---------------

Libro PDF La península de las ballenas – Ana de Beraza Lavín

La península de las ballenas – Ana de Beraza Lavín

Descargar Libro PDF La península de las ballenas – Ana de Beraza Lavín


del continente, cuya extensión es un desierto abrasador de nombre Bohelm. En el extremo inferior, a unas cinco millas, la Isla Mourot respira los vientos helados de la
glaciación; sin embargo, calima y una arena blanquecina cubren la superficie. Calor extenuante y frío desalmado es el clima que rodea a la Península. Entre dos vientos,
entre decenas de corrientes oceánicas. En ella se respira, por regla general, una temperatura agradable, donde inmensas plantaciones de algodón crecen plácidamente. No
hay animal que no encuentre amparo en sus praderas. De día, los primeros rayos de Sol son tan brillantes que hieren las retinas. De la tierra emergen raíces móviles
como gusanos, sedientas de agua, a la caza de minerales. Algunas zonas ora son baldías, rocosas, ora fructifican en verdaderos huertos. La Península no posee
moderación en sus ademanes, pone a prueba a los humanos. Todavía es un misterio cómo un hombre pudo cruzar la cordillera –Macizo Confín- y crear vida humana en
la Península. Por mar, era imposible llegar. No se conocen los nombres de los primeros habitantes, bien pudieron llamarse Omar o Selena. Cada poblador ha inventado
apelativos para los ancestros: Limio y Nerea, Porto y Sophie, Rado y Basiera. Son cientos los vientos y cientos los nombres que pululan en la historia del origen de la
Península.
A lo largo de la costa, justo debajo de la extensión alumbrada por el Sol, un centenar de ballenas flotan en vertical, rodean la porción de tierra.
A la deriva,
en comuna,
sueñan.
No hay canto que atemorice a los humanos.
Las ballenas descansan en aguas superficiales. Confiadas. Solo hay una que despierta. Inicia sinfonía bajo el agua, baila alrededor de sus compañeras, aleteando
nerviosa una circunferencia de similares dimensiones que la Luna. El astro, a pesar de ser de día, quiere entrar en la naturaleza, cegar el cielo para que nadie vea. Como si
de un gran quejido se tratase, el cetáceo emite una profunda y prolongada ecolocación. Infinita. Repetición en cadena. El cielo intuye la sacudida de un mal presagio. Las
ondas vibran en el espacio marino congelando los corazones de los peces más pequeños. Las ballenas no despiertan.
A la deriva,
en comuna,
sueñan.
La única en desvelo avanza sola, danza al ritmo de su propio canto, recorre el litoral de la Península camuflada bajo un manto de algas.
••••••
Los arpones ya están preparados. Desde las atalayas más altas de la Península los Vigías Dorados dan la voz de alarma, han avistado a las ballenas muy
próximas a la costa. Una veintena de larguiruchas embarcaciones impulsadas por quince remeros navegan de manera sincronizada. Cada una de las barcazas lleva a bordo
un quinteto de expertos arponeros. No tardan en iniciar cacería. Lanzan los ganchos y clavan las puntas en las cabezas de las ballenas que dormitan en vertical. Ajenas al
peligro, no oponen resistencia. Las embarcaciones remolcan los cadáveres marinos hacia el espolón de la metrópoli con celeridad, la sangre en el océano se confunde con
los visos rojizos del atardecer.
Capítulo 2
El horizonte para mí es una línea azulada, salada por el mar. Desde allí observo cómo los astros más potentes aparecen y desaparecen en función de
parámetros exactos y bien definidos. Los imponentes reflejos atraviesan el agua hasta llegar a mí. Bailo con el Sol y la Luna en concordia marina. Cada vez que puedo
y no hay peligro a la vista, emerjo a la superficie con el fin de saludarlos; muevo mi lomo y cola con ahínco. Aunque mi naturaleza es propiedad del mar, estoy casi
segura de que tiempo ha, durante los orígenes del Planeta, mis antepasados fueron la propia masa de donde emulsionó y nació más tarde la Tierra. Y es que… ¡A
pesar de que soy incapaz de pisar la superficie debido a mi fisonomía, poseo clarísimos conocimientos sobre toda la realidad que habita en la Tierra! ¡Sí! ¡Pese a ser
animal marino conozco cada palmo inalcanzable, impenetrable, invisible en su esencia; sé a ciencia cierta lo que a los humanos rodea!
