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Libro PDF La flor del azafrán amarillo – Laila Ibrahim

La flor del azafrán amarillo - Laila Ibrahim

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Mattie estaba tendida, ovillada en torno
al cuerpo cálido de su hijo, cuando
llamó a la puerta aquel mensajero cuya
presencia nadie había solicitado.
Permaneció en su camastro, remisa a
poner fin a aquel instante precioso, y
prestó atención a los leves ronquidos
del abuelo. Contempló a Samuel y
apretó la nariz contra su tierno cuello a
fin de aspirar su dulce aroma de bebé.
Enjugó con una caricia el sudor
luminoso que le humedecía la frente y le
besó la sien con suavidad. Se levantó
cuando sonó en la puerta una segunda
serie de golpes intrusivos. Con Samuel
tan pegado a ella que sentía contra su
pecho el calor de su respiración, cruzó
arrastrando los pies el suelo de tierra
pisada. Aunque esperaba a su visitante y
llevaba semanas previendo aquella
llamada, temía aquel momento: cuando
abriese la puerta, su vida quedaría
partida para siempre en un antes y un
después.
Tiró hacia sí sin prisa de la tosca
hoja de listones y vio una silueta grácil a
la luz de la luna. Era Emily, una
muchacha flaca de ojos claros
avellanados y la piel del color del té
con leche. La había visto antes, aunque
no la conocía bien. No daba la
impresión de tener más de doce años. En
cambio, la tez veintenaria de Mattie era
oscura como granos de café tostado.
Llevaba el cabello de color azabache
recogido en dos trenzas bien ceñidas
que enmarcaban su rostro delgado y
tenía, como de costumbre, la cabeza
cubierta con un paño blanco raído.
Sin molestarse en saludar, la mocita
balbució:
—Tienes que venir ya: la criatura
está a punto de llegar. —Y transmitida
la noticia, se volvió en dirección a la
casa grande.
Mattie le anunció:
—Voy a dejar a Samuel con Abu.
—Pues aligera, que te están
esperando.
N o bien llegó Mattie a su jergón, el
anciano se incorporó para tomar en
brazos a su bisnieto. Tenía las manos
añosas tumefactas y torcidas, y en sus
encías abultadas asomaban apenas unos
cuantos dientes.
—¿Ya? —preguntó el anciano.
Mattie asintió mientras luchaba por
retener las lágrimas. Besó con ternura la
mejilla redonda de Samuel.
—Te quiero —susurró al oído
diminuto de su hijo antes de apretar los
labios por última vez contra su cabecita
calva.
Mordiéndose un carrillo, dejó al
pequeño con cuidado en los brazos
surcados de cicatrices de su bisabuelo.
—Acuérdese de que le va a dar de
comer Rebecca cuando tenga hambre —
le dijo, aunque sabía que no hacía falta.
El otro le respondió con la paciencia
que siempre había tenido con ella:
—No te preocupes por él: tú, ocúpate
de tener cuidado allí dentro. —Y le dio
unas palmaditas en el brazo moreno.
Mattie lo miró a los ojos con la
esperanza de que entendería cuanto ella
callaba. Quería estar segura de que su
hijo iba a estar bien cuidado, de que
tendría claro que no lo había
abandonado por propia elección y de
que cuando regresara sabría que era su
madre. Sin embargo, no dijo nada: ni
gritó en señal de protesta ni suplicó más
tiempo; se limitó a volverse en silencio,
conteniendo el llanto tras los párpados
mientras salía de su hogar y abandonaba
a su hijo. No tenía elección: debía ser
fuerte, sobreponerse a aquella
separación y regresar lo antes posible al
lado de Samuel.
Lo que no podía saber era si iba a
tardar meses o años en hacerlo.
Sintió un escalofrío mientras seguía la
escasa luz que emitía el candil de Emily.
Caminaron en dirección a la casa grande
por un sendero que había aprendido a
odiar y por el que raras veces transitaba.
—¿Cuánto lleva con dolores? —
preguntó cuando rebasaron la cocina de
ladrillo de modestas dimensiones.
—Casi todo el día, creo. Se ha puesto
a gritar después de comer.
—¿Ha roto aguas?
—No sé —respondió la muchacha al
llegar a la parte trasera de la residencia.
Entraron por una puerta pintada y
ascendieron las desgastadas escaleras
de servicio que daban a la planta alta.
