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Libro PDF La sal de la tierra – Daniel Wolf

La sal de la tierra – Daniel Wolf

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Tancrède Martel, corregidor de la ciudad
Frédégonde, superiora del convento de las beguinas
Jean Caboche, maestro herrero y jefe de su fraternidad
Archambaud Leblanc, constructor y jefe de su fraternidad
Isoré Le Roux, buhonero
Nobleza y clero
Ulman, obispo de Varennes Saint-Jacques
Aristide de Guillory, caballero lorenés
Renard de Guillory, su padre
Berengar, su sargento
Nicolas de Bézenne, caballero lorenés, enemigo de Aristide
Renouart de Bézenne, primogénito de Nicolas
Padre Jodocus, sacerdote
Espira y bailiaje de Altrip
Eberold, mercader de Espira, tío de Gaspard e Isabelle
Galienne, su esposa
Thomasin, campesino libre
Winand y Boso, criados de Thomasin
Personajes históricos
Federico I, llamado Barbarroja, emperador del Sacro Imperio
Romano
Enrique VI, hijo de Barbarroja, posterior emperador
Folmar de Karden, arzobispo de Tréveris
Johann I, archidiácono de la archidiócesis de Tréveris, canciller del
emperador Federico
Simón II Châtenois, duque de Lorena
Ferry I de Bitche, hermano de Simón, noble lorenés
Ferry II de Bitche, su hijo
Felipe de Suabia, rey del Sacro Imperio Romano desde 1198
Otón de Brunswick, pretendiente al trono y rival de Felipe
Mateo de Lorena, obispo de Toul
Walram von Limburg, noble alemán
Otros
Salvestro Agosti, rico comerciante de Milán
Conon, tejedor de Metz
San Jacques, santo patrón de Varennes
Grimald, ayuda de cámara del archidiácono Johann
Namus, ayuda de cámara del obispo Ulman
Una observación respecto a los nombres: en la Alta Edad Media, el
añadido «de» o «von» aún no era un predicado de nobleza (solo llegó a
serlo, en Alemania y Francia, al principio de la Edad Moderna), la
mayoría de las veces únicamente remitía al lugar del que procedía la
persona. En las ciudades, ya en el siglo XII muchos burgueses tenían
«auténticos» apellidos.
En el anexo se encuentra un glosario de los conceptos históricos
empleados en la novela.
PRÓLOGO
Diciembre de 1173
DUCADO DE LA ALTA LORENA
Dos semanas antes de Navidad, Michel cometió un delito por primera vez
en su joven vida.
Una nieve helada cubría los campos, envolvía los matorrales y las
copas de los árboles y pesaba en los tejados de las cabañas. Era el invierno
más duro desde hacía muchos años. El tuerto Odo afirmaba incluso que
era el más frío de todos los tiempos.
—Y sé también quién nos lo ha traído —había anunciado ayer—.
¡Barbarroja! Sí, nuestro emperador tiene la culpa. Si no hubiera desafiado
al Papa, esto no habría ocurrido. Esto es lo que nos traen sus ganas de
pelea. Dios nos castiga con hielo y nieve y un frío amargo, y no cesará
hasta que Barbarroja haga por fin las paces con la Iglesia.
Odo tenía que saberlo: se pasaba de la mañana a la noche en la taberna
del cruce, abajo, y escuchaba las noticias que traían los mercaderes y
estudiantes de Metz y Varennes Saint-Jacques mientras calentaba sus viejos
huesos junto al fuego de la chimenea.
Justo después de desayunar, Michel y su hermano Jean salieron de casa
y bajaron la colina, pasando por delante de la iglesia del pueblo y el
pequeño cementerio en el que estaba enterrada su madre. Al llegar a la
linde del bosque dejaron el sendero y se deslizaron por entre el monte
bajo, para que Pierre no los viera venir ya desde lejos. Pierre era el
carbonero de Fleury, un tipo enjuto que vivía en una choza solitaria entre
los abetos altos como torres y raras veces se dejaba ver en el pueblo.
