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Libro PDF La fuerza del amor Annette J. Creendwood

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sus guantes, ya que sabía que en cualquier momento su padre la mandaba a llamar.
Cambiando el tema, pero sin dejar su sonrisa de niña enamorada, Bárbara se fijo en su amiga y lo arreglada que estaba. Amy era su única amiga, su hermana, nunca la
juzgaba y era incondicional con ella. Su carácter indiscreto y a veces un tanto cruel, causaba que gran parte de las muchachas de su edad no la apreciaran, eso junto con
que era una de las mujeres más bellas de Londres, sumaba una profunda envidia por parte de todas, menos en Amy.
-¿Compromiso con el futuro esposo y la futura familia?-, le preguntó Bárbara con un gesto burlón. Bárbara nunca había visto a su amiga reaccionar de la manera que
ella lo hacía cuando veía a Patrick y eso la preocupaba mucho, ya que no estaba del todo segura que Amy fuera a ser feliz.
-Si, vamos a tomar el té, debemos conversar detalles de la fiesta, ya que la lista de invitados sigue aumentando y quieren comenzar a reducirla- Amy dijo lo último
absorta en las ramas que se movían fuera de su ventana, aumentando así las interrogantes de Bárbara.
Con la seriedad que correspondía al tema, Bárbara le preguntó por décima vez, algo que en lo más fondo de su corazón, Amy no tenía claro -¿Estas segura que quieres
casarte con David, Amy?
En el instante que Amy iba a responder la pregunta, apareció su querida nana Edna, para avisarle que el resto de la familia la estaba esperando. Tomó su sombrero,
miró la inquisitoria cara de Bárbara por última vez, le sonrió y salieron juntas.
¿Estaba segura? Eso era algo que le atormentaba todas las noches.
En ese mismo momento, pero en una realidad completamente distinta, un hombre idéntico a David, disfrutaba de todos los placeres que pueden entregar los barrios
bajos de Londres. Un ambiente donde sólo los más fuertes sobreviven y en donde ser respetado es un privilegio que se gana a pulso y sangre, sobretodo a sangre.
Max estaba en una de las cantinas más turbias del sector, acompañado de aquellos que durante años, habían sido su familia escogida, ya que la que Dios le había
entregado, nunca formó parte de su vida. Él creció en las calles, en los sectores más oscuros de Londres, donde no tiene ninguna importancia ser un niño o una mujer,
todos son comidos de la misma forma.
Sin embargo sus ganas de superarse, de lograr algo distinto lo llevaron a que con los años, pudiera disfrutar de todo el respeto y dinero que tenía en ese momento. Era
un negociante innato, tanto en lo legal como en lo ilegal. Junto con esto, el prestamista más grande del lugar, trataba con sus pares y con los aristócratas de la misma
manera y en ambos casos, causaba el miedo de todos.
Pero a pesar de esta vida llena de oscuridad, nunca se alejó del todo de lo correcto, lo que causó que siempre ayudara a quien se lo merecía. Él decidía la forma como
serían las cosas para quien le pidiera una mano, sobretodo si eran seres indefensos. Max había visto como la solidaridad cambia un alma, lo vio durante los doce años
que vivió con el Padre Simón, quien representaba lo más cercano a una figura paterna.
Si bien dejó de vivir en la capilla muy niño, tentado por la vida que podía encontrar en las calles, nunca se alejó del sacerdote, quien en más de una ocasión pasó un
susto con las heridas que siempre traía. –Un día vas a entrar por esa puerta y me matarás de un susto, muchacho estúpido-, le decía cada vez que terminaba de
atenderlo.
Max era un hombre fuerte, luchador y sin familia, hecho que le endurece el alma a cualquiera. Gozaba de los placeres de la vida en grande, jugaba siempre apostando a
ganar (cosa que siempre pasaba), hacía el amor casi todas las noches con una (o unas cuantas) mujeres distintas, sin embargo aun así le faltaba algo. Un deseo muy
dentro de él, que cada día se hacía más grande: saber de donde venía. Necesitaba saber porque la calle y los barrios bajos se volvieron su única familia.
-¡Max!-, la voz de Peter lo devolvió de sus pensamientos, la cual le indicó que llegó uno de sus clientes más importantes. Una media sonrisa se dibuja en su cara y su
fiel amigo se acercó para cerrar los últimos detalles de un negocio que sin duda sería el mejor que habían hecho hasta ese momento, ya que no le faltaría entretención.
