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Libro PDF La paredes hablan Carmen Boullosa

La paredes hablan  Carmen Boullosa

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mí, la vida recomienza. Soy la memoria que
excede a las palabras, soy la mirada. La luz,
las sombras, el piso, las paredes de quienes
soy materia, son conmigo. El cielo se abre
sobre el patio y la azotea, impávido, puro
asombro, un milagro. Despiertan los dos
callejones, a mi frente y espalda, venas de
piedra bola y grava, y con ellos las ventanas,
las rejas, las chapas con sus orificios, el yeso,
las tejas, los buzones, las aldabas, los timbres
e interfonos de las vecinas. Soy el oído. Llena
de mí, sitiada en mi epidermis, sé que nada
bueno traen los callejones, las noticias llegan
revueltas; el detalle, el chisme, el rumor, el
secreto van mezclados con lo que se dice a
cuatro voces. Por un momento, abotagada
me dejo llevar por el letargo, sucumbo ante el
ahogo, caigo en una lerda, amodorrada
inconsciencia.
Alzo la vista: el sol, implacable y cruel,
espera con su hacha, el borde afilado por el
tiempo. Escapo bajando los ojos, me fugo;
huyo del abrazo de grava, rumores, polvo,
ruido desordenado y hacinamiento caótico;
me recojo. Desde el patio, vuelvo a mirar el
cielo: el sol sigue ahí, golpeándome con su
luz letal. El aire lo obedece, despeja, desaloja
arenilla fastidiosa, basura ligera. Limpia para
poner punto final.
En la visión y en mí tirita una cálida
zozobra, palpita, se sacude, pierde el ritmo,
recomienza. En nosotros vivimos,
arrebujados.
Cobro voz. Me salgo de mi ronco pecho.
Recuerdo. Sé quién soy. Sé quiénes eran y
son los que aquí han vivido. Yo soy la piedra
que se levanta de la inercia, sale de la muerte,
escapa al tiempo. Soy Casa Espíritu. Aquí me
doy voz.
El tiempo me come. Soy una piedra en
llamas. Nos ha ocurrido algo que no sé poner
en palabras. Recurro a la metáfora: alguien ha
encendido un cigarro cuando estábamos
barnizando el piso, y el oxígeno, fuente de
vida, ha estallado. Lo que nos queda es
resistir brincando sin respirar, como presos
bañados por balas custodias, o aventarnos
por las ventanas al vacío.
Tengo que darme vida con palabras, en una
lengua necesaria.
Para empezar, cuento con el muérdago y
con un cadáver: la hija que, dicen, asesinó su
padre.
La temporada del muérdago
En la temporada del muérdago, Casa Santo
alojaba al señor Gutiérrez, y aquí, Casa
Espíritu, era el refugio último de los Vértiz.
Esa mañana hacía un calor exagerado,
inusual. No había llovido en semanas. El
polvo, por naturaleza nómada, se había
apoltronado con pereza, casi fijo, casi sólido,
era costra frágil, craquelada. Las nubes,
tímidas, apenas se dejaban ver de vez en vez,
muy allá a lo lejos, sin vigor para siquiera
tornarse grises. Blancuzcas, como novias
virginales de impotentes o castrados, parecían
rezonas que van a la iglesia sin fe, resignadas
a pedir siempre, a sabiendas de que no habrá
na-a-na-á para ellas, temerosas, pusilánimes,
cobardes, cenicientas esfumándose cuando da
la hora.
Pensábamos que ni para qué esperar con
esperanza el atardecer, hacía cuánto que las
luciérnagas se habían evaporado, como las
hojas del pasto estaban secas, las hembras
opacas no podían posarse –¡pus dónde!–
para esperar el latido luminoso de sus
machos. Las mariposas, ralo vapor amarillo,
parpadeaban cerca de las maltrechas flores,
fieles a su vocación de milagro. Los gatos de
los vecinos reposaban su sopor impúdicos en
mi techo, tendidos a todo su flaco largo, más
parecían prendas de vestir o adornos que
seres medio vivos. Los colibríes se olvidaban
de agitar sus alas, la luz sentía pereza ante sus
tornasoles; alguno caía de pronto al piso, ya
no sería el retornar de un guerrero muerto en
la batalla, sólo pura carne pudriéndose, y ahí
las moscas, hartas, zumbando lentas, gordas,
casi al ras del piso, pero ni volantes ni caídos
se les acercaban los gatos. Éstos han perdido
su instinto de cacería, los perros el apetito sin
medida, las pulgas su pulsión de picar.
Todo ocurre en un presente perpetuo:
Las lagartijas están varadas, ni suben ni
bajan sobre sus extremidades, las colas son
parte de sus lomos, perdida su necesidad de
soltarlas para distraer al enemigo con el
miembro móvil y escapar. Parecen manchas
en el yeso. Dan asco.
Ratas, cucarachas, mosquitos y hormigas
ganan el territorio a las arañas y otros, no al
run-run de los coches, presente aunque
también se oiga amortiguado como si a los
motores se les hubiera metido el calor por el
mofle.
Frente al zaguán, Callejón del Fuego
zozobra en el calor. Desde el trazo original,
la cruz y el árbol entorpecen frente a mi
portón el paso. La cruz de piedra (antes del
