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Libro PDF La hija del clérigo George Orwell

La hija del clérigo  George Orwell

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¿Bebé de la señora T? Hacerle una visita.
Desayuno. Beicon. Pedir dinero a mi
padre. (P)
Preguntar a Ellen qué necesita para la
cocina. Tónico padre. Preguntar lo de las
cortinas en Solepipe’s.
Ir a visitar a la señora P por lo del recorte
del Daily M. y las infusiones de angélica
buenas para el reumatismo, emplasto de maíz
de la señora L.
12 oc. Ensayo Carlos I. Encargar
doscientos gramos de cola y un bote de pintura
de color aluminio.
Puchero [tachado] ¿Comida…?
Repartir revista parroquial. La señora F
debe 3 chelines y 6 peniques.
16.30 Té Madres Cristianas, no olvidar
dos metros y medio de tela para las ventanas.
Flores para la iglesia. 1 lata de pulimento
de metales Brasso.
Cena. Huevos revueltos.
Mecanografiar el sermón de mi padre,
¿nueva cinta para la máquina?
Quitar las malas hierbas de las matas de
guisantes.
Dorothy salió de la bañera y mientras se
secaba con una toalla apenas mayor que una
servilleta —en la rectoría nunca habían podido
permitirse toallas de tamaño normal—, se le soltó
el pelo y le cayó sobre los hombros en dos
pesados mechones. Tenía un pelo espeso, bonito y
de color muy pálido, y tal vez fuese una suerte que
su padre le hubiera prohibido cortárselo porque
era lo único claramente hermoso que tenía. Por lo
demás era una chica de estatura media, más bien
delgada, aunque fuerte y esbelta, cuyo punto débil
era su rostro. Una cara ordinaria, rubia y delgada,
con ojos pálidos y la nariz ligeramente larga; si se
la miraba con atención, se veían las patas de gallo
alrededor de los ojos, y la boca, cuando estaba en
reposo, parecía cansada. Todavía no era el rostro
de una solterona, pero sin duda lo sería al cabo de
unos años. No obstante, quienes no la conocían
pensaban que era varios años más joven (todavía
no había cumplido los veintiocho) por la expresión
de seriedad casi infantil que había en su mirada.
Su antebrazo izquierdo estaba cubierto de
minúsculas marquitas rojas como de picaduras de
insectos.
Dorothy volvió a ponerse el camisón y se
cepilló los dientes —solo con agua, claro; es
mejor no utilizar pasta de dientes antes de
comulgar. Después de todo o se ayuna o no se
ayuna. En eso a los católicos no les falta razón— y
mientras lo hacía, vaciló de pronto y se detuvo.
Soltó el cepillo de dientes. Una terrible punzada,
una punzada física, acababa de recorrerle las
vísceras.
Había recordado con ese brusco sobresalto
con que uno recuerda algo desagradable por la
mañana, la cuenta que le debían, desde hacía siete
meses, a Cargill, el carnicero. Esa espantosa
cuenta, que debía de ascender a diecinueve o
veinte libras y que tenían pocas esperanzas de
poder pagar algún día, era uno de los principales
tormentos de su vida. A todas horas del día y de la
noche estaba esperándole en algún rincón de su
conciencia, dispuesta a saltar sobre ella para
torturarla; y siempre la acompañaba el recuerdo
del sinfín de cuentas menores, que ascendían a una
cantidad en la que no osaba siquiera pensar. Casi
sin querer empezó a rezar: «¡Por favor, Dios mío,
no permitas que Cargill vuelva a enviarnos hoy su
cuenta!». Pero un momento después decidió que
esa oración era blasfema y mundana y pidió
perdón. Luego se puso la bata y bajó a la cocina a
toda prisa con la esperanza de quitarse la cuenta
de la cabeza.
Como siempre, el fuego se había apagado.
Dorothy volvió a encenderlo manchándose las
manos de tizne, le echó más queroseno y esperó
angustiada hasta que el agua empezó a hervir. Su
padre contaba con afeitarse a las seis y cuarto.
Exactamente con siete minutos de retraso, Dorothy
llevó el cuenco al piso de arriba y llamó a la
puerta de la habitación de su padre.
—¡Pasa, pasa! —dijo con voz ronca e
irritable.
La habitación tenía unas cortinas muy gruesas y
estaba cargada de olor masculino. El rector había
encendido la vela de la mesilla de noche y estaba
tumbado de lado, mirando su reloj de oro, que
acababa de sacar de debajo de la almohada. Tenía
el cabello blanco y muy espeso como los vilanos
de los cardos. Un ojo negro y brillante miró
irritado por encima del hombro a Dorothy.
—Buenos días, papá.
—Dorothy —dijo el rector con voz gangosa,
siempre sonaba hueca y senil cuando no llevaba la
dentadura postiza—, te agradecería mucho que te
esforzaras un poco más en sacar a Ellen de la
cama por las mañanas. Y también que fueses más
puntual.
