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Libro PDF La falsa esposa del jeque Kristi Gold

La falsa esposa del jeque  Kristi Gold

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barra del bar podía ser sin duda el billete que necesitaba. Y Piper McAdams estaba más que dispuesta a embarcarse en el tren del placer.
Llevaba sentada veinte minutos a una mesa del bar de un hotel de Chicago con un cosmopolitan entre las manos, observando sin pudor los atributos de aquel desconocido. Él llevaba un traje de seda azul marino muy caro, un reloj de mucho valor y lucía su apostura como una bandera. Su cabello castaño oscuro estaba cortado de un modo deliberadamente alborotado, muy sexy, y complementaba a la perfección las ligeras patillas que le enmarcaban el rostro. Y aquellos hoyuelos… Piper los vio la primera vez que sonrió. Nada mejor que unos hoyuelos en un hombre, a excepción tal vez…
Aquel pensamiento se apoderó de su cerebro como una bala, obligándola a cerrar los ojos y a frotarse las sienes como si tuviera un tremendo dolor de cabeza. Achacó aquella reacción a su ya larga estancia en el club de los célibes. No era una puritana, pero le gustaba escoger. No se oponía a probar el sexo antes de dar el sí, quiero en el contexto de una relación con cierto compromiso. Simplemente, no había encontrado al hombre adecuado, no porque no lo hubiera intentado. Sin embargo, nunca en sus veintiséis años había considerado terminar con su sequía sexual con un perfecto desconocido… Hasta aquella noche.
Una carcajada la hizo volver a mirar al susodicho. Vio que una guapa camarera rubia se inclinaba hacia él, ofreciéndole un escote que podía rivalizar con el Gran Cañón. Él se fijó un instante en la rubia hasta que, de repente, giró el rostro en dirección a Piper.
En el momento en el que las miradas de ambos se cruzaron y él sonrió, Piper apartó el rostro para fingir que buscaba el cuarto de baño. Cuando volvió a mirarlo, vio que él seguía observándola. Empezó entonces a hacer que miraba el teléfono móvil para leer un mensaje inexistente.
Genial. Estupendo. La había sorprendido mirándolo como una colegiala. Acababa de darle un buen empujón al ego de aquel desconocido. Él no se interesaría por ella, una morena corriente y del montón, cuando tenía una rubia despampanante a su disposición. Seguramente, podía tener a cualquier mujer en un radio de mil kilómetros y ella ni siquiera se reflejaría en su radar. Se sacó el espejo del bolso y se miró de todos modos, para asegurarse de que seguía bien peinada y que el rímel no se le había corrido.
Decidió que tomarse tales molestias por un hombre como aquel era algo
ridículo. Aquel atractivo desconocido no se dignaría a mirarla por segunda vez.
–¿Está esperando a alguien?
Piper sintió que el corazón le daba un vuelco al escuchar el sonido de su voz. Una voz profunda, con acento británico. Cuando ella se hubo recuperado lo suficiente para echar un vistazo, el pulso se le aceleró al encontrarse frente a frente con aquellos ojos tan increíbles, unos ojos de una tonalidad marrón, tan claros y brillantes como si fueran topacio pulido.
–En realidad no. No estoy esperando a nadie –consiguió decir por fin.
Él colocó la mano sobre el respaldo de la silla que había frente a ella. Llevaba un sello de oro en el dedo meñique con un único rubí.
–¿Le importa que me siente?
–Adelante –dijo ella conteniendo a duras penas su entusiasmo.
Después de dejar la copa sobre la mesa, él dejó el abrigo en el respaldo de la silla y se sentó como si aquello fuera normal para él. No para Piper.
–Me sorprende que no esté en compañía de un hombre –dijo él–. Es demasiado hermosa para pasar sola un sábado por la noche.
Ella se quedó atónita por el cumplido y por la sonrisa que él le dedicaba.
–En realidad, acabo de marcharme de un cóctel.
–¿Aquí en el hotel?
–Sí, una fiesta en honor de un jeque asquerosamente rico de váyase usted a saber dónde. Fingí un dolor de cabeza y me marché antes de saludarlo. Menos mal, dado que, por mucho que me esfuerzo, no me acuerdo de cómo se llama.
–¿Príncipe Mehdi?
–Eso es.
–Da la casualidad de que yo también me marché hace unos instantes.
«Vaya metedura de pata», pensó Piper.
–¿Conoce usted al príncipe?
–Lo conozco desde hace mucho tiempo. En realidad, desde que nació –añadió con una sonrisa.
Piper tragó saliva. Deseaba que se la tragara la tierra.
–Siento haber insultado a su amigo. Es que tengo una ligera antipatía por los hombres ricos. Jamás he encontrado a uno que no se crea que se lo merece todo.
Él acarició el borde de la copa con un dedo.
–En realidad, algunos dirían que es un hombre bastante agradable.
Piper lo dudaba.
–¿Y le merece a usted él esa opinión?
–Sí. De los tres hermanos Mehdi, seguramente es el que más tiene los pies en el suelo. Y, sin duda alguna, es el más guapo de todos.
De repente, Piper se dio cuenta de que se había olvidado de los buenos modales y extendió la mano.
–Me llamo Piper McAdams. ¿Y usted es?
–Encantado de conocerla –dijo él mientras aceptaba la mano que ella le ofrecía. Entonces, deslizó suavemente el pulgar por la muñeca antes de soltársela.
Piper se echó a temblar, pero se recuperó muy rápido.
–¿Y bien? ¿Cómo se llama usted?
–A.J.
–¿Sin apellidos?
–Por el momento, me gustaría preservar un poco de misterio al respecto. Además, los apellidos no deberían ser importantes entre amigos.
Resultaba evidente que él estaba ocultando algo, pero las sospechas que ella presentía no podían competir con la atracción que sentía por aquel misterioso desconocido.
–No somos amigos exactamente.
–Espero poder remediarlo antes de que termine la noche.
Piper tan solo esperaba poder sobrevivir a estar sentada frente a él sin perder la compostura. Cruzó una larga pierna por encima de la otra bajo la mesa y se tiró del bajo del vestido de punto.
–¿Y qué haces para ganarte la vida, A.J.?
Él se aflojó la corbata antes de entrelazar los dedos encima de la mesa.
–Soy el piloto de una familia muy rica y bastante famosa. Prefieren mantener su intimidad.
–Debe de ser una gran responsabilidad.
–No tiene ni idea. ¿Y qué hace usted para ganarse la vida, señorita McAdams?
–Te ruego que me llames Piper. Digamos que sirvo como embajadora de buena voluntad para clientes asociados a la empresa de mi abuelo. Requiere viajar un poco y bastante paciencia.
Él inclinó la cabeza y estudió el rostro de Piper como si estuviera buscando secretos.
–McAdams es un apellido escocés y el castaño rojizo de tu cabello y los hermosos ojos azules indican que esa puede ser tu nacionalidad. Sin embargo, tu piel no es clara.
Piper se tocó la mejilla como si no tuviera ni idea.
–En mi familia hay sangre colombiana y escocesa. Supongo que se podría decir que soy la mezcla perfecta de ambas culturas.
–Colombiana y escocesa. Una combinación muy atractiva. ¿Tomas el sol en verano?
Sin poder evitarlo, Piper se lo imaginó en la playa… sin bañador.
–Cuando tengo tiempo de ir a la playa, sí. No estoy en casa con tanta frecuencia.
–¿Y dónde está tu casa?
–En Carolina del Sur. Charleston, más concretamente.
–Sin embargo, no tienes acento sureño.
–Lo perdí en un internado femenino de la Costa Este.
Él se inclinó hacia Piper con evidente interés.
–¿De verdad? Yo estuve en una academia militar en Inglaterra.
Eso explicaba su acento.
–¿Cuánto tiempo estuviste allí?
La expresión de él se volvió muy seria de repente.
–Mucho más de lo que debería haber estado.
Piper sospechaba que había una historia que existía detrás de su evidente desdén.
