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Libro PDF La gran brecha – Joseph E. Stiglitz

La gran brecha - Joseph E. Stiglitz

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comentar con otro el problema de la gente vaga
que trataba de salir adelante aprovechándose de
los demás. De ahí pasaron sin interrumpirse a
hablar de paraísos fiscales, sin que parecieran
darse cuenta de la ironía. En varias ocasiones, a lo
largo de la velada, se evocó a Maria Antonieta y
la guillotina, cuando los plutócratas reunidos se
recordaban mutuamente los peligros de dejar que
las desigualdades aumentaran hasta el exceso.
«Recordad la guillotina» se convirtió en el lema
de la noche. Al emplearlo, estaban reconociendo
uno de los mensajes fundamentales de este libro:
el grado de desigualdad que existe en el mundo no
es inevitable, ni es consecuencia de leyes
inexorables de la economía. Es cuestión de
políticas y estrategias. Aquellos hombres tan
poderosos parecían estar diciendo que podían
hacer algo para remediar las desigualdades.
Esta no es más que una de las razones por las
que las desigualdades se han convertido en una
preocupación verdaderamente acuciante incluso
para el 1 por ciento: cada vez son más los que
comprenden que no puede haber un crecimiento
económico sostenido, necesario para su
prosperidad, si los ingresos de la inmensa mayoría
de los ciudadanos están estancados.
Oxfam utilizó una imagen muy poderosa para
ilustrar la dimensión de las desigualdades en el
mundo durante la reunión anual de la élite mundial
en Davos en 2014: un autobús que transportara a
85 de los mayores multimillonarios del mundo
contendría tanta riqueza como la mitad más pobre
de la población, es decir, unos 3000 millones de
personas.[1] Un año después, el autobús era aún
más pequeño, de 80 asientos. Y Oxfam descubrió
otra cosa igual de llamativa: que el 1 por ciento de
la población mundial poseía ya la mitad del
patrimonio, y que va camino de tener tanto como el
99 por ciento restante en 2016.
La gran brecha lleva mucho tiempo forjándose.
En las décadas posteriores a la Segunda Guerra
Mundial, Estados Unidos creció a más velocidad
que nunca, y todos a la vez. Todos los segmentos
aumentaron sus ingresos, pero fue una prosperidad
repartida. Las rentas de los más pobres crecieron
más deprisa que las de los más ricos.
Fue una edad de oro para Estados Unidos, pero
a mí, en mi juventud, me parecía ver lados
oscuros. En la icónica ciudad industrial de Gary,
Indiana, en la orilla sur del lago Michigan, donde
crecí, veía pobreza, desigualdades, discriminación
racial y desempleo crónico mientras las recesiones
golpeaban al país una tras otra. La agitación
sindical era frecuente, porque los trabajadores
luchaban para obtener su parte correspondiente de
la cacareada prosperidad estadounidense. Yo oía
solemnes declaraciones de que Estados Unidos era
una sociedad de clase media pero, en general, la
gente que veía ocupaba los escalones más bajos de
esa supuesta sociedad de clase media, y sus voces
no figuraban entre las que estaban construyendo el
país. No éramos ricos, pero mis padres habían
sabido adaptar su modo de vida a sus ingresos, y, a
la hora de la verdad, esa es gran parte de la
batalla. Yo llevaba ropa heredada de mi hermano
que mi madre siempre había comprado en rebajas,
pensando en que durase más que en el ahorro
inmediato: lo barato sale caro, solía decir. Durante
mi infancia, mi madre, que se había graduado en la
Universidad de Chicago en plena Gran Depresión,
ayudaba a mi padre en su negocio de seguros.
Cuando se iba a trabajar nos dejaba al cuidado de
nuestra chica, Minnie Fae Ellis, una mujer
cariñosa, trabajadora e inteligente. Ya entonces, a
los diez años, me desconcertaba aquello: ¿por qué
Minnie no había estudiado más que primaria, en un
país que se suponía que era tan rico y ofrecía
oportunidades a todo el mundo? ¿Por qué me
cuidaba a mí en lugar de cuidar de sus propios
hijos?
Cuando terminé bachillerato, mi madre decidió
cumplir su sueño de siempre, volver a estudiar
para obtener el título de maestra y dar clases de
primaria. Ejerció en las escuelas públicas de Gary
y, cuando los blancos empezaron a marcharse, se
convirtió en una de las escasas maestras blancas
en un colegio que se había vuelto segregado.
Cuando la obligaron a jubilarse, a los 67 años,
empezó a dar clases en la Universidad de Purdue,
en el campus de la parte noroeste de Indiana, y
siempre intentó que tuvieran acceso todos los
alumnos posibles. Al final se retiró con más de
ochenta años.