¡Tremenda batalla tiene lugar! Tierra atravesada por el eje de dos meridianos, precisos y en equilibrio, ¿cómo tú, tan perfecta, sufres de la deformación de los
muros?…
Soy un ser privilegiado, me sumerjo por la esfera terráquea sin toparme con ninguna barrera. Allí donde la oscuridad de los océanos es fría y húmeda, allí
donde nadie puede seguir mi rastro; allí, sobrevivo. Es un placer inimaginable vivir en un mundo como el mío, acuoso e impermeable a las particiones. Cuando asomo
por la costa siento gran curiosidad. Los seres racionales suelen ser de mente disoluta, despistada, con facilidad se dispersan; son débiles al instinto. Incluso las almas
más cándidas son víctimas de la naturaleza más impulsiva.
Desde mi nacimiento mi espíritu es pacífico. Mato para alimentarme. Mis víctimas: seres minúsculos que mis ojos no pueden percibir. Es mi hocico el que los
detecta, es mi desmedida boca la que los atrapa y es mi estómago quien los digiere. Mi cuerpo es el culpable de su muerte, no mi espíritu. Nunca he vivido
confrontación alguna, ni mi familia ha sucumbido a ninguna guerra. Esto no quiere decir que esté libre de sufrimiento. En algún momento he sentido una fría corriente
recorrer mi enorme cuerpo. Dicha masa acuosa ha sido lluvia con anterioridad y ha podido ver desde el cielo miles de humanos morir en plena batalla. Chocó contra
el suelo y empapó la sangre de las víctimas. La naturaleza fue quien depuró las gotas rojizas en vapor y, más tarde, de nuevo en lluvia. Se precipitó salada en el mar.
Su frialdad llegó a mí como sutil testimonio de la masacre acaecida.
Únicamente la línea donde el cielo y el mar se unen es libre a las miles de franjas fronterizas que ostenta la Tierra. La división del horizonte comienza donde el
meridiano superior y azulado toma contacto con el suelo firme. Me duele ver cómo la carne terrenal es troceada en un reparto sin sentido, y me reconforta pensar que
el agua que me rodea nunca podrá resquebrajarse de la misma forma. Los humanos, no contentos con la segmentación, han iniciado la ardua tarea de establecer
normas sobre las fronteras, tantas como olas hay en el mar. Dichos preceptos no son pasajeros.
Yo adoro la tierra y, más concretamente, la Península de Cenk. He nacido cerca de su costa. Está rodeada por una grandísima muralla de madera, muy
astillada a causa de superponer, una y otra vez, los mismos cotos. Suelo acercarme al litoral, pues es gran el interés que despiertan en mí sus habitantes. Mientras
nado por aguas profundas, donde las raíces se desintegran y la densidad de la sal destrozaría cualquier rastro de resina, en la superficie, negativas y límites abarrotan
las vidas de los pobladores. En Cenk, la ausencia de libertad da lugar a una supervivencia enjaulada, donde la vida de los habitantes posee escasos lujos -reservado a
unos pocos- y numerosos temores.
¡Ay! (Suspira)… Los ciudadanos de Cenk sienten pavor si atisban mis aletas asomar por la costa. Y es que corren un gran número de leyendas terroríficas,
transmitidas de generación en generación, donde los animales como yo, cuyos cuerpos se conservan en el formol de los océanos, somos descritos como los auténticos
verdugos de sus desgracias.
Como muestra de respeto y temor, el consistorio de Cenk ordena botar periódicamente fastuosos navíos desde el grandioso puerto de la metrópoli. Es la
ofrenda a las fieras de los océanos. En los barcos navegan capitanes, contramaestres y tripulantes con vidas desahuciadas por tragedias personales; o los condenados
por actos “inmorales”. Dicen que, tras el viaje, regresan a tierra locos y ciegos por el horror que han visto.
