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Libro PDF La Rosa del Muerto – Ruben S. de la Osa

La Rosa del Muerto - Ruben S. de la Osa

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El comisario jefe de Policía permanecía en cuclillas junto al cuerpo. Observaba
detenidamente la postura y expresión del finado, rastreando en la escena cualquier
pormenor que le resultara llamativo. En un par de ocasiones solicitó la presencia de un
agente que, cámara en mano, procedió a fotografiar aquello que le indicaba su superior.
Junto a ellos otro policía enfundado en guantes de plástico se afanaba por localizar huellas
en la copa de cristal que estaba caída en el suelo, al lado del cadáver. Alrededor todo
parecía estar en orden. Las librerías con puertas que cubrían casi por entero las paredes,
hasta el techo, seguían atestadas de ejemplares de indudable valía, incunables
probablemente, y el lujoso pero escaso mobiliario —escritorio con tres sillas, y dos sofás
de orejas y una mesita baja— parecía no haber sido movido de su lugar. Asimismo, los
objetos de aparente valor del despacho, incluso algún cuadro de presumible calidad,
continuaban en su sitio.
Transcurridos unos minutos, el comisario se puso por fin en pie y se dirigió hacia mí
con gesto cansino.
—No hay mucho que contar —dijo mientras se quitaba los guantes de látex con que
había examinado al empresario.
Asentí.
—No hay signos de violencia en el cuerpo ni en la habitación, como puede observar
—continuó—. El informe toxicológico lo confirmará, pero apostaría cualquier cosa a que
ese rictus en la cara es debido a algún tipo de veneno, estricnina, arsénico o algo así. La
temperatura del tracto rectal ha determinado como hora probable de la muerte la
medianoche de ay er, pero en todo caso le haré llegar una copia del informe de la
autopsia, por si le interesa —ofreció los guantes a una agente que pasó a su lado para que
se deshiciera de ellos. Luego se cruzó de brazos—. Creo que estamos ante un caso claro
de suicidio.
—¿No cree que exista ninguna posibilidad de que muriera asesinado? —pregunté, a
pesar de lo que acababa de oír.
—No lo creo —respondió, moviendo la cabeza a un lado y a otro—. Mire: la puerta
cerrada desde el interior con la llave que el difunto aún aferra en su mano. La ventana
cerrada a cal y canto, también desde dentro —explicó mientras iba señalando con el
dedo índice—. Según nos ha comentado la asistenta, el señor Valdemar dio el día de ay er
libre a la servidumbre porque dijo que quería estar solo. Esa misma sirvienta ha sido
quien dio el aviso esta mañana al llegar a la casa y encontrar el despacho cerrado y con
la luz encendida, según se apreciaba por debajo de la puerta. Miró por la cerradura y
crey ó ver algo. Los agentes echaron la puerta abajo, y se encontraron lo que ve usted
ahora. No ha habido robo. No hay ningún testigo —se encogió de hombros—. Con toda
seguridad el análisis del coñac que contenía la copa ratificará la tesis del
envenenamiento. Falta terminar de recabar todas las pruebas, pero mucho me temo que
el señor Valdemar decidió probar los placeres de la otra vida, una vez apurados los de
ésta… —y soltó una risita burlona, satisfecho con la ocurrencia.
—Ya —me limité a responder, obviando el comentario de mal gusto—. ¿Qué me
dice de eso, comisario? —le espeté de repente, atray endo su atención de nuevo hacia el
cadáver.
—¿Qué? —se giró.
Sobre el tórax del señor Valdemar parecía haber depositada una flor. Desde el
umbral de la puerta, donde nos encontrábamos, no se apreciaba del todo bien.
—Esa flor, señor comisario. ¿Alguien la ha colocado ahí posteriormente? No veo
que hay a ningún jarrón con flores por aquí.
—Oh, sí, la flor… —balbució—. Esa flor…
—¿Me permite…? —le interrogué, alzando las cejas, mientras hacía amago de
adentrarme en el despacho.
—Hum… sí, sí, adelante —me contestó, frunciendo el ceño y apartándose a un lado.
Me adelanté unos pasos hasta situarme junto al fallecido. Mi interlocutor me siguió
de cerca, supongo que temiendo que un neófito como y o alterara el escenario de la
muerte sin darme cuenta. En realidad, ante el comisario Andrade me había presentado
como psicólogo únicamente, no como psicólogo y criminólogo. Aún andaría
preguntándose para sus adentros qué demonios pintaba allí un maldito loquero y por qué
desde instancias superiores le habían sugerido acompañarme hasta allí y complacerme
en todo aquello que preguntara acerca del óbito de Fausto Valdemar.
El cuerpo del empresario estaba boca arriba, los brazos abiertos a cada lado de par
en par y las piernas juntas. La cara indicaba que los momentos previos a la muerte no
debieron de ser placenteros precisamente. ¿Por qué la gente continuaba quitándose la
vida de modos tan violentos y dolorosos? Siempre pensé que si algún día y o tuviera que
abandonar este mundo por propia voluntad elegiría a conciencia el método, aunque lo
cierto es que tal vez en esa postrera situación uno no debe de encontrarse en las mejores
condiciones para ponerse a pensar en detalles tan nimios. Se recurre a lo que se tiene a
mano y y a está, sin más.
—La flor se encontraba y a sobre el cadáver cuando fue forzada la puerta, ¿no es
así? —el comisario Andrade me respondió afirmativamente con la cabeza—. Nadie la ha
puesto ahí como un último homenaje al muerto, ¿verdad?
—Efectivamente —carraspeó—. Todo está como lo encontramos al entrar.
—Así pues, el propio Valdemar debió de colocársela sobre el pecho antes de morir.
—Eso parece. Vendría a ser como un gesto último de la elegancia y el misterio que
le caracterizaron siempre. Un toque de genialidad —y sonrió ligeramente.
—Ya veo. Una especie de firma final a la historia de su vida —concluí.
En la mano derecha, los dedos agarrotados por el rigor mortis agarraban una llave.
Larga y estrecha, era una vieja llave de hierro antigua. El empresario, en su esplendidez,
se había hecho instalar en su despacho personal, al igual que en otras estancias de la casa,
una robusta y añeja puerta, rescatada quién sabía de qué antigua construcción, y que
ahora, paradójicamente, y acía tumbada en el piso, producto de la fuerza policial. Dudé si
tal acto de extravagancia se debía a alguna razón diferente a la puramente estética, pues
lo cierto es que la puerta no desentonaba con el estilo que se había empleado en la
erección de la residencia, constituy endo toda ella un ejemplo de esmerado criterio.