Como muchos de mis contemporáneos, yo
aguardaba con impaciencia un cambio. Nos decían
que transformar la sociedad era difícil, que
llevaba tiempo. Aunque yo no había sufrido las
mismas penalidades de otros en Gary (aparte de
ciertas muestras de discriminación), me
identificaba con los que sí. Todavía faltaban
decenios para que empezara a estudiar con detalle
las estadísticas sobre la renta, pero tenía la
sensación de que Estados Unidos no era la tierra
de las oportunidades que aseguraba ser, porque
algunos tenían muchas, pero otros, muy pocas.
Horatio Alger era un mito, al menos en parte:
había muchos estadounidenses que, a pesar de
trabajar y esforzarse, nunca saldrían adelante. Yo
fui uno de los afortunados y recibí una beca
nacional al mérito para estudiar en Amherst
College. Esa fue la oportunidad, más que ninguna
otra cosa, que con el tiempo me abrió todo un
mundo de posibilidades.
Como explico en «El mito de la Edad de Oro
de Estados Unidos», en mi tercer curso en Amherst
cambié de especialidad y pasé de Físicas a
Económicas. Quería descubrir cuál era el motivo
de que nuestra sociedad funcionase como lo hacía.
Me hice economista no sólo para comprender las
desigualdades, la discriminación y el desempleo,
sino también con la esperanza de poder hacer algo
para remediar esos problemas que asolaban el
país. El capítulo más importante de mi tesis
doctoral en el MIT, redactada bajo la supervisión
de Robert Solow y Paul Samuelson (que más tarde
recibirían sendos premios Nobel), se centraba en
los determinantes de la distribución de las rentas y
la riqueza. Presentado en una reunión de la
Sociedad de Econometría (la asociación
internacional de economistas interesados por las
matemáticas y las aplicaciones estadísticas a la
economía) en 1966 y publicado en su revista,
Econometrica, en 1969, medio siglo después sigue
siendo muy utilizado para enmarcar las ideas
sobre el tema.
El número de personas dispuestas a leer un
análisis de las desigualdades era limitado, entre la
población en general e incluso entre los
economistas. No era un tema que interesara a la
gente. En la profesión, en ocasiones, hubo
verdadera hostilidad. Y siguió siendo así incluso
cuando las desigualdades empezaron a aumentar
de forma desmesurada en el país, en la época en la
que Reagan llegó a la presidencia. Un destacado
economista de la Universidad de Chicago, Robert
Lucas, ganador del premio Nobel, lo explicó con
contundencia: «Entre las tendencias perjudiciales
para una economía sólida, la más seductora y…
venenosa es la de centrarse en la distribución».[2]
Como tantos economistas conservadores, su
argumento era que la mejor manera de ayudar a los
pobres era incrementar el tamaño de la tarta
económica del país y que fijar la atención en el
pequeño trozo que recibían los pobres desviaba la
atención del problema fundamental, cómo hacer
que esa tarta fuera más grande. Había (y sigue
habiendo) una larga tradición en economía que
decía que era posible separar los dos aspectos (la
eficacia y la distribución, el tamaño de la tarta y
cómo se reparte) y que la tarea del economista era
concreta e importante pero difícil: descubrir cómo
aumentar al máximo el tamaño de la tarta. La
forma de dividirla era una cuestión política, un
campo del que los economistas debían mantenerse
alejados.
Dado que en la profesión estaban muy de moda
posturas como la de Lucas, no es extraño que los
economistas no prestaran prácticamente atención a
las desigualdades crecientes en el país. No les
interesaba gran cosa el hecho de que, mientras el
PIB aumentaba, las rentas de la mayoría de los
estadounidenses estuvieran estancadas. Esa
indiferencia hacía que no pudieran ofrecer una
buena explicación de lo que estaba sucediendo en
la economía, no comprendieran las repercusiones
del aumento de las desigualdades y no supieran
diseñar unas políticas capaces de enderezar el
rumbo del país.
Por eso me gustó tanto en 2011 la oferta de
Vanity Fair de presentar estos problemas a un
público más amplio. El artículo que escribí,
«Del 1 por ciento, por el 1 por ciento, para el 1
por ciento», tuvo muchos más lectores que mi
artículo en Econometrica varios decenios antes.
El nuevo orden social que trataba en Vanity Fair
—el 99 por ciento de estadounidenses que se
encontraban en el mismo bote embarrancado— se
convirtió en el lema del movimiento Occupy Wall
Street: «Somos el 99 por ciento». Presentó la tesis
que se repite en los artículos aquí reunidos y en
mis escritos posteriores: casi todos nosotros,
incluidos muchos de ese 1 por ciento, viviríamos
mejor si hubiera menos desigualdades. Si el 1 por
ciento es inteligente, sabe que le interesa construir
una sociedad menos dividida. Mi intención no era
desatar una nueva guerra de clases, sino establecer
un nuevo sentimiento de cohesión nacional, un
sentimiento que se había disipado con la apertura
de una gran brecha en nuestra sociedad.
