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Libro PDF La fractura del reloj de arena – Clara Peñalver

La fractura del reloj de arena – Clara Peñalver

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Sentada a una de las mesas del enigmático restaurante El Agua, contemplando la Alhambra estratégicamente iluminada y sintiendo su magia en la distancia. Justo aquí
podría haber arrancado mi historia. En este momento evocador.
Sin embargo, todo comenzó varios meses atrás en Barcelona. Más concretamente, en una antigua y oscura cafetería de Sant Cugat del Vallès. Sí, sin duda aquél fue el
punto de partida. Allí nació el instante en el que, de nuevo, comenzaba a ahogarme por dentro. Allí, frente a un té verde frío y amargo, me di cuenta de que había vuelto
a convertirme en un rompecabezas al que le faltaban casi la mitad de las piezas. De pronto vivía en un mundo que se había dado la vuelta. Un mundo por el que
caminaba sobre el techo sin tener ni idea de cómo iba a lograr trepar hacia el suelo. Un mundo volcado en el que el pasado ahogaba mi presente y amenazaba con
sepultar mi futuro.
Por eso he preferido empezar a encadenar las palabras de mi historia en este lugar, porque tengo la sensación de que así mi recorrido será más provechoso.
Hablaré de la tempestad desde la calma y comenzaré a hacerlo frente al monumento que logra sacar a Granada de su anonimato mundial.
Como si Granada fuera sólo eso: la Alhambra.
Una ciudad reducida a un monumento que es Patrimonio de la Humanidad.
Pero Granada no es sólo eso; es más. Granada, sin la Alhambra como centro, sigue siendo muchas cosas. La mayoría de ellas maravillosas.
Durante estos últimos días he contemplado el palacio y sus jardines desde distintos ángulos y puntos de vista, y creo haber comprendido por qué le ocurre lo que le
ocurre a Granada. La Alhambra, tan imponente como hermosa, tan única como cercana. Tiene la capacidad de robarnos los ojos y cegarnos el corazón… El poder de
ocuparlo por completo sin dejar hueco para más.
De eclipsarnos.
Ha sido en estos últimos días, admirando lo que NO es monumento, cuando me he dado cuenta de que, durante años, yo misma he vivido con el alma atormentada
por mi propia Alhambra. Una versión más oscura, por supuesto, más autoritaria y distante. Más aterradoramente presente. Y mi Alhambra, mi familiar versión de la
Alhambra, esa que ha estado años llenando mi pecho de angustia y copando mi memoria de desagradables recuerdos, me ha impedido hasta ahora ver y sentir a una Ada
que, sin su Alhambra como centro, sigue siendo muchas cosas. La mayoría de ellas potencialmente maravillosas.
Por eso inicio la escritura de mi historia aquí y ahora, y no en aquella cafetería de San Cugat en la que mis ojos estaban todavía ciegos y mi corazón atormentado. Por
eso lo hago en una de las terrazas de El Agua, porque quiero disfrutar del proceso. Quiero saborear todas y cada una de las experiencias (malas y buenas) que, a lo largo
de estos meses, por fin me han liberado.
Por eso, y porque no puedo marcharme de Granada hasta dentro de unas semanas.
Hace algún tiempo que regresé a tu extraña forma de hacer terapia, loquera mía, y dentro de quince días tengo mi última (hasta nueva orden) sesión contigo.
PRIMERA PARTE
SiLeNcIo
1
Quiero que encuentre a mi padre.
¿No es éste Fernando Castellano?
Este hombre está muerto.
Mi relación con Davinia fue breve; aun así, hizo que me replanteara por completo el modo en que, hasta entonces, había percibido la realidad.
—¿Es usted investigadora privada? En la puerta pone: «IPG-Investigación Privada Granada».
Al oír esas palabras me asaltó un pensamiento automático: la constatación de que el nombre que Enrico había escogido para nuestra empresa era de lo más soso e
impersonal. Inmediatamente después me centré en la dueña de aquella voz: cuerpo menudo, postura dubitativa… ¿Inseguridad? No, más bien distancia. Como si no
estuviera allí plantada frente a mí, como si me hablara a través de un interfono. Ni siquiera me dirigía la mirada, y aquello me hizo sentir ausente.
