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La rosa de Tanger – J. Alfredo Diaz

La rosa de Tanger – J. Alfredo Diaz

La rosa de Tanger – J. Alfredo Diaz

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Resumen y Sinopsis 

CAPÍTULO 1
Un frío amanecer, una mujer y un bebé
Amanecía en Tánger.
El hombre, más bien alto, de constitución fuerte y con poco más de cincuenta años, tenía la cámara fotográfica bien colocada sobre un trípode. En vista panorámica,
a través de la pantalla digital enfocaba la larga escalera de cemento que accedía a los Jardines de la Mendoubia.
Era la misma colina que había fotografiado tantas veces antes, durante el último año y medio, siempre lujuriosa de luz y de color durante el día. Ahora estaba
emblanquecida, cual si un pintor descuidado le hubiera pasado brocha con una lechada blancuzca.
Cortinas de delicada muselina blanca que colgaban del cielo, rotas aquí y allá, distorsionaban la visión al ser movidas en distintos sentidos por la brisa caprichosa.
Pero no eran cortinas ni era seda, aunque la brisa helada sí estaba algo antojadiza.
Tampoco era esa niebla densa, como para hacerse un turbante con ella y llevarla a casa en los bolsillos. Esa niebla que nos arropa por completo, nos regala el eterno
y esquivo placer del silencio total y la humedad en el rostro, y no deja ver un tren negro a cuatro pasos.
Se trataba, más bien, de una suave bruma matinal pasajera, buena para hacerse un tenue fular y darle tres vueltas alrededor del cuello.
Esa húmeda noche, de mediados de noviembre, había resultado inusualmente fría por causa de un frente polar, que ya había llegado a la Península Ibérica y el norte
de África, y estaba causando bastantes problemas en toda Europa.
El frío se colaba por cualquier resquicio y rendija que encontraba. El hombre se ajustó el cuello del chaquetón, y lamentó no haber llevado la cálida gorra de fieltro
con orejeras o la otra de lana.
Como algodón de azúcar que nos vuelve velcro los dedos y se queda pegado en la punta de la nariz, la bruma amanecía enroscada en los Jardines de la Mendoubia.
Los desdibujaba, dibujaba y volvía a desdibujar de maneras un tanto fantasmagóricas. En algún berrinche de niña malcriada y de un solo manotón, la veleidosa brisa la
quitaba por completo en algún lugar para, casi de inmediato, volver a dejarla campar a sus anchas y hacer de las suyas.
A dos dedos de ser milenario, aquel gran banyan, que para abarcar su grueso y nervudo tronco se necesitaban varias personas, se entreveía con dificultad por la
izquierda. La bruma blanquecina, descarada e impertinente, borraba el color blanco de la pintura insecticida que el tronco tenía en la parte inferior, y hacía que el árbol
pareciera estar suspendido en el aire. Las gruesas ramas, anacondas arbóreas danzantes, flotaban de acá para allá en un lento y extraño baile tribal, y aparecían y
desaparecían de forma misteriosa. El resto de los grandes árboles perdían sus contornos, proporciones y colores naturales.
Los columpios y el tobogán del parque infantil, los árboles cercanos y el inicio de la escalera se notaban bien. Pero a medida que los peldaños ascendían se iban
perdiendo sumidos en aquella blancura esponjosa, como la propia escalera al mismísimo Olimpo. Al final de ella, en la plazoleta superior, el primero de los dos enormes
cañones de bronce opaco de siglos, por momentos era poco más que una silueta difusa; en un instante desaparecía para volver a vislumbrarse luego. Reminiscencias de
un glorioso y agitado pasado como fieles defensores de la ciudad, allí invernaban los dos, taciturnos jubilados sin aplausos, medallas ni pensión.
A través de la pantalla de la cámara, aquello parecía una vieja fotografía de rollo, desenfocada y mal revelada. Era lo que el hombre buscaba como efecto dramático.
Revisó el balance de blancos y revestido de una paciencia forjada con los años, él esperaba el momento justo en que se conjugaran las cortinas rasgadas y los elementos
que quería captar. Llevaba varios días madrugando para conseguir la foto, pero la neblina era esquiva y no obedecía a los deseos humanos ni complacía a fotógrafos.
Consciente de que el momento era irrepetible, utilizaba su objetivo más luminoso y sacaba partido a la elevada resolución del sensor APS-H de la cámara en formato
