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Libro PDF La dama del millonario Barbara Wallace

 La dama del millonario  Barbara Wallace

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No la creía.
«Para tratar con los ricos hay que ir a barrios de ricos».
Debía haber descartado esa idea en cuanto se le pasó por
la mente. Después de todo, tener malas ideas era la
especialidad de Roxy O’Brien.
Pero no, había abierto la guía de teléfonos y había
elegido un bufete de abogados que decía ocuparse de
testamentos.
Por eso se encontraba con lo que aparentaba ser un traje
de ejecutiva, aunque no era más que su uniforme de
camarera con una chaqueta nueva, esperando a que Michael
Templeton, abogado, le diera su veredicto.
–¿Y dices que has encontrado las cartas en el armario de
tu madre? –preguntó él con un escepticismo que no
lograban ocultar sus gafas de lectura.
–Sí –contestó Roxy–. En una caja de zapatos.
–¿Y hasta entonces no sabías nada de ellas?
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–No. Las descubrí el mes pasado.
El abogado permaneció en silencio, tal y como había
estado casi toda la reunión. Roxy tenía la impresión de que
se sentía incómodo, que quería acabar lo antes posible para
poder ocuparse de asuntos más importantes. Por otro lado,
había sido lo bastante amable como para escucharla sin
interrumpirla, y en aquel momento leía la carta
atentamente.
«Has heredado sus ojos».
Cuatro palabras, catorce cartas con el poder de cambiarle
la vida. Antes de leerlas era Roxanne O’Brien, la hija de
Fiona y Connor O’Brien. Después… ¿quién? La hija de un
hombre al que no conocía. Un amante al que su madre jamás
había nombrado. Por eso había ido a ver a Mike Templeton:
en busca de respuestas. Pero también de algo más. Porque si
su madre decía la verdad, a Roxy le correspondía una vida
mejor que la que llevaba.
«Has heredado sus ojos».
Mike Templeton había dejado la carta sobre la mesa y
estaba mirando a Roxy. Esta estaba acostumbrada a que la
miraran, porque algunos clientes creían que tenían derecho
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a devorar con los ojos a las camareras, así que estaba
inmunizada. O eso creía hasta que la mirada de Mike
Templeton la perturbó. Quizá porque, al quitarse las gafas,
vio que sus ojos eran de un intenso marrón y porque la
observaba como si quisiera adivinar sus intenciones. Roxy
cruzó las piernas, lamentando que su falda fuera tan corta, y
se obligó a sostenerle la mirada.
Para su satisfacción, él desvió la suya primero y se
reclinó en el respaldo de su asiento. Roxy entonces la fijó en
el bolígrafo negro que Templeton giraba entre sus elegantes
dedos. De hecho, pensó ella, todo en él era elegante: sus
dedos, su postura, el traje que llevaba, el despacho. Era como
estar delante de un modelo de revista, y eso le hacía más
consciente que nunca de hasta qué punto ella procedía de un
medio mucho más humilde.
Aunque, si su madre no mentía, no era ni mucho menos
tan humilde…
–¿Todas las cartas son tan íntimas como esta? –
preguntó él.
Roxy se sonrojó.
–Creo que sí. Las he leído por encima.
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Como él acababa de señalar, eran cartas íntimas, y al
leerlas uno sentía que estaba leyendo el diario privado de un
desconocido.
Un desconocido que era su padre. Como lo era su madre
en unas páginas en las que Roxy no conseguía identificarla
–Si te fijas en las fechas –señaló–, la última es de nueve
meses antes de que yo naciera.
–Y un par de semanas antes de que él sufriera el
accidente.
El accidente que le había causado la muerte. Roxy había
leído las reseñas al hacer una búsqueda en Internet.
El abogado frunció el ceño. Incluso ese gesto resultaba en
él sofisticado.
–¿Estás segura de que tu madre no había dicho nunca
nada hasta el mes pasado?
Roxy no comprendía la insistencia en las preguntas. Ya
le había contado todo lo que sabía. Si no le interesaba su
caso, ¿por qué no lo decía directamente?
–Si lo hubiera hecho, lo recordaría.
