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Libro PDF La lista negra José María Irujo

 La lista negra José María Irujo

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Helga Ring, investigadora del nazismo,
que tanta información y documentación
me ha proporcionado; a María Ángeles
Arranz, que me ayudó y orientó en la
investigación inicial sobre el oro nazi; a
Teresa Tortella, responsable del
Archivo del Banco de España, por su
atención; a Carlos Collado, excelente
investigador español en Berlín, que me
cedió los papeles sobre Hans Hoffmann
y la organización «El Ogro»; al profesor
e historiador Klaus-Jörg Ruhl, por su
atención e interés en mis consultas; a
Mónica Quijada y Víctor Peralta Ruiz,
investigadores del Consejo Superior de
Investigaciones Científicas (CSIC), por
los expedientes que me facilitaron; a
Joaquín de Navasqüés, por permitirme
consultar los archivos de su padre en su
casa de Puerta de Hierro (Madrid); a
Simon Samuels, director del Centro
Simon Wiesenthal en Europa, por sus
pistas sobre ex miembros de las SS; a
Ingrid Schulze, profesora de historia en
la Universidad Complutense de Madrid
y experta en la propaganda nazi; a la
familia de Johannes Eichhorn por
enviarme sus notas inéditas, tituladas
«España bajo el yugo de la esvástica»,
sobre la colonia alemana durante la
Segunda Guerra Mundial; a Julián
Rojas, fotógrafo de El País, por su
paciencia durante la larga espera que
compartimos en Marbella tras Wolfgang
Dietrich Jugler, jefe de la Escolta Adolf
Hitler; a Laura Alonso, por su ayuda en
el terreno informático, y a Marta, por su
lectura crítica.
Prólogo
En la Navidad de 1996 llegaron a
España las primeras noticias sobre la
presunta implicación del Gobierno de
Franco en la compra del oro que los
nazis habían robado a los judíos.
Durante varios meses investigué en el
Archivo General del Ministerio de
Asuntos Exteriores (AMAE) en el
Palacio de Santa Cruz, en Madrid, el
origen y destino de las 67,4 toneladas de
este metal que se compraron durante la
Segunda Guerra Mundial para reponer
las reservas desaparecidas durante la
República. A mediados de 1997, en una
de mis visitas al AMAE localicé un
documento de once folios, escrito a
máquina y en inglés, en el que los
Aliados reclamaban a Franco, al
terminar la guerra, la repatriación de
104 alemanes residentes en numerosas
ciudades españolas a los que acusaban
de trabajar para los distintos servicios
de espionaje nazi. Eran hombres y
mujeres, muchos pertenecientes a
influyentes familias alemanas en España,
a los que se reprochaba el haber
colaborado, desde distintos puestos, en
toda clase de actividades en favor del
Gobierno de Adolf Hitler. ¿Quiénes eran
estas personas? ¿Qué servicios habían
prestado al nazismo? ¿Fueron entregadas
o se salvaron de la repatriación? La
publicación de la lista de los presuntos
espías de Hitler en El País tuvo un
doble efecto, para mí inesperado. Por un
lado, la dirección del Archivo General
de Exteriores se negó a atender mis
nuevas consultas con la excusa de que
algunos de los 104 aún vivían y se debía
proteger su intimidad y la de sus
familiares. A otros investigadores que
solicitaron acceso a la misma
documentación, entre ellos, algunos
alemanes, se les cerraron también las
puertas, pero Kurt Rainer Zorn recurrió
y ganó una demanda contra la
Administración. El rastro documental de
los espías nazis en España se había
convertido en territorio vedado para
investigadores y periodistas. ¿Por qué,
si ya habían transcurrido cuatro
décadas?
A pesar de todo, sacar a la luz la lista
negra facilitó la investigación. Durante
varias semanas recibí decenas de cartas
y llamadas telefónicas de personas que
me dieron pistas sobre el destino de los
presuntos agentes de Hitler que
reclamaban los Aliados. En España,
Alemania y Austria localicé a algunos
que todavía viven. La mayoría han
muerto, pero a través de los
supervivientes, de sus familiares,
amigos, vecinos y otras fuentes
documentales he intentado reconstruir
sus andanzas y aventuras. Casi todas sus
familias siguen entre nosotros y en la
mayoría de los casos sólo quieren
olvidar un pasado a veces borroso y,
otras muchas, tenue y vidrioso.
