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La ciudad de los libros prohibidos - Maribel Carvajal

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Personajes principales
Otón: emperador romano (15 de enero-16 de abril
de 69 d. C.), gobernador de La Lusitania.
Galba: emperador romano (8 de junio de 68 d.
C.-15 de enero de 69 d. C.) gobernador de La
Tarraconensis.
Furnio: senador y duunviro de Augusta Emerita.
Arria Pale: patricia de Augusta Emerita y
esposa de Furnio.
Marcia: hija de Furnio y Arria Pale.
Diophanes: médico de Augusta Emerita, liberto
de Furnio, originario de Tracia.
Cornelio Severo: flamen provincial de La
Lusitania, miembro del concilio provincial y
senador de Augusta Emerita.
Capito: abogado e hijo de Cornelio Severo.
Sulpicio Superster: miembro del concilio
provincial y antiguo duunviro de Metellinum.
Calpurnia: esposa de Sulpicio Superster.
Pompeyo Prisco: senador asesinado de
Augusta Emerita.
Sabina: esposa de Pompeyo Prisco y creadora
de la asociación de mujeres de la colonia.
Pompeyo y Marciano: hijos de Pompeyo
Prisco que viven en Roma.
Servilio Modesto: procurador de La Lusitania
que llega a Augusta Emerita a sustituir a Cassio.
Polonia: esposa de Servilio Modesto.
Cassio: procurador de La Lusitania, destituido
por Nerón.
Terencio: empresario con la concesión de
explotación de las canteras de mármol de Ebora.
Aulo Gayo: maestro escultórico itálico con
renombre y despacho en Augusta Emerita.
Demetrio: maestro escultórico con taller en
Augusta Emerita y presidente de la Asociación de
las Artes.
Halys: liberto imperial que llega a Augusta
Emerita con la orden de Nerón de crear una
biblioteca.
Euterpe: liberta imperial esposa de Halys.
Ploto: antiguo flamen provincial de La
Lusitania originario de Olisippo.
Valerio Hymino: senador y duunviro de
Augusta Emerita.
Lorenza: esposa de Valerio Hymino.
Tito Emilio: senador y edil de Augusta Emerita.
Julia: esposa de Tito Emilio.
Marco Emilio: hijo de Tito Emilio.
Claudia: novia de Marco Emilio y amiga de
Marcia.
Cayo Voconio: senador y edil de Augusta
Emerita.
Antestio Persico: senador de Augusta Emerita
y empresario de caballos.
Emiliano Paculo: senador de Augusta Emerita.
Ulpio Rufo: senador de Augusta Emerita.
Manlio Celio: senador de Augusta Emerita.
Antonio Murena: senador de Augusta Emerita.
Lucio Fabio: senador de Augusta Emerita.
Quinto Julio: senador de Augusta Emerita.
Silano Anso: empresario de Olisippo.
Abelardo Aldo Cecilio: nuevo procurador que
sustituye a Servilio Modesto.
Fabiana: esposa de Abelardo Aldo Cecilio.
Faustina, Felicia y Clementina: hijas de
Abelardo Aldo Cecilio y Fabiana.
1
Sucesos inquietantes
«Buscamos ese espacio interno en el que
descansar junto
a nuestros secretos. Su hallazgo nos hace
poseedores
de un gran tesoro, nuestra morada».
Las calendas de marzo se mostraron levantiscas
aquel año en el que habría de morir Nerón.
Representaban días de buenos presagios, mas
nunca deben otorgarse certezas absolutas, pues
burda ignorancia devienen tales aseveraciones.
Así lo cantaron los poetas, en aforismos los
filósofos: el destino, como los dioses caprichosos
que desatienden las leyes de los mortales, ni
obedece sus deseos ni sus llantos consuela.
El duunviro Sexto Furnio Juliano se sintió en
paz cuando la expedición de la que formaba parte,
procedente de Roma, atravesó la puerta norte de la
muralla en fecha tan señalada como el inicio del
mes de marzo, aunque solo una semana después se
desbarataría su placidez al comprobar la rebeldía
de los hados, pues vientos de guerra y muerte
llegaban a Augusta Emerita para quedarse,
aunando la suerte de quienes se hallaban ligados a
ella. Recuperadas las gastadas fuerzas del viaje a la
gran urbe y cumplimentadas las visitas de rigor a
las que se debía un gobernante local, una semana
después de su vuelta a la colonia, Furnio
emprendía su rutina. Apenas los rayos de sol
clarearon la oscuridad de la alcoba, se colocó la
túnica con bandas púrpuras propia de los
magistrados y, tras rodear el atrio, llegó hasta los
baños asistido por un enjambre de esclavos que
revoloteaban hacía tiempo por la casa.
La domus de Furnio había sido comprada por su
padre a los Tutilio Pontiano, familia que participó
en la fundación de la colonia y que había poseído
propiedades en La Bética y La Lusitania, aunque
más tarde vinieron a menos. Su padre y el de
Cornelio Severo emigraron desde Roma a Emerita
a comienzos del gobierno de Tiberio. Ambos
contaban pocos años por aquel entonces, pero en
estos momentos se consideraban tan emeritenses
como los de nacimiento y se sentían tan
hermanados como los de sangre.
