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Libro PDF La luz difícil – Tomás González

La luz difícil - Tomás González

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entre mujeres siempre iban a ser un misterio para
los hombres. Lo cual no me dejó tranquilo, pues
hay maneras y maneras de estar tomado de la mano
con otra persona, pero lo fui olvidando hasta
cierto punto con los años.
La segunda vez fue cuando estuvo en Jamaica
con James y Debrah. Por algún motivo yo no pude
o no quise ir a ese viaje, y a James se le escapó
una anécdota en la que se insinuaba que Sara había
tenido una aventura con un muchacho de la isla.
También se lo pregunté, pero esta vez me dijo que
estaba loco, que como se me pasaba eso por la
cabeza. Sin embargo, hasta hoy algo me dice que
la aventura ocurrió. Sara no era cohibida ni mucho
menos, especialmente si se había tomado algunas
copas.
Aquello me dolió mucho tiempo, haya sido
cierto o no, y me produjo gran tristeza, pero
también terminé por superarlo.
Celos, tal vez.
En cualquier caso, sólo la vejez ya avanzada
disminuyó el deseo que sentimos siempre el uno
por el otro. Nunca he sido capaz de diferenciar
demasiado entre amor y deseo, así que puedo decir
que nos tuvimos mucho amor toda la vida. Y
siempre me alegraba de volver a verla, así la
separación hubiera sido de apenas unas horas.
Cuando llegaba a la casa, de regreso del ferry, ya
también ella había vuelto del hospital donde
trabajaba, y conversábamos un poco echados en la
cama; yo le contaba sobre lo que había visto en el
mar, y luego iba a ver como estaban Jacobo y los
muchachos.
Tres
Habíamos llegado a Nueva York en 1986. En
el 83 habíamos salido de Bogotá para Miami,
donde alcanzamos a estar tres años largos, de los
cuales no me arrepiento para nada, pues no fueron
malos. Yo había conocido Miami y los Cayos en
un viaje anterior, y quería trabajarlos en mi
pintura. Se puede decir que me fui para Miami en
busca del agua y de la luz. Los dos disfrutamos
mucho del mar durante aquellos tres años, aunque
padecimos la estrechez espiritual de la Miami de
esos días. Y al final resolvimos irnos con los tres
niños para Nueva York.
En Miami pinté una serie de paisajes al óleo,
estudios de la luz y el agua, quince cuadros de dos
metros por dos, con los cuales hice una exposición
en Cayo Hueso, y que se vendieron rápido y
relativamente bien. Algunos eran paisajes
abstractos del mar que se ve desde la carretera a
los Cayos; otros, del mar de Miami: del Farito, de
Crandon Park y del downtown.
Casi recién llegados, Sara y los niños se
compraron un catamarancito todo destartalado y
con él navegaban los fines de semana, sin alejarse
mucho de la costa, casi tocando la arena, mejor
dicho, pero gozando como si estuvieran
atravesando el Atlántico.
En Miami cumplí cuarenta y tres años.
Nos dijeron después, los pocos y buenos
amigos que allá tuvimos, que la ciudad estaba
cambiando mucho, que se había hecho menos
provinciana, que los rednecks se habían ido, que
la llegada de gente de otros países había mejorado
el ambiente y que incluso la nueva generación de
cubanos era un poco menos obtusa y asfixiante.
Bien podía ser. Así y todo, ni Sara ni yo habríamos
regresado.
Tampoco hubieran querido regresar los niños,
que después de dos años en Nueva York ya no eran
tan niños: Jacobo tenía dieciocho e iba a empezar
el primer semestre de Medicina en NYU; Pablo,
de dieciséis, estaba en un colegio de secundaria
alternativa en la Veintitrés y la Ocho, con
muchachos con aretes en nariz y orejas, y miraba
ya folletos de universidades, y Arturo tenía catorce
y se había empeñado en matricularse en La Salle
—cuya sede quedaba en la calle Segunda con
Segunda—, por la sola razón de que estaba a
media cuadra del que fue nuestro apartamento
después del de la 101, y así le quedaba más
tiempo para dormir.
Acostarse tarde, levantarse tarde, tocar
guitarra y dibujar sin parar era lo que le gustaba en
esos días. En fin. Fue bueno mientras duro, lo de la
Florida, pero también suficiente. Alcancé a
trabajar bastante; incluso el ambiente crudo e
inculto que reinaba en la Miami de esos días me
ayudo en cierto modo, pues pude sumergirme a
fondo en la burbuja que al fin de cuentas es mi
trabajo (o era mi trabajo, mejor dicho, pues hace
ya como año y medio, pasados los setenta y seis,
se me empezó a dañar demasiado la vista, deje de
pintar y me puse más bien a escribir con la ayuda
de una lupa).