—¡Hola, muy buenos días! —dije antes de continuar.
—Hola, muy buenos días. ¿Es usted investigadora privada? En la puerta pone: «IPG». En la puerta pone: «IPG-Investigación Privada Granada» —insistió moviendo
su cuerpo en bloque, de forma rígida y contenida.
—Sí, lo soy. ¿Qué necesita?
No supe de qué otro modo responderle.
—Alguien entra en mi casa cuando no estoy. —Se apartó unos mechones de pelo de la cara—. Alguien entra en mi casa y quiero que lo investigue.
Aquélla fue mi primera conversación con alguien con síndrome de Asperger y reconozco que no estaba preparada. Sin embargo, tuve la gran suerte de que la propia
Davinia me guiara:
—No entiendo las ironías ni los chistes, y tampoco voy a ser capaz de comprender sus emociones —me dijo cuando la invité a sentarse frente a mí.
Aquél era su manual de instrucciones abreviado, una frase aprendida que repetía cada vez que conocía a alguien. Una profesora de la facultad se lo había recomendado
hacía años.
—Así es más fácil —me aclaró.
Y resultó ser cierto.
Tardé varios días en aceptar su encargo porque Davinia me comentó que no le habían hecho ningún caso en la oficina de denuncias de la comisaría. Yo no quería tener
un encontronazo con la policía por nada del mundo, así que llamé a Andrea de inmediato.
—Es normal que no la hayan escuchado —comenté a la inspectora—, sus únicas pruebas son una taza sin lavar y algunas arrugas en la superficie de la cama.
—¿Y por qué tú sí? ¿Por qué quieres ayudarla?
—Porque si no lo hago yo, la pobre no se va a quedar tranquila nunca —le expliqué.
En realidad, aquél no era el motivo. Mi verdadera razón era la propia naturaleza de Davinia. Sus comportamientos obsesivos. La necesidad acuciante de que todo
quedase en perfecto orden antes de abandonar cada día su casa.
Davinia era un pool de interconexiones complejas, una antena excesivamente sensible al mundo que la rodeaba y, para evitar el bloqueo constante en esta sociedad
imparable, había acabado desarrollando una serie de conductas y mantras que le servían de coraza. El orden escrupuloso y la limpieza impecable eran dos de esas
costumbres, más que obligadas, naturalizadas.
Tres jornadas después de nuestro primer encuentro quedé con ella muy temprano para instalar en su piso una serie de micros y de cámaras. Desde la puerta hasta el
baño, no quedó ni un punto ciego.
Fijé una nueva cita con Davinia al cabo de cuatro días. Para entonces, si lo que decía era cierto, tendríamos material suficiente para comprobarlo.
—Tienes visita. Un chaval con cara de lelo —me dijo Enrico al verme entrar en La Napolitana—. Te he llamado para avisarte, pero no lo has cogido.
—Perdona, jefe, estaba con esa chica recogiendo todo el material que instalé en su casa. No quería ponerla nerviosa con el sonido del móvil, bastante tensa estaba ya
la pobre —le expliqué, sacando el teléfono de la mochila y comprobando que tenía varias llamadas perdidas—. ¿Quién es? ¿Está esperando arriba?
Habíamos tenido la gran suerte de encontrar una oficina justo encima de La Napolitana. Tras dos meses de reformas y un par de semanas más de montaje de muebles
y puesta a punto de los equipos y demás material de oficina, nuestra nueva base de operaciones estuvo lista.
—No. Está en mi despacho. Lleva aquí más de dos horas —me dijo con cara de pocos amigos—. Se ha empeñado en esperarte, y no iba a dejarlo solo allí. Tengo
muchas cosas que hacer en el restaurante. ¡Ah! Y no me llames «jefe».
Así es Enrico, un napolitano afincado en Granada con una alta concentración de malafollá local en las venas.