El artículo se centraba en responder la
pregunta de por qué debía importarnos el enorme
aumento de las desigualdades: no sólo por una
cuestión de principios y moral, sino también por
economía, por el carácter de nuestra sociedad y
nuestro sentimiento de identidad nacional. Incluso
había intereses estratégicos más amplios. Aunque
seguíamos siendo la mayor potencia militar y
éramos responsables de casi la mitad del gasto
total en el mundo, nuestras largas guerras en Irak y
Afganistán habían revelado los límites de ese
poder: no éramos capaces de obtener un control
claro de mínimas franjas de tierra en países mucho
más débiles que nosotros. La fuerza de Estados
Unidos ha residido siempre en su poder blando y,
sobre todo, en su influencia moral y económica, el
ejemplo que da a otros y el influjo de sus ideas,
incluidas las relativas a su forma de economía y
política.
Por desgracia, el aumento de las desigualdades
ha hecho que el modelo económico estadounidense
no haya atendido debidamente a grandes grupos de
población; la familia norteamericana media tiene
menos dinero que hace un cuarto de siglo, si se
tiene en cuenta la inflación. El segmento de
población que vive en la pobreza se ha
incrementado. Aunque China, en pleno ascenso, se
caracteriza por unas tremendas desigualdades y la
falta de democracia, su economía ha ayudado a la
mayoría de sus ciudadanos: sacó a alrededor de
500 millones de personas de la pobreza durante el
mismo periodo en el que el estancamiento se
apoderaba de la clase media en Estados Unidos.
Un modelo económico que no beneficia a la
mayoría de sus ciudadanos no puede convertirse
en modelo para que lo imiten otros países.
El artículo de Vanity Fair derivó en mi libro
El precio de la desigualdad, en el que
desarrollaba muchos temas de los que había
sugerido, y el libro, a su vez, hizo que The New
York Times me invitara en 2013 a seleccionar una
serie de artículos sobre las desigualdades que
titulamos The Great Divide [La gran brecha]. Yo
confiaba, con la serie, en poder alertar al país del
problema que nos acechaba: no éramos la tierra de
las oportunidades, como habíamos creído y como
habían pensado también muchos otros. Habíamos
pasado a ser el país avanzado con el mayor grado
de desigualdades y los niveles más bajos de
igualdad de oportunidades. Esas desigualdades se
manifestaban de muchas formas, pero no eran
inevitables, ni el resultado inexorable de las leyes
de la economía, sino consecuencia de nuestras
políticas y estrategias. Unas políticas distintas
podían obtener distintos resultados, un
comportamiento económico mejor (de acuerdo con
cualquier criterio) y menos desigualdades.
El artículo original de Vanity Fair y los
artículos que escribí para la serie The Great
Divide constituyen la base de este libro. Desde
hace unos quince años escribo también una
columna mensual sindicada para Project
Syndicate. Mi idea inicial era transmitir ideas
económicas modernas a los países que estaban
haciendo la transición a una economía de mercado
tras la caída del Telón de Acero, pero con el
tiempo Project Syndicate adquirió tanta
importancia que hoy publica sus artículos en
periódicos de todo el mundo, incluida la mayoría
de los países avanzados. Naturalmente, muchos de
esos artículos abordan algún aspecto de las
desigualdades, y aquí incluyo una selección, así
como artículos publicados en otros periódicos y
revistas.
Si bien el interés principal de estos ensayos
son las desigualdades, he decidido añadir varios
sobre la Gran Recesión, artículos escritos en
vísperas de la crisis financiera de 2007-2008 y
después, mientras el país y el mundo caían en el
gran malestar. Esos textos merecen un sitio en
este libro porque la crisis financiera y las
desigualdades están inextricablemente
relacionadas: las desigualdades contribuyeron a
causar la crisis, que agudizó las desigualdades
existentes, y ese agravamiento ha creado una
espiral descendente que hace aún más difícil que
la economía tenga una recuperación sólida. Como
en el caso de las desigualdades, no había nada de
inevitable en la intensidad ni en la duración de la
crisis. La crisis no fue un hecho fortuito, como una
inundación o un terremoto de los que se sufren
cada cien años. Fue una cosa que provocamos
nosotros mismos, la cual, como las inmensas
desigualdades, fue consecuencia de nuestras
políticas y estrategias.