En Nueva York primero vivimos en un
apartamento muy pequeño de la 101 West, a una
cuadra del Central Park. El parque era lo único
bueno del sitio, que quedaba en la frontera con un
ghetto de latinos pobres y había mucha bulla por
las noches, botellas quebradas, insultos a voz de
cuello en inglés y en español, una bruma humana
densa que no me dejaba dormir, especialmente
porque acababa de llegar de Miami —que parecía
construida toda al lado de canchas de golf—. De
pintar, ni soñar.
Fueron difíciles los primeros meses en Nueva
York, bien difíciles, no para Sara y los niños, para
mí, que tenía tanto requisito de luz, espacio,
silencio y demás tonterías que uno se inventa a esa
edad para complicarse la vida.
Por esos días yo no quería estar en Miami ni
en Bogotá ni en Medellín ni allí en la 101 ni en
ninguna parte. Salía temprano a caminar por el
parque durante horas y a repetirme que me tenía
que despabilar, empezar a trabajar, ponerles cara
más alegre a Sara y a los muchachos, que estaban
felices en Nueva York, aunque se preocupaban por
mi abatimiento.
Ella, que había conseguido empleo de
consejera en un hospital —en Colombia se había
graduado de socióloga—, se dio cuenta de que el
barrio donde estábamos era lo que me estaba
afectando el ánimo, su ambiente de ghetto tal vez,
y sin duda la falta de espacio del apartamento. En
la sala, la pata del caballete casi pegaba contra el
hombro de Arturo, tirado en el piso con su dichoso
Nintendo; y cuando los tres muchachos estaban en
la casa hacían mucho ruido, que, sumado al de la
calle, lograba que yo renunciara a caballete y
pintura y saliera para el parque a mirar los
árboles.
Me gustaban los árboles del Central Park,
aunque me producían nostalgia por los de mi país,
por las selvas de Urabá, que yo conocía tan bien,
pues uno de mis hermanos había tenido una finca
por esos lados y en ella había muerto. Éstos eran
bellos, sin duda, olmos o robles muy antiguos, por
ejemplo, pero casi como de juguete, comparados
con las ceibas y los caracolíes de Urabá, y me
daban un poco de tristeza.
En resumen, cuando no estaba en el parque me
había ido para Coney Island, a una hora más o
menos en subway, que descubrí muy pronto y me
deslumbró, como a todo el mundo. (Existe una foto
de Freud, deslumbrado también, creo, en el
entablado). Después, ya en el apartamento de la
calle Segunda, empecé la serie de paisajes
marinos de la bahía de Nueva York, entre ellos los
del mar de Brighton Beach y Coney Island.
Sara llegó una tarde del trabajo y me dijo:
—¿Querés ver un apartamento que me
alquilan? Es abajo, cerca de Houston. Segunda con
Segunda. Grande. Destartalado. Caro. Las
ventanas dan a un cementerio bellísimo. Marble
Cemetery, se llama.
Le pregunté que si tenía buena luz y me dijo
que sí, y nos fuimos a verlo con los muchachos.
Demasiado caro no me pareció, para el
tamaño, pero sí destartalado. Mejor dicho,
mugroso. Era cuestión de lavarlo, pintarlo y
fumigar las cucarachas. Ventanas grandes, luz
excelente. Sala muy espaciosa donde íbamos a
caber sin problemas los muchachos con sus
apéndices electrónicos, un sofá, dos sillones y mi
taller.
Y quedó muy bien. Fumigamos las cucarachas
y algunas se murieron, pero la mayoría se quedó
viviendo con nosotros. Uno encendía la luz por la
noche y allí estaban siempre, pequeñas,
numerosas, veloces, buscando rendijas para
ocultarse. La limpieza era estricta y yo las volvía a
fumigar cada cierto tiempo, les ponía borax, las
aplastaba con el zapato, y nada: cuando encendía
la luz, allí estaban todas. En los apartamentos
viejos estos insectos son tan inextinguibles como
la vida. Para acabarlos habría que demoler el
edificio y ponerles gasolina o napalm a los
escombros…
Me gustan las matas y tengo buena mano, así
que conseguí helechos y palmas, y muy pronto el
sitio estaba ya agarrando un aire selvático. En un
almacén de animales en Bleecker compramos por
doscientos dólares una lora, a la que los niños
pusieron Sparkly; chillaba como loca, pues nunca
se dejó domesticar, y volaba por todo el
apartamento. Años después conseguimos a
Cristóbal, el gato, que un día la asustó, y Sparkly
se escapó por una de las ventanas que daban al
cementerio. La lorita se quedó una semana
viviendo y chillando en los árboles; nunca quiso
regresar, a pesar de lo mucho que la llamábamos
por las ventanas. Hasta que se fue.
—A Suramérica —les dije a los muchachos,
para animarlos—. A comer chontaduros al Chocó.