–¿Y no te explicó por qué no te lo había dicho?
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–Desafortunadamente, estaba demasiado ocupada
muriéndose.
A Roxy se le escapó el comentario antes de que pudiera
morderse la lengua, y el abogado arqueó las cejas,
sorprendido. Pero ¿qué esperaba que le dijera? ¿Que
mientras agonizaba, su madre le había hecho un recuento
detallado de su affaire con Wentworth Sinclair?
–No estaba plenamente consciente –añadió,
reprimiendo su tendencia al sarcasmo–. Al principio pensé
que estaba bajo el efecto de los analgésicos.
Hasta que la mirada de su madre se había despejado por
un instante, a la vez que decía: «Has heredado sus ojos».
–Y ahora piensas de otra manera.
–Desde que he leído esas cartas, sí.
–Ya.
Eso era todo. Ya. El abogado había vuelto a girar el
bolígrafo entre los dedos. A Roxy no le gustaba el silencio
porque le recordaba demasiado a la pausa expectante que
seguía a una prueba de casting mientras el director tomaba
notas. Solo que, en aquella ocasión, el silencio le resultaba
incluso más cargado, quizá porque lo que estaba en juego era
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aún más importante.
–Por resumir –dijo él finalmente–, tu madre te dijo en su
lecho de muerte que eras hija de Wentworth Sinclair, el hijo
difunto de una de las familias más ricas de Nueva York.
Luego, mientras recogías sus pertenencias, encontraste unas
cartas que no solo corroboraban esa información, sino que
establecían una cronología que acababa justo antes de su
muerte –Templeton giró el bolígrafo entre los dedos–. Todo
encaja a la perfección. Incluso el hecho de que las dos partes
implicadas estén muertas y no puedan negar los hechos.
–¿Por qué iban a negarlos? Es la verdad –a Roxy no le
gustó la dirección que estaba tomando la conversación–.
¿Insinúas que me lo he inventado?
Era evidente que no la creía.
–Yo no insinúo nada. Me limitó a señalar coincidencias –
Templeton se inclinó hacia delante, entrelazando los dedos–
. ¿Tienes idea del número de personas que aseguran ser
herederos de familias acomodadas?
–No –a Roxy le daba lo mismo lo que hicieran los demás.
Su caso era genuino.
–Más de los que te imaginas. Por ejemplo, la semana
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pasada, un hombre vino asegurando que entre sus
antepasados estaba la familia Hudson y quería reclamar a la
ciudad de Nueva York una parte del río Hudson.
–¿Qué quieres decir con eso? –preguntó Roxy, irritada.
–Que trajo más documentación que tú –dijo él.
¿Estaba acusándole de ser un fraude, de haber
maquinado aquello?
–¿Crees que miento al decir que soy hija de Wentworth
Sinclair?
–No sería tan extraño, sabiendo lo que hay en juego.
–Yo… Tú… –Roxy tuvo que contenerse para no
abofetearlo–. ¡Esto no tiene nada que ver con el dinero!
–¿De verdad? ¿No te gustaría recibir alguno de los
millones de los Sinclair?
Roxy abrió la boca, pero se contuvo. Le habría encantado
decirle que no tenía el menor interés en el dinero y hacerle
sentir mal, pero habría mentido. Si se tratara solo de ella, o
si viviera en un mundo perfecto, podría permitirse ser
virtuosa; pero ni era solo por ella, ni su mundo tenía nada de
perfecto. De hecho, ser hija de Wentworth Sinclair podía
darle la única oportunidad de salvar lo único bueno que
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pasaba en su desastrosa vida.
Pero cómo iba a explicarle todo eso a Mike Templeton o
cómo iba él a comprenderlo cuando no debía de haber tenido
un problema en toda su vida.
En aquel instante, la miraba con sorna.
–Eso es lo que pensaba. Lo siento, pero si lo que quieres
es alcanzar un acuerdo económico, vas a tener que conseguir
algo mejor que unas cartas de amor de hace treinta años.
–Veintinueve –lo corrigió Roxy, aunque no sabía por
qué se molestaba si el abogado ya le había puesto la etiqueta
de cazarrecompensas.