Las normas sobre estas travesías son claras y estrictas: la expedición por mar no puede prolongarse más de un mes y seis días. Según la Leyenda de Cenk, es
el tiempo que tardó el primer náufrago en llegar a la Península desde un punto perdido del océano. Un monstruo marino lo arrojó de sus tripas con el único fin de
observar, divertido, su ahogamiento. El héroe, conocido como el audaz Frenk, perteneciente a la Dinastía Arponei, se dejó llevar por la corriente con paciencia. Se
alimentó durante días de los pequeños peces que atrapaba ágilmente con la boca. Casi moribundo, con la piel y la carne a punto de deshacerse en la marea, chocó
contra la abrupta costa de la Península. Fue un prodigio que sobreviviera. Cuando despertó, los primitivos pobladores de Cenk le recompensaron desposándole con la
indígena más bella. Dicen que los ojos de Frenk brillaban como el oro, pues su espíritu era puro y valeroso. A partir de entonces, se fundó la estirpe de los Vigías
Dorados…
Las embarcaciones de estas travesías son abastecidas con el agua dulce y las provisiones necesarias para treinta y seis días. Emprenden un camino hacia lo
inexplorado… Nadie conoce bitácora alguna que describa los centenares de viajes realizados. Numerosos faros se hallan diseminados por toda la costa de la
Península. Además de servir de orientación en la noche, son vivienda de fareros duchos en la reproducción sobre lienzo de los barcos que emprenden el viaje. En cada
atalaya resplandeciente se ha creado un archivo pictórico de las embarcaciones que se han adentrado en el océano y han sobrevivido o no a él. Cada artista-farero,
transcurrido un año, emigra a otra torre para aportar sus conocimientos al que le precede y, así, perfeccionar la técnica. Los lienzos de los barcos que navegan fuera
del límite de los treinta y seis días son recubiertos con una tinta gelatinosa, azulada y transparente. Es el estigma del azul culpable.
Las compuertas de los diques en la ciudad portuaria tienen prohibido la entrada de estas embarcaciones proscritas, pues son consideradas navíos fantasmas:
recordatorios de una tripulación que un día se hizo a la mar y quedó prisionera de ella. Si osan acercarse al rompeolas de la Península son atacadas con gran
virulencia, hay grandes ballestas y catapultas dispuestas estratégicamente a lo largo del litoral con la misión de destruir cualquier nave infectada por el azul de los
océanos.
A lo largo de todos estos años son centenares los marineros que han perecido ahogados a la deriva, perdidos en una ruta ignominiosa, muertos de hambre y de
locura. Un osario humano y un cementerio de barcos rodean la Península de Cenk. Muchas veces, por lástima, me acerco a las embarcaciones y muestro mi lomo. Sé
que uno de los grumetes, hambriento y desesperado, incitará a sus compañeros para darme caza. ¡No se preocupen por mí, soy maestra en esquivar ballestas! ¡Suelo
guiarles a un banco de doradas, viejas y ancianas, en los últimos días de su vida!
••••••
… La Península es un rompeolas gigante, un férreo muro de roble esmaltado por capas y capas de barniz, que evita que el salitre y el fuerte oleaje erosionen la
costa. Las numerosas atalayas de luz orientadas al mar iluminan el interior durante la noche de manera intermitente.
Los Vigías Dorados… En sus ojos uno puede divisar una finísima línea dorada. Nace en la pupila, recorre el iris y el cristalino, y se prolonga sobre la carne
hasta la sien. El efecto se consigue durante la lactancia de los bebés, pues la leche materna es mezclada con minúsculas partículas de oro, procedentes de las Minas de
Morbín. Los Vigías Dorados son educados desde bien pequeños en la disciplina de saciar riquezas sin reparar en moralidades. Poseen las armas y la fuerza. Viven
confinados en una Ciudadela de oro rojiza, en lo más alto de la metrópoli portuaria de Cenk. Desde allí controlan el Horizonte Dorado, acomodados en grandiosos
tronos donde apoyar, todos y cada uno de ellos, la ambición que marca su carácter. No hace mucho mantenían encarnizada lucha por ganar el sitial más poderoso;
sin embargo, han tenido que unir sus fuerzas, el temor al mar se ha ido enquistando en su ser subyugando cualquier otra pretensión. Aunque provienen de una estirpe
que disfruta de innumerables privilegios, viven atormentados por la fuerza de los océanos.
También sé de las aldeas llamadas “Lugares Blancos”, unidas entre sí por senderos de barro de color inmaculado. Allí viven los vigías de los Horizontes
Salados, pertenecientes a la Tribu Mezart. El nombre de “Lugares Blancos” se debe a que sus miembros cubren el cuerpo con un lodo muy particular, que obtienen de
una enorme ciénaga situada en el corazón de la Península. El color del barro sobre la piel es de tonalidades blanquecinas. Las paredes, los tejados, los utensilios de
caza o cocina, las telas, las esculturas en vasija, todo en las villas de la tribu es recubierto, una y otra vez, por el emplaste sagrado. Los Mezart, nómadas desde los
orígenes, llevan consigo varias cajas de cerámica repletas del “lodo mágico” con el que, de forma constante, se rebozan el cuerpo. Creen que gracias a esa sustancia
la vida de la tribu es dichosa e imperecedera durante los continuos trasiegos. Todo miembro tiene la obligación de trasladarse de un poblado a otro por los senderos
blancos; bajo ninguna circunstancia pueden sobrepasarlos. Solo el Jefe Yugan, acompañado de un reducido séquito, posee el privilegio de salir de las zonas
consagradas para dirigirse hacia la Ciudadela Rojiza, con la única misión de informar a los Vigías Dorados sobre las incidencias en el Horizonte Salado. El líder
Yugan atesora múltiples pergaminos que relatan en lengua ancestral los horribles males causados por el océano: cómo inmensas olas arrasaron poblaciones enteras;
cómo enormes animales marinos devoraron los cuerpos de intrépidos e ingenuos Mezart; cómo muchos navegantes retornaron de los viajes por mar infectados por
diabólicos padecimientos que, más tarde, diezmarían a la población.