La España de los años cuarenta era un
nido de espías alemanes, ingleses y
americanos. Los primeros, mimados y
protegidos por el régimen de Franco y la
Iglesia. Los segundos, menos numerosos
e influyentes, peleaban en el terreno de
la información y la propaganda en una
lucha desigual. Al terminar la guerra, el
destino de los agentes que ayudaron a
Hitler quedó en manos del Gobierno
español. ¿Qué ocurrió con los 104
espías nazis y sus colaboradores? ¿Qué
fue de los centenares de agentes
alemanes que operaban a su antojo por
toda la geografía española?
CAPÍTULO I
Un muchacho católico
Reinhard Spitzy llegó a Madrid a finales
del caluroso agosto de 1942. El nuevo
ejecutivo de la Skoda, una empresa de
armas alemana, propiedad de las
Waffen-SS, la temible policía política
de Adolf Hitler, parecía más un
diplomático que un comercial de la
fábrica que vendía pequeños cañones
antiaéreos al ejército español. A sus 31
años, Spitzy, 1,95 de altura, anchas
espaldas, ojos claros y bien trajeado, no
podía ocultar una formación que iba
mucho más allá de la de un ejecutivo
alemán trasladado a la capital de
España en plena Segunda Guerra
Mundial. En aquel Madrid de los años
cuarenta, con un Gobierno que todavía
agradecía a Hitler su apoyo para ganar
la Guerra Civil, Spitzy podía
desenvolverse como pez en el agua,
pero sin revelar a todos los que le
rodeaban su auténtica misión y su
intenso pasado en los aledaños del
mismísimo Hitler.
Hijo del médico de cabecera del
emperador de Austria, Reinhard Spitzy
se había educado en un convento de
monjes benedictinos al que las familias
monárquicas más influyentes de Viena,
incluyendo a los Habsburgo, confiaban a
sus hijos. Nacido en Graz, el 11 de
noviembre de 1911, desde pequeño le
apasionaba la historia y en esa materia
era el primero y más resabido de la
clase, como si intuyera que, en el futuro,
iba a formar parte de ella. Adoraba la
literatura rusa, la música de Tchaikovsky
y, al mismo tiempo, se sentía fascinado e
identificado con el Sacro Imperio
Romano Germánico. Aquella Austria
pequeña y conformista de su juventud no
le decía nada. Añoraba la grandeza de
su país en otras etapas de su historia.
Entonces ya era un muchacho rebelde y
ambicioso.
El ejecutivo de la Skoda había tenido
una juventud muy agitada. Se alistó en
las juventudes católicas, entró después
en la SA, las tropas de asalto, y de ahí
escaló a velocidad de vértigo a las SS,
su sueño y aspiración juvenil. En 1935,
cuando sólo tenía 24 años, ya era
teniente y, más tarde, el todopoderoso
Heinrich Himmler le nombró capitán.
Aquel día fue uno de los más felices de
su vida y se paseó con su uniforme
altivo y orgulloso. No había obtenido un
grado superior porque era católico y eso
despertaba suspicacias. Lo que sí había
logrado, y presumía de ello, era
convertirse en uno de los primeros
miembros de las SS en Austria. «Los
diez primeros, los más altos, serán
miembros de las SS», gritó un oficial a
los muchachos de la SA. Y Spitzy
cumplía las dos condiciones para
enfundarse el siniestro uniforme negro.
Pero además de sus inquietudes
militares —llegó a obtener el título de
piloto—, el joven Reinhard no descuidó
su formación intelectual. Estudió dos
años en la Escuela de Ciencias Políticas
de París, donde se diplomó con mención
honorífica, y amplió estudios en Roma.
Le gustaba viajar y, pese a su
fascinación por el pasado glorioso de la
vieja Austria, disfrutaba también de las
ventajas que proporcionaban otros
escenarios más abiertos y modernos de
Europa.