—Chontawho? —preguntó Arturo, que no
conocía los frutos de esa palma y no perdía
oportunidad para tomar del pelo, así fuera en
momentos difíciles como aquél.
En el apartamento de la calle Segunda me
volvió el ánimo. Empecé a recorrer las costas
urbanas y semiurbanas de Brooklyn y Nueva
Jersey y a tomarles fotos y pintarlas. Pinté una
motocicleta que encontré medio sumergida en una
playa y cubierta de algas. Me gusta como lo que el
hombre abandona se deteriora y empieza a ser otra
vez inhumano y bello. Me gusta esa frontera. Esa
especie de manglar. Pinté una serie de ocho
trabajos con el tema de los cangrejos herradura, o
horseshoe crabs, que llegan a las playas de Coney
Island, se mueren, reposan en la arena y se vuelven
concha vacía y después polvo, rápido, junto con
las chancletas y pedazos de recipientes de plástico
que duraran, ellos sí, siglos, antes de volverse
también polvo.
El tema de esas pinturas, aunque nunca lo dije,
era obvio y grandioso y en todo caso muy
pretencioso o ambicioso o como quiera llamarse, y
tenía que ver con el tenebroso abismo del Tiempo.
Los cangrejos herradura no son bonitos, ni mucho
menos, y han atravesado millones de años sin
modificarse, como dicen que pasó con las
cucarachas y los cocodrilos. Alguna vez leí en
internet que tampoco son cangrejos. Se parecen a
los crustáceos, pero en realidad están más
emparentados con las arañas y los escorpiones.
Los fósiles más viejos de cangrejos herradura son
de hace más o menos cuatrocientos cincuenta
millones de años.
Las pinturas tenían sólo los toques de luz
necesarios para que alcanzara a presentirse la
forma del cadáver del pobre cangrejo. Y se
vendieron, sí, pero con enorme dificultad por muy
poco. Muchos años después empezarían a cambiar
de manos por sumas impúdicas de dinero. Colgada
en el estudio, todavía conservo una —la mejor,
para mi gusto—, que cada vez se vuelve más
imprecisa y abisal a medida que va decayendo mi
vista y voy avanzando también hacia el polvo.
—¿Un paso más allá en el tenebrismo, no?
Bueno, lo próximo será el cuadrito puro negro —
dijo Sara, para tomarme del pelo—. No me creas,
no me creas —agrego rápidamente—. Claro que
me gustan.
Fueron casi dos años de abundancia artística;
de una felicidad que traía su toque de angustia,
pues encontraba yo tesoros por todas partes, como
alguien a quien las piedras de los caminos de
pronto se le volvieran joyas. ¡Que iba yo a
presentir lo que venía! El infortunio es siempre
como el viento: natural, impredecible, fácil…
Estaba pintando mejor que nunca, y era tal la
intensidad de mi trabajo que a veces me olvidaba
hasta de fumar y tomar café. Pinté la moto cubierta
de algas, un poco tenebrista también, aunque ahora
con toques de color. En Nueva Jersey encontré un
triciclo oxidado de niño en un lote vacío al pie del
mar, y también pinté eso, muy grande, pero esta
vez con tanta luz que casi ni dejaba ver el triciclo.
(Hace dos años vi el cuadro en un museo de Roma,
a donde me invitaron para no sé que homenaje,
pero ya me tocó mirarlo de reojo, pues me había
empezado la enfermedad y tenía borroso el centro
de la visión. Me gusto, el triciclo, cuando volví a
verlo después de tantos años, pero hubiera querido
retocarle ciertas partes que habrían podido quedar
mucho mejor). También había empezado a tomarle
fotos a la montaña rusa en ruinas de Coney Island
—la que después tumbaron—, cubierta de
batatillas de flores moradas. Gloria de la mañana,
o morning glory, se llama en inglés esa
enredadera. Pensaba pintar una serie de cuadros
grandes, con detalles de la estructura y las flores
desde ángulos que sacudieran las jerarquías de
tamaños y perspectivas, y me liberaran del yugo
que impone el orden obligado de mirar hacia
afuera o hacia adentro. Era como si yo buscara
salir de un encierro y estuviera a punto de alcanzar
la luz, para respirar mejor. Preparé los lienzos
para la montaña rusa. Tendría que pintar bonitas
las flores, eso sí, no fuera que los cuadros dieran
demasiada guerra en el momento de venderse. De
algo había que vivir.
Es triste que ahora escriba los chistes que
hasta hace apenas dos años hacía cuando Sara
seguía viva. «Especie de chistes», habría
precisado ella en este caso. Justo entonces a un
taxi en el que venía mi hijo mayor lo estrello la
camioneta de un junkie borracho, en la calle Seis
con Primera Avenida, a menos de cuatro cuadras
del apartamento, y yo, y Sara

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