---------------

Libro PDF La espada encantada Marion Zimmer Bradley

La espada encantada  Marion Zimmer Bradley

Descargar Libro PDF La espada encantada Marion Zimmer Bradley


Se ha dicho que la larga serie de Darkover define la ciencia ficción de los años sesenta
y setenta como la Fundación de Asimov había definido la de los años cuarenta y
cincuenta. En realidad muestra de una manera ejemplar cómo la ciencia ficción va
dando cabida en su seno a nuevos relatos en los que dominan los temas de corte
fantástico sin la voluntad racionalizadora y cientificista propia de la ciencia ficción
clásica.
En torno a Darkover existe en la actualidad un conjunto de una veintena de
novelas y media docena de antologías cuyas narraciones transcurren en un planeta
situado en los límites de un imperio galáctico dominado por la Tierra. Los habitantes
de Darkover proceden en parte de los antiguos colonos terrestres y, en su mundo, la
magia y la telepatía son elementos esenciales de una cultura antitecnológica que resiste
con éxito los variados intentos de lograr su integración en una unión política y
económica con el Imperio Terrano.
La serie se inició en 1962 con THE PLANET SAVERS y THE SWORD OF THE
ALDONES, que tienen forma de la más clásica space opera. En los libros posteriores,
principalmente en los escritos a partir de los años setenta, domina la vertiente
fantástica. Con ellos la autora alcanza además un dominio ejemplar en el tratamiento
de los personajes y da preponderancia a una serie de temas que pertenece ya a un
mundo mucho más complejo (telepatía, mujeres amazonas, homosexualidad, derechos
de las mujeres, etc.), con lo que la serie gana en profundidad sin perder su encanto
aventurero e incluso mejorando su calidad narrativa.
En realidad la serie lo es tan sólo en tanto que sus historias transcurren en el
planeta Darkover. La autora ha repetido siempre que los libros se pueden leer en
cualquier orden. Y eso es cierto, ya que ninguno de ellos asume que el lector esté
familiarizado con lo que ha ocurrido en las otras novelas de la serie. En palabras de la
propia autora:
«Siempre he intentado que cada uno de mis libros sea tan completo que
pueda leerse por sí mismo aunque el lector no haya leído anteriormente
ninguno de los otros. Realmente no pienso en ellos como en una «serie», sino
más bien creo que Darkover es un mundo familiar en torno al cual me gusta
escribir novelas y al que los lectores desean volver. Cuando una lógica muy
rígida exigía dañar la independencia de uno de los libros, francamente debo
decir que he sacrificado la lógica. Y no pido excusas por ello».
Y hay más de una razón para este proceder. Según parece, a Bradley no le gustan
demasiado esas series que parecen ser poco más que una prolongación interminable
de un primer relato (y es bueno recordar aquí que la edición original norteamericana
de LAS NIEBLAS DE AVALÓN tenía un solo volumen, aunque en España se haya
publicado en cuatro). Ella, misma explica por qué:
«Nada es más frustrante para mí que leer el segundo, el cuarto o el sexto
libro de una serie, y ver que el autor asume sencillamente que he leído todos
sus otros libros y conozco todo el trasfondo. Cuando los lectores empiezan a
cansarse y preguntan por qué (por ejemplo) dos ciudades distan un día de
viaje en un libro y tres días en otro, empiezo a comprender por qué Conan
Doyle hizo caer a Sherlock Holmes por la cascada de Reichenbach y por qué
Sax Rohmer intentó repetidas veces quemar, ahogar o desmembrar tan
completamente a Fu Manchú que ni siquiera los editores pudieran resucitarle
en otro libro».
Por ello no es de extrañar que la serie de Darkover pueda leerse realmente en
cualquier orden y la misma Bradley dirá de sus novelas:
«Prefiero pensar en ellas como en un conjunto de libros muy
imprecisamente interrelacionados con un mismo trasfondo (el Imperio Terrano
contra el mundo y la cultura de Darkover) y un tema común: el enfrentamiento
de dos culturas aparentemente irreconciliables y, pese a ello, muy semejantes.
Si los libros tienen algún mensaje (y personalmente lo dudo), es simplemente
que para un ser humano nada de la humanidad le es ajeno».
La espada encantada
En realidad LA ESPADA ENCANTADA tal vez no sea demasiado representativa de la
entidad y el interés de todos los temas que la serie aborda en otras novelas. Su
extensión es breve comparada con la de los demás libros y, tal como ya se ha
indicado, la trama es sencilla. Pero se trata de una novela muy eficaz en su intento de
proporcionar al lector las claves centrales de la serie. Y ésa es la razón de su elección
como primer título en nuestra edición.
De hecho LA ESPADA ENCANTADA resume de una forma muy acertada y válida
las características centrales que configuran la cultura de Darkover, su fronteriza
situación en el gran Imperio Terrano e incluso el Pacto entre terranos y darkovanos
sobre el uso de armas.
El lector podrá conocer atisbos de la estructura social de Darkover en un largo
período de su devenir histórico, el papel de la Torre y de sus Celadoras, el de los
técnicos de matrices, el de la habilidad de los darkovanos en el manejo de la espada a
la que se obligan tras el Pacto con los terráqueos, etc. Podrá conocer también el
sentido del laran, ese poder psi cultivado genéticamente que permite a algunos
darkovanos sintonizar una piedra estelar con sus estructuras telepáticas y adentrarse en
el supramundo del plano astral.
En una visión superficial se podría decir que la novela narra una aventura centrada
en los esfuerzos de un lord del Comyn. Se trata de rescatar a una pariente (una
Celadora, por cierto) raptada por los hombres-gato que la mantienen presa en el
mundo real y también en un remoto nivel del plano astral. Se podría también añadir
que, en dicho esfuerzo, tendrá la insólita ayuda de un terrano, sorprendente poseedor
a su vez de un cierto laran.
Pero esta descripción superficial de la trama no nos dice nada sobre lo que ya está
presente en esta novela y será el elemento central del resto de la serie Darkover: el
dominio ejemplar de la autora en el tratamiento de la psicología de los personajes y su
interés central por la ética de la libertad. La serie está presidida por la idea de que
conseguir algo supone siempre perder algo a cambio y por el hecho de que toda
decisión comporta un riesgo y no es más que un ejercicio de voluntad y valor.
Aquí es el terrestre Andrew quien decide quedarse en Darkover y ello le reporta
satisfacciones pero también dificultades y problemas. Y es lord Damon, el temeroso y
excesivamente sensible lord del Comyn que una vez fue rechazado por la Celadora
Leonie, quien duda del alcance de su virilidad, y quien deberá superar su propio
temor en el supremo momento de manejar la espada encantada.
Hay muchas espadas encantadas en la historia de Darkover. Como la legendaria
Espada de Aldones, conservada en la capilla de Hali, tan antigua y terrible que nadie
es ya capaz de empuñarla. O la Espada de Hastur de la que se sabe que se convertirá
en fuego si se empuña para algo que no sea defender el honor de la casa de los Hastur.
En este caso es la espada de un gran maestro de la esgrima la que empuñará la mano
de lord Damon pero será gobernada a distancia por su hábil propietario: Dom
Esteban.
MIQUEL BARCELÓ
1
Había seguido un sueño, y el sueño lo había conducido hasta aquí para morir.
Semiinconsciente, yacía sobre las rocas y sobre el delgado musgo de la grieta de la
montaña, y en su estado de confusión, le parecía que la muchacha a quien había visto
en ese sueño se hallaba frente a él. Te estarás riendo, le dijo Andrew Carr al rostro
imaginado. Si no fuera por ti, yo estaría a media galaxia de distancia.
Y no aquí, medio muerto, sobre un pedazo de tierra helada, en el borde de
ninguna parte.
Pero ella no se reía. Parecía estar de pie junto al borde mismo de la cornisa de roca
mientras el cruel viento de la montaña agitaba la tenue túnica azul alrededor de su
cuerpo esbelto, con la larga cabellera roja, brillante y resplandeciente, enmarcando las
delicadas facciones.
Y pareció hablarle, aunque el hombre agonizante sabía —sabía— que su voz no
podía ser más que el eco del viento en su cerebro febril.
—Extraño, extraño, no quise hacerte daño; ¡ni mi llamada ni mis actos te han
traído hasta este paso! Es cierto que te llamé, o más bien llamé a cualquiera que
pudiera escucharme, y resultaste ser tú. ¡Pero los que están por encima de nosotros
saben muy bien que no pretendía perjudicarte! Los vientos, las tormentas, no
responden a mis órdenes. Haré lo que pueda por salvarte, pero no tengo poder en
estas montañas.
A Andrew Carr le pareció que le respondía con palabras de ira. Estoy loco, pensó,
o tal vez ya estoy muerto, aquí tendido, intercambiando insultos con una muchacha
fantasma.
—¿Dices que me llamaste? ¿Y los otros que venían conmigo en la nave? ¿Acaso
los llamaste a ellos también? ¿Y los trajiste a morir aquí, entre los vientos cruzados de
los Hellers? ¿Acaso la muerte de todos te proporciona algún placer, muchacha
espectro?
—¡Eso no es justo! —Sus palabras imaginadas sonaron como un gemido de
angustia y su espectral rostro se conmovió en el viento como si fuera a echarse a llorar
—. Yo no los llamé; ellos vinieron por el camino al que les conducía su trabajo y su
destino. Sólo tú tuviste la opción de elegir, y de compartir lo que les deparaba el
destino. Te salvaré si puedo; el tiempo de ellos se ha acabado, jamás tuve su destino
en mis manos. A ti puedo salvarte, si me escuchas, pero debes incorporarte.
¡Incorpórate! —Fue un salvaje grito de desesperación—. ¡Si te quedas aquí morirás!
¡Incorpórate y busca cobijo; no tengo poder sobre los vientos y las tormentas…!
Andrew Carr abrió los ojos y parpadeó. Tal como había esperado, estaba solo,
magullado y tendido en la cornisa de la montaña, entre las ruinas de la nave de
observación. La muchacha, si es que alguna vez había estado allí, había desaparecido.
Incorpórate y busca cobijo; no tengo poder sobre los vientos y las tormentas.
Era, por supuesto, una idea condenadamente buena, si podía arreglárselas para
obedecerla. Donde se hallaba, bajo un fragmento de la destrozada cabina de la nave de
observación, no había manera de hacer frente a la cruel noche de este planeta extraño.