Un año antes de obtener el grado de
teniente de las SS, el que sería nuevo
ejecutivo de la Skoda en Madrid había
participado en el golpe nazi en Viena, en
julio de 1938, y se había visto obligado
a exiliarse a Alemania, donde Rudolf
Hess lo reclutó para el cuerpo
diplomático alemán, una carrera
vertiginosa que terminaría en su
enigmático viaje a España. Un viaje que
años más tarde le iba a empujar hasta la
fría torre de un monasterio trapense en
San Pedro de Cardeña (Burgos).
El destino de este hombre católico y
creyente recién llegado a la capital de
España no lo había marcado Dios, sino
la terrible fobia que Joachim von
Ribbentrop tenía a los judíos. Como
embajador alemán en Londres,
Ribbentrop tuvo primero como
secretario a un príncipe vago e
ignorante, luego a un bruto de la SA, las
tropas de asalto, y finalmente a un
eficiente funcionario cuyo único e
incorregible «defecto» era tener una
abuela judía, algo que Ribbentrop no
podía soportar. La desgracia de este
último hombre llevó al joven Spitzy
hasta un puesto importante en Londres y
lo situó a la sombra de un personaje que
poco después acumularía un enorme
poder.
AMOR IMPOSIBLE
Así llegó Reinhard a la capital del
Reino Unido, una ciudad cosmopolita y
maravillosa a los ojos del joven
diplomático que se enamoró
apasionadamente de la hija de un lord,
toda una provocación para Ribbentrop,
que odiaba a los ingleses tanto como a
los judíos. «Usted no puede casarse con
una inglesa», le espetó malhumorado el
embajador. Spitzy era alemán —se había
nacionalizado tras dejar Austria—, nazi
y, además, miembro de las SS. Aquella
loca historia de amor tenía todos los
visos de terminar en escándalo.
El embajador, que trataba a Spitzy
como si fuera un hijo, quería acabar con
aquella relación y concertó un encuentro
de su secretario con Hitler con la
esperanza de que el Führer, informado
de todo, le obligara a abandonar a la
inglesa. «Mañana a las 10, tiene que ir
al barco del Führer. Le quiere hablar»,
le anunció Ribbentrop. No durmió en
toda la noche. «Cuando apareció Hitler,
ya estaba firme en la cubierta del barco.
Me quedé pálido como la muerte. Me
miró de un lado y del otro, y luego me
preguntó: “¿Qué hora es?”. “Las diez y
diez”, le respondí. Se dio la vuelta y se
fue», recuerda Spitzy[1].
Al regresar a la embajada,
Ribbentrop llamó a su secretario y le
preguntó: «¿Ha estado con el Führer?».
«Sí», respondió. «¿Y qué le ha dicho?»,
insistió su superior. «Me ha preguntado
qué hora era», contestó relajado el joven
enamorado. Spitzy había ganado la
partida por Ana, la hija del coronel y
lord británico. El nombramiento de
Ribbentrop como ministro de Asuntos
Exteriores y, en consecuencia, el regreso
a Alemania alejaron momentáneamente a
la pareja.
Spitzy vio a Hitler en varias
ocasiones y para asuntos más delicados
que sus devaneos amorosos en Londres.
Cuatro años antes de ese verano de
1942, en abril de 1938, Ribbentrop, ya
ministro de Exteriores, como se ha
dicho, envió a su secretario a una
importante misión: pedir a Hitler que
autorizara el envío de nuevos materiales
para las tropas alemanas que ayudaban a
Franco en la Guerra Civil española.
El encuentro se produjo en un hotel de
Salzburgo (Austria). Hitler, enfermo de
la garganta, lo citó para cenar en su
habitación y lo recibió envuelto en su
elegante bata. «Yo me moría de
admiración. Aquello era la cumbre de
mi carrera. Cuando leyó los papeles que
le mostré, me miró y me dijo: “No sé si
hemos hecho bien en ayudar a Franco.
