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Libro PDF La dueña de los muertos – Ghesia Morett

La dueña de los muertos – Ghesia Morett

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El desayuno era una especie de
gachas con cereales y algo marrón que
se movía a la vez que la cuchara.
Mikaela no dejaba de removerlas a ver
si se deshacían, pero no había manera.
Tenía una sensación extraña en el pecho
y no dejaba de pensar en Elena. Apenas
había podido dormir, aunque se había
pasado casi todo el día en la sala de
entrenamiento, desahogando su malestar
y sus nervios. Todo lo que estaba
sucediendo la tenía totalmente
impotente. Allí encerrada, hasta el aire
la molestaba. Fue casi de las primeras
en llegar al comedor. Se arrepintió de
inmediato, cuando le soltaron el plato de
gachas y un brick de leche. Se sentía
como si estuviera de nuevo en el
instituto. Se acomodó más la gorra y
agachó la cabeza, con la mirada fija en
su plato. No soportaba las miradas de
los que iban entrando, hablando de sus
guardias, de sus cosas insustanciales, de
su normalidad. Mientras, su hermana
estaba con un monstruo, intentando que
aquello no se cayera sobre sus estúpidas
cabezas.
Allí, todo el mundo tenía un trabajo,
o estaba asignado a hacerlo. Había gente
de mantenimiento, de limpieza, de
cocina, en lo que llamaban la zona
médica, de lavado, incluso de
peluquería, de almacenaje… Todo el
mundo tenía algo que hacer, menos ella,
y eso la hacía sentirse aún más inútil e
impotente. Se sentía fatal y parecía que
la miraban de una forma extraña.
La gente allí parecía que estaba
como en una sala de espera. Siempre
preocupada, pero tranquila, como si
esperaran su turno en algo. La mayoría
seguían teniendo esa mirada triste,
asimilando todo lo que habían perdido y
que ya nunca volverían a recuperar. A
pesar de los esfuerzos que se habían
hecho con las reuniones sociales, la
gente seguía esperando que todo aquello
pasara y poder volver a su casa, como si
todo aquello fuera una pesadilla, y solo
estuvieran esperando a abrir los ojos y
despertar. Ella conocía bien ese
sentimiento, aunque ahora lo sintiera
lejano.
Blanca se sentó a su lado, dejando
su plato y su brick, casi con asco.
– Buf, menuda porquería. – dijo
moviéndolas con la cuchara. – le dio un
golpecito con la mano en la gorra,
subiéndola un poco. – Buenos días.
Podrías saludar, al menos. – dijo
mosqueada.
– Buenos días, Blanca. Perdona,
estoy despistada, no he pasado buena
noche. – le dijo disculpándose, aunque
no sabía muy bien por qué. Blanca
llevaba puesto un pijama de enfermera. –
Vaya, ya te han dado tu uniforme, -le
dijo por hablar de algo.
– Me han dado tres. Todos con el
mismo color horrible- le sonrió.
Carla se sentó al otro lado de
Mikaela. Parecía contenta y soltó su
plato como si no le importara nada lo
que había en él.
– Buenos días, chicas- dijo
pegándole un sorbo al brick de leche. –
He pasado una noche estupenda. – se
estiró con los brazos hacia arriba, con el
brick en una mano, derramando un poco.
– Hey, ten cuidado- le soltó una
enfermera que pasaba por detrás,
mirándola como si fuera una loca.
– Perdona, no me he dado cuentapero
ni siquiera la miró. Se relajó y dejó
el brick en la mesa después de
bebérselo de un trago. Las otras la
miraban estupefactas. Nunca la habían
visto así de tranquila, ni de feliz.
– ¡Tú te has tirado a alguien! – dijo
Blanca, después de un momento de
observarla y como si acabara de caer en
la cuenta- ¡Que guarrona! – se echó más
hacia adelante en la mesa, bajando la
voz- tienes que contárnoslo todo, vamos,
empieza a cantar. ¿Quién es el Superman
que te ha puesto esa sonrisa?
Mikaela estaba tan sorprendida aún,
que no sabía si quería saberlo. Estuvo a
punto de levantarse, pero Carla le cogió
la mano, sujetándola con fuerza. Parecía
que la conocía mejor de lo que le habría
gustado.
– Será mejor que te enteres de estoluego
miró a Blanca, sonriendo- mirad
hacia la barra de bandejas,
discretamente, si podéis. – miraron hacia
allí. En ella había mucha gente y entre
ella, esperando su turno, estaban John y
Javi, hablando animadamente también. –
Javi es un encanto, nos hemos pasado
toda la noche hablando como cotorras,
entre otras cosas. – dijo sonriendo más
aún. – me ha contado como salieron de
Nueva York, salvándose el uno al otro y
sacando a su hermana y la hija de John,
del infierno en que se había convertido
la ciudad. Como consiguieron salvar a
otro grupo, aunque luego los mataron los
vampiros, cuando se llevaron a los
niños.
