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Libro PDF La Séptima Puerta – Margaret Weis & Tracy Hickman

 La Séptima Puerta - Margaret Weis & Tracy Hickman

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borboteantes aguas como si quisieran
agarrarse a Marit.
La patryn se llevó la mano a la
empuñadura de la espada, pero Hugh la
detuvo.
—No es más que un cadáver.
Marit se fijó mejor y vio que el
mensch tenía razón. El brazo, fláccido,
fue aspirado por la corriente casi de
inmediato.
—El hechizo está desvaneciéndose
—anunció, irritada consigo misma—.
Debemos darnos prisa.
Con un suspiro, continuó la travesía,
pero una fina capa de agua se extendía
rápidamente sobre el hielo y lo volvía
mucho más resbaladizo. Patinó y trató de
asirse a Hugh, pero éste también había
perdido el equilibrio. Los dos cayeron
al hielo. A gatas sobre él, Marit se
encontró mirando la horrible sonrisa y
los ojos saltones de un lobuno muerto.
El hielo negro se rompió justo entre
sus manos. El lobuno salió a la
superficie, pareció levantarse
directamente hacia la patryn, y ésta
retrocedió involuntariamente. Hugh la
Mano la retuvo.
—El hielo se está rompiendo —dijo
con un chillido.
Y estaban todavía a media docena de
pasos de la orilla. Marit se arrastró
hacia ella gateando, ya que no podía
ponerse en pie. Tenía los brazos y las
piernas doloridos de frío. Hugh se
deslizó a su lado. Tenía la cara
palidísima, la mandíbula apretada con
tal fuerza que recordaba el hielo, los
ojos desorbitados y la mirada perdida.
Para él, nacido y criado en un mundo sin
agua, perecer ahogado era la peor
muerte imaginable y el terror casi le
había hecho perder la razón.
Pero estaban cerca de la orilla,
cerca de la salvación.
El Laberinto poseía una inteligencia
maliciosa, una astucia malévola. Le
permitía a su víctima un atisbo de
esperanza, le permitía imaginar que
alcanzaría a ponerse a salvo.
La mano entumecida de Marit se
agarró a un gran peñasco de los varios
que bordeaban la ribera, pugnó por
mantenerse asida con sus insensibles
dedos y trató de incorporarse.
El hielo cedió bajo sus pies y la
sumergió hasta la cintura en el agua
negra y espumosa. La mano resbaló de
la roca. La corriente empezó a
arrastrarla…
Un empujón tremendo de unos
brazos poderosos impulsaron a Marit
hacia arriba y hacia la orilla. La patryn
aterrizó violentamente y el golpe la dejó
sin resuello. Se quedó tendida, jadeante,
hasta que un barboteo y un grito hicieron
que se volviera.
En precario equilibrio sobre un
témpano de hielo, Hugh se agarraba con
una mano al tronco de un árbol
achaparrado que sobresalía de la orilla.
La Mano la había puesto a salvo y había
conseguido asirse al árbol, pero las
aguas embravecidas trataban de llevarse
la placa de hielo en la que se sostenía.
Intentó cogerse al árbol con las dos
manos, pero la corriente era demasiado
fuerte. La mano con que se asía
empezaba a resbalar…
Marit se arrojó materialmente sobre
Hugh en el momento en que él perdía
contacto. Los entumecidos dedos de la
patryn lo agarraron por la espalda del
chaleco de cuero y tiraron de él para
sacarlo del río. Marit estaba de rodillas
y el agua subía. Si fallaba, los dos se
hundirían. Con desesperación, cerró las
manos sobre el chaleco y tiró hasta casi
arrancárselo. Con las rodillas hundidas
en el fango, arrastró el pesado cuerpo
del mensch hacia la orilla. Hugh era
fuerte y colaboró cuanto pudo. Pataleó,
buscó puntos de apoyo con las piernas,
sin dejar de sacudirlas, y por fin
consiguió arrastrarse hasta tierra firme.
Allí se quedó, jadeando y tiritando
de frío y de terror. Marit escuchó un
retumbar sordo y miró río arriba. Un
muro de agua negra teñida de espuma
roja avanzaba, atronador, empujando a
su paso enormes bloques de hielo.
—¡Hugh!
El mensch levantó la cabeza y vio la
monumental crecida. Se puso en pie,
tambaleándose, y empezó a gatear
pendiente arriba. Marit no estaba en
condiciones de ayudarlo; apenas podía
consigo misma. Al llegar a un terreno
más firme y llano, se derrumbó en el
suelo; casi ni se dio cuenta de que Hugh
la Mano se dejaba caer también, cerca
de ella.
El río rugió de rabia al ver que se le
escapaba la presa, o quizá sólo era obra
de su imaginación. Marit relajó su
acelerada respiración y tranquilizó el
latir desbocado de su corazón. Después,
dejó que la magia rúnica la calentara
hasta librarla de aquel frío atroz.
Pero no podía quedarse mucho rato
allí tendida. El enemigo —caodín,
lobuno u hombre tigre— debía de estar
oculto en el bosque, observándolos.
Echó un vistazo a los signos mágicos
que llevaba tatuados en la piel, cuyo
resplandor la advertía de la proximidad
de un peligro. Tenía la piel ligeramente
azulada, pero ello se debía al frío. Los
signos mágicos estaban apagados.
Esto debería haberla tranquilizado,
pero no fue así. Resultaba ilógico. Sin
duda, algunos de los que habían atacado
la ciudad con tanta furia el día anterior
debían de acechar todavía en las
cercanías de la muralla, a la espera de
la oportunidad de tomar por sorpresa a
algún grupo de exploración.