Mattie no conocía aquel lugar por dentro
ni había tenido motivo alguno para
suponer que lo haría en el futuro hasta
pocos días antes. Los del campo no
entraban en la casa grande. No sabía por
qué la habían elegido a ella, en lugar de
a su hermana Rebecca, para amamantar
a la criatura que estaba por nacer; ni era
quién para preguntar a los blancos ni
para discutir con ellos: ella se limitaba
a obedecer.
Nerviosa, avanzó detrás de su guía
por una alfombra blanda de vivos
colores. Tras pasar varias de las
lustrosas puertas del pasillo blanco y
liso, Emily se detuvo ante la última de la
izquierda.
—Te esperan ahí dentro —le anunció
señalando con el dedo.
Mattie la observó abrir la boca con
un gran bostezo antes de dar la vuelta y
desandar el corredor.
El corazón le latió con fuerza al
encontrarse sola e indecisa en aquella
pieza alargada. De pronto, la puerta
blanca se abrió con un movimiento
enérgico, y Mattie apenas tuvo tiempo
de dar un respingo hacia atrás para
evitar que la pisara la figura que salía
con precipitación del cuarto,
acompañada por una exhalación de aire
cálido teñido de olor a sudor. Vacilante,
escrutó desde el umbral la penumbra de
la habitación.
Sobre un lecho colosal yacía una
mujer blanca y menuda de piel del color
de la nata espesa. Tenía los ojos
cerrados al mundo y gemía en voz alta.
El cabello, húmedo y oscuro, se le había
adherido al rostro tumefacto y empapado
en sudor. Sus rasgos se torcieron y gritó
de dolor. Entonces cerró los ojos con
tanta fuerza que le desaparecieron las
pestañas a la vez que retraía los labios
hasta ocultarlos en la caverna de su
boca.
—¡Ah! Estás ahí —proclamó una de
las dos mujeres que rondaban en torno a
la cama, una blanca corpulenta de
angostos ojos azules y cabello gris
recogido en un austero moño que señaló
una silla situada en un rincón—.
Todavía no haces falta. Se ha
complicado… —calló sin llegar a
ofrecer una explicación completa—.
Siéntate y no hagas nada que pueda
molestar a tu señora.
Mattie entró en la sala con el menor
ruido posible y se encogió a fin de
evitar llamar la atención del hombre de
rostro sanguíneo que se alzaba sobre los
pies del lecho. Se posó en un rico sillón
de terciopelo y de forma inconsciente
frotó el tejido con la punta de sus dedos
pardos. Recorrió la estancia con la
mirada, embebiéndose de cuanto veía.
La señora Ann, la dueña de la casa, se
encontraba en el lecho de cuatro
columnas de intrincado tallado que
ocupaba buena parte del espacio
disponible. A su lado había un
lavamanos rematado en mármol y
cubierto de paños arrugados. El hombre
se dirigió a las dos mujeres que había
apostadas a uno y otro lado de la cama.
—Sujétenla bien cuando vean que me
dispongo a sacar a la criatura —les
ordenó—. Que no se mueva, o podrían
morir los dos.
Dicho esto, sacó de su maletín un par
de fórceps sucios y los limpió enseguida
con un trapo manchado de sangre antes
de inclinarse sobre el lecho.
—Ahora —anunció.
Las mujeres se aferraron con sus
blancas manos a los hombros y los
brazos de la parturienta y la presionaron
con fuerza contra el colchón. Mattie hizo
una mueca de dolor solidario y contuvo
el aliento mientras el médico introducía
con decisión las palas en el cuerpo
menudo de ella.
—¡Aaah! ¡Aaah! ¡Aaah! —gritó la
señora Ann.
El doctor tiró con nervio de los
mangos de metal, pero no hubo
movimiento alguno. Entonces mudó de
postura y, afirmándose con las piernas
bien separadas, volvió a hacer fuerza
hacia sí. Las manos se le escurrieron y
soltaron el extremo por el que sostenía
el instrumento, que quedó asomando del
cuerpo de la mujer. Farfullando entre
dientes, se enjugó las manos sudadas en
los calzones y volvió a aferrarse a los
fórceps. Al tirar de ellos una vez más,
sus manos se deslizaron con lentitud
hacia atrás; pero en esta ocasión el
instrumento se movió a la par que sus
gruesos dedos.
Embutida con fuerza en el triángulo
que formaban las palas de metal, asomó
de entre las piernas delgadas y blancas
de la señora una porción purpúrea de
cráneo. El doctor soltó un gruñido, y su
mano izquierda volvió a perder su
asidero.