Le habían advertido acerca del clima enseguida de llegar a Cottman IV: sólo un
lunático pasaría una noche al aire libre durante la época de tormentas.
Con un último y desesperado esfuerzo, se debatió tratando de liberar el tobillo,
que como la pata de un animal en un cepo había quedado atrapado con el metal
retorcido. Esta vez sintió que el metal cedía un poco, aunque el terrible dolor
aumentó. Arrancándose la piel, tironeó de su pie atrapado en la oscuridad. Ahora
podía moverse lo suficiente como para movilizar la pierna con las manos. La ropa y la
piel desgarradas estaban resbaladizas debido a la sangre, que ya empezaba a
coagularse por el frío. Cuando tocó el metal retorcido, sus manos desnudas ardieron
como si hubiera tocado fuego, pero pudo tirar hacia arriba de la pierna herida,
evitando así los más afilados dientes del metal. Ahora, con un suspiro en el que se
mezclaban el dolor y el alivio, liberó el pie: cubierto de sangre, con la bota y la ropa
desgarradas, pero libre, ya no estaba atrapado. Se debatió hasta ponerse en pie, pero
sólo para volver a caer de rodillas al abatirlo una ráfaga del helado viento cargado de
aguanieve que se abatía sobre la cornisa.
Gateando para presentar menos resistencia al viento, se deslizó hasta el interior de
la cabina, que se balanceaba peligrosamente ante los embates del viento, y al momento
descartó cualquier idea de refugiarse allí. Si el viento se hacía más intenso, el
condenado aparato saldría disparado al menos a trescientos metros de distancia, hacia
el invisible valle que yacía abajo. Una parte, pensó, ya había desaparecido con la
caída. Pero al hallarse aún con vida, debía asegurarse de que no había ningún otro
sobreviviente.
Stanforth, por supuesto, estaba muerto. Sin duda, debía de haber muerto con el
primer golpe: nadie podía sobrevivir con ese enorme agujero en la cabeza. Andrew
cerró los ojos para protegerse del espantoso espectáculo del cerebro helado que se
desparramaba sobre aquel rostro. Los dos cartógrafos —uno se llamaba Mattingly,
jamás había sabido el nombre del otro— yacían exánimes y retorcidos sobre el piso y
cuando gateó con cautela sobre la cabina, que estaba en peligroso equilibrio, para
averiguar si alguno de ellos alentaba una chispa de vida, sólo encontró sus cuerpos ya
helados y rígidos. No había ni rastro del piloto. Debía de haber caído con el morro del
avión en ese horrible abismo de abajo.
De modo que estaba solo. Con cautela, Andrew retrocedió para salir de la cabina;
después, recuperando el buen sentido, volvió a entrar. Había comida en el avión —no
mucha, las raciones de un día, almuerzos, los caramelos y dulces de Mattingly, con los
que había invitado generosamente a la tripulación y que todos habían rechazado entre
risas, las raciones de emergencia en un panel detrás de la puerta—. Lo sacó todo y,
temblando de terror, se dispuso a quitar el enorme abrigo de Mattingly de su cadáver
ya rígido. Le descompuso el estómago —¡robar a los muertos!— pero el abrigo de
Mattingly, una pesada y costosa prenda de piel, ya no sería de ninguna utilidad para su
dueño, y para el mismo Andrew podía significar la diferencia entre la vida y la muerte
en la terrible noche que se avecinaba.
Cuando salió por última vez de la cabina, que se balanceaba horriblemente, estaba
tembloroso y mareado, y su pierna herida, de la que había desaparecido la piadosa
insensibilidad, empezaba a dolerle de manera lacerante. Con cuidado retrocedió hacia
la pared interna de la cornisa, apilando sus provisiones conseguidas con tanto
esfuerzo contra la roca.
Se le ocurrió que debería entrar al aeroplano por última vez. Stanforth, Mattingly y
el otro hombre llevaban identificación, los discos metálicos del Servicio del Imperio
Terrano. Si vivía, si regresaba alguna vez al puerto, esos discos serían una prueba de
las muertes y significarían algo para sus parientes. Con cansancio, volvió a arrastrarse
hacia el interior.
Y allí estaba ella otra vez, el fantasma, la muchacha, el espectro que lo había
atraído hasta aquí, pálida de terror, interponiéndose directamente en su camino. Su
boca parecía distorsionada por un grito.
—¡No! ¡No!
Casi sin querer, él retrocedió. Sabía que ella no estaba allí, que sólo había aire,
pero retrocedió y su pie herido cedió. Cayó contra el acantilado de roca y justo en
aquel momento una ráfaga de viento lo azotó, aullando como un alma condenada. La
muchacha había desaparecido, no se la veía por ninguna parte, pero antes de que
Andrew consiguiera incorporarse, una ráfaga de viento helado cayó sobre la cornisa y
provocó un gran estruendo. Con un crepitante restallido final, la cabina del avión
siniestrado finalmente perdió el equilibrio, se balanceó, se deslizó por la roca y se
estrelló contra el abismo. Hubo un gran rugido, como el de una avalancha, como el
del fin del mundo. Andrew se aferró, jadeante, a la ladera del acantilado, con los
congelados dedos aferrados a la roca.
Después, el trueno perdió intensidad, y sólo se oyó el suave rugir de la tormenta y
de la nieve al caer. Andrew se arropó con el abrigo de Mattingly, esperando a que su
corazón volviera a latir con normalidad.
La muchacha lo había salvado de nuevo. Había impedido que volviera a la cabina
por última vez.
Tonterías, pensó. De forma inconsciente debo de haber sabido lo que iba a
ocurrir.
Reservó la idea para reflexionar sobre ella después. Ahora acababa de escapar de
la muerte gracias a una serie de milagros, pero aún estaba muy lejos de estar a salvo.
Si el viento podía despeñar los restos del aeroplano desde la cornisa, también
podía empujarlo a él, razonó. Tenía que buscar algún lugar más seguro para descansar,
algún refugio.
Con mucho cuidado, aferrándose a la parte interna de la cornisa, se deslizó junto
al muro. A tres metros de distancia hacia un lado, el saliente se estrechaba hasta
desaparecer en una oscura pendiente de roca, resbaladiza por la nieve. Dolorosamente,
con el pie desgarrado, volvió sobre sus pasos. La oscuridad parecía cerrarse, mientras
el aguanieve se convertía en nieve blanca y espesa. Dolorido y cansado, Andrew
deseaba acostarse, envuelto en el abrigo de piel, para dormir allí. Pero dormir
significaba la muerte, sus huesos lo sabían, y se resistió a la tentación, arrastrándose
por la cornisa en dirección opuesta. Tuvo que evitar los fragmentos de metal que lo
habían atrapado. Se dio un golpe en la pierna buena contra una roca oculta, y gimió
de dolor.
Pero por fin consiguió recorrer toda la extensión de la cornisa, y en el extremo
descubrió que se ensanchaba, ascendiendo suavemente hasta un espacio plano en el
que crecían espesos matorrales, cuyas raíces se hundían en la ladera. Mirando hacia
arriba en la espesa oscuridad, Andrew asintió. El follaje apretado y apiñado resistiría
el viento, evidentemente había sobrevivido allí durante años. Cualquier cosa capaz de
crecer en ese paraje tenía que ser capaz de resistir el viento, la tormenta, la tempestad,
la cellisca. Si su pie herido le permitiera izarse hasta allí…
No fue fácil, cargado como iba con el abrigo y las provisiones, con el pie herido y
sangrante, pero antes de que la oscuridad cayera por completo, había logrado izarse
con los suministros de provisiones, gateando sobre ambas manos y una rodilla hasta
llegar debajo de los árboles, donde se tendió, protegido. Al menos aquí el enloquecido
viento soplaba con algo menos de violencia, ya que los matorrales lo frenaban. El
equipo de emergencia contaba con una pequeña linterna con baterías; a su pálido
resplandor encontró comida concentrada, una delgada manta de las del «espacio», que
aislaría el calor de su cuerpo, y tabletas de combustible.
Colocó la manta y el abrigo formando una especie de tienda de campaña, usando
para ello las ramas más gruesas. Se tendió en el diminuto refugio formado por las
raíces y las ramas, donde sólo ocasionalmente le llegaba el rocío de la nieve. Ahora
sólo deseaba acostarse y yacer inmóvil, pero antes de perder sus últimas fuerzas, se
cortó la helada pernera del pantalón y los remanentes de la bota para observarse la
herida del pie. Le dolía más de lo que hubiera podido imaginar. Logró rociarla con el
antiséptico del botiquín de emergencia y la vendó apretadamente, aunque aulló como
un animal salvaje. Por fin se tendió, absolutamente exhausto, en su refugio, chupando
uno de los caramelos de Mattingly. Se obligó a masticarlo, sabiendo que el azúcar
proporcionaría calor a su cuerpo aterido, pero en el momento mismo de tragar, cayó
en un sueño de agotamiento, muy parecido a la muerte.
Durante largo tiempo, su sueño fue el de un muerto, oscuro y sin sueños, una total
anulación de la mente y de la voluntad. Y después, también durante mucho tiempo,
fue apenas consciente del dolor y de la fiebre, del rugido de la tormenta en el exterior.
Cuando amainó, todavía febril, se despenó acuciado por la sed y se arrastró al
exterior, para quebrar los carámbanos que se habían formado sobre el borde de su
refugio y chuparlos. Luego se apartó tambaleante a fin de saciar las necesidades de su
cuerpo. Después volvió a la tranquilidad de su refugio a comer un poco más de
comida, y volvió a caer en un profundo sueño saturado de dolor.
Cuando volvió a despertarse, era de mañana, y tenía la mente clara. Vio la luz y
oyó tan sólo el leve murmullo del viento en las alturas. La tormenta había amainado,
el pie todavía le dolía, pero podía soportarlo. Cuando se sentó para cambiarse las
vendas, vio que la herida estaba limpia y no se había infectado. Por encima de su
cabeza, el gran sol color rojo sangre de Cottman IV aparecía bajo en el cielo, y
lentamente trepaba a las cumbres. Se arrastró hasta el borde y atisbo hacia abajo, hacia
el valle, que se extendía envuelto por la bruma. Era un país salvaje y solitario, que no
parecía hollado por pies humanos.
