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Libro PDF La importancia de llamarse Helena José Antonio Martínez Pereda

La importancia de llamarse Helena  José Antonio Martínez Pereda

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EL PINTOR Y SU MUSA
En la versión de El juicio de Paris que P. P. Rubens pintó en 1639 y que se conserva
en el Museo del Prado, el rostro de Afrodita es el de su segunda esposa, Hélène
Fourment, con quien se había casado nueve años antes. Al enviudar de su primera
mujer, Isabel Brandt, se dedicó unos años a la diplomacia, pero a su vuelta a Amberes
pensó en contraer matrimonio de nuevo. Así escribió a su amigo el astrónomo y
botánico Nicolas-Claude Fabri de Peiresc:
He decidido volver a casarme, ya que jamás me ha gustado la abstinencia del celibato y he pensado que,
aunque debemos dar prioridad a la continencia, también podemos gozar de los placeres lícitos. He escogido
a una mujer joven de una familia honrada, pero burguesa. Me asusta la vanidad, un vicio inherente a la
nobleza y, en especial, al sexo femenino, por eso he escogido a alguien que no se avergüenza de verme con
los pinceles en la mano. Y es que, a decir verdad, amo demasiado mi libertad para cambiarla por los abrazos
de una mujer mayor.
La mujer escogida es la hija menor de un comerciante de tapices, Daniel Fourment,
pariente de la primera mujer de Rubens y cuya otra hija, Susana, había posado para el
cuadro El sombrero de paja que está en la National Gallery de Londres. Hélène, «la
mujer más bella de Amberes» −según el cardenal-infante Fernando de Austria− tiene
dieciséis años, treinta y siete menos que Rubens, cuando se casan el 6 de diciembre
de 1630.
El matrimonio revitalizó la vida del pintor, lo que se proyectó sobre su actividad
artística. Rubens abandonó la carrera diplomática y se retiró al campo. Escribió en
1635 que quería «llevar una vida tranquila junto a mi mujer y mis hijos y no desear
otra cosa en el mundo más que vivir en paz». En estos años, quien Delacroix llamara
el «Homero de la pintura», creará sus obras más importantes, en muchas de las cuales
aparece Hélène en diversos motivos, realzándose siempre su belleza. Es representada
como santa Catalina o santa Cecilia, pero Rubens encuentra más inspiración en la
Grecia clásica: «Estoy convencido de que para lograr la mayor perfección en la
pintura es necesario comprender a los antiguos». Así que pinta a Helena como Venus
(en Venus y Adonis o en La fiesta de Venus ). Incluso se la representa en varias
figuras como en el cuadro de 1633 El jardín del amor, verdadero reflejo de la
felicidad conyugal, o también en Las tres gracias. En esta obra, por cierto, los
científicos han apreciado síntomas de artritis reumatoide en la figura (hiperextensión
de la mano y dedos torcidos, cuello de cisne, etc.), pero Hélène tenía veintitrés años
cuando posó como modelo para el cuadro. Es Rubens, quien sufría de gota, el que
representó sus propias dolencias en el cuerpo de su amada. Esas dolencias se fueron
agravando hasta su muerte el 30 de mayo de 1640. Legó a Hélène, entre otras cosas,
su cuadro más querido, La petite pelisse, pintado en 1638, en el que aparece su mujer
semidesnuda envuelta en unas pieles. Hélène le sobrevivió treinta y tres años y ha
pasado a la historia del arte como un modelo de la belleza clásica. En un poema leído
durante sus nupcias, el viejo amigo de Rubens, Jan Caspar Gevaerts, había elogiado a
la novia equiparándola a las heroínas de la Grecia antigua:
Ahora posee el vivo retrato de Helena de Flandes, mucho más bella que la de Troya. Más blanca que la
nieve, no es hija del cisne que traicionó a Leda. Ninguna marca tiene entre las cejas, como aquella que,
según dicen, desfiguraba la frente de la hija de Tindáreo. En su alma pura reúne todos los dones que
adornaban a las doncellas de la Hélade y del Lazio. Así fue como Venus, con sus rizos de oro, salió de los
mares. Así fue como Tetis casó con Peleo en los días en que Tesalia era morada de los grandes dioses. La
belleza de su figura cede ante el encanto de su naturaleza, su sencillez sin mácula, su inocencia y su
modestia.
HELENA DE ESPARTA: LA MALDICIÓN DE LA BELLEZA
El apologético discurso nupcial de Gevaerts nos devuelve a la Grecia mítica y, en
concreto, al «juicio de Paris». En dicho certamen, las tres diosas mostraron por
completo sus encantos al joven troyano pero, inseguras cada una de ellas de poder
superar a las otras, trataron de sobornarlo: Hera ofreciéndole poder; Atenea,
sabiduría; y Afrodita, el amor de la mujer más bella del mundo. Paris escogió
finalmente a Afrodita, lo que fue el detonante de la tragedia. La mujer cuyo amor le
fue entregado a Paris no era otra que Helena de Esparta, la esposa del rey Menelao.
Arrastrado por el destino, Paris visita Esparta, donde es recibido con hospitalidad
por Menelao y Helena. Esta coquetea con Paris desde un primer momento y el rey de
Esparta, que parece no darse cuenta, parte hacia Creta para asistir a un funeral
dejando a su mujer como anfitriona. Aprovechando su ausencia, Paris seduce a
Helena y ambos huyen con el tesoro de esta y abandonando a la hija del matrimonio,
Hermíone.
Tras pasar por varias islas, llegan a Troya, donde, según algunos, contraen
matrimonio. Aquí los clásicos griegos sostienen una etimología de «Helena» que
procede de helein, infinitivo pasado del verbo haireô, significando ‘tomo, quito,
capturo’. Igualmente podría tener tanto un sentido pasivo (una raptada, una hechizada)
como activo (una seductora, una encantadora).
Continuando el mito, al enterarse Menelao de la fuga, reclama a Helena y sus
tesoros pero los troyanos se niegan a devolverla. Entonces, junto con su hermano
Agamenón, convoca a los distintos caudillos griegos para formar una enorme flota que
se dirige a Troya. Decimos que son griegos, pero esta es la palabra con la que les
designaron los latinos. Ellos se llamaban a sí mismos helenos, y su tierra era Helena o
Hélade. De este modo, Helena sería también la representación de la tierra griega,
aunque esta interpretación probablemente procede de una confusión posterior de
«Helena» con el nombre hellênes, ‘griegos’.