Pero las runas no despedían su
fulgor mortecino; si acaso, muy, muy
débilmente. Si había algún enemigo por
los alrededores, andaba muy lejos y no
estaba interesado en ella. Marit no
acababa de entenderlo y no le gustaba.
La misteriosa ausencia de enemigos
la atemorizaba más que la visión de una
jauría de lobunos.
Esperanza. Cuando el Laberinto
ofrecía esperanza a alguien, significaba
que se disponía a arrebatársela.
Se incorporó hasta ponerse en
cuclillas, alerta y cauta. Hugh la Mano
yacía en el suelo, hecho un ovillo y
presa de temblores incontenibles.
Tenía el cuerpo contraído por los
escalofríos y los labios amoratados, y
los dientes le castañeteaban con tal
violencia que se había mordido la
lengua. De la comisura de sus labios
manaba un reguero de sangre.
Marit no sabía gran cosa de los
mensch. ¿Era posible que el frío lo
matara? Tal vez no, pero podía dejarlo
débil o enfermo, y obligarla a hacer más
lenta la marcha; moverse, caminar, lo
ayudaría a calentarse. Pero antes tenía
que ponerlo en pie.
Recordó haber oído a Haplo decir
que la magia rúnica podía curar a un
mensch. Se arrastró a gatas hasta Hugh,
cerró las manos en torno a las muñecas
del hombre y dejó que la magia fluyera
desde su cuerpo al de él.
Los temblores cesaron. Poco a poco,
una sombra de color volvió a sus
pálidas facciones. Por último, con un
suspiro, Hugh se quedó tumbado en el
suelo boca arriba, cerró los ojos y dejó
que el bendito calor se difundiera por su
cuerpo.
—¡No te duermas! —lo previno
Marit.
Hugh acercó su sensible lengua a los
dientes y lanzó un gemido, seguido de un
gruñido.
—En mi mundo de Ariano soñaba
que, cuando fuera rico, chapotearía en
agua. Tendría un gran tonel de agua
delante de mi casa y me zambulliría en
ella, la arrojaría por encima de mi
cabeza. Ahora, en cambio —continuó
con una mueca—, ¡que me lleven los
antepasados si pruebo un sorbo siquiera
del condenado líquido!
Marit se incorporó.
—No podemos quedarnos aquí, en
terreno abierto. Tenemos que movernos,
si te sientes capaz.
Hugh se puso en pie al instante.
—¿Por qué? ¿Qué sucede?
Observó los signos mágicos de los
brazos y las manos de la patryn; había
estado cerca de Haplo lo suficiente
como para conocer los signos mágicos.
Al verlos apagados, miró a Marit con
aire inquisitivo.
—No lo sé —respondió ella, con la
mirada vuelta hacia el bosque—. No hay
nada cerca, parece, pero… —Sacudió la
cabeza, incapaz de explicar su inquietud.
—¿Por dónde vamos? —preguntó
Hugh. Marit se quedó pensativa. Vasu
había señalado el lugar donde había
sido visto por última vez el dragón
verde y dorado; es decir, Alfred.
Quedaba en la dirección de la siguiente
puerta, en el lado de la ciudad que daba
a dicha puerta{1}. Ella y Vasu habían
calculado que la distancia podía
cubrirse en medio día de viaje a pie.
La patryn se mordió el labio. Tenía
dos opciones. Una era entrar en la
espesura, que les daría abrigo pero
también los haría más vulnerables a sus
enemigos, los cuales —si continuaban
allí fuera— utilizarían sin duda los
bosques para ocultar sus movimientos.
La otra era quedarse junto a la orilla del
río, a la vista de la ciudad. Durante un
trecho más, cualquier enemigo que la
atacara estaría al alcance de las armas
mágicas que empuñaban los centinelas
de las murallas de la ciudad.
Marit decidió quedarse cerca del
río, al menos hasta que la ciudad ya no
pudiera brindarles protección. Para
entonces, tal vez habrían encontrado un
camino que los condujera hasta Alfred.
Prefería no pensar cómo podía ser
dicho camino.
Hugh y Marit avanzaron con cautela
a lo largo de la ribera. Las aguas del río,
negras como la tinta, se agitaban y
refunfuñaban en el cauce, rumiando
sobre las indignidades que habían
sufrido. Los dos expedicionarios
tuvieron buen cuidado de no acercarse a
la resbaladiza pendiente de la orilla, por
un lado, y de evitar las sombras del
bosque, por el otro.
La espesura estaba en silencio. En
un extraño silencio. Era como si todo
ser viviente hubiera desaparecido…
Marit se detuvo, enferma de
angustia, al comprender qué sucedía.
—Por eso no hay nadie por aquí —
dijo en voz alta.
—¿Qué? ¿Por qué? ¿De qué estas
hablando? —preguntó Hugh, alarmado
por su brusca detención.
La patryn señaló hacia el ominoso
fulgor rojizo del horizonte.
—Han acudido todos a la Última
Puerta. Para participar en la lucha contra
mi pueblo.
—Buen viaje, pues —dijo la Mano.
Pero Marit movió la cabeza en gesto de
negativa—. ¿Por qué no? —Insistió
Hugh—. ¿Se han marchado? ¡Estupendo!
Según Vasu, la Última Puerta queda muy
lejos de aquí. Ni siquiera esos hombres
tigre podrán llegar allí a tiempo.
—No lo entiendes —replