---------------

Libro PDF La conversación – Elvira Ashton

La conversación - Elvira Ashton

Descargar Libro PDF La conversación – Elvira Ashton 


conseguía comportarse en cada circunstancia, lo
cierto era que su figura pública era admirada por
las mujeres adultas de la alta sociedad, e incluso
idolatrada por las jóvenes como ejemplo a seguir.
En cuanto a los hombres, bien, ella bailaba y
conversaba con ellos, pero nada más allá del
decoro.
Todo el mundo la creía perfecta, pero todos
aquellos que la conociesen no la reconocerían en
ese momento.
A la verdadera Lady Avery. A Jane.
En ese instante se encontraba sentada de forma
muy poco decorosa sobre los escalones de una
gran mansión londinense, llorando desconsolada
por la muerte de una persona a la que había
amado.
Su criada, la Señora Watson, quien sólo llevaba a
su servicio dos años, estaba estupefacta.
Y Jane no podía pensar.
– Murió anoche, milady.
Sola. Jane dio otro suspiro de desesperación al
recordar las palabras del mayordomo.
Cuando había recibido en Derbyshire la noticia,
había partido inmediatamente hacia Londres, pero
había llegado tarde.
Lady Ariadne Woodrow había muerto a la
avanzada edad de ochenta y seis años, y hacía ya
seis años que no la veía. Se lo habían prohibido.
Y ahora la mujer había muerto sola, por su culpa.
Sola, como ella misma moriría. Sola, como se
encontraba en ese momento.
– Lady Avery, venga conmigo al salón, o se pondrá
enferma… -la señora Watson temía en verdad
que la señorita enfermase, nunca la había visto
expresar tanta emoción. O ninguna en absoluto.
– Déjeme Watson, espéreme fuera…
Jane sabía que tenía poco tiempo para despedirse
de la persona que mejor la había tratado en toda su
vida, enseguida llegarían. Y ella no podía estar
allí.
Se levantó con el poco ánimo que le quedaba, y
asió la barandilla con la determinación que
aquella mujer le había enseñado a tener, pero
entonces alzó la mirada y le vio.
¿Cómo podía ser aún más hermosa?
John Ilya Meyer Lodge, tercer Duque de Allerdale
no había creído que eso fuese posible. Cuando no
había conseguido evitar que su mente la recordase,
ella era una joven morena, de pelo suave como el
hilo más fino, cutis pálido y ojos castaños. Y su
boca…
– Ilya… -la oyó murmurar con voz ronca
producida por el llanto, como si pronunciando su
nombre pudiera espantar su espíritu.
Y oír su nombre en sus labios otra vez…
Ya no la odiaba, la comprendía, pero ahora se
odiaba a sí mismo. Y eso era aún peor.
Oírla llorar por su abuela sobre los escalones le
había roto un alma que ya no creía poseer. Sólo su
entrenamiento como espía había evitado que sus
emociones saltasen por los aires también.
No sabía cómo actuar, y hacía años que eso no le
ocurría.
Y Jane era tan hermosa. Su cuerpo había pasado de
fino a redondeado, y su cara era ya la de una
mujer. Sus ojos anegados en lágrimas eran más
negros, y su boca…
Suspiró. Debía afrontar cada cosa en su momento.
– Lady Avery, quizá debería volver a llamar a su
Señora Watson. Estoy solo en casa…
Pese a que lo hacía por deber, recordó otra vida en
la que ellos habían deseado esa situación en un
millar de ocasiones. Y supo que ella también lo
recordaba.
Y entonces volvió el carácter de Jane, un carácter
que él sabía que había escondido durante los
últimos años.
– ¿Me avisaste tú?
Directa. Nada de importancia en el decoro.
Acusadora. Ahora se daba cuenta de que nunca
dejaría de amarla. Ni siquiera de desearla.
Asintió con la cabeza, pues como siempre le había
ocurrido a ella, no se fiaba de su voz.
– Entonces… ¿No murió sola?
Ilya vio cómo sus ojos se llenaban de nuevas
lágrimas, y cómo ella trataba de contenerse. Y no
quiso que sufriera más, le contestó con la verdad,
y lo que ella estaba esperando.
– No Jane. Yo estaba aquí.
Entonces Lady Avery volvió a llorar, alguien a
quien nadie conocería en ese instante. Salvo él.
CAPÍTULO 1:
– Tenemos que hablar.
– ¿Cómo dice?
– Me temo que debemos tener una conversación…
Jane deseaba con todas sus fuerzas despertar de
aquella pesadilla. Por segunda mañana
consecutiva acudía a Woodrow Place con el
corazón destrozado.
Habían enterrado a Lady Ariadne unas horas antes,
y él le había dicho aquellas palabras.
Ilya. El Duque de Allerdale. Y el hombre al que
había amado más que a su vida. Pero Jane había
vuelto a sujetar sus emociones.
El día anterior, salvo por su concesión de las
últimas horas sobre la muerte de su abuela, él no
había vuelto a bajar la guardia. Ni tampoco lo
había hecho esa misma mañana durante el entierro.
Ella le había observado, y le había sentido como
un apoyo mientras se despedían de Ariadne. Pero
no le había visto perder la compostura, ni mostrar
su pena.
Algunas arrugas surcaban su rostro, pero no en sus
ojos, lo que habría demostrado su alegría innata,
sino en sus mejillas y frente, lo que databa más
bien su madurez y severidad. Seguía tan imponente
como siempre, alto y de cuerpo enorme, mostrando
así su ascendencia rusa por parte de madre, su