—¿Y qué quiere, jefe?
… una malafollá que hay que contraatacar con buenas dosis de recochineo.
—Creo que no te va a gustar.
Una sonrisa socarrona le adornó el rostro.
En efecto, el motivo de la visita no me agradó en absoluto. Tras mis experiencias anteriores, había tomado dos decisiones importantes. La primera, nada de casos
mediáticos; la segunda, no más cementerios. Y lo que aquel chico había venido a pedirme requería la ruptura de ambas reglas.
—Quiero que encuentre a mi padre —me dijo después de formalismos y presentaciones.
La petición podría haberme resultado de lo más normal si no hubiese sido porque reconocí enseguida al hombre de la foto que me había mostrado.
—¿No es éste Fernando Castellano? —pregunté.
—Sí, lo es —me respondió aquella voz afable teñida de inquietud.
—Este hombre está muerto. Lleva muerto más de tres meses —le dije de la forma más aséptica posible, recordando el revuelo mediático que había generado entonces.
Fernando Castellano había sido uno de los abogados más importantes de los últimos años. La revista Forbes lo había considerado uno de los diez abogados españoles
mejor pagados y su bufete, con varios cientos de oficinas por todo el mundo, peleaba en los primeros puestos con firmas de la talla de Garrigues o Cuatrecasas. Su
muerte no pilló por sorpresa a nadie porque convivía desde hacía tiempo con un corazón muy delicado. Lo que sí dejó boquiabierta a España entera fue lo que ocurrió
después de su fallecimiento.
—Ya sé que está muerto, señorita Levy.
—Tutéame, por favor. No creo que tenga muchos más años que tú —le pedí, un poco incómoda por aquel tratamiento tan distante.
—Ya sé que está muerto —repitió—. Quiero que encuentres su cadáver porque es la única vía que tenemos Jacinto y yo para conseguir que se reconozca que
Fernando Castellano fue nuestro padre.
«Menudo marronazo», pensé yo.
Me escapé de aquel primer encuentro usando el caso de Davinia como excusa porque, pese a haber intentado negarme a atenderle, pese a haber procurado ser muy
asertiva en mi discurso, Gonzalo, aquel chico de apenas veinticuatro años con cara de lelo y aspecto bonachón, fue realmente eficaz rechazando mi negativa.
«Sólo queremos que se haga justicia.»
«La inspectora dijo que nos ayudarías.»
«Ahora no podemos pagarte demasiado, pero si lo encuentras, si conseguimos que se realicen esas pruebas de ADN, te prometemos un porcentaje de nuestra
herencia.»
Sus argumentos no fueron nada desdeñables, sobre todo teniendo en cuenta que el nombre de Andrea apareció varias veces en la conversación, lo que, como mínimo,
despertó en mí la curiosidad suficiente para querer conocer el motivo.
2
¿Te gusto?
Claro que te gusto.
Aquel día todo acto cotidiano acabó pareciéndome posible objeto de vejación.
Sucio.
Todo sucio.
Desde el simple hecho de tomar un café a solas en la cocina hasta la acción rutinaria de meterse en la cama. La intimidad contaminada. Ultrajada.
«Pobre Davinia», pensé.
CÁMARA 1 /// 7.40 a.m. /// Visión 60º
Davinia pasa frente a la cámara. Se la ve nerviosa y un poco desubicada. Hace un leve gesto de despedida sin mirar fijamente al objetivo y se dirige hacia la puerta. Se
marcha.
CÁMARA 1 /// Intervalo 7.40-9.00 a.m. /// Visión 60º
Pasillo y puerta de la entrada. Todo tranquilo. Silencio.
CÁMARA 2 /// Intervalo 7.40-9.00 a.m. /// Imagen gran angular
Cocina. Quietud total. Orden escrupuloso.
CÁMARA 3 /// Intervalo 7.40-9.00 a.m. /// Imagen gran angular
Salón. Todo permanece en su sitio.