Es el exponente del capitalismo y de los
banqueros. El pueblo está con los
socialistas. No creo que podamos
confiar en éstos [los nacionales], son
conservadores, reaccionarios y
aristócratas y el pueblo probablemente
está con los republicanos. Hubiera sido
mejor convertirlos de socialistas
internacionales en nacional-socialistas
españoles. Pero como hemos dicho A,
ahora no podemos decir B”. Cogió el
papel y lo firmó. Yo me quedé pasmado
al oír esas palabras», confiesa Spitzy,
que no las incluyó en su informe al
ministro porque temía la reacción de
Hitler.
Pese a que sólo tenía 31 años, antes
de llegar a Madrid Spitzy había vivido
momentos clave de la historia. Participó
en la entrada nazi en Austria, su país, a
bordo de un flamante Mercedes de color
blanco y lloró como un niño. Vivió la
conferencia de Múnich de 1938 y
escuchó de boca de Hitler algunas frases
que le inquietaron: tras la firma del
famoso acuerdo entre Alemania e
Inglaterra, Hitler visitó en su hotel a
Neville Chamberlain y le reiteró su
compromiso de que nunca habría más
guerra entre sus respectivos países;
habían pasado sólo veinticuatro horas de
aquella histórica declaración de
intenciones cuando Spitzy, que paseaba
tras Hitler y Ribbentrop, oyó una frase
del Führer que le sorprendió: «El
ministro le preguntó si aquella
declaración de paz podía modificar los
planes de Alemania, y Hitler le contestó:
“¡Este papel que hemos firmado no tiene
ninguna importancia! ¡Nada, en
absoluto!”. Eso me impresionó y me di
cuenta de que [el Führer] quería la
guerra. Quedaba claro que era un gran
jugador y que no iba a cumplir nada de
lo prometido».
UN GOLPE DE SUERTE
Un año después, en 1939, preso de un
cierto desencanto y empujado por su
apasionado amor por Ana, con la que
todavía se carteaba, el joven
diplomático dejó su carrera y se
incorporó a Coca-Cola. Ganaba un buen
sueldo y soñaba con casarse con la
aristócrata inglesa, con la que parecía
estar obsesionado. Pero la guerra, que
estalló seis meses después, tiró por la
borda todos sus proyectos. El día en que
se anunció el conflicto se tumbó en la
cama y lloró. «Perdía a mi novia
inglesa, perdía mis ingresos en Coca-
Cola, mi patria estaba en peligro».
Dos meses antes de que se iniciara la
guerra, el almirante Canaris, jefe de la
Abwehr, unidad de inteligencia militar
cuyo departamento Z se convertiría años
después en el principal foco de
resistencia al dictador, le había enviado
un aviso inquietante: «Va a haber guerra.
Y si hay guerra te quiero en mi oficina».
El pronóstico se cumplió y Spitzy
acudió a la llamada del almirante, al que
había conocido durante su etapa en el
Ministerio de Asuntos Exteriores.
Su dominio de varios idiomas fue una
de las razones por las que, de pronto, se
vio sentado en las oficinas del servicio
secreto leyendo telegramas descifrados
previamente por los expertos,
escribiendo cartas, comentando
escuchas telefónicas y hasta redactando
un diario de guerra de política
internacional. Una tarea similar a la
ejercida como segundo secretario del
ministro Ribbentrop, pero en una unidad
de inteligencia especializada y poderosa
como la Abwehr. Todo un reto que a
Spitzy le gustó.
En la sede de la Abwehr en Berlín, el
joven ex diplomático coincidió con los
jefes antinazis que junto a Canaris
prepararían años después el
espectacular atentado contra Hitler que
les condujo a la horca. Aburrido de la
burocracia del servicio secreto, le pidió
a Canaris que le enviara al frente y,
cuando estaba a punto de incorporarse a
su unidad, un accidente le impidió dejar
su confortable oficina berlinesa. Todo un
golpe de suerte, porque la compañía de
aviadores de la que iba a formar parte
fue liquidada por completo. Entonces
ignoraba que ese halo de fortuna le
acompañaría durante toda su vida.
MAX Y PIEDITA
Spitzy llegó a Madrid en el verano de
1942 gracias a un cúmulo de
coincidencias que dibujaron el esbozo
del que sería el perfil definitivo de su
vida. Una existencia intensa e
interesante para una persona que
acababa de cumplir sólo 31 años y ya
había tratado al Führer y trabajado en el
corazón de un sistema atroz que
pretendía cambiar el mundo por la
fuerza y crear una raza «perfecta».