Este libro trata fundamentalmente de la economía
de la desigualdad. Ahora bien, como acabo de
indicar, no podemos separar del todo política y
economía. En varios ensayos de este volumen, y en
mi libro anterior El precio de la desigualdad,
describo el nexo entre política y economía, el
círculo vicioso por el que el aumento de las
desigualdades económicas se traduce en
desigualdades políticas, sobre todo en el sistema
político de Estados Unidos, que otorga un poder
ilimitado al dinero. Las desigualdades políticas, a
su vez, aumentan las desigualdades económicas.
Pero este círculo se ha agudizado a medida que
muchos estadounidenses se han desilusionado del
proceso político: tras la crisis de 2008 se
dedicaron cientos de miles de millones a rescatar
los bancos y muy poco a los propietarios de
viviendas. Bajo la influencia del secretario del
Tesoro Timothy Geitner y el presidente del
Consejo Económico Nacional Larry Summers —
dos de los arquitectos de las políticas de
desregulación que contribuyeron a la crisis—, el
gobierno de Obama, al principio, no apoyó e
incluso rechazó los intentos de reestructurar las
hipotecas, para dar alivio a millones de personas
que habían sido víctimas de préstamos abusivos y
discriminatorios de los bancos. No es extraño que
tanta gente maldiga a los grandes partidos.
He resistido la tentación de revisar o alargar los
artículos aquí reunidos, e incluso de actualizarlos.
Tampoco he restaurado los numerosos «cortes» de
los textos originales, por más que algunas ideas
importantes se quedaron fuera porque tenía que
ajustarme a un límite fijo de palabras.[3] El
formato periodístico tiene mucho digno de elogio.
Son textos breves y directos, que tratan los temas
del momento, sin todas las matizaciones y
condiciones que envuelven tantos escritos
académicos. Cuando escribía los artículos e
intervenía en unos debates a menudo acalorados,
nunca olvidaba los mensajes de fondo que quería
transmitir. Espero que este libro lo consiga.
Como presidente del Consejo de Asesores
Económicos y economista jefe del Banco Mundial
había escrito algún artículo de opinión, pero sólo
empecé a hacerlo de forma periódica en el año
2000, cuando Project Syndicate me invitó a
escribir la columna mensual. El reto aumentó
increíblemente mi respeto hacia quienes tienen que
escribir un artículo una o dos veces por semana.
Por el contrario, uno de los principales problemas
para escribir un artículo mensual es el de
seleccionar: de los miles de cuestiones
económicas que surgen en el mundo cada mes,
escoger cuál puede tener más interés y ofrecer el
contexto para transmitir un mensaje de mayor
alcance.
Cuatro de los problemas más importantes que
ha afrontado nuestra sociedad en el último decenio
son la gran brecha —las inmensas desigualdades
que están creándose en Estados Unidos y muchos
otros países avanzados—, la mala gestión
económica, la globalización y el papel del Estado
y el mercado. Como muestra este libro, esos cuatro
aspectos están relacionados. El aumento de las
desigualdades es causa y consecuencia de nuestras
dificultades macroeconómicas, la crisis de 2008 y
el malestar posterior. La globalización, pese a sus
virtudes como estímulo del crecimiento, ha
agravado casi con toda seguridad las
desigualdades, sobre todo por lo mal que se ha
gestionado. A su vez, la mala gestión de la
economía y la globalización está relacionada con
el papel de los grupos de intereses en nuestra
política, una política que cada vez representa más
los deseos del 1 por ciento. Sin embargo, aunque
la política es una de las causas de nuestros
problemas actuales, sólo podemos hallar
soluciones a través de la política; el mercado no
va a hacerlo por sí solo. Los mercados
descontrolados generan más poder monopolístico,
más abusos del sector financiero, más relaciones
comerciales desequilibradas. Sólo mediante la
reforma de nuestra democracia, haciendo que
nuestro gobierno sea más responsable ante toda la
gente y se haga más eco de sus intereses, podremos
cerrar la gran brecha y restablecer en el país la
prosperidad compartida.
Los ensayos que forman este libro están agrupados
en ocho partes, cada una precedida de un breve
ensayo de introducción que intenta explicar el
contexto en el que se escribieron los artículos o
tocar algunos temas que no pude abordar en los
límites de los textos aquí reproducidos.
Comienzo con «Preludio: Asoman las grietas».