-¿Supongo que la cantidad acordada viene contigo? Lo que menos me gusta es esperar-, la respuesta la conocía, pero quería ver la cara de preocupación del pobre
bastardo que no cumplió. Quería ver como comenzaba a desesperarse por no poder cumplirle a uno de los hombres más crueles de Londres.
-Hu…hubo un pequeño pro…problema-, dijo sabiendo en lo más profundo de su alma que no tiene una buena escapatoria de todo esto. –Pero tiene una pronta
solución-, agregó en un tono desesperado al ver como Peter se acerca para arrinconarlo, mientras Max se dedicaba a mirar su vaso de whisky. Lo bebió de un solo trago
y se acercó al tipo.
-No me gusta esperar-, se paró, se puso frente al sujeto y continúo, -Una semana más, pero para que sepas que no me agrada la situación, llévate este pequeño regaloen
menos de dos segundos, su navaja se enterró en la mano derecha del sujeto atravesándola. Éste cayó al suelo debido al intenso dolor, mientras que Max y Peter se
retiraron.
Nada lo detenía y vivía la vida que mejor le apetecía, sin embargo, muy en el fondo, sabía que falta algo, sabía que faltan respuestas. Tanta libertad va teniendo un
precio un poco alto de pagar.
CAPÍTULO I
Estaba con la copa de brandi en la mano y con un humor de mil perros. La tarde había sido una de las más aburridas de su vida y para rematar, había tenido una nueva
pelea con Amy, esta vez una de las más fuertes. Esa niña cada vez lo cansaba más. No soportaba que siempre estuviera pensando en lo correcto y llena de actividades
de caridad. Parecía que lo único que la movía en la vida eran esos bastardos.
No podía creer que en poco menos de dos meses debía casarse y asumir las responsabilidades de su familia, ¿Por qué tenía que trabajar? Para eso estaba su padre, que
si bien era una persona mayor, todavía tenía la fuerza para hacerse cargo de los negocios. ¡No, eso no era justo! Él había nacido para gozar la vida, para gastar dinero y
para pasarla bien, no para tener una esposa y trabajar.
La rabia aumentó cuando recordó la discusión con su prometida. Después de horas escuchando detalles de la boda y ver a su madre emocionada con la lista de
invitados. Aguantando la enorme charla de su padre y su futuro suegro de sus negocios en común, le había pedido a Amy ir a caminar por el jardín. No podía negar que
era una mujer preciosa y las ganas de tocarla siempre estaban presentes, pero era tan mojigata la pobre que siempre se apegaba al protocolo. Estaba seguro que todo
quedaba en su belleza, porque en la cama no iba a ser más que una santurrona frígida.
Iban caminando en absoluto silencio, últimamente siempre le pasaba. Reconocía que Amy era inteligente y con una personalidad agradable, pero los temas que siempre
trataba no eran los que una mujer debía tocar, siempre hablando de caridad y de las mil ideas que tenía para ayudar a esos niños. ¡Que matrimonio más aburrido iban a
tener! Menos mal que siempre tendría los burdeles.
Comenzó a mirarla mientras se acercaba a los rosales, su hermosura le generaba que todo su cuerpo reaccionará y que su miembro despertará, sabía que lo que
conseguiría con ella no le generaría mucho, comparándolo con la gran cantidad de amantes que tenía, pero el saber que iba a ser el primero y el único, le sacaba lo más
primitivo. Decidió hacer un nuevo intento, para ver si esta vez Amy le permitía ir más allá.
-¿Qué te parece si vamos al mirador y nos sentamos un rato?- El mirador estaba en una de las zonas más retiradas del jardín de la casa de los Acton. Era el lugar favorito
de su madre, donde siempre se iba a pensar. Siempre a eso, sabía que lo quería, pero todo el tiempo sintió que ella tenía una pena.
Apartando esos pensamientos, tomó a Amy del brazo y se fueron al mirador. Si bien no iba a poder hacerle el amor, si podría a comenzar a tantear lo que iba a tener
cuando se casaran. Su novia lo siguió, no muy convencida, como siempre estaría pensando en que eso no era lo adecuado.