Michel sabía de buena fuente que en su cobertizo tenía numerosas tinajas
de sabrosas ciruelas y peras conservadas en miel. Le daba dolor de
estómago tan solo pensar en ello, porque desde hacía semanas no había
comido otra cosa que gachas de mijo y pan seco. Pero Pierre, ese viejo
avariento, nunca les daría nada, podían esperar hasta quedarse tiesos. Si
querían probar esas frutas, tendrían que entrar en el cobertizo y cogerlas.
La cosa no carecía de riesgos. El carbonero odiaba a los niños. La
última vez que habían rondado su cabaña les había tirado castañas y los
había mandado al infierno. Si los encontraba en su cobertizo, seguramente
les daría una paliza, como a Robert, el hijo del herrero, que en verano
había tirado al gato de Pierre a un albañal.
A un tiro de piedra de la cabaña, Michel se dio cuenta de que su
hermano ya no estaba detrás de él. Se volvió y lo descubrió entre los
matorrales al pie de la espesura, revolviendo en su bolsa.
—¡Jean! —llamó en voz baja.
—Ya voy. —Su hermano se apresuró a subir por la nieve. Tenía seis
años, dos menos que Michel, pero no era mucho más pequeño ni más
débil. Para gran disgusto de Michel, Jean se parecía a su padre, alto y
recio, mientras él salía inequívocamente a su madre, que había sido
delgada y delicada.
—¿Qué tienes ahí? —preguntó al ver que Jean llevaba algo en la mano.
—Una pata de topo. Odo me la dio. Es un amlu… un alu…
—¿Un amuleto?
—Debo llevarla conmigo siempre que vaya al bosque —explicó Jean—.
Para que los faunos no me hagan nada.
—Padre dice que los faunos no existen.
—Desde luego que existen. Solo que no se les ve. Se esconden de la
gente.
—¡Silencio! —siseó Michel—. ¿Quieres que Pierre nos oiga?
Se deslizaron por entre la espesura. Michel habría preferido que Jean no
hubiera empezado a hablar de los faunos, porque ahora se sentía
observado por ojos invisibles desde el monte bajo.
Cuando alcanzaron a ver la choza de Pierre, se agacharon.
La pequeña cabaña tenía, como la mayoría de los edificios de Fleury,
las paredes hechas de guijarros superpuestos y el techo de paja. De la
chimenea salía una tenue nube de humo, lo mismo que del pozo de la
carbonera, que se levantaba como una tumba antigua en el prado que había
delante del huerto. Junto a la carbonera estaba el cobertizo, a resguardo
del viento, en el que Pierre conservaba las frutas en miel.
Ningún ruido perturbaba el silencio del bosque.
—Pierre no está —susurró Michel.
—Quizá esté dentro.
—No lo creo. Por la mañana siempre sale a recoger leña. No volverá,
como pronto, hasta el mediodía.
Michel se acercó a la cabaña, seguido por Jean, que apretaba su pata de
topo. Se escondieron detrás de un montón de leña y observaron de cerca la
choza. En la nieve, delante de la puerta, se veían huellas recientes que
llevaban al bosque.
—¿Lo ves? Se ha ido.
—¡Mira! —jadeó Jean cuando una sombra salió corriendo de detrás del
cobertizo.
—No es más que el gato —dijo Michel.
El animal miró receloso hacia el montón de leña antes de escurrirse por
una grieta en la pared.
La voz de Jean temblaba ligeramente:
—Volvamos al pueblo.
—Nos iremos cuando tengamos las frutas —dijo Michel con decisión,
aunque en realidad tenía tanto miedo como su hermano. Pierre, con su
mejilla quemada y su apestosa ropa hecha de pieles y trozos de cuero, le
inspiraba un miedo pagano, y volvió a recordar que Odo había dicho en
una ocasión que el abuelo de Pierre descendía de los trasgos del bosque.