Y sin embargo, era un mundo habitado, un mundo poblado por humanos que
eran, según le habían informado, idénticos a los de la Tierra. De alguna manera había
sobrevivido al accidente que había acabado con el avión de Cartografía y Exploración;
tenía que haber alguna posibilidad de regresar otra vez al espacio-puerto. Tal vez los
nativos fueran amistosos y le ayudaran, aunque debía admitir que eso no le parecía
demasiado probable.
Sin embargo, mientras quedaba vida, había esperanza… y todavía estaba con vida.
Muchos hombres se habían perdido antes, así, en áreas salvajes e inexploradas de
mundos extraños, y habían aparecido sanos y salvos, habían vivido para contarlo a la
Central del Imperio, en la Tierra. De modo que su primera tarea era lograr que su
pierna volviera a estar en condiciones para caminar, y en segundo lugar, salir de estas
montañas. Las Hellers. Era un buen nombre para ellas[1]. Resultaban infernales.
Vientos cruzados, ráfagas ascendentes, ráfagas descendentes, tormentas que aparecían
de la nada… no se había inventado el avión que pudiera volar allí sin sufrir daño. Se
preguntó cómo se las arreglarían los nativos. Mulas de carga o algún otro equivalente
local, pensó. De todos modos, tenía que haber pasos, caminos, sendas.
A medida que el sol fue subiendo, las brumas se aclararon y pudo divisar los
valles que se extendían más abajo. La mayoría de las laderas estaba colmada de
árboles, pero más abajo, en el valle, corría un río, atravesado por una franja oscura
que sólo podía ser un puente. De modo que, después de todo, no se hallaba en una
zona deshabitada por completo. Había zonas que bien podían ser terrenos sembrados,
campos cuadrados, jardines, una campiña grata y pacífica, donde el humo se elevaba
desde las chimeneas de las casas… pero todo eso quedaba muy lejos; y entre las
tierras cultivadas y el acantilado donde se hallaba Andrew se extendían grandes
distancias de abismos, montañas y desfiladeros.
De alguna manera, sin embargo, conseguiría llegar hasta allí abajo, y luego al
espaciopuerto. Y después, maldita sea, se iría de este planeta horrible y poco
hospitalario en donde nunca debió haber aterrizado, o que en el peor de los casos,
tenía que haber abandonado en cuarenta y ocho horas. Bien, se iría ahora.
¿Y qué pasaba con la muchacha?
Maldita muchacha. No era real. Era un sueño provocado por la fiebre, un
espectro, un símbolo de su propia soledad…
Solitario. Siempre he estado solo, en una docena de mundos.
Probablemente todos los hombres solitarios sueñan con llegar alguna vez a un
mundo donde alguien los esté esperando, alguien que les tienda la mano y que apele a
una fibra interior, diciendo «Estoy aquí. Estamos juntos…».
Había tenido mujeres, por supuesto. Mujeres en cada puerto —¿cómo era el viejo
dicho, que empezó con los marineros y se aplicó luego a los astronautas, acerca de
una mujer en cada puerto?—. Y sabía que había hombres que consideraban envidiable
esta situación, él era consciente de ello. Pero ninguna de ellas había sido la mujer
ideal, y en el fondo él estaba de acuerdo con todo lo que le habían dicho en la
División Psic. Seguramente ellos sabían lo que tenían entre manos. Buscas la
perfección en una mujer para protegerte de alguna relación verdadera. Te refugias en
fantasías para evitar las duras realidades de la vida. Y cosas por el estilo. Algunos
incluso llegaron a decirle que de forma inconsciente era homosexual y que las
relaciones sexuales habituales le resultaban insatisfactorias porque en realidad no
deseaba en absoluto a las mujeres, pero que su conciencia no podía admitirlo. Lo
había escuchado cientos de veces, y no obstante el sueño persistía.
No simplemente una mujer para la cama, sino para su alma y para la
hambrienta soledad de su corazón…
Quizá la vieja adivina de la Ciudad Vieja había especulado con eso. Tal vez había
tantos hombres que compartían ese sueño que ella se lo entregaba a todos, del mismo
modo que los psicólogos charlatanes de la Tierra les predecían a las adolescentes
románticas que seguramente se encontrarían alguna vez con el desconocido alto y
moreno que esperaban.
Era una muchacha real. La vi y ella… ella me llamó.
Está bien. Piénsalo ahora. Acláralo todo…
Había venido a Cottman IV de camino a un nuevo destino, se trataba de un simple
puerto de paso, uno entre una lista de mundos donde se cruzaban las rutas y se
cambiaba de dirección dentro de la gran red del Imperio Terrano. El espaciopuerto era
grande, al igual que la Ciudad Comercial que lo rodeaba, para abastecer al personal
del espaciopuerto. Pero no era un mundo perteneciente al Imperio, con comercio,
viajes, rutas establecidas. Sabía que era un mundo habitado, pero los terráqueos no
tenían acceso a una gran parte de él. Ni siquiera sabía cómo lo llamaban los nativos. El
nombre que aparecía en los mapas del Imperio era suficiente para él, Cottman IV. No
había pretendido quedarse más de cuarenta y ocho horas, lo suficiente para arreglar el
traslado hasta su destino final.
Y entonces había ido a la Ciudad Vieja con tres compañeros del Servicio Espacial.
Las comidas de la nave se tornaban monótonas, siempre sabían a máquina, con un
fuerte y acre regusto de especias, para ocultar el persistente olor a agua reciclada e
hidrocarburos. La comida de la Ciudad Vieja, al menos, era natural, buena carne asada
como no había comido desde su última licencia, frutas frescas y fragantes, y él había
disfrutado más que con cualquier otra comida que hubiera probado en meses, con ese
vino dorado, dulce y claro. Y después, por curiosidad, él y sus compañeros habían
paseado por el mercado, comprando recuerdos, palpando telas extrañas de rústicas
texturas y pieles suaves, y después él había llegado hasta el puesto de la adivina, y por
pura curiosidad se había detenido a escucharla.
—Alguien te espera. Puedo mostrarte el rostro de tu destino, extranjero. ¿Quieres
ver el rostro de la que te espera?
En ningún momento se le ocurrió que fuera algo más que una treta para conseguir
unas cuantas monedas. Divertido, riéndose, le había entregado a la anciana el dinero
que le pedía y la había seguido hacia el interior de un puesto cubierto por una
marquesina de lona. Una vez dentro, ella había observado la bola —era curioso que
en todos los mundos que había visitado la bola de cristal fuera siempre el instrumento
elegido para la videncia— y entonces, sin una palabra, le hizo mirar el interior. Aún
riéndose, pero ya algo disgustado, dispuesto a marcharse, Andrew se había inclinado
para ver el rostro bonito, el resplandeciente pelo rojo. Un anzuelo para una
prostituta de postín, pensó cínicamente, y estaba dispuesto a preguntarle a la vieja
cuánto cobraba por la muchacha ese día, y si hacía precio especial para los terráqueos.
Entonces la muchacha que estaba en la bola de cristal alzó los ojos y cruzó su mirada
con la de Andrew, y…
Y ocurrió. No había palabras para explicarlo. Él se quedó allí, agachado e inmóvil
sobre la bola de cristal, durante tanto tiempo que su cuello, al que no prestó ninguna
atención, sufrió un doloroso calambre.
Era una chica muy joven, y al parecer estaba muy asustada y dolorida. Creyó oír
que le llamaba pidiéndole una ayuda que sólo él le podía ofrecer, y que tocaba,
deliberadamente, una fibra secreta que sólo los dos conocían. Pero más tarde no pudo
comprender qué había sido, sólo que ella lo llamaba, que lo necesitaba con
desesperación…
Y entonces el rostro desapareció, y a él le dolía la cabeza. Se aferró al borde de la
mesa, temblando, ansioso por volver a invocarla.
—¿Dónde está? ¿Quién es?
Pero la anciana volvió hacia él un rostro ceñudo, vacuo.
—No, no, ¿cómo puedo saber lo que has visto, hombre de otro mundo? Yo no vi
nada ni a nadie, y hay otros esperando. Debes irte ahora.
Él salió a trompicones, pálido de desesperación.
Ella me ha llamado. Me necesita. Está aquí…
Y yo parto dentro de seis horas.
No había resultado fácil romper su contrato y quedarse, pero tampoco había sido
demasiado difícil. Había mucha demanda para ir al mundo hacia donde se dirigía, y no
pasarían siquiera tres días antes de que encontraran un sustituto. Tuvo que aceptar la
pérdida de dos grados en el escalafón de antigüedad, pero eso no le importó. Por otra
parte, tal como le dijeron en Personal, no era fácil hallar voluntarios para Cottman IV.
El clima era malo, casi no había comercio, y aunque la paga era buena, ningún
hombre de carrera quería exiliarse allí, en los confines del Imperio, en un planeta que
se negaba obstinadamente a relacionarse con ellos, salvo en la concesión del
espaciopuerto. Le dejaron elegir entre un puesto en el centro de informática y un
destino en Cartografía y Exploración, que era un trabajo de alto riesgo y muy bien
remunerado. Por alguna razón, los nativos de este mundo nunca habían trazado
mapas, y el Imperio Terrano creía que si les proporcionaban mapas terminados que su
tecnología nativa no pudiera o no quisiera lograr, se conseguirían mejoras en las
relaciones entre Cottman IV y el Imperio.
Eligió Cartografía y Exploración. Ya sabía —durante la primera semana había visto
a todas las muchachas y mujeres del espaciopuerto— que ella no pertenecía a
Personal, ni a Medicina, ni a Envíos. Cartografía y Exploración gozaba de ciertas
concesiones que les permitía salir de la zona del Imperio, severamente limitada. En
algún sitio, de alguna manera, ella estaba esperando allá afuera…
Se había convertido en una obsesión y él lo sabía, pero de algún modo no podía
romper el embrujo, ni siquiera deseaba hacerlo.
Y entonces, la tercera vez que había salido en el avión de Cartografía, se
estrellaron… y aquí estaba, tan lejos como siempre de su muchacha soñada. Si es que
había existido alguna vez, cosa que dudaba.
Agotado por el largo esfuerzo de memoria, volvió a su refugio a descansar. Al día
siguiente tendría tiempo suficiente para elaborar un plan para salir de la cornisa.
Comió una ración de emergencia, chupó un poco de hielo y cayó en un sueño
inquieto…
Ella estaba allí otra vez, de pie ante él, como si estuviera y a la vez no estuviera
dentro del pequeño refugio oscuro, un espectro, un sueño, una flor oscura, una llama
en su corazón…
No sé por qué te contacté a ti, extraño. Buscaba a mis parientes, a aquellos que
me aman y que podrían ayudarme…
Damisela en apuros, pensó Andrew, apuesto a que sí. ¿Qué quieres de mí?