El jardín de los Acton era uno de los más hermosos que existían, Samanta, la madre de David, se dedicaba a que tener un gran número de criados, junto con ella, para que
se dedicaran a poner las flores más hermosas. El mirador estaba rodeado de hermosas margaritas y lavandas, las responsables de llenar el ambiente de un olor delicioso.
Llegaron tomados del brazo e hizo que Amy se sentará. La miraba con ganas, ese cuerpo era muy bello.
-Me encantan las margaritas, pareciera que siempre están contentas-, dijo la muchacha, mirando con emoción las flores. David sólo se dedicaba a observarla, pero no
seguía el hilo de lo que decía, prefería no escuchar, ya que los temas que su futura esposa tocaba, no le podían parecer más que insignificantes.
-David, quería conversar contigo de algo … ¿David?- En ese momento el joven se dio cuenta de la pregunta e intentó prestarle atención, haber si de esa manera conseguía
que Amy le permitiera ir un poco más allá. –Tú me dirás, amor, ¿Qué es eso tan importante que tienes que decirme?-, terminó la frase tocándole suavemente la mejilla.
Amy se acomodó en el asiento, no quería, pero las caricias de David la incomodaban. No las sentía sinceras, pero aun así prosiguió. –El padre Simón está pensando
poner una pequeña escuela para los niños de la capilla, tiene ganas que aprendan a leer y a escribir y me pidió ayuda para montarla. El tema ya lo converse con mis
padres y no tienen ningún problema, pero me sugirieron que también te lo comentara- Al momento que terminó de hablar, se dio cuenta que David estaba cada vez más
cerca y le comenzaba a besar la mejilla.
-David, te estoy hablando de algo importante para mí-, pero David estaba tan concentrado en continuar con esos besos, que no la tomó en cuenta. Amy no se sentía a
gusto, más allá que no fuera correcto antes del matrimonio, su prometido no mostraba una ternura autentica, ni tampoco un interés mayor en ella. El joven se daba
cuenta de los sutiles movimientos de su novia para alejarlo, pero no los tomó en cuenta y empezó a bajar por su cuello, sus manos ahora también participaban,
acomodándose en la estrecha cintura de la chica. Tenía ganas de más, así que subió su mano hasta el pecho de Amy.
En ese momento la chica se paró rápidamente, muy sonrojada, pero también muy molesta. –¿Cuántas veces te he dicho que no es correcto que intentes propasarte
conmigo, David?. Ten en cuenta que con tus actitudes me ofendes profundamente- no gritaba, pero su tono sonaba muy fuerte.
David no se tomó bien el hecho de que Amy nuevamente lo alejará. ¿Qué se creía esa mujer para rechazarlo a él, cuando gran parte de sus amigas lo buscaban en los
rincones más escondidos de los bailes a los cuales asistían? Las acariciaba y besaba a placer y a ellas ni siquiera les importaba que fuera incorrecto, incluso siendo él un
hombre comprometido.
-Por Dios que eres una mujer aburrida Amy. Pareciera ser que no eres más que una monja sin el hábito. ¿Qué tiene de malo que te toque? Sólo te limitas a esos insípidos
besos que no calientan a nadie-, le dijo con un tono despectivo y cruel que sorprendió por completo a Amy.
Sentía ganas de llorar por las palabras de David, sin embargo no le iba a dar ese gusto. Con lo dicho sólo le demostraba lo que ella en lo más fondo de su corazón sabía, él
no sentía nada por ella y se limitaba a que todo fuera un simple arreglo familiar. Incluso no le hubiera parecido extraño que Lord Gastón aplicará cierta presión
amenazándole con no cubrir sus gastos si no se casaban. En ese momento se dio cuenta de lo frio que sería su matrimonio, lo que le dio fuerzas para no quebrarse.
-Puedes decir y pensar lo que se te plazca David, cada una de tus actitudes me demuestran que este compromiso no es más que un horrible acuerdo económico- la pena
era grande, sin embargo la rabia que sentía al verse transformada en un objeto de uso era mayor. Sin pensar en las repercusiones de sus dichos, continuó –Sólo ten
siempre en cuenta, que seremos para todos la pareja perfecta, un matrimonio ideal, pero que nunca, escúchame bien, nunca sentiré ningún deseo por ti-, terminó
mirándolo directamente, reflejando todo el rencor que sentía.