En la Ilíada de Homero se describe la presencia de Helena en Troya, los males
que se le atribuyen y su dolor por la muerte de su cuñado, Héctor. Pero, sobre todo,
queda patente la admiración que provoca su belleza: Helena de blancos brazos, de
hermosos cabellos, de bellas mejillas, de hermosura divina entre las mujeres. En fin,
«no es extraño que troyanos y aqueos, de hermosas grebas, sufran prolijos males por
una mujer como esta, cuyo rostro tanto se parece al de las inmortales diosas». Y como
tal diosa de la belleza era considerada también desde antiguo; de hecho, Heródoto en
s u Historia afirma que en Atenas y cerca de Esparta había templos dedicados a su
devoción que eran frecuentados por jóvenes que buscaban volverse más bellas.
Además era frecuente que los espejos tuvieran una imagen de Helena en el reverso.
Como símbolo de belleza también, por cierto, es citada dos veces en El Quijote de
Cervantes.
Es símbolo de belleza y también la que trae la desgracia a Troya: «Por sus bellos
ojos de muerte, los hombres no acabaron todavía de matarse ni todavía las ciudades
de arder». Porque, para Sartre, Helena entra en la historia como una advertencia
sobre las terribles consecuencias que la belleza puede traer. Pero, a pesar de todos
los males que se ciernen sobre la ciudad, Príamo no considera culpable a Paris del
sufrimiento del pueblo troyano, lo ve como un instrumento de los dioses. Ya su madre,
Hécuba, había soñado, a punto de dar a luz, que paría un haz de leñas que, como
serpientes, se movían y prendían fuego a Troya. Sin embargo, la Helena de Homero se
arrepiente ante Príamo de todo lo ocurrido hasta el punto de desear estar muerta: «Me
inspiras, suegro amado, respeto y temor. ¡Ojalá la muerte me hubiese sido grata
cuando vine con tu hijo, dejando, a la vez que el tálamo, a mis hermanos, mi hija
querida y mis amables compañeras! Pero no sucedió así, y ahora me consumo
llorando».
La guerra de Troya duró diez años y concluyó con el célebre episodio del caballo.
En esa cruel noche, según algunos, Helena agitó una antorcha −«helene»−, que era la
señal para que los griegos que habían simulado huir regresaran a tomar la fortaleza.
Los invasores asesinaron a los troyanos, arrasaron la ciudad y le prendieron fuego.
Para el dramaturgo Esquilo, ya en su nombre está contenida la maldad de Helena y el
coro de su Agamenon lo relaciona con la raíz hel- que significa ‘conquistar y
destruir’. Helena es entonces Hele-nas (‘destructora de barcos’), Hel-andros
(‘destructora de hombres’) y Hele-ptolis (‘destructora de la ciudad’).
Aunque la Ilíada no puede ser tomada como un relato histórico, y ni siquiera la
existencia de Homero está unánimemente admitida, pudo existir un lugar similar a
Troya habitado desde el tercer milenio a. C. De hecho, los arqueólogos distinguen
hasta diez «Troyas» que sucesivamente fueron levantadas en el mismo lugar, y la
historia del descubrimiento de las ruinas de Troya por Heinrich Schliemann en 1871
es una epopeya en sí misma. La propia guerra de Troya es discutida por los
historiadores. Se cree que hacia el 1200 a. C. la ciudad que llamamos Troya fue
destruida, si bien no sabemos quiénes fueron sus atacantes.
Según los mitógrafos, tras tomar la ciudad, Menelao estuvo a punto de matar a
Helena pero quedó deslumbrado de nuevo por su belleza. Así volvieron ambos a
Esparta tras pasar un largo período en Egipto. Egipto era la referencia del sur que
tenían los griegos y, de tal modo, el viaje al sur y la vuelta como el sol nos devuelven
la referencia de la diosa solar.
La belleza de Helena le trae la desgracia, pero también le salva la vida. Vasija ática de figuras rojas (450-440 a.
C.). Museo del Louvre, París. En la pieza se representa a Menelao, que intenta atacar a Helena pero,
sobrecogido por su hermosura, deja caer la espada.
En la Odisea también aparece Helena, cuando Telémaco buscando noticias de su
padre, Odiseo, llega a Esparta y se encuentra con sus reyes, Menelao y Helena, y la
hija de ambos, Hermíone. Ahora la heroína está en un marco doméstico que la
humaniza y disminuye su carga negativa. Pero a lo largo de los siglos volverá a ser
evocada en la literatura como símbolo de belleza y por los males que causó.
PERO ¿ESTUVO HELENA DE TROYA EN TROYA?
El poeta Estesícoro (palabra que significa ‘maestro de coro’, su nombre real era
Tisias) escribió Helena, obra que cantaba la versión habitual del personaje como
esposa infiel. Isócrates y Platón refieren una antigua tradición según la cual la «diosa»
Helena castigó a Estesícoro con la ceguera por haber blasfemado contra ella y no le
devolvió la vista hasta que el poeta siciliano la hubo desagraviado componiendo la
Palinodia. Probablemente lo que sucedió es que Estesícoro estuvo en Esparta, donde
seguía existiendo un culto a Helena y, ante el rechazo popular por su primera obra, se
decidió a escribir una retractación en la que quien viaja a Troya no es Helena, que se
dirige a Egipto, sino su espectro o Eídolon.
Se piensa que la idea del Eídolon pudo ser formulada por vez primera por
Hesíodo. En todo caso, Eurípides la secunda en sus obras Electra y Helena. La
Helena de Eurípides es una de las pocas obras del autor de fecha conocida, del 412 a.
C. En esta obra la heroína comienza su discurso diciendo:
Helena es mi nombre, vale la pena que cuente las desgracias que he sufrido. Tres diosas, en disputa sobre
su belleza, se presentaron ante Alejandro, en la gruta del Ida, Hera, Cipris y la doncella nacida de Zeus,
deseosas de concluir un juicio sobre su hermosura. Mi belleza, si es que es belleza la desgracia, que Cipris
había ofrecido desposar a Alejandro, quedó vencedora. Paris, el pastor del Ida, dejó sus majadas y fue a
Esparta a tomar posesión de mi lecho.