–Supongo que se trataba de una academia totalmente masculina.
–Desgraciadamente sí. Sin embargo, estaba situada no demasiado lejos de una escuela religiosa llena de curiosas mujeres. Y nosotros estábamos encantados de satisfacer esa curiosidad.
–¿Eras el líder de las cazas de bragas?
Él sonrió de nuevo.
–Confieso que intenté hacerlo en algunas ocasiones y que recibí varios bofetones por mis esfuerzos.
–Dudo de verdad que ese fuera siempre el caso.
–No siempre –admitió él con una sonrisa aún más amplia–. ¿Caíste tú también víctima de las costumbres poco recomendables de los chicos de internado?
–Mi internado estaba situado en una zona bastante aislada y las reglas eran muy estrictas. Si un chico se hubiera atrevido a pisar el umbral del internado, seguramente la directora habría disparado primero y habría preguntado después.
Él la miró divertido.
–Estoy seguro de que una mujer con tu aspecto no tuvo dificultad alguna en compensar el tiempo perdido una vez que escapaste de tantas reglas.
Si él supiera lo desencaminado que andaba, seguramente echaría a correr a la salida más cercana.
–Digamos que tuve bastantes chicos rondando la puerta. La mayoría tenía apellidos de importancia y más dinero que habilidad sexual gracias a la insistencia de mi abuelo en que me casara dentro de su círculo social.
–Entonces, ¿no había ningún amante decente entre ellos?
Solo había habido uno, pero había distado mucho de ser decente. Piper se imaginaba que A.J. sería un buen amante y le gustaría mucho descubrirlo…
–Dado que no suelo hablar de mis aventuras, será mejor que dejemos el tema. ¿Tienes pareja?
–La tuve hace casi un año, pero ya no forma parte de mi vida.
–¿Una ruptura dolorosa?
–Digamos que tardó mucho en convencerse de que habíamos roto.
El tono amargo de su voz le indicó a Piper que era mejor no seguir por aquel camino. Se concentró en preguntas más genéricas.
–Cuando te vi por primera vez, estaba segura de que eras italiano. ¿Estoy en lo cierto?
–No, pero me gusta mucho Italia y sé hablar italiano por cortesía de mi antigua niñera.
–En ese caso, la segunda opción es que eres de ascendencia francesa.
–Je ne suis pas français, mais je peux bien embrasser a la française.
Un atractivo demonio con unos sugerentes hoyuelos y un buen sentido del humor. Una combinación letal.
–Estoy segura de que las chicas de la escuela religiosa apreciaban mucho tu habilidad para dar besos a la francesa. Sin embargo, sigues sin hablarme de tu ascendencia.
–No soy francés, pero me ha impresionado que hables el idioma.
Ella se colocó la mano sobre el pecho con gesto dramático y habló con perfecto acento sureño.
–Mire, caballero, no todas somos señoritas del sur sin estudios. Sé hablar francés, alemán e incluso un poco de japonés.
–Si necesitas un traductor de italiano, yo estaría encantado.
Piper estaría encantada de eso y de mucho más.
–Nunca he estado en Italia, pero me muero de ganas por visitar Roma.
–Debería ser una prioridad. Personalmente, yo prefiero Nápoles y la costa…
Mientras él seguía hablando, Piper cayó completamente en el hechizo de aquella boca y comenzó a fantasear con besar aquellos labios. Las fantasías dieron un paso más allá y empezó a imaginarse aquella boca moviéndose por su cuerpo. Lenta, cálidamente y tan…
–… enormes salmones caminando por la calle y mandando mensajes desde sus smartphones.
Piper volvió a la realidad al escuchar aquella extraña afirmación.
–¿Cómo dices?
–Resulta evidente que te he aburrido mucho haciendo de guía turístico.
Afortunadamente, no se había dado cuenta de lo que ella había estado pensando.
–Lo siento mucho –dijo–. Debe de ser el alcohol.
Él extendió la mano y, sin que ella le ofreciera, tomó un trago del vaso de Piper. Entonces, lo volvió a dejar con un golpe seco.