-No te preocupes querida, que mujeres que calienten mi cama me sobran y aunque no puedo negar que eres bella- dijo esto tomando entre sus dedos un mechón de su
cabello, para luego continuar –pero mejor que tú hay miles, así que si no me deseas, es sólo problema tuyo, tu cuerpo igual lo gozare cuando seas mi mujer- soltó de
manera brusca su cabello.
Amy estaba asombrada, siempre supo que no había amor por parte de David, pero se aferraba a la esperanza de que con el tiempo surgiera. No iba a llorar, ella tampoco
lo amaba, pero la humillación frente a esas palabras, lograron calar fondo e insegurizarla. Miró hacia otro lado, sin pronunciar nada más. Al ver que ella no respondía,
David se impacientó. –Volvamos-, no iba intentar disculparse, no le importaba tanto para retirar algo que a fin de cuentas era verdad.
Caminaron en silencio hasta la casa, donde estaban sus padres, muy contentos por la unión de sus retoños. Una unión perfecta que tendría muchos beneficios.
Ahora, con la tercera copa de brandi, David pensaba, la desesperación por las responsabilidades que se le venían lo ahogaban. Él no era un tipo para casarse, su vida era
para gozarla. Pensando en esto se dio cuenta que venía su meretriz favorita. Era mejor dejar eso por un momento y pasarla bien.
Se paró, la tomó de la cintura y subieron a uno de los cuartos, donde tantas veces habían estado juntos. Esta vez la mujer que tenía en sus brazos no lo iba a rechazar, no
era una maldita mojigata. A disfrutar.
CAPÍTULO II
-Rony está preparando una emboscada en tu contra, Max-, le dijo uno de sus hombres. Una de las prostitutas había escuchado a Rony, uno de los enemigos directos
de Max, preparar los últimos detalles para dejar completamente fuera del juego a uno de los hombres más poderosos de la zona marginal de Londres.
Como si le hubieran dado la hora, Max siguió bebiendo con Peter y acariciando a la mujer que tenía en sus faldas. Sabía que Rony desde hace mucho tiempo estaba
planeando un ataque, sin embargo no tenía ganas de gastar energías en un tipo que no era un rival a su medida. –Gracias, Alex. Por hoy ya terminaste tu trabajo-, lo
último lo dijo parándose y llevando a la mujer a una habitación del segundo piso del lugar.
-¿No harás nada, Max?- preguntó Peter. Su amigo sabía que Max era fuerte, sin embargo sentía que no se cuidaba lo suficiente. –No, si quiere jugármelas, que siga
planeando, me quiero entretener viendo que hace el muy idiota-, miró a la mujer a su lado y le dio un feroz beso. La mujer tuvo que sujetarse de su camisa para no caer
de lo excitada que la dejó –Vamos-.
No era la primera vez que alguien quería la cabeza de Max, si bien pasó gran parte de su infancia en la capilla, bajo el cuidado del Padre Simón, su adolescencia y
juventud la vivió en la calle, donde ganarse un lugar de respeto, significaba rodearse de enemigos. Como él era uno de los más poderosos, era claro que no podía estar
exento de esto. La envidia que causaba era enorme. Rico, joven y el hombre más guapo que se pudiera haber visto, Max sabía que los enemigos iban buscar acabarlo, sin
embargo, nunca le había preocupado.
Esa noche iba a follar con la guapa cantinera y luego volvería a su casa, esos eran sus planes, sin embargo esos no iban a ser los planes del destino. Esa noche Max
comenzaría a conocer parte de su historia, esa que desde hace años le atormentaba profundamente y que le angustiaba no llegar a las respuestas.
David había dejado el club de caballeros, después de haber gozado del cuerpo de la mujer que lo acompañaba. Los tragos habían sido muchos, pero las ganas de
continuar con la parranda continuaban. Acompañado de Patrick, decidieron irse a una cantina un poco más sórdida, sabían que ahí encontrarían más cosas que harían que
lo pasaran genial.
-David, recuerda que mañana tienes compromisos temprano. Tú padre ya te lo dijo, tienes que acompañarlo con sus negocios-, dijo Patrick con un tono burlón, pero
mucho más compuesto que su amigo. Sabía que en el momento de la juerga era imposible llevárselo. Lo que más buscaba era beberse todo lo que existía y acostarse con
cuanta mujer lo encendiera.
