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Libro PDF La historia de Andor – Tibaire González

La historia de Andor – Tibaire González

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“Al pasar el tiempo, la vida fácil de los Kudys les hizo torpes y de corazón mezquino, olvidaron la razón de su origen y comenzaron a luchar entre
ellos, maltratando a los hermosos árboles. Entonces la luz escondida en la savia, llena de dolor, estalló con la luz de muchos soles quemando todo a su
paso. De las cenizas de muchos Hathems brotaron los feroces cazadores Targon, quienes por haber nacido del sufrimiento de los Hathems, son de
corazón duro, temerosos de la luz del sol y de la alegría… y por eso persiguen a los Kudys. El peligro que desde entonces amenazó a los hijos de
Hathem, los obligó a unirse y a desarrollar el alerta constante, la agilidad y el fino oído. Pero por encima de todo, les recordó que el origen de su
existencia era expresar el amor de los Hathems… y así la armonía regresó a la selva.²
Esa historia le permitió a Andor comprender por qué los Kudys, a pesar de ser perseguidos por los Targons, no los consideraban sus enemigos, sino sus tristes
hermanos. Sin embargo no entendía ni aceptaba la aparente injusticia de que un hijo de Hathem naciera para disfrutar de la alegría de la luz del día, mientras que el otro
estuviera condenado a la oscuridad y a la violencia. Banthok nunca perdía la paciencia ante sus preguntas sin fin, a pesar de que poseía pocas respuestas. Al pasar el
tiempo, a las preguntas sobre Targons y Kudys se sumaron las incógnitas sobre su propio origen. A medida que crecía, Andor se diferenciaba más de su familia
adoptiva. Su cuerpo se hacía esbelto y ágil, su voz adquiría un tono grave y melodioso y su cabello crecía como una ondulada melena azulada que caía sobre sus
hombros. La tribu de nómadas carecía de refugios construidos en tierra y al llegar la noche trepaban a las altas ramas de los Hathems, donde la inmovilidad y el tono
cobrizo de su pelajel los ocultaba de la vista de los cazadores Targon. La blanca piel de Andor lo convertía en un blanco fácil para sus enemigos. Cuando era un niño los
fuertes brazos de Banthok bastaban para ocultarle durante las horas de oscuridad, pero al crecer, cada vez era más difícil protegerlo y su presencia comenzó a
representar un peligro no sólo para sí mismo, sino para la tribu.
Un día se acercó a Banthok y con sus ojos de esmeralda, velados por una tristeza que el anciano Kudy nunca había visto, le dijo:
–Padre, cada noche puedo sentir el temor que mi presencia causa, así como también siento el amor con que me protegen. No quiero atraer la violencia de los Targons
sobre ti o sobre mis hermanos… creo que debo marcharme de la selva.
Banthok se quedó un momento en silencio, nunca un Kudy se había marchado de Hathem. Los árboles eran los padres de todos y la tribu era compañía, calor y
seguridad. ¿Qué otra cosa podía haber fuera de la alegre familia, sino vacío y temor? La única separación comprensible para Banthok y cualquier otro era la muerte…
pero ésta era entendida como el transformarse en la tierra que alimentaba los cobrizos gigantes, volviendo al amado Árbol Padre como la primigenia luz que fluía en la
savia.
–Andor, tuve muchos hijos en mi larga vida; todos están aquí con nosotros. He visto crecer a los hijos de mis hijos en la eterna Selva Madre, al igual que mis ancestros
más remotos. Jamás uno de los nuestros se ha alejado del amor de la tribu, ni del sostén de los Hathems. ¿Tú, hijo de mi alma, por qué piensas en marcharte si estás en
casa? Tu seguridad y la nuestra es responsabilidad de todos, como es natural en la tribu.
-Banthok, en las noches tú y mis hermanos me rodean para ocultar mi piel de la mirada de los Targons. Siento la protección hacia mí como uno más de la tribu,
pero…¡Padre, no soy como tú! Mira mi piel, mi cabello azul y mi cabeza llena de preguntas: ¿Quién soy padre? ¿A qué tribu pertenezco? ¿Por qué en las noches,
cuando todos duermen, surge en mí una nostalgia que me envuelve como las nubes que trae la estrella azul? Sufro por no ser en verdad un Kudy, sufro porque habiendo
recibido tanto amor, sólo puedo traerles peligro.