Sólo una mirada dolorida, y una penosa expresión del rostro.
¿Quién eres? No puedo seguir llamándote muchacha fantasma.
Calista.
Ahora estoy seguro de que se está burlando de mí, de que estoy siendo
engañado, se dijo Andrew, ése es un nombre terráqueo.
No soy una hechicera de la Tierra, mis poderes son de aire y de fuego…
Eso no tenía sentido.
¿Qué quieres de mí?
Ahora, sólo salvar una vida que sin darme cuenta puse en peligro. Y te digo:
evita la tierra oscura.
Sin previo aviso, la muchacha se desvaneció de su vista y de su oído y él se quedó
solo, parpadeando.
«Calista», por lo que recuerdo, pensó, significa simplemente «bella». Tal vez tan
sólo sea un símbolo de belleza en mi mente. ¿Pero qué es la tierra oscura? ¿Y cómo
puede esa chica ayudarme a salvarme? Oh, tonterías, otra vez estoy pensando en
ella como si fuera real.
Enfréntate a ello. Esa mujer no existe, y si vas a salir de aquí, deberás hacerlo
por ti mismo.
Y sin embargo, mientras permanecía tendido descansando y haciendo planes, se
encontró una vez más tratando de evocar su rostro…
2
La tormenta aún rugía en las cumbres, pero allí, en el valle, reinaba la claridad y el sol
bajaba; sólo las espesas nubes con forma de yunque, hacia el oeste, marcaban el lugar
donde los picos de las montañas seguían envueltos por la tormenta.
Damon Ridenow cabalgaba con la cabeza baja, protegiéndose del viento que
agitaba su capa de viaje, y se sentía como si volara. Como si huyera ante una tormenta
en ciernes. Trató de decirse: El clima se me está metiendo en los huesos, tal vez ya no
soy tan joven. Pero sabía que se trataba de algo más. Era inquietud, algo que se movía
y le perturbaba la mente, algo maligno. Algo podrido.
Advirtió que había tratado de mantener la mirada apartada de las bajas colinas
arboladas que se erguían al este y, deliberadamente, para acabar con su extraño
desasosiego, se obligó a girar sobre su montura y a observar las laderas de arriba
abajo.
Las tierras oscuras.
Tonterías, se dijo furioso. Hubo guerra allí, el año pasado, contra el pueblo gato.
Algunos resultaron muertos, y a otros los obligaron a alejarse y a establecerse en la
tierra de Alton, alrededor de los lagos. El pueblo gato era feroz y cruel, sí, asesinaba y
quemaba, atormentaba y daba por muerto todo aquello que no podía asesinar de
forma directa. Tal vez lo que sentía era tan sólo el recuerdo de todos los sufrimientos
que se habían producido allí durante la guerra. Mi mente está abierta a las mentes de
los que padecieron…
No era mucho peor. Todos esos rumores acerca de las fechorías que había hecho
el pueblo gato.
Miró hacia atrás. Su escolta —cuatro espadachines de la Guardia— empezaba a
juntarse y murmurar, y él supo que debía ordenar un alto para que los caballos
descansaran. Uno de los guardias se adelantó para ponerse a su lado, y Damon
contuvo su cabalgadura para poder mirar al hombre.
—Lord Damon —dijo el hombre con adecuada deferencia, aunque se le veía
enojado—, ¿por qué cabalgamos como si los enemigos nos pisaran los talones? No he
oído hablar de guerra ni de emboscadas.
Damon Ridenow se obligó a aflojar el paso, pero le costó un esfuerzo. Lo que
deseaba era espolear al caballo, llegar rápido a la seguridad de Armida, donde les
esperaban…
—Creo que sí nos persiguen, Reidel. —Su voz tenía ecos sombríos.
El Guardia paseó su mirada vigilante por todo el horizonte (le habían entrenado
para estar atento), pero con declarado escepticismo.
—Lord Damon, ¿en qué matorral se oculta la emboscada?
—De eso sabes tanto como yo —le respondió Damon, con un suspiro.
El hombre parecía obstinado.
—Bien, eres un señor del Comyn, y ése es asunto tuyo. El mío es llevar a cabo tus
órdenes. Pero hay un límite para lo que un hombre y un caballo pueden hacer, señor,
y si recibimos un ataque con las monturas cansadas y con llagas por haber cabalgado
demasiado, no podremos ofrecer resistencia.
—Supongo que tienes razón —aceptó Damon, suspirando—. Ordena un alto,
entonces. Al menos aquí, en terreno abierto, hay menos peligro de que nos ataquen.
Estaba acalambrado y agotado, y contento de desmontar, a pesar de que la
angustiosa sensación de urgencia lo seguía acosando. Cuando el guardia Reidel le
trajo comida, la tomó sin sonreír, y la agradeció distraídamente. El Guardia se demoró
junto a él con el privilegio de largos años de trabajo conjunto.
—¿Todavía hueles el peligro detrás de cada árbol, lord Damon?
—Sí, pero no puedo decir por qué —respondió Damon, y volvió a suspirar.
A pie, era de estatura mediana, un hombre delgado y pálido, con el pelo rojo
fuego propio de un señor del Comyn de los Siete Dominios; al igual que la mayoría de
los suyos, no llevaba más armas que una daga, y debajo de la capa de viaje lucía la
ligera túnica habitual en los hombres que pasan mucho tiempo encerrados, la
vestimenta de un erudito. El Guardia lo miraba solícito.
—No estás acostumbrado a cabalgatas tan largas, señor, ni tan apresuradas. ¿Había
realmente necesidad de un viaje tan precipitado?
—No lo sé —contestó con suavidad el señor del Comyn—. Pero mi pariente de
Armida me envió un mensaje, un mensaje secreto, en el que me pedía que acudiera a
toda velocidad, y ella no es de esa clase de mujeres que se asustan de una sombra ni
se pasa la noche despierta temiendo que entren bandidos en el patio cuando los
hombres de la casa no están. Un llamamiento urgente de la dama Ellemir no es algo
que se pueda tomar a la ligera, de modo que vine de inmediato, tal como era mi
obligación. Puede tratarse de algún problema de familia, alguna enfermedad en la
casa; pero en cualquier caso, es un asunto grave, de no ser así ella misma podría
enfrentarlo.
El Guardia asintió lentamente.
—He oído decir que la dama es valerosa y con recursos. Tengo un hermano que
pertenece al personal de su casa. ¿Puedo explicar todo esto a mis hombres, señor? Tal
vez refunfuñen menos si se enteran de que hay problemas graves y que no se trata de
un capricho tuyo.
—Puedes decírselo, no es ningún secreto —aceptó Damon—. Yo mismo lo
hubiera hecho, si se me hubiera ocurrido.
Reidel esbozó una sonrisa.
—Ya sé que no eres un gran caudillo de hombres —replicó—. Pero ninguno de
nosotros ha oído rumores, y a nadie le gusta cabalgar por esta zona si no hay una gran
necesidad.
—¿Sin gran necesidad, Reidel? ¿Qué quieres decir?
Ahora que había formulado una pregunta directa, el hombre se sintió incómodo.
—Peligro —contestó al fin—, y mala suerte. Acecha tras la sombra. Ahora la
llaman la tierra oscura, y ningún hombre viajará o cabalgará por ella de grado, y sólo
si cuenta con buena protección.
—Tonterías.
—Puedes reírte, señor, los Comyn están bajo la protección de los Grandes Dioses.
Damon suspiró.
—Nunca pensé que fueras tan supersticioso, Reidel. Has sido guardia durante
veinte años, estuviste al servicio de mi padre. ¿Todavía crees que los Comyn somos
diferentes de los otros hombres?
—Son más afortunados —alegó Reidel, apretando los dientes—, pero ahora,
cuando los hombres cabalgan por las tierras oscuras, no vuelven más o vuelven locos.
No, señor, no te rías de mí, le ocurrió al hermano de mi madre hace dos lunas.
Cabalgó a las tierras oscuras para visitar a una doncella a quien deseaba convertir en
su segunda esposa, ya que había pagado por ella cuando sólo tenía nueve años. No
regresó en la fecha prevista, y cuando me dijeron que había entrado para siempre en la
sombra, yo también me reí y dije que sin duda se había demorado para irse a la cama
con la joven y dejarla embarazada. Entonces, señor, una noche, más de diez días
después de la fecha en que le esperábamos, llegó a la sala de Guardias de Serré, ya
entrada la noche. No soy hombre fantasioso, señor, pero su rostro, su rostro… —
Abandonó la lucha para encontrar palabras—. Parecía haber mirado directamente al
séptimo infierno de Zandru. Y no decía nada que tuviera sentido, señor. Deliraba
hablando de grandes fuegos, y de la muerte en los vientos, y de muchachas que se
prendían a su alma como gatas-brujas, y aunque lo enviaron a la hechicera, antes de
que ella pudiera sanarle la mente, murió en medio del delirio.
—Alguna enfermedad de las montañas y las colinas —opinó Damon, pero Reidel
sacudió la cabeza.
—Como tú mismo me has recordado, señor, he sido guardia en estas montañas
durante veinte años, y mi tío durante cuarenta. Conozco las enfermedades que afectan
a los hombres, y ésta no era ninguna de ellas. Tampoco conozco ninguna enfermedad
que ataque a un hombre en una sola dirección. Yo mismo me adentré un poco en las
tierras oscuras, señor, y vi con mis propios ojos los jardines marchitos y los huertos
descuidados, y la gente que vive allí ahora. Lo cierto es que se alimentan de comida de
brujas, señor.
Damon volvió a interrumpirle.
—¿Comida de brujas? Las brujas no existen, Reidel.
—Llámalo como quieras, pero esa comida no viene de un grano, ni de una raíz, ni
de una fruta, ni de un árbol, señor, ni tampoco es carne de ningún ser vivo. No tocaría
un solo grano de eso, y creo que por eso logré volver sin daño. Vi cómo aparecía de la
nada.—
Los que tienen los recursos pueden preparar comida a partir de substancias que
parecen incomestibles, Reidel, y son alimentos sanos. Un técnico de matrices… ¿cómo
puedo explicarte esto? Desarma la materia química que no puede comerse, y cambia
su estructura de modo que pueda digerirse y sea nutritiva. No basta para mantener con
vida a un hombre durante muchos meses, pero sí sirve para un lapso más breve, en
caso de urgencia. Hasta yo mismo puedo hacerlo, y no hay en ello ninguna brujería.