CÁMARA 4 /// Intervalo 7.40-9.00 a.m. /// Imagen gran angular
Dormitorio de Davinia. Se observa claramente el orden absoluto de la estancia. La ropa de la cama está tan estirada que podría hacerse rebotar una moneda sobre ella.
CÁMARA 5 /// Intervalo 7.40-9.00 a.m. /// Visión 60º
Cuarto de baño. Imagen borrosa a causa del vaho producido por la ducha vespertina.
CÁMARA 1 /// 9.01 a.m. /// Visión 60º
La puerta de la calle se abre. Se oye el tintineo de unas llaves.
INTRUSO: Buenos días, querida. Ya he llegado.
Abundante mata de pelo blanco. Cejas muy pobladas sobre una mirada afable. Gesto empalagosamente cercano. Complexión robusta y de miembros cortos. Avance
pesado.
INTRUSO: ¡Por supuesto que me apetece un café, prenda!
CÁMARA 2 /// 9.02 a.m. /// Imagen gran angular
Ya en la cocina, el intruso coge la taza de color verde (en el estante, la tercera por la derecha). Se maneja en la estancia con comodidad. Prepara una bebida caliente:
leche, un golpe de microondas y dos cucharadas de café soluble descafeinado.
El sonido de la cucharilla contra el vidrio lo acompaña hasta la mesa de la esquina. Ahora sólo se ven sus manos y su coronilla, con un halo parco en cabello en el
centro.
INTRUSO: ¿Mucho que hacer hoy?
CÁMARA 2 /// Intervalo 9.05-9.19 a.m. /// Imagen gran angular
El intruso inicia un soliloquio que dura casi media hora; un intenso relato de soledad y abandono capaz de hacer estallar el lagrimal de cualquiera. El pulso inestable de
sus manos, aferradas con fuerza a la taza, provoca ondas en la superficie del líquido marrón.
(…)
CÁMARA 4 /// 9.36 a.m. /// Imagen gran angular
El intruso distribuye las bragas y los sostenes que lleva en las manos por la superficie de la almohada. Huele cada prenda antes de depositarla.
CÁMARA 4 /// 9.37 a.m. /// Imagen gran angular
El intruso se sitúa frente a la cama y comienza a desvestirse de forma pausada.
INTRUSO: ¿Te gusto?
Se contonea, coquetea como si Davinia yaciera frente a él en el lecho y aquello la excitara.
INTRUSO: Claro que te gusto.
CÁMARA 4 /// 9.44 a.m. /// Imagen gran angular
Zapatos, camisa y pantalones. Calzoncillos y calcetines. Todo fuera, hasta quedar totalmente en cueros. Un saco rollizo de piel flácida e impaciente.
CÁMARA 4 /// 9.45 a.m. /// Imagen gran angular
El intruso retira con timidez la colcha y se arrebuja bajo su abrigo.
INTRUSO: (risita juguetona)
CÁMARA 4 /// 9.46 a.m. /// Imagen gran angular
Frases ininteligibles y gemidos ahogados bajo la ropa de la cama. El nombre de mi clienta escapando a estertores de su boca cuando parece llegar el momento culmen.
(…)
CÁMARA 1 /// 10.20 a.m. /// Visión 60º
El intruso abandona el piso.
CÁMARAS 1-5 /// 10.20 a.m. en adelante
Todo en orden. Sin rastro aparente de visitas.
No te imaginas la de veces que aquel día deseé poder escaparme de mi piel.
—Resulta que no eran imaginaciones de la chica —le dije a Andrea en cuanto descolgó el teléfono—. Estoy esperando a que llegue para hablar con ella.
Había llamado a la inspectora para explicarle por encima el contenido de las grabaciones y para pedirle que me echara un cable en la oficina de denuncias. Después de
haber visionado aquellas imágenes, se despertó en mí un poderoso instinto protector: sabía que Davinia iba a ponerse nerviosa al ver las cintas y, en la medida de lo
posible, quería evitarle el exceso de estímulos y experiencias fuertes.