Levanté la vista del cuerpo y la paseé por la estancia, deteniéndola en la mesa del
despacho. Me aproximé a ella. Una pequeña lámpara de escritorio, aún encendida,
aplicaba una tenue claridad verdosa sobre la superficie. El ordenador personal de
Valdemar descansaba encima, junto a una pequeña agenda y diversos útiles de escritura.
Había también un periódico atrasado de tirada nacional doblado a un lado, junto al
teléfono. Me permití sacar un par de guantes que había previsoramente llevado conmigo
e interrogué con la mirada al comisario al tiempo que se los mostraba. Éste, por no tener
otra opción, supongo, más que por complacencia, asintió de mala gana.
Tomé la agenda y la abrí con cuidado. Ojeé las páginas al azar, ley endo fugazmente
las anotaciones, impresas bajo una escritura de trazos regulares, rasgos angulosos y sin
inclinación aparente en la letra. El autor de aquella grafía se revelaba como una persona
equilibrada y contundente en su actitud ante la vida. O al menos eso parecía decir un
apresurado análisis grafológico.
Devolví la agenda a su lugar y tomé el periódico. Por el rabillo del ojo pude
apreciar la cara de incredulidad que ponía Andrade a la vista de mi gesto. Pasé las
páginas despreocupadamente, una por una, y cuando creí que y a había visto lo que
quería comprobar, lo deposité de nuevo sobre la mesa.
Abrí el cajón del escritorio situado delante de la butaca. Al ver lo que contenía,
sorprendido, dirigí la vista hacia el jefe de Policía.
—Está registrado a nombre de Valdemar. Tiene el tambor lleno, sólo tiene huellas de
su propietario y no ha sido disparado recientemente —explicó, claro y conciso, con un
atisbo de fastidio.
A continuación continué el examen visual de la habitación: las cortinas descorridas,
los volúmenes de las estanterías. Allí no había nada más que ver.
—Bien, no le molesto más, comisario. Gracias por la atención.
—No hay de qué —contestó guiñándome un ojo.
—Ah, una última cosa he de pedirle antes de irme… —recordé—. ¿Le importaría
facilitarme las anotaciones del último año de la agenda del señor Valdemar, así como
una copia del disco duro del ordenador portátil que hay sobre su mesa de escritorio? Me
sería de gran ay uda para concluir mi investigación— y le ofrecí una de mis mejores
sonrisas.
Una ligera sorpresa se reveló en su rostro, pero contestó que lo consultaría, que no
creía que hubiera ningún problema. Dicho lo cual me despedí dándole un apretón de
manos y una tarjeta con mi nombre y mis datos, para que pudiera ponerse en contacto
conmigo si lo creía oportuno.
Mientras abandonaba el interior del magnífico caserón de Fausto Valdemar pensaba
en lo extravagante del personaje. El notorio conocimiento de que era objeto era
difícilmente explicable. Se le conocía fundamentalmente por sus supuestas relaciones
amorosas con féminas de relumbrón, nunca confirmadas, a excepción de la que devino
en su matrimonio, y por su envidiado e incontestado estatus económico. Pocos sabían a
ciencia cierta de sus logros en el ámbito profesional. Apenas si se conocía su ocupación
principal. El que más, sabía que se había dedicado a la compra y exportación de
diamantes, y que también comerciaba con antigüedades. De hecho, era una especie de
mito, incluso entre la clase empresarial, un individuo que apenas se dejaba ver, del que
no había más imagen que alguna que otra borrosa fotografía tomada sin su
consentimiento, en la que se ocultaba bajo un sombrero y tras unas gafas de sol. Se
decía, siempre sin pruebas que lo atestiguaran, que había alcanzado en su medio cotas de
poder tales que se entretenía involucrándose en manejos de dudosa legalidad con el único
propósito de experimentar nuevas sensaciones. En determinados corrillos, de escasa
credibilidad, todo hay que decirlo, se afirmaba que era un reputado masón, y que
mantenía relaciones con grupos espiritistas. En alguna otra ocasión me pareció escuchar
además excentricidades tales como que rendía cumplido culto al diablo, a consecuencia
de lo cual era más fácilmente explicable su notable éxito vital, decían. Un individuo, a fin
de cuentas, que no dejaba indiferente a nadie, se le conociera más o menos.
Esperé en las inmediaciones a que el juez ordenara el levantamiento del cadáver y,
una vez que el coche fúnebre abandonó la finca, y o hice lo propio, dejando atrás aquella
casa situada en una zona residencial del norte de Madrid, mudo testigo del último acto de
su dueño, con epitafio final incluido. Una flor sobre el pecho. Una rosa roja.
Rosa Acevedo me recibió en su casa de Sevilla una semana después de la muerte de
su ex marido. Su semblante denotaba aún el dolor que el suceso le había causado. A pesar
de llevar separados más de cinco años, era de dominio público que la ruptura
matrimonial había sido un ejemplo de madurez por las dos partes, manteniendo ambos
una relación amistosa cordial, como bien se encargaba de airear la prensa rosa. Tres
años de convivencia no se borraban de un plumazo con un divorcio, aunque no existieran
hijos de por medio. Resultaba por tanto obvio que la ligera demacración de su estado
físico se debiera al fenecimiento del empresario, y si no era más que una pose, en
verdad se tenía bien ganada su fama de buena actriz de teatro.
La que hubiera sido viuda de Valdemar, de haber seguido casados, estaba dotada de
esa belleza tranquila que poseen algunas mujeres, evidente a la vista, sin discusión
aparente ni rasgo tampoco destacable que la motive. Sevillana de nacimiento, procedía
de familia acomodada —el caserón de Triana heredado en el que nos hallábamos lo
demostraba— y desde joven quiso dedicarse al mundo de la interpretación, pero no fue
hasta su fastuosa boda con el empresario cuando su nombre comenzó a ser conocido por
el gran público. Durante su matrimonio fue dejando de lado su trabajo hasta el punto de
que llegó un momento en que se la dio por retirada, volviendo a salir a la escena de
forma ocasional una vez divorciada. Todos los mentideros especulaban con que la razón
de la ruptura entre el empresario y la actriz había que buscarla en las constantes
infidelidades de él, persona, según se decía, de vida disoluta y hábitos licenciosos. La
cuestión era que si para ella había acaso resultado doloroso tal desenlace a sus
esponsales, tal vez los pingües estipendios percibidos a cambio pudieron haber surtido de
algún modo un efecto balsámico ante posibles desconsuelos. Ese matiz le había
procurado conservar su ritmo de vida de mujer de empresario, pero y a libre de ataduras
cony ugales y sin quebraderos porque su antiguo esposo siguiera retozando
esporádicamente con jovencitas a las que triplicaba la edad, y todo ello ante la
indiferencia de él, según parecía.
