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Libro PDF La Rubia De Hormigón – Michael Connelly

La Rubia De Hormigón - Michael Connelly

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Harry Bosch es juzgado por haber
matado, cuatro años antes, a
Norman Church, asesino de once
mujeres, conocido como El
Fabricante de Muñecas.
Incumpliendo el reglamento, Bosch
no esperó refuerzos y disparó a
Church cuando creyó que iba a
sacar una pistola oculta bajo la
almohada; en realidad, buscaba su
peluquín. Por este asunto, el
detective fue degradado a
Homicidios de Hollywood.
Durante el transcurso del juicio es
descubierto el cadáver enterrado en
hormigón de una mujer. Todo apunta
a que se trata de una antigua
víctima de El Fabricante de
Muñecas; pero cuando se establece
la fecha de su muerte se descarta a
Church como su asesino, puesto que
entonces ya había fallecido. Este
hecho pone en dificultades al
detective, pues según la acusación
podría haber matado a un hombre
inocente. Bosch demuestra que un
nuevo asesino en serie, El Discípulo,
está imitando a Norman Church.
En el terreno personal, Harry tiene
problemas con Sylvia Moore, que le
reprocha que la mantenga al margen
de sus preocupaciones y
pensamientos.
Michael Connelly
La Rubia de
Hormigón
Saga Harry Bosch – 3
ePUB v1.0
Polifemo7 20.09.11
Dedicado a Susan, Paul y Jamie Bob y
Marlen, Ellen, Jane y Damián
Prologo
La casa de Silverlake estaba a
oscuras, sus ventanas tan vacías como
los ojos de un cadáver. Era una
construcción antigua, de estilo
California Craftsman, con un porche que
se extendía por toda la fachada y dos
ventanas de buhardilla en la larga
pendiente del tejado. No se veía ninguna
luz encendida tras los cristales, ni
tampoco encima del dintel. La casa
proyectaba una oscuridad ominosa que
ni siquiera el resplandor de la farola de
la calle lograba penetrar. Si había un
hombre aguardando en el porche, Bosch
probablemente no podría verlo.
—¿Está segura de que es aquí? —le
preguntó a la mujer.
—No es en la casa —dijo ella—. Es
detrás, en el garaje. Si adelanta lo verá
al final del camino.
Bosch pisó el acelerador del
Caprice y pasó de largo junto al sendero
de entrada.
—Allí—dijo ella.
Bosch detuvo el vehículo. Había un
garaje detrás de la casa y encima de éste
un apartamento con una luz sobre la
puerta y una escalera de madera en un
costado. Dos ventanas, luz en el interior.
—Vale —dijo Bosch.
Ambos se quedaron mirando el
garaje durante unos segundos. Bosch no
sabía qué era lo que esperaba ver. Tal
vez nada. El perfume de la prostituta
llenaba el coche, y el detective bajó la
ventanilla. No sabía si debía fiarse de
ella o no. Lo único que sabía era que no
podía pedir refuerzos. No se había
llevado radio, y el coche carecía de
teléfono.
—¿Qué va a…? ¡Ahí viene! —dijo
ella con apremio.
Bosch lo había visto, la sombra de
una figura cruzando detrás de la
ventanita. El baño, supuso.
—Está en el baño —dijo ella—.
Allí es donde lo vi todo.
Bosch apartó la mirada de la ventana
y observó a la joven.
—¿Qué vio?
—Yo, eh, revisé el botiquín. Bueno,
cuando estaba allí, sólo para ver qué
tenía. Una chica tiene que ser cuidadosa.
Y vi todo aquello. Maquillaje. Rímel,
pintalabios, toallitas y potingues. Así fue
como supuse que era él. Usa todo eso
para pintarlas cuando ha terminado,
bueno, cuando las ha matado.
—¿Por qué no me lo dijo por
teléfono?
—No me lo preguntó.
Vio que la silueta pasaba por detrás
de las cortinas de la otra ventana. La
mente de Bosch se había disparado y su
corazón aceleraba a plena potencia.
—¿Cuánto hace que salió de ahí?
—Joder, no lo sé. Tuve que caminar
hasta Franklin antes de encontrar a
alguien que me llevara al bulevar.
Estuve en el coche unos diez minutos,
así que no lo sé.
—Inténtelo. Es importante.
—No lo sé, ha pasado más de una
hora. Mierda, pensó Bosch. Ella se había
hecho un cliente antes de llamar a la
poli, lo cual mostraba un alto grado de
preocupación. «Podría haber refuerzos
arriba y estoy aquí mirando.»
Aceleró calle arriba y encontró un
espacio junto a una boca de incendios.
Apagó el motor, pero dejó las llaves en
el contacto. Después de bajar, volvió a
asomar la cabeza por la ventanilla
abierta.
—Escuche, voy a subir. Quédese
aquí. Si oye disparos, o si no vuelvo en
diez minutos trate de que le abra algún
vecino y llame a la policía. Diga que un
agente necesita ayuda. Hay un reloj en el