pelo rubio casi tan blanco como la nieve, sus ojos
fríos como el hielo. Y su boca, antaño alegre y
amable, se mantenía en un rictus severo y formal.
“Debemos tener una conversación”.
Jane llamó a la puerta mientras despedía a una
asombrada Señora Watson.
– Milady, me parece del todo indecoroso…
Ahí estaba esa palabra. Dirigida a ella, la reina
del decoro. Pues bien, ella ya no era una joven
inocente de veinte años. En realidad nunca lo
había sido.
– Señora Watson, me consta que desea usted
conservar su empleo…
Le dijo con su mirada más severa.
Nadie discutía nunca las decisiones de Lady
Avery. La criada la miró con timidez.
– Desde luego, milady.
– Vuelva al hotel, volveré lo antes posible.
Vio marcharse a la mujer con cierto pesar. Odiaba
tratar así a la gente. Pero había tenido que
aprender a hacerlo.
Le abrió la puerta el mismísimo Duque de
Allerdale.
– Lady Avery, ¿De nuevo prescindiendo de su
carabina?
Jane miró a Allerdale para ver si algo en su gesto
demostraba la ironía de su voz, pero no fue así. Él
seguía con su máscara de insensibilidad. A eso
podía jugar.
– ¿Abriendo usted la puerta, Lord Allerdale?
Él la dejó pasar sin responder a su pulla, y la
ayudó a deshacerse de su abrigo y su sombrero. Él
le rozó la piel del cuello con un dedo y ella se
apartó. Había sido un movimiento sin intención,
pero le había llegado al corazón. Debía tener
cuidado.
– ¿Me acompaña al salón? He pedido que sirvan
té.
Jane le siguió por el pasillo que tantas veces había
recorrido en su compañía y la de su propio
hermano, casi esperando encontrar a Lady Ariadne
al final de este, esperándoles sonriente en su sofá.
Pero ella no estaba allí.
En cambio un fuego crepitaba en la lumbre, y los
sillones habían sido colocados junto a él.
– Yo también la echo de menos.
Jane no se había dado cuenta de que se había
quedado parada en el umbral de la habitación. Y
Allerdale la estaba mirando.
Ilya.
– ¿Qué hago aquí, Lord Allerdale? -preguntó
recuperando la compostura y entrando en el
salón.
Las luces de los ventanales iluminaban la estancia,
que era de un tamaño algo más pequeño de como
lo recordaba, más aún con él allí ocupándolo todo,
como antes, como siempre.
Allerdale le lanzó una mirada cínica.
Él también se preguntaba qué hacía ella allí. Hacía
seis años que no la veía, y al menos diez que había
decidido olvidarla, pero sin embargo había sido él
quien había organizado esa reunión.
Se dijo que lo hacía por el bien de ella, aunque no
sabía por qué le importaba el bienestar de Jane.
Maldita fuese.
Decidió ir al grano de una vez, se lo debía al
menos a su abuela. Y además, no podía permitirse
otro desliz, como decirle que él también se sentía
destrozado por la muerte de Ariadne.
La miró para cruzarse con los ojos firmes y
oscuros de ella.
– Será mejor que se siente, Lady Avery.
Ella dudó por un instante, recordándole a él de
nuevo su espíritu indómito, pero al final tomó
asiento junto al fuego.
– Seguramente escuchó a mis primos en el
funeral…
Esos lobos. Jane sabía que en la familia Meyer
todos tenían un título, pero a cuál más necesitado
de dinero. Lo sabía de sobra. Le miró. Le sonaba
demasiado extraño oírle tratarla con tanta
educación. Pero ella le estaba tratando igual, así
que supuso que se lo merecía. Asintió con la
cabeza.
– El testamento. -añadió.
Maldito dinero.
– Así es…
Ilya se volvió entonces hacia el fuego. Ni él mismo
podía creerlo, pero era cierto, lo había visto con
sus propios ojos, y ella merecía saberlo antes que
todo el mundo.
– Dígamelo Lord Allerdale…
Se giró para mirarla. Por una ironía del destino el
dinero había sido el encargado de separarlos, y
ahora que él era rico, el dinero les volvía a unir.
Ella era tan hermosa, y tan única…
Y nunca le había amado. No de verdad. No lo
suficiente.
Volvía a estar enfadado. No pensaba dejarse llevar
por las emociones, viviría el presente. Paso a
paso.
– Verá Lady Avery, mi querida abuela, Lady
Ariadne Woodrow, le ha dejado a usted toda su
herencia.
Jane se dio cuenta de que había dejado de respirar
porque se mareó un poco. ¿Su herencia? ¿A ella?
¿Una rica heredera que nunca necesitaría ayuda de
nadie? No lograba entenderlo.
– Veo que usted tampoco lo sabía…
Jane le miró sintiéndose insultada.
– Por supuesto que no. Debe haber algún error…
Él negó con la cabeza.
– Todavía hay más…
Los ojos de Jane se abrieron con sorpresa, y a Ilya
casi le dieron ganas de agradecer a su abuela su
loca decisión. Casi. Y sólo porque deseaba a Jane
tanto como necesitaba respirar.
– Verá Lady Avery… -Jane oyó su nombre como
un claro distanciamiento de él de lo que una vez
tuvieron. -Mi abuela le deja toda su herencia con
el único requisito de que usted se convierta en mi
esposa.
CAPÍTULO 2:
6 años antes…
– No puedo permitir que vuelvas a esa casa… -su
hermano Connor, quien

Web del Autor

Pagina Oficial

Si no sabes descargar mira este video tutorial

[sociallocker]
[popfly]

Descargar 

Leer en online
[/popfly] [/sociallocker]

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

---------