RAW. Sacó varias ins tantáneas con diferentes aperturas del diafragma, profundidad de campo, tiempos de exposición y sensibilidad. Luego tomó algunas otras con el
modo de escena para niebla. Dispuesto a agotar las posibilidades del equipo y por no dejar, tomó algunas más en modo automático, a ver qué se le ocurría a la cámara.
Un auto, que estaba aparcado poco más abajo, arrancó. Al girar en la calle para subir hacia la salida de la medina, las luces de sus faros abanicaron los jardines con
lentitud. En lugar de taladrar la niebla, consiguieron tan solo darle brillo y luminosidad allá donde pegaban.
En el serio rostro del hombre surgió una sonrisa y, ni cort o ni perezoso, sin tiempo para reajustar nada disparó una larga ráfaga automática. Volvió a sonreír,
satisfecho por aquel extra venido a pedir de boca. Ahora sí, le parecieron suficientes fotos de los jardines. Subió al máximo el cuello del chaquetón y dio un vistazo
alrededor, por si se le había pasado algo.
Agarró el trípode con la cámara y se lo echó al hombro. Por el medio de la solitaria y silenciosa Rue d’Italie subió hacia Bab al-Fahs. Era quizás la puerta más
emblemática de la vieja medina, acceso principal por la Plaza del 9 de abril de 1947, también conocida como el Gran Zoco. Con su típico arco árabe túmido y velada por
los danzantes jirones de bruma, la opaca abertura en la blanca pared no era más que un bostezo de labios leporinos.
Era muy temprano aún y no había movimiento para abrir los comercios, cuyas metálicas persianas de seguridad permanecían bajadas; algunas ya con ganas de subir
y enrollarse para entrar en calor con el roce y, así encogidas, pasar el frío. La mayoría no abrirían antes de las nueve, otras lo harían más tarde.
Unas pocas cafeterías y salones de té, siempre dedicados y consecuentes con sus parroquianos más devotos, bien conocedores de sus costumbres estarían
preparándose para atender a los más madrugadores. Porque por más que alguien se levantara temprano, ya algunos otros lo habrían hecho antes y otros más no se
habrían acostado siquiera.
Era una de esas mañanas en que es preferible quedarse en casa, bien metido en la cama caliente, mucho mejor si se estaba acompañado.
Una de esas mañanas en que una buena taza de café o de té, bien caliente y dulce al gusto, tenía asegurado el agradecimiento del cuerpo y del espíritu.
Una de esas mañanas en que es preferible quemarse un poco la boca que congelarse las manos y el estómago.
Una de esas mañanas de las que, por fortuna, no había demasiadas allí, a lo largo del invierno.
Una de esas mañanas que…
Amanecía en Tánger.
*
Mientras estuvo sacando las fotos pasaron unos pocos hombres graneados y algunas que otras mujeres, que le prestaron poca atención. Ellas iban en parejas o de a
tres, bien tapadas dentro de la chilaba, con la capucha cubriéndoles la cabeza cuanto fuera posible; algunas llevaban chaquetas abrigadas.
De ellos, unos también vestían con chilabas. Otros, los más, en pantalones y chaquetas con los cuellos alzados, se arrebujaban en ellas con las manos dentro de los
bolsillos. Quizás lamentasen no llevarlos repletos de olorosas castañas asadas, recién sacadas del horno o de la chapa del fogón. Algunos, los de sueño más ligero, con la
cabeza cubierta con el taqiyah se apresuraban hacia la mezquita. Todavía no se había hecho el llamado al adhan, aunque no faltaría mucho. En ese mismo momento, en la
cercana mezquita de Sidi Bou Abid, al otro lado de la plaza, se inició el canto del almuédano llamando a la oración del fajr. El hombre consultó su reloj. Eran las 05:46.
Unos pasos más allá le pareció buen lugar y colocó el trípode con la cámara en el medio de la calle. Enfocó, ajustó y sacó varias fotos a la Bab al-Fahs, ahora
misteriosa como nunca, envuelta en lo que bien podría ser el humo de cien cañonazos.
Los faros de un vehículo que entraba hicieron iluminarse la neblina en la gran puerta. Resultó una irreal forma de gloria solar con puerta dimensional, que dio la
impresión de convertirse en la entrada a otro mundo. El hombre, con la cámara todavía apuntando hacia allá, volvió a realizar una larga ráfaga de fotografías,
aprovechando aquel otro ramalazo de suerte.