—Lo siento mucho, papá. El fuego de la cocina
no hacía más que apagarse.
—¡Bueno, bueno! Déjalo sobre la cómoda.
Déjalo ahí y abre las cortinas.
Ya había amanecido, pero hacía una mañana
nublada y gris. Dorothy corrió a su cuarto y se
vistió con la celeridad con que acostumbraba a
hacerlo seis de cada siete días. En la habitación
había un espejito cuadrado, pero no utilizó ni
siquiera eso. Se limitó a ponerse la cruz de oro al
cuello —una cruz de oro muy sencilla, nada de
crucifijos, por favor—, se recogió el pelo detrás
de la cabeza, clavó unas cuantas horquillas aquí y
allá y se puso la ropa (un jersey gris, una chaqueta
raída de tweed irlandés, una falda, unas medias
que no combinaban ni con la falda ni con la
chaqueta y unos zapatos muy rozados) en menos de
tres minutos. Tenía que «hacer» el salón y el
despacho de su padre antes de ir a la iglesia,
además de rezar sus oraciones para prepararse
para la comunión y en eso tardaría al menos veinte
minutos.
Cuando salió empujando su bicicleta por la
puerta de la verja del jardín la mañana seguía
nublada y la hierba estaba empapada de rocío. La
iglesia de Saint Athelstan asomaba vagamente
entre la mortaja de niebla que cubría la falda de la
montaña y su única campana tañía fúnebre, ¡ding,
dong, ding, dong! Solo una de las campanas estaba
en uso, las otras siete llevaban tres años sin
voltearlas y reposaban en silencio astillando
lentamente el suelo del campanario bajo su peso.
En la distancia, entre la niebla, se oía el ofensivo
tañido de la campana de la iglesia católica, una
campana diminuta y vulgar que sonaba como una
lata y que el rector de Saint Athelstan comparaba
siempre con una campanilla.
Dorothy subió a su bicicleta y rodó colina
arriba apoyándose en el manillar. Tenía la nariz
sonrosada por el frío matutino. Un archibebe silbó
en lo alto, invisible contra el cielo nublado.
¡Temprano por la mañana mi canción se alzará
hasta ti! Dorothy apoyó la bicicleta contra el
soportal de la iglesia y, tras reparar en que seguía
con las manos tiznadas, se arrodilló y se las limpió
frotándolas contra la hierba húmeda entre las
tumbas. Luego la campana dejó de tañer y ella se
incorporó con un respingo y entró apresuradamente
en la iglesia justo cuando Proggett, el sacristán,
con una casulla raída y sus enormes botas de peón,
avanzaba a grandes zancadas por el pasillo para
ocupar su sitio en el altar lateral.
La iglesia era muy fría y olía a cirio y a polvo
de siglos. Era muy grande, demasiado para el
tamaño de su congregación, estaba en ruinas y
vacía en su mayor parte. Los tres estrechos islotes
de los bancos se extendían en mitad de la nave y
por detrás había grandes extensiones de suelo de
piedra en el que unas cuantas inscripciones
gastadas señalaban el lugar que ocupaban las
antiguas tumbas. El tejado del coro y el presbiterio
estaba visiblemente hundido y dos fragmentos de
viga detrás del cepillo explicaban sin palabras que
se debía a ese enemigo mortal de la cristiandad: el
escarabajo del reloj de la muerte. La luz se filtraba
anémica por las vidrieras descoloridas. A través
de la puerta abierta se veían un ciprés reseco y las
ramas grises de un tilo que se balanceaban
tristemente en el aire sin sol.
Como de costumbre había solo otra
comulgante, la vieja señorita Mayfill de The
Grange. La concurrencia a la comunión era tan
mala que el rector solo encontraba chicos que le
ayudaran los domingos por la mañana, cuando a
los muchachos les gustaba presumir delante de la
congregación con sus casullas y sobrepellices.
Dorothy pasó al banco que había detrás de la
señorita Mayfill, y, como penitencia por algún
pecado del día anterior, apartó el cojín y se
arrodilló en el suelo de piedra. El servicio
acababa de empezar. El rector, ataviado con una
casulla y una sobrepelliz de lino, estaba recitando
las oraciones con voz ejercitada, y clara ahora que
llevaba puestos los dientes, y extrañamente
antipática. En su rostro quisquilloso y envejecido,
pálido como una moneda de plata, había una
expresión de desdén, casi de desprecio. «Este es
un sacramento válido —parecía estar diciendo— y
es mi obligación administrároslo. Pero tened
siempre presente que soy solo vuestro rector, no
vuestro amigo. Personalmente me dais asco y os
desprecio.» Proggett, el sacristán, un hombre de
unos cuarenta años de pelo gris rojizo y rostro
rubicundo, esperaba pacientemente a su lado,
reverente aunque sin entender nada, toqueteando la
campanilla de la comunión, que parecía diminuta
entre sus rojas manazas.