Los ojos de Andor brillaban con un verde más intenso que de costumbre, mientras el llanto formaba cristalinos hilos en su rostro. Banthok no sabía qué hacer, el dolor
de su hijo adoptivo hería su alma, era su propio dolor y no tenía idea de cómo enfrentarlo. Finalmente, tomó a Andor en sus brazos y acunándolo, trataba de espantar
su tristeza.
-Hijo mío no llores, hijo de mi alma no llores. Eres muy joven y sin embargo, este tonto anciano sin respuestas no sabe cómo alejar de ti el dolor. No llores mi hijo, eres
un kudy sin importar que tu piel sea de nube y el cielo dance en tu pelo. Hijo mío no llores, que tu alma sonría como un Kudy, porque siempre serás uno con la tribu.
No llores pequeño, no llores…
El rítmico vaivén de los brazos y las frases repetidas como un monótono cántico fueron calmando poco a poco a Andor.
Anochecía y el cielo naranja del atardecer se apagaba lentamente en nocturna oscuridad. Varios Kudys se acercaron y formaron una especie de barrera que ocultó a
Andor, aún en los brazos de Banthok. El tiempo parecía haberse detenido, la luna amarilla casi había completado el semicírculo de la noche, mientras Andor envuelto en
la cálida protección de sus hermanos, libraba una batalla interna que desgarraba su corazón juvenil. La simple idea de alejarse de Banthok y de su arbórea familia,
humedecía su rostro en lágrimas. Pensar en el misterioso vacío de lo desconocido, más allá de la selva le llenaba de temor. Sin embargo, al imaginar que por su causa
Banthok o alguno de sus amigos podía convertirse en presa fácil de los Targons, la tristeza y el temor, se paralizaban ante esa abrumadora realidad. Andor era muy
joven y ya era tan alto como Banthok, el peligro se haría mayor a medida que creciera, no podrían seguir ocultándolo. Además, estaba esa extraña nostalgia en su
corazón y las preguntas que surgían cada vez más imperiosas, agotando su imaginación en busca de respuestas. Tal vez más allá de la tierra de Hathem, hallaría alguna
solución.
De pronto, casi en sueño, escuchó el temido silbido! Una flecha Targon atravesó su espeso cabello para incrustarse en la corteza del árbol. Los Kudys se apretaron
contra su cuerpo, tratando de ocultarlo. Estaban aterrorizados, sin embargo, ninguno corrió para salvar su propia vida, pues estaban conscientes de que Andor sería un
blanco seguro. Las flechas siguieron silbando hasta que la débil protección del follaje se quebró con un gemido de dolor. Era Bondy, su compañero de juegos, había sido
alcanzado en una pierna. No era mortal, pero ¿cuánto tiempo podrían resistir el ataque en la resignada inmovilidad?
Súbitamente resonó un alarido en el alto follaje. No era un grito de dolor, era un sonido que nunca habían escuchado los habitantes de la selva; cargado de furia y
violencia. Era un grito de guerra, que detuvo sus corazones al tiempo que veían a Andor lanzarse al vacío como una veloz llamarada blanca y azul en la oscuridad.
Las flechas dejaron de silbar. Los Targons también habían escuchado el extraño grito y el desconcierto los paralizó al ver el ser que descendía indetenible hacia ellos. La
luminosa cabellera azul y el cuerpo blanco y ágil que se sujetaba brevemente en las ramas sin aminorar la vertiginosa picada, le hacía parecer un espíritu de la selva en
temible ataque. Intentaron lanzar algunas flechas, sin poder hacer blanco por la sorprendente velocidad y el vacilante pulso. Antes de poder reaccionar, Andor ya había
caído entre ellos y el terrible grito volvió a resonar en la oscuridad. Se abalanzó contra el Targon más cercano y en violenta acometida lo estrelló contra un árbol,
dejándolo inconsciente. Luego se volvió contra otro que se aprestaba a armar el arco y arrancándoselo lo quebró sobre su enemigo, quien huyó aterrorizado hasta
perderse en la oscuridad. Se lanzó contra el tercer Targon, derribándole y cuando estaba a punto de aplastar su cara con una roca, lo escuchó lanzar un grito de terror… al
igual que Bondy. Lanzó la roca con todas sus fuerzas hacia la espesura.