Si en algo coincidía con el empresario muerto era en la exquisitez de su vestuario.
Ese día la mujer lucía una blusa de gasa blanca, con falda plisada estampada, pañuelo a
juego al cuello y zapatos de suela plana. Bajo el cielo sevillano, el chapoteo de la fuente
situada en el centro del patio en el que tomábamos asiento acompañó de fondo a la
conversación.
—Disculpe, señor… —comenzó a decirme, y se detuvo, al no recordar cómo me
llamaba.
—Ávalos, señora Acevedo, mi nombre es Conrado Ávalos —me apresuré a decir,
sacándola del apuro.
—Oh, sí, disculpe señor Ávalos —dijo al punto, queriendo parecer avergonzada—,
esta mañana cuando me habló por teléfono no me quedé bien con su nombre. Dígame,
¿para qué quería verme? Usted no parece uno de esos periodistas que me han estado
entrevistando a cada minuto durante los últimos días. Sin embargo imagino que lo que le
ha traído aquí es la muerte de mi ex marido, ¿o me equivoco? —interrogó, sin tono en la
voz de ningún tipo.
—No, no se equivoca —respondí—. Soy psicólogo y criminólogo, y estoy
realizando una investigación acerca de la muerte de su ex marido, y o…
—Fausto se suicidó —me interrumpió con tono cortante, antes de poder decir nada
más.
—Sí, sí…, pero no es eso lo que y o trato de decirle —reaccioné, con el ánimo de no
levantar suspicacias en mi oy ente—. Mi trabajo no consiste en desmontar la tesis que ha
ofrecido la Policía, sino en dilucidar las causas que llevaron a su ex marido a quitarse la
vida, dando por hecho que lo hizo.
La mujer pareció relajarse al escuchar mi explicación.
—Ah, y a entiendo. Va a hacer un estudio sobre suicidas y eso —le falló la voz al
pronunciar la antepenúltima palabra.
—Bueno, sí, algo parecido —sonreí ligeramente—. En realidad, he sido contratado
por la compañía aseguradora del señor Valdemar para averiguar las motivaciones que
tuvo para suicidarse. Al parecer es de vital importancia para ellos conocer tal extremo, si
tenemos en cuenta la póliza que había suscrito.
La señora Acevedo abrió los ojos un poco.
—Dígame —comencé, tras dejar el señuelo—, ¿mantenía en los últimos tiempos
contacto con su ex marido? ¿Hablaban, se veían…?
—Sí, bueno, más o menos —contestó, apartando la mirada—. Hablábamos por
teléfono de vez en cuando. Y a veces coincidíamos en algún sitio. Sabíamos el uno del
otro —y volvió a fijar su pupila en mí.
—Así pues, tenía conocimiento de los actos de su ex esposo recientemente, ¿no?
—No al detalle, pero sí, algo me contaba —afirmó cabeceando.
—¿También en lo que se refiere a los días anteriores a su muerte?
—Últimamente estaba muy atareado —explicó—. Sé que viajaba bastante. Andaba
metido en alguno de sus negocios y no era fácil localizarle.
Desde que comenzáramos a hablar la ex esposa de Fausto Valdemar había
permanecido con los brazos y las piernas cruzados, lo que indicaba, según las más
elementales nociones de psicología acerca del lenguaje corporal, que era su intención
mantenerse a la defensiva ante aquel desconocido. No parecía, a tenor de su postura, que
fuera a permitir que le sacaran algo que no quisiera decir.
—¿No sabe de qué tipo de negocio se trataba o adónde viajó? —seguí preguntando.
—No. Lo siento —respondió, desviando su mirada de nuevo, esta vez hacia el suelo.
—¿Ninguna idea de con qué podía tener relación? —insistí.
—Ninguna —volvió a negar.
—Esos viajes que hizo últimamente, ¿sabe si fueron al extranjero?
—Creo que no, pero no puedo asegurárselo. Mi ex marido tenía pánico a volar y
procuraba espaciar en el tiempo sus viajes en avión, recurriendo a ellos únicamente en
casos de necesidad.
—Bien, creo que no será difícil averiguar si tomó algún vuelo en las semanas
previas a su muerte —manifesté, ante la imposibilidad de que mi contertulia me aportara
información en ese sentido. Hice una pausa, para pasar a continuación a la parte central
de mi cuestionario—. Veo que en lo referente a sus asuntos personales el señor Valdemar
era muy celoso, ¿cree usted que si se hubiera visto envuelto en algún problema grave se
lo hubiera comunicado?
—Estoy absolutamente segura —aseveró, sin asomo de duda.
—Y no fue así… —dejé caer, a modo de pregunta.
—En efecto. No fue así.
Rosa Acevedo no movió un solo músculo de la cara al pronunciar las palabras.
Parecía que a esas alturas de la conversación se encontraba más cómoda ante mis
preguntas, respondiendo de modo natural, lo que me animó a seguir indagando.
—¿Le notó algo raro en las últimas semanas, algún cambio de humor, una actitud
inusual, algo en definitiva que diera a entender que se encontraba atravesando momentos
difíciles?
—No, nada de eso. Se puede decir que Fausto era un hombre que estaba de vuelta
de todo. Tenía una personalidad muy marcada, sabía ocultar sus emociones y creo que
nadie se habría dado cuenta si hubiera estado pasando un mal trago —aquí la mujer
palideció y calló de repente. Su última frase le había traído el recuerdo del modo de
morir de su ex marido. Una inoportuna comparación, desde luego.
La sevillana se recompuso como pudo y tras llevarse una mano a la nariz, colocó
ambos brazos sobre los reposabrazos de la butaca. Era un buen momento, pensé, para
lanzar una andanada de cuestiones rápidas y clarificadoras.
—Señora Acevedo, ¿le había insinuado el señor Valdemar su intención de
suicidarse?
No.
—¿Cree que tenía motivos para ello?
No.
—¿Sabe si alguien le acosaba, alguna persona que tuviera intenciones aviesas hacia
él?
No.
—¿Le dejó antes de morir alguna carta o escrito en el que diera cuenta de sus
intenciones?
Por supuesto que no.
—¿Puede explicar entonces las razones que le llevaron a tomar tal decisión?