Dorothy se apretó los ojos con los dedos. Aún
no había logrado concentrarse y la cuenta de
Cargill seguía preocupándola de vez en cuando.
Las oraciones, que se sabía de memoria, pasaban
por su cabeza sin que les prestara atención. Alzó
la vista un momento y enseguida se despistó.
Primero miró hacia arriba a los ángeles sin cabeza
en cuyos cuellos todavía se distinguían las marcas
de los serruchos de los soldados puritanos, luego
volvió a contemplar el sombrero negro de la
señorita Mayfill y sus trémulos pendientes de
azabache. La señorita Mayfill llevaba el mismo
abrigo negro y anticuado, con un pequeño y
grasiento cuello de astracán de pinta untuosa, que
le había visto siempre Dorothy. Era de un material
muy peculiar, parecido al muaré, pero más tosco, y
hacía aguas como una especie de ribetes negros
que no siguieran ningún patrón definido. Incluso
era posible que estuviese hecho de aquella
sustancia proverbial y legendaria, el alepín negro.
La señorita Mayfill era muy vieja, tanto que nadie
la recordaba más que como una anciana. Y de ella
emanaba un vago aroma, un olor etéreo analizable
como agua de colonia y bolas de naftalina con un
toque de ginebra.
Dorothy se quitó de la solapa del abrigo un
largo alfiler con la cabeza de cristal, y con
disimulo, ocultándose tras la espalda de la
señorita Mayfill, apretó la punta contra su
antebrazo. La carne le hormigueó con aprensión.
Tenía la norma de pincharse el brazo hasta hacerse
sangre siempre que se sorprendía sin prestar
atención a las oraciones. Era su peculiar forma de
hacer penitencia, su modo de mantener a raya la
irreverencia y los pensamientos sacrílegos.
Alfiler en mano, se las arregló para rezar un
rato más concentrada. Su padre acababa de echarle
una torva mirada de desaprobación a la señorita
Mayfill, que se estaba santiguando de vez en
cuando, práctica que a él le desagradaba. Con
desmayo Dorothy se sorprendió contemplando con
vanagloria los pliegues de la sobrepelliz de su
padre, que ella le había cosido hacía dos años.
Apretó los dientes y se clavó el alfiler tres
milímetros en el brazo.
Habían vuelto a arrodillarse. Era la confesión
general. Dorothy volvió a despistarse, ¡ay!, esta
vez sus ojos contemplaron la vidriera que había a
su derecha, diseñada en 1851 por sir Warde
Tooke, miembro de la Real Academia de las Artes,
que representaba la bienvenida dispensada a san
Athelstan a las puertas del cielo por Gabriel y una
legión de ángeles muy parecidos entre sí y al
príncipe consorte, y se clavó el alfiler en otra
parte del brazo. Empezó a meditar en el
significado de cada frase de la oración y así logró
prestar más atención. Pero incluso así tuvo que
utilizar otra vez el alfiler cuando Proggett hizo
sonar la campanilla y ella sintió, como siempre, la
terrible tentación de echarse a reír en mitad del
pasaje «Ahora con ángeles y arcángeles». Y todo
porque su padre le había contado que una vez,
cuando era pequeño y estaba ayudando al cura en
el altar, se había soltado un tornillo de la
campanilla y el cura había dicho: «Ahora, con
ángeles y arcángeles, y toda la cohorte celestial,
entonamos el himno inacabable en alabanza tuya:
¡Aprieta ese tornillo, cabeza hueca, apriétalo!».
Mientras el rector terminaba la consagración la
señorita Mayfill empezó a mover los pies con
extrema dificultad y lentitud, como una
anquilosada criatura de madera que se moviera
por secciones y liberase con cada movimiento una
vaharada de olor a naftalina. Se oyeron muchos
crujidos, probablemente del corsé, aunque era
como si unos huesos chirriasen al frotar unos
contra otros. Cualquiera habría dicho que dentro
del abrigo negro solo había un esqueleto reseco.
Dorothy esperó un momento más. La señorita
Mayfill se arrastraba hacia el altar con pasos
lentos y vacilantes. Apenas podía andar, pero se
ofendía mucho si alguien se ofrecía a ayudarla. En
su rostro anciano y exangüe la boca parecía
sorprendentemente grande, blanda y húmeda. El
labio inferior, flácido por la edad, pendía hacia
delante y mostraba las encías y una hilera de
dientes postizos tan amarillentos como las teclas
de un piano viejo. El labio superior estaba
ribeteado por un bigote negro cubierto de gotitas
de saliva. No era una boca apetitosa y a nadie le
habría gustado verla beber de su misma copa. De
pronto, espontáneamente, como si la hubiese
puesto allí el mismo demonio, la oración huyó de
los labios de Dorothy:
—¡Oh, Dios, no dejes que tenga que beber del
cáliz después de la señorita Mayfill!