Patrick había sido su amigo de toda la vida, sin embargo no podía dejar de lado una gran envidia que sentía hacia el hombre. Lo tenía todo, era el hijo único de una de
las familias más poderosas de Londres, volvía loca a cualquier mujer que se le cruzará por el camino y lo más importante se iba a casar con el ser más dulce que pudiera
existir.
Nunca había dicho nada sobre sus sentimientos, ya que siempre supo que Amy era la mujer que habían destinado para David, pero ese silencio le dolía. La conocía de
toda la vida y llevaba años soñando con ella. Le desesperaba escuchar a David hablar de manera tan cruel sobre la mujer que imaginaba el ser más tierno de todos, sin
embargo no decía nada, sólo guardaba esos sentimientos, que poco a poco se transformaron en profundos celos.
Iban caminando, ya que decidieron dejar el carruaje un poco retirado de la zona. Sabía que cualquier cosa que hiciera el cochero se lo contaría a Bruce y Sofía. Los
quería de verdad, pero no quería aguantar los sermones de la pareja. En ocasiones para David era extraña la cercanía que tenían con él. Sus padres siempre trataron a la
servidumbre como eso, sin embargo, con esa pareja fueron distintos, ellos tenían atribuciones distintas.
Con las risas y alegría que el trago regala, David y Patrick iban en marcha, estaban decididos a encontrar un lugar alejado de su ambiente para seguir al máximo con su
vida de solteros. Tan envueltos en sus propias anécdotas y bromas se encontraban que no se dieron cuenta que al momento de entrar a un callejón, dos hombres los
observaron.
Patrick a las pocas cuadras los vio e inmediatamente le avisó a David. Este intentando despejar un poco la mente de la borrachera que traía, paró en seco para
determinar quienes eran. No los reconoció y a los pocos segundos determinó que eran asaltantes. A pesar de haber sido criado en cuna de oro, sabía defenderse, al igual
que Patrick, así que ambos los enfrentaron.
-Ustedes por su camino y nosotros por el nuestro, ¿está claro?- les afirmó David, mientras buscaba su navaja. Había sido un regalo de su abuelo, quien siempre le
enseño que un hombre debía ir armado para sacar del camino los estorbos. Los dos sujetos pararon y comenzaron a reír.
-¿Quién eres tú para poner esas normas? Además habría otro problema y es que no queremos- dijo el más alto de los dos. En la penumbra de la calle se podía
reconocer el peligro en su mirada.
Patrick no tenía la misma preparación de David, pero de cualquier forma no se quiso quedar atrás en su defensa. –Es mejor que se vayan, no tenemos ganas de
problemas-, los tipos se acercaron más y sin mirar a Patrick, se dirigieron a David. -¿Cambiaste al perro faldero? ¿Dónde lo dejaste, malnacido?-.
La pregunta confundió un poco a David, no tenía la menor idea de lo que hablaban esos dos, pero no bajó la guardia. Aprovechando el descuido, Patrick se lanzó
contra el más bajo, sin embargo estos reaccionaron más rápido y sacaron sus navajas. David fue el primero en golpear, con un sólo gancho dejó en el suelo al que más lo
había mirado. Al ver a su compañero en el suelo, el otro delincuente se fue contra David, quien logró esquivarlo.
Patrick fue el primero en recibir una estocada con la navaja, fue en el brazo, sin embargo el grito que lanzó llamó la atención de David. Ese descuido le otorgó ventaja
inmediata a su oponente, quien logró darle un certero golpe que lo dejó en el suelo. David sintió inmediatamente el gusto de sangre en su boca, quiso pararse, pero ahí
mismo comenzaron a llegar las patadas, directas a su abdomen y cabeza.
-No eras tan fuerte después de todo, Max-, dijo uno mientras sacaba nuevamente su navaja. Al ver el movimiento, David se giró y logró pararse, Patrick se había
retirado debido al dolor en el brazo y aprovechando que el tema era sólo con su amigo. Al verlo retirado, David se concentró en sus atacantes, por la manera que lo
golpeaban supo que no era un simple asalto, esos dos lo querían muerto.
CAPÍTULO III
Amy se encontraba mirando por su ventana, el paisaje era maravilloso, siempre adoró que su habitación tuviera la vista a esa pequeña laguna. Siempre había sido su
lugar favorito. Desde niña se escapaba al borde de la laguna para relajarse y sobre todo para imaginar las mil historias que siempre llenaban su mente. En ese lugar había
criado a su primera mascota, su patito Copito. Encontró el huevito entre la maleza y le pidió a su nana que le enseñará a cuidarlo. Cuando nació no se separó nunca más
de él, hasta que lo dejó en la laguna.
Recordó que David siempre se burló de ella por eso. Desde siempre se había burlado de ella, al igual que ahora. Amy desde el momento que fue consciente del
compromiso, lo asumió de la manera que su padres le habían enseñado. Era la consentida de su padre y con su madre se llevaba de lo mejor. Unos padres que le dieron
valores solidos, una vida llena de comodidades y le enseñaron lo que era un matrimonio con amor.
A pesar de esto, la habían comprometido muy niña con David, ya que para ellos, era un muchacho encantador y que contaba con todo para hacerla feliz. -¡Sí, feliz!
Voy a ser muy feliz al lado de ese hombre que me ama mucho-, se dijo a si misma mientras se limpiaba con rabia sus lágrimas. Sentía rabia contra él, pero sobretodo con
ella misma, no sabía porque tenía tanta pena, ya que en lo más fondo se su corazón, conocía la falta de amor de David.
Desde hace mucho que esas dudas rondaban su cabeza, junto con el cuestionamiento de lo que ella sentía. No lo amaba, no había logrado hacerlo y era eso lo que
causaba que no gozara con las caricias que le daba. Era un hombre guapo, pero vacío. Nunca le dirigía una buena palabra a nadie, si detrás de eso no había un interés. Con
ella no era diferente, cada vez que Amy quería contarle algo de su vida, él la ignoraba o le recriminaba que fuera tan monótona. Nunca había sido una muchachita que se
sonrojará fácilmente, pero después de un tiempo de recibir las mismas palabras, cierta inseguridad comenzó a formarse en ella.
En ese momento su corazón se aprisionó fuertemente y todas las lágrimas contenidas en la tarde salieron en raudales. No iba a ser feliz en su matrimonio y no podía
hacer nada contra eso. Sus padres estaban ilusionados, Bright, su hermano mayor también estaba muy contento con que su hermanita se casara con el hijo de un Lord y
ella, para no quitarles la tranquilidad a los seres que más quería, se mostró emocionada con todo.
Con las lágrimas cayendo y cubriendo con una mano su boca para que los sollozos sólo quedaran en su alcoba, fue sorprendida por un torbellino que abría de manera
muy brusca la puerta. Contenta, como siempre, entraba Bárbara. Aprovecho que venía ensimismada en su alegría, para secar rápidamente su cara y que no notará su
pena, en ese momento no quería contarle a nadie lo que le pasaba.
-Querida amiga, mi papá debía hablar con el tuyo y le pedí que me trajera. Hoy decidí que me quedó a dormir. ¡Cçomo cuando éramos niñas, qué emoción!- en ese
momento Bárbara hizo un gesto de enfado, cuando recordó que en dos meses su amiga sería una mujer casada.
-Me parece genial, iré a pedirle a mi nana que nos prepare chocolate-, Amy quería ocupar esa salida para calmarse y que no la notara tan triste, sin embargo, para su
mejor amiga eso era imposible. Bárbara la conocía como a ella misma y el cariño que las unía causaba que estuvieran muy conectadas.
-¿Qué paso Amy?-, su cara era preocupación pura. Desde hace mucho la veía un tanto distinta, pero asumió que eran los nervios previos de la boda. Esta vez era
distinto, los ojos hinchados y la nariz roja indicaba que el llanto había sido fuerte. A su hermana escogida algo le habían hecho, nunca la había visto así.
A pesar de que no quería contarle a nadie, la cara que puso su amiga, le reflejó que ella era la única en la que podía confiar. Así que cuando la abrazó, soltó con todas
sus ganas la pena de su alma. Bárbara no le preguntó nada, sólo se dedicó a consolarla, -Respira, respira-.
Estuvo unos cuantos minutos llorando, cuando se dirigió a su mesita de noche para coger un pañuelo. Sabía que Bárbara quería saber que había pasado, pero aun así no
le preguntó. Amy sabía que estaba ansiosa por saber, así que no se hizo esperar más. Se sentó en el borde de la cama y le relató todo lo que había pasado con David.
– El muy animal se muestra como el hombre perfecto frente a todos, pero no es más que un idiota. Menos mal que lo descubriste ahora y no después cuando ya
estuvieran casados-, estaba tan ofuscada que se sentó en el mismo sillón que estaba anteriormente la joven. Amy esbozó una pequeña sonrisa por lo irreal del
pensamiento de su amiga. Ella pensaba que por eso iba a suspender el matrimonio, cosa que no iba a ser así.
-Bárbara, no hay diferencia porque de todas maneras me casaré con David- su amiga hizo un gesto para discutir, pero ella se adelantó, -No, espera. Yo no me puedo
echar para atrás, simplemente no puedo. Mi familia espera esta boda. ¿Te imaginas el escándalo que eso provocaría? ¿Cómo hablarían de nosotros? No, Barby, no
puedo hacer eso-, al escuchar sus palabras, todo se torno más real aun de lo que ya era y las lágrimas surgieron otra vez.
-Pero Amy, soportaras ese trato toda la vida. Te reconoció en tu cara que iba a tener a las mujeres que quisiera durante TU matrimonio y aun así te casaras
sumisamente con él. ¿Dónde está tu orgullo, por Dios?
-¿Y el de mi familia? Tomo en cuenta sólo mi bienestar y dejó a mi familia completamente en ridículo. No nos va mal, pero sabes que en el último tiempo las cosas no
han sido de lo mejor y mi papá estaría mucho más tranquilo con los arreglos que le ofrece Lord Acton-, Amy decía esto mientras se paseaba por la habitación, quería
convencer a su amiga, pero a la vez lo hacía con ella misma –Es lo que me toco, es duro, pero créeme que no me echaré a morir. No me ama, esta bien, pero por Dios que
voy a hacer que David Acton me respete-, esto último lo dijo con toda convicción, lo que sorprendió a Bárbara.
-No lo se. ¿Por qué no hablas con tu madre? Siempre se han llevado bien, y sabemos que te entenderá. Tus padres han llevado un matrimonio hermoso, basado en el
amor- Bárbara también comenzó a moverse, quería lograr que su amiga entrará en razón y aprovechando los rasgos de duda en el rostro de Amy, continúo. –Amiga,
habla con ella, cuéntale lo que pasa. Si no quieres, no le cuentes todo, pero cuéntale tus dudas. Sé que te entenderá-
Amy consideró la idea de su amiga, tal vez si hablara con su madre tendría más orientación. No le plantearía cancelar la boda, pero si todo lo que estaba en su cabeza,
junto con el hecho de que David no la amaba. Al volver a mirar a Bárbara y ver en su expresión un sincero apoyo, supo que era la mejor opción, en la mañana hablaría
con su madre. Con ese pensamiento comenzó a relajarse, tal vez todavía tenía una esperanza.
CAPÍTULO IV
-Se donde queda mi casa. No me iba a perder- Max iba caminado con Peter, quien lo había esperado en la cantina para regresar juntos a casa, ya estaba amaneciendo.
Su amigo no se preocupaba, pero él sí. Max era muy fuerte, conocía las calles y era respetado por muchos, sin embargo en algún momento algo podría cambiar. Lo
dudaba, pero en su filosofía era mejor prevenir que lamentar.
-¿Qué cuesta tomar ciertas precauciones? Rony es un imbécil, pero aun así hay que tener más cuidado, ya que dentro de su estupidez, puede hacer algo extremo- Peter
sabía que no iba a convencerlo, ya que Max había puesto su cara de fastidio.
Max lo miró fijamente unos segundos, se detuvo y quedó frente a él. –Me aburres-, Peter volteó los ojos y siguieron caminando. Al parecer Rony se había arrepentido
de su famoso plan. En el fondo no podía contra Max. Contaba con buenos hombres, a los cuales les ayudó a salir de la calle y empezar una vida, junto con eso contaba
con Peter, toda la racionalidad que a él le falta (y Dios sabia que era mucha), la tenía su amigo.
Quedaban unas pocas cuadras para llegar a su casa, cuando vieron como dos hombres golpeaban a uno que ya estaba caído. La crueldad que mostraban indicaba que no
lo habían matado aún, pero que ese era el objetivo. Max y Peter se miraron, ya que al momento reconocieron a los hombres de Rony. Peter sacó inmediatamente su arma
y disparó al aire. El sonido estridente en medio de la noche, alarmó a los sujetos, sin embargo no se alejaron de su presa.