La domus del duunviro estaba situada a la
izquierda de la puerta del puente y había terminado
por adosarse a la muralla de la colonia. La puerta
principal conducía a un vestíbulo con bancos de
piedra entre los que se intercalaban estatuas de
mármol de las canteras de Macael, en La Bética,
caracterizadas por la pureza de su tono blanco. Su
pavimento lo formaba un enorme mosaico con
formas geométricas. El vestíbulo daba paso a la
pieza central de la casa, el atrio, un patio
porticado rodeado por un corredor desde el que se
distribuían las diferentes estancias de la vivienda
y que constaba de un peristilo en su parte anterior
y un altar doméstico en el fondo. Un magnífico
estanque y un pozo ocupaban el centro y,
envolviendo todo el conjunto, hermosas pinturas al
fresco cubrían las paredes del corredor.
Tras la reforma realizada por Furnio, la casa
destacaba por su doble altura y, sobre todo, por
ser de las primeras en tener baños privados y
tuberías de plomo.
Furnio se aseó brevemente, acostumbraba a
lavarse con más esmero en las termas, luego se
dirigió al altar doméstico. Antes de cumplir con
los dioses Lares y Penates, espíritus protectores de
la vivienda, Furnio llamó al nomenclátor, un
esclavo de confianza que recibía diariamente a los
clientes que acudían a saludar a su señor a primera
hora de la mañana.
—En breve llegarán los clientes y los deudores.
Que permanezcan en el vestíbulo. Necesito ver a
solas a Diophanes. En cuanto llegue, que pase al
atrio.
Lucio Furnio Diophanes había sido esclavo de
Furnio, lo manumitió a la edad de tres años junto a
su padre, dos semanas después de ser aceptados
entre su servidumbre, en gratitud por haber curado
a su primogénita de unas fiebres, perdida ya toda
esperanza de salvación. El padre de Diophanes y
él mismo formaban parte de la gran herencia
recibida por Furnio de su tío Cayo Furnio
Arruntio, muerto en Roma en pleno florecimiento
de sus negocios de aceite y vino y al que se le
auguraba una brillante carrera política. El padre
de Diophanes ya era médico cuando la pérdida de
una guerra contra Roma lo convirtió en esclavo,
profesión que continuaría realizando pese a su
privación de libertad dados sus excelentes
conocimientos. Diophanes había seguido la misma
carrera que su padre. Y era considerado, junto a
Publio Sertorio Niger, el mejor médico de que
disponía la colonia. Tras la muerte de su padre,
Diophanes seguía visitando a Furnio y prestándole
servicios médicos en señal de agradecimiento,
como cualquier liberto lo haría con su antiguo
señor.
Furnio terminó de dar instrucciones al
nomenclátor.
—Prepara unas bolsas con cuatro y seis
sestercios para las visitas. Será el donativo de
hoy. Ya sabes a quién entregar una cantidad u otra.
—Estaba disponiendo la comida y la bebida
que ofreceremos a los dioses domésticos —
comentó el nomenclátor.
—Muy bien, cuando termines, ponte con el
donativo.
Furnio se dirigió a la cocina, solía tomar un
desayuno frugal. Comió un pedazo de pan con
queso. Al momento volvió a aparecer el
nomenclátor, Diophanes había llegado, esperaba
en el atrio.
—Que pase a la tablinum y se acomode. Y
tranquilízale, solo tardaré unos minutos. —
Diophanes odiaba perder el tiempo cuando tenía
trabajo.
Tal y como le había adelantado el esclavo, el
señor apenas se demoró unos minutos.
—Buenos días, venerable —auspició
Diophanes al ver a Furnio en el recinto.
—¡Que Vesta nos proteja como protege mi
hogar! —Furnio emitió un sonido largo—. Por
todos los dioses…, mi querido Diophanes, eres
terco como una mula. Ese protocolo que te
empeñas en mantener terminará con mi paciencia.
Me tratas como a un extraño, cuando eres como un
hijo para mí.
—Es respeto, Furnio —respondió Diophanes.
El duunviro cerró los ojos, levantó las cejas y
cabeceó. Gesticulaba revelando incomprensión.
—¿Cómo sigue la salud de nuestros
conciudadanos? —preguntó Furnio, interesándose
por el quehacer del médico.
—Diría yo que a punto de alcanzar su estado
óptimo. Ya sabes, con buena salud, hay mayor
dedicación al trabajo y se produce más, por lo que
auguro una recogida de impuestos memorable.
Nerón en persona se empeñará en felicitarme.
Los dos hombres intercambiaron una sonrisa. El
médico era el de siempre: directo e incansable en
su ataque al gobierno romano.
Furnio comenzó a andar despacio por la
tablinum, entrelazó sus manos a la espalda y
contrajo la frente con gravedad. Después de pasear
en círculo, anunció:
—Ha sido un duro golpe para Emerita el
fallecimiento de Cayo Pompeyo Prisco. Para mí
también. Recibir la noticia de su muerte ha
empañado la felicidad de hallarme de nuevo entre
los míos.

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