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Libro PDF La modista de Dover Street – Mary Chamberlain

La modista de Dover Street – Mary Chamberlain

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escuela Henry Fawcett. Quizá se uniera
a ellas. Estaba bien ser ágil y delgada, y
el uniforme podía hacérselo ella misma.
Después de todo ahora era modista y
ganaba un buen dinero.
Unió los labios para extenderse el
carmín, comprobó que las ondas se
mantenían en su sitio mientras se le
secaba el pelo, y cogió el espejo y lo
llevó al dormitorio. La falda de pata de
gallo marrón de tablas invertidas y la
blusa de color crema con el alfiler de
esmalte en el cuello: resultaba elegante.
Y el tweed era bueno, un retal de
Isidore, el sastre de Hanover Square.
Ada sólo tenía quince años cuando
empezó a trabajar allí. Cielos, qué verde
estaba entonces; recogía alfileres del
suelo y barría restos de telas, llevaba
las zapatillas grises por el jaboncillo y
su chaqueta era de segunda mano y tenía
las mangas demasiado largas. Su padre
decía que la estaban explotando, que el
capitalista gordinflón que llevaba el
establecimiento era un negrero y que
debía organizarse y defender sus
derechos. Pero Isidore le abrió los ojos:
le enseñó que el tejido vivía y
respiraba, que tenía su personalidad y su
propio carácter. La seda, decía, era
terca; el linón, hosco. El estambre era
duro; la franela, vaga. Le enseñó a
cortar la tela de manera que no se
frunciera ni se estropeara, le habló de
bieses y de orillos. Le enseñó a sacar
patrones y dónde marcar con jaboncillo
e hilvanar. Le enseñó a utilizar la
máquina de coser, los distintos hilos, a
colocar las modernas cremalleras de
forma que quedaran ocultas en la costura
y a coser ojales y dobladillos. «En
espiga, Ada, en espiga.» Las mujeres
parecían maniquís. Era un mundo
mágico. Cabello bonito y vestidos
brillantes. Incluso bragas a medida.
Isidore le enseñó ese mundo, y Ada lo
quería para ella.
Aún no había llegado allí. Entre su
madre, que le exigía una parte por
mantenerla, el autobús que tenía que
coger para ir a trabajar y el té que se
tomaba en Lyons con las chicas el día de
paga, cuando acababa la semana no le
quedaba gran cosa.
«Y no te pienses que puedes venir
a esta casa y ser la dueña y señora —
dijo su madre a Ada, levantando un dedo
manchado, los nudillos arrugados como
un gusano viejo— sólo porque pagas.»
Aun así, tenía que quitar el polvo y
barrer y, ahora que sabía cómo hacerlo,
ocuparse también de confeccionar la
ropa de la familia.
Ada sabía que esa vida de
economías y lendreras y prendas usadas
no era para ella. Se humedeció el índice
y el pulgar, recogió las medias Bemberg
con puntera y talón y se las puso,
subiéndolas poco a poco —«procura no
hacerles ningún enganchón»— de
manera que la costura le quedara bien
recta por detrás. La calidad se nota; las
apariencias son importantes. Mientras su
mejor ropa estuviese bien, nadie podría
tocarla. Los labios apretados, la cabeza
alta, «disculpe». Darse aires, y bien.
Ada llegaría lejos, lo sabía, también
sería alguien.
Apoyó el espejo en la chimenea y
se peinó el pelo castaño. Se puso el
sombrero, un casquete marrón de fieltro
que le había confeccionado uno de los
sombrereros en el trabajo, y se lo echó
hacia delante y hacia un lado. A
continuación se enfundó los nuevos
escarpines marrones y, tras poner el
espejo en alto e inclinarlo, se retiró un
tanto para ver el resultado: perfecto. A
la moda. Pulcro.
Ada Vaughan salvó de un salto el
umbral, aún húmedo de los restregones y
el polvo de minio de esa mañana. El
cielo era denso, los cañones de las
chimeneas lanzaban bocanadas de hollín
al aire. La hilera de casas recorría la
calle entera, la carbonilla adherida a los
característicos ladrillos amarillos y a
los visillos marrones, que trataban de
escapar por las ventanas abiertas con el
viento trabado de la ciudad. Se tapó la
nariz con la mano para que la
inmundicia del Támesis y la ceniza de
las fábricas de fundición de grasas no se
le metieran por la nariz y dejaran mocos
negros en los pañuelos que se había
hecho, con las iniciales A. V. bordadas
en una esquina.
