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La flor y nata Mamen Sánchez

La flor y nata  Mamen Sánchez

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libros de mamen sanchez

fue aleccionando en el apasionante mundo de la
comunicación, compartiendo con nosotros sus
preocupaciones cotidianas y escuchando
pacientemente nuestras sugerencias.
Por eso, recién cumplidos los veintidós años, y
obedeciendo a mis más entusiastas deseos, me
envió a París, enfundada en un traje de chaqueta
azul de Armani, como corresponsal de moda de
nuestra revista y, libreta en mano, me propuse
entrevistar a los grandes diseñadores de entonces:
Versace, Valentino y Lacroix.
Viajaba protegida por una arrebatadora
duquesa: interesante, esbelta y distinguida, que
había sido modelo de alta costura en su juventud y
había hecho gran amistad con todas las casas de
moda del mundo y, sobre todo, con sus
inaccesibles genios creativos. Ella me abrió las
puertas de los ambientes más exclusivos y me
consiguió un asiento en primera fila para poder
contemplar el maravilloso espectáculo de la moda
en todo su esplendor. Yo asistí boquiabierta a los
fascinantes desfiles, tuve ocasión de conversar con
alguna de las mujeres más bellas del planeta y de
conocer a los autores de aquellas colecciones tan
asombrosas.
La tarde del último día, nos sentamos a tomar
una copa en el bar Hemingway del hotel Ritz junto
a dos amigas muy queridas de la duquesa. Ambas
eran más o menos de su edad; unos cincuenta años
muy bien disimulados, más o menos de su
posición social y más o menos de su estupenda
habilidad
para la charla ligera y divertida.
La más alta, dueña por matrimonio de un
apellido histórico, era inglesa de las de verdad, de
las que pueden trepar por su árbol genealógico
hasta lo más alto del firmamento británico y
encontrar entre sus antepasados a uno de esos
reyes capaces de encerrar reinas en torres y cortar
cabezas de amantes despechadas.
La más menuda, una mujer tremendamente
simpática y risueña, poseía, en cambio, raíces
mediterráneas, en concreto italianas. Era
habladora, gesticuladora y excedida en sus
muestras de cariño. Aunque me la presentaron
formalmente como la honorable duquesa de
Noland, ella insistió
en que la llamara Cara, que era su nombre de
guerra.
Nuestra amistad comenzó de manera
instantánea, en cuanto la duquesa (la mía) le
explicó que mi
familia era propietaria de una de las revistas
más célebres de España y la italiana, que, según
nos contó, tenía muchos amigos en Sevilla,
reconoció el nombre de nuestra cabecera y,
exagerada como
era, declaró amar profundamente la
publicación, las maravillosas casas que ustedes
publican, las reinas y princesas que engalanan sus
páginas, las fiestas tan fastuosas, las bodas tan
románticas… y luego, suspirando, se lamentó de
que no existiera una versión italiana, para así
poder leerla en su lengua materna.
Apunté mentalmente aquella idea para
plantearla en la siguiente reunión de trabajo y le
pedí que me proporcionara su nombre completo y
su dirección de Inglaterra, para hacerle llegar un
ejemplar de mi revista, aunque estuviera en
español, cada semana.
— The duchess of Noland; Noland Towers,
Oxfordshire —me dictó a toda prisa, sin darme
tiempo a memorizar los datos, después se excusó
con la urgencia de una llamada importante que
estaba esperando en su suite, y subió
elegantemente por la escalera de mármol blanco
alfombrada en rojo y dorado.
En cuanto desapareció de la vista, las otras
dos damas se echaron para delante en actitud
confidencial.
—Cara es un encanto —en eso estaban de
acuerdo las dos—, pero tiene un marido que es un
carcamal. —En eso también estaban de acuerdo—.
Y muy excéntrico. Se rumorea que ha dilapidado
toda la fortuna familiar. Que están más tiesos
que la mojama —eso lo dijo mi duquesa en
español.
El duque de Noland, en efecto, era un
personaje muy peculiar. Había heredado el título y
el dinero de su padre «The late duke of Noland»,
según se refería a él la inglesa de apellido
histórico, a mediados de los años cincuenta, y a
partir de entonces, se había dedicado en cuerpo y
alma a sus dos grandes pasiones: las expediciones
transoceánicas y las mujeres exóticas. Había
escalado el Kilimanjaro y el Everest, atravesado
el Polo Norte y recorrido el Himalaya, vivido un
apasionado romance con la hija de un guerrero
masái, a la que amó muchísimo pero con la que no
pudo contraer matrimonio por estar a su vez
casado con una dama de la alta sociedad noruega.
Al cumplir los cincuenta, le diagnosticaron una
afección cardiaca que le impidió continuar con sus
viajes, pero no con su azarosa vida sentimental. A
los cincuenta y cinco se casó en segundas nupcias
con una condesa de rancio abolengo, propietaria
de un castillo en Escocia y de una educación
exquisita, la cual se propuso transmitir al único
hijo de la pareja, Nelson, un joven bastante
atractivo, algo especial también, como su padre,
que había sido recientemente nombrado presidente