– Joder, que pasada, ¿Weiss tiene
una hija? – la interrumpió Blanca.
Las dos juntaron más las cabezas.
– Tiene diez años y se llama Kati,
Javi dice que se parece mucho a su
padre – las dos giraron la cabeza para
mirarlo, aunque estaba lejos.
– No parece tan mayor como para
tener una hija, ¿no? – dijo Blanca sin
dejar de mirar.
Mikaela también le miraba, pero de
reojo. Sin decir nada. Ella ya sabía lo
de su hija.
– Debe ser muy guapa. – dijo Blanca
con un suspirito.
-Javi me ha contado, que, al parecer,
fue uno de esos errores de estudiante, ya
sabes. Que no sabía que la tenía, hasta
que murió la madre en un accidente, y
servicios sociales se la entregó. La
pobre criatura no tenía a nadie más.
– Vais a dejar de mirarles así, se van
a dar cuenta – dijo Mikaela agachando la
cabeza, al darse cuenta que seguían
mirándolos, como si estuvieran viendo
un descapotable. John y Javi habían
mirado un par de veces hacia ellas
sonriéndoles, pero para su suerte, fueron
a sentarse a otra mesa – Yo tengo que ir
dentro de un rato a que me quite los
puntos. – bufó y se cruzó de brazos,
incómoda y avergonzada.
– Ahora viene lo mejor- dijo Carla
volviéndose después de sonreírle a Javi.
Blanca la miraba con expectación. –
Resulta que John tiene unas espadas muy
especiales. Nadie puede tocarlas
excepto él. Dice que cortan la carne
como si fuera papel y que se libró de un
vampiro de un solo tajo.
– Mis cuchillos también pueden
hacer eso- la interrumpió Mikaela,
fingiendo desinterés.
Carla y Blanca la miraron como si
les hubiera robado la cartera. Luego,
Blanca instó a Carla a que siguiera.
– El caso es-Continuó Carla con cara
de misterio, mirando alrededor, para
cerciorarse de que nadie la escuchaba
más que ellas. Juntaron más las cabezas,
incluso Mikaela- que cuando estuvieron
en el campamento de Juno, este le dijo
que eran armas de cazador. – Blanca y
Mikaela se miraron, extrañadas, sin
tener idea de que hablaba, Carla
suspiró, mirándolas como si estuviera
diciendo algo que debían entender. – De
cazador de demonios. ¿Lo entendéis
ahora? – las miró fijamente de una en
una. Blanca abrió un poco la boca
sorprendida.
La cabeza de Mikaela empezó a dar
vueltas a las palabras de John. “Pensar
que estuve a punto de matarte”. Ahora
tenía más sentido para ella. No sabía si
el ovillo se estaba liando más, aunque
empezaba a ver algunos cabos. Carla
seguía con los ojos fijos en ella. Parecía
como si quisiera contarle algo mucho
más importante. Tenían que quitarse a
Blanca de en medio, pero como hacerlo
con delicadeza, era algo que a ella no se
le daba bien, tendría que hacerlo Carla.
– Pero, – dijo Blanca vacilante- ¿De
verdad hay cazadores de esos?
– Por lo visto sí- le dijo Carla
volviendo a mirarla- Uuf, que tarde es,
tengo que ir a hacer mi primera guardia,
no me gustaría llegar tarde. – miró de
reojo a Mikaela- ¿y tú?, ¿Blanca, cuando
entras?
– Joder, ya voy tarde y seguro que
me pierdo otra vez- dijo levantase a
toda prisa, cogiendo el plato y el brick-
Hasta luego, chicas. Luego nos vemos y
seguimos hablando.
– Hasta luego- le sonrieron
despidiéndose, mientras veían como
dejaba el plato en el mostrador y tiraba
el brick en el cubo de basura al final de
este, saliendo del comedor a toda prisa.
Carla se acercó de nuevo a ella.
– Hubo novedades anoche, -le dijo
mucho más seria- Ardilla apareció y
dijo que Juno se retiraba. – respiró
profundo antes de soltarle la bomba-
Dover tiene a Sébastian. – Mikaela la
miró intentando disimular su horror. Las
palabras no podían salir de su boca,
porque hubiera gritado. Carla continuó-
Vino a advertirnos de que están
levantando una valla de alambrada
paralela al muro. Lo van a llenar de
muertos. Al parecer, no van a atacar tan
pronto como creíamos. No sé lo que
traman esos monstruos, pero no me gusta
ni un pelo.
Mikaela tenía tanto que asimilar que
aún no sabía ni cómo reaccionar.
– ¿Tu lo viste? ¿a Ardilla, quiero
decir? – acertó a preguntar, por fin.
Carla asintió. Estaban tan
ensimismadas que no vieron llegar a
Javi y a John.
– Vamos señorita, tienes que
empezar a cumplir con tus obligacionesle
dijo Javi a Carla, poniendo una mano
sobre el hombro de esta, luego bromeó-
Seré tu supervisor hoy, así que no me
fastidies mucho.