Reidel frunció el ceño.
—Brujería de tu piedra estelar…
—¡Brujería! ¡Un rábano! —exclamó Damon, malhumorado—. Una habilidad.
—Entonces, ¿por qué sólo los Comyn pueden hacerlo?
Damon exhaló un suspiro.
—Yo no puedo tocar el laúd; ni mis dedos ni mis oídos tienen el talento natural ni
el entrenamiento necesarios. Pero tú, Reidel, naciste con ese don, y te entrenaste
durante la infancia, así que puedes hacer música cuando se te antoja. Lo mismo ocurre
con esto. Los Comyn nacen con ese talento, como otros nacen con talento para la
música, y en la niñez nos entrenan para cambiar la estructura de la materia con la
ayuda de estas piedras matrices. Yo sólo puedo conseguir algunos pequeños logros;
otros, bien entrenados, son más poderosos. Tal vez alguien ha estado experimentando
con ese tipo de comida falsa en esas tierras, y al no conocer demasiado bien su
habilidad, ha fabricado veneno, un veneno que hace que los hombres pierdan el
juicio. Pero ése es un asunto para una de las Celadoras. ¿Por qué nadie ha ido a
planteárselo?
—Exprésalo como quieras —gruñó el Guardia, pero su rostro obstinado y tenso
decía mucho más—. Las tierras oscuras están bajo algún maleficio, y los hombres de
buena voluntad deberían evitarlas. Y ahora, si te parece, señor, deberíamos volver a
montar si queremos llegar a Armida antes de que caiga la noche, pues a pesar de que
nos mantengamos lejos de las tierras oscuras, éste no es un camino fácil para cabalgar
de noche.
—Tienes razón —observó Damon, y montó, esperando a que su escolta volviera a
reunirse. Tenía mucho en qué pensar. Desde luego, había oído rumores acerca de las
tierras que limitaban con el pueblo gato, pero hasta ahora nada como esto. ¿Sería todo
una superstición, rumores basados en las habladurías de los ignorantes? No, Reidel no
era un hombre fantasioso, ni tampoco lo era su tío, un soldado veterano y endurecido,
no era la clase de hombre que puede ser presa de sombras vagas. Algo muy tangible
lo había matado, y Damon podía estar seguro de que ese viejo había ofrecido mucha
resistencia al asesino.
Habían llegado a la cumbre de la montaña, y Damon miró hacia el valle de abajo,
en busca de algún indicio de emboscada, porque la sensación de que le vigilaban o
perseguían se había convertido ya en obsesión. Éste sería un buen lugar para
sorprenderlos, mientras descendían por la ladera.
Pero el camino y el valle se extendían libres delante de ellos bajo la tenue luz, y él
frunció el ceño, tratando de relajar sus tensos músculos a fuerza de voluntad.
Estás llegando a un punto en que te alarman las sombras. No podrás hacer
gran cosa por Ellemir si no te tranquilizas.
Dirigió la mano enguantada hasta la cadena que le rodeaba el cuello; allí, envuelta
en seda dentro de una bolsita de cuero, sintió la forma dura, la curiosa calidez de su
matriz. Entregada a él en cuanto logró dominar el uso, la «piedra estelar» de la que
Reidel había hablado estaba sintonizada con su mente de una manera que tan sólo los
nacidos en Darkover (y además telépatas del Comyn) podían comprender. Un largo
entrenamiento le había enseñado a amplificar las fuerzas magnéticas de su cerebro a
través de la curiosa estructura cristalina de la piedra; y ahora el sólo hecho de tocarla
calmó su mente. Era la larga disciplina del telépata entrenado.
Razón, se dijo, todo en orden. A medida que disminuía la inquietud, sintió el
pulso tranquilo y una lenta euforia, lo que significaba que su cerebro había empezado
a funcionar a un ritmo que los Comyn denominaban básico o «de descanso». Desde
esta situación de calma, por encima de sí mismo, examinó sus propios temores y los
de Reidel. Era algo que debía examinar, sí, pero no para cavilar sobre esos cuentos
confusos. Era más bien algo que debía dejarse de lado para pensar, y que luego tenía
que investigar con cuidado a partir de hechos y no de temores, de realidades y no de
habladurías.
Un terrible grito le desgarró la mente, haciendo pedazos su calma artificial como
haría una piedra arrojada contra un cristal. Fue un golpe doloroso e intenso, y también
él gritó cuando su mente recibió el impacto del miedo y de la agonía, un segundo
antes de escuchar un ronco aullido, un espantoso aullido, ese que sólo brota de labios
agonizantes. Su caballo se encabritó; mientras con la mano seguía aferrando el cristal
que le pendía del cuello, tiró desesperadamente de las riendas en un intento de
controlar al enardecido caballo. El animal se quedó inmóvil, tembloroso y con las
patas rígidas, mientras Damon contemplaba atónito cómo Reidel caía lentamente al
suelo, inerme e inconfundiblemente muerto, con un gran tajo en la garganta, de donde
fluía la sangre como de una fuente carmesí. ¡Y no había nadie cerca de él! Una
espada salida de ninguna parte, una invisible garra de acero que había segado la
garganta de un hombre vivo.
—¡Aldones! ¡Que el Señor de la Luz nos proteja! —murmuró Damon para sí,
aferrando la empuñadura de su daga y luchando por controlarse. Los otros guardias se
rebelaban, y con las espadas describían grandes arcos centelleantes en el aire.
Damon aferró el cristal con fuerza, librando una silenciosa batalla para dominar
esa ilusión… ¡por fuerza tenía que ser una ilusión! Lentamente, como a través de un
espeso velo, vio formas, sombras extrañas y apenas humanas. La luz parecía brillar a
través de ellas, y enfocó los ojos en un esforzado intento de impedir que las formas
desaparecieran.
¡Y él estaba desarmado! En cualquier caso, no era un gran espadachín…
Asió las riendas del caballo, luchando contra el impulso de lanzarse contra los
invisibles oponentes. Una roja furia le corría por las venas, pero una fría oleada de
razón le hizo observar, remotamente, que estaba desarmado, que sólo lograría morir
con sus hombres, y que ahora era más importante cumplir con su deber hacia su
pariente. ¿Tal vez la casa de ella estaría sitiada por esos terrores invisibles? ¿Acaso
esos terrores acechaban para impedir que alguien llegara en ayuda de Ellemir?
Sus hombres luchaban con furia contra los atacantes invisibles; Damon, aferrando
su matriz, espoleó su cabalgadura y los esquivó, alejándose de los agresores al galope.
Tenía un nudo en la garganta. Por lo que sabía, en cualquier momento alguna hoja
invisible podía salir de la nada y rebanarle la cabeza. A sus espaldas, los roncos
alaridos de sus hombres eran como un cuchillo que le atravesaba el corazón, la
conciencia. Cabalgó con la cabeza gacha y envuelto en la capa, como si los demonios
lo persiguieran, y no aminoró la marcha hasta que se detuvo (con el caballo
temblando cubierto de sudor), su propia respiración convertida en un jadeo, en la
ladera siguiente, a dos o tres millas de la emboscada, ante las altas puertas de Armida.
Ya desmontado, extrajo el cristal de la bolsa de cuero y del envoltorio de seda. De
haberla descubierto podría habernos salvado a todos, pensó, observando con
desesperación la piedra azul con los extraños y móviles centelleos de fuego en el
interior. Con su poder telepático entrenado, enormemente amplificado por las
resonancias de los campos magnéticos de la matriz, hubiera podido dominar la ilusión;
sus hombres hubieran tenido que luchar, pero libres de ilusiones, contra enemigos que
hubieran podido ver y en una lucha abierta. Agachó la cabeza. Una matriz nunca se
llevaba descubierta; sus vibraciones y resonancias debían aislarse de cuanto las
rodeaba. Y en el tiempo que hubiera tardado en librarla de sus capas protectoras, sus
hombres ya habrían muerto de todos modos, y él junto con ellos.
Suspirando, y envolviendo una vez más el cristal en la seda, palmeó el flanco de
su caballo exhausto y, sin montar para evitarle un mayor esfuerzo a la temblorosa
bestia, lo llevó de la brida, trepando lentamente por la subida que conducía a las
puertas. Al parecer, Armida no estaba sitiada. El patio estaba en calma y desnudo bajo
el sol agonizante, y la niebla nocturna empezaba a deslizarse de las montañas que lo
circundaban. Aparecieron unos criados para hacerse cargo de su caballo, y se
mostraron alarmados ante el estado de la bestia.
—¿Te persiguieron, lord Damon? ¿Dónde está tu escolta?
Él sacudió lentamente la cabeza, intentando no responder.
—Más tarde, más tarde. Encárgate de mi caballo, y no dejes que beba hasta que se
haya enfriado; ha galopado demasiado. Llama a la dama Ellemir y dile que ya he
llegado.
Si esta misión no es de suma importancia, se dijo sombríamente, discutiré con
ella. Cuatro de mis más fieles hombres han muerto, y de manera horrible. Sin
embargo, no está sitiada ni en problemas graves.
Entonces advirtió el sombrío silencio que se cernía sobre el patio. Había manchas
de sangre sobre las piedras. Le invadió una extraña inquietud, un insano desasosiego,
una sensación mental, percibida como algo que no pertenecía en absoluto a este nivel
del mundo.
Alzó la vista para mirar a Ellemir Lanart, de pie ante él.
—Pariente —dijo ella a media voz—. Oí algo… no lo suficiente para estar segura.
Creí que también tú… —Se le quebró la voz, y se arrojó en sus brazos—. ¡Damon!
¡Damon! ¡Creí que también tú habías muerto!
Damon Ridenow sostuvo con suavidad a la joven, acariciando los temblorosos
hombros. Por un momento, el brillante pelo de ella le cubrió el pecho, luego ella
suspiró luchando por recobrar el control, y levantó la cabeza. Era muy alta y esbelta, y
el pelo rojo fuego la proclamaba como miembro de la casta telepática de Damon; tenía
rasgos delicados y brillantes ojos azules.
—Ellemir, ¿qué ha ocurrido aquí? —Preguntó Damon con creciente angustia—.
¿Estás sufriendo un ataque? ¿Se ha producido una incursión?
