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La petición del señor Baker – Andrea Adrich

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Resumen y Sinopsis 

y una nota. Entonces me hago una idea de lo que es todo eso.
Alargo la mano, cojo la nota y la leo.
Muchas gracias por todo, Darrell.
Espero de todo corazón
que seas feliz, muy feliz,
y que la próxima vez que nos veamos,
si el destino lo quiere,
puedas decirme que has encontrado el amor.
Lea
Entorno los ojos y releo el mensaje que me ha dejado Lea un par de veces más. Resoplo, me paso los dedos por el pelo y dejo el papel sobre la mesa.
Ya se ha ido… musito.
Me siento en el sofá y me quedo un rato mirando a mi alrededor, hasta que mis ojos vuelven a posarse en las llaves, la tarjeta y la nota que están encima de la mesa y
me paro a pensar en lo que estos objetos significan.
El sonido de mi teléfono móvil rompe el denso silencio instalado en el lugar. Lo saco del bolsillo del pantalón y miro la pantalla.
Dime, Michael digo al descolgar.
Darrell, buenas noticias me anuncia en tono animado. Textline ha sucumbido a tu oferta. Tengo en mi mano el acuerdo firmado.
Pásamelo por email para echarlo un vistazo.
¿Eso es lo único que vas a decir? Pásamelo por email para echarlo un vistazo… me reprocha en tono irónico Michael, amigo, además de abogado de la empresa
. Llevamos meses detrás de esos cabrones, Darrell…
No estoy de humor.
Tienes que salir más de fiesta me aconseja con burla . A ver si así te cambia el humor.
Tú todo lo arreglas saliendo de fiesta, Michael afirmo.
¿Y qué hay mejor que unas copas, buena música y una mujer?
¿Una mujer?
Sí, ya sabes que alguna siempre cae.
Pongo los ojos en blanco y suspiro resignado. Michael no tiene solución. Es tan buen abogado como excelente juerguista.
Pásame el acuerdo. Quiero echarle un vistazo esta misma noche atajo.
Está bien, «don ejecutivo perfecto». En unos minutos lo tienes en tu email.
Gracias. Te veo mañana en la oficina digo.
Hasta mañana se despide Michael.
Cuelgo la llamada y suelto el aire que tengo en los pulmones. Me levanto, me quito la chaqueta, me aflojo el nudo de la corbata y me la saco por la cabeza. La dejo en
el reposabrazos del sofá junto con la americana.
Mientras voy a la cocina para pinchar algo, me recojo hasta los codos las mangas de la camisa. Al abrir la nevera veo un bol con un poco de pasta que ayer hizo Lea.
Lo cojo, echo mano a una cerveza fría, busco un tenedor y me siento en la mesa.
Me llevo un bocado a la boca y entonces caigo en la cuenta de lo bien que cocina y de la devoción con que lo hacía. Es la única persona que ha sido capaz de hacerme
abandonar mis habituales restaurantes para venir a casa a comer y a cenar.
Exquisita susurro, reafirmándome en lo que estoy pensando.
Lea ha sido capaz de muchas cosas, incluso de hacerme sonreír. Evoco el momento tantas veces al día que voy a desgastarlo, pese a que es un recuerdo. Ver su cara de
asombro ha sido uno de los momentos más maravillosos que he vivido con ella.
Abro la cerveza y doy un trago. Me gustaría tanto estar follándomela ahora mismo. Aquí, encima de la mesa. O en el salón, o en mi habitación, o en la suya, o en la
ducha, o en los probadores de una de las tiendas de ropa más glamurosas de Nueva York. Donde sea, pero a ella.
Frunzo el ceño.
¿Qué cojones me está pasando?, me pregunto. Nunca he dado demasiada importancia a que las chicas a las que contrataba la habitación se fueran, excepto por las
molestias que me causaba tener que buscar otra que ocupara su lugar.
Me termino la ensalada, apuro la cerveza y subo a mi despacho. Sin embargo, mis pasos se dirigen a la habitación de Lea arrastrados por una sensación a la que no
logro poner nombre y que me resulta de lo más extraña.
Abro la puerta y entro. Me quedo en mitad de la estancia viendo que ya no hay nada de ella. Ni el escritorio lleno de papeles, ni ropa en la silla, ni sus discos, ni sus
libros…
Abro el armario y lo contemplo durante unos segundos. No hay nada, excepto ese aroma a frescor y cítricos que se había convertido en una de sus señas de identidad
y que inunda la habitación y parte de la casa.
Me giro sobre mí mismo y me enfrento de nuevo a su ausencia y a esta sensación que no logro identificar. Cuando ruedo los ojos por la estancia, advierto que hay
algo en el suelo, a los pies de la cama. Solo necesito un segundo para saber de qué se trata. Me acerco y lo cojo.
