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Libro PDF La mujer de la nieve Larrú

La mujer de la nieve - Larrú

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aparatoso como había temido. Le puso una gasa
con un trozo de esparadrapo y le dio una pomada
para el chichón. Mientras Alberto parecía que
recuperaba el calor en el cuerpo y empezaba a
hablar:
—Venía a la cena y por el camino me encontré con
esa mujer, estaba medio desnuda, quise ayudarla…
¿no estaba allí conmigo? —preguntó mirando a
Gabriel moviendo con rapidez los ojos.
—No había nadie, colega.
—Cuando fui hacia ella me caí, ella se acercó, era
joven, guapa, de pelo negro y largo —insistió
Alberto.
—No había nadie, te lo aseguro. Y casi te he visto
a ti de milagro, porque de repente, he atisbado un
bulto por el rabillo del ojo, menos mal.
— Le dije que me diera una mano pero no era
capaz de cogerla y se acercó más a mí. Sus ojos
eran muy negros… luego me mareé, creo.
—Cuando te he encontrado estabas inconsciente.
Entonces habló Pablo dirigiéndose a Alberto:
—Has tenido la suerte de que Gabriel se ha
empeñado en salir a la taberna de Tau a comprar
una botella de pacharán para la sobremesa, si no te
quedas tirado en la nieve toda la noche.
—Pero Pablo, me hubierais llamado si no llego a
la cena, ¿no?
—No sé, porque como dijiste que no tenías
muchas ganas de venir, igual no… buf, no lo sé,
macho…
—Esa mujer ¿dónde estará? —recordó Alberto
una vez más.
—¿Estás seguro de que viste a una mujer? Igual la
viste cuando estabas inconsciente… a veces
tenemos ensoñaciones en ese estado—comentó
Santi.
—No, estaba allí , estoy seguro y me habló cuando
estaba tirado en el suelo, no lo imaginé—dijo
queriéndose levantar.
Gabriel le palmeó la espalda y le dijo:
—Vale, vale , tranquilo, quédate tumbado más
rato. Mira, vamos a terminar de preparar la cena,
¿tienes hambre?
—La verdad que no, aunque un poco de caldo
igual…
—Bien, tu tranquilo aquí y si necesitas algo nos
llamas.
Alberto se quedó solo en la estancia y cerró los
ojos. Estaba muy convencido de haber visto a la
mujer en la nieve y no podía quitar aquella imagen
grácil de su mente. Sintió sed y abrió los ojos para
ver si su amigos habían dejado algún vaso de agua
en la mesita de al lado del sofá. Comprobó que no
era así. Se reclinó para mirar si en la otra mesa de
la parte de atrás había y entonces, de nuevo, vio el
rostro inolvidable de la chica de la nieve a través
del cristal de la ventana del salón que provocó
que irremediablemente diera un grito gutural.
Los otros tres hombres enseguida aparecieron a su
auxilio y miraron hacia dónde Alberto señalaba:
—Es ella, la mujer de la nieve —dijo
levantándose de golpe y yendo hacia la puerta que
daba a la calle.
La abrió y se dirigió a grandes zancadas hasta ella
que sonreía y estaba quieta. El le tendió una mano
y le suplicó:
—Por favor, entra, vas a morir de frío.
Ella movió su mano hacia él y se la tomó, Alberto
la notó extremadamente fría y tiró de ella con
suavidad, entraron juntos a casa.
Los otros tres hombres miraban asombrados y sin
mediar palabra a la mujer descalza, con un ligero
camisón que se adentraba al salón junto a su amigo
Alberto.