En los años anteriores a la crisis, nuestros
responsables económicos, entre ellos el presidente
de la Reserva Federal Alan Greenspan, presumían
de una nueva economía en la que las fluctuaciones
que nos habían asolado en el pasado iban a quedar
atrás; la llamada gran moderación nos traía una
nueva era de baja inflación y crecimiento
aparentemente alto. Pero los que examinaban todo
con algo más de detalle veían que aquello no era
más que un delgado velo que ocultaba un enorme
grado de mala gestión económica y corrupción
política (que en parte ya había salido a la luz con
el escándalo de Enron); aún peor, el crecimiento
que estaban experimentando algunos sectores no
llegaba a la mayoría de los estadounidenses. La
gran brecha era cada vez más amplia. Los
capítulos describen la gestación de la crisis y sus
consecuencias. Después de presentar en la primera
parte un panorama de algunos de los aspectos
clave de las desigualdades (en el que incluyo el
artículo «Del 1 por ciento, por el 1 por ciento,
para el 1 por ciento» de Vanity Fair y mi primer
artículo para la serie The Great Divide), en la
segunda parte hay dos artículos en los que expongo
reminiscencias personales sobre cómo nació mi
interés por el tema. Las partes tercera, cuarta y
quinta se centran en las dimensiones, causas y
consecuencias de las desigualdades; la sexta parte
presenta análisis de varias ideas políticas
fundamentales. La séptima parte examina las
desigualdades y las políticas elaboradas para
hacerle frente en otros países. Por último, en la
octava parte, hablo de una de las principales
causas de las desigualdades actuales en Estados
Unidos: la prolongada debilidad de su mercado de
trabajo. Me pregunto cómo podemos hacer que
Estados Unidos vuelva a trabajar con empleos
dignos y salarios decentes. En el epílogo figura
una breve entrevista con el director de Vanity
Fair, Cullen Murphy, que aborda varias cuestiones
habituales en los debates sobre las desigualdades:
¿cuándo se equivocó Estados Unidos de
dirección? ¿No es el 1 por ciento el que crea
empleo? En tal caso, ¿construir una sociedad más
igualitaria no acabará perjudicando al 99 por
ciento?
AGRADECIMIENTOS
Este no es un libro académico al uso, sino una
colección de artículos y ensayos escritos en los
últimos años para diversos periódicos y revistas
sobre el tema de la desigualdad, la gran brecha
que se ha abierto sobre todo en Estados Unidos,
pero en menor medida también en otros países en
todo el mundo. No obstante, los artículos se basan
en una larga historia de estudios académicos, que
comenzó a mediados de los años sesenta del
pasado siglo, cuando fui alumno del MIT y
receptor de una beca Fullbright en Cambridge,
Reino Unido. Por entonces —y hasta hace poco—
el tema interesaba poco a los economistas
estadounidenses profesionales. De ahí que deba
mucho a mis directores de tesis, dos de los
grandes economistas del siglo XX, Robert Solow
(cuya propia tesis trataba del tema) y Paul
Samuelson, por alentar mis estudios en esa línea,
así como por su gran perspicacia.[4] Y debo un
agradecimiento especial a mi primer coautor,
George Akerlof, que en 2001 compartió conmigo
el Premio Nobel.
En Cambridge, a menudo hablábamos de los
determinantes de la distribución de la renta, y me
resultaron muy provechosas las conversaciones
con Frank Hahn, James Meade, Nicholas Kaldor,
James Mirrlees, Partha Dasgupta, David
Champernowne y Michael Farrell. Allí también di
clases a Anthony Atkinson, la máxima autoridad
sobre la desigualdad del último siglo, con quien
luego empecé a colaborar. Ravi Kanbur, Arjun
Jayadev, Karla Hoff y Rob Johnson son exalumnos
y excolegas que me enseñaron muchas cosas sobre
los temas de los que habla este libro.
Actualmente, Rob Johnson dirige el Institute
for New Economic Thinking (INET), fundado poco
después de la Gran Recesión. En medio de las
ruinas de la economía, se aceptó cada vez más que
los modelos económicos estándares no favorecían
al país ni al mundo; se necesitaba un nuevo
pensamiento económico, que se enfocara más en la
desigualdad y en las limitaciones de los mercados.
Agradezco el apoyo del INET por las
investigaciones que subyacen a estos ensayos.[5]
Aunque el vínculo entre la desigualdad y el
rendimiento macroeconómico ha sido por largo
tiempo una de las preocupaciones de mis
investigaciones teóricas y mis labores políticas, la
importancia de esa conexión finalmente está
empezando a ser cada vez más reconocida (incluso
por el Fondo Monetario Internacional). Quiero
agradecer la colaboración de mis colegas de la
Universidad de Columbia Bruce Greenwald y José
Antonio Ocampo, y el trabajo de la Comisión de
Expertos en Reformas del Sistema Monetario y
Financiero Internacional, que presidí,[6] convocada
por el presidente de la Asamblea General de las
Naciones Unidas.