••••••
… ¡Ya es hora de que me presente!… Soy Corba, la ballena más grande nunca capturada; mi enorme silueta jamás ha sido detectada por ninguno de los
Vigías. ¡Y tened por seguro que mi imagen no será plasmada en las pinturas de ningún farero!
Hace años las entrañas de mis congéneres revolvieron las mías y vomité ámbar gris. Tras meses de oxidación en el océano tornó piedra. Perdí la pista de la
sustancia confundida entre un montón de algas en un día de tormenta. Sé que logró su destino: emergió del agua bajo otra apariencia y alcanzó tierra firme.
Capítulo 3
Letras emplumadas de color púrpura adornan el exterior de la caravana la <<Compañía Eclipse>>. Numerosas capas de pintura retocan el cartel que anuncia la
comitiva teatral. Igual de restaurados están los trozos de madera que conforman el receptáculo del transporte, apuntalados por diferentes clavos. Grandes, pequeños,
más o menos profundos, de cabeza redonda o estrellada. Cilnio y su hijo Polac conforman la familia de artistas junto a la joven Succino. La retahíla de listones proceden
de distintos árboles -roble, cerezo, pino, abeto o abedul-, recolectados a lo largo de los innumerables viajes de la compañía escénica. Durante las horas diurnas, Polac y
Cilnio dan rienda suelta a los látigos sobre cuatro corceles negros, quieren llegar cuanto antes al próximo destino. Succino tiene prohibido salir de la caravana, nadie
puede verla antes del espectáculo, ni si quiera intuirla. El compendio vegetal, ensamblado por manos inexpertas en carpintería, da cuerpo a la caravana donde la joven
pasa los días desde que tiene uso de razón. Disfraces y ungüentos abarrotan el lecho, el tocador está impregnado de dulzura femenina. Succino siente la vida a través de
los trotes y los baches del destartalado carromato, pasa dormida y extenuada la mayor parte del trayecto.
••••••
El sendero se vuelve extremadamente abrupto, sobresalta el sueño de Succino, que observa el avance del paisaje entre las rendijas de una pequeña ventana.
Captura imágenes diminutas, estrechas y fugaces. Cierra los párpados, cree no soportar las visiones reducidas por más tiempo. Cilnio y Polac siempre hacen parada en
los lugares más recónditos, y siempre durante las horas crepusculares. No quieren que ningún curioso espíe los preparativos antes de la representación. Cilnio permite
salir a Succino fuera del remolque a partir de media noche. Pocas han sido las ocasiones que han acampado durante el día, solo cuando los jamelgos cabalgan
desfallecidos. Da igual cuantos látigos golpeen los lomos de los animales, estos, en inconsciente complot contra Succino, son corredores infatigables.
La joven introduce la mano en el suelo del carro, en una hendidura de la madera, la deja muerta y libre en el aire, por ella palpa la tierra. El terreno es fructífero y
angosto, repleto de juncos salvajes. Alcanza a coger una piedra, se reincorpora de pie dentro de la caravana y la deposita sobre el reducido camastro. La contempla
pensativa: <>. Esconde el guijarro bajo la almohada y se recuesta sobre el lecho. Aún queda una larga jornada hasta
que llegue la media noche.