Camina que te camina por Theed
Street, las puertas de la calle abiertas,
se podía ver el interior, unas casas
respetables, limpias como una patena, un
buen sitio; había que ser alguien para
poder arrendar una vivienda allí, decía
siempre la madre de Ada. Alguien, ¡ja!
Sus padres no reconocerían a uno de
esos «alguien» aunque les diera un
sopapo. Quienes eran alguien no vendían
e l Daily Worker a la puerta de Dalton
los sábados por la mañana, ni rezaban el
rosario hasta hacerse callos en los
dedos. Quienes eran alguien no se
hablaban a gritos o se pasaban días
enfurruñados sin decir ni pío. Si Ada
tuviera que elegir entre su madre y su
padre, escogería sin dudarlo a él, a
pesar de su genio y sus frustraciones. No
quería ganar el cielo, sino la salvación
aquí y ahora; un último empujón y el
edificio de prejuicios y privilegios se
derrumbaría y todos tendrían el mundo
que Ada anhelaba. La salvación de su
madre llegaría tras su muerte y una vida
de sufrimiento y dolor. Los domingos, en
la iglesia, Ada se preguntaba cómo
alguien podía hacer de la miseria una
religión.
Camina que te camina por delante
del parque de bomberos y de los sacos
terreros para emergencias que había
apilados fuera. Pasó por el teatro Old
Vic, donde había visto Noche de Reyes
en un asiento para ella sola cuando tenía
once años, embelesada con el lustroso
vestuario de terciopelo, el olor de las
bombillas y las mondas de naranja.
Sabía, lo sabía, que en ese escenario,
con su decorado pintado y sus luces
artificiales, había un mundo tan real y
vasto como el propio universo.
Maquillaje y fantasía. Malvolio la hizo
feliz, ya que, al igual que ella, ansiaba
ser alguien. Siguió adelante, bajando por
London Road, dando la vuelta a St.
George’s Cross y metiéndose en
Borough Road. Su padre decía que iba a
haber guerra antes de que acabara el
año, y su madre cogía panfletos y los
leía en alto: «Cuando oiga la sirena,
mantenga la calma…».
Camina que te camina, Ada llegó al
edificio y levantó la cabeza para ver las
letras negras en relieve: INSTITUTO
POLITÉCNICO DE BOROUGH. Jugueteó con
el sombrero, abrió y cerró el bolso, se
aseguró de que tenía las costuras rectas
y subió la escalera. Le sudaban las
axilas y los muslos, un sudor provocado
por los nervios, no la humedad limpia
de cuando uno corría.
La puerta de la habitación 35 tenía
cuatro paneles de cristal en la mitad
superior. Ada miró por ellos: habían
apartado las mesas a un lado, y seis
mujeres formaban un semicírculo en el
centro. Estaban de espaldas a la puerta y
miraban a alguien que tenían delante.
Ada no veía a quién. Se limpió la mano
en la falda, abrió la puerta y entró en la
sala.
Una mujer pechugona, con un collar
de perlas y el cabello gris recogido en
un moño, salió del semicírculo y abrió
los brazos.
—¿Y usted es…?
Ada tragó saliva.
—Ada Vaughan.
—¡Desde el diafragma! —gritó la
mujer—. ¿Cómo se llama?
Ada no sabía a qué se refería.
—Ada Vaughan. —La voz se le
estrelló contra la lengua.
—¡¿Acaso somos un ratón?!
Ada se ruborizó. Se sentía
pequeña, estúpida. Dio media vuelta y
echó a andar hacia la puerta.
—No, no —exclamó la señora—.
No se vaya. —Ada se disponía a coger
el pomo cuando la mujer le puso la
mano sobre la suya—. Quédese, ya que
ha venido hasta aquí.