–Es horrible –dijo–. ¿Qué tiene ese brebaje imbebible?
Piper miró el vaso y, de repente, se dio cuenta de que él había acariciado su
vaso con los labios. Seguramente, aquello sería lo más cerca que estaría de aquella boca… a menos que diera el salto para transformarse en una chica mala.
–Básicamente, vodka y zumo de arándanos, pero el camarero me lo ha preparado muy fuerte. Se me ha subido directamente a la cabeza.
Él le ofreció su copa.
–Prueba esto.
Ella tomó el vaso y estudió el líquido color ámbar.
–¿Qué es?
–Whisky escocés de veinte años. Cuando lo hayas probado, no te gustará ninguna otra bebida.
A Piper lo que gustaría sería probarlo a él. Si no cortaba en seco aquellos pensamientos, podría ser que perdiera el sentido común.
–No creo que deba. No quiero tener que ir arrastrándome a la habitación.
–Si necesitas ayuda, yo me aseguraré de que llegues sin problemas.
Piper sonrió.
–En ese caso, supongo que podría tomar un traguito.
En cuando el whisky se le deslizó por la garganta, sintió deseos de escupirlo. Se obligó a tragarlo y le devolvió el vaso.
–¿No te gusta? –le preguntó él como si se sintiera insultado.
–Lo siento, pero no es lo mío. No creo que tenga mucha habilidad para apreciarlo.
–¿Y qué tal es tu habilidad para besar?
Justo cuando Piper estaba a punto de sugerirle que lo comprobara, él se irguió en el asiento. Apartó la mirada y se aclaró la garganta.
–Te ruego que me disculpes. Eres una mujer demasiado agradable como para tener que soportar esa clase de comentarios.
–¿Y qué te hace pensar que no me ha gustado un comentario sin importancia alguna?
Él se pasó una mano por la mandíbula.
–Hay un cierto grado de inocencia en ti… tal vez pureza incluso.
Otra vez…
–El aspecto puede resultar engañoso.
–Cierto, pero los ojos no. He notado tu creciente incomodidad durante el curso de nuestra conversación.
–¿Te has percatado también que la incomodidad nace de la atracción que siento por ti? –repuso ella, casi sin poderse creer que hubiera admitido aquello en voz alta.
–Me siento halagado –dijo él sin apartar la mirada de Piper–. Debo admitir que también te encuentro muy atractiva y que me gustaría conocerte mejor. Por eso, tengo algo que pedirte. No tienes obligación alguna de estar de acuerdo, pero
espero que lo hagas.
Había llegado el momento de la verdad. ¿Sería capaz Piper de arrojar al viento toda cautela y acostarse con él? ¿Se atrevería a correr el riesgo cuando apenas lo conocía? Claro que sí.
–Tú dirás.
Cuando A.J. se puso de pie y le ofreció la mano, el corazón a Piper le dio un vuelco. Ella contuvo el aliento y esperó a que él le hiciera la pregunta sabiendo ya de antemano que la respuesta sería afirmativa.
–Piper McAdams, ¿me harías el honor de dar un paseo conmigo?
El jeque Adan Jamal Mehdi no llevara a las mujeres de paseo. Se las llevaba a la cama. O al menos, eso había sido antes de que hiciera ese maldito voto de castidad ocho meses antes para que sus hermanos mayores lo tomaran más en serio. Un voto que, de repente, acababa de perder su razón de ser.
Piper McAdams no era la clase de mujer que él solía conquistar. Era ingeniosa y simpática. Normalmente, a él le atraían las mujeres sofisticadas y algo cínicas. A pesar de los altos tacones que ella llevaba, debía de medir poco más de metro y medio. A.J. prefería las mujeres altas, que estuvieran cerca de su más de metro ochenta de estatura. No obstante, tenía unas piernas sorprendentemente largas y unos pechos muy turgentes para una mujer de su estatura. A A.J. le costaba apartar la mirada de aquellos atributos durante mucho tiempo. Desgraciadamente, el voto de castidad no había silenciado su libido en modo alguno, y mucho menos en aquellos momentos.