••••••
Un telar de cuatro palancas confecciona perfectos rombos, sargas, espigas, estrellas y triángulos. Asimismo, otra máquina de cuatro palancas y cuatro cuadros
efectúa diseños similares mediante hilos multicolores: rosa, amarillo, azul, negro… Un, dos, tres… Treinta telares verticales componen una hilera en el centro de un gran
caserón de piedra. A la izquierda y a la derecha de la fila principal nace, a dos palmos, una disposición de los mismos artilugios, así, hasta crear una escuadra de quince
líneas de veinte. Miles de hilos de seda, prisioneros del trabajo en cadena, se entrelazan sin descanso. Cada mecanismo es activado por las manos y los pies de una
tejedora y su correspondiente hija; en total, una plantilla de quinientas obreras elabora maravillosas telas. Las ocho extremidades de cada pareja de artesanas se mueven
de manera ágil y sincronizada, manipulan el complicado entramado de hebras como si fueran las patas de una araña. Las progenitoras tejen dentro de un esqueleto
cuadrado de madera, muy concentradas, mientras las hijas les facilitan los utensilios necesarios para el trenzado: el cuchillo con el que cortar el hilo una vez anudado, el
peine de acero para apretar el dibujo antes de prensar la armadura de la tela, las tijeras para el perfilado y rematado…
Los perspicaces ojos infantiles parpadean enrojecidos a causa de las horas velando los hilos, deben de cuidar que permanezcan bien tensos y no se enmarañen. A
menudo, las madres son las únicas que están al frente del telar, permiten a sus hijas jugar, no sin antes advertirles que anden con cuidado entre los estrechos pasillos de
la maquinaria. Si la meteorología lo permite y la vigilancia de los guardias no es muy estricta, corretean por la pradería que rodea la fábrica, dedicada al cultivo de morera,
planta que sirve de alimento a los gusanos de seda.
Eric Jarap es unos de los recolectores, tiene dieciséis años. Delgado, de espigadas piernas, pelo rapado al cero –creciendo-, permite ver el dorado del cabello.
Manos nerviosas que sudan, dedos liosos, saturados de angustia; viste una camisa de lino gris, que ha acabado siendo parda debido al uso. Anda a grandes zancadas
dentro de unas botas salpicadas por numerosos parches. Nació en pleno esplendor de la Península, en el momento en el que un grupo de operarios clavaban la última
estaca en el enorme muro que separa el litoral del océano. Fue un bebé de extremidades largas, ojos saltones y barriga pronunciada. Entonces, el istmo se acoplaba sobre
una falla pacífica y profunda.
De niño le inquietaba sobremanera escuchar los cuentos que su madre le relataba antes de conciliar el sueño, versaban sobre hombres que luchaban contra feroces
olas y eran tentados por monstruos marinos. Innumerables pesadillas padeció en la creencia de un mundo equidistante y marino. La extensión azulada era, para él, una
anaconda gigante nutrida de roedores.
Todo en la Península concurría a merced del mar. A la temprana edad de ocho años ansiaba rodearse de realidades palpables, le sobrecogía vivir al servicio del
universo líquido e inescrutable. Cuando cumplió diez primaveras, extrañamente, las pesadillas desaparecieron: el pánico había sido tan intenso y prolongado que le había
anestesiado.
Esa mañana, de manera inesperada, el espectro del miedo ha reaparecido en él más intenso que nunca. La población de Cenk ha despertado excitada, murmulla
tras las ventanas, se miran unos a otros sin decir nada: la llegada de la Compañía Eclipse a la ciudad es inminente. Las calles huelen a incienso y a veneración, secretos
templos son erigidos en recónditos lugares, se celebran ritos ancestrales en oscuros callejones, negras velas llamean en patios subterráneos. Numerosos rumores recorren
las tabernas, se dice, se cuenta, la imperiosa llegada de una caravana en cuyo interior viaja una enigmática joven de incógnito. Los habitantes rezan antiguas oraciones en
los hogares, acción proscrita durante años. <>, proclamaban los Vigías Dorados no hace tanto. Sin embargo, ellos
mismos han sucumbido a la divinidad e instan a los pobladores a orar. Los dioses han vuelto sobre sus pasos y, una vez más, arrastran a los humanos hacia lo intangible.
Eric carga una de las grandes cajas para la recolecta sobre los hombros, trepa por una desvencijada escalera hasta la copa de uno de los árboles de morera. El
tronco mide unos quince metros, la corteza es de color pardo rojizo y la corona luce repleta de flores verdosas. Arranca las hojas acorazonadas de los cogollos con
desgana, el borde es dentado, dividido en numerosos lóbulos. Separa los tallos tiernos de las zarzas, son los que brotan antes y el manjar más jugoso para las preciadas
orugas. Los introduce en la arqueta. Detiene durante unos segundos la tarea y contempla el telar desde lo alto. El tejado de la fábrica es esbelto y puntiagudo; en el
lateral derecho, un gran molino gira sobre el caudal de un abundante río que impulsa las manivelas de los depósitos de tintado y lavado. Dentro trabajan su madre
Margaret y su hermana Marta día y noche. Desde donde está, puede escuchar el incesante ritmo de los pedales que acompaña el tricotar. Termina de llenar la caja de
hojas, desciende y apoya la madera cuadrangular en uno de los puntos de depósito, situado cada veinte hectáreas. Suenan las cornetas que avisan la hora del rancho;
antes de acudir a por la ración de comida, vuelve a observar la tosca construcción; hace días que no sabe nada de su familia.