Siempre había creído que esa historia era una tontería, pero de pronto ya
no estaba tan seguro. De hecho Pierre tenía algo de trasgo; la espalda
curvada, por ejemplo, o las manos como garras… ¿no decían que esas
criaturas devoraban niños?
Michel reprimió un escalofrío. Solo la idea de las dulces ciruelas y las
peras le impedía abandonar y huir.
—Espera aquí —dijo a Jean, y cruzó corriendo el prado.
Cuando llegó a la puerta del cobertizo, se dio cuenta de golpe de que su
plan tenía un punto débil fundamental: las huellas. Al ver la nieve, Pierre
sabría enseguida que alguien había entrado en el cobertizo durante su
ausencia, y naturalmente sospecharía de los niños de Fleury. Pero ya no
había nada que hacer. Quizá tuvieran suerte y empezara otra vez a nevar
antes de que el carbonero regresara.
Cautelosamente, Michel descorrió el primitivo cerrojo de madera y
abrió la puerta.
El cobertizo contenía dos toneles, una caja grande y varios sacos de
cereales y legumbres. Michel hizo acopio de fuerzas y se deslizó dentro.
No tardó en encontrar las frutas en conserva: Pierre las guardaba en una
segunda caja que estaba detrás de los toneles. Michel abrió una de las
tinajas de arcilla. La visión de las ciruelas sumergidas en miel le hizo la
boca agua, y no pudo resistirse a sacar una fruta y metérsela en la boca.
Cerró los ojos, lleno de placer. Debían de haber pasado meses desde la
última vez que había comido algo tan exquisito. Por un momento,
consideró la idea de llevarse tantas tinajas como pudiera cargar. Pero
luego su conciencia despertó. No quería causar un grave daño a Pierre.
Bastaría con una tinaja.
Puso la tapa del recipiente, cerró la puerta del cobertizo y regresó junto
a Jean.
—¡Trae! —dijo excitado su hermano, tratando de coger la tinaja.
—Comeremos cuando estemos en el pueblo.
—Tú ya te has comido una, te he visto. ¡Déjame a mí también! —Jean
trató de quitarle la tinaja y empezaron a forcejear—. ¡Siempre quieres
prohibírmelo todo!
—Si no te gusta, coge tu propia tinaja. Pero no te atreves…
Se quedaron petrificados al escuchar ruidos.
Voces. Ramas que se quebraban.
Crujir de pasos.
—¡Agacha la cabeza! —exclamó Michel.
Se agacharon detrás del montón de leña y observaron la linde del
bosque. Entre los árboles apareció Pierre, avanzando a trompicones por el
sendero. El carbonero tenía un aspecto espantoso: el rostro quemado lleno
de golpes, el ojo izquierdo hinchado, el mandil manchado de sangre.
Además, alguien le había atado las manos con una correa de cuero.
Le seguían dos hombres que de vez en cuando le daban un golpe. Por
sus yelmos y vestes, Michel los reconoció como guerreros de Guiscard de
Thessy.
Se mordió el labio inferior. No le costaba trabajo adivinar lo que había
ocurrido: habían sorprendido a Pierre cazando furtivamente. En el pueblo
hacía mucho que sabían que aquello iba a ocurrir un día u otro. Era un
secreto a voces entre los habitantes de Fleury que Pierre andaba a veces
con su honda por el monte bajo para cazar a escondidas una liebre, un
corzo o incluso un jabato. Pero a los siervos les estaba prohibido bajo
amenaza de castigo cazar en los bosques comunales. Solo el duque y sus
vasallos tenían derecho a hacerlo.
Por fin, apareció un jinete. El estómago de Michel se contrajo. Guiscard
de Thessy montaba su corcel de batalla con la espalda encorvada, envuelto
en una túnica de lana que le protegía del áspero frío. El tosco tejido caía
sobre la espada que llevaba al cinto, y debido a la capucha solo se veía de
su semblante la barba crecida, entremezclada de mechones grises. Era un
caballero del duque y el señor de Fleury… y no había en todo el mundo
nadie a quien Michel tuviera más miedo.
