cuestión y
la gente empieza a decirte
«wabbawabbawabbawabbawabbah» a
quinientos mil por hora, te da un ataque
de pánico porque no entiendes ni una
mísera palabra de lo que te están
diciendo. Que es lo que me pasó a mí.
Así que, bueno, ten por seguro que eso
es exactamente lo que le ocurre a Anna,
pero, por aquello de no repetirme hasta
la saciedad y hacerme pesada, he
decidido eliminar los millones de veces
en que ella dice «¿Qué?», o «¿Le
importaría repetírmelo?», o tiene que
consultar el diccionario.
Espero que te guste la novela, y ya me
dirás qué tal salen esas recetas. Bon
appétit!
1
Lo verdaderamente extraño es que
aunque yo supe al momento que algo
andaba mal —y quiero decir muy mal,
algo de verdad grave y muy fuerte; un
insulto para mi cuerpo entero—, no pude
parar de reír. De reír como una
histérica.
Yo estaba allí tumbada, toda cubierta
—mejor dicho, empapada— de
chocolate derramado, y no podía parar
de reír. Ahora había otras caras, algunas
de las cuales creí reconocer, y me
miraban. Ellos no se reían, qué va. De
hecho estaban todos muy serios, lo cual
me pareció todavía más gracioso e hizo
que me desternillara todavía más.
A cierta distancia oí que alguien
decía: «¡Cogedlos!», y alguien más:
«¡Ni hablar! ¡Hazlo tú! ¡Ecs, qué asco!»
Y entonces otra persona, que pensé que
era Flynn, el nuevo aprendiz, dijo: «Voy
a llamar al 911», y otro que le decía:
«No seas idiota, Flynn, es el 999: tú no
eres norteamericano», y alguien
intervenía para decir: «Creo que ahora
ya se puede marcar el 911 porque hay un
montón de idiotas que siguen llamando a
ese número», y alguien sacó su teléfono
y dijo algo de una ambulancia —cosa
que me pareció de lo más cómico—, y
luego otro más (estoy segura de que fue
Del, el gruñón del conserje) dijo: «Ya,
pues seguro que querrán tirar esta
remesa a la basura», y la idea de que
quizá no tiraran a la basura la enorme
cuba de chocolate sino que intentaran
venderla pese a que me había caído toda
encima, me hizo mucha gracia también.
Menos mal que ya no recuerdo nada de
lo que pasó después, aunque más tarde,
ya en el hospital, un sanitario se acercó
para decir que en la ambulancia yo me
había comportado como si estuviera
loca de remate y que a él siempre le
habían dicho que la gente se comporta
raro cuando está en estado de shock,
pero que jamás había conocido un caso
tan súper raro como el mío. Entonces me
vio la cara y dijo: «Ánimo, muñeca,
pronto volverás a reír.» Pero en ese
momento, la verdad, yo no lo tenía nada
claro.
—Oh, vamos, Debs, cariño, si solo es
el pie. Podría haber sido mucho peor.
¿Y si llega a ser la nariz?
Esto se lo decía mi padre a mi madre.
Siempre veía el lado bueno de las cosas.
—Pues le habrían hecho una nariz
nueva. Al fin y al cabo, ella odia la nariz
que tiene.
Esto lo decía mi madre, claro. No se
le da tan bien ver el lado positivo como
a mi padre. Es más, yo la oía sollozar.
Pero por alguna razón mi cuerpo no
quería saber nada de la luz; era incapaz
de abrir los ojos. Me parecía que no era
una simple luz; como si se tratara del sol
o algo así. Quizás estaba de vacaciones.
Pensé que no podía estar en casa; el sol
nunca luce en Kidinsborough, mi pueblo
natal, ganador durante tres votaciones
seguidas del premio al peor pueblo de
Inglaterra, hasta que presiones políticas
lograron quitar de antena aquel
programa de televisión.
Dejé de oír a mis padres, como si
alguien hubiera girado el dial de la
radio. Yo no tenía ni idea de si estaban
realmente allí. Sabía que no me estaba
moviendo, pero tenía la sensación de
estar agitándome todo el tiempo,
atrapada en una cárcel con forma de
cuerpo en la que alguien me había
metido. Podía gritar, pero nadie podía
oírme; intenté moverme y no pasó nada.
El resplandor viraba a negro y luego
otra vez al sol y nada tenía el menor
sentido mientras yo soñaba —o vivía—
grandes pesadillas sobre dedos de los
pies y sobre padres que de repente
desaparecían y si me estaba volviendo
loca y si en realidad no habría soñado
mi otra vida, esa en la que yo me
llamaba Anna Trent, edad treinta años,
de profesión probadora en una fábrica
de chocolate.
Bueno, ya que estamos, he aquí mis
respuestas a las diez mejores preguntas
sobre «probadora en una fábrica de
chocolate» que suelen hacerme en
Faces, el club al que vamos siempre. No
es un local muy bonito, pero los otros
son mucho peores todavía:
1. Sí, os regalaré unas muestras.
2. No, no estoy tan gorda como sin
duda esperabais.
3. Sí, es exactamente como en
Charlie y la fábrica de chocolate.
4. No, nadie ha hecho caca nunca en
la cuba.1
5. No, eso no me convierte en una
persona muy popular, ya que tengo
treinta años, no siete.
6. No, no me entran arcadas cuando
me enseñan chocolate; yo es que
adoro el chocolate, pero si te sientes
mejor pensando que tu empleo es
mejor que el mío, allá tú.
7. Oh, qué interesante que debajo
del calzoncillo tengas algo más
sabroso aún que el chocolate. (N.B.:
Me gustaría ser lo bastante valiente
para decir eso, pero por regla general
me limito a hacer una mueca y mirar
para otro lado. Cath, mi mejor amiga,
suele salir rápidamente al quite. A
veces incluso les baja los calzoncillos.)
8. Sí, les pasaré tu sugerencia de un
chocolate con sabor a
cacahuete/cerveza/vodka/mermelada,
pero dudo que nos hagamos tan ricos
como tú crees.
9. Sí, sé hacer chocolate de verdad,
aunque en Brader’s Family Chocolates
se procesan todos de manera
automática en una enorme cuba, y yo
de hecho soy solo una especie de
supervisora. Ojalá mi cometido fuera
un poco más complejo, pero los jefes
dicen que a nadie le gusta que le
toquen los chocolates, que deben
mantener siempre el mismo sabor y
durar un montón. O sea que en
realidad se trata de un proceso
sintético.
10. No, qué va a ser el mejor empleo
del mundo. Pero es el mío y me gusta.
Bueno, me gustaba, hasta que dejé de
trabajar allí.
Después normalmente suelo decir, un
cubalibre de ron, gracias por preguntar.
—Anna.
Había un hombre

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