Pasearon alrededor del lago durante más de veinte minutos, hablando de generalidades, hasta que Adan se quedó sin palabras. Eso no solía ocurrirle nunca. La conversación siempre había sido su fuerte, al igual que la habilidad para besar. Decidió que era mejor concentrarse en la primera.
–¿Tienes hermanos o hermanas?
Una ráfaga de viento obligó a Piper a arrebujarse.
–Una hermana gemela cuyo nombre oficial es Sunshine, pero que prefiere que la llamen Sunny.
A A.J. el nombre le resultó familiar.
–¿Te refieres a Sunny McAdams, la famosa periodista?
Ella sonrió con orgullo.
–La misma. En realidad, somos mellizas, como se deduce por nuestras evidentes diferencias físicas. Ella es rubia y yo morena.
–Piper y Sunshine son nombres muy poco frecuentes. ¿Tenían algún significado para tus padres?
La expresión del rostro de Piper se tornó sombría.
–Según creo, mi madre le puso el nombre a Sunny. Desgraciadamente, no conocemos a nuestro padre. En realidad, no sabemos quién es y no estoy segura de que mi madre lo sepa. Podríamos decir que fuimos una carga para ella. Por eso, nos criaron nuestros abuelos.
–Has dicho que tu madre le puso el nombre a tu hermana. ¿Y quién te puso el nombre a ti?
–Mi abuelo –respondió ella con una sonrisa–. Adora las gaitas y a los gaiteros. De ahí mi nombre en inglés. Y a ti, ¿por qué te enviaron tus padres a un internado?
Adan se había hecho aquella pregunta en muchas ocasiones y siempre había recibido la misma respuesta, una respuesta que no se acababa de creer.
–Era un muchacho incorregible, o por lo menos eso me dicen. Mi padre decidió que me vendría bien la disciplina que proporciona una academia militar.
–Supongo que él no contaba con lo de las cazas de bragas.
–No lo ha sabido nunca –dijo él.
–Estoy segura de que si se lo preguntaras hoy, te diría que lo sabía todo. Los padres y los abuelos tienen la extraña habilidad de enterarse de todo.
Adan se acercó a ella. Entonces, apoyó las manos en la barandilla para mirar el lago.
–Mi padre falleció no hace mucho. Mi madre murió también, pero hace más tiempo.
–Lo siento, A.J. No quería ser tan poco considerada.
–No tienes necesidad alguna de disculparte, Piper. No lo sabías.
Como tampoco sabía que él provenía de la realeza de Oriente Medio, y eso le molestaba. No obstante, ella había dejado muy claro que detestaba a los hombres de dinero. La fortuna de Adan era bastante cuantiosa. Por esa razón, seguiría manteniendo oculta aquella información.
Aquella noche, prefería ser tan solo el piloto, no el príncipe.
–¿Fuiste a la universidad? –le preguntó él mientras observaba la vista para poder controlar el deseo que sentía por ella.
–Sí. En Carolina del Sur. Una universidad solo para mujeres. Evidentemente, mi abuelo pensaba que no podía enfrentarme con éxito al sexo opuesto y, dado que él pagaba la cuenta, no me quedó más remedio que aguantar hasta que conseguí sacarme el título.
A.J. se volvió a mirarla. Tenía un codo apoyado aún en la barandilla.
–Dado que, aparentemente, los negocios no son los estudios que tú elegiste, ¿qué harías si no estuvieras ejerciendo tu papel de embajadora de tu abuelo?
–Arte –respondió ella sin dudarlo–. Pintar es mi pasión.
–¿Y por qué no perseguiste ese sueño?
–Tengo varias razones, pero la mayor parte tienen que ver con la obligación
–suspiró Piper.
Aquella situación no divergía mucho de la obligación que él tenía para su legado.
–¿Y por qué no permanecer fiel a ti misma y a tu propia felicidad, Piper?
Ella tardó unos segundos en contestar.
–Es complicado.
Él se dio cuenta de que Piper estaba temblando.
–Tienes frío. ¿Quieres regresar al hotel?