Un momento después comprendió horrorizada
el significado de lo que acababa de decir, y deseó
haberse mordido la lengua antes que pronunciar
aquella terrible blasfemia en los mismos escalones
del altar. Se quitó el alfiler de la solapa y se lo
clavó en el brazo con tanta fuerza que apenas pudo
contener un grito de dolor. Luego subió al altar y
se arrodilló tímidamente a la izquierda de la
señorita Mayfill para asegurarse de beber del cáliz
después de ella.
Arrodillada, con la cabeza gacha y las manos
contra las rodillas se puso a rezar pidiendo perdón
antes de que su padre llegara con la hostia
consagrada. Pero sus pensamientos se habían
interrumpido. De pronto era inútil tratar de rezar;
sus labios se movían pero sus oraciones carecían
de sentido y de sentimiento. Oía a Proggett
arrastrar las botas y la voz grave y clara de su
padre murmurando «Tomad y comed», veía la
alfombra roja y raída, olía el polvo, el agua de
colonia y las bolas de naftalina; pero no podía
pensar en el Cuerpo y la Sangre de Cristo, ni en el
propósito con el que había ido allí. Una terrible
negrura había embargado su espíritu. Era como si
no pudiera rezar. Se esforzó, trató de organizar sus
pensamientos, murmuró mecánicamente el inicio
de la oración, pero las frases sonaban inútiles y
sin sentido…, como si fuesen palabras vacías. Su
padre sostenía la hostia ante ella con sus manos
elegantes y envejecidas. La sostenía entre el pulgar
y el índice, con escrúpulo y casi con desagrado,
como si fuese una cucharada de medicina. Miraba
a la señorita Mayfill que se estaba plegando como
una oruga geómetra, con muchos crujidos, y se
estaba santiguando de un modo tan elaborado que
daba la impresión de que estuviese siguiendo con
la mano una serie de muletillas en su abrigo.
Dorothy dudó varios segundos si tomar la hostia.
No se atrevía a hacerlo. ¡Mejor, mucho mejor,
descender del altar que aceptar el sacramento con
aquel caos en su corazón!
Luego miró de reojo a través de la puerta. Un
momentáneo rayo de sol se había colado entre las
nubes. Se filtró entre las hojas del tilo y una ramita
brilló con un verde fugaz e incomparable, más
verde que el jade o las esmeraldas o las aguas del
Atlántico. Fue como si una joya de inimaginable
esplendor brillara por un instante, llenando el
umbral de luz verde y luego se desvaneciera. Una
oleada de alegría recorrió el corazón de Dorothy.
Aquel destello de color le había devuelto,
mediante un proceso más profundo que la razón, la
paz de espíritu, el amor a Dios y su capacidad de
adoración. Por alguna razón, el verdor de las hojas
había hecho que fuese posible volver a rezar. ¡Oh,
todas las cosas verdes sobre la superficie de la
tierra, alabad al Señor! Empezó a rezar con fervor,
agradecida y alegre. La hostia se fundió sobre su
lengua. Cogió el cáliz que le ofrecía su padre y
bebió sin sentir la menor repulsión, incluso
saboreó con alegría añadida por aquel pequeño
acto de penitencia la huella húmeda que habían
dejado los labios de la señorita Mayfill sobre el
borde plateado.
II
La iglesia de Saint Athelstan se hallaba en lo alto
de Knype Hill, y desde la torre del campanario se
divisaban las tierras de quince kilómetros a la
redonda. No es que hubiese nada que valiera la
pena contemplar, solo el paisaje bajo y levemente
ondulante de East Anglia, insoportablemente
monótono en verano, pero redimido en invierno
por la silueta de los olmos desnudos que se
recortaban como abanicos contra el cielo plomizo.
Justo debajo está el pueblo con la calle Mayor
que va de este a oeste y lo divide en dos partes
desiguales. Al sur queda la sección más antigua,
agrícola y respetable. Al norte, están los edificios
de la Azucarera Blifil-Gordon y en torno a ellos se
amontonan confusamente hileras de feas casas de
ladrillo amarillo, habitadas en su mayor parte por
empleados de la refinería azucarera. La mayoría
de dichos empleados, que representaban más de la
mitad de los dos mil habitantes del pueblo, eran
impíos emigrantes procedentes de la ciudad.