—De acuerdo… Anota en el libro de registro que has comunicado el caso a la policía y cierra el expediente. Creo que Víctor está trabajando esta tarde —me dijo. Ni
idea de quién era Víctor—. Le aviso, a ver si es posible que le tome declaración en un lugar tranquilo —concluyó Andrea, y consiguió bajar un pelín mi nivel de estrés.
—Te debo una, amiga —confesé al tiempo que me levantaba para coger el maldito libro de registros—. Y puede que te la devuelva pronto.
—¿Y eso? ¿Qué estás tramando? —Curiosidad y cautela a partes iguales en su tono de voz.
—Eso mismo me pregunto yo de ti —respondí mientras buscaba la hoja correspondiente a Davinia—. ¿No tienes nada que contarme sobre un muerto desaparecido?
He recibido una visita esta tarde, justo antes de sentarme con el material de mi clienta.
—Ah, eso… No hagas mucho caso. Ese Gonzalo estuvo dándome la lata y, cuando al fin le confirmé que el caso se había cerrado por falta de pruebas, no me dejó en
paz hasta que le ofrecí otra vía por la que poder avanzar —me explicó quitando importancia al tema—. Pensé que podría interesarte… Pero si no te convence, déjalo
pasar. Es un asunto de herencias bastante complicado.
Permanecí en silencio un instante mientras rellenaba los espacios que aún tenía que completar sobre aquel caso. Es decir, todos. Número de expediente, fecha de inicio
y fin de la investigación, nombre y domicilio de mi cliente, delitos perseguibles de oficio conocidos y órgano al que habían sido comunicados…
Me pregunté cómo debía tipificar lo ocurrido en el piso de Davinia.
—Ada, ¿estás ahí?
—Sí, perdona. Me he despistado con el jodido libro de registros —respondí.
De pronto recordé de qué habíamos estado hablando.
Mi posible compromiso con aquel caso se había esfumado.
—¿Cómo desapareció el cadáver? —le pregunté para satisfacer mi curiosidad.
—La verdad es que aún sigo sin encontrarle sentido…
—Mierda, tengo que colgar, Andrea. Ha llegado Davinia.
Todos mis pensamientos regresaron a mi clienta y a las visitas diarias a su piso.
3
¿Quién perdía?
¿El delincuente o la víctima?
En el trayecto en taxi, de camino a la comisaría, caí en la cuenta de que mi exceso de cuidado hacia Davinia estaba siendo contraproducente. Cuanto mayor era el número
de «tranquila, todo va a salir bien» que salía de mi boca, más cercana al bloqueo parecía estar ella.
Mi nerviosismo y yo nos habíamos convertido en un lastre para mi clienta, por eso decidí no estar con ella en el momento de la denuncia.
Al llegar, Andrea la acompañó a la sala en la que la esperaba su compañero. Yo aguardé en el vestíbulo, pensando en la cercanía del otoño. Aún no había anochecido,
pero el día comenzaba a perder su brillo cuando apenas habían dado las ocho de la tarde.
—¿Tomamos algo mientras tanto?
La voz de Andrea se adentró en aquel bucle de pensamiento en el que me había metido: el sol y el verano, la luz y el calor, la luz y el otoño… las hojas y sus tonos
apagados… el sol y…
—¿Vamos? —insistió.
—Sí, perdona, estaba un poco ida.
Había sido precisamente en los meses de aquel verano que expiraba cuando comencé a tener esas ausencias. Momentos incontrolables de disociación extrema en los
que, quiero pensar, mi cabeza trataba de recuperar su precario equilibrio.
—¿Davinia ha entregado a tu compañero el material y los informes que he preparado? —pregunté a Andrea para quedarme tranquila.
—No te preocupes, lo tiene todo. E intenta relajarte porque van a tardar un rato —me explicó la inspectora—. Ella estará bien.
Entramos en la cafetería y ocupamos la mesa de siempre, junto a la ventana. Andrea era (es) un animal de costumbres y a mí me gustaba (me gusta) complacerla en su
terreno.
—¿Cómo está Cristina?