La plantilla de artesanas fabrican centenares de banderas en seda morada de todos los tamaños y formas, ribeteadas con el diseño de un semicírculo dorado,
coronado por una estrella de seis picos en el extremo derecho superior. De los resquicios de las ventanas sobresalen tejidos, las estancias para el lavado y el secado se
han quedado pequeñas, escasea el pasillo entre los telares. Las tejedoras apenas tienen espacio para accionar las manivelas, no descansan. Algunas niñas caen rendidas
sobre los paños, los soldados las zarandean para que reanuden la tarea sin que las madres puedan evitarlo. Las visitas de los Vigías Dorados al telar son incesantes,
inspeccionan las piezas con los escalofriantes ojos tatuados, sobre todo, la labor realizada por la madre de Eric, Margaret, experta costurera. Es la encargada de elaborar
una serie de vestidos femeninos. Las dimensiones del maniquí son menudas y delicadas: cintura diminuta, hombros estrechos, pies pequeños. Las urdidoras se
preguntan quién es la dama que ostentará aquellas vestimentas.
••••••
Nunca unas manos tan finas lavaron los pies de Cilnio ni de su hijo Polac. Succino es diligente, callada, espigada; muy alta para su edad, perseverante y leal.
Adecenta los pies de Polac, el caballero más joven, sucios de barro. Las botas han sido insuficiente protección a lo largo del camino pantanoso que han atravesado hasta
llegar a aquel lugar inhóspito del bosque. El jinete observa con curiosidad a la chiquilla, sentado sobre un tronco. Succino tiene catorce años, incansable en sus deberes, le
refresca los pies callosos y repletos de ampollas. Es bella sin ser consciente de ello, desconoce su rostro y cuerpo. Tiene prohibido mirar su reflejo en los pantanos,
prohibido, también, hablar sin consentimiento o andar sin supervisión. Fuera del escenario, no danza, ni canta ni se divierte, solo cumple lo que Cilnio establece. No es
chiquilla ni criada, está a medio camino de ser venerada. Vive en la carava sometida a una estricta disciplina.
Debido a las prisas -deben reanudar trayecto-, Succino deja caer la vasija al suelo sin querer. La porcelana se parte en dos, provocando que la maleza absorba el
agua aromatizada. Cilnio no duda en propinarle un bofetón: <>. Resignada, la joven recoge los trozos y, sin
demora, agarra otro cuenco para terminar la tarea. Es el turno del viejo y encorvado Cilnio, que estira las piernas frente a Succino sin mirarla.
••••••
Una subterránea raíz es un laberinto ansioso y perdido en infinitos caminos, que va en busca de agua por túneles de tierra. En los océanos no germinan
bulbos. Imagino cómo viviría esa cepa en el medio acuoso: vibraría al detectar la humedad y, luego, se ahogaría. Ha nacido y crecido de forma invertida por instinto,
morirá por renovación cuando del terreno nazca otra incipiente.
Capítulo 4
<< Mi hijo ha nacido para la victoria>>, así fue bautizado Víctor cuando su padre, el Espadero Per, lo sostuvo por primera vez en brazos.