1600 tallaron sobre ella glifos y flores indias,
en su eje la cara de un Jesús sonriente de ojos
redondos y barba larga) que el padre Acosta
me sembró enfrente albeando el siglo XIX, las
fachadas sobrias, que han ido expandiéndose
a todo lo largo del callejón, cerrando los
abiertos jardines, y el empedrado de piedra
bola de río (sobre su cama de tepetate y
arena) irradian pereza violenta, permanecen
impasibles mientras, frente y sobre ellos,
corren aceleradas las partículas rotas de
cansancio que traen las nuevas del resto de la
ciudad: en ellas todo es violencia, rotura, un
estallido sordo. No, no uno: veinte millones
de estallidos sordos, o veintidós, según quien
lleve la cuenta de cuántos viven aquí, en el
Valle, en la región más transparente del aire.
Arbustos y yerbas resecos quieren aire,
agua, sombra. Los árboles, por pundonor, se
fingen impertérritos, pero cualquier ojo
astuto puede leer la sed en ellos. Las hojas
truenan, reventadas de sequedad; las
florescencias se malogran; los frutos pierden
cuerpo antes de madurar, llegan viejos y
arrugados a su gastada juventud,
desprovistos de la húmeda parafernalia.
El olmo, que a medio callejón es, con la
cruz, nuestro singular escollo, después de
haber escapado tenaz a la plaga del escarabajo
barrenador (la letal grafiosis), en mala hora
carga con la inefable amarillenta plaga, el
hipócrita muérdago que finge vida. ¿Qué
tordo malaventurado ha dejado caer en las
axilas del olmo las semillas del muérdago? ¿A
quién poder culpar de este verde mensajero
de muerte?
Porque sólo el muérdago se aventaja con
este clima. La parásita crece a costa de los
truenos, colorines, ficus y pinos; montada en
ellos echa nuevos brotes con una rapidez que
contradice su naturaleza vegetal, bestia entre
las plantas. Sus opulentas ramas, sus drupas
gorditonas y flores espurias se reproducen de
lo lindo con el seco calorón. El muérdago
crece asfixiando a la planta huésped
persistente, hipócrita como el invitado que
finge sobre el rico mantel su amistad y su
entusiasmo agradecido, mientras bajo la mesa
cobra la cuota letal de su envidia, se venga,
primero acariciando la pierna de la bella hija
idiota, después… Pero ésa es otra historia.
Adentro, la penumbra nos protege hasta
un cierto punto. No somos inmunes al clima
despiadado. Mis anchos muros no bastan
para mantenernos frescos. Stevenson, el
obeso gato blanco, duerme su siesta eterna.
Quién lo creyera el responsable de los
rasgones que adornan el tapiz de los sillones.
Cuál uñas, él es la blandura de un sueño
perezoso. Está tuerto, no hay cómo
corroborarlo, esconde la cara en el ruinoso
cojín, convencido de que a mayor oscuridad,
menor calor. Arrebujado, también oculta los
trechos donde se ha ido quedando sin pelo,
porciones de su cuerpo son pura carne pelada
en la que se ensañan urticarias y mosquitos.
Conrad, el viejo perro, mudo –perdió las
cuerdas vocales por un tumor–, desafía su
raza (fox terrier pelo liso), no responde a
ningún estímulo, cuál ladrar, saltar, menear la
cabeza, mostrar los ojos saltones; ahí está, al
pie de Stevenson, blanco y negro, un
pequeño ya no nervioso, la visita al
veterinario habría dicho que llegó la hora del
sacrificio, pero ni quién lo lleve al galeno –
cobra quinientos pesos la consulta, en Casa
Espíritu no sobra el dinero–, doña Luz le
prepara con hierbas emplastos, los aplica la
Toña en sus ruinosas articulaciones. A
Conrad se le escapan los orines como si
sudara, pobrecito, por toda la casa va
regando gotitas y chisguetes; bien que me
acuerdo de su llegada la madrugada de un
Día de Reyes, regalo sorpresa para Javier,
parecía un juguete de cuerda, cabía en la
palma de la mano de Teté, su hocico era un
pellizco, las orejas pellizquitos. Desde la
cuna un nervioso, y Teté, excitada como una
niña; Javier reaccionó con fría serenidad,
anómala tal vez para sus tres años, pero en él
lo normal por temperamento. Pensó: «Esto
no es un perro». Sintió que le tomaban el
pelo. Él quería un perro, un ser de cuatro
patas, no esto, tan cercano a un pájaro o a un
muñeco, a un mosco de río por lo
intranquilo.
Pronto Conrad enseñó que no iba a ser
fácil domarlo. Pasó por una racha en la que
mordía los tobillos de todos los visitantes
varones, y con Javier peleaba de tú a tú. Era
pequeño, pero tenía bien bragada su alma de
perro, alguien tendría que imponerse sobre
él, probar ser su amo, delimitar su territorio.
A la única a quien obedecía era a Teté, pero
en cuanto ella enfermó, Conrad le perdió
todo respeto; un día que Teté se levantó a
vomitar a media noche, le mordió un talón.
Es otra historia.
A mí me pareció muy mal lo del nombre,

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