Todo aquel que trabaje hoy en día en el área de
las desigualdad también tiene una gran deuda con
Emmanuel Saez y Thomas Piketty, cuyo meticulosa
obra ha proporcionado buena parte de los datos
que desvelan el tamaño de la desigualdad en la
cima de Estados Unidos y muchos otros países
desarrollados. Otros destacados académicos cuya
influencia se notará en este libro incluyen a
François Bourguignon, Branko Milanovic, Paul
Krugman y James Galbraith.[7]
Cuando Cullen Murphy, entonces director del
Atlantic Monthly, me convenció para que
escribiera sobre alguna de mis experiencias en la
Casa Blanca (un artículo, «The Roaring Nineties»,
que acabó convirtiéndose en mi segundo libro, con
el mismo título y destinado a un público más
amplio),[8] me proporcionó no sólo la oportunidad
de desarrollar unas ideas sobre las que llevaba
varios años reflexionando sino también un nuevo
reto: ¿era capaz de abordar ideas complejas de
manera muy accesible y, al mismo tiempo, sucinta?
Había escrito muchos ensayos académicos con un
coautor; la estrecha relación entre editor y escritor
es similar en ciertos aspectos pero diferente en
otros. Cada uno tenía su función muy clara. Él
conocía a los lectores hasta un punto que a mí me
resultaba imposible de imaginar. Aprendí a
valorar el papel que desempeña un buen editor a la
hora de dar forma a un artículo. Los buenos
editores permiten que se oiga la voz de un autor
conforme mejoran la argumentación y, en ciertos
casos, vuelven el tema más fascinante.
Después de «The Roaring Nineties» escribí
más columnas para The Atlantic Monthly y,
cuando Cullen Murphy se fue a trabajar a Vanity
Fair, siguió pidiéndome artículos. Uno de ellos,
«Capitalistas de pacotilla» (incluido en este
volumen), escrito antes y después de la Gran
Recesión, obtuvo el prestigioso Premio Gerald
Loeb de periodismo. Era evidente que, bajo la
tutela de Cullen, mi escritura había mejorado
mucho.
Cullen trabajó codo con codo conmigo en
todos los artículos que escribí para Vanity Fair,
de los que aquí se incluyen cuatro. Lo que es más
importante para este volumen, encargó y trabajó
diligentemente conmigo en el artículo «Del 1 por
ciento, por el 1 por ciento, para el 1 por ciento»,
que a su vez dio origen a mi libro El precio de la
desigualdad y luego a este mismo. Graydon Carter
sugirió el título de aquel artículo. «Somos el 99%»
se convirtió en el lema del movimiento Occupy
Wall Street, un símbolo de la Gran Brecha
estadounidense.
Los acuerdos firmados con Project Syndicate,
Vanity Fair y The New York Times, además de
muchos otros medios de comunicación, que
hicieron posibles los artículos reunidos aquí, me
permitieron expresar mis puntos de vista sobre lo
que estaba ocurriendo a mi alrededor, ser
comentarista, quizá más reflexivo que quienes se
ven obligados a opinar sobre una enorme variedad
de asuntos en las tertulias de televisión, porque
podía escoger mis temas y meditar las respuestas.
Los editores de cada uno de estos artículos
hicieron valiosas aportaciones a los ensayos aquí
reunidos. En especial quiero agradecer a Sewell
Chan y Aaron Retica, que editaron las columnas
del New York Times llamadas Great Divide [La
gran brecha] (de donde procede el título del
volumen). Incluso antes de que, en 2012,
adoptáramos una estrategia para presentar al gran
público norteamericano cuestiones sobre la
creciente desigualdad de los Estados Unidos, con
todas sus dimensiones y consecuencias, Sewell
había colaborado conmigo en la edición de un
ensayo publicado aquí (escrito con Mark Zandi):
«La única solución que queda para el problema de
la vivienda: la refinanciación masiva». Aaron y
Sewell hicieron un trabajo magnífico al editar los
dieciséis artículos del New York Times que aquí se
incluyen. Por escrito soy propenso a abundar, y
siempre da pena ver las podas que se le hacen a la
propia escritura; pero transmitir una serie de ideas
en 750 palabras, o incluso en 1500, es uno de los
verdaderos retos del periodismo. Aaron y Sewell
siempre agregaban gran perspicacia conforme
recortaban los excesos de verborrea.