–Vale, veintinueve. En cualquier caso, si quieres seguir
adelante, te recomiendo que consigas más documentos. Por
ejemplo, un certificado de nacimiento.
–¿En el que Wentworth Sinclair aparezca como mi
padre? –Roxy ya no pudo contener el sarcasmo. Se dio una
palmada en la frente a la vez que añadía–: ¡Qué idiota, me lo
he dejado en casa! –miró a Templeton con la misma
expresión de desaprobación que le dirigió él–. ¿No crees que
si la tuviera la habría traído?
–Lo supongo. Pero también habría sido más normal que
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tu madre te dijera quién era tu padre hace años –Templeton
metió la carta en el sobre pausadamente.
–¡Olvídalo! –dijo Roxy, tomando el montón de cartas.
¿Qué le había hecho pensar que los ricos la creerían? En
aquella parte de la ciudad despreciaban a gente como ella, y
Roxy no estaba dispuesta a permanecer sentada y permitir
que aquel tipo la mirara con condescendencia.
–En tu anuncio decías que te ocupabas de testamentos y
pensé que me podrías ayudar –añadió–. Pero está claro que
me he equivocado –tomó el bolso del respaldo del asiento. Si
Mike Templeton no pensaba que se merecía su tiempo, ella
tampoco iba a perderlo con él–. Estoy segura de que
encontraré otro bufete que se interese en mi caso.
–No me has entendido bien. Por favor, siéntate.
Roxy no quería más explicaciones. Saberse rechazada
era igualmente doloroso por mucho que se envolviera en
bonitas palabras. Lo sabía bien porque había recibido
suficientes «gracias, pero no» en su vida. Y cada una de ellas
le había sentado como una patada en el estómago.
Se puso el abrigo bruscamente, decidida a no pasar por la
humillación de que Templeton viera que se le humedecían
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los ojos.
–Por cierto –dijo, ajustándose las solapas–, el anuncio
también dice que te interesan todo tipo de casos. Si es
mentira, deberías quitarlo.
Estaba harta de ser amable y mostrar sus mejores
modales. Además, ser acusada de mentir para hacerse con
una fortuna le daba permiso para ser insolente.
–Espera un momento…
Roxy salió de la oficina sin volver la cabeza y se sintió
orgullosa de sí misma por llegar a la acera antes de que la
visión se le nublara. ¡Y eso que creía que ya había llorado
todo lo que podía llorar! ¿Cuándo dejaría de sentirse tan
vulnerable, tan frágil?
«Has heredado sus ojos».
«¿Por qué no me lo dijiste antes, mamá?», pensó. «¿Por
qué tardaste tanto en decírmelo?».
¿Tanto se avergonzaba de ella?
«Lo has hecho fatal, Templeton. Fatal».
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Aun así, Mike tenía que admitir que como despedidas
airadas, la de Roxy O’Brien merecía un premio.
Diez años de práctica de la abogacía lo habían expuesto a
numerosos casos dudosos, pero nadie antes se había
marchado haciendo tal esfuerzo por contener el llanto.
Aunque ella creyera que no lo había notado, Mike había
visto el brillo de lágrimas en sus ojos verdes.
Mike se meció hacia atrás y hacia adelante, haciendo
girar el bolígrafo entre los dedos. Era lógico que estuviera
desilusionada. Como muchos otros, debía de haber pensado
que le había tocado el equivalente legal a haber ganado la
lotería.
De haberse quedado, en lugar de irse como un ciclón
pelirrojo, le habría explicado que poner una demanda a los
Sinclair no sería sencillo ni aunque su historia fuera verdad.
Había que tener en cuenta precedentes legales y plazos de
prescripción.
Por otro lado, pensó Mike, dejando de mover el
bolígrafo, no era necesario conseguir una prueba de
paternidad definitiva para presentar una demanda. Bastaría
con dotarla de credibilidad.
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¿Estaba realmente planteándose hacerlo? ¿Tan bajo
había caído que aceptaría un caso tan improbable como
aquel solo por el ingreso que podía representar llegar a un
acuerdo?