Los dos pivotes o focos en torno a los que
giraba la vida social en el pueblo eran el Club
Conservador de Knype Hill (con licencia para
vender bebidas alcohólicas) en cuya ventana
gótica, una vez abrían el bar, se veían los rostros
grandes y rubicundos de la élite del pueblo,
asomados como gruesos peces dorados en un
acuario; y un poco más allá, bajando por la calle
Mayor, Ye Olde Tea Shoppe, el principal punto de
reunión de las damas de Knype Hill. No estar
presente en Ye Olde Tea Shoppe entre las diez y
las once de la mañana, para tomarse el «café
matutino» y pasar media hora entre el agradable
gorjeo de las voces de clase media alta (Querida,
tenía un as de espadas contra el rey y no utilizó el
comodín. Cómo, querida, no irás a decirme que me
has vuelto a pagar el café. ¡Oh, pero, querida, qué
amable por tu parte! Insisto en que mañana me toca
a mí invitarte. Mira al pobre Toto ahí sentado
como un hombrecito y moviendo la naricita para
que le den un terrón de azúcar. ¡Ven aquí, Toto!),
equivalía a estar fuera de la sociedad de Knype
Hill. El rector, con su mordacidad habitual,
apodaba a aquellas damas «la brigada del café».
Cerca de la colonia de casas falsamente
pintorescas donde vivía la brigada del café, pero
apartada de ellas por sus grandes terrenos estaba
The Grange, la casa de la señorita Mayfill. Un
curioso castillo de imitación de ladrillo de color
rojo oscuro y cubierto de almenas, que había sido
el capricho de alguien cuando se construyó
alrededor de 1870 y que por suerte estaba casi
oculto entre densos jardines.
La rectoría se hallaba a mitad de camino en la
falda de la colina, mirando a la iglesia y de
espaldas a la calle Mayor. Era una casa de otra
época, grande e incómoda, cubierta de un yeso
amarillento con una tendencia crónica a
descascarillarse. Uno de los rectores anteriores
había añadido a un lado un enorme invernadero
que Dorothy empleaba como taller, pero que
constantemente necesitaba reparaciones. El jardín
delantero estaba invadido por un montón de
raquíticos abetos y un enorme fresno de copa muy
ancha que dejaba en sombra las habitaciones e
impedía cultivar flores. En la parte de atrás había
un pequeño huerto. Proggett se encargaba de cavar
la tierra en primavera y en otoño, y Dorothy de
sembrar y plantar las verduras y de quitar las
malas hierbas en su escaso tiempo libre, a pesar
de lo cual el huerto era, por lo general, una maraña
impenetrable de hierbajos.
Dorothy bajó de un salto de la bicicleta al
llegar a la verja de la entrada, sobre la que alguna
persona servicial había pegado un cartel que
decía: «¡Votad a Blifil-Gordon si queréis salarios
más altos!». (Había elecciones locales y el señor
Blifil-Gordon se presentaba por el partido
conservador.) Al abrir la puerta principal vio dos
cartas sobre el gastado felpudo. Una era de un
diácono rural, y la otra una carta delgada y con
muy mala pinta de Catkin & Palm, los sastres
eclesiásticos de su padre. Sin duda una factura. El
rector había seguido su costumbre de recoger las
cartas que le interesaban y dejar las otras. Dorothy
acababa de agacharse a recogerlas, cuando vio,
con desánimo un sobre sin sello que asomaba por
el buzón.
Una factura, ¡sin duda una factura! Además,
nada más verla supo que era aquella horrible
factura de Cargill, el carnicero. El estómago le dio
un vuelco. Por un momento, se puso a rezar para
que no lo fuera y que fuese solo la factura por los
tres con nueve de Solepipe’s, la del pañero, o la
de la Internacional, o la del panadero, o la del
lechero…, ¡cualquier cosa, menos la factura de
Cargill! Luego, sobreponiéndose a su pánico, sacó
el sobre del buzón y lo abrió con un movimiento
convulso.
A pagar: 21 libras, 7 chelines y 9 peniques.
Estaba escrito en la inicua caligrafía del
contable del señor Cargill. Pero debajo, en
gruesas y acusadoras letras, habían añadido y
subrayado: «Quisiera hacerle notar que esta cuenta
está pendiente desde hace mucho tiempo. Le
agradecería mucho que la saldaran cuanto antes. S.
CARGILL».
Dorothy se había puesto un poco más pálida y
notó que no quería desayunar. Se metió la factura
en el bolsillo y fue al comedor. Era un cuartito
oscuro que necesitaba que volvieran a
empapelarlo y, como las demás habitaciones de la
rectoría, daba la impresión de haber sido
amueblado con los saldos de un anticuario. Los
muebles eran «buenos», pero estaban tan
destartalados que habría sido imposible
arreglarlos, y las sillas estaban tan comidas por la
carcoma que uno solo podía sentarse en ellas con
seguridad si conocía sus debilidades individuales.
Había grabados antiguos, oscuros y muy
deteriorados colgados de las paredes, uno de
ellos, un grabado de un retrato de Carlos I pintado
por Van Dick probablemente habría tenido algún
valor si no lo hubiese estropeado la humedad.
