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Libro PDF La crisis del mundo moderno René Guénon

La crisis del mundo moderno  René Guénon

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que, puesto que el error no tiene en suma más que
un modo de existencia puramente negativo, el error
absoluto no puede encontrarse en ninguna parte y
no es más que una palabra vacía de sentido. Si se
consideran las cosas de esta manera, uno se
apercibe sin esfuerzo de que esta preocupación del
«fin del mundo» se relaciona estrechamente con el
estado de malestar general en el cual vivimos al
presente: el presentimiento obscuro de algo que
está efectivamente a punto de acabar, agitándose
sin control en algunas imaginaciones, produce en
ellas naturalmente representaciones desordenadas,
y lo más frecuentemente groseramente
materializadas, que, a su vez, se traducen
exteriormente en las extravagancias a las que
acabamos de hacer alusión. Esta explicación no es
una excusa en favor de éstas; o al menos si se
puede excusar a aquellos que caen
involuntariamente en el error, porque están
predispuestos a ello por un estado mental del que
no son responsables, eso no podría ser nunca una
razón para excusar el error mismo. Por lo demás,
en lo que nos concierne, ciertamente no se nos
podrá reprochar una indulgencia excesiva al
respecto de las manifestaciones
«pseudoreligiosas» del mundo contemporáneo,
como tampoco al respecto de todos los errores
modernos en general; sabemos incluso que algunos
estarían más bien tentados de hacernos el reproche
contrario, y lo que decimos aquí quizás les hará
comprender mejor cómo consideramos estas
cosas, esforzándonos en colocarnos siempre en el
único punto de vista que nos importa, el de la
verdad imparcial y desinteresada.
Eso no es todo: una explicación simplemente
«psicológica» de la idea del «fin del mundo» y de
sus manifestaciones actuales, por justa que sea en
su orden, no podría pasar a nuestros ojos como
plenamente suficiente; quedarse ahí, sería dejarse
influenciar por una de esas ilusiones modernas
contra las que nos elevamos precisamente en toda
ocasión. Algunos, decíamos, sienten confusamente
el fin inminente de algo cuya naturaleza y alcance
no pueden definir exactamente; es menester admitir
que en eso tienen una percepción muy real, aunque
vaga y sujeta a falsas interpretaciones o a
deformaciones imaginativas, puesto que,
cualquiera que sea ese fin, la crisis que debe
forzosamente desembocar en él es bastante visible,
y ya que una multitud de signos inequívocos y
fáciles de constatar conducen todos de una manera
concordante a la misma conclusión. Sin duda, ese
fin no es el «fin del mundo», en el sentido total en
el que algunos quieren entenderlo, pero es al
menos el fin de un mundo; y, si lo que debe acabar
es la civilización occidental bajo su forma actual,
es comprehensible que aquellos que están
habituados a no ver nada fuera de ella, a
considerarla como la «civilización» sin epíteto,
crean fácilmente que todo acabará con ella, y que,
si ella llega a desaparecer, eso será
verdaderamente el «fin del mundo».
Así pues, para reducir las cosas a sus justas
proporciones, diremos que parece efectivamente
que nos aproximamos realmente al fin de un
mundo, es decir, al fin de una época o de un ciclo
histórico que, por lo demás, puede estar en
correspondencia con un ciclo cósmico, según lo
que enseñan a este respecto todas las doctrinas
tradicionales. Ha habido ya en el pasado muchos
acontecimientos de este género, y sin duda habrá
todavía otros en el porvenir; acontecimientos de
importancia desigual, por lo demás, según que
terminen periodos más o menos extensos y que
conciernan, ya sea a todo el conjunto de la
humanidad terrestre, ya sea solamente a una o a
otra de sus porciones, una raza o un pueblo
determinado. En el estado presente del mundo, hay
que suponer que el cambio que ha de intervenir
tendrá un alcance muy general, y que, cualquiera
que sea la forma que revista, y que no entendemos
buscar definir, afectará más o menos a la tierra
toda entera. En todo caso, las leyes que rigen tales
acontecimientos son aplicables analógicamente a
todos los grados; así, lo que se dice del «fin del
mundo», en un sentido tan completo como sea
posible concebirlo, y que, ordinariamente, no se
refiere más que al mundo terrestre, es verdad
también, guardadas todas las proporciones, cuando
se trata simplemente del fin de un mundo
cualquiera en un sentido mucho más restringido.
Estas observaciones preliminares ayudarán
enormemente a comprender las consideraciones
que van a seguir; ya hemos tenido la ocasión, en
otras obras, de hacer alusión con bastante
frecuencia a las «leyes cíclicas»; por lo demás,
quizás sería difícil hacer de esas leyes una
exposición completa bajo una forma fácilmente
accesible a los espíritus occidentales, pero al
menos es necesario tener algunos datos sobre este
tema si uno quiere hacerse una idea verdadera de
lo que es la época actual y de lo que representa
exactamente en el conjunto de la historia del
mundo. Por eso es por lo que comenzaremos por
mostrar que las características de esta época son
realmente las que las doctrinas tradicionales han