Aquella pregunta me cayó encima como un yunque. El tema de Cristina no era de mis preferidos por muchos motivos, que todavía no estaba preparada para
compartir con nadie, salvo con la propia Cristina.
—Tiene días mejores y días peores —respondí.
Andrea captó el mensaje.
—¿Has decidido qué hacer con el caso del cadáver desaparecido? —Un cambio de asunto acertado.
—Aún me falta información, aunque no creo que me encargue de él. ¿Recuerdas mi promesa? Nada de cementerios ni de casos mediáticos —le dije.
Andrea me regaló una de sus medias sonrisas. Creo que ella se había hecho una promesa parecida después de lo que habíamos vivido juntas.
—Me parece bien. Además, es un laberinto sin salida. —Su tono de voz no sonó nada neutro.
—¿Un laberinto sin salida? —No habría podido usar una expresión mejor para erizar a tope mi curiosidad.
—He de admitir que este caso me dejó fuera de juego —comenzó—. Me tocó de rebote porque los del grupo de judicial que debían encargarse de él estaban hasta
arriba de trabajo, y no conseguí librarme, por más que lo intenté.
Andrea guardó silencio un instante, como si tratara de ordenar los acontecimientos en su cabeza. O quizá enfrentándose a aquel caso que no había sido capaz de
resolver. Por un momento pensé que la inspectora me había enviado al supuesto hijo de Fernando Castellano porque las vías policiales no le permitían continuar con él.
—¿Quién se cuela en un cementerio para robar un muerto? Si se trata de un asunto de herencias, como me comentaste por teléfono, lo lógico es pensar en la familia,
¿no?—
Eso creo yo, pero no pudimos demostrar nada. Un incendio provocado en la zona delantera, frente a las oficinas, y un cubo de la basura menos, sólo eso. Ni
huellas ni rastro alguno que relacionara a alguien concreto con la desaparición del cadáver, ni indicios concluyentes que vincularan a los trabajadores del cementerio con
lo sucedido. Y, por supuesto, ni una sola pista que pudiera llevarnos a encontrar a Fernando. Un laberinto sin salida.
Repitió aquella última frase con un hilo de frustración en la voz. Era como si no se lo creyera. ¿Cómo era posible que ella, Andrea, una de las inspectoras de policía
con un índice más elevado de resolución de casos de toda Andalucía, no fuese capaz de dar con un simple fiambre?
Para cuando quise darme cuenta, ya llevaba un buen rato tomando notas sobre el caso.
Durante el camino de regreso a la comisaría reapareció mi preocupación por Davinia.
—¿Qué va a pasar con el casero de mi clienta? —pregunté al poco de haber salido de la cafetería.
El intruso había resultado ser el dueño del piso. Davinia me contó que llevaba viviendo de alquiler allí cerca de tres años y, cuando me enteré, intenté no pensar en la
cantidad de días que sumaban tres años; la cantidad de veces que podría haber cogido aquella taza; la cantidad de veces que podría haber mantenido la misma
conversación, sentado a la mesa de la cocina; la cantidad de veces que podría haber visitado el cesto de la ropa sucia en busca de bragas y sujetadores; la cantidad de
veces que podría haber hecho aquel striptease; la cantidad de veces que…
—Regresará a casa al cabo de unas horas en comisaría y quedará a la espera de juicio oral —me explicó Andrea—. Lo mejor será que la chica se busque otro sitio
porque estoy casi segura de que el único delito que van a imputar a ese tipo será el de allanamiento. Con un poco de suerte, un delito continuado.
No estaba preparada para aquella respuesta.
—Pero… ¿cómo es posible? —pregunté atónita—. ¿Acaso no has visto las imágenes, Andrea? Está completamente obsesionado con Davinia. Las conversaciones, lo
de la ropa interior… ¡Joder! ¡Se masturba a diario en su cama!
Mi exaltación no afectó en absoluto al estado de ánimo de Andrea. Me miró con cierta ternura, como si ya esperara mi reacción… Como si la comprendiera.
—Ada, no hay mucho más que hacer. Tú misma me has contado que la chica no sentía que su seguridad o su indemnidad sexual corrieran riesgo alguno. Lo que ese
hombre ha estado haciendo es asqueroso, pero no constituye más delito que un simple allanamiento —me explicó con paciencia—. Ni siquiera se llevaba nada. No hay
ningún artículo en el Código Penal que considere delito una masturbación en casa ajena.
Tuve la necesidad de rebatirla con mil argumentos diferentes, pero respiré hondo y me lo tragué todo. Aquél no era mi terreno y cualquier cosa que dijera estaría llena
a rebosar de ira e impotencia y desierta de conocimiento.
Los últimos metros hacia la comisaría transcurrieron en silencio. Andrea iba pendiente del móvil; yo avanzaba rumiando lo que ocurriría.
La policía iría al domicilio del casero de mi clienta y lo detendría. El acosador pasaría, con suerte, las setenta y dos horas de rigor en prisión preventiva y luego se
marcharía a casa. Probablemente, jamás entraría en la cárcel por aquello y, muy posiblemente, no le obligarían a pagar ningún tipo de indemnización porque, según
Andrea, no existía daño alguno (físico, psíquico o material) que reparar. Mientras tanto, Davinia tendría que buscarse otro apartamento. Se vería obligada a romper
todas sus rutinas, todo aquello que durante años la había ayudado a protegerse del mundo.
Debería empezar de cero.
¿Cómo iba a explicarle aquello? ¿Cómo decirle que lo único que podía hacer era dejar atrás aquel episodio de su vida? Cerrar la puerta y marcharse.
Punto.
¿Quién perdía? ¿El delincuente o la víctima?
Cuando llegamos, me la encontré en el vestíbulo aguardando a que una patrulla de la policía judicial la llevara a casa. Sentí la urgencia de largarme sin hablar con ella,
pero no fui capaz. Por lo visto, la nueva Ada Levy había comenzado a enfrentarse a los problemas.
—Davinia, lamento decirte esto, pero quizá estaría bien que buscaras otro lugar donde vivir —le advertí con un hilo de voz.
—¿Por qué? ¿Por qué estaría bien? A mí me gusta mi piso.
Comenzó a dar vueltas al anillo que hacía girar en torno a su dedo índice siempre que se ponía nerviosa.
«Davinia, tienes que buscarte otro sitio», le insistí en mis pensamientos, como si necesitara reforzar mi discurso.
—Ve a dormir esta noche a un hotel y mañana, cuando salgas del trabajo, ponte a buscar otro apartamento. Sólo pueden acusar a tu casero de allanamiento de morada,
y no creo que acabe en la cárcel por eso. Seguirá cobrándote el alquiler una vez al mes y entrando en tu piso cada mañana. Eso no te gustaría, ¿verdad?
Negó con la cabeza posando sus pupilas en algún lugar cercano a mis pies.
—Pues si no quieres que eso ocurra, lo mejor es que busques otro piso en el que puedas sentirte segura.
Entonces asintió levemente y, al hacerlo, le cayó sobre la mejilla un mechón de pelo. No hizo ademán de apartarlo, así que lo hice yo.
Todos los presentes se mantuvieron en silencio, expectantes. Respetuosos.
La mirada de Davinia se perdió en algún lugar de aquella extraña escena de comisaría. El único movimiento que registró mi memoria fue el constante giro de aquel
anillo en torno a su dedo índice. Davinia lo hacía rotar con agilidad y a gran velocidad usando el pulgar de la misma mano.
Me pareció que estaba haciendo un esfuerzo dantesco para no bloquearse ante aquel seísmo que estaba sacudiendo, de repente, su vida.
—Él entra en mi casa y soy yo la que tiene que irse. Es injusto —sentenció al fin.
Respiré hondo al verla marchar hacia una nueva y extraña realidad.
¿Por qué no la acompañé? Porque mi trabajo acababa ahí.
Por eso, y porque era consciente de que había personas en mi vida que necesitaban

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