—No, él… —comenzó a decir, y a visiblemente inquieta.
—Señora Acevedo —la interrumpí—, Fausto Valdemar no tenía motivos para
quitarse la vida, nada en su conducta lo indicaba, no lo comunicó a nadie y nadie sabe
por qué lo hizo. Dígame —la fulminé con la mirada—, ¿por qué se mató su ex marido?
—No lo sé, no lo sé —dijo alzando un poco la voz y aferrándose a la butaca—. Ya le
he dicho que no sé nada. No sé por qué Fausto se suicidó. ¡Yo fui la primera sorprendida!
No sé nada más… —bajó los ojos y apretó los labios, como sintiéndose incapaz de
proseguir.
—Perdone —intervine al punto—, no pretendía presionarla —mentí, simulando estar
arrepentido.
La actriz se rehízo de nuevo, relajando la expresión.
—No es culpa suy a. Compréndalo —trató de explicar—: fue tan repentino y está tan
reciente, que aún me cuesta asimilarlo.
—Lo entiendo. Siento haber insistido tanto —volví a mentir.
Creí entonces llegado el momento de pasar a la última fase de mi estrategia, una vez
desmontada en parte la defensa dispuesta por mi oponente.
—¿Sabe a quién podría satisfacer la muerte de su ex marido? Vsuavicé el tono de
voz.
—No le entiendo —replicó, crey endo tal vez que su respuesta parecía convincente.
—Me refiero a si sabe si alguien resultaría beneficiado con su muerte.
—No…, no tengo idea —dijo, titubeando—. Aunque bueno, supongo…
—¿Sí? —la animé a terminar.
—…supongo que a los beneficiarios de su testamento, ¿no? —acabó por decir, un
segundo antes de que se le enrojeciera el rostro durante un instante casi imperceptible.
—Sí, claro, por supuesto —corroboré—. Quería decir aparte de ellos…
—No sé —hizo un mohín con la boca.
Entonces me levanté de improviso, dando por terminada la charla, ante la perpleja
mirada de la sevillana.
—No quisiera molestarla más, señora Acevedo, gracias por atenderme.
Ella se puso en pie un poco a trompicones, con la extrañeza aún en el rostro. ¿No le
iba a preguntar nada acerca del testamento? ¿Si ella venía mencionada en él? ¿A cuánto
ascendía el seguro suscrito por su ex marido?
—Ha sido un placer, hum…, le acompaño hasta la puerta —fue lo que acertó a
decir.
Una vez allí y antes de despedirme definitivamente, le hice las dos cuestiones que
había reservado para ese momento.
—Ah, señora Acevedo, me gustaría que me respondiera a dos asuntos que casi
olvidaba.
La sevillana, en el umbral del portalón, era todo oídos.
—Supongo que sabe que aún no se ha hecho pública la última voluntad de su ex
marido —ella asintió—. Teniendo en cuenta que no tuvo descendencia y que no gozaba
de parientes próximos, ¿sabe en qué estado se encuentra el testamento?
—No lo sé. Bueno, ejem, durante nuestro matrimonio era su voluntad dejarme a mí
una parte, claro está. No sé más. Desconozco si lo rehízo tras el divorcio. Imagino que sí.
—De acuerdo. Una cosa más: ¿conoce los detalles del suicidio de su ex marido?
—Más o menos, por lo que han dicho las noticias —puso cara de aprensión.
—¿Sabe que murió con una rosa junto a él?
—No, no lo sabía… —respondió, afectada.
—¿Qué le sugiere eso?
—No sé, no estoy segura —dijo con los ojos vidriosos—. Tal vez, al fin y al cabo,
aún me echaba en falta…
Tres días antes del sepelio del empresario tenía ante mí, sobre el escritorio, toda la
documentación que había logrado recabar hasta ese momento acerca del caso. Por un
lado las anotaciones tomadas de mi puño y letra en los días precedentes, la copia del
informe de la autopsia y la agenda fotocopiada de Valdemar en un montón de folios, y
por otro, en la pantalla de mi ordenador, la información contenida en el portátil del
antedicho, gracias a la gentileza de las fuerzas de orden públicas. De algo debían de
servir las colaboraciones periódicas que solicitaba de mi persona la Policía, su Brigada de
Información sobre Sectas más concretamente, en el esclarecimiento de crímenes
rituales y similares. No en vano, y no es vanidad, cabe señalar que en aquel entonces
servidor era punto de referencia obligado en la materia, aunque era otra mi gran pasión
y verdadera ocupación: la escritura de novelas policíacas. Sin esa especie de mutua
servidumbre que manteníamos de modo tácito no se me habría permitido el acceso a la
residencia del empresario, por ejemplo, con el cuerpo aún caliente.
Sentado pues a la mesa, me disponía a tratar de zanjar el asunto Valdemar de forma
terminante, para lo cual necesitaba unos instantes de análisis sosegado, una vez repasados
por última vez todos los datos, tras los que poder emitir una conclusión que complaciera a
mi inusual demandante.
No se entendía muy bien por qué había de resultar de interés para una compañía de
seguros conocer las motivaciones que había tenido uno de sus clientes para pasar
voluntariamente al otro barrio, y a pesar de ello la mentira me había funcionado con la
actriz sevillana a la hora de entrevistarla bajo unas condiciones que y o creía más
ventajosas para mí. Me había sido de interés conocer de paso su reacción ante la noticia
de que a la considerable suma que su ex marido dejaba en herencia había que añadir,
además, otro montante económico no determinado pero a todas luces de similares
características. Y no es que no fuera cierto que poco antes de morir el empresario
madrileño hubiera suscrito tal seguro, pero ni a la aseguradora le importaba saber qué
cables se le cruzaron a su asegurado, imaginaba, ni habían sido ellos quienes me habían
encomendado averiguarlo. Otra fuente era la responsable de mis actos.
La agenda fotocopiada de Valdemar no me proporcionó muchas pistas que
aclararan las causas de su suicidio. Si había pretendido mantener en secreto su decisión
de quitarse la vida, desde luego que lo había logrado. Nadie tras leer sus últimas
anotaciones habría adivinado que tuviera en mente adelantar su cita ineludible con la
parca; nombre éste adecuado con que referirse a la muerte, pensé siempre, pues uno se
imagina ese postrero encuentro presidido por la parquedad en las palabras. Al parecer
Valdemar había tenido un inusitado interés en hablarle de tú a tú a la de la guadaña, antes
de lo que ningún otro mortal suele desear, y quizás, al fin y al cabo, lo consiguiera, vista
su tray ectoria empresarial, dominada por la premisa de querer es poder.
Las notas que el empresario tomaba en su agenda eran frases sencillas y concisas,
palabras sueltas en muchas ocasiones, incluso siglas, que hacían las veces de recordatorio
de citas y reuniones o dejaban constancia del resultado de las mismas. Durante el último
año la may oría de ellas eran fácilmente atribuibles a su trabajo como empresario
exportador de piedras preciosas y bienes antiguos, pero otras pocas eran ininteligibles, no
pareciendo hacer referencia a nada concreto y siendo tan sólo palabras sin sentido para
alguien que no las hubiera escrito. Las primeras eran del tipo ‹‹Reunión en oficina con la
empresa tal›› o ‹‹Entrevista con cliente cual››. Las otras, sin embargo, se reducían a
apuntes tales como ‹‹R.C. En espera›› y ‹‹R.C. Día clave››. Observé que a medida que
nos acercábamos en el tiempo a la fecha del fallecimiento las notas relacionadas con su
actividad laboral iban decreciendo en frecuencia, y por el contrario las otras se
mantenían, siendo éstas las únicas que quedaron escritas en los últimos días de vida.
Había además bastantes apuntes sobre desplazamientos, de los que no se infería si
los viajes eran de negocios o de placer. En los últimos seis meses sobre todo, el madrileño
se había mostrado bastante inquieto en ese sentido, moviéndose más de lo que en él era
habitual, lo que confirmaba las aseveraciones de su ex mujer. Sus destinos eran variados,
todos dentro de la geografía nacional, excepto los que parecía haber realizado a las
capitales portuguesa e italiana, a tenor de asientos en la agenda tan esclarecedores como
‹‹Viaje a Lisboa. Hotel Sheraton. Hab. 342›› o ‹‹Cita en Roma. Llegada a Fiumicino a tal
hora››. En el último medio año había hasta cinco visitas a la capital lusa, casi una
mensual. Sin duda algún asunto allí suscitaba el interés de Valdemar. Dos viajes a Roma
y el resto, uno a Toledo, uno a Sevilla y otro a Barcelona. El medio de transporte del
empresario era siempre el tren, pues guardaba entre las hojas de la agenda el billete
correspondiente a cada uno de los viajes, de los cuales también tenía y o copia, y a veces
se adivinaba en ellos que hacía la may oría de tray ectos solo. ‹‹Tren-hotel Lusitania
Madrid-Lisboa. Gran Clase. Coche cama. 1 cama››.
La conclusión que saqué de la minuciosa lectura de su agenda fue que Fausto
Valdemar se traía entre manos algún negocio ajeno a su trabajo, que trataba de
conservar inédito mediante discretas anotaciones que no dejaban traslucir nada —‹‹R.C.:
Se complica››, ‹‹R.C.: Cambio de planes››— y que en ocasiones parecían estar
relacionadas con un único dato en común, las letras R y C. ¿Las iniciales de un nombre?
Muy posiblemente los constantes viajes a Lisboa tuvieran algo que ver también con ello,
y siempre por lo visto durante su estancia en la urbe lisboeta se alojaba en el mismo y
lujoso hotel. Del resto de ciudades objeto de desplazamiento ninguna me sugirió nada,
excepto Sevilla, que me recordó al instante la imagen del patio andaluz en que había
charlado con la ex mujer del suicida, y Roma, pues en dichos desplazamientos nuestro
viajero se había visto obligado a tomar sendos vuelos, a pesar de su aerofobia. Al
parecer, con respecto a la agenda de Fausto Valdemar, no contaba con más datos que
ésos para ay udarme a dilucidar la causa de su muerte por suicidio.
Giré el monitor hasta quedar enfrentado a él. En el correspondiente departamento
de la comisaría de Policía me habían facilitado un fichero donde habían sido transferidos
todos los archivos que tenía el empresario en su ordenador. Los pasé todos al mío, antes
de examinarlos, y los guardé en una carpeta a la que di en llamar ‘Asunto Valdemar’. Fui
abriendo los documentos uno por uno mientras comprobaba que todos eran estudios de
mercado, balances económicos, informes de cuentas, etcétera, coligiendo por mis
profanos conocimientos de economía y administración que los resultados de los mismos
eran buenos. Ojeé todos ellos detenidamente sin que ninguno atrajera especialmente mi
atención, hasta que me topé con un archivo, de nombre Res Caesar, que no parecía tener
relación con los restantes y que me hizo incorporar en la silla al percatarme de sus
iniciales. Si mi latín de instituto no fallaba, aquello se podría traducir como “El asunto del
César”. Hice doble clic sobre el icono, pero no se abrió. En lugar de eso apareció un
mensaje de aviso en la pantalla. ‹‹Contraseña para abrir el archivo››. Hasta aquí hemos
llegado, me dije. Estaba claro que el magnate madrileño no quería que nadie más que él
tuviera acceso a lo que contenía el documento. En estas situaciones, sin embargo, uno se
siente obligado a probar, a sabiendas de que el resultado será infructuoso, así que
introduje una primera palabra y le di a Aceptar. Un mensaje apareció al instante en el
monitor: La contraseña es incorrecta. No era el nombre de pila. Hice un segundo intento.
El apellido, esta vez. La contraseña es incorrecta. El otro apellido. Nada. ¿El nombre de
su empresa? Tampoco. Desistí del empeño por el momento, pensando que la parte
alícuota de azar para ese día estaba y a agotada. Tal vez en otra ocasión hiciera sonar la
flauta. Bajo la luz del flexo leí al fin el último documento que tenía sobre la mesa. El
resultado de la autopsia a que fue sometido el cadáver de Fausto Valdemar determinaba
fehacientemente lo que y o y a suponía, esto es, que el empresario había muerto a
consecuencia de la ingestión de cianuro potásico, restos del cual habían sido localizados
en su sangre y jugos gástricos. El comisario jefe, pues, había acertado en su hipótesis. La
copa caída en el despacho, según se decía en el estudio pericial, contenía asimismo
residuos del veneno mezclados con el coñac, pero no había ni rastro de él, sin embargo,
en el frasco del que había sido llenado y que se hallaba sobre la mesita baja, junto a otra
copa. Nada más cabía reseñar acerca de la causa última de la muerte, una vez leído el
informe del forense, pero sin embargo sí que dejaba constancia al final del mismo de un
hecho importante que venía a clarificar en gran medida mi investigación: el estudio
pormenorizado de las vísceras del cadáver revelaba la presencia de una metástasis
generalizada en el cuerpo del empresario. El cáncer se había instalado en todos sus
órganos vitales y era cuestión de tiempo, semanas, tal vez meses, que la muerte le
hubiera sobrevenido. ¿Era esa circunstancia la que hacía que un tipo aparentemente feliz,
que lo tenía todo en la vida, decidiera darse muerte? Se podía entender que alguien que se
había caracterizado por lograr todo aquello que se proponía, para el que no existía
obstáculo alguno a sus pretensiones, se hubiera derrumbado al verse incapaz de luchar
contra tamaña adversidad. También era perfectamente comprensible que hubiera
ocultado a sus más íntimos la fatal enfermedad. Haberlo admitido habría significado
rendirse a la evidencia, y Valdemar era demasiado orgulloso para eso. Quizá el dolor que
posiblemente le causaba su mal fue lo que pudo con él.