3.-INCÓGNITAS
Alberto acomodó a la mujer en el sofá y con una
de las mantas con las que él se había tapado la
cubrió. Se sentó al lado de ella y le habló:
—¿Cómo te llamas?
Ella pareció pensar la pregunta, luego sonrió y al
querer articular palabra tuvo que carraspear:
—Johanna ¿y tú?
—Alberto y dime, Johanna, ¿qué es lo que te ha
ocurrido?—le preguntó mirándola con vehemencia
a los ojos.
Ella pareció volver a pensar la pregunta que le
hacía el. Le miraba y le sonreía. Alberto no
recordaba que los ojos de la chica fueran azules,
los recordaba negros cuando ella se acercó y le
habló en la calle. Sin embargo, en aquellos
momento los veía, sin duda alguna, de un azul
envolvente como el cielo de una mañana de verano
en la sierra, se dijo dejándose llevar por su
mirada. Ella al fin contestó:
—No lo sé.
Alberto se giró hacia sus amigos con el rostro
preocupado como queriendo decir “ayudarme”.
Gabriel se acercó y se dirigió a ella:
—Me llamo Gabriel, soy amigo de Alberto,
puedes estar tranquila porque aquí estás como en
casa.
Johanna asintió y suspiró. Gabriel se acercó un
poco más confiado y le preguntó si quería tomar un
caldo o un café o leche caliente, “tienes que entrar
en calor” comentó.
—No lo sé… Elige tú.
Gabriel, perplejo, se giró en dirección a la cocina,
le siguieron Pablo y Santi que habían permanecido
a la expectativa. Alberto no podía apartar la vista
de la chica que a su vez le miraba a él sin dejar de
sonreírle, ella sacó una mano de entre la manta y la
acercó hasta la cara de él.
—Gracias.
Alberto notó que le enrojecían las mejillas tan
sólo por el contacto sutil de su piel. Pensó que
parecía como si fuera la primera vez que tocaba a
una mujer. El la cogió de los dedos con torpeza y
le contestó:
—No hay de qué, ahí fuera ibas a morir. Pero,
Johanna, ¿por qué desapareciste ahí fuera? Sólo
recuerdo que cuando quería levantarme no podía…
—entonces le vino la imagen de querer alcanzar la
mano de la chica y traspasarla, por dos veces, y
paró de hablar al recordar lo extraño de lo
sucedido además de sentirse la convicción
profunda de que había ocurrido.
—Me llamaron y tuve que irme… —explicó
bajando la voz— cuando volví ya no estabas pero
seguí tus huellas hasta esta casa.
— ¿Quién te llamaba?¿Huellas?
—Se me da bien… lo de seguir pistas, sobre todo
en la nieve.
—¿De dónde eres, Johanna?
—No has estado, está muy lejos, diríamos que más
allá de lo que conoces —dijo dejando caer los
párpados con solemnidad.
—Pero, ¿dentro o fuera de España?
—Eh… diríamos que fuera o bueno… dentro, hay
conceptos que ni yo los tengo muy claros —dijo de
pronto en una carcajada que sorprendió a Alberto
por doble partida, por la respuesta y el sonido. Era
una risa tan inocente y sincera como la de
cualquier niño, le recordó a su sobrina Luna
cuando la hacía cosquillas.
Aquella mujer resultaba fascinante, de las mujeres
que él había y conocía en el pueblo y de las que
había y veía cuando había ido a la capital, sin
atisbo de duda ella tenía algo, o tal vez toda ella,
que la hacía especial. Volvieron al salón los tres
amigos, Gabriel con un tazón de caldo y Pablo con
algunas ropas en las manos. Santi, silencioso y
serio, fue hasta la chimenea y empezó a atizar el
fuego.
—Te traigo este pantalón y sudadera, están algo
raídos pero creo que te pueden servir, eran de mi
hermana Lola cuando vivía aquí y mira ha venido
bien que no me diera por tirarlos —explicó Pablo
tendiéndole la ropa a Johanna.
Ella cogió las prendas, las acarició y dijo:
—Gracias, gracias, me gustan mucho.
Pablo y los demás la miraron bastante
desconcertados comentando éste:
—Ya te conseguiremos algo mejor.
Entonces habló Alberto:
—¿Estás cansada, quieres dormir?
—Siento pesadez en las piernas y brazos —dijo
con los dedos aún entre la mano de él.
—Deberíamos dejar que duerma —y dirigiéndose
a Pablo añadió— ¿la llevo a la habitación de tu
hermana?
El aludido asintió y dijo que la cama estaba hecha.
Alberto cogió en brazos a Johanna y fue hasta las
escaleras que llevaban a la habitación de Lola.
Johanna entrecerró los ojos y susurró un gracias
apenas indescriptible. En la habitación, la dejó a
solas para que se cambiara el camisón que ella
traía por lo que le había dado Pablo.
Diez minutos después, repiqueteó con los nudillos
en la puerta llamándola, al no recibir respuesta, la
abrió con precaución. Estaba ya metida en la cama
y Alberto la arropó, Johanna se había dejado
llevar por el sopor totalmente y respiraba ya
pausadamente. Se quedó unos momentos más
observándola. Le pareció tan delicada, tan
hermosa, con esa tez blanca y suave como una
orquídea. También muy enigmática, todo lo
ocurrido con ella resultaban incógnitas y también
temor, como por el cambio de color de sus ojos y
haber traspasado su mano como si fuera invisible.
“¿Será todo producto del golpe en la cabeza?” se
preguntó tocándose el chichón. Se dio la vuelta,
salió y cerró despacio la estancia. “Creo que yo
también necesito descansar” dijo bajando las
escaleras hacia el salón.

4.- EN EL SILENCIO DE LA
NOCHE
En el salón le esperaban los tres amigos sentados
en el sofá en silencio. Alberto se quedó en mitad
de la estancia también callado, sin saber qué decir.
Johanna le desconcertaba.
El primero que dijo algo fue Gabriel en voz baja,
con precaución:
—¿Se ha dormido?
—Sí, en cuanto se ha metido, debía estar
extenuada.
—Esperemos que mañana nos diga algo más
porque no parecía segura de saber ni si se llamaba
Johanna.
Santi que había permanecido callado desde el
principio abrió la boca por primera vez:

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