– Lo intentaré, señor- le sonrió Carla
levantándose, despidiéndose de ellos
con la mano y se dirigieron juntos hacia
la puerta.
Mientras, ella y John, solo se habían
dirigido una mirada furtiva y se
despidieron de ellos con la mano.
– Bueno, será mejor que vayamos
juntos a mi consulta, eres mi primera
paciente – le dijo John, parecía serio y
preocupado, aunque amable.
– Claro, doctor. – Mikaela lo dijo
también en el tono más amable que
pudo, se puso en pie y salieron del
comedor. Por los pasillos era evidente
que los dos estaban incomodos. El
camino de laberintos y escaleras se le
hizo eterno. Apenas hablaron. Casi
estuvo a punto de besar a Rosita, al
verla entrar con ellos en la consulta.
Rosita la ayudó a subirse el pantalón
hasta por encima de la herida y preparó
el carrito de curas, mientras no dejaba
de parlotear sobre la organización de
los pacientes del “doctorsito”, como le
decía a John. Le parecía tan divertida
esa forma de hablar que sonrió un par de
veces, mientras la mujer lo decía. Él se
dio cuenta y la miró con una sonrisa
extraña, cuando sus ojos se cruzaron.
Acabó de hablar con ella y la mandó a
organizar a las enfermeras de quirófano.
La mujer, que parecía tener un día más
relajado y estar de mejor humor, se
despidió de ella y salió. Mientras, John
ya se había puesto los guantes. Se sentó
frente a ella en el taburete, su mirada
preocupada la asustó un poco.
– Supongo que Carla ya te habrá
contado lo de Ardilla.
Mikaela asintió con la cabeza.
Ahora que sabía más cosas de él, no
sabía cómo comportarse. El día anterior
le había tratado fatal, con absoluta
indiferencia, y se sentía bastante mal por
ello. Pero se había sentido bastante
traicionada al verlo ponerse de parte de
Darcie. ¿Por qué tendría que habérselo
contado todo Carla? se habría sentido
mejor no sabiendo nada.
– También me ha contado lo de
Sébastian- quería alejarse lo más
posible de sus ojos- ¿Qué podemos
hacer? me siento tan impotente.
– Me temo que no podemos hacer
mucho, aparte de esperar. Primero que
nada, hay que quitar esos puntos- dijo
señalando la pierna con el dedo índice y
le indicó que se girara con el
movimiento de su dedo. Parecía tan frio,
que le dolió, pero se lo merecía, de eso
estaba segura.
Al notar sus dedos en la pierna aún
se sintió peor. Pero el daño estaba
hecho, tal vez era mejor así. Después de
todo, seguramente algún día, él tendría
que matarla. No desearía estar en su
pellejo ahora mismo, si es que sabía lo
que podía llegar a ser de ella.
– John- prefería decirlo sin mirarle-
Me ha contado lo de tus espadas.
Su silencio y el notar que había
dejado de trabajar en su herida, le
decían más que todo lo que él hubiera
podido contarle. Después de un
momento, siguió quitándole los puntos.
Podía notar cada pequeño tirón.
– Siento lo de ayer, estaba muy…- no
sabía ni como había estado. Histérica,
estúpida y desesperada por Elena, por
tantas cosas que la abrumaban, pero que
no sabía cómo decirle.
– No te preocupes, lo entiendo. –
Dijo dándole un tirón más fuerte, sin
dejarla terminar, Mikaela se quejó un
poco. – Esto ya está. – le pasó algo
húmedo, y después de un momento, le
dijo que se volviera. Se bajó la pernera
del pantalón y cuando se decidió a
hacerlo, él ya estaba detrás de su
escritorio. – necesito un par de muestras
de sangre. ¿Te importa quedarte un
momento y que Rosita te las saque? – su
frialdad, aunque con cierto tono amable,
le dolía más que los tirones, pero ya se
estaba pasando.
– No, claro que no, pero, ¿para que
las necesitas? – preguntó, más por
curiosidad que otra cosa, un poco a la
defensiva.
-Para ver cómo van las babas de
vampiro. – se quedó tan tranquilo,
mirando y anotando algo en la carpeta.
– ¿Qué? – dijo sorprendida- dijiste
que se había detenido, que ese genoma o
lo que sea, había parado.
– En los demás sí, pero tú eres
especial ¿verdad? – la miró fijamente.
– Quizás lo sepas tú, mejor que yose
puso aún más la defensiva.
– Yo solo sé, lo que veo a través del
microscopio. – dijo con más frialdad- Tu
hermana y tú sois muy especiales. ¿Por
qué? ¿sabes decirme por qué? -su tono
se volvió agresivo.
– No tengo ni puñetera idea, me
gustaría saberlo- le dijo más enfadada
esta vez, acercándose al escritorio- tu
eres el doctor, averígualo con tu
microscopio.
Dejó la carpeta sobre la mesa y
apoyó los puños en ella, echando el
cuerpo hacia delante.
– Te diré por qué- parecía muy
seguro- Te mordió un

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