No siguieron golpeándolo, miraban sorprendidos a Max. Este caminaba directo hacia ellos, mientras que Peter no bajaba su arma. –Como siempre les daré UNA
oportunidad- sonrió de una manera cruel y despiadada para terminar- ¿Por las buenas o por las malas? Los sujetos parecieron salir de su asombro y corrieron como las
ratas que eran.
Peter se cercioró de que se habían ido para acercarse al pobre cristiano que dejaron como carne molida. Max, sólo atinó a encender un cigarro y mirar a su amigo. –
Ahora eres una hermanita de la caridad- Peter escuchó el comentario, pero no lo tomó en cuenta. El pulso de ese hombre era débil y tenía un fuerte golpe en la cabeza,
por el cual sangraba mucho. Lo volteó para ver cual era el daño. En el momento que su rostro quedó al descubierto, Peter cayó sentado al suelo, más blanco de lo que era
normalmente.
A Max le llamó la atención la reacción. En los años que llevaban en la calle habían visto cosas realmente horribles, ellos habían golpeado mil veces más fuerte, así que
no entendía la razón de tal asombro. -¿Le sacaron un ojo, la nariz o quedó sin lengua?- quiso parecer relajado en la pregunta, pero al ver que su amigo no reaccionaba
comenzó a impacientarse. –Peter, ¿qué coños te pasa?
No obtuvo respuesta, así que se acercó para comprobar que era lo que tenía hundido a su compañero. Desde donde él estaba sólo veía la espalda del hombre y pudo
determinar que era muy alto. Se puso a la altura de Peter sin dejar de mirarlo, estuvo así unos segundos cuando se agachó para ver al pobre bastardo. El daño más grande
lo tenía en su cuerpo y su cabeza, por esta razón pudo ver su cara con toda claridad.
El impacto fue mayor que el sufrido por Peter, ya que la visión era escalofriante. Tirado en el suelo, golpeado a más no poder estaba un hombre que era idéntico a
Max. Sintió como su sangre se le helaba en las venas, ver a ese sujeto en esas condiciones, era verse a si mismo. Era imposible, nadie era tan parecido a otra persona
como era ese sujeto y Max.
Después de unos minutos en que ambos intentaban buscar alguna explicación para poder pararse del suelo, Peter fue el primero en hablar. –E…eres…eres TÚ-la frase
la terminó casi gritando, lo cual sacó de su sorpresa a Max. Sólo atinó a mirar a su amigo y luchar por cerrar su mandíbula que había quedado completamente abierta. Se
paró y se alejó un poco del cuerpo. Lo que estaba viendo no era posible. ¡Ese hombre era igual a él!
El cerebro de Peter poco a poco comenzó a funcionar nuevamente y se percató que tenían que ayudarlo. –Max, llevémoslo a la capilla, el Padre Simón nos ayudará a
curarlo, tenemos que averiguar quien es este tipo-, la determinación de Peter lo ayudó a volver a la realidad también y lo cargaron.
-Sí, el Padre Simón lo ayudará- dijo reconfortarse en que también lograría ayudarlo a él, a entender que mierda era lo que pasaba, porque nada de eso era normal.
Estaba a unas cuadras de la capilla, sin embargo con la ansiedad que llevaban para averiguar que era lo que exactamente estaba pasando, llegaron en muy poco tiempo.
Una de las cosas que le faltaban a Max era la delicadeza. Peter siempre se lo hacía saber. Ambos crecieron en la calle, sin embargo con los negocios que asumieron
tuvieron que comenzar a pulirse y el que mejor lo logró fue Peter, sin embargo en ese momento olvido todo y con una patada muy fuerte golpeó la puerta de la capilla.
En menos de un minuto, un hombre alto, un tanto pasado en los kilos, con barba y cabellos blancos les abrió la puerta. Antes siquiera de verlos, sabía que eran ellos,
así que no se demoró en lanzar unos cuantos retos al aire. –Par de idiotas con retraso, miren como me despiertan cuando saben que soy un hombre vie…- No terminó la
frase cuando vio, el bulto que traían entre los dos. Max sujetaba sus piernas, mientras que Peter sus hombros y a la cara de ambos no lograba volver el color.
-Por los clavos de Cristo, ¿a quién traen en ese estado?- Justo

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