El rector estaba delante de la chimenea
apagada, calentándose con un fuego imaginario y
leyendo una carta que había sacado de un sobre
azul alargado. Todavía llevaba puesta la sotana de
muaré negro, que encajaba a la perfección con su
pelo blanco y abundante, su rostro pálido y fino y
su gesto de pocos amigos. Al ver entrar a Dorothy,
dejó la carta a un lado y miró con atención su reloj
de oro.
—Me temo que llego un poco tarde, papá.
—Sí, Dorothy, llegas un poco tarde —dijo el
rector repitiendo sus palabras con un delicado
pero marcado énfasis—. Exactamente doce
minutos. ¿No crees, Dorothy, que cuando tengo que
levantarme a las seis y cuarto para celebrar la
comunión y llego a casa cansado y hambriento,
sería mejor que te las arreglases para no llegar un
poco tarde al desayuno?
Saltaba a la vista que el rector estaba, como
decía eufemísticamente Dorothy, «de malas
pulgas». Tenía una de esas voces cansadas y
cultivadas que nunca están del todo enfadadas y
jamás parecen de buen humor…, una de esas voces
que parecen estar diciendo todo el rato: «¡No sé a
qué viene hacer tantos aspavientos!», y daba la
impresión de estar sufriendo constantemente por la
estulticia y la pesadez ajenas.
—¡Lo siento muchísimo, papá! Tuve que ir a
preguntar por la señora Tawney. —La señora
Tawney era la «señora T» de su lista—. Anoche
tuvo el bebé y ya sabes que prometió venir a misa
cuando naciera, pero si cree que no nos
interesamos por ella no lo hará. Ya sabes cómo
son esas mujeres, es como si odiaran ir a la
iglesia. No vienen a menos que las enrede.
El rector no soltó un bufido, pero sí un leve
sonido de enfado al acercarse a la mesa del
desayuno. Significaba que, primero, la obligación
de la señora Tawney era ir a la iglesia sin que
Dorothy tuviera que enredarla; segundo, que
Dorothy no tenía por qué perder el tiempo
visitando a la gentuza del pueblo, sobre todo antes
del desayuno. La señora Tawney era la mujer de un
peón y vivía in partibus infidelium, al norte de la
calle Mayor. El rector puso la mano en el respaldo
de la silla y, sin decir nada, echó una mirada a
Dorothy que significaba ¿Podemos desayunar de
una vez? ¿O va a haber más retrasos?
—Creo que ya está todo, papá —dijo Dorothy
—. Si quieres ir bendiciendo la mesa…
—Benedictus benedicat —la interrumpió el
rector levantando el gastado cubreplatos de plata.
El cubreplatos de plata, como la cucharilla de
plata de la mermelada, era herencia de familia; los
cuchillos, los tenedores y casi toda la vajilla
procedían de Woolworths—. Otra vez beicon —
dijo mirando las tres finísimas lonchas que había
enroscadas sobre unos cuadrados de pan frito.
—Me temo que es lo único que tenemos —
respondió Dorothy.
El rector cogió el tenedor entre el dedo índice
y el pulgar, y con un movimiento muy delicado,
como si estuviese jugando a las pajitas, le dio la
vuelta a una de las lonchas.
—Por supuesto, sé que el beicon para el
desayuno es una institución inglesa casi tan antigua
como el gobierno parlamentario —dijo—. Pero,
aun así, ¿no crees que podríamos cambiar de vez
en cuando, Dorothy?
—El beicon ahora está tan barato… —observó
pesarosa Dorothy—. Es un pecado no comprarlo.
Este costaba solo cinco peniques la libra, y había
otro con muy buena pinta a solo tres peniques.
—¡Ah!, danés, ¿no? ¿Cuántas veces habrán de
invadirnos los daneses? Primero con el fuego y la
espada y ahora con su abominable beicon barato.
Quisiera saber cuál de las dos cosas ha producido
más muertes.
Sintiéndose un poco mejor después de aquella
ingeniosidad, el rector se arrellanó en su silla y
dio buena cuenta del despreciado beicon, mientras
Dorothy (esa mañana no comería beicon como
penitencia por haber dicho «maldita sea» el día
anterior y haber estado media hora sin hacer nada
después de comer) buscaba un buen tema de
conversación.
Tenía por delante una tarea odiosa: una
petición de dinero. En el mejor de los casos,
sacarle dinero a su padre rozaba lo imposible y
saltaba a la vista que esa mañana iba a ser aún más
difícil que de costumbre. «Difícil» era otro de sus
eufemismos. Supongo que le habrán dado alguna
mala noticia, pensó con desánimo al ver el sobre
azul. Probablemente nadie que hubiese hablado con
el rector más de diez minutos negaría que era un
hombre «difícil». El secreto de su constante
malhumor radicaba en el hecho de que era un
anacronismo. No debería haber nacido en el
mundo moderno, su ambiente le asqueaba y
enfurecía. Un par de siglos antes, habría disfrutado
de varios beneficios eclesiásticos, se habría
dedicado a coleccionar fósiles o a escribir poesías
mientras un coadjutor administraba la parroquia
por cuarenta libras al año y habría estado como
pez en el agua. Incluso ahora, si hubiese sido más
rico, habría podido consolarse borrando el siglo
XX de su conciencia. Pero vivir en el pasado es
muy caro y resulta imposible con menos de dos mil
libras al año. El rector, atado por su pobreza a la
época de Lenin y el Daily Mail, se hallaba en un
estado de exasperación crónica y como es lógico
se desahogaba con la persona más cercana, que
casi siempre era Dorothy.