–Estoy bien. De verdad.
–No llevas más que un vestido de punto. Sospecho que los dientes te están castañeteando dentro de esa hermosa boca que tienes.
Ella soltó una carcajada.
–Tal vez un poco. Hace bastante fresco para ser ya abril.
–Deja que lo remedie.
Cuando él empezó a desabrocharse los botones de la chaqueta, Piper levantó las manos para impedírselo.
–Dios Santo, no. No quiero ser responsable de que te congeles de frío.
–¿Estás segura? Estoy bastante acostumbrado a las temperaturas extremas.
–Segura. Estoy bien.
Sin aceptar sus protestas, Adan se quitó el abrigo y se lo colocó en los hombros.
–¿Mejor?
–Mucho mejor, pero ahora vas a ser tú el que tenga frío.
No era probable, teniéndola frente a él, con aquel cabello oscuro flotando en la brisa, los ojos azules reflejando la escasa luz y los labios de coral tentándole para que los besara. Adan no se arriesgaba a responder a aquella invitación.
Piper respiró profundamente y exhaló un suspiro.
–Necesito algo más de ti, A.J.
Él esperaba que Piper se refiriera a algo caliente para beber. A una buena excusa que los llevara de nuevo al interior del hotel antes de que su voto de castidad se marchara con el viento.
–¿El qué?
–Necesito que me beses.
¿Qué podía él responder a eso? ¿Debería decirle que no, cuando deseaba decir que sí? Le apartó un mechón de cabello de la mejilla y se la acarició.
–No estoy seguro de que eso sea buena idea…
–¿Y por qué no? –preguntó ella con desilusión.
–Porque, si te beso, no me conformaría con solo eso.
Piper le dedicó una sonrisa angelical.
–¿Acaso te cuesta mantener el control?
Antes de que Adan pudiera responder, Piper le rodeó el cuello con los brazos y le obligó a besarla. Adan descubrió inmediatamente que aquel ángel besaba como una diablesa y eso le gustó. Le gustó su sabor, el tacto de seda de la lengua, el modo en el que se apretaba contra él… Sin embargo, le gustaría más si estuvieran en la cama de su hotel, sin la barrera de la ropa.
No obstante, armándose de toda la fuerza de voluntad de la que disponía, se apartó de ella y dio un paso atrás. La mirada de asombro y decepción de Piper lo animó a buscar con ahínco una excusa creíble.
–Eres una mujer encantadora. Demasiada tentación incluso para un hombre con tanto control como yo.
La expresión del rostro de Piper se iluminó.
–Nadie me ha dicho antes algo así.
–Nunca has estado con alguien que lo aprecie.
–¿Y tú aprecias lo que ves?
–Claro que sí, pero también te aprecio y te respeto a ti. Por lo tanto, voy a acompañarte al hotel y a darte las buenas noches.
Eso sería lo mejor si quería mantenerse apartado del sexo durante otros tres meses más.
–Pero la noche es joven… y yo sigo teniendo frío –susurró ella.
–Razón de más para que regreses al hotel.
–¿Tu habitación o la mía?
Parecía decidida a ponerle las cosas muy difíciles.
–A tu habitación. Y luego yo me retiraré a la mía.
–Está bien –suspiró ella por fin–. Si eso es lo que realmente quieres.
Si dijera que así era, Adan estaría mintiendo.
–No se trata de si te deseo. La cuestión es si sería aconsejable dejarnos llevar.
–¿Y la respuesta es?
–Que no.
–Tal vez deberías ignorar el sentido común y hacer lo que te manda el corazón. Los dos somos mayores de edad y libres para hacer lo que queramos. ¿Por qué no aprovechar la oportunidad?
Justo cuando él abría la boca para tratar de defenderse sin mucho entusiasmo, ella volvió a besarle. Aquella vez lo hizo más profunda e insistentemente. Adan le deslizó la mano por la espalda y le cubrió el trasero con la mano. Entonces, la atrajo hacia sí para que ella pudiera sentir su erección con la esperanza de quitarle la idea de la cabeza. El plan falló. Piper realizó un movimiento de caderas que estuvo a punto de desatar su deseo de tal modo que Adan pensó en levantarle la falda, bajarle las bragas y poseerla allí mismo.