A fin de esquivar el vehículo, agarró el trípode y se apartó presuroso hacia el lado izquierdo, en medio de dos enormes maceteros de los tantos que se alineaban a un
lado de la calle. Unos eran cúbicos, otros tenían la forma de maceta. Cada uno tenía sembrado un arbolito de alto y delgado tronco. Uno parecía un ficus, el otro… El
otro podría ser cualquier cosa. Quizás algún día, si todo iba bien, cada uno de ellos sirviera para algo más que adorno y llegara a dar sombra en alguna parte.
Pasó el vehículo, un camioncito que iba cargado a tope con vegetales y verduras frescas, llorosas de rocío. El tubo de escape humeaba blanco como si anunciara
Habemus Papam. El hombre sonrió por lo contradictorio que aquello sería en Marruecos.
Sin ninguna prisa, desmontó la cámara, le pasó una gamuza para quitarle la humedad, la metió en su estuche, y se lo terció en bandolera; plegó el trípode y lo deslizó
en la funda.
Subió a la estrecha acera izquierda, que llevaba a la puerta lateral en ese lado de Bab al-Fahs, gemela a la del otro lado. En el suelo, el sucio y la basura de ayer se
juntaban con la de anteayer, hermanados cual siameses. Los comerciantes barrerían sus frentes cuando abrieran.
Poco antes de llegar a la pequeña puerta con arco de medio punto, en la penumbra captó un bulto oscuro en el suelo. Le fue preciso detallar bien para darse cuenta
de que era un ser humano, y necesitó algo más de agudeza para reconocer una forma femenina.
Junto a la pared, encogida sobre unos cartones en el suelo, una mujer intentaba mimetizarse con las sombras. Como toda protección contra el frío, ella tenía echada
encima una manta oscura que, por estar doblada, la tapaba completa a duras penas. Se cubría la cabeza con la capucha de una chilaba muy oscura, marrón o quizás azul
marino o turquí, que pasaba a ser negro por la noche. Bajo su cabeza había una gran bolsa de tela bastante abultada, que le servía de almohada, y ella arropaba algo entre
los brazos.
Las glándulas suprarrenales del hombre explotaron como una supernova.
El corazón le dio un bombazo y luego otros mil más como un púlsar.
En el estómago le surgió un agujero negro supermasivo.
Las retinas se le agrandaron al tamaño de galaxias.
Los párpados se le cristalizaron sin poder cerrarse.
El alma, pasada por nitrógeno líquido, congelada instantáneamente se le vino al suelo y se volvió añicos.
El frío traspasó la piel del grueso chaquetón invernal y le caló hasta los huesos; todo en un mismo instante.
*
Él no había hecho el menor ruido, sin embargo la mujer abrió los ojos sobresaltada.
Con un impulso se sentó arrimada contra la pared, quizás deseando perder su tridimensionalidad para quedar estampada como otra sombra.
Ella se encogió todavía más, intentando disimular sus formas, y abrazó contra su pecho un pequeño bulto. El frío de la noche escarchó en su rostro una mueca de
angustia y de miedo.
El hombre reconoció qué era lo que la mujer protegía tanto. Su espíritu chilló y su corazón, que no logró latir más rápido, se atascó y estalló en sangre. Por sus
venas comenzó a circular un corrosivo Freón 12 que le congeló el cuerpo.
Las amígdalas se le inflamaron en la garganta y formaron un tapón que intentaba ahogarlo.
Con un gran esfuerzo y hablando despacio logró decir en francés:
Por favor, buena mujer, no te asustes. No pretendo hacerte nada. Yo tan solo pasaba y me sorprendió encontrarte ahí. Lamento mucho haberte sobresaltado de tal
manera, discúlpame, por favor; no fue mi intención. La expresión de ella no cambió y el hombre no supo si lo estaba entendiendo o no. Para averiguarlo le pregunto,
aún más despacio: ¿Me entiendes? La mujer afirmó con la cabeza. ¿Cenaste algo? Ella movió la cabeza en signo negativo. ¿Tienes con qué desayunar tú y
alimentar a tu hijo con algo más que con tu leche?
La mujer volvió a negar con la cabeza sin dejar su actitud recelosa y asustada.
Él buscó en un bolsillo externo de su abrigado chaquetón.

Título: La rosa de Tanger
Autores: J. Alfredo Diaz
Formatos: PDF
Orden de autor: Diaz, J. Alfredo
Orden de título: rosa de Tanger, La
Fecha: 11 sep 2016
uuid: bbb3b865-da7e-4142-adb4-92a52c428b67
id: 380
Modificado: 11 sep 2016
Tamaño: 1.60MB

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