Una mirada a la reducida pila de casos que tenía sobre el
escritorio le sirvió de respuesta. Tal y como estaban las
cosas, incluso se plantearía aceptar el del sobrino de Henry
Hudson.
El fracaso debía de ser aquello. El constante vacío en la
boca del estómago. El peso sobre sus hombros. El tic-tic-tic
que resonaba en su mente, recordándole que había pasado
un día más sin que nuevos clientes llamaran a su puerta. No
debía haber sido así. Los Templeton, tal y como le habían
grabado en el cerebro, no fracasaban. Ellos abrían camino.
Destacaban. Eran líderes en su campo. Y más aún si eras
Michael Templeton III y tenías que estar a la altura de
aquellos que habían llevado el mismo nombre desde al
menos dos generaciones.
«Nos has desilusionado, Michael. Te educamos para que
destacaras».
Doce años después de haberlas oído por primera vez, las
palabras de su padre resonaron en sus oídos y le recordaron
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que no tenía elección: tenía que tener éxito. Asumió el reto
de establecer su propio bufete y debía demostrar su valía
fuera como fuera.
Desafortunadamente, su mejor opción había salido por
la puerta en estampida y no le quedaba más remedio que
conseguir que volviera.
Una mancha gris a su derecha atrajo su mirada, y al
darse cuenta de lo que era, Mike sonrió. Quizá la suerte no lo
había abandonado. Tomó el sobre que Roxanne O’Brien
había olvidado y dio gracias a las despedidas precipitadas.
Los jueves por la noche había mucho trabajo en el
Elderion Lounge. Los clientes, mayoritariamente hombres,
empezaban a relajarse. Bebían más, pedían más rondas y el
ambiente era más bullicioso. A Roxy no le importaba que
hubiera más acción porque también significaba que recibía
más propinas. Pero aquella noche no estaba de humor para
aguantar a representantes bebiendo vodka-tonics.
–Seis vodka-tonics, un vino de la casa y dos martinis –
dijo. A pesar de que fuera hacía fresco, en el local el
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ambiente estaba cargado. Tomó una servilleta y se secó el
cuello. Hacía rato que se había quitado la chaqueta y se había
quedado solo con una blusa negra y la falda.
El barman, un tipo corpulento llamado Dion, la miró de
arriba abajo.
–Pareces agobiada. ¿La mesa seis te está dando
problemas?
–No más de los habituales. Es que tengo un mal día.
¿Quién se pensaba Mike Templeton que era? Que
hubiera nacido en un barrio rico no le daba derecho a juzgar
ni a su madre ni a ella.
Hizo una bola de la servilleta y la tiró a la cesta de la
lavandería.
–A estas alturas debería estar inmunizada a ser
rechazada.
–Creía que habías dejado la interpretación –dijo Dion.
–Así es. Esto ha sido por otra cosa –y el rechazo
resultaba más doloroso que ninguno de los anteriores–. No
conocerás a un abogado, ¿verdad?
El barman frunció el ceño.
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–¿Te has metido en un lío?
–No, es para una consulta legal.
Dion sacudió la cabeza.
–Me temo que no te puedo ayudar.
–No importa –dijo Roxy. En cualquier caso, ¿quién
podía asegurarle que otro abogado sería menos
condescendiente que Mike Templeton?
–¡Dios mío! –Jackie, otra de las camareras apareció a su
lado–. ¡Por favor, deja que ese hombre se siente en mi mesa!
Roxy, que estaba ocupada cargando la bandeja, no se
molestó en mirar. Al menos una vez a la semana, Jackie creía
ver a su Príncipe Azul entrando en el bar.
–¿Qué tiene esta vez de especial? ¿Crees que es alguien
famoso?
–No. Rico.
¿En el bar? Roxy lo dudaba. A no ser que estuviera
perdido y hubiera entrado a preguntar por una dirección.
Los ricos iban a otro tipo de locales.
–Y supongo que es muy guapo.
–Imagínate hasta qué punto, que aunque fuera pobre
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intentaría ligármelo.
Roxy tenía que verlo. Estirando el cuello, inspeccionó la
sala.