Hera, sin embargo, humillada por no haber vencido a las otras diosas, convirtió mi lecho en sutil aire y no me
entregó a Alejandro. Compuso con éter del cielo una imagen animada a la que dio mi apariencia y se la
confió al hijo del rey Príamo. Cree él, vana creencia, sin tenerme, tenerme.
Aquí se narra cómo Helena disfrutó de la protección del rey Proteo en Egipto, pero
una vez muerto este, su hijo Teoclimeno intentó seducir a la espartana, que se muestra
en esta tragedia como verdadero modelo de castidad. Tras la llegada por mar de
Menelao se encontraron los esposos y ambos planearon la huida ayudados por la
profetisa Teónoe, pues, como extranjero, Menelao debía ser inmolado. Fingiendo que
este había muerto, Helena consiguió un barco para ofrecer un sacrificio en el mar en
honor de su marido, pero lo aprovecharon los esposos para escapar por mar,
interviniendo los Dioscuros −Cástor y Pólux− en el último instante.
La versión de Heródoto del mito es parecida a la de Eurípides: opina que Helena
no pudo estar en Troya porque «ni Príamo ni sus demás familiares hubieran sido tan
insensatos como para querer poner en peligro sus vidas, sus hijos y su ciudad con tal
de que Paris pudiese vivir con Helena». No obstante, es el filósofo Gorgias quien se
esfuerza más en su Elogio de Helena. En esta obra se sostiene que, obrase como
obrase, siempre resulta patente la inocencia de la espartana, pues o fue raptada por
orden divina o cautiva del amor o convencida hábilmente o arrastrada por la
violencia física y, por tanto, nada podía hacer.
Sobre el final de Helena existen también multitud de versiones. Unas afirman que
fue divinizada y enviada a los Campos Elíseos, otras que murió y está enterrada junto
a Menelao. Eurípides, en su Orestes, dice que este y Pílades intentaron matarla pero
Apolo consiguió salvarla. En Diálogos de los muertos de Luciano de Samósata, el
filósofo cínico Menipo, delante de una pila de huesos de personajes célebres,
pregunta por Helena. Al mostrarle Hermes el cráneo de la bella reina, Menipo se
burla: «¿Qué? ¿Y por esto se equiparon las famosas mil naves con hombres de toda
Grecia, perdieron la vida tantos griegos y bárbaros y se destruyeron tantas
ciudades?». Hermes le replica: «Eso es que no la conociste en vida, Menipo. De ser
así, tú también dirías que no era censurable pasar cualquier pena por esa mujer».
LOS AUTORES SIGUEN ADORANDO A HELENA
El mito de Helena no desaparece de la literatura en la Edad Moderna y sigue
protagonizando creaciones de todo tipo. Como una versión más frívola que las que se
han visto anteriormente puede citarse la opereta La bella Helena, con música de
Jacques Offenbach y libreto de Henri Meilhac y Ludovic Halévy. Estrenada en París
el 17 de diciembre de 1864, esta opereta bufa en tres actos representa la cumbre de un
género situado entre el de la música culta y la gran ópera, por un lado, y el de los
cuplés y la música popular de la Belle Époque, por otro. Se trata de una farsa que, por
medio de los personajes griegos, parodia la alta sociedad francesa de finales del XIX,
así que cuenta el mito un poco a su manera. En el primer acto, el Gran Augur se queja
de la decadencia de los sacrificios a los dioses. También se relata el juicio de Paris.
En una fiesta se celebra un concurso con una adivinanza para descubrir al hombre más
inteligente. Es Paris, disfrazado de pastor, quien da la solución. Helena, ya bastante
atraída por él, corona al vencedor, que confiesa su identidad. En el acto segundo,
Helena se resiste a las seducciones de Paris durante cuatro semanas pero acaba
sucumbiendo, momento en que aparece Menelao en la alcoba, mientras Agamenón,
completamente borracho, habla de guerra. Paris se retira y se evita así la tragedia. En
el acto tercero, la corte, que está veraneando en Nauplia, vive en un desenfreno
instigado por la diosa Venus. Piden a Menelao que se sacrifique y que ceda a su
esposa, la cual sigue proclamando su fidelidad. Menelao pide que traigan al Gran
Augur para solicitar su consejo. Quien se presenta es Paris disfrazado, que con una
artimaña se lleva a Helena a la isla de Citerea. Cuando se dan cuenta del engaño,
Agamenón y Menelao se disponen para combatir con los troyanos.
La tragedia convertida en comedia. El actor William Blaisdell caracterizado de Menelao en La Belle Hélène.
Fotografía de Baker, anterior a 1918, perteneciente a la Harvard Theatre Collection de dicha universidad.
En cuanto al drama, una de las obras cumbre de la literatura universal, el Fausto
de Goethe, tampoco se sustrae a la fuerza del personaje. En la segunda parte, el doctor
se enamora de Helena y por medio de Mefistófeles puede acceder a ella, con quien
tiene un hijo, Euforión. Fausto busca la felicidad, la perfección y la belleza, y Helena
representa más un ideal que un ser humano, al igual que Euforión está representando
al genio de la poesía moderna, Lord Byron. Helena es un símbolo que permite a
Fausto vivir en un tiempo moderno un ideal clásico. El doctor aspira a una perfección
y como reza el coro místico del final de esta parte:
[…] todo lo transitorio,
es solamente un símbolo;
lo inalcanzable aquí
se encuentra realizado;
lo Eterno-Femenino
nos eleva a lo más alto.
2
Santas y herejes
En lo que se refiere al Fausto, J. W. Goethe no hace sino recoger una antigua
tradición de la que bebieron diversos escritores. El autor alemán es deudor de la
versión publicada más de dos siglos antes por un contemporáneo de Shakespeare,
Christopher Marlowe. Además se ha sugerido que Marlowe utilizó elementos de la
leyenda de Simón el Mago, superponiéndolos sobre el personaje de Fausto. Y es que
pueden apreciarse puntos en común, como el vuelo de Simón ante Nerón, que nos
recuerda el de Fausto en la taberna de Auerbach ante los estudiantes. También está el
propio nombre de Fausto, que era el padre de unos discípulos, al que Simón, mediante
artes mágicas, le cambió el rostro por el suyo propio. Por último, tenemos la relación
de ambos con una mujer que es la Helena de Troya reencarnada.