Contempló la tinaja en sus manos. No podía pensar en lo que Guiscard
haría si lo pillaba con las frutas robadas. Enterró a toda prisa el recipiente
en la nieve. Jean no se dio cuenta. Con los ojos abiertos de par en par,
observaba a los dos guerreros y a Guiscard, que se acercaban a la cabaña
con su prisionero.
—Tenemos que irnos de aquí enseguida —le susurró Michel.
Antes de que los hombres pudieran verlos, atravesaron corriendo el
prado, pasaron delante de la carbonera y se deslizaron por entre la
espesura hasta alcanzar el camino que recorría la linde del bosque. Allí,
empezaron a correr como si el diablo anduviera tras ellos. Solo en una
ocasión Michel echó una mirada por encima del hombro. Guiscard y sus
guerreros no parecían perseguirlos.
Finalmente llegaron a la iglesia, y poco después a Fleury, su pueblo
natal, que estaba en una hondonada entre las colinas. De la treintena de
casas campesinas, alrededor de la mitad rodeaban una extensa plaza en la
que los lugareños atendían sus trabajos. Julien, el herrero, destrozaba con
unas tenazas el hielo que cubría el pozo. Varias mujeres hacían pan en el
horno del pueblo mientras intercambiaban los cotilleos más recientes.
Michel y Jean corrieron hacia su cabaña, ante la que su padre, un
hombre rubio, de anchos hombros, estaba en ese momento cortando leña.
Su respiración humeaba en el aire gélido. A su lado, su hermana Vivienne,
de dos años, jugaba en la nieve.
—¿Dónde os habíais metido? —preguntó—. Ya os he dicho que tenéis
que limpiar la pocilga.
—Pierre —jadeó Michel—. Lo han encadenado… Guiscard… furtivo…
Su padre dejó caer el hacha y frunció el ceño.
—¿Guiscard ha sorprendido a Pierre cazando furtivamente?
Michel asintió.
—¿Y tú cómo lo sabes? ¿Lo has visto?
Cuando Michel se disponía a balbucear una respuesta, su padre dijo:
—Primero recobra el aliento. Luego, cuéntame en orden qué es lo que
ha pasado.
Antes de que Michel pudiera empezar, Guiscard, sus hombres y el
desdichado Pierre aparecieron en el sendero que bajaba de la colina junto
a la iglesia. Con el hacha en la mano, el padre de Michel salió a la plaza
para poder ver mejor. También los otros habitantes del pueblo
interrumpieron su trabajo y alargaron el cuello.
Los dos guerreros arrastraron a Pierre hasta la plaza, y junto al pozo
uno de los hombres le dio una patada en la corva. Debido a las cadenas, el
carbonero no pudo frenar su caída y dio con el rostro en la nieve. Gimió
ligeramente, pero no hizo intento alguno de levantarse.
Nadie corrió en su ayuda. Con la llegada de los hombres, los lugareños
habían dejado la plaza a toda prisa. Ahora estaban delante de sus cabañas,
temerosos, observando en silencio los acontecimientos.
Guiscard tiró de las riendas de su caballo y arrojó a la nieve dos
conejos muertos. La voz que acto seguido salió de la capucha era ronca y
oscura, casi como el gruñido de un animal de rapiña.
—Este canalla ha osado cazar furtivamente en el bosque comunal y
matar estas liebres. Al hacerlo nos ha robado a todos… a vosotros, a mí y
a Su Gracia el duque Mateo. Al parecer, cree que la ley no va con él. Ved
lo que les sucede a aquellos que violan la veda.
El caballero hizo una seña a sus guerreros, y los dos hombres cogieron
a Pierre por los brazos y lo pusieron en pie.