–Dudo que alguien tan atractivo…
Mike Templeton estaba de pie junto a la mesa ocho,
quitándose los guantes lentamente a la vez que
inspeccionaba su entorno. Roxy sintió un nudo en el
estómago. Jackie tenía razón, era el hombre más guapo del
bar y destacaba como si fuera un profesional entre amateurs.
¿Qué demonios hacía allí?
–Ya te había dicho que era espectacular –oyó decir a
Jackie.
Antes de que respondiera, él se giró y sus miradas se
encontraron. Roxy se quedó paralizada mientras Templeton
se quitaba el abrigo y lo colgaba en el respaldo de la silla sin
desviar la mirada de ella.
–Vamos, a ti no te interesa encontrar pareja. Te cambió
esa mesa por la doce y la quince.
Con los ojos clavados en el abogado, Roxy contestó:
–Lo siento, Jackie, pero esta vez no va a poder ser.
Tomó la bandeja y, deliberadamente, sirvió a las demás
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mesas antes de ir a la de él, aunque todo el tiempo sintió su
mirada clavada en ella.
–Es muy difícil dar contigo, Roxy O’Brien –la saludó–.
He ido a tu apartamento y un tipo me ha dicho que estabas
en el bar. He asumido que era este –sonrió como si fuera lo
más normal encontrarse allí–. Tenemos una conversación
pendiente.
Debía de estar de broma.
–Yo la di por terminada cuando nos insultaste a mi
madre y a mí.
–Fue un malentendido. Si te hubieras quedado, te
habrías dado cuenta de que solo intentaba señalar los puntos
débiles del caso.
–Será eso –no había habido ningún malentendido. Había
sido muy claro. Colocándose la bandeja bajo el brazo,
preguntó–: ¿Querías algo más?
–Un whisky. Sin hielo.
Así que pensaba quedarse. Quizá era el momento de
ceder su mesa a Jackie.
–¿Algo más?
–Sí. Olvidaste esto –Mike sacó el sobre gris de su
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maletín. Al verlo, Roxy tuvo que contener un gruñido–.
Sería una pena que perdieras una carta de la colección.
Roxy se irritó consigo misma por no haber sido capaz de
hacer una salida de escena redonda.
–Gracias, pero no hacía falta que te molestaras en
traérmela. Podías haberla mandado por correo.
–No ha sido ninguna molestia. No quería que se
estropeara. Además… –Mike posó una mano sobre la de
Roxy, que había alargado la suya hacia el sobre–, he pensado
que así me concederías unos minutos de tu tiempo –
concluyó, mirándola fijamente.
Roxy sintió un calor en el brazo que se expandió por el
resto de su cuerpo. Bajó la mirada y vio los dedos de Mike,
que eran el doble que los suyos. Sintiendo que el calor le
subía a las mejillas, retiró la mano.
–¿Para qué? –preguntó, asiendo la bandeja con fuerza
para librarse del cosquilleo que le había dejado el contacto.
–Como te he dicho, te marchaste antes de que
termináramos la conversación.
–No tenía por qué aguantar más impertinencias. Voy a
por tu copa.
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Mike chasqueó la lengua cuando ella dio media vuelta y
dijo:
–Vas a tener que ser mucho menos suspicaz si pretendes
ir por los Sinclair.
Roxy se quedó paralizada. ¿Qué había dicho?
–¿No viniste a verme por eso? –continuó él–. ¿No
querías poner un recurso al testamento de Wentworth?
Roxy se volvió lentamente y vio la expresión de
satisfacción del abogado por haberla tomado por sorpresa.
¿Insinuaba que su caso era viable? Más le valía no estar
bromeando…
–Escucha –él se inclinó sobe la mesa y sus gemelos de
oro centellearon–. Es un caso con pocas probabilidades de
salir bien. Las dos personas implicadas han fallecido, la
única prueba que tenemos es un fajo de cartas, y han pasado
treinta años. Los jueces no suelen ser demasiado generosos
con demandas tan antiguas. De hecho, subir al Everest sería
más sencillo.
–Gracias por el resumen. Pero si era eso lo que has
venido a decirme, podías

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