El samaritano Simón de Gitta fue un líder religioso que vivió en el siglo I de
nuestra era. Todo lo que sabemos sobre él fue escrito por sus adversarios:
predicadores cristianos y Padres de la Iglesia. No es un testimonio imparcial, pues
para ellos el Mago era el origen de todos los herejes, pero sí es bastante detallado.
Según se cuenta en los Hechos de los apóstoles, Simón ejercía la magia en Samaria
con gran éxito y consideración por parte del pueblo, pero cuando llegó el apóstol
Felipe a predicar a la región, pidió ser bautizado. Llegaron después Pedro y Juan a
tierras samaritanas y cuando vio Simón que por la imposición de las manos de los
apóstoles se transmitía el Espíritu Santo, les ofreció dinero a cambio de ese poder.
Entonces, Pedro le dijo: «Vaya tu dinero a la perdición, y tú con él; pues has pensado
que el don de Dios se compra con dinero». De aquí procede el término «simonía»,
que significa pagar dinero para obtener beneficios eclesiásticos.
Ennoia es, para la cultura griega, la personificación del pensamiento. Escultura en la Biblioteca de Celso en
Éfeso, construida en honor a Tiberio Julio Celso Penolemeano por su hijo Gayo. Autor: Sailko, bajo licencia
GNU
SIMÓN ENCUENTRA SU ENNOIA
Tertuliano afirma que, con ese mismo dinero, Simón compró a una prostituta en Tiro
(Fenicia):
Efectivamente, también Simón el samaritano, el comprador del Espíritu Santo en los hechos de los apóstoles,
tras ser condenado junto con su dinero por el mismísimo Pedro a la perdición, derramó lágrimas, se lanzó en
vano a la conquista de la verdad, afianzándose también en las fuerzas de su oficio como consolación, a modo
de venganza, y compró con su propio dinero para los deslumbres de la virtud de alguno a una tal Helena de
Tiro, de un lugar de libertinaje público, digna merced para sí, en vez de para el Espíritu Santo.
Pero la historia de Helena no es una mera anécdota sino que forma parte del núcleo
mismo de la doctrina del simonianismo. Para esta religión, muy próxima a las
corrientes gnósticas paleocristianas, en el principio de los tiempos Dios tuvo un
«primer pensamiento» (Ennoia o Sophia). Dicho pensamiento, conociendo la voluntad
del Padre, descendió a un plano inferior y creó los ángeles. Estos, a su vez, crearon el
mundo, pero no querían que se les considerase de menos por haber sido obra de otros.
Así que llenos de envidia retuvieron a Ennoia y la sometieron a toda clase de
vejaciones para que no se remontase hacia su padre. Y, como cuenta Ireneo de Lyon:
[…] hasta tal punto que la encerraron en un cuerpo humano y estuvo siglos enteros transmigrando de un
cuerpo de mujer a otro, como en un continuo trasvase. De este modo se encontraba en aquella Helena que
fue causa de la guerra de Troya, y así se explica que Estesícoro, por difamarla en sus versos, quedara ciego,
y que cuando se arrepintió y escribió en su alabanza las Palinodias, recobrara la vista. Transmigrando de
cuerpo en cuerpo, sufriendo siempre vejación por esta causa, vino a parar de prostituta en un burdel, y esta
es la oveja perdida.
En la obra del escritor francés Gustave Flaubert La tentación de san Antonio, el
santo eremita ve llegar a una mujer llorando, del brazo de un hombre de barba blanca.
Son Helena y Simón el Mago. Por las palabras de Helena, en las que parece evocar
vidas pasadas, Antonio piensa que está loca. Simón le dice al santo:
¡Aquí la tienes, Antonio, a la que llaman Sijé, Ennoia, Barbelo, Prunicos! Los espíritus que gobernaban
el mundo sintieron celos de ella y la encadenaron a un cuerpo de mujer. Fue la Helena de los troyanos, cuya
memoria maldijo el poeta Estesícoro. Fue Lucrecia, la patricia violada por los reyes. Y Dalila, la que le cortó
el pelo a Sansón. Y fue asimismo aquella muchacha de Israel que se entregaba a los machos cabríos. Amó
el adulterio, la idolatría, la mentira y la estupidez. Se prostituyó a todos los pueblos. Cantó en todas las
encrucijadas. Besó todos los rostros. En Tiro, la ciudad de Siria, era la amante de los ladrones. Bebía con
ellos por las noches y ocultaba a los asesinos entre la miseria de su tibio lecho.
Así que, como en el mito griego, Helena sigue siendo una mujer raptada a la que
hay que liberar. Según los simonianos, el Padre descendió hasta el mundo encarnado
en la forma de Simón el Mago para rescatar a su Ennoia. Sabemos también por los
Padres de la Iglesia que Simón, tras comprar su libertad, viajó junto con Helena
predicando por diversos lugares. Se consideraba a sí mismo como el Dios y a Helena
su primer pensamiento, y prometía a los que le creyeran que regresarían a los mundos
superiores cuando él disolviera el mundo terrenal que los ángeles rebeldes habían
creado.
Para Ireneo, el hecho de pensar que los hombres se salvaban por la gracia de
Simón, no por sus buenas obras, supuso la corrupción de la doctrina y la caída de sus
correligionarios en la magia y la inmoralidad sexual.
En consecuencia, los sacerdotes de sus misterios viven en la lujuria, practicando las artes mágicas cada uno
como puede. Utilizan exorcismos y encantamientos; se entregan a filtros amorosos y excitantes, a los
espíritus demoniacos e inductores de sueños, y a toda clase de artes mágicas. Poseen una estatua de Simón
que reproduce la figura de Júpiter, y otra de Helena en figura de Minerva, y las adoran.
Como pensamiento de Dios, los seguidores de Simón el Mago identifican a Helena
con Atenea (la Minerva romana), que nació de la cabeza de Zeus. Asimismo, en esa
región hay un sincretismo de Isis, que ejerció la prostitución, con Astarté y con
Atenea. Se ha mencionado, por otra parte, que los samaritanos mezclaron sus antiguos
cultos paganos al sol y la luna con las figuras de Simón y Helena, a la que adoraron
como una diosa: Helena, Selena o Luna. Y es cierto que, con el nombre de Luna,
aparece el personaje en diversos escritos. Como ejemplo, el arrepentido Aquila
asegura que Luna fue vista en una torre haciendo el prodigio de mirar por todas las
ventanas a la vez.