Una llamada al día siguiente a su médico de cabecera confirmaría que el paciente
conocía su dolencia y que había pedido expresamente que se mantuviera en secreto. A
una pregunta mía respondió que sí, que era posible que se hubiera desplazado a otras
ciudades para recabar segundas opiniones para lo que calificó el doctor como un proceso
canceroso con pronóstico trágico e inevitable.
Quizás en ese archivo que Valdemar protegía de forma misteriosa iba dando cuenta
de su evolución. ¿Era Valdemar “el César”? Tal vez las siglas que repetía a menudo en su
agenda tenían su explicación ahora.
Resultaba sorprendente toparse de esa forma con la otra verdad del empresario, su
faceta oculta, una faz diferente —quién sabe si más veraz— que contraponer a la pública
y notoria apariencia, frívola envoltura por lo que se veía, de un ser mundano y sensible
como el resto.
A la vista de todo aquello concluí que Fausto Valdemar, próspero empresario
internacional, hombre de existencia feliz y deseos colmados, había puesto fin a su vida
tras saberse condenado a muerte por causa de un cáncer. De ese modo di por terminadas
mis pesquisas.
II. EL VIEJO PROFESOR
Sólo un loco escribe un secreto
de una forma que no lo oculte del vulgo.
(Roger Bacon)
A principios de ese año, bastante antes de lo referido hasta ahora, llegó a mi
domicilio madrileño la extraña carta. Se trataba de una única hoja junto con una llave
guardadas en un sencillo sobre con mis datos y sin remitente. Había sido franqueada en
la capital y se me había hecho llegar por correo ordinario. La llave era pequeña, con un
número grabado sobre ella, y el contenido escrito, por una sola cara, lo componían a
primera vista letras juntadas al azar sin orden lógico, a lo largo de seis líneas y formando
un párrafo incoherente, como si alguien que no supiera mecanografía hubiera cerrado
los ojos y dado rienda suelta a sus inquietudes literarias. Eran un montón de letras unidas
sin pizca de concierto que daban lugar a un texto incomprensible.
Primeramente pensé que podía ser una broma, aunque y o no le hallara la gracia por
ningún lado. Después que tal vez quien la remitía, además de ser anónimo, era también
un despistado irremisible que había equivocado la hoja, pero la ausencia de nombre
alguno que la firmase no apoy aba en demasía tal hipótesis. Posteriormente me fui
convenciendo de que su envío obedecía a alguna extraña razón que se me escapaba, y
por último me vi casi memorizando los seis renglones que componían el insólito escrito,
letra a letra, a duras penas aplacando mi curiosidad por desentrañar el mensaje ulterior
que parecía esconder.
Si bien mis desvelos se centraron en el esclarecimiento del confuso texto, también
tuve ocasión de investigar previamente las peculiaridades físicas de la misiva y de la
llave. Para ello conté con la impagable ay uda de un amigo de la infancia, Eloy León,
cuy os estudios universitarios habían discurrido por derroteros paralelos a los míos hasta
que, cosas de la vida, había acabado ingresando en la Polícia Científica poco antes de que
y o empezara a colaborar con la misma. Desde entonces nuestra relación se había
estrechado y, además de verle de forma más o menos asidua en nuestros ratos de ocio,
también le consultaba a veces por razones profesionales, y sobre todo para que me
facilitara valiosos datos que incluir en mis novelas.
—Los he analizado por separado —me había comenzado diciendo Eloy —. No he
encontrado restos de huellas en la hoja ni en la llave, pero sí en el sobre, lo que parece
lógico si tenemos en cuenta que ha debido de pasar por las manos del personal de
Correos como cualquier otra correspondencia. Así pues, no vale de mucho. Es de esperar
que quien envió la carta procurase igualmente evitar dejar su rastro en el sobre. En todo
caso guardaré las muestras por si hay que cotejarlas en un futuro con otras.
Se enfundó unos guantes de goma y sacó con cuidado la carta de una bolsita de
plástico. La desplegó y la sostuvo en la mano.
—En la hoja, como te digo, no hay huellas, ni hay nada. Parece como si se hubiera
limpiado a conciencia tras ser mecanografiada. Ni una ligera partícula que poner bajo el
microscopio. En el sobre hay algo más, algún pequeño resto de polen y cosas así, pero a
la postre nada significativo. De este ovillo no se puede tirar.
Esperaba una conclusión así, pero no por ello dejé de sentirme defraudado.
—¿Qué me dices del texto?
—Escrito con una máquina de escribir de las antiguas, de las de aporrear las teclas.
Posiblemente una Olivetti. Es difícil precisar el modelo. Tinta negra normal de rollo de
cinta, característica de este tipo de máquinas.
—¿Es posible saber algo más de ella? ¿Se podría localizar? —dejé caer las palabras
finales con mimo, previendo la contestación.
Eloy resopló.
—Muy complicado. Cualquiera podría tener una. A pesar de que y a casi nadie las
utiliza, siguen existiendo, aunque sea como meras reliquias. Puede parecer una paradoja,
pero seguramente sería más sencillo buscar una impresora de las actuales. Hoy en día se
sabe perfectamente quién distribuy e qué modelos y en qué lugares. Quizá el haber
empleado la máquina en cuestión tiene ahí su explicación.
—Entiendo —asentí.
—Sin embargo sí tenemos una cosa que caracteriza a la máquina que buscamos y
no a otra. Fíjate bien aquí —acercó la lámpara a la hoja, sobre la mesa, y situó una lupa
por encima—. La letra D. ¿La ves? Tiene una muesca en el lomo. Su molde está
defectuoso, con un orificio, y en ese punto no se imprime la tinta. Eso diferencia a la
nuestra de las demás.