Víctor anda a saltos igual que una rana. En una de las torturas sufridas a lo largo de su mísera vida le partieron las piernas; “¡Mal nacido!”, eso fue lo que gritó el
guardia encargado de encajar y cerrar los grilletes a sus tobillos. Fue postergado a un encierro perpetuo en Leminos, una profunda caverna del acantilado Pelícano, en la
costa oriental de la Península; junto a los presidiarios más peligrosos. Soportó brutal paliza; los carceleros emplearon garrotes, mazos, estacas, palos y cuchillos para el
martirio. Pagó con creces la muerte de los tres jóvenes soldados que masacró durante una de las incursiones en la Ciudadela Roja. La culpa le mortificó durante años:
“¡Mi espada, no había otra arma!”, sollozaba. Le colgaron boca abajo en contacto con una gélida pared durante meses, las gotas de mar no cesaban de escullir haciendo
que las heridas le escociesen de manera insoportable. Por fortuna, una fuerte ola impulsó su cuerpo haciendo que las piernas, hechas trizas, recuperaran parte de su
antigua fisonomía. La sal marina no solo fue un martirio, sino también un aliado efectivo: le ayudó a cicatrizar las letales lesiones y maceró los escasos trozos de
pescado crudo que, muy de vez en cuando, los guardianes de la fosa le arrojaban con sadismo. Igualmente, fue el salado condimento quien oxidó los grilletes durante
años. El lustro que vivió atado a los eslabones, sus sentidos estuvieron obsesionados en una sola cosa: sentir cómo cada milímetro de metal se iba deshaciendo e iba
diluyéndose en el mar. Soñaba, noche tras noche, en convertirse en óxido, poder mezclar su ser con el agua, alcanzar la ansiada libertad. Sobrevivió interminables días de
soledad aferrado al recuerdo de su familia. Fue paciente y minucioso. Ni un desventurado espíritu o fiera marina -como así dictaban las leyendas de la Península– tuvo a
bien irrumpir en la cárcel para atormentarle. Torbellinos marinos yacían a sus pies en oleaje. Inofensivos… La ira le llevó a idear una sociedad secreta con la que liberar a
los habitantes de Cenk de los abusos a los que eran sometidos, nació el espíritu de la Espiral en él.
Víctor renació con branquias en aquella inmunda gruta, pudo romper las cadenas cuando el cuerpo y la mente estuvieron anquilosados en el esqueleto de un
batracio. Escapó nadando bajo la espuma imitando los movimientos de la rana.
Durante la huida desde el acantilado, a pesar de los impetuosos embates de la marea, nunca tuvo temor al agua.
Han transcurrido quince años desde la evasión de aquel presidio, la Espiral se ha convertido en una sociedad oculta en el alcantarillado de la ciudad. Víctor es el
líder, pasa la mayor parte del día vigilando la ciénaga blanca de los Mezart. Tiene tantas cicatrices en el rostro que se cuida muy mucho de conservar una barba espesa;
solo se le ven los ojos, verdes, hendidos y brillantes. Miran duros y desconfiados a todas partes, siempre alerta. Realiza la arriesgada tarea de seleccionar gente fiel y
valerosa para la Espiral. Un paso en falso y acabará condenado a muerte por prófugo y rebeldía.
Cenk, territorio de leyendas y calamidades, un lugar tocado por el mar.
Aunque Víctor detesta los principios que gobiernan la superficie de la Península, siente auténtica devoción por ella. Sobre todo, en noches como aquélla, cuando
todos los habitantes están congregados a las afueras; puede andar a sus anchas por las calles de la ciudad.
Inspira prolongadamente el aire salado. Rojo, naranja, amarillo, verde, azul, turquí, violeta, magenta y marrón tiñen las fachadas de las viviendas, cuyas
buhardillas y balconadas abren al muelle. Un agua tan profunda como un océano baña el espolón, zona protegida de las tormentas originadas en las altas y lejanas
cordilleras. Tablas de castaño refuerzan dos diques naturales en diferentes niveles, uno a cada lado de la desembocadura del Río Sahor, afluente principal de la Península.
Forman un perfil natural tan perfecto que apenas existe ingeniería humana que resguarde el núcleo de población del oleaje. Una dársena virgen dedicada a la pesca
culmina un barrio de casas azuladas, entre callejuelas estrechas y el mercadillo de productos marinos. Víctor avanza por el suelo adoquinado, le complace escuchar el eco
de sus zancadas contra el empedrado. No encuentra a ninguno de los vagabundos que suelen copar las esquinas del barrio marginal de Somja, o los niños huérfanos y
perros callejeros asomados a las barandillas. Las tabernas están vacías, tampoco atisba uniformados; los pequeños ultramarinos están cerrados a cal y canto; el pescado
del día ha sido abandonado a la intemperie, desprecio inusitado hacia los productos procedentes del temido mar.
Aunque por primera vez en años, se siente libre en la ciudad donde nació, acelera el paso, no puede demorarse en el camino hacia la ciénaga.
••••••
Polac actúa con valentía, es ilustrado sin sufrir gula de sabiduría, gusta de la poesía y de la música. Es rubio, alto, posee una constitución fuerte pero delicada, el
pelo y los ojos reflejan color castaño. Diecisiete años. Aunque disfruta de mayor libertad que Succino, también su vida está supeditada al incesante periplo de la
caravana. Como hijo leal cumple a rajatabla las normas impuestas por el padre; una de ellas, el mutismo absoluto. Entre Polac y Succino existen barreras infranqueables.