Max Hohenlohe-Langenburg, un
príncipe austríaco, patriota convencido
de las ventajas de un Gran Reich
alemán, pero que mantenía contactos con
los ingleses y los americanos a causa de
sus negocios, fue el hombre que empujó
a Spitzy hasta la España de Franco, un
país devastado por la Guerra Civil, con
penurias económicas y cuyos nuevos
líderes sentían simpatía por la loca
carrera de Hitler.
Hohenlohe había conocido en Londres
al joven enamorado de la aristócrata
inglesa y guardaba de él un grato
recuerdo. En Berlín, en abril de 1942,
ambos volvieron a coincidir por
casualidad. Se encontraron en
Friedrichruh en casa de otro aristócrata,
el príncipe Bismarck, que al igual que el
inexperto espía de la Abwehr,
cuestionaba tímidamente el rumbo que
estaba tomando la guerra.
Hohenlohe estaba casado con Piedita
Iturbe, marquesa de Belvís, hija del
embajador de México en Madrid, y
única heredera de su madre, Trinidad,
condesa de Parsent, casada en segundas
nupcias. La condesa gozaba de una
enorme influencia en los círculos más
poderosos de la nueva España de
Franco. Max y Piedita vivían con sus
hijos en El Quexigal, una finca situada
en Ávila en la que habían invertido
mucho dinero para su reforma y
ampliación. Aquel lugar era un remanso
de paz y naturaleza que sólo rompían las
fiestas y reuniones de aristócratas y
empresarios de la época, en fuerte
contraste con lo que ocurría en Madrid,
que empezaba a reconstruir los barrios
devastados por la artillería nacional y
donde miles de personas pasaban
hambre y formaban largas colas con sus
cartillas de racionamiento en la mano.
Pero aquel escenario de penuria que
se vivía en Madrid no parecía inquietar
a esta familia, que continuaba con su
intensa vida social y viajaba por toda
Europa antes de que estallara la guerra.
Max era un hombre inquieto y
emprendedor que, por sus negocios,
tenía conexiones con los políticos más
importantes de occidente. Spitzy y el
príncipe se entendieron enseguida. Los
dos tenían en común su formación
burguesa y acomodada, eran
cosmopolitas y en aquel mes de abril de
1942, se mostraban críticos con la
política exterior de Ribbentrop.
Además, a ambos les inquietaba la
marcha del conflicto bélico.
Durante aquel encuentro en Berlín,
Hohenlohe, representante en España de
la empresa Skoda-Brunner, le ofreció a
su amigo la organización de una
inspección rutinaria de ambas empresas
de armamento. La unión de estas
compañías, denominada Waffenunion,
conformaba un bloque industrial
gigantesco que, además de armas,
fabricaba toda clase de componentes
industriales y tenía incluso una red de
mataderos. La Waffenunion era una
poderosa máquina al servicio del
dictador, pero el príncipe austríaco se
quejaba de que las SS se habían
apropiado de todas las empresas bajo su
influencia en España, incluyendo la que
él representaba, y le habían enviado a
sus oficinas de Madrid a dos espías, dos
secretarias, aparentemente inofensivas,
que le abrían la correspondencia y lo
vigilaban.
Spitzy no se pensó dos veces la
oferta. Le atraía viajar a Madrid y dejar
Berlín, sobre todo después de su
frustrado intento de combatir como
piloto. Aquel ofrecimiento inesperado le
abría la puerta de la triste y aburrida
oficina del servicio secreto en la que
descifrar telegramas en clave y traducir
textos se había convertido en una tarea
monótona y tediosa. Su amigo Hubert
Breisky estaba destinado en la embajada
alemana en Lisboa y eso también le
animó a viajar hacia el sur. Consultó a
Oster y a Canaris, sus jefes en la
Abwehr, y le confirmó a Hohenlohe su
deseo de aceptar el puesto. Pero salir de
Alemania en plena guerra no era nada
fácil, aunque se hubiera sido secretario
del mismísimo Von Ribbentrop. El joven
agente necesitaba el visto

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