Ella bajó la cabeza.
—No lo sé. Sólo sé que Calista ha desaparecido.
—¿Desaparecido? En nombre de Dios, ¿qué quieres decir? ¿La han raptado los
bandidos? ¿Ha huido? ¿Se fugó? —Incluso mientras hablaba, él sabía que todo
aquello era imposible; la hermana gemela de Ellemir, Calista, era Celadora, una de
esas mujeres entrenadas para manejar todo el poder de un círculo de telépatas
expertos; hacían votos de virginidad y estaban rodeadas de tanto respeto y veneración
que ningún hombre de Darkover se atrevería a poner los ojos en ellas—. ¡Ellemir,
dímelo! Pensé que Calista estaba segura en la torre de Arilinn. ¿Dónde? ¿Cómo?
Ellemir luchaba por dominarse.
—No podemos hablar aquí en el patio —dijo, alejándose de él y recobrando el
control.
Por un momento Damon lamentó su reacción; la cabeza de ella sobre su hombro
parecía haber estado allí siempre. Se dijo con incredulidad que no eran el momento ni
el lugar adecuados para estas ideas, y se resistió al impulso de volver a rozar
levemente la mano de la joven. La siguió a paso lento hasta el gran vestíbulo, pero la
muchacha apenas si había entrado cuando se volvió hacia él.
—Ella estaba aquí de visita —explicó con voz temblorosa—. La dama Leonie
quería dejar su puesto como Celadora y regresar a su hogar en Valeron. Calista iba a
sustituirla en la torre, pero primero vino a hacerme una visita. Quería persuadirme de
que fuera con ella a Arilinn para que la acompañara y no viviera tan sola. En cualquier
caso, al menos quería verme una temporada antes de aislarse para constituir el Círculo
de la Torre. Todo anduvo bien, aunque ella parecía inquieta. No soy telépata
entrenada, Damon, pero Calista y yo somos gemelas, y nuestras mentes se tocan un
poco, lo queramos o no. De modo que percibí su inquietud, pero ella por toda
explicación me contó que tenía pesadillas con gatas-brujas, jardines marchitos y flores
secas. Y entonces un día… —El rostro de Ellemir palideció y, casi sin saber lo que
hacía, tomó la mano de Damon, asiéndola desesperadamente como si deseara que él
llevara todo aquel peso—. Me desperté al oír su grito, pero nadie más oyó ni un
sonido, ni siquiera un susurro. Cuatro de nuestros servidores yacían muertos en el
patio, y entre ellos… entre ellos se encontraba nuestra nodriza, Bethiah. Había
amamantado a Calista cuando era un bebé, dormía en un jergón a sus pies, y estaba
allí con los ojos… los ojos arrancados de las órbitas, todavía con vida. —Ellemir
hablaba entre sollozos—. ¡Y Calista había desaparecido! ¡Se había esfumado y yo no
podía llegar a ella… ni siquiera con la mente! Mi gemela, y había desaparecido como
si Avarra se la hubiera llevado, viva, al otro mundo.
Damon, con un gran esfuerzo, logró que su voz sonara firme.
—¿Crees que está muerta, Ellemir?
Ellemir lo miró con sus grandes ojos azules.
—No. No la sentí morir; y mi gemela no podría dejar la vida sin que yo
compartiera su viaje. Cuando nuestro hermano Coryn murió al caer desde un nido,
mientras buscaba halcones, tanto Calista como yo sentimos cómo pasaba de la vida a
la muerte, y Calista es mi gemela. Está viva. —La voz de Ellemir se quebró y rompió a
llorar desconsoladamente—. ¿Pero dónde? ¿Dónde? ¡Ha desaparecido, ha
desaparecido como si jamás hubiera existido! Y desde entonces sólo hay sombras,
sombras. Damon, Damon, ¿qué voy a hacer?
3
Nunca hubiera creído que bajar por la montaña resultara tan difícil.
Durante todo el día, Andrew Carr se había tambaleado, tropezado y deslizado
alrededor de las puntiagudas rocas de la ladera. Había atisbado al fondo del abismo
increíblemente profundo donde se habían estrellado los restos de la nave de
exploración, y había abandonado cualquier esperanza de rescatar comida, ropas o los
discos de identificación de sus compañeros. Ahora, a medida que caía la noche y una
leve nevada empezaba a cubrir las laderas, se arropó con el grueso abrigo de piel y
engulló los últimos caramelos que le quedaban. Oteó el horizonte en busca de luces o
de otras señales de vida. Tenía que haber algo. Éste era un planeta densamente
habitado. Pero aquí, en las montañas, podía haber kilómetros o incluso cientos de
kilómetros entre las áreas habitadas. Distinguió en el horizonte unos pálidos
resplandores, un grupo de luces apiñadas que podía pertenecer a una aldea o una
ciudad. De modo que su problema consistía en llegar hasta allí. Pero eso requeriría
bastante esfuerzo. No sabía nada —en realidad menos que nada— de técnicas de
supervivencia. Por fin, al recordar algo que había leído, se enterró en una pila de
hojas muertas, cubriéndose la cabeza con el cuello del abrigo de piel. Tenía frío, y
descubrió que sus pensamientos se demoraban amorosamente en la comida, en platos
llenos y humeantes, pero por fin se durmió. Descansó de manera superficial,
despertándose casi cada hora debido a los escalofríos para enterrarse más
profundamente en la pila de hojas, pero durmió. En sus confusos sueños, no le visitó
el rostro espectral de la muchacha que identificaba como una visión.
Durante todo el día siguiente, y también el otro, se abrió camino con esfuerzo
descendiendo por una encrespada ladera cubierta con densa maleza; dos veces se
perdió en el boscoso valle que yacía a los pies, y por fin logró ascender a la otra
cumbre. Desde el fondo del valle, no tenía manera de saber hacia qué lado debía ir, y
desde lo alto, no distinguió ningún indicio de habitantes humanos o de otra clase. Una
vez se topó con los restos, muy deteriorados, de una cerca, y perdió un par de horas
siguiéndola —la existencia misma de una cerca significaba algo que debía ser
confinado o mantenido fuera—. Pero sólo le condujo hasta unos espesos viñedos
enmarañados, y decidió que fuera cual fuese la clase de ganado para el que se había
construido el corral, tanto los animales como el dueño se habían ido mucho tiempo
atrás. Cerca del lugar donde había hallado la valla divisó un arroyo seco, y supuso que
tal vez ese cauce le condujera montaña abajo. Las civilizaciones, especialmente las
agrícolas, siempre han construido las poblaciones cerca de los cursos de agua, y
consideró que este planeta no iba a ser la excepción. Si seguía el lecho de la corriente,
seguramente saldría de las montañas y llegaría hasta las moradas de la gente que había
construido la cerca y pastoreado el ganado. Pero al cabo de unos pocos kilómetros, el
lecho seco desaparecía bajo un derrumbamiento de rocas y, por más que lo intentó, no
logró hallar la continuación del otro lado. Tal vez por eso los constructores de la cerca
se habían llevado el ganado.
Hacia el final del segundo día encontró unas pocas frutas marchitas que pendían
de un árbol raquítico. Parecían manzanas a la vista y al gusto, secas y duras pero
comestibles; se comió casi todas las que había y se llevó las otras para comerlas más
tarde. Era probable que crecieran más plantas comestibles a su alrededor, desde la
corteza de ciertos árboles hasta los hongos que había observado sobre los troncos
caídos. El problema era que no sabía distinguir las plantas comestibles de las
venenosas, y por lo tanto sólo lograba confundirse y complicarse al pensar en eso.
Esa misma noche, más tarde, mientras buscaba algún lugar para dormir, la nieve
empezó a caer de nuevo, con una persistencia extraña que lo inquietó. Había oído
hablar de las tormentas de las montañas, y la idea de quedar atrapado en una de ellas,
sin comida, ropa protectora ni refugio, le hizo enloquecer de temor. Al poco rato, la
nieve caía tan densa que casi no podía distinguir su mano si la alzaba delante del
rostro, y tenía los zapatos empapados y embarrados en esa masa fría y pegajosa.
Estoy acabado, pensó con desespero. Ya estaba acabado cuando se estrelló el
avión, sólo que no tuve el buen criterio de darme cuenta.
La única carta que tenía, la única oportunidad que tuve nunca, era el buen
tiempo, y ahora también eso se ha arruinado.
Lo único que tenía sentido ahora era elegir un lugar confortable, a ser posible
resguardado del condenado viento que aullaba como un alma perdida por entre las
grietas rocosas de arriba, acostarse, ponerse cómodo y quedarse dormido bajo la
nieve. Ése sería el fin. Teniendo en cuenta el carácter desértico de esta parte del
planeta, era probable que pasaran muchos años antes de que alguien diera con su
cadáver, y ya no sería posible distinguir si él había sido un terráqueo o un nativo del
planeta.
¡Condenado viento! Aullaba como una docena de máquinas de viento, como el
coro de las almas perdidas del Infierno de Dante. Había en ese viento una curiosa
ilusión. Sonaba como si, desde muy lejos, alguien le llamara por su nombre.
¡Andrew Carr! ¡Andrew Carr!
Era una ilusión, por supuesto. Nadie en quinientos kilómetros a la redonda sabía
siquiera que él yacía aquí, salvo tal vez la muchacha espectral que le había visitado
cuando se estrelló el avión. Si es que ella estaba en realidad a menos de quinientos
kilómetros de aquí. Y de hecho, no tenía idea de si ella sabía su nombre o no. Maldita
fuera la muchacha, de todos modos, si es que existía. Cosa que él dudaba.
Carr tropezó y cayó de bruces sobre la nieve apilada. Empezó a incorporarse y
entonces pensó: «Oh, diablos, para qué». Volvió a dejarse caer.
Alguien le estaba llamando por su nombre.
¡Andrew Carr! ¡Ven por aquí, rápido! Puedo mostrarte el camino hacia un
refugio, pero no puedo hacer más. Debes ir por ti mismo.
Se oyó decir con voz preocupada, en contra del tenue susurro que era como un
eco dentro de su mente:
—No. Estoy demasiado cansado. No puedo ir más lejos.
—¡Carr! ¡Levanta la vista y mírame!
Con resentimiento, protegiéndose los ojos del viento que aullaba y de las afiladas
agujas de la nieve, Andrew Carr se incorporó y miró. Ya sabía qué iba a ver. Era la
muchacha, por supuesto.