Había nacido en 1871, era el hijo pequeño del
hijo pequeño de un baronet, y había ingresado en
la Iglesia por la anticuada razón de que era la
profesión reservada tradicionalmente para los
hijos pequeños. Su primer curato había sido una
parroquia de los suburbios del este de Londres, un
lugar sucio y lleno de gentuza, y aún lo recordaba
con amargura. Ya entonces, las clases inferiores
(como insistía en llamarlas) empezaban a
desmandarse. Su situación mejoró un poco cuando
lo nombraron rector de un remoto lugar en Kent
(Dorothy había nacido en Kent), donde los
razonablemente oprimidos campesinos todavía se
quitaban el sombrero en presencia del «pastor».
Pero para entonces ya se había casado y su
matrimonio había sido terriblemente infeliz;
además, como los rectores no deben pelearse con
sus mujeres, había tenido que guardar el secreto de
su infelicidad, lo que había empeorado mucho las
cosas. Había llegado a Knype Hill en 1908, con
treinta y siete años y el carácter amargado sin
remedio, lo que había acabado por alejarle de
cualquier hombre, mujer o niño de la parroquia.
No es que fuese propiamente un mal sacerdote.
Cumplía escrupulosamente con sus deberes
clericales, tal vez incluso un poco más de la cuenta
tratándose de una parroquia de la Iglesia No
Ritualista de East Anglia. Dirigía los oficios con
un gusto exquisito, pronunciaba admirables
sermones y todos los miércoles y los viernes se
tomaba la molestia de levantarse de madrugada
para dar la comunión. Pero nunca se le había
pasado por la imaginación que un clérigo pudiera
tener ciertas obligaciones fuera de las cuatro
paredes de la iglesia. Como no podía permitirse
pagar un coadjutor, dejaba todo el trabajo sucio de
la parroquia a su mujer, y después de su muerte
(falleció en 1921) a Dorothy. La gente decía que,
de haber podido, habría dejado que ella leyera los
sermones. Las «clases inferiores» habían
comprendido desde el primer momento lo que
sentía por ellos, y pese a que si hubiese sido rico
le habrían dado coba como tenían por costumbre,
sencillamente le odiaban. A él le traía sin cuidado,
pues apenas era consciente de su existencia, pero
con las clases superiores no le iba mucho mejor.
Había discutido con todas las autoridades del
condado, y, como buen nieto de un baronet, no
sentía más que desprecio por los
pequeñoburgueses del pueblo y no se esforzaba en
disimularlo. En veintitrés años se las había
arreglado para reducir la congregación de Saint
Athelstan de seiscientos a un poco menos de
doscientos feligreses.
Eso no obedecía solo a motivos personales,
sino a que el anticuado anglicanismo ritualista al
que se aferraba obstinadamente el rector bastaba
para incomodar a todos los feligreses por igual.
Hoy en día, un clérigo que quiera conservar su
rebaño solo tiene dos posibilidades: el
anglocatolicismo puro y simple —o más bien puro
y no tan simple—, o atreverse a ser moderno y
ancho de miras y predicar reconfortantes sermones
que demuestren que no existe el infierno y que
todas las buenas religiones son iguales. El rector
no hacía ni lo uno ni lo otro. Por un lado, sentía el
más profundo desprecio por el movimiento
anglocatólico («la fiebre romana» lo llamaba él)
que le había pasado por encima sin rozarle. Por
otro, era demasiado ritualista para los miembros
de más edad de su congregación. De vez en cuando
les metía el miedo en el cuerpo recurriendo a la
fatídica palabra «católico», no solo en su lugar
santificado en el Credo, sino también desde el
púlpito. Naturalmente, la congregación fue
disminuyendo año tras año, y los primeros en
marcharse fueron los aristócratas. Lord
Pockthorne, de Pockthorne Court, que era el dueño
de una quinta parte del condado, el señor Leavis,
el comerciante en pieles jubilado, sir Edward
Huson, de Crabtree Hall, y casi todos los
pequeñoburgueses que tenían automóviles habían
abandonado Saint Athelstan. Los domingos por la
mañana, la mayoría conducía hasta Millborough,
que estaba a siete kilómetros. Millborough tenía
cinco mil habitantes y uno podía elegir entre dos
iglesias, Saint Edmund y Saint Wedekind. Saint
Edmund era modernista —había textos del
«Jerusalén» de Blake sobre el altar y el vino se
guardaba en botellas de licor— y Saint Wedekind
era anglocatólica y libraba una perpetua guerra de
guerrillas con el obispo. Pero el señor Cameron,
el secretario del Club Conservador de Knype Hill,
era un católico converso y sus hijos se habían
educado dentro del movimiento literario católico.