—¡La criatura nos va a salir terca! —
sentenció.
Volvió a tirar de los fórceps a la vez
que se contraía el útero de la mujer, y la
cabecita afloró hasta el punto de que
Mattie logró verle el ápice de las orejas.
La matriz se relajó en ese momento, y
cuando el doctor volvió a hacer fuerza
no hubo movimiento alguno. El siguiente
tirón coincidió con otra contracción, y
esta vez salieron sin pausa la cabeza, los
hombros, el torso y las extremidades.
Sobre el lecho fue a caer una criatura
morada e inmóvil.
El médico miró de hito en hito el
cuerpecillo inerte. Mattie se sustrajo al
impulso de tomar al recién nacido, darle
la vuelta y frotarle la espalda con fuerza.
Impotente, aguardó a que hiciera algo el
experto. «¡Venga! —alentó en silencio
al crío que le estaba arruinando la vida
—. Respira.»
El doctor ató y cortó el cordón que
aún latía mientras el bebé seguía quieto.
De pronto, este dio una sacudida y echó
hacia atrás la cabeza húmeda, abrió la
boca de color cárdeno y dejó escapar un
llanto áspero. Mattie lo aclamó para sus
adentros: «¡Lo has conseguido,
chiquitín!».
—Suerte que he estado yo presente en
el parto —declaró el médico—. Esta es
de las que requieren medicina moderna
para tomar su primer resuello.
—¿Es una niña? —preguntó la madre.
—Sí —confirmó él sin más.
La joven estiró el cuello para verla y
alargó los brazos en dirección a su hija.
El médico la envolvió sin demasiado
interés en un arrullo y fue a entregársela
a la yacente.
—Todavía no. Está usted muy débil
para tomarla —dijo la mujer grande del
moño, quien se volvió al doctor para
añadir—: Désela al ama de cría.
La madre se dejó caer en el lecho sin
replicar y el médico, encogiéndose de
hombros, llevó a Mattie el bulto húmedo
que tenía en las manos. Al entregar a la
pequeña, preguntó:
—¿Tienes leche?
—Sí, señor: mi hijo nació hace unos
meses —respondió Mattie con la vista
clavada en el suelo de roble.
—Entonces, haz lo que has venido a
hacer —dijo él antes de volverse a la
cama para recoger la placenta y suturar
a la paciente.
Mattie miró a la criatura rosada y sin
nombre que tenía en brazos. Los fórceps
habían dejado magulladuras azules y
vi ol áceas en torno a las orejitas
aplastadas de la chiquilla, que había
empezado ya a lamerse los labios y a
c a b e c e a r en busca de alimento.
Arremangándose la camisa, la mujer
d e j ó al aire todo un seno de pezón
enorme listo para recibir la boca de un
lactante. Lo tomó con una mano y
acarició con ternura con aquella
protuberancia erecta los labios
diminutos de la niña a fin de conseguir
que los abriera. Entonces, con rapidez,
l a acercó hacia sí hasta que cubrió su
pecho la boquita ansiosa de la recién
nacida. La cría chupó con fuerza y ella
no tardó en sentir el estirón del raudal
de leche que tan bien conocía. Se
acomodó en el sillón blando y suave sin
dejar de sostener a la criatura contra su
corazón. Mientras contemplaba aquella
vida nueva, pensó en Samuel, dormido
en su camastro duro en un mundo
distinto del que apenas la separaban
doscientos pasos. Su cuerpo reaccionó
con dolor por su hijo: era él a quien
quería tener en brazos en aquel momento
y no aquella niña desconocida. Se
preguntó si estaría durmiendo
profundamente al lado de Abu o si se
habría puesto ya a revolverse en busca
de la toma de la mañana. Se le partía el
corazón al saber que él no iba a entender
siquiera que se había acabado la vida
que compartían.
Antes de que la pequeña hubiese
tenido tiempo de acabar de mamar, la
interrumpió la mujer blanca grande del
moño apretado.
—A la niña la vas a llamar señorita
Elizabeth. Yo soy la señora Gray, el
ama de llaves. Sígueme.
Mattie apartó con dulzura a la
señorita Elizabeth de su pecho y se
recompuso las ropas. Ofreciéndole el
meñique a manera de chupador, siguió a
la mujer con la criatura aún pegajosa en
brazos.