salpicadero. Diez minutos.
—Diez minutos, cariño. Ahora vaya
a hacerse el héroe, pero yo me llevaré
esa recompensa.
Bosch sacó la pistola mientras
corría por el sendero. La escalera del
costado del garaje era vieja y los
peldaños estaban combados. Los subió
de tres en tres, haciendo el menor ruido
posible. Aun así, tenía la sensación de
que estaba anunciando a gritos su
llegada. En lo alto, levantó el brazo y
con la culata del arma rompió la
bombilla desnuda que había sobre el
dintel. Retrocedió en la oscuridad hasta
la barandilla. Levantó la pierna
izquierda, cargó todo su peso e impulsó
en el talón y asestó una patada seca justo
encima del pomo.
La puerta se abrió con un fuerte
crujido y Bosch traspuso el umbral
agachado en la posición de combate
clásica. Enseguida lo vio al fondo de la
habitación, de pie al otro lado de una
cama. El hombre estaba desnudo y no
sólo era calvo, sino que no tenía ni un
pelo en el cuerpo. Bosch se concentró en
los ojos del tipo y vio que el terror los
invadía.
—¡Policía! — gritó Bosch con voz
tensa— . ¡No se mueva!
El hombre se quedó paralizado
durante un instante, pero enseguida
empezó a agacharse y estiró el brazo
izquierdo hacia la almohada. Dudó una
fracción de segundo y continuó el
movimiento. Bosch no podía creerlo.
¿Qué coño estaba haciendo? El tiempo
se detuvo. La adrenalina que fluía por su
organismo le daba a Bosch la claridad
de una película a cámara lenta. Sabía
que el hombre buscaba la almohada para
tener algo con lo que cubrirse, o bien
estaba…
La mano del hombre se metió bajo la
almohada.
—¡No lo haga!
La mano del sospechoso, que en
ningún momento había apartado los ojos
de Bosch, se estaba cerrando en torno a
algo. Entonces Bosch se dio cuenta de
que su expresión no era de terror. Era
otra cosa. ¿Furia? ¿Odio? La mano
estaba saliendo de debajo de la
almohada.
—¡No!
Bosch disparó una vez y el retroceso
levantó la pistola que sostenía con
ambas manos. El impacto de la bala
propulsó hacia arriba y hacia atrás al
hombre desnudo, que rebotó en la pared
de paneles de madera y cayó sobre la
cama, retorciéndose y vomitando sangre.
Bosch avanzó con rapidez y saltó a la
cama.
La mano izquierda del hombre
volvía a buscar la almohada. Bosch
levantó la pierna izquierda y se
arrodilló en la espalda del hombre para
inmovilizarlo. Sacó las esposas del
cinturón, le cogió la mano izquierda y
luego la derecha y lo esposó con las
manos a la espalda. El hombre desnudo
estaba jadeando y gimiendo.
—No puedo, no puedo… —dijo,
pero su frase se perdió en un acceso de
tos sanguinolenta.
—¿No podía hacer lo que le he
dicho? Le he dicho que no se moviera.
«Muérete, tío», pensó Bosch, pero
no lo dijo. Será más fácil para todos.
Rodeó la cama hasta llegar a la
almohada. La levantó, miró lo que había
debajo durante un par de segundos y la
dejó caer. Cerró los ojos un momento.
—¡Mierda! —dijo en la nuca del
hombre desnudo—. ¿Qué estaba
haciendo? Joder, tengo una pistola y…
¡Le dije que no se moviera!
Bosch rodeó la cama a fin de ver el
rostro del hombre. De su boca seguía
cayendo sangre que manchaba la
deslucida sábana blanca. Bosch sabía
que le había alcanzado en los pulmones.
El hombre se estaba muriendo.
—No tenía que morir — le dijo
Bosch.
El hombre expiró.
Bosch miró por la habitación. No
había nadie más. Ninguna sustituta de la
prostituta que había huido. Se había
equivocado con esa suposición. Se
metió en el cuarto de baño y abrió el
botiquín de debajo del lavabo. Bosch
reconoció algunas de las marcas: Max
Factor, L’Oréal, Cover Girl, Revlon.
Todo parecía encajar.
Miró a través de la puerta del baño
al cadáver que estaba en la cama. El
aire todavía olía a pólvora. Encendió un
cigarrillo y había tal silencio que pudo
escuchar el crujido del tabaco al
quemarse a medida que él inhalaba el
humo tranquilizador.
No había teléfono en el apartamento.
Bosch se sentó en la cocina americana y
aguardó. Al mirar a través de la
habitación hacia el cadáver, se dio
cuenta de que su corazón seguía latiendo
con rapidez y que él se había mareado.
También reparó en que no sentía nada —
ni compasión ni culpa ni pena— por el
hombre que yacía en la cama. Nada en
absoluto.
Trató de concentrarse en el sonido
de la sirena que empezaba a acercarse.
Al cabo de un momento logró discernir
que no era una sirena sino varias

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