En realidad, no estaba allí. ¿Cómo podía estar allí, con un tenue vestido azul que
parecía un camisón desgarrado y descalza? El cabello ni siquiera se le agitaba en la
cruel ventisca cargada de nieve.
Se oyó decir unas palabras en voz alta, y se dio cuenta de que el viento se las
arrancaba de la boca y las llevaba lejos, de modo que era imposible que la muchacha
las oyera a tres metros de distancia:
—¿Qué estás haciendo ahora? ¿De verdad estás aquí? ¿Dónde estás?
Ella habló con precisión, con esa voz de tono bajo que parecía llegar solamente
hasta su oído, y ni un centímetro más allá.
—No sé dónde estoy, y si lo supiera no estaría aquí, ya que no se trata de un lugar
que me guste. Lo importante es que sé dónde estás tú, y cuál es el único lugar seguro
para ti. ¡Sígueme, rápido! ¡Levántate, tonto, levántate!
Carr se puso en pie con dificultad, aferrado al abrigo. Ella parecía permanecer a
unos dos metros y medio delante de él, en medio de la tormenta. Llevaba el fino
camisón desgarrado, pero aunque los pies y los hombros desnudos resplandecían
pálidamente a través de las desgarraduras de la ropa, ella no parecía tener frío.
Le hizo un gesto —ahora había captado la atención de Andrew, al parecer no
quería esforzarse más por hacerse oír— y empezó a caminar con ligereza sobre la
nieve. Los pies, advirtió él con una extraña sensación de irrealidad, no tocaban el
suelo. Sí, eso concuerda con la idea, es un fantasma.
Con la cabeza gacha, él avanzó a trompicones en pos de la figura de la joven. El
viento golpeaba contra el abrigo y lo hacía flamear salvajemente detrás de él. Los
zapatos eran espesos terrones semicongelados de nieve húmeda, y el pelo y la barba
crecida eran heladas asperezas en su rostro. Ahora que la nieve había convertido el
suelo en una blancura indistinta, cubriendo las rocas y las sombras, dos o tres veces
tropezó con alguna raíz o hueco ocultos, y cayó de bruces; pero en cada ocasión luchó
por incorporarse y seguir a la sombra que lo precedía. Ella ya le había salvado la vida
una vez. Seguramente sabía lo que hacía.
Le pareció haber tropezado a través de la nieve durante mucho tiempo, aunque
después pensó que probablemente no hubieran transcurrido más de tres cuartos de
hora, antes de toparse con lo que al parecer era un muro de ladrillo. Lo tocó con la
mano, incrédulo.
Era un muro de ladrillo. O, en cualquier caso, eso le indicaba el tacto. Reconoció
el costado de una construcción y, palpando un poco más, halló una puerta de madera,
ya lisa y asegurada con rígidas fajas de cuero que pasaban por un rústico pestillo de
madera y luego se anudaban.
Le llevó un tiempo desatar los nudos, y al fin tuvo que quitarse los guantes y
manipularlos con los dedos desnudos. Cuando los nudos cedieron finalmente, tenía ya
las manos rígidas, azules y sangrantes. La puerta se abrió con un crujido y Carr entró
con cautela. Por lo que sabía, podría haber encontrado luz, fuego y gente sentada en
torno a la mesa, dispuesta a cenar; pero el lugar estaba oscuro y frío y abandonado.
Sin embargo, no reinaba ni con mucho tanto frío como al aire libre, y al menos estaba
seco. Había algo así como paja sobre el piso, y la tenue luz que reflejaba la nieve
exterior le permitió distinguir vagas formas que podían ser bancos de ordeñar o
muebles. No tenía modo de encender luz, pero todo estaba tan silencioso que supo
que ni los animales alojados en este lugar, ni sus dueños, habitaban ya el refugio.
Una vez más, la muchacha lo había conducido hasta un lugar seguro. Se hundió en
el piso piadosamente seco y formó un lecho confortable con la paja. Se quitó los
zapatos empapados, se secó los pies helados e insensibles con la paja y se tendió a
dormir. Miró a su alrededor en busca de la forma espectral de la muchacha que lo
había guiado hasta aquí, pero tal como esperaba, había desaparecido.
Se despertó, horas más tarde, del profundo sueño del agotamiento, para
encontrarse con un mundo blanco donde la nieve rugía, soplaba un aullante infierno
de hielo y cellisca que azotaba el edificio en el que se encontraba. Pero a través de los
postigos cerrados se filtraba suficiente luz como para distinguir el interior del edificio
donde estaba: vacío salvo por la paja y la estructura de los establos. Olía muy
tenuemente a bosta animal seca, un olor acre, pero no desagradable.
En el rincón más apartado descubrió una masa oscura, que exploró con
curiosidad. Halló algunos harapos de ropas de extraño diseño. Una de ellas, una capa
que parecía una manta, confeccionada con una tela de tartán desteñida y ya vieja, le
sirvió para abrigarse. Debajo de la pila de ropa —que estaba andrajosa pero, a causa
de la sequedad del edificio, a salvo de la humedad o el moho— descubrió un pesado
baúl cerrado con un gancho, pero no con llave. Al abrirlo encontró comida; los
dueños de las bestias que alguna vez habían estado allí tal vez la habrían olvidado o,
más probablemente, dejado para otra temporada de pastoreo. Había una especie de
pan seco, en realidad más parecido a una galleta o una torta, envuelto en papel
encerado. Había una sustancia irreconocible, que parecía cuero, que finalmente
catalogó como carne seca, pero ni sus dientes ni su paladar pudieron soportarla. Una
pasta fragante le recordó la mantequilla de cacahuete, y casaba bien con la galleta,
hecho con granos molidos o nueces y con frutos secos en la masa. Descubrió cierta
clase de fruta seca, pero también estaba tan dura que, aunque olía bien, seguramente
necesitaría un buen remojo, preferiblemente en agua caliente, para transformarse en
algo mínimamente comestible.
Sació el hambre con la galleta y la pasta mantecosa, y después de explorar un
poco, encontró un rústico grifo que daba a un recipiente, destinado al parecer a
abrevar las bestias. Bebió y se salpicó el rostro con un poco de agua helada. Hacía
demasiado frío para un lavado más meticuloso, pero incluso así se sintió algo mejor.
Después, envuelto en la manta de tartán, se dedicó a explorar el sitio de punta a punta.
Sintió un gran alivio al hallar lo único que le faltaba, una rústica letrina burdamente
cerrada en un extremo de la habitación. No le agradaba la idea de tener que
aventurarse en la tormenta, ni siquiera por un momento, ni tampoco la posibilidad de
ensuciar el lugar, pensando en un posible retorno de sus dueños. Se le ocurrió que
esas comodidades, así como la comida acumulada, debían estar dispuestas
precisamente en previsión de tormentas como ésta, durante las cuales ni hombres ni
bestias podían sobrevivir sin resguardo.
De modo que este mundo no sólo estaba habitado, sino que también, de cierta
manera, era civilizado. Todas las comodidades del hogar, pensó, de vuelta a su lecho
de paja apilada. Ahora todo lo que tenía que hacer era esperar a que pasara la
tormenta.
Estaba tan cansado, después de días de trepar y caminar, tan cálido y arropado en
su gruesa manta, que no tuvo ningún problema en volver a dormirse. Cuando se
despertó, la luz declinaba, y el ruido de la tormenta se había atenuado un poco.
Supuso, por la oscuridad creciente, que había dormido la mayor parte del día.
Y sólo estamos a principios de otoño. ¿Cómo será esto en invierno? Este planeta
podría convertirse en un gran lugar para deportes de invierno, pero no sirve para
nada más. ¡Compadezco a la gente que vive aquí!
Hizo otra austera comida de galletas, pasta de fruta y nueces (bastante buena, pero
aburrida si no se podía variar), y como hacía frío y estaba demasiado oscuro para
hacer ninguna otra cosa, volvió a envolverse en la manta y se tendió una vez más
sobre la paja.
Había dormido bastante, y ya no tenía frío, ni tampoco mucha hambre. Estaba
demasiado oscuro como para ver gran cosa, pero en cualquier caso no había mucho
para observar. Pensó al azar: Lástima que no soy un experto xenólogo. Ningún
terráqueo se había perdido solo en este mundo, hasta ahora. Sabía que había
sociólogos y antropólogos expertos que, con los datos que él había visto (y comido),
podrían analizar hábilmente el nivel exacto de cultura de este planeta, o al menos de la
gente que vivía en esta área. Las rústicas paredes de ladrillo o de piedra, unidas con
cemento, los compartimentos del establo construidos con maderas clavadas, el grifo
de madera dura que daba a un recipiente de piedra, las ventanas sin cristales, cubiertas
solamente por postigos de madera, sugerían algo acerca de esta cultura, todo ello
concordaba con la cerca y la rústica letrina para indicar una sociedad agrícola de bajo
nivel. Sin embargo, no estaba seguro. Después de todo, esto era tan sólo un refugio de
pastores, un resguardo de emergencia en caso de mal tiempo, y ninguna civilización
desperdiciaba demasiados logros técnicos en ese tipo de construcciones. Por otro
lado, había también una especie de sofisticada previsión en el hecho de construir esos
refugios y aprovisionarlos con comida imperecedera para casos de necesidad,
previendo incluso la necesidad de tener que evitar la salida por necesidades
biológicas. La manta estaba bellamente tejida, con una artesanía rara en estos días de
telas desechables y sintéticas. Y así advirtió que la gente de este planeta podía ser
mucho más civilizada de lo que en principio había supuesto.
Se incorporó sobre la paja crujiente y parpadeó, pues la muchacha estaba otra vez
allí, en la oscuridad. Todavía llevaba el delgado vestido azul, roto, que brillaba con un
resplandor pálido, como de hielo, en la penumbra del granero oscuro. Por un
momento, aunque todavía creía a medias que era una alucinación, no pudo evitar
decirle:
—¿No tienes frío?
No hace frío donde estoy.
Eso, se dijo Carr, era una absoluta extravagancia. Preguntó lentamente:
—¿Entonces no estás aquí?
¿Cómo podría estar dónde estás tú? Si crees que estoy allí… no, aquí, trata de
tocarme.
Vacilando, Carr extendió la mano. Aparentemente, debía tocar el hombro desnudo
de la joven, pero no encontró nada palpable.