—Tened piedad, señor, os lo imploro —suplicó el carbonero, mientras
la sangre brotaba de su nariz rota.
—Id a la casa —ordenó el padre de Michel.
Sin titubear, Michel cogió la mano de su hermana, que parecía a punto
de echarse a llorar. Jean no dio muestras de ir a seguirle. Con fascinado
horror, contemplaba a los guerreros que llevaban a Pierre a través de la
plaza.
—¡Ven! —siseó Michel.
A regañadientes, su hermano le siguió dentro de la choza.
—¿Crees que van a colgar a Pierre? —preguntó cuando Michel cerró la
puerta—. ¿Lo crees?
Michel rogaba por que Pierre recibiera un castigo más suave. Sin duda
no podía soportar al carbonero, pero estaba muy lejos de desearle la
muerte. Sin dar una respuesta a Jean, atravesó la parte delantera de la
choza, en la que se encontraba la cochiquera con el cerdo de la familia, y
puso a Vivienne en uno de los dos catres que había junto a la hoguera.
Estaba hecho de pieles y mantas de lana burda sobre un sencillo armazón
de madera y era lo bastante ancho como para que los tres hermanos
pudieran dormir en él.
—No llores —dijo cuando la niña empezó a sollozar—. No tienes que
tener miedo. —Le dio su muñeca—. Mira, aquí está Joie. Juega un poquito
con ella, ¿eh?
Vivienne lloraba constantemente, la mayoría de las veces sin motivo
aparente, y a veces Michel tenía ganas de darle un coscorrón. Pero nunca
lo hacía. Jamás lo habría admitido, pero quería a su hermana pequeña y no
le importaba cuidar de ella. Desde la repentina muerte de su madre hacía
apenas dos años, ese era su deber, y se lo tomaba muy en serio.
Felizmente, Vivienne se calmó y poco después estaba sumida en sus
juegos. Michel volvió junto a Jean, ignorando al cerdo que alargaba el
hocico en espera de alimento.
—¡Están atándolo! —exclamó Jean, que observaba la plaza por uno de
los respiraderos de la pared de la casa. Como la mayoría de las cabañas de
Fleury, tampoco la suya tenía verdaderas ventanas.
Michel sacó la paja de otra rendija en la pared y miró fuera. Los
guerreros habían llevado a Pierre hasta la taberna del pueblo, donde
habían cortado sus ataduras y le habían atado las manos a una viga del
alero.
Guiscard descabalgó con una vara de abedul en la mano. Se echó atrás
la capucha, dejando al descubierto su cráneo pelado y lleno de cicatrices.
Cuando se dirigió hacia la taberna, la nieve crujió bajo sus botas.
—Señor, esperad… por favor —dijo el padre de Michel.
Guiscard se volvió y le miró fijamente. Michel ya había visto a menudo
esa mirada: «No tienes derecho a dirigirte a mí —parecía decir—. Eres
escoria, menos que la porquería de las suelas de mis botas. Debería
matarte por esta desvergüenza». Guiscard miraba de ese modo a todos los
siervos.
Pero el padre de Michel no se dejó intimidar.
—Es un duro invierno, señor —dijo—. Pierre ha cazado en furtivo para
no morir de hambre. Apiadaos de él, y nos encargaremos de que no
vuelva a hacerlo.
Michel se mordió el labio. El puño de Guiscard se cerraba en torno a la
vara como si estuviera considerando la posibilidad de azotar al padre de
Michel en vez de al carbonero.
—No importa por qué lo ha hecho —respondió ásperamente el
caballero—. La ley es la ley, y no hay excepciones. ¿Cuándo vais a
aprenderlo de una vez, esclavos?
Con pasos pesados, se dirigió hacia la taberna. Uno de los guerreros
sacó un puñal, rasgó la cogulla de Pierre y dejó al descubierto la pálida
espalda del carbonero.