indicado en todo tiempo para el periodo cíclico al
que ella corresponde; y eso será mostrar también
que lo que es anomalía y desorden desde un cierto
punto de vista es, no obstante, un elemento
necesario de un orden más vasto, una consecuencia
inevitable de las leyes que rigen el desarrollo de
toda manifestación. Por lo demás, lo decimos
desde ahora, en eso no hay una razón para
contentarse con sufrir pasivamente el desorden y la
obscuridad que parecen triunfar momentáneamente,
ya que, si ello fuera así, no tendríamos más que
guardar silencio; antes al contrario, ello es una
razón para trabajar, tanto como se pueda, en
preparar la salida de esta «edad sombría» cuyo fin
más o menos próximo, cuando no del todo
inminente, permiten entrever ya muchos indicios.
Eso está también en el orden, ya que el equilibrio
es el resultado de la acción simultánea de dos
tendencias opuestas; si la una o la otra pudiera
dejar de actuar enteramente, el equilibrio ya no se
recuperaría nunca y el mundo mismo se
desvanecería; pero esta suposición es irrealizable,
ya que los dos términos de una oposición no tienen
sentido sino el uno por el otro, y, cualesquiera que
sean las apariencias, se puede estar seguro de que
todos los desequilibrios parciales y transitorios
concurren finalmente a la realización del
equilibrio total.
I.
La edad sombría
La doctrina hindú enseña que la duración de un
ciclo humano, al cual da el nombre de
Manvantara, se divide en cuatro edades, que
marcan otras tantas fases de un oscurecimiento
gradual de la espiritualidad primordial; son esos
mismos periodos que las tradiciones de la
antigüedad occidental, por su lado, designaban
como las edades de oro, de plata, de bronce y de
hierro. Al presente estamos en la cuarta edad, el
Kali-Yuga o «edad sombría», y estamos en él, se
dice, desde hace ya más de seis mil años, es decir,
desde una época muy anterior a todas las que son
conocidas por la historia «clásica». Desde
entonces, las verdades que antaño eran accesibles
a todos los hombres han devenido cada vez más
ocultas y difíciles de alcanzar; aquellos que las
poseen son cada vez menos numerosos, y, si el
tesoro de la sabiduría «no humana», anterior a
todas las edades, no puede perderse nunca, sin
embargo se rodea de velos cada vez más
impenetrables, que le disimulan a las miradas y
bajo los cuales es extremadamente difícil
descubrirle. Por eso es por lo que por todas
partes, bajo símbolos diversos, se habla de algo
que se ha perdido, al menos en apariencia y en
relación al mundo exterior, y que deben
reencontrar aquellos que aspiran al verdadero
conocimiento; pero se dice también que lo que está
oculto así devendrá visible al final de este ciclo,
que será al mismo tiempo, en virtud de la
continuidad que liga todas las cosas entre sí, el
comienzo de un ciclo nuevo.
Pero, se preguntará sin duda, ¿por qué el
desarrollo cíclico debe cumplirse así en un sentido
descendente, que va de lo superior a lo inferior, lo
que, como se observará sin esfuerzo, es la
negación misma de la idea de «progreso» tal como
la entienden los modernos? Es porque el
desarrollo de toda manifestación implica
necesariamente un alejamiento cada vez mayor del
principio del cual procede; partiendo del punto
más alto, tiende forzosamente hacia el más bajo, y,
como los cuerpos pesados, tiende hacia él con una
velocidad sin cesar creciente, hasta que encuentra
finalmente un punto de detención. Esta caída
podría caracterizarse como una materialización
progresiva, ya que la expresión del principio es
pura espiritualidad; decimos la expresión, y no el
principio mismo, pues éste no puede ser designado
por ninguno de los términos que parecen indicar
una oposición cualquiera, ya que está más allá de
todas las oposiciones. Por lo demás, palabras
como «espíritu» y «materia», que tomamos aquí
para más comodidad al lenguaje occidental,
apenas tienen para nos más que un valor
simbólico; en todo caso, no pueden convenir
verdaderamente a aquello de lo que se trata más
que a condición de descartar las interpretaciones
especiales que les da la filosofía moderna, de la
cual filosofía, el «espiritualismo» y el
«materialismo» no son, a nuestros ojos, más que
dos formas complementarias que se implican la
una a la otra y que son igualmente desdeñables
para quien quiere elevarse por encima de esos
puntos de vista contingentes. Pero por lo demás no
es de metafísica pura de lo que nos proponemos
tratar aquí, y es por eso por lo que, sin perder de
vista jamás los principios esenciales, podemos,
tomando las precauciones indispensables para
evitar todo equívoco, permitirnos el uso de
términos que, aunque inadecuados, parezcan
susceptibles de hacer las cosas más fácilmente
comprehensibles, en la medida en que eso puede
hacerse sin desnaturalizarlas.
Lo que acabamos de decir del desarrollo de la
manifestación presenta una visión que, aunque es
exacta en el conjunto, no obstante está muy
simplificada y esquematizada, puesto que puede
hacer pensar que este desarrollo se efectúa en
línea recta, según un sentido único y sin oscilación
de ningún tipo; la realidad es mucho más
compleja. En efecto, hay lugar a considerar en
todas las

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