Entre los numerosos editores a los que debo
mucho se encuentran Andrzej Rapaczynski, Kevin
Murphy y el resto de la plantilla de Project
Syndicate, Allison Silver (ahora parte de
Thomson Reuters), Michael Hirsh de Politico,
Rana Foroohar de Time, Philip Oltermann de The
Guardian, Christopher Beha de Harper’s, Joshua
Greenman de The New York Daily News, Glen
Nishimura de USA Today, Fred Hiatt de The
Washington Post y Ed Paisley de The Washington
Monthly. También quisiera agradecer el aliento y
el apoyo de Aaron Edlin de The Economists’
Voice, Roman Frydman de Project Syndicate y
Felicia Wong, Cathy Harding, Mike Konczal y Nell
Abernathy del Roosevelt Institute, para el que
escribí un informe de políticas que describo en el
ensayo «Capitalismo de pacotilla».
El Roosevelt Institute y la Universidad de
Columbia me han brindado un respaldo
institucional incomparable. El primero, que surgió
de la Roosevelt Presidential Library, se ha
convertido en uno de los think-tanks más
destacados del país, fomentando los ideales de
justicia social y económica que defendían los
Roosevelt. Las fundaciones Ford y MacArthur y
Bernard Schwartz han patrocinado generosamente
el programa de investigación sobre desigualdad de
Roosevelt/Columbia.
En los últimos quince años, la Universidad de
Columbia ha sido mi hogar intelectual. Me ha dado
la libertad de realizar mis investigaciones, me ha
regalado alumnos inteligentes que se
entusiasmaban con los debates y me ha puesto en
contacto con colegas brillantes de los que he
aprendido mucho. El entorno de Columbia me ha
permitido prosperar y hacer lo que me más me
gusta hacer: investigar, enseñar y defender ideas y
principios que, espero, ayudarán a mejorar el
mundo.
Una vez más, estoy en deuda con Drake
McFeely, presidente de W. W. Norton, y con mi
antiguo amigo y editor Brendan Curry, que ha
hecho un magnífico trabajo en la edición de este
libro y aprovechó por su parte la ayuda de Sophie
Duvernoy. También estoy en deuda, como de
costumbre, con Elizabeth Kerr y Rachel Salzman
de Norton, por este libro y por su apoyo a lo largo
de los años. A lo largo de los años también he
sacado un enorme provecho de la edición
minuciosa de Stuart Proffit, mi editor de
Penguin/Allen.
No hubiera podido completar este libro sin una
oficina ordenada, dirigida por Hannah Assadi y
Julia Cunico, con la asistencia de Sarah Thomas y
Jiaming Ju.
Eamon Kircher-Allen no sólo se ocupó del
proceso de producir el libro, sino que además se
desempeñó como editor. Le debo un doble
agradecimiento: él también editó cada uno de los
artículos del libro cuando se publicaron
originalmente.
Como siempre, la mayor deuda es para con mi
esposa, Anya, que cree firmemente en los temas de
los que aquí se habla y en la importancia de
transmitirlos a un público amplio; que me ha
apoyado y alentado a hacerlo; que repetidamente
habló conmigo de las ideas que subyacen a todos
mis libros y que me ha ayudado a darles forma una
y otra vez.
PRELUDIO
ASOMAN LAS GRIETAS
Este libro comienza con el inicio de la Gran
Recesión, varios años antes de que empezara a
publicar mis columnas de The Great Divide. La
primera selección apareció en Vanity Fair en
diciembre de 2007, el mismo mes en el que la
economía estadounidense emprendió un descenso
que acabaría por ser el peor desde la Gran
Depresión.
Un pequeño grupo de economistas, del que yo
formaba parte, llevaba tres años haciendo
advertencias sobre la implosión que se nos venía
encima. Cualquiera podía ver las señales de
alarma, pero había demasiada gente
enriqueciéndose en exceso. Estaba en marcha una
fiesta a la que sólo estaban invitados unos pocos
en la cima, pero que todos íbamos a tener que
pagar. Por desgracia, los que se suponía que
debían garantizar la estabilidad de la economía
tenían una relación demasiado estrecha con los que
daban la fiesta y estaban divirtiéndose (y ganando
más dinero que nadie). Esa es la razón de que
estos artículos estén agrupados aquí, a manera de
preludio. La construcción de la Gran Recesión está
íntimamente unida a la creación de la gran brecha
en Estados Unidos.
En primer lugar, veamos el escenario: durante
los años noventa hubo una gran expansión
económica, alimentada por una burbuja
tecnológica con la que los precios de las acciones
del sector se dispararon, pero cuando la burbuja
estalló, en 2001, la economía entró en recesión. El
remedio del Gobierno de George W. Bush para
cualquier problema era siempre bajar los
impuestos, en particular bajar los impuestos a los
ricos.