La señora Gray condujo a las dos por
el pasillo tenuemente iluminado hasta
una habitación situada en la parte trasera
de la casa. A la derecha había un sofá
verde y dos sillas de color avellana
dispuestas ante un hogar, y frente a la
puerta, un lecho de escasas dimensiones
y una mecedora arrimada a una ventana
amplia. El ama de llaves no se detuvo
allí, sino que cruzó la cámara hacia la
izquierda, en dirección a otra puerta que
conducía a un cuarto pequeño y sin
ventanas. La mayor parte del espacio
estaba ocupada por una cama baja,
cubierta con una colcha desvaída, y el
resto, por un armario de tamaño
reducido. En la pared opuesta había otra
puerta.
De pie en el umbral que separaba
ambos aposentos, la señora Gray le
explicó:
—La habitación grande es la de la
señorita Elizabeth. Tú dormirás aquí. La
puerta trasera da al pasillo y las
escaleras de servicio. Solo usarás la
escalera principal cuando estés
acompañando a la señorita Elizabeth.
Cuando ella no esté contigo, tendrás que
subir y bajar por la de atrás. En el
armario tienes dos mudas para ti: dos
vestidos y dos camisones. —La señora
Gray señaló el mueble mientras Mattie
se afanaba en no perderse—. Tendrás
que echar un vestido y un camisón al
bajante de la ropa sucia cada lunes por
la mañana, o sea, el día que sigue al del
sabbat. No se te van a lavar más de una
vez a la semana. Ya no vas a necesitar
más ese harapo de la cabeza; conque
deshazte de él. Emily, la criada al cargo
de la planta alta, te traerá de comer tres
veces al día. Si tienes alguna duda,
puedes preguntarle a ella, que está bien
enterada de las normas de la casa.
Cuando haya que sacar a la señorita
Elizabeth de su habitación, se te avisará.
Dicho esto, la señora Gray miró
fijamente a Mattie para concluir:
—Convertirse en esclavo doméstico
es un privilegio muy poco común.
Espero que seas capaz de no abusar de
él.
—Sí, señora —repuso Mattie.
—En el palanganero que hay al lado
del vestidor de la señorita Elizabeth
tienes agua caliente para el aseo —la
informó mientras regresaban al
dormitorio de la pequeña—. Lávala
antes de que se enfríe.
Cuando salió la señora Gray, Mattie
miró a la criatura que tenía acunada en
los brazos y dijo:
—Parece que nos han dejado solas,
chiquitina. No sé lo que voy a hacer
contigo, pero imagino que las dos lo
vamos a descubrir a la vez. Vamos a
echar un vistazo a tu cuarto antes de
darnos un baño.
Mattie recorrió el dormitorio con la
niña y fue asimilando cuanto veía de su
nuevo entorno. A escasa distancia del
techo había suspendida una serie de
barras de las que pendían largas fajas de
tejido verde oscuro. Al acercarse a
tocar la suave seda, Mattie reparó en
que estaban cubriendo algo, y cuando las
apartó topó con dos ventanas largas.
Aunque había visto antes el cristal, y
sabía cómo se llamaba, nunca había
tenido ocasión de tocarlo. Frotó con la
punta áspera de sus dedos, hacia arriba
y hacia abajo, aquella superficie fría y
suave. Miró al exterior, y contuvo de
pronto el aliento al ver las viviendas de
los esclavos. Todavía era de noche,
pero podía distinguir cada una de las
diminutas construcciones.
Estaba desorientada, y el hecho de
contemplarlas desde lo alto le impedía
determinar cuál era la de cada familia.
Cuando dio con su cabaña, la quinta de
la hilera que tenía a la espalda una serie
de bancos hechos de tronco, le dio un
vuelco el corazón. Buscó a Samuel y a
Abu, pero no alcanzó a verlos. Siguió
mirando por la ventana, anhelando
vislumbrarlos. Tenía los ojos
abotagados por las lágrimas y el corazón
encogido. Allí fuera no había nadie; sin
embargo, siguió observando.
El gimoteo de la señorita Elizabeth la
llevó a prestar de nuevo atención a la
cría. Le ofreció su dedo y volvió a mirar
en derredor. A la izquierda de las
ventanas vio un centón recién hecho de
punto tupido que cubría un lecho angosto
de rica madera de cerezo. Los vivos
tejidos formaban un diseño de ocas en
vuelo a un paso de escapar por la
ventana. Se sentó sobre la cama,
maravillándose ante tanta comodidad y
ante el tacto suave del tejido.
—Te has buscado un buen sitio

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