Por suerte, el último retazo de autocontrol le impidió dejarse llevar. No podía incumplir el voto ni lo que le dictaba el sentido común por una noche de
pasión desatada con alguien a quien, evidentemente, estaría engañando. Debería permanecer firme, con los pies en el suelo, e ignorar el hecho de que tenía a su disposición a una mujer hermosa y sensual.
¿A quién estaba intentando engañar?
–Vamos a mi habitación.
Capítulo Dos
Piper siempre se había esforzado por ser la buena de las mellizas, recta como un huso. Y completamente aburrida. Nunca antes había demostrado tanta decisión con un hombre.
Por eso, resultaba chocante que se encontrara a solas con un hombre en el ascensor y con un único propósito en mente: terminar con el celibato que se había impuesto en la habitación de hotel de un desconocido. Resultaba extraño que A.J. mantuviera las distancias mientras se dirigían a la última planta. Cuando las puertas se abrieron y salieron del ascensor, Piper se sorprendió por lo que vio. Ante ella había una puerta doble flanqueada por dos imponentes guardias de seguridad. Si un piloto requería tal despliegue de seguridad, debía de trabajar para una familia muy poderosa.
A.J. le agarró el codo para guiarla hasta la puerta. Entonces, se detuvo para susurrar algo en árabe. Uno de los hombres se giró inmediatamente e introdujo una tarjeta en la cerradura para abrir la puerta. En cuanto se encontraron en el interior, Piper se tomó un instante para examinar la suite. Exquisitos suelos de madera oscura, enormes ventanales desde los que dominaba la línea del cielo de Chicago e incluso un piano de cola en un rincón. Una suite muy lujosa diseñada para los ricos y famosos. A.J. era un empleado muy afortunado.
Piper iba a hacer un comentario al respecto, pero no logró pronunciar palabra. A.J. se apoderó de su boca. El beso que le regaló tuvo el impacto de una bomba. Terminó de espaldas a la pared con A.J. apretado contra ella y el rostro entre las manos de él.
Cuando comenzó a acariciarla apasionadamente por encima del vestido, el corazón a Piper empezó a latirle apresuradamente. Todos los miedos desaparecieron en alas de una pasión que nunca había experimentado antes con ningún hombre. Aquel sabía perfectamente lo que estaba haciendo. En aquellos momentos, le daba delicados besos en la mandíbula y el cuello antes de llevarle los labios a la oreja.
–Vamos al dormitorio –susurró él–. Ahora mismo.
Ese era el siguiente paso. Un paso muy atrevido. Un paso que Piper jamás había dado con un hombre al que apenas conocía.
–Indica tú el camino.
En cuanto pronunció aquellas palabras, él le agarró de la mano y la guio hasta otra puerta cerrada, ante la que él se detuvo de nuevo para besarla. Le acariciaba posesivamente los costados para luego colocarle las manos en el trasero.
A Piper cada vez le costaba más respirar.
De repente, él rompió todo contacto y dio un paso atrás.
–Hay algo que debo decirte antes de que vayamos a más.
Piper consiguió pensar a pesar de la sensual bruma que la embargaba y volvió a la realidad.
–Si te preocupa que esté tomando una decisión animada por el alcohol, te equivocas. Efectivamente, he tomado un par de copas, pero no estoy borracha –añadió–. Esta situación de desconocidos que se encuentran en la noche es una novedad para mí. De hecho, solo he tenido un amante, e incluso llamarlo así es una exageración.
Él pareció completamente confuso por aquella afirmación.
–¿Cómo es eso posible para una mujer tan atractiva?
–Créeme, es posible. Yo soy una mujer muy particular.
–Me halaga, pero eso me lleva a cuestionar que hayas pensado esto lo suficiente.
Ella no quería pensar. Tan solo actuar.