Se decía que tenían un loro al que estaban
enseñando a decir Extra ecclesiam nulla salus. El
caso es que, con la excepción de la señorita
Mayfill de The Grange, ninguno de los notables
del pueblo se mantuvo fiel a Saint Athelstan. La
señorita Mayfill decía que iba a legar casi todo su
dinero a la Iglesia, pero de momento nunca había
contribuido con más de seis peniques a la colecta
y daba la impresión de ir a vivir eternamente.
Los primeros diez minutos del desayuno
transcurrieron en completo silencio. Dorothy
estaba tratando de hacer acopio de valor para
hablar, estaba claro que tenía que iniciar alguna
conversación antes de sacar a colación lo del
dinero, pero conversar con su padre no era fácil. A
veces se quedaba tan abstraído que era casi
imposible conseguir que te escuchara; en otras
ocasiones prestaba demasiada atención, oía
cuidadosamente lo que tenías que decir y luego
observaba con aire cansino que aquello no valía la
pena decirlo. Los tópicos educados —el tiempo y
demás cosas por el estilo— por lo general servían
para despertar su sarcasmo. No obstante, Dorothy,
decidió empezar por el tiempo.
—Hace un día raro, ¿verdad? —dijo
consciente de la inanidad de su observación.
—¿Qué tiene de raro? —preguntó el rector.
—No sé, como esta mañana había niebla y
hacía tanto frío y ahora ha salido el sol…
—¿Y eso te parece raro?
Saltaba a la vista que no iba por buen camino.
Sin duda le habían dado alguna mala noticia. Lo
intentó otra vez.
—Luego me encantaría que salieras un rato a
ver el huerto. Las judías ya están muy crecidas.
Las vainas son larguísimas. Guardaré las mejores
para el festival de la cosecha, claro. Había
pensado que sería bonito decorar el púlpito con
guirnaldas de judías y unos cuantos tomates
colgando.
Fue una metedura de pata. El rector alzó la
vista del plato con una expresión de profundo
desagrado.
—Querida Dorothy —dijo secamente—, ¿es
necesario que empieces a darme la lata con el
festival de la cosecha tan pronto?
—¡Lo siento mucho! —respondió
desconcertada Dorothy—. No quería incomodarte.
Es que…
—¿Acaso crees —prosiguió el rector— que
me gusta pronunciar mi sermón entre guirnaldas de
judías? No soy un verdulero. Solo de pensarlo se
me quitan las ganas de desayunar. ¿Qué día es esa
patochada?
—El 16 de septiembre.
—Falta casi un mes. ¡Por el amor de Dios, no
me lo recuerdes todavía! Supongo que no tenemos
más remedio que celebrar ese ridículo festival
para satisfacer la vanidad de todos los jardineros
aficionados de la parroquia. Pero no le
dediquemos ni un segundo más de lo necesario.
Dorothy debería haber recordado que el rector
detestaba con toda su alma los festivales de la
cosecha. Incluso había perdido a uno de sus
parroquianos más valiosos, un tal señor Toagis, un
hosco hortelano jubilado, por lo mucho que le
repugnaba ver decorada su iglesia como el puesto
de un vendedor ambulante. El señor Toagis, anima
naturaliter Nonconformistica, había seguido fiel a
la Iglesia solo por el privilegio de decorar el altar
lateral en el festival de la cosecha con una especie
de Stonehenge hecho de gigantescos calabacines.
El verano anterior había conseguido cultivar una
calabaza gigantesca, un objeto rojo tan enorme que
hicieron falta dos hombres para levantarlo. La
habían puesto en el presbiterio, en un lugar donde
empequeñecía el altar y quedaba iluminada por la
vidriera este. Se pusiera uno donde se pusiera lo
único que, como suele decirse, saltaba a la vista
era la calabaza. El señor Toagis estaba exultante.
Pasaba horas en la iglesia, incapaz de apartarse de
su adorada calabaza e incluso llevaba grupos de
amigos a contemplarla. Por la arrobada expresión
de su rostro cualquiera habría pensado que estaba
citando a Wordsworth a propósito del puente de
Westminster:
Nada hay tan bello sobre la faz de la
tierra:
muy obtuso ha de ser quien no repare
en algo tan conmovedor y majestuoso.
En vista de aquello, Dorothy incluso concibió
la esperanza de convencerlo para que comulgara.
Pero cuando el rector

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