Solo a través de Cilnio, Succino está al corriente del mundo exterior y lo cotidiano. Sin embargo, esa jornada, durante la acampada, cuando Cilnio duerme
profundamente, Polac coge a Succino de la mano y escapan por la ventana de la parte trasera de la caravana. Corren hacia el bosque, llenan los pulmones de la helada
nocturna, galopan como potrillos hasta caer exhaustos sobre la afilada hierba.
El vaivén de la marea mantiene contacto estático con el arpón, la alianza con la materia es imposible. ¡Húndete como roca!… ¡No hay manera! El anzuelo
emerge como un pájaro de papel manejado por los dioses ¿Dónde habrá ido a parar el arma de ballenero?
Polac acaricia el rostro de Succiono. Un vértice se une a otro, el lenguaje de las caricias sustituye a las palabras. El muchacho reclina el esqueleto sobre la tupida
vegetación, contempla el cuerpo femenino. Con la punta de los dedos recorre las delicadas y sensuales curvas; cree no merecer tal privilegio, siente como si ubicara una
enorme piedra en mitad de un río frenético. Aún así, besa a Succino en la boca consciente de que ha quebrantado el curso determinante de la naturaleza. Asciende la
mano por el muslo, Succino la detiene a mitad de camino, la acerca a la boca y la besa:
—Sé que no puedes decirme nada, es mejor para mí —ríe con dulzura—. Eres el guardián de mi silencio. —Mira el cielo, tumbada boca arriba, la nuca apoyada
en el brazo masculino—. Todas las noches observo las estrellas, intento contar las que alcanzo a ver. ¡Existen centenares de ellas! ¡La misma cantidad de seres humanos
deben de vivir en esta tierra! —Palpa la hierba—. Las estrellas están tan lejos de nosotros como yo misma del resto de los mortales.
—En cambio, yo sí estoy próximo a ti.
Polac la quiere solo para sí.
La helada nocturna acaba por arroparles, se acurrucan uno junto a otro, Succino dirige la cabeza de Polac hacia arriba con la punta de los dedos, reflexiona en voz
alta:
—El cielo transmite una recóndita oscuridad, contrasta con los astros que brillan en rebelión. Cada uno de ellos viven en tiempos y ritmos dispares,
experimentan una existencia de la que nos hacen partícipes a través de los destellos. ¡Al verlos, puedo hacerme una idea de la atracción abismal que domina el espacio!
¡Como si las estrellas nos llamaran desde el cielo!
—¡Algún día! —Polac la abraza.
La escarcha cubre la vegetación pura y virgen, dibuja una montaña de dos sobre el follaje. Succino se separa del lado de Polac ensimismada en el firmamento, baja
la mirada:
—Parece que han pasado por este bosque las mismas estrellas que ahora nos iluminan —El rocío hace brillar su piel y su ropa aumentando el resplandor de su
belleza; ríe somnolienta, se reclina y besa a Polac. Añade—: Quizá han preparado este sitio para nuestro encuentro.
—Estoy convencido de ello.
Los colores del amanecer asoman por el horizonte, deben regresar junto a Cilnio cuanto antes. La helada incita a Succino a transformarse en cristal, no mover el
cuerpo. Nunca más volverá allí. Antes de partir observa el paraje detenidamente: un tronco caído y partido en dos por un relámpago, las margaritas color lila bailando
estáticas, diseminadas, el musgo y los hongos empapados en la humedad, un montón de piedras calizas irrumpiendo la vegetación uniforme… Memoriza todos y cada
uno de los elementos. A la mañana siguiente los evocará mentalmente en el interior de la caravana.
Capítulo 5
Uhae da el último impulso hacia la cumbre más alta del Macizo Confín. Cuerpo erguido, tostado por el Sol. Respira satisfecho de alcanzar la cima. Atlético, los
pulmones bombean con ímpetu. Descarga el peso de una gran mochila sobre un risco. Está pletórico. Tres días y tres noches ha tardado en culminar el ascenso. La
climatología le ha respetado; pese a que no ha cesado de nevar -las nubes parecían cargar el plomo de toda una artillería- no ha desembocado en temporal. El explorador
pisa un nuevo horizonte, inédita tierra que explorar. Aunque es noche cerrada, el vasto cielo nocturno le permite atisbar pinceladas rojizas, huellas escondidas del
desaparecido Sol. Escruta largo rato el infinito. Como siempre, instantes antes de alcanzar

Web del Autor

Pagina Oficial

Si no sabes descargar mira este video tutorial

[sociallocker]
[popfly]

Descargar 

Leer en online
[/popfly] [/sociallocker]

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

error: Content is protected !!
---------