–Mira, en un mundo perfecto, te sugeriría que pasáramos unos días conociéndonos antes de dar este paso, pero, desgraciadamente, hace tan solo unas horas se me informó que tengo que viajar a un país perdido de Oriente Medio para codearme con unos jeques con el propósito de tratar de conseguir un contrato para la conservación del agua.
La expresión de A.J. se volvió muy seria.
–¿Te refieres a los Mehdi?
–Sí, y sé que son tus amigos, pero…
–Tenemos que hablar.
Eso solo significaba una cosa. La fiesta había terminado.
–Está bien –musitó ella incapaz de enmascarar la desilusión de su voz.
A.J. la condujo al sofá. Después de que tomaran asiento, él le agarró ambas manos.
–Eres una de las mujeres más hermosas, inteligentes y misteriosas que he conocido en mucho tiempo. Sencillamente, eres especial. Por esa razón, no quiero aprovecharme de ti.
Piper quiso protestar, pero optó por abordar el tema de un modo más sutil.
–No soy especial en absoluto. Sin embargo, estoy segura de que tú normalmente requieres una amante experimentada. Si esa es tu preocupación, soy mucho más aventurera de lo que parece. Creo que el hecho de que esté en tu habitación de hotel lo demuestra.
A.J. le soltó las manos y se inclinó hacia delante.
–Por mucho que me gustaría descubrirlo, preferiría no complicar las cosas. De ahí que tenga necesidad de confesarte una cosa: soy el piloto de los Mehdi.
Ella abrió los ojos completamente atónita.
–¿Por qué no me lo dijiste desde el principio?
–No importaba hasta que dijiste que ibas a trabajar con ellos. Si el rey se enterara de que me he acostado con una posible clienta, se pondría furioso.
–Tenía que estropearme la diversión un miembro de la realeza –protestó ella–. Por eso no tengo simpatía por esa clase de hombres.
Él apartó la mirada.
–Tendría razón en su condena. Yo tengo una responsabilidad para con los Mehdi y también siento la necesidad de que me tomen en serio.
–¿A cualquier precio?
–Me temo que, en estos momentos, así es.
En otras palabras, el sueño había terminado. Se sintió profundamente humillada y se puso de pie.
–Ha sido un placer conocerte, A.J. Gracias por una velada muy agradable y reveladora.
Piper echó a andar, pero las manos de él le agarraron los hombros y le impidieron abrir la puerta. A.J. le dio la vuelta para obligarla a mirarlo. Tenía una expresión muy solemne en el rostro.
–Piper, hay dos cosas que debes saber sobre mí. En primer lugar, me han enseñado que un hombre solo vale lo que vale su honor, y te aseguro que estoy tratando de honrarte a pesar de que me gustaría quitarte ese vestido negro y llevarte a mi cama. Cuando tengas tiempo de pensar en mi decisión, me darás las gracias por haberte evitado un más que posible error.
Aquellas palabras ofendieron a Piper.
–¿De verdad crees que no sé lo que debo hacer?
–Creo que eres demasiado confiada.
El comentario terminó por enfurecerla profundamente.
–Soy una mujer adulta, A.J., no una ingenua adolescente. Por si te preocupa, tampoco soy una puritana, sino que me gusta elegir bien. Por último, el único error que he cometido esta noche ha sido pensar que podrías ser el hombre que hubiera dado sentido a mi espera. Evidentemente, me he equivocado.
Él le acarició suavemente la mejilla.
–No te equivocas. En lo que se refiere a que nosotros hiciéramos el amor –susurró entrelazando los dedos con los de Piper–, te aseguro que merecerá la pena esperar. Y eso es lo que te propongo. Que esperemos hasta que tengamos la oportunidad de conocernos mejor cuando estés en Bajul.
La ira de Piper estuvo a punto de desaparecer.
–Eso dependerá de si eres todo lo que pareces ser, porque creo que la sinceridad y el honor van de la mano. Ahora, ¿qué era lo segundo que querías que supiera de ti?
Una extraña mirada se reflejó en el rostro de él.
–Sigo creyendo en la caballerosidad. ¿Me permitirás que

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