—No comprendo nada de esto —dijo con obstinación—. Estás aquí y no estás
aquí. Puedo verte, y eres un espectro. Dices que te llamas Calista, pero ése es un
nombre de mi mundo. Todavía creo que estoy loco y hablando solo, pero me
encantaría saber cómo puedes explicar todo esto.
La muchacha-espectro emitió un sonido parecido a una risa infantil.
—Yo tampoco lo comprendo —respondió con suavidad—. Como ya he
procurado explicarte, no intentaba llegar a ti, sino a mis parientes y amigos. Pero no
están en ningún sitio donde los busco. Es como si sus mentes hubieran desaparecido
de este mundo. Durante mucho tiempo, vagué por lugares oscuros, hasta que me
encontré mirando tus ojos. Creí reconocerte, aunque jamás te había visto antes. Y
entonces, algo en ti hizo que yo volviera. En alguna parte, no en este mundo, nos
hemos tocado. Yo no soy nada para ti, pero te puse en peligro, así que procuré
salvarte. Y vuelvo porque… —por un momento pareció a punto de llorar— estoy
muy sola, y hasta un desconocido es mejor que no tener ninguna compañía. ¿Quieres
que me vaya?
—No —contestó Carr rápidamente—, quédate conmigo, Calista. Pero sigo sin
entender nada en absoluto.
Ella permaneció en silencio, como si reflexionara. Dios, pensó Carr, qué real
parece. Llegaba a distinguir su respiración, la leve elevación y caída de su pecho
debajo del vestido liviano y roto. Tenía un pie sucio… no, herido, enrojecido y
manchado de sangre.
—¿Estás herida?
—En realidad, no. Me preguntaste cómo podía estar allí contigo. Ya sabrás que
vivimos bajo más de una forma, y que el mundo en el que te encuentras ahora es el
mundo sólido, el mundo de las cosas, de los cuerpos tangibles y de las creaciones
físicas. Pero en el mundo donde yo estoy, dejamos atrás nuestros cuerpos como si
fueran ropa que se nos ha quedado pequeña o como la muda de piel de una serpiente,
y lo que llamamos «lugar» no tiene existencia real. Estoy acostumbrada a este mundo,
he sido entrenada para recorrerlo, pero de alguna manera me mantienen en una parte
de él donde no puedo alcanzar la mente de mi gente. Mientras vagaba por esa llanura
lisa y gris, tus pensamientos tocaron los míos y te sentí con claridad, como si nos
estrecháramos las manos en un lugar oscuro.
—¿Estás en la oscuridad?
—Donde tienen mi cuerpo, estoy en la oscuridad, sí. Pero en el mundo gris puedo
verte, tal como tú puedes verme a mí. Por eso pude ver cómo se estrellaba tu máquina
voladora y supe que caería en el abismo. Y te vi perdido en la tormenta de nieve y
supe que estabas cerca de esta cabaña de pastores. Ahora vine para mostrarte dónde
encontrarás comida guardada, si no has dado ya con ella.
—Sí, la he encontrado —dijo Carr—. No sé qué decir. Creí que eras un sueño y
ahora estás actuando como si fueras real.
Otra vez su risa suave.
—Oh, te aseguro que soy tan real y sólida como tú mismo. Y daría lo que fuera
por acompañarte en este frío y oscuro refugio de pastores, ya que está tan sólo a unos
pocos kilómetros de mi hogar, y en cuanto la tormenta cediera, estaría libre y caliente
junto a mi propia chimenea. Pero yo…
En mitad de una palabra, desapareció de golpe, borrada como un suspiro. Por
alguna extraña razón, esto convenció a Carr mucho más de que de todo lo que le
había contado era verdad. Si ella era sólo una quimera, si la mente subconsciente de
Andrew la había imaginado, tal como los hombres solos y en peligro imaginan a
desconocidos surgidos de sus deseos más profundos, la hubiera mantenido con él
aquí, o al menos le hubiera permitido terminar lo que estaba diciendo. El hecho de
que hubiera desaparecido en mitad de una frase no sólo indicaba que ella realmente
había estado allí, sino también que había un tercero con un poder superior sobre sus
idas y venidas.
Estaba asustada y triste. Estoy muy sola, y hasta un desconocido es mejor que no
tener ninguna compañía.
Frío y solitario en un mundo extraño y poco familiar, Andrew Carr podía entender
a la perfección este sentimiento. Era exactamente lo mismo que él sentía.
No porque ella hubiera sido en absoluto una mala compañía, si estuviera aquí
de forma tangible…
No se obtiene demasiada satisfacción de una compañera que no se puede tocar. Y
sin embargo… aunque no pudiera ponerle una mano encima, había algo muy atractivo
en aquella chica.
Él había conocido a muchísimas mujeres, al menos en el sentido bíblico. Había
conocido los cuerpos, un poco de sus personalidades y lo que buscaban en la vida.
Pero jamás se había acercado lo suficiente a alguna de ellas como para sentirse mal
cuando llegaba el momento de tomar la dirección opuesta.
Enfrentémoslo. Desde el momento en que vi a esta muchacha en la bola de
cristal, fue tan real para mí que me dispuse a cambiar toda mi vida sólo por la
remota posibilidad de que fuera algo más que un sueño. Y ahora sé que es real. Me
ha salvado la vida una vez, no, dos veces. Yo no hubiera durado demasiado en
medio de esa tormenta. Y está en problemas. La tienen en la oscuridad, dice, y ni
siquiera sabe con precisión dónde se encuentra.
Si salgo de ésta con vida, voy a encontrarla, aunque eso me lleve el resto de mi
vida. Tendido, arropado en su abrigo de piel y en la manta, sobre una olorosa pila de
heno, Carr comprendió de golpe que el cambio producido en su vida, el cambio que
había empezado cuando vio a la joven en la bola de cristal y había abandonado su
trabajo y su vida para permanecer en este planeta, era completo. Había encontrado una
nueva dirección que le conducía hacia la chica. Su chica. Su mujer, ahora y para el
resto de la vida. Calista.
Era lo bastante cínico como para burlarse de sí mismo. Sí. No sabía dónde podía
encontrarla, ni quién era; podía estar casada y tener seis hijos (bien, eso era difícil a su
edad); podía ser una espantosa bruja… ¿quién sabía cómo eran las mujeres de este
mundo? Todo lo que sabía de ella era…
Todo lo que sabía de ella era que de alguna manera lo había tocado, había llegado
más cerca de él que cualquier otra mujer. Sabía que estaba sola, que era desdichada y
tenía miedo, que no podía ponerse en contacto con su propia gente, que por alguna
razón le necesitaba. Todo lo que sabía de ella era cuanto necesitaba saber: le
necesitaba. Por alguna razón, no tenía a nadie más, y si Calista le pedía la vida, se la
daría. Él la buscaría de algún modo, la liberaría de quien la estuviera reteniendo en la
oscuridad, de quien la estuviera hiriendo o asustando. Él la liberaría. (Sí, se burló su
cínico otro yo, todo un héroe, matando dragones por tu bella dama, pero
bruscamente acabó con la burla). Y después, cuando ella estuviera libre y feliz…
Después de eso, bien, ya veremos cuando estemos ante la cuestión, se dijo con
firmeza, y se dispuso a dormir otra vez.
La tormenta duró cinco días, en la medida en que él podía calcularlo (su reloj con
toda evidencia se había estropeado en el accidente y no había vuelto a funcionar). Al
tercer o cuarto día se despertó en la penumbra y distinguió la sombra inmóvil de la
joven, durmiendo junto a él; aún desorientado, intensamente excitado por la
proximidad física de ella… rotunda, adorable, ataviada solamente con la liviana
prenda desgarrada que parecía ser todo lo que tenía… Extendió los brazos para
atraerla hacia sí; entonces, con aguda desilusión, advirtió que no había nada qué tocar.
Como si la intensidad de sus pensamientos la hubieran rozado, la conciencia se
desplegó sobre el rostro dormido y ella abrió sus grandes ojos grises. Lo miró con
sorpresa.
—Lo siento —murmuró—. Me has sobresaltado…
Carr sacudió la cabeza, tratando de orientarse.
—Ha sido culpa mía —dijo—. Creía que estaba soñando y que no importaba. No
quise ofenderte.
—No estoy ofendida —contestó ella, mirándole directamente a los ojos—. Si yo
estaba aquí a tu lado, tenías todo el derecho a esperar… Sólo quise decir que lamento
haber despertado un deseo que no puedo satisfacer. No lo hice a propósito. Tal vez
estaba pensando en ti en sueños, extranjero. No puedo seguir llamándote sólo
«extranjero» —observó Calista, mientras una rápida expresión divertida pasaba por su
rostro.
—Me llamo Andrew Carr —dijo, y oyó cómo repetía el nombre con suavidad.
—Andrew. Lo siento, Andrew. Seguramente estaba pensando en ti en sueños y por
eso llegué hasta ti sin despertarme. —Sin otros signos de apuro o de rubor, se arregló
con más cuidado la ropa sobre los pechos desnudos y alisó los diáfanos pliegues de la
falda alrededor de sus muslos redondeados. Sonrió, y el rostro adquirió ahora una
expresión casi traviesa—. ¡Ah, qué situación tan triste! ¡La primera vez que me
acuesto con un hombre y no puedo disfrutarlo! Pero no debo burlarme de ti. Por
favor, no pienses que soy mal educada.
Profundamente conmovido, tanto por el intento de ella de convertir aquella
situación en una broma como por todo lo demás, Andrew intervino con amabilidad:
—No tengo ninguna queja de ti, Calista. Sólo querría… —y para su propia
sorpresa sintió que se le quebraba la voz—, sólo querría poder ofrecerte algún
consuelo.
Calista extendió una mano —casi como si también ella, pensó Andrew con
sorpresa, hubiera olvidado que la presencia física era una ilusión— y la posó sobre la
muñeca de él. Andrew podía verse la muñeca a través de la delicada imagen de los
dedos de la muchacha, pero de algún modo el espejismo resultó muy consolador.
—Supongo que de algo sirve que puedas ofrecer compañía y… —la voz de
Calista vaciló, empezó a sollozar— sensación de calor humano a alguien que está solo
en la oscuridad.
Él la vio llorar, desgarrado por aquellas lágrimas

Web del Autor

Pagina Oficial

Si no sabes descargar mira este video tutorial

[sociallocker]
[popfly]

Descargar 

Leer en online
[/popfly] [/sociallocker]

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

error: Content is protected !!
---------