de la Oxford Union y había logrado que el
mismísimo Ronald Reagan asistiera a uno de sus
famosos debates.
—Cara es su tercera mujer —me explicaron—.
Le echó el lazo hace dos años, en una cena de gala
en Balmoral, y se casó convencida de que hacía un
gran negocio. El duque había cumplido ya los
ochenta; tenía dificultades para respirar, asma, tos,
el castillo de su esposa fallecida y el palacio de
los Noland.
—Y un agujero en el banco del tamaño de una
galaxia.
De cualquier modo, los duques de Noland se
las habían apañado para proyectar una imagen de
prosperidad acorde con su posición. Conservaban
su palco en Ascot, pasaban sus veranos en Italia y
nunca faltaban a las garden parties a las que les
invitaba de vez en cuando la reina Isabel.
En aquel momento, aturdida como estaba por
la folie del París de la moda, sus excesos y
excentricidades, no supe valorar la importancia de
mi primer encuentro con Cara Noland, ni imaginé
el papel que aquella mujer llegaría a desempeñar
en los acontecimientos posteriores de mi
existencia.
Poco después de abandonar ella el bar
Hemingway, hizo su aparición Valentino Garavani,
escoltado
por su corte de socios, antiguos amantes,
jóvenes efebos, mujeres despampanantes y
perrillos falderos, y mis interlocutoras perdieron
inmediatamente el interés en mi instrucción para
centrarlo en aquel grupo variopinto de artistas
circenses.
No volví a encontrarme con Cara, ni aquella
noche en la cena de despedida a la que nos
invitaron
en el restaurante La Grande Cascade, en el
Bois de Boulogne, ni al día siguiente, durante el
desayuno de pain au chocolat con el que la
duquesa y yo rematamos aquel viaje de trabajo en
París.
Precisamente para poder justificar como
laborados aquellos tres días de cuento de hadas,
pasé toda la semana siguiente delante de mi
máquina de escribir relatando, con todo lujo de
detalles, las maravillas que acababa de vivir
durante mi aventura parisina. En algún momento,
entre las notas de mi libreta, apareció la dirección
de la duquesa de Noland y entonces recordé la
promesa que le había hecho en el Ritz. Hablé con
el departamento de suscripciones, solicité que le
hicieran titular de una suscripción gratuita, me
preguntaron que por cuánto tiempo, respondí que
por un año o dos, ya veríamos, y me aseguraron
que a partir de la siguiente semana la duquesa
recibiría un ejemplar de nuestra revista en su casa
—palacio, les corregí— todos los sábados sin
faltar uno.
Veinte días después, una soleada mañana de
finales de junio, me sorprendió encontrar un
paquete
postal con la corona y las letras amarillas
sobre fondo rojo del Royal Mail, esperándome en
la mesa de mi despacho. Era bastante milagroso
que hubiera llegado hasta allí, dado que los únicos
datos que aparecían en el apartado del destinatario
eran mi nombre de pila, el de la revista y el de mi
ciudad. En aquel momento, achaqué el prodigio a
la diligencia del servicio de correos inglés, a
pesar de que, ahora que lo pienso, los verdaderos
responsables tuvieron que ser los carteros de
Madrid, quienes, con gran sagacidad, dieron
conmigo buscando la dirección de mi oficina en
las páginas amarillas.
Abrí la caja. Sonreí. Cara Noland me enviaba
un tarro de mermelada de naranja amarga.
Una delicada tela de flores, atada con un lazo
de arpillera, envolvía la tapa, y de su extremo
colgaba una pequeña etiqueta con el nombre de su
casa: Noland Towers y la leyenda organic
preserves.
Mi abuela materna era una auténtica experta en
el arte de confeccionar mermelada de naranja
amarga. En la cocina de su casa de la calle
Velázquez, que todavía conservaba el fogón de
leña de principios de siglo, preparaba kilos y kilos
de rica confitura que luego repartía generosamente
entre sus numerosos hijos y nietos. Las naranjas se
las enviaba una amiga que tenía una huerta en el
Arahal.
Si no eran precisamente esas naranjas, si, por
ejemplo, su amiga caía enferma o ese año la fruta
se echaba a perder, mi abuela se negaba a
elaborarla. Decía que no era lo mismo. Que sin las
naranjas de su amiga la receta se resentía y que
para eso, para que saliera mal, prefería cocinar
dulce de membrillo.
Se me ocurrió que la mejor manera de evaluar
la calidad de la mermelada de naranja amarga de
Noland Towers era someterla al sabio juicio de mi
abuela, y esa misma tarde me presenté en su casa
con el tarro. Nos sentamos las dos muy serias a la
mesa de su comedor. Servimos primero el té,
esperamos a que se tostara el pan, y acto seguido
derretimos una buena cucharada de mantequilla
sobre cada rebanada. Por fin abrimos el frasco de
cristal, respiramos el aroma dulce y amargo de su
contenido y, con la boca hecha agua, untamos el
pan con aquella confitura deliciosa.
—Son unos maestros —concluyó mi abuela—.
Los ingleses —aclaró. Y luego, evocando los
tiempos en los que recorría el mundo del brazo
de mi abuelo, añadió suspirando—: Deberías
probar
el afternoon tea del hotel Connaught, en
Mayfair. La

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