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La noche estrellada Jack Hill

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mismo resultado, sacó la llave y abrió.
Un olor a cerrado lo envolvió en cuanto puso el pie en el apartamento. Guiado por la intuición palpó la pared en busca del interruptor. Cuando se hizo la luz,
Sebastian se encontró con un salón sencillo, femenino y de colores vivos. Tres sillas, una mesa ovalada de madera, un sofá desgastado con un tapizado de serpientes, y
una fina capa de polvo por toda la estancia. Las inquilinas no se desvivían por la limpieza.
Sebastian se adentró por el pasillo hasta encontrar una puerta abierta. Gracias a una fotografía de ambas hermanas colgada de la pared supo que se encontraba en
la habitación de Ivonne. Sebastian no anduvo con remilgos,. Empezó abriendo los cajones de un pequeño escritorio de madera barata. Lápices, bolígrafos, y un
diccionario de inglés-español. Colgado de la pared, junto a la fotografía con su hermana, había un cartel fabricado a mano que decía “Puedes hacerlo” con rotulador. A
unos dos palmos de distancia, una fotografía del elenco de Friends, la serie televisiva de la que Sebastian no recordaba haber visto algún episodio. Más abajo, destacaban
una serie de fotografías. Aparecía gente de una edad similar a la de Ivonne, de fiesta en algún club. En otra foto, a su lado estaban dos jóvenes morenos, con pinta y
actitud entusiasta. Uno de ellos llevaba un pañuelo en la cabeza.
A continuación, abrió los cajones de la mesilla de noche para encontrar la ropa interior de Ivonne, y algunos calcetines gruesos. Se hizo con un pañuelo morado y
lo aspiró para saber el olor de Ivonne. Olía a un perfume en exceso dulzón. Se lo guardó en el bolsillo de su abrigo.
Sin grandes esperanzas, deshizo la cama y echó una ojeada debajo. Al agacharse sintió un ligero mareo que atribuyó a la debilidad de su cuerpo. Le llevó unos
segundos recobrar la visión.
Después abrió las puertas del armario de par en par. No era más que una colección de vestidos, blusas, pantalones, faldas plisadas y una chaqueta de látex que
parecía costosa. Ivonne era una chica corriente en un mundo que le había dado la espalda. Examinó todos los bolsillos en busca de alguna pista, pero no encontró más
que chicles, pañuelos y un tampón. Con los brazos en jarras paseó la mirada por toda la habitación, preguntándose si había algo más que inspeccionar. No había más
que desorden y ninguna pista. ¿Sería posible encontrar a una persona que llevaba desaparecida un mes? ¿Acaso no se decía que las primeras veinticuatro horas eran
cruciales?
En el otro dormitorio encontró un periódico fechado dos días antes. Debía pertenecer a la compañera de Ivonne, que supuso, sin nada que lo sugiriese, que
también sería mexicana. Un cojín colocado sobre la almohada de la cama llevaba bordado el nombre: Blanca. Las paredes estaban pintadas de un color gris desvaído, el
mismo color que usaban los visillos mal fruncidos de la ventana. Encontró un libro de meditación a medio leer sobre la mesilla de noche. Luego de ojearlo, husmeó
también por los cajones y el armario empotrado con el mismo éxito que en el dormitorio de Ivonne. No había nada que le encendiera su bombilla imaginaria. O quizá se
había oxidado.
Examinó el cuarto de baño y la cocina. Al abrir la nevera, se encontró comida guardada en fiambreras: se trataban de unos frijoles con arroz que parecían
recientes. Era evidente que Blanca seguía viviendo en la casa. Sebastian abrió una de las puertas de la alacena y se apoderó de una bolsa de Doritos. La fecha de
caducidad invitaba a darse un homenaje sin nefastas consecuencias para la salud.
Al segundo, las mandíbulas crujían mientras se dirigía al dormitorio de Ivonne. Sebastian se tumbó sobre la cama y continuó con su festín de calorías y picante.
Incluso rasgó el envoltorio y lamió las partículas como si se tratase de su última cena.
En medio del silencio ensordecedor de la noche, Sebastian se quedó mirando el techo esperando encontrar el sueño, sin embargo, el sonido metálico de una lata
atrapó su curiosidad. Frunció el entrecejo y apagó la luz.
Sin levantarse de la cama miró a través de la ventana escondido en la penumbra apartando levemente el visillo, como una vieja cotilla. La calle estaba desierta,
inmóvil, como si hubiera sido así desde el principio de los tiempos. Las sombras cubrían la mayor parte de la fachada, pero la exigua luz de una farola alumbraba el
peldaño de un portal oscuro y profundo. Y de ahí sobresalían las puntas de unas zapatillas deportivas apuntando a la ventana.
Se levantó de la cama, sacó a su fiel compañera del abrigo, la Beretta 9 mm. Comprobó que estuviese cargada y la escondió ba

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