Poco más se conserva escrito de Helena en sus viajes junto con Simón. Lo último
que sabemos de este es su presencia en Roma, donde aparece solo. Para algunas
fuentes, Helena ya había fallecido. Justino en su primera Apología comenta:
Había un cierto Simón, un samaritano, procedente de un pueblo llamado Gitta, quien, en los tiempos del
emperador Claudio, a través de la fuerza de los demonios actuando en él, realizó probablemente actos de
magia en vuestra real ciudad de Roma, y fue renombrado ser un dios. Y como dios fue enaltecido por
vosotros con una estatua, que fue erigida en una isla del río Tíber, entre los dos puentes, con esta inscripción
Romana: «A Simón, el sagrado Dios».
El triunfo de la Iglesia frente a la herejía. Alessandro Bonvicino, llamado Moretto, Caída de Simon el Mago (h.
1550). Seminario Diocesano de Brescia.
Es en Roma donde se produce la famosa escena que narra el texto apócrifo de los
Hechos de Pedro. Parece ser que Simón hacía alardes de su magia ante el emperador
romano Nerón, incluso volaba para demostrar su naturaleza divina. Los apóstoles
Pedro y Pablo, que eran testigos, pidieron a Dios que detuviera su vuelo, cayendo el
mago al suelo súbitamente. La iconografía religiosa suele representar esta escena de
la caída de Simón, su discusión con Pedro o el intento de comprar los dones a los
apóstoles. En la capilla de San Clemente de la catedral de León, sin embargo, existen
unas curiosas vidrieras en las que se representa a Simón el Mago dando pan a los
pobres, ayudando a unos náufragos a alcanzar las puertas de la ciudad inundada y
atendiendo a unas madres que le presentan a sus niños para que los toque.
El poeta estadounidense Henry Wadsworth Longfellow se interesó bastante por
estos dos personajes. Escribió un drama en verso, Simón el Mago y Helena de Tiro,
en su libro Cristo, un misterio, de 1868. Años después publicaría dentro de su libro
Ultima Thule el poema Helena de Tiro:
¿Qué fantasma es este que aparece
a través de la púrpura neblina de los años,
sino otra bruma más?
Una mujer de niebla y de fuego;
es ella; es Helena de Tiro,
la ciudad en medio de los mares.
¡Oh, Tiro! En las populosas calles
el fantasma aparece y se retira,
y los israelitas que venden
tus lilas y leones de latón,
levantan la vista mientras pasa
y murmuran «¡Jezabel!».
Entonces se ve otro fantasma
a su lado, con un gabán gris,
con barba que cae hasta su cintura;
es Simón el Mago, el Profeta;
él habla, y ella se detiene a escuchar
las palabras que pronuncia con premura.
El dice: «De tal nefasta reputación,
de esta vida de tristeza y vergüenza,
yo te alzaré y te haré mía;
¡tú has sido la reina Candace
y Helena de Troya, y serás
la Inteligencia Divina!».
Oh, dulce como el aliento de la mañana,
a los derrotados y abandonados
se susurran palabras de alabanza;
porque el hambriento corazón cree
la falsedad que tienta y engaña
y la promesa que traiciona.
Así Helena sigue de lugar en lugar
la mano gesticulante del mago
como una hoja llevada por el viento,
hasta que se desvanece en la noche.
Oh, lector, agáchate y escribe
con tu dedo en el polvo.
Oh, ciudad en medio de los mares,
con tus balsas de cedro,
tu mercadería y tus barcos,
tú, también, te has convertido en nada,
un fantasma, una sombra, un pensamiento,
un nombre en los labios de los hombres.
FLAVIA IULIA HELENA, ARRIANA
El nombre de Helena «sigue de lugar en lugar» como escribió Longfellow y también
se extiende por el Imperio romano. La primera Helena de la que se tiene noticia en
Hispania fue una esclava de Antonia Clementina, dama rica de Tarraco (la actual
Tarragona) en el siglo II d. C. La dama era propietaria de una huerta y varios esclavos
y cuando murió ordenó liberarlos pero con la obligación de cuidar su tumba a
perpetuidad.
No obstante, entre todas las mujeres del Imperio romano que llevaron ese nombre,
ninguna se haría más célebre que Flavia Iulia Helena, mujer de origen humilde que
probablemente nació en Drepanum (Asia Menor) entre los años 248 y 250 d. C. En las
fuentes históricas abundan las descalificaciones sobre esta mujer, entre ellas que era
de profesión stabularia, término que igual puede significar ‘moza de establo’,
‘mesonera’ o ‘prostituta’. Quizá, dada su baja extracción social, se encargara de
cuidar los animales. No obstante, sabemos que su hijo, muchos años más tarde,
dejaría sin castigo a las ministrae tabernae, las que se decía por aquel entonces que
podían haber compartido la profesión de su madre.
Existe una leyenda que afirma que Helena nació en Inglaterra. Sostiene la misma
que era hija de Clohel, rey de los británicos y que el romano Constancio se casó con
ella, incorporándose la isla al imperio tras la muerte del rey. Esta narración, sin
ningún valor histórico, podría tener su origen en una confusión con otra mujer: Elena
de Caernarfon o Elen Luyddog, un personaje legendario del que se dice que fundó
varias iglesias en Gales, por lo que es recordada como santa. Esta legendaria Elen fue
esposa de Magno Clemente Máximo, emperador usurpador entre los años 383 y 388, y
estuvo en la Galia, donde conoció a san Martín de Tours y, después, tras ser ejecutado
su esposo, volvió a Inglaterra, donde se cuenta que ayudó a cristianizar a los bretones
y promovió la construcción de caminos para unir las distintas tribus.
Descartándose entonces la vinculación a Inglaterra de Flavia Iulia Helena, también
llamada «de Constantinopla», realmente poco se sabe de su vida hasta que se unió a
Constancio Cloro. Flavio Valerio Constancio, militar romano apodado Cloro por su
mal color de cara, conoció a Helena cuando estaba en Bitinia en las campañas de
Aureliano en Oriente y la tomó como concubina a comienzos del año 272. De esa
relación nació el 27 de febrero de 273 un hijo varón: Constantino. El nacimiento se
produjo en Naissus, actual Serbia, al acompañar Helena a Constancio Cloro, junto
con el ejército, de vuelta de las campañas de Oriente. A partir de entonces empieza
Helena a relacionarse con el poder aunque no sabemos nada de ella durante más de
quince años.