Tenía la mano caliente y seca, y
Ada vio que llevaba las uñas cuidadas y
pintadas de rosa. La llevó con las demás
y la situó en el centro del semicírculo.
—Soy la señorita Skinner. —Sus
palabras resonaron claras, como una
melodía, pensó Ada, o una paloma de
cristal—. ¿Y usted?
La señorita Skinner estaba tiesa,
toda pechos, aunque tenía la cintura fina.
Ladeó la cabeza, el mentón adelantado.
—Dígalo con claridad. —Sonrió,
asintió. Después de todo, su rostro era
amable, aunque la voz fuese estricta—.
Ar-ti-cu-lan-do.
—Ada Vaughan —repitió ella, con
convicción.
—Puede que parezca un cisne —
afirmó la señorita Skinner, dando un
paso atrás—, pero si habla como un
gorrión, ¿quién la tomará en serio?
Bienvenida, señorita Vaughan.
Se puso las manos en la cintura.
Ada supo que llevaba faja: ninguna
mujer de su edad tenía una figura así sin
ayuda. Cogió aire, «mmmmm»,
tamborileó con los dedos en la cavidad
que se creó bajo las costillas y abrió la
boca:
—Do, re, mi, fa, sol. —Sostuvo la
última nota, lanzándola como la
chimenea de un barco hasta que en el
aire únicamente quedó un eco. A
continuación relajó los hombros y soltó
el resto del aire con fuerza.
«Son los pechos —pensó Ada—,
seguro que guarda ahí el aire, los infla
como si fuesen globos.» Nadie podía
coger tanto aire, no era natural.
—Pónganse rectas. —La señorita
Skinner dio un paso adelante—. Barbilla
alta, trasero dentro. —Fue recorriendo
el grupo, y al llegar a Ada le puso una
mano en los riñones y con la otra le
levantó la barbilla—. A menos que
estemos rectas —la señorita Skinner
echó los hombros atrás y enderezó el
pecho—, no podremos proyectar. —
Hacía vibrar las erres como unos
platillos del Ejército de Salvación—. Y
si no podemos proyectar —añadió la
señorita Skinner—, no podremos
pronunciar. —Se volvió hacia Ada—:
Señorita Vaughan, ¿por qué desea
aprender elocución?
Ada notó que el calor le subía por
el cuello hasta las orejas, supo que se
estaba poniendo roja. Abrió la boca,
pero no pudo decirlo; la lengua se le
dobló. «Quiero ser alguien.» La señorita
Skinner asintió de todas formas: ya
había visto a chicas como Ada.
Ambiciosas.
—Cuando te vi tan elegante creí que
eras una clienta —dijo la honorable
señora Buckley. Que la tomaran por una
clienta. «Vaya.» Sólo tenía dieciocho
años cuando empezó allí, en septiembre.
Ada aprendía deprisa.
La honorable señora Buckley se
hacía llamar madame Duchamps.
Caderona y alta, con las uñas pintadas y
pendientes discretos, deslumbraba
cuando decía cosas como couture y
atelier y París, ¡ah! Hojeaba las
páginas de la revista Vogue y
confeccionaba vestidos de gala y de
fiesta con rollos de seda y chenilla, que
ponía y prendía con alfileres a esbeltas
debutantes y a sus corpulentas carabinas.
Ada aprendió el oficio de la mano
de Isidore, y a ser audaz, de la señora
B., como la llamaban las demás chicas.
Si Isidore era sabio, amable, divertido y
genuino, a la señora B. la caracterizaban
el ingenio y la astucia. Ada estaba
segura de que la honorable señora
Buckley no era ni honorable ni señora, y
su complexión era tan falsa como su
nombre, pero eso no la detenía. Lo que
ella no supiera de la silueta femenina y
de la caída de una tela no merecía
figurar en ninguna parte.
La señora B. estaba por encima de
Isidore. París: ésa era la ciudad que Ada
quería conquistar. Llamaría a su casa de
modas «Vaughan». Era un nombre
sumamente elegante, como Worth o
Chanel, pero con caché británico. Ésa
era otra palabra que había aprendido de
la señora B., «caché». Estilo y clase en
uno.
—¿Dónde aprendió tanto francés,
madame? —Las chicas siempre

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