Guiscard cogió impulso. Pierre gritó de dolor cuando la vara sacudió
su piel. El caballero golpeó una y otra vez, de manera que la espalda de
Pierre pronto estuvo cubierta de sangrientos verdugones. Aunque Michel
apenas soportaba verlos, no podía apartar la mirada. Estaba allí sentado
conteniendo el aliento, mirando por la rendija, como hechizado por el
espantoso acontecimiento delante de la taberna.
Solo cuando Vivienne empezó a llorar, logró apartarse de allí. Se sentó
junto a ella en el lecho y le habló con palabras tranquilizadoras. No sirvió
de nada: lloraba incluso más. A Michel no se le ocurrió otra cosa que
taparle los oídos para que no oyera los gritos de Pierre.
En algún momento, el carbonero enmudeció.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Michel a su hermano, que seguía
espiando por el respiradero.
—El señor se ha detenido —respondió Jean.
—¿Y Pierre… está… está muerto?
—No lo sé…
El miedo de Vivienne se había calmado un poco y ya no lloraba. Michel
le dio su muñeca, corrió a la rendija del muro y miró hacia la taberna.
Pierre colgaba inmóvil de sus ataduras, su espalda era una sola herida.
Michel no era capaz de distinguir si estaba muerto o solo desmayado. Uno
de los guerreros sonreía despectivo a los lugareños.
Guiscard tiró la vara de abedul a la nieve y montó.
—Soltadlo —ordenó.
El padre de Michel y otros dos lugareños, Jacques y Renier, corrieron
hacia Pierre y cortaron sus ataduras. El carbonero gimió cuando los tres
hombres lo tumbaron boca abajo en el suelo. El padre de Michel murmuró
algo, y Renier cruzó corriendo la plaza.
—El próximo al que atrape cazando en furtivo no saldrá tan bien
librado —dijo Guiscard—. Lo colgaré, así Dios me ayude. Así que
aprended de una maldita vez.
El caballero picó espuelas y se fue de allí. Sus guerreros lo siguieron a
paso de marcha.
Por fin, los lugareños salieron de su estupefacción. Acudieron
corriendo a la taberna y entablaron un airado debate. La mitad insultaba a
Pierre por su necedad, la otra mitad aireaba su furia por el castigo
excesivo. El viejo Odo incluso agitó el puño en dirección a las colinas en
las que estaba el feudo de Guiscard, y lanzó unas cuantas maldiciones en
extremo violentas.
—¡Cierra la boca, idiota! —le hizo callar Julien—. ¿O es que tú también
quieres que te dejen medio muerto a palos?
Poco después volvió Renier. Con él iba Eloise, la comadrona, que como
siempre llevaba su amplia cogulla mil veces remendada. Michel se alegró
de que hubieran ido a buscarla. De todos los habitantes del pueblo, era la
que más sabía de las artes curativas. Cuando Michel estuvo enfermo el
invierno anterior, la comadrona le había dado una infusión de hierbas que
tenía un sabor espantoso, pero le había curado la fiebre en el plazo de dos
días. Con ella Pierre estaba en buenas manos.
—Apartaos de mi camino —dijo con voz acostumbrada al mando, y los
lugareños le hicieron sitio.
Entretanto, el padre de Michel y Jacques habían vendado la espalda de
Pierre con tiras de tela. Eloise miró el trabajo hecho y asintió
escuetamente.
—Llevadlo a mi cabaña.
Alguien trajo unas andas hechas de ramajes; Jacques y Renier pusieron
al herido encima y se lo llevaron. Pierre estaba consciente, pero Michel
vio el brillo febril en sus ojos. Necesitaba urgentemente ayuda.
Una vez que Eloise se hubo ido, los lugareños se fueron dispersando,
desaparecieron en sus cabañas o prosiguieron angustiados sus tareas. El
padre de Michel aún habló un rato con su amigo Julien antes de dirigirse a
la cabaña con gesto iracundo.
Michel y Jean taparon a toda prisa

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