En el año 286, el emperador Diocleciano, nombró coemperador de las provincias
occidentales a Maximiano, mientras que él se encargaba de la parte oriental, en un
proceso que acabaría dividiendo el imperio. Constancio, que estaba bajo el mando de
Maximiano, repudió a Helena en torno a 289 para casarse con la hija de su jefe,
Flavia Maximiana Teodora, con objeto de asegurar su carrera política. En el año 293
se realizó un nuevo reparto de poder, la tetrarquía, en la que cada emperador o
augusto tenía un césar, que era como un apoyo o emperador júnior. Diocleciano
nombró como césar a Galerio y Maximiano a Constancio Cloro. Helena y su hijo
vivieron juntos hasta ese momento, en que Constantino fue enviado a la corte de
Nicomedia, para preparar su carrera militar y política. Quizá entonces viviera Helena
en Dalmacia.
En el 305 abdicaron como emperadores Diocleciano y Maximiano, nombrando
Maximiano en Milán a Constancio Cloro como nuevo augusto y como césar a Severo.
Constantino esperaba haber sido nombrado césar por Diocleciano y quedó
defraudado. El año siguiente murió Constancio Cloro en Britania tras realizar una
campaña militar contra los pictos. Allí mismo sería Constantino proclamado
emperador por sus tropas, dando lugar a una época de conflictos con profusión de
augustos hasta aproximadamente el año 325, tras el cual Constantino I el Grande,
gobernaría en solitario. Desde su proclamación, Helena vivió entre Tréveris y Roma,
donde se movía la corte imperial, con una gran influencia y proyección pública.
Según la tradición, la conversión de Constantino al cristianismo se produjo por una
visión que tuvo el emperador antes de la batalla del Puente Milvio, el 28 de octubre
del 312. Cuenta la leyenda que mientras Constantino avanzaba con sus soldados vio
una cruz aparecerse frente al sol. Esa misma noche tuvo un sueño en el que se veía una
cruz con la inscripción «In hoc signo vinces» (con este signo vencerás). Lo mandó
dibujar de inmediato sobre los escudos de su ejército, y venció en la batalla a su
cuñado Majencio. Esta leyenda tiene numerosos correlatos históricos, como el del
primer rey portugués, Afonso Henriques, antes de la batalla de Ourique, o el del rey
Valdemar II de Dinamarca, que en medio de la batalla de Lyndanisse recibió una
bandera roja con una cruz blanca que cayó del cielo mientras escuchaba una voz que
proclamaba: «Cuando esta bandera se levante, seréis victoriosos».
Los estudiosos creen que Helena y su hijo se hicieron cristianos en esa misma
época, pero, en el caso de Constantino, fue más bien fruto de una estrategia política.
Probablemente, este anticipó el auge del cristianismo y quiso subirse al carro, un
carro pagano pero que acabaría haciendo oficial la religión cristiana como única del
imperio, la única posibilidad de encontrar un vínculo común en un territorio siempre
al borde del desmembramiento. Lo cierto es que unos meses más tarde de la victoria
en el Puente Milvio, Constantino publicó el Edicto de Milán, por el cual se toleraba el
cristianismo.
Batalla del Puente Milvio, grabado de Gérard Audran (1666) según un cuadro inacabado de Charles Le Brun.
Este autor trató de superar la versión que hizo Rafael y que pudo observar en su estancia en Roma antes de ser
el pintor protegido del cardenal Richelieu.
En todo caso no hay que descartar la influencia de Helena sobre su hijo en este
sentido. Helena tenía gran amistad con el obispo Eusebio, seguidor del arrianismo.
Esta doctrina cristiana, que recibe el nombre de su máximo defensor, Arrio, sostenía
que Jesús fue creado por Dios como coronación de toda la creación, con atributos
divinos pero no divino en sí mismo. Negaba por tanto la trinidad y que Jesús y Dios
tuvieran la misma naturaleza. En el contexto de los primeros siglos del cristianismo se
produjeron numerosas discusiones teológicas sobre la naturaleza de Jesús y sobre la
relación de este con Dios. Grandes discusiones que dieron lugar al dicho «armarse la
de Dios es Cristo» y que no siempre fueron de estricto carácter intelectual: sin ir más
lejos, Arrio murió envenenado. El arrianismo, aunque fue rechazado en el Primer
Concilio de Nicea en el 325 y definitivamente declarado como herejía en el Primer
Concilio de Constantinopla del año 381, fue religión oficial en algunos reinos de
origen godo. En el reino visigodo de Toledo pervivió hasta el III Concilio de Toledo,
en el 589, reinando Recaredo I e incluso Constantino, el cual promovió el Concilio de
Nicea, y que fue, además, bautizado en su lecho de muerte por Eusebio de Nicomedia,
obispo arriano. El filoarrianismo de Helena ha sido discutido por algunos
investigadores, pero consta, al menos, que los contemporáneos lo creían y por ello fue
duramente criticada.
Fruto del poder absoluto de su hijo, Helena de Constantinopla recibió en el 324 el
título de augusta junto con su nuera, Flavia Máxima Fausta. Sólo Helena se tocó con la
diadema y fue acuñada su efigie en monedas de oro. Estas monedas, así como los
frescos de Tréveris, la representan con atuendo de emperatriz, de rostro oriental, nariz
aguileña y grandes ojos.
El poder de Flavia Iulia Helena Augusta. Moneda romana acuñada con la efigie de santa Elena. Realizada en
bronce, fue acuñada probablemente en el año 326, en Tréveris. Helena está vestida de emperatriz, con diadema
y rico peinado. En el reverso, alegoría de la Seguridad estante, portando una rama en su mano derecha y
alzándose el vestido con la izquierda.
Poco duró la gloria de Fausta, pues al año siguiente fue condenada a muerte y a la
no rehabilitación de su memoria. Todo comenzó al acusar a Crispo, su hijastro, y
primogénito de Constantino, de haber intentado violarla. El emperador mandó
ajusticiar a su hijo por ello y se cree que al darse cuenta de que todo había sido un
complot de Fausta para mejorar a sus propios hijos como herederos, ordenó la muerte
de su esposa. Sobre el papel que desempeñó Helena en este asunto mucho se ha
especulado, pero no existen pruebas que hagan concluir ninguna teoría. Se ha dicho
que Helena podría odiar a Fausta porque favorecía a sus hijos frente a Crispo, su
nieto favorito, y porque era hermanastra de Teodora, la mujer por la cual fue
repudiada por Constancio Cloro. Pero la principal razón argumentada es la rivalidad
por el poder dentro de la domus imperial. Sin embargo, por las diferentes
representaciones se puede concluir que Helena tenía un estatus superior al de Fausta y
por tanto no habría tenido motivos para asesinarla, por lo que los estudios más
recientes rechazan su implicación.