—Ya veo. Bueno. Algo es algo —concedí.
—Pues es lo único que te puedo contar. El matasellos del sobre es auténtico, con
fecha dos días anterior a que lo recibieras, y el sello es común, con motivo botánico.
Nada más. Pudo haber sido depositado en cualquier buzón de la ciudad.
—¿Has buscado restos de ADN en la solapa del sobre?
—Sabía que me lo preguntarías —Eloy asintió—, y la respuesta es sí.
No pude ocultar mi sorpresa, ante el regocijo de él.
—Efectivamente, el autor de la misiva empleó saliva para cerrar el sobre. Y su
contenido genético obra en nuestro poder —afirmó triunfalmente—. Tráeme otra
muestra fidedigna con que cotejarlo y tendrás a tu misterioso remitente.
—Estupendo. Vamos con la llave.
—De nuevo sin huellas, excepto las tuy as, claro. El número 193 impreso no da
muchas pistas. No te sé decir qué es lo que abre.
—De acuerdo. Veo que, aparte de eso, no resta más que descifrar el texto.
—Eso parece —sonrió Eloy—. ¿Alguna idea al respecto?
Negué con la cabeza con la vista puesta sobre la carta.
—Ya te comentaré.
Me tomé mi tiempo antes de acometer el desciframiento del escrito. Recuerdo que
durante varios días le hice caso omiso, aparcando momentáneamente la obsesión en que
se había convertido para mí. Luego a ratos me acercaba al escritorio donde lo mantenía
desplegado con la dudosa esperanza de que la inspiración acudiera en mi auxilio,
haciéndome ver lo que hasta entonces había permanecido oculto. Después iba y volvía
una vez y otra, esperando ser testigo de la transmutación de los caracteres en signos
legibles. Trataba sin resultados de averiguar a simple vista el modo en que las letras se
combinaban entre sí. Echaba ojeadas perdidas esperando discernir enroques imposibles,
trueques remotos, pero todos mis deseos se estrellaban siempre contra el muro
impenetrable de escritura.
Nunca llegó a vencerme el desánimo, pero mis paupérrimos avances en el
esclarecimiento de la carta hicieron que terminara por recurrir a otros métodos, no por
descartados hasta entonces menos efectivos, muy al contrario. Lo que ocurría al
emplearlos era, simplemente, que con ello saltaba inmisericordemente por encima de mi
ego y de una ilusa confianza en mis capacidades deductivas, y ponía en manos ajenas lo
que hasta ese momento había sido objeto de mi exclusiva incumbencia.
Publio Lubián había sido profesor mío en la universidad. Eran de sobra conocidos
entre sus alumnos los particulares métodos de enseñanza de que se hacía valer, así como
sus inquietudes por temas que iban más allá de lo estrictamente didáctico. Recuerdo las
veces en que se saltaba a la torera el temario oficial y se recreaba con una de sus
amenas peroratas acerca de lo primero que se le venía a la cabeza, habitualmente
materias que conseguían atraer la atención de sus pupilos, los mismos que
sistemáticamente hacían caso omiso a las farragosas alocuciones de otros colegas
docentes. Gracias a él supe que un estudio realizado en el Reino Unido entre su población
había determinado que la cantidad de cerveza que se quedaba impregnada en los bigotes
de los británicos al cabo de un año ascendía a no sé cuántos miles de litros, con la
consiguiente satisfacción de los productores de la citada bebida por que sus
conciudadanos lucieran tal profusión pilosa bajo su nariz. También nos aseguró en una
ocasión que cierta compañía aérea había decidido suprimir una de las dos guindas que
servía en los martinis a los viajeros de primera clase de sus vuelos transoceánicos,
habiéndole reportado dicha acción unos beneficios anuales de muchos miles de dólares.
Tales comentarios, verídicos sin lugar a dudas según Lubián, contribuían a que el grado
de absentismo estudiantil en su clase se mantuviera año tras año en niveles mínimos.
Nadie procuraba perderse sus clases, que eran posteriormente tema habitual de tertulia
en la cafetería de la facultad. Ninguno de nosotros ignoraba tampoco que nuestro egregio
maestro, antes de dedicarse finalmente a la docencia, y como arqueólogo titulado que
era, había recorrido parte de Asia y África de excavación en excavación, lo que
explicaba su pasión por los jeroglíficos y las escrituras antiguas. Según decía, su may or
reto durante gran parte de su vida había sido el desciframiento, sin éxito hasta la fecha,
de una arcaica escritura minoica, hallada en la isla de Creta, y denominada Lineal A.
El catedrático emérito deshojaba sus últimos tiempos como jubilado en una humilde
vivienda del Madrid de los Austrias, luchando contra el transcurrir de los años y rodeado
por sus libros. Cientos de ellos se amontonaban en la minúscula estancia en que
conversábamos.
—¿Y dice usted que fue alumno mío? —dijo mientras me escrutaba con sus
diminutos ojos a través de las bifocales.
—Así es. Me precio de ello.
—Pues disculpe que no le recuerde. Han sido tantos los que han padecido mis clases
que apenas me queda memoria para sus rostros. Se ve que prefiero reservar los contados
espacios libres de mi retentiva para otros menesteres, que actualmente me son mucho
más necesarios.
—¿Como cuáles? —me mostré interesado.
—Como acordarme de dónde he dejado mis gafas o en qué día de la semana me
hallo —mostró una desdentada sonrisa—. La vejez avanza inexorable, amigo mío, y uno
debe preocuparse por cuestiones que antaño consideraba baladíes. Aunque ahora no se le
pase por la cabeza llegará un día en que no estará seguro de si y a ha comido o si por el
contrario debe hacerlo, con lo que es probable que esa noche eche inexplicablemente en
falta el apetito previo a la cena.
Sonreí tristemente. Resultaba trágico asistir a la senil confesión de un tipo al que y o
recordaba en la plenitud de su existencia. Era evidente que el discurrir del tiempo había
hecho mella en el anciano como él mismo admitía, pero en breves momentos, para mi
deleite, me demostraría que estaba aún lejos de asumir definitivamente la condición de
viejo inútil.
—En fin, no quiero aburrirle con más historias que no vienen al caso. ¿Qué le ha
traído hasta aquí, de nuevo ante quien probablemente le suspendiera en más de una
ocasión? ¿Se va a tomar cumplida venganza? No le culpo.
El anciano estaba de buen humor, como de costumbre, lo cual agradecí.