El Targon, desconcertado, no se atrevía a hacer ningún movimiento, entonces Andor se levantó lentamente. Retrocedió unos pasos y sintió cómo sus rodillas se
doblaban, cayendo sobre el húmedo suelo. Sus ojos se llenaron de lágrimas al darse cuenta de lo lejos que estaba de ser un verdadero Kudy, los pacíficos habitantes de
Hathem nunca se habrían dejado dominar por la violencia que lo arrastró al suelo en la noche.
Se levantó y lentamente se acercó al Targon inconsciente, mientras su compañero seguía inmóvil en el suelo. Andor lo levantó cuidadosamente y sonrió de alivio al darse
cuenta de que estaba vivo. Tenía una herida sangrante en la cabeza, pero no parecía ser profunda. Se acercó al árbol y arrancó un pedazo de corteza con el cual hizo una
pequeña incisión, luego recogió la savia, que brotaba en pequeños hilos, con una hoja para aplicarla sobre la herida. El otro Targon se había acercado silenciosamente y
observaba atentamente.
Andor también observaba. Nunca había visto uno de cerca y le sorprendió darse cuenta de sus movimientos desgarbados y algo lentos en comparación con la agilidad y
armonía de movimientos de los Kudys. Sus cuerpos tenían una extraña palidez que convertía en gris terroso lo que podría haber parecido el hermoso cobrizo de la gente
del alto follaje, pero lo que más llamaba la atención de Andor era su mirada; en un rostro lleno de rudeza y temor, brillaban unos ojos dorados de pupilas muy dilatadas,
extrañamente parecidos a los de los niños de su tribu.
Banthok seguía en la gigantesca rama, los demás habían huído hacia otros árboles, desapareciendo hasta de su fino oído. Sólo Bondy seguía en sus brazos, había
arrancado la flecha y cubierto la herida con la savia cristalina y benéfica del Hathem. El sabio aún no salía de su confusión, sólo había algo claro en su mente, su hijo
estaba en peligro. Llevó a Bondy a una rama más segura y sin pensarlo se lanzó al vacío.
El Targon observaba al espíritu azul que trataba de reanimar a su hermano. Evidentemente la criatura no era de la gente del Alto Follaje. ¿Tal vez era un espíritu de la
selva, o sería un descendiente de los Amos del Gran Fuego? Pero, si así fuera ¿por qué no le había matado con la roca y por qué trataba de sanar a su hermano? Escuchó
un crujido de ramas en lo alto, pero antes de localizar la fuente del sonido, el Kudy más grande que hubiera visto saltó del oscuro follaje, cayendo a dos pasos de él. Se
aprestaba a luchar cuando el espíritu azul se puso en pié, por lo que el guerrero se quedó inmóvil, mientras Banthok se volvía y estrechaba al ser cabello azul en sus
brazos.
Banthok sintió tal alivio y tanta alegría, que sus ojos brillaban a través de una transparente cortina de lágrimas, mientras su corazón desbordaba agradecimiento hacia la
Selva Madre que por segunda vez le entregaba a su hijo. Al ver la escena, comprendió lo que había sucedido. Era la primera vez que uno de su tribu contraatacaba y no
sabía si alegrarse o entristecerse, pero no se preocuparía de eso por ahora, el tiempo y los Hathems les enseñarían, como siempre, el modo feliz de ser y hacer.
Banthok nunca había visto tan de cerca a un Targon y siguiendo un impulso se acercó lentamente, hasta rozar con sus dedos el rostro polvoriento de su ancestral
enemigo. Sus ojos se quedaron fijos en la mirada del guerrero con la misma sorpresa que Andor había sentido. El Targon, indeciso aún, imitó el gesto del Kudy. Tanto
temor los había separado, no comprendía… la realidad frente a él no se parecía a la historia de sus ancestros.
Escucharon el ronco quejido de dolor y se acercaron al herido que yacía en los brazos de Andor. Gorul sólo era consciente del fuerte dolor de cabeza que lo
inmovilizaba. Con esfuerzo, comenzó a abrir sus ojos, tranquilizándose al ver a Argún, su hermano frente a él. Banthok colocó su mano sobre el hombro de Andor y le
habló con grave suavidad:
-Creo que estará bien. Es mejor que volvamos a la protección del alto follaje, vendrán otros de su tribu.
-Sí, padre.
Andor lanzó una última mirada a los Targons y sin una palabra se perdió, junto con Banthok, en el oscuro manto de ramas que ocultaban la serena luz de la luna.
El tenue magenta se diluía imperceptiblemente en la oscuridad del océano verde. Los trinos de los merlillos y azulejos se confundían con las voces de los Kudys, que se
desperezaban al salir de sus nocturnos escondrijos. Andor permanecía inmóvil, sumergido en la belleza mágica del alba. Bondy aún dormía abrazado a él; la herida era
superficial y no le dejaría más huella que el terror, cada vez más lejano de esa noche.
La melancolía que acunaba el alma de Andor, había transformado sus ojos en dos espejos de tristeza esmeralda. Cómo necesitaba el fuerte abrazo de Banthok, que lo
confortara y le diera valor para partir; pero su padre se había marchado en la noche sin decirle donde se dirigía, ni cuándo regresaría. Bondy se había despertado y
comenzaba a desperezarse plácidamente, cuando el recuerdo de la violenta noche lo hizo refugiarse en los brazos de Andor. Este sonrió comprensivo ante el temor de su
amigo y lo tranquilizó señalando la claridad que se extendía lentamente, como hilos dorados multiplicándose en el horizonte.
Cuando el círculo del sol se dibujó completo en el azul esplendor del día, ya toda la tribu estaba enterada de lo sucedido. Los pequeños jugaban como de costumbre; sin
embargo, entre los mayores podía sentirse un sutil desasosiego. Shano era el guía desde que Banthok dejara esa responsabilidad. Su espeso pelaje rojizo era la causa de
que lo llamaran el Gran Rojo, lo que unido a su carácter alegre y bonachón, lo convertía no sólo en el confiable guía, sino en el cálido centro que movilizaba a la tribu a
través de la selva.
Shano se sentó frente a Andor y con un guiño le desordenó el pelo de una forma tan cómica y paternal que Andor no pudo evitar sonreír. Toda la tribu se fue acercando,
distribuyéndose en pequeños grupos hasta formar la Asamblea de Familia. Bondy se sintió intimidado y se revolvió inquieto sin soltar la mano de su amigo. Sabía que la
Asamblea se reunía sólo cuando había que tomar decisiones importantes. Shano se dirigió a Bondy comprendiendo su preocupación.
-Bondy, no ocurre nada malo, sólo queremos hablar con Andor. Por favor, siéntate con los demás jóvenes.
-Sabio Shano, Andor es mi amigo y anoche arriesgó su vida para salvarnos del ataque Targon. Ahora no puede correr y jugar como siempre porque su corazón está
triste; además Banthok se ha ido. No le dejaré solo.
-Está bien pequeño, puedes quedarte; pero debes saber que no estamos aquí para juzgar, sino para comprender.
Shano miró con ternura a Andor que permanecía silencioso y sereno, como ausente de lo que ocurría a su alrededor, sumergido dentro de sí mismo. Le habló con voz
plena de autoridad, pero también de amor.
-Hijo, deseamos saber lo que ocurrió anoche, lo que hiciste, pero más importante aún, lo que pensaste y sentiste. ¿Te sientes capaz de relatarlo en este momento?
-Sí.
Andor alzó su melodiosa voz para que toda la tribu escuchara y narró cada detalle de lo sucedido desde su conversación con Banthok.
Shano escuchaba atento, pero más que las palabras y la historia que éstas encerraban, oía la voz de Andor. Algo había cambiado, algo que no lograba definir. Se dejó
llevar por el sonido y por la sensación hasta que de pronto se dio cuenta. Su voz había perdido la natural espontaneidad de los niños, en cambio percibía una incipiente
determinación individual. Su mirada se deslizaba a través de los ojos de Andor, sintiendo cómo se había transformado su percepción. Andor ya no sólo estaba en lo que
veía, él era detrás de sus ojos y en lo que miraba. El tiempo y las ideas sin forma habían cobrado vida en su alma.
Shano bajó la mirada. En pocos Kudys se quebraba la inconsciente unidad para dar paso a esa mirada sorprendida, llena de preguntas que veía en el joven. Su viejo
amigo Banthok había sufrido ese cambio y luego él mismo. De alguna manera habían perdido esa ciega paz que los protegía de ese indefinible anhelo omnipresente, que
ahora los acompañaba y que no identificaban. Sabía que era eso lo que los impulsaba a recorrer la selva incesantemente, como si buscara algo, pero ¿qué? Banthok y él
ya eran viejos y el despertar de ese anhelo los había convertido en jefes de la tribu; pero el joven Andor ¿qué haría? ¿qué podría buscar en Hathem? Una selva a la que
en realidad no pertenecía.
-Shano…
Andor volvió a llamar por tercera vez al anciano. Este pareció salir de un ensueño.
-¿Padre, ha escuchado mi relato?
-Sí.
Todos esperaban las palabras decidiendo qué actitud se tomaría. En muchos estaba la duda entre apegarse a la tradición de paz de los Kudys o intentar defenderse.
Incluso algunos deseaban atacar primero, antes que esperar el ataque de los Targons. La mayoría admiraba el valor del joven; sin embargo, al mismo tiempo
silenciosamente le culpaban por haber roto la cómoda tranquilidad de las antiguas tradiciones. Comenzaban a sentirse intranquilos e impacientes. ¿Por qué el jefe no
decidía de una vez?
Shano miraba al horizonte, la brillante estrella de la mañana aún se divisaba, cercana al sol y sabía que volvería a brillar cuando el sol desmayara al atardecer. Con la
mirada perdida en los astros, se dirigió a Andor que esperaba pacientemente.
-¿Andor, qué piensas del sol y la estrella matutina?
El joven miró hacia el oriente por un instante y luego sin vacilar contestó.
-Son dos que se aman y caminan juntos el cielo.
Shano miró a Andor con ternura y volvió a preguntar.
-¿Crees que el sol arrastra tras de sí a la hermosa estrella de la mañana?
Andor volvió a mirar el horizonte y repentinamente su rostro se iluminó con una sonrisa.
-No. Cada uno sigue su propio camino.
La tribu se revolvió impaciente, mientras el viento arrastraba una lluvia de hojas en multicolor remolino. Nadie entendía la singular conversación. Entonces la voz del jefe
se elevó fuerte y serena.
-Hermanos. Sé que esperan que yo, como su guía, les marque el camino a seguir: ¿Qué pensar, qué sentir? ¿Apegarnos o no a las antiguas tradiciones? Un joven nos ha
recordado nuestras propias dudas: ¿Por qué nuestros ancestros eligieron repudiar toda posesión, todo apego a un territorio? ¿Por qué nos convertimos en nómadas
aterrorizados por la violencia, aún aquella en nuestra propia defensa? ¿Son válidas aún todas las respuestas que nos heredaron? ¿Existirán nuevas sendas que explorar
para resolver nuestra existencia? En fin, ¿Qué podríamos intentar con nuestros compañeros de vida, los Targons?
Shano hizo silencio mientras recorría su tribu con grave mirada, luego volviéndose hacia el Este, prosiguió:
-No señalo ningún camino. No apartaré la duda de nuestros corazones. Cada uno debe hallar su propia respuesta. Si ésta es o no acorde con la armonía de los Hathems,
sólo lo sabremos al vivir la respuesta que creemos verdad.
Pasaron los días y Banthok aún no regresaba. Todo había retornado

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