Para quienes habían trabajado en la
administración de Clinton y se habían esforzado en
reducir el déficit fiscal, aquello era preocupante
por muchas razones. Era una forma de volver a los
déficits, de deshacer todo el trabajo que se había
hecho en los ocho años anteriores. El Gobierno de
Clinton había aplazado inversiones en
infraestructuras y educación, y en programas para
ayudar a los pobres, todo por reducir el déficit. Yo
me había mostrado en desacuerdo con alguna de
esas medidas; me parecía que tenía sentido pedir
préstamos para invertir en el futuro del país, y me
preocupaba que un Gobierno posterior pudiera
despilfarrar lo que tanto nos había costado ganar
con propósitos no tan nobles.
Cuando la economía cayó en la recesión de
2001, se extendió entre los responsables políticos
el consenso de que era necesario un estímulo. Para
obtenerlo, en lugar de las bajadas de impuestos de
Bush para los ricos, habría sido mucho mejor
hacer las inversiones que habíamos aplazado.[9]
Yo estaba ya preocupado por las desigualdades
crecientes en el país, y aquellos recortes tan
injustos empeoraron más la situación. El principio
de mi artículo del 13 de marzo de 2003 para The
New York Review of Books, titulado «Bush’s Tax
Plan – The Dangers» [El plan fiscal de Bush: los
peligros], era el siguiente: «Nunca tan pocos
arrebataron tanto a tantos».
Peor aún era que, en mi opinión, los recortes
fiscales iban a ser relativamente ineficaces. Y
acerté. Este es un tema sobre el que vuelvo con
frecuencia en este libro. Las desigualdades
debilitan la demanda agregada y la economía. El
aumento de las desigualdades en Estados Unidos
estaba trasladando el dinero de la base a la cima
de la pirámide, y, como los que estaban en la cima
gastaban menos que los que estaban en la base, la
demanda global se resentía. Durante los años
noventa disimulamos el fallo con la creación de la
burbuja tecnológica, que constituyó un auge de las
inversiones. Sin embargo, cuando estalló la
burbuja, la economía cayó en una recesión. La
reacción de Bush fue la rebaja de impuesto para
los ricos. Pero los consumidores estaban
preocupados por su futuro y el estímulo que
supusieron los recortes para la economía Bush fue
más débil de lo esperado. La implantación de una
nueva rebaja del impuesto sobre las plusvalías,
además del que ya había aprobado el presidente
Clinton unos años antes, sirvió para fomentar más
la especulación. Dado que los beneficiados eran,
con gran diferencia, los que estaban en la cima de
la pirámide, este recorte fiscal fue especialmente
ineficaz y contribuyó a aumentar mucho las
desigualdades.
Las herramientas más eficaces para fortalecer
la demanda y mejorar la igualdad son las políticas
fiscales, las políticas de impuestos y gastos que
decide el Congreso. Las políticas fiscales
inadecuadas hacen recaer una carga excesiva
sobre las políticas monetarias, que son
responsabilidad de la Reserva Federal. La Fed
puede estimular la economía (a veces) bajando los
tipos de interés y suavizando las reglas. Pero esas
políticas monetarias son peligrosas. Sus recetas
deben ir acompañadas de una etiqueta bien
legible: «Usar con precaución y bajo la estrecha
supervisión de adultos que sean conscientes de
todos los riesgos». Por desgracia, los
responsables de la política monetaria no habían
leído ninguna etiqueta así, y eran ingenuos
fundamentalistas del mercado, convencidos de que
los mercados siempre son eficientes y estables.
Aunque infravaloraron los peligros que constituían
sus políticas para la economía —e incluso para el
presupuesto del Estado—, no parecía que les
preocuparan las desigualdades que iban creciendo
día a día. Hoy conocemos bien el resultado:
desencadenaron una burbuja y provocaron un
aumento sin precedentes de las desigualdades.
La Fed mantuvo en marcha la economía con
una estrategia de bajos tipos de interés y escasa
regulación. Pero sólo funcionó gracias a la
creación de una burbuja inmobiliaria. Todo el
mundo debería haberse dado cuenta de que la
burbuja y el auge del consumo consiguiente no
podían ser más que un paliativo provisional. Las
burbujas siempre acaban por estallar. Nuestro
atracón de consumo significaba que el 80 por
ciento inferior de la población gastaba un
promedio del 110 por cien de sus ingresos. En
2005 Estados Unidos estaba pidiendo prestados
más de 2000 millones de dólares diarios a otros
países. Aquello no era sostenible, y yo advertí una
y otra vez en mis discursos y mis artículos que,
como decía uno de mis predecesores en la
presidencia del Consejo de Asesores Económicos,
lo que no es sostenible no se sostiene.
Cuando la Reserva Federal empezó a subir los
tipos de interés en 2004 y 2005, predije que la
burbuja inmobiliaria se rompería. No fue así, en
parte porque obtuvimos una especie de alivio
temporal: los tipos de interés

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