—No se preocupe. Su integridad física no peligra. No fue lo bastante duro conmigo.
Estoy aquí porque necesito su ay uda.
El viejo profesor me observaba curioso, preguntándose sin duda qué interés podía
y o tener en él.
—Si ha de hacer la mudanza y precisa a alguien que arrime el hombro le
agradecería que pensase en otro.
—No es su físico lo que necesito, sino su intelecto.
Asintió con la cabeza, claramente intrigado.
—Si estoy aquí es porque presté atención en sus clases y creo que llegué a
conocerle un poco. Sé que en aquella época era un apasionado de los acertijos y los
juegos de ingenio. Imagino que lo sigue siendo. También que dedicaba parte de su tiempo
de ocio a resolver crucigramas y que sentía interés por temáticas marginales, por
llamarlas de alguna forma. ¿Estoy en lo cierto? —pregunté, tratando de adivinar en su
expresión los efectos de mi explicación.
Volvió a asentir.
—Bien, pues no se me ha ocurrido nadie más que usted para que me asesore en
cierto asunto que me ocupa.
—Continúe, por favor. He de reconocer paladinamente que me tiene interesado.
Me llevé la mano al bolsillo interior de mi chaqueta y extraje de él la carta cifrada.
La desdoblé y la coloqué boca abajo sobre la mesa camilla que me separaba del
anciano.
—Hace unos días, y por causas que se me escapan, hasta mis manos llegó esta carta
—dije solemnemente—. Quiero que la descifre.
Y di la vuelta a la hoja de forma teatral, descubriendo el texto.
El catedrático Lubián adelantó su cuerpo y se ajustó las gafas, sin poder reprimir su
fascinación. Se mantuvo unos minutos absolutamente en silencio, absorto en la
contemplación del escrito. Por unos momentos pensé que había olvidado que y o me
encontraba allí. Parecía haber perdido la noción del espacio y del tiempo.
Iba a recordarle mi presencia cuando de repente se puso en pie y dirigió su lento
caminar hacia una esquina de la pequeña sala. Se puso a revolver en un estante, sacó un
antiguo disco de vinilo y lo colocó sobre un vetusto tocadiscos, no sin antes volverse hacia
mí para dirigirme de nuevo la palabra.
—Esto requiere el ambiente apropiado. Creo que Mahler irá bien.
Un adagio a medio volumen irrumpió suavemente en la habitación, llenando la
escena de cuerda y viento.
—Me ay uda a concentrarme —explicó—. Veamos de nuevo… —y volvió a
enfrascarse en la carta.
Al cabo de un rato se despojó de las lentes.
—No cabe duda de que es un texto cifrado. ¿Tiene usted conocimientos de
criptografía? Bueno, no importa —prosiguió sin dejarme contestar—, le vendrá bien
adquirir unas someras nociones al respecto. Como en los viejos tiempos, ¿eh? —y emitió
una risita nerviosa que denotaba que iba a disfrutar con aquello.
—Usted mismo —concedí.
—A grandes rasgos, comencemos diciendo que todo texto cifrado se compone de
caracteres que forman un alfabeto que se da en llamar cifrado. Del mismo modo, el
texto llano, o texto original que se cifra, se forma a partir de un alfabeto llano. Para pasar
de uno a otro es preciso conocer la clave, o dicho técnicamente, la cifra. ¿Me sigue?
—Perfectamente. Mediante esa clave ocultamos el mensaje.
—Sí, pero eso no es totalmente exacto. Estamos hablando de criptografía, joven, es
decir, la técnica de cifrado de un escrito. Un criptógrafo no esconde el mensaje, sino que
lo cifra. El mensaje está ahí, deliberadamente a la vista, y tan sólo hay que saberlo leer.
De ahí la elegancia de este sistema de protección de información. La esteganografía, por
el contrario, sí que esconde el mensaje de miradas indiscretas. Los antiguos griegos
fueron grandes precursores en ese sentido. Escribían el mensaje a ocultar en la cabeza
rasurada del mensajero y esperaban a que el cabello volviera a crecer para poder
enviarlo. Era una técnica que tenía sus inconvenientes, obviamente. Para mi gusto una
combinación de encriptación y ocultamiento es lo ideal. Pero no divaguemos…
El viejo profesor se estaba gustando por momentos. Sin duda había acertado en mi
elección.
—La cifra. Es fundamental establecer el tipo de cifra. Para ello hay que valerse de
varios métodos que se centran en el estudio exhaustivo del texto cifrado. Hay que ver
cuántos caracteres o letras diferentes tenemos. Si hay espacios entre grupos de letras,
que no es el caso, lo que podría posiblemente determinar las palabras. No hay que dar
por hecho que el texto llano esté escrito en el idioma propio. A may or número de
caracteres más facilidad. En fin, comencemos…
Adelanté un poco el sillón, que me engullía a ratos, hasta quedar frente a frente con
el anciano.
—Lo primero que hay que hacer para acometer cualquier criptograma es realizar
un análisis de frecuencia. Por su cara veo que no sabe de qué le hablo… Pues bien, no es
ni más ni menos que el recuento del número de veces que cada letra se repite en el texto,
con objeto de tratar de relacionar cada una de ellas con su homóloga del alfabeto llano.
Con un poco de suerte se determinará si la cifra empleada es de transposición o si por el
contrario es de sustitución, en cuy o caso se complica el asunto. En nuestro caso parece
complicarse, en efecto: hay demasiadas consonantes, sobre todo eñes, para ser de
transposición—. El viejo catedrático se veía por momentos devuelto a sus días de
enseñanza, ensimismado como antaño en sus explicaciones. También y o comenzaba a
notar las sensaciones que otrora experimentara en sus clases, y escuchaba, atento y
embobado, la lección—. En todo texto, por regla general, siempre se repiten más unas
letras que otras. Esta diferencia de frecuencias es una de las pocas armas de que dispone
el criptoanalista, aunque bien es cierto que es totalmente inoperante si el método de
encriptación resulta ser de sustitución polialfabética. Pero no nos adelantemos…
Sin apartar la vista de la hoja sacó una estilográfica del bolsillo superior de su bata
de andar por casa y comenzó a garabatear frenéticamente en un papel que sacó de algún
sitio junto a la estantería.
—Hay 213 caracteres, 23 de ellos diferentes. Esta cantidad y a es bastante
significativa, puesto que se aproxima bastante al número de letras que componen los
alfabetos de la may oría de idiomas procedentes del latín. Podría darnos a entender que
se ha empleado una cifra de transposición, lo cual

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