Kitty… murmuro, mirando detenidamente la vieja gatita de peluche que la madre de Lea le regaló.
Le coloco el vestidito blanco y los bigotes y entonces noto una extraña punzada en el corazón. ¿Es melancolía? ¿Tristeza? No lo sé. Pero no me explico cómo un
muñeco puede inspirarme de pronto tanta… ternura, o eso a lo que llaman ternura. Dejo caer los hombros. ¿Por qué me siento de repente tan solo?, me pregunto en
silencio. ¿Cómo puede haber dejado Lea tanta soledad tras ella?
El esos momentos mi teléfono vuelve a sonar, cortando el hilo de mis pensamientos.
¡Maldita sea! exclamo malhumorado entre dientes. ¿Es que no van a dejar de molestarme de una puñetera vez? Dejo a Kitty encima de la cama y saco el
móvil del bolsillo del pantalón. Es Paul. ¿Qué demonios quieres, Paul? le ladro enfadado cuando descuelgo.
Señor Baker…, le llamo para decirle que ya he terminado el presupuesto de las nuevas contrataciones, tal y como me dijo se explica Paul.
Entonces caigo en la cuenta de que antes de irme de la oficina le he dicho que me llamara por teléfono en cuanto tuviera ese presupuesto listo. Me urge. Respiro
hondo y trato de calmarme.
Está bien, Paul digo, suavizando el tono de mi voz. Envíamelo por email. Quiero darle un repaso para ver si todo está correcto.
Sí, señor Baker. Ahora mismo se lo mando responde él servicialmente.
Gracias, Paul le agradezco, en un intento de compensar las malas pulgas que me he gastado con él hace un minuto.
Cuelgo, resoplo y me paso la mano por el pelo. Mis ojos se posan de nuevo en Kitty. Tengo que devolvérsela a Lea, sé el aprecio que tiene a este peluche porque es
el único recuerdo que tiene de su madre, pero, ¿cómo? No sé dónde está, ni dónde vive, ni dónde trabaja. Tenía pensado preguntárselo en el momento de la despedida,
pero es que ni siquiera se ha despedido de mí.
Un minuto después suena el pi-pi del móvil. Miro la pantalla. Es el email de Paul con el presupuesto de las nuevas contrataciones; también tengo el de Michael con el
acuerdo con Textliner. Suspiro. Lo que menos me apetece en estos momentos es trabajar. Lo único que quiero es darme una ducha refrescante, a ver si consigo
espabilarme un poco.
CAPÍTULO 2
¡Estás despedido! le digo al chico que está sentado al otro lado del escritorio.
Permanezco de pie y no puedo dejar de dar vueltas de un lado a otro del despacho. Michael me amonesta con la mirada, pero lo ignoro. Se levanta del asiento.
John, ¿verdad? le dice al chico, asegurándose de que se llama así. El chico asiente sin atreverse a pronunciar palabra. Está rojo como un tomate y tiene la cara
desencajada. ¿Por qué no sales un momento fuera mientras yo hablo con el señor Baker?
Ssssi, sí, sí… tartamudea.
Bien le dice Michael con voz calmada.
El chico se incorpora de la silla y sale de mi despacho con paso titubeante.
¡¿Qué coño te pasa?! me increpa Michael.
Nada respondo tajante, girándome hacia los ventanales.
¿Nada? Pues para no pasarte nada estás inaguantable. ¿Crees que es normal lo que estás haciendo? me pregunta Michael, sin abandonar su tono recriminatorio
. Es el quinto empleado al que despides en una semana. ¿Qué mosca te ha picado?
Soy el jefe, ¿no? Puedo hacer lo que me dé la gana contesto en tono mordaz. Además, ¿qué culpa tengo yo de estar rodeado de incompetentes? espeto, sin
darme la vuelta.
Solo hemos sufrido un pequeño problema informático, que al final se ha resuelto satisfactoriamente. Como ocurre casi todos los días.
Tenía que haberse solucionado hace media hora alego.
¡Vamos, Darrell! Sabes de sobra cómo funciona esto de la informática… Demasiado pronto lo ha solucionado el chico. Chasqueo la lengua, pero no cedo al
argumento de Michael. Tienes que hacerte mirar esa mala hostia que te gastas últimamente, o vas a terminar quedándote sin trabajadores añade.
Aprieto los dientes sin decir palabra mientras contemplo la silueta que dibujan los rascacielos de Nueva York en el horizonte.
¿Qué te sucede?insiste Michael, intuyendo que algo no va bien.
Tardo unos segundos en responder.
No lo sé respondo al fin, dándome la vuelta hacia él.
¿Tiene que ver con la empresa?

Título: La petición del señor Baker
Autores: Andrea Adrich
Formatos: PDF
Orden de autor: Adrich, Andrea
Orden de título: petición del señor Baker, La
Fecha: 18 sep 2016
uuid: a9d300d0-d71c-4065-80d7-5accfaf67167
id: 435
Modificado: 18 sep 2016
Tamaño: 0.94MB

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