QUEDAN INAUGURADAS LAS PEREGRINACIONES Y EL TRÁFICO DE RELIQUIAS
Es durante la última etapa de su vida cuando Helena de Constantinopla protagonizará
la aventura por la que será recordada en la historia del cristianismo. Con cerca de
ochenta años, en el año 326 o 327, emprende un viaje a Tierra Santa. Allí estuvo
directamente implicada en la construcción de iglesias en Belén y en el monte de los
Olivos. Según cuenta Eusebio de Cesarea, Constantino añadiría objetos de oro y plata
a ambas iglesias. Pero el objetivo fundamental de Helena era encontrar la cruz en la
que fue crucificado Jesucristo.
Advirtiendo, de entrada, del carácter legendario de estas historias de santos de la
época antigua, el propio origen de la madera con la que se hizo la cruz fue objeto de
numerosos relatos. Según se cuenta en La leyenda dorada de Santiago de la Vorágine,
estando Adán enfermo, su hijo Seth acudió a las puertas del paraíso a pedir óleo del
árbol de la misericordia para curarle. El arcángel san Miguel se lo negó pero le
entregó un tallo para que lo plantara en el Monte Líbano. Se dice que procedía del
árbol prohibido y que al fructificar sanaría a su padre pero, cuando volvió Seth a
casa, Adán ya había fallecido, así que lo plantó sobre su sepultura. Creció grande y
fuerte el árbol, tanto que duró hasta los tiempos de Salomón. Cuando este rey lo vio
tan magnífico mandó que lo cortaran e hicieran una viga para su palacio, pero no le
encontraron acomodo, era demasiado grande. Serraban el madero para que encajara
pero volvía a crecer, así que acabaron poniéndolo sobre un riachuelo para que
sirviera de puente. Años después, cuando la reina de Saba fue a Jerusalén a conocer a
Salomón vio el puente y tuvo la revelación de que sobre ese madero habría de morir
el Salvador y por eso no quiso pisarlo. Otra versión cuenta que la reina vio la viga
colocada en el palacio y dijo que algún día un hombre sería colgado de ese madero y
por su causa el reino de los judíos se vendría abajo. Por eso Salomón mandó enterrar
el madero en el lugar donde, tiempo después, fue construida la piscina Probática.
Poco antes de la Pasión de Cristo apareció flotando la viga en la piscina y se utilizó
para la cruz en la que le colgaron. Existen muchas otras leyendas, como la que cuenta
que la cruz estaba hecha con madera de cuatro árboles, pero todas coinciden en que,
tras la crucifixión, el madero permaneció bajo tierra más de doscientos años hasta que
fue encontrado por Helena de Constantinopla. La leyenda de la Vera Cruz que va a ser
narrada no es mencionada por ninguna de las fuentes contemporáneas y se sabe que
los textos medievales se dedicaron en gran medida a adornar esas historias
legendarias.
Se cuenta que a su llegada a Jerusalén Helena organizó una asamblea y convocó a
los judíos más sabios de la región. Estos temían poner en peligro el judaísmo y sus
tradiciones si contaban dónde estaba la cruz. De tal modo opinaba un tal Judas, «aun
sabiendo que Jesús era el hijo de Dios». Se dice que como en la asamblea todos
guardaron silencio, Helena los amenazó con morir en la hoguera. Fue entonces cuando
comenzaron a acusar a Judas y dijeron que sólo él sabía la respuesta, al ser hijo de un
profeta. Por ello, Helena dejó libres a los demás y retuvo a Judas. Le amenazó con
dejarle morir de hambre si no le revelaba dónde estaba el Gólgota, el lugar donde
crucificaron a Cristo. Ante su silencio ordenó arrojarlo a un pozo seco donde aguantó
seis días pero el séptimo se rindió. La leyenda narra que fue hasta el monte, allí oró y
se produjo un temblor en la cima y el ambiente se impregnó de deliciosos aromas, por
lo que Judas quedó maravillado y dijo: «Oh, Cristo, verdaderamente eres el Salvador
del mundo». Había allí un templo dedicado a Venus construido por orden de Adriano
para alejar del lugar a los cristianos. Helena mandó demoler el templo y arar el solar
y el propio Judas cavó con un azadón hasta que descubrió las tres cruces.
El hallazgo supuso una enorme alegría para Helena, pero ¿cuál de las cruces era la
de Jesús? Se cuenta que pasó al poco tiempo por allí un cortejo fúnebre con el
cadáver de un joven y Judas hizo que lo bajaran y que lo depositaran sobre cada una
de las cruces. Al colocarlo sobre las dos primeras no pasó nada pero cuando lo
pusieron sobre la tercera el difunto resucitó. Otra versión apunta a una mujer
agonizante y que fue el obispo Macario quien hizo la susodicha prueba hasta que en la
tercera cruz se levantó curada la enferma. En realidad, la comprobación de la
verdadera cruz del Salvador, la Vera Cruz, pudo ser más simple si atendemos a la
historia de san Ambrosio según la cual el obispo Macario pudo ver el letrero que
Pilatos había mandado clavar en la cabecera –el Titulus crucis− y que seguía en su
sitio. En cualquier caso, tras los descubrimientos, Constantino mandó construir en
aquel lugar la iglesia del Santo Sepulcro.
Santa Helena, con tiara papal, interroga a Judas sobre la ubicación de la Santa Cruz en un remedo de la
Inquisición. Retablo de la Santa Cruz de la iglesia de Blesa, obra de Miguel Jiménez y Martín Bernalt (1481-
1487). Museo de Zaragoza.
La historia acaba bautizándose Judas, cambiando su nombre por el de Ciriaco y
continuando la labor del obispo Macario cuando este falleció. Se dice que, tras el
descubrimiento, Helena pidió a Ciriaco que volviese al calvario para buscar los
clavos con los que clavaron a Cristo al madero. Por lo visto, en cuanto comenzó a
excavar estos surgieron de la tierra aún sin oxidar, así que no tuvo que afanarse
mucho. El destino de dichos clavos también ha sido controvertido. En general se
acepta que Constantino usó uno en la brida del caballo, con otro se hizo una diadema
y el tercero lo lanzó al Adriático para calmar una tempestad. Según la tradición se
recuperaron los tres y se enviaron a Milán, Tréveris y Roma.
Helena volvió de Tierra Santa llevándose una parte de la Vera Cruz –otra se quedó
allí y la tercera fue a Constantinopla−, así como otras reliquias que aún pueden verse
en la basílica romana de La Santa Cruz de Jerusalén, construida en lo que fue su
palacio. Allí puede contemplarse también el Titulus crucis, una de las escasas
reliquias del siglo I con posibilidades de ser auténtica. Helena mandó trasladar
también la Scala Sancta, una escalera que se supone procedía del pretorio de Poncio
Pilato en Jerusalén y por la que Jesús de Nazaret tuvo que subir la noche antes de ser
crucificado. La tradición cuenta que en los jardines del Vaticano Helena diseminó
tierra traída del Gólgota para, simbólicamente, unir la sangre de Cristo con la de
miles de cristianos que murieron en las persecuciones de Nerón. Asimismo se le
atribuye a Helena la recuperación de la Túnica Sagrada, que envió a Tréveris, así
como de las reliquias de los Reyes Magos, actualmente en la catedral de Colonia.
Puede que poco de lo narrado esté comprobado históricamente pero Helena ha
trascendido como precursora de dos prácticas religiosas que serían verdaderamente
importantes en los siglos posteriores: las peregrinaciones y el culto a las reliquias.
Los historiadores, sin embargo, piensan que la visita a Tierra Santa fue más bien un
viaje oficial para procurar la fidelidad de ese pueblo, maltratado por el anterior
gobierno de Licinio. Quizá fuera así pero eso no descarta la concurrencia de motivos
religiosos en la peregrinación, ni, sobre todo, que inspirara posteriormente a otras
mujeres a hacer ese tipo de viajes. De hecho, a partir del siglo V, el nombre de
Helena se convierte en un elogio, en epíteto de una cristiana ejemplar. En el texto del
Concilio de Calcedonia (año 451), se elogia a Pulcheria, la hermana de Teodosio II,
del siguiente modo: «¡[…] Pulcheria, la nueva Helena! ¡Has mostrado la fe de
Helena! ¡Has mostrado el celo de Helena! Has defendido la Cruz de Cristo, que fue
encontrada por Helena pero salvaguardada por Pulcheria».
Los últimos años de la vida de Helena de Constantinopla no desmintieron la
imagen piadosa que ha trascendido: se dedicó a repartir limosnas aprovechando el
acceso al erario público que su hijo le confió y también liberó a presos y a esclavos
de las minas, tratando de llevar una sencilla vida cristiana.
La fecha de su fallecimiento es incierta. La mayoría de los autores sitúa su muerte
entre los años 328 y 330, fecha que corresponde con las últimas acuñaciones con su
hombre. El lugar donde falleció podría ser Nicomedia o Tréveris. Se cuenta que hizo
testamento a favor del emperador y de los hijos de este y murió tranquilamente
mientras su hijo le cogía de las manos. Tiempo después fue reverenciada como una
santa, y su veneración se extendió al Occidente a comienzos del siglo IX. La Iglesia
católica romana celebra su fiesta el 18 de agosto, la Iglesia ortodoxa el 21 de mayo.
Según el santoral católico, santa Helena es la patrona, entre otras cosas, de la
arqueología y de los matrimonios difíciles. Su iconografía habitual muestra a Helena
como emperatriz romana, vestida con ricos ropajes, y sosteniendo casi siempre la
Vera Cruz. A veces porta los clavos o, incluso, aparece su hijo Constantino. Es muy
habitual representar la «Invención de la Cruz», es decir, el momento del hallazgo de
las reliquias en el monte Calvario. Una de las representaciones artísticas más
logradas es La leyenda de la Vera Cruz de Piero della Francesca en la capilla Bacci
de la basílica de San Francisco de Arezzo, en la Toscana. Son los frescos que Juliette
Binoche ilumina con una antorcha en la memorable escena de la película de Anthony
Minghella El paciente inglés.
Piero della Francesca (1452-1456), La leyenda de la Vera Cruz, basílica de San Francisco de Arezzo (Italia).
En el octavo fresco de la serie, que se muestra aquí, se representan el descubrimiento y la prueba de la Vera
Cruz, así como una vista de Jerusalén, más parecido a Arezzo en esta pintura.
Sobre el paradero de los restos mortales de la santa existen varias teorías. Se
contó que su cuerpo fue trasladado a Roma por un cortejo de lanceros y depositado en
el mausoleo real, que fue inhumado en la Via Labicana, en la villa imperial cercana a
la iglesia de los santos Pedro y Marcelino. El sarcófago de pórfido elegido para
acoger sus restos, que puede observarse en los Museos Vaticanos, había sido
construido para un emperador, teniendo en cuenta las escenas guerreras esculpidas en
el mismo. Otros sostienen que su cuerpo fue llevado a Constantinopla dos años
después y colocado para su descanso en la cripta imperial de la iglesia de los
Apóstoles, siendo transferidos sus restos en 840 a la abadía de Hautvillers, cerca de
Reims. También se cuenta que en 1140 por orden del papa Inocencio II se trasladó la
sepultura a la basílica de Santa María in Aracoeli. La hipótesis más fiable describe el
viaje de los restos mortales a la iglesia de Santa Helena de Venecia por el canónigo
Aicardo en 1212. En esta iglesia, situada en la isla homónima, consta que estuvo la
urna de santa Helena hasta la llegada de las tropas napoleónicas en 1810, en que fue
trasladada a la basílica de San Pedro en Roma. De hecho, sabemos que de allí obtuvo
el rey Felipe II algunos huesos que enriquecieron su gran colección del monasterio de
El Escorial, en cuyos archivos pueden consultarse los documentos que acreditan que
donó una reliquia de santa Helena a la catedral de Toledo. Es decir, que parece
acreditada la presencia de la urna en Venecia durante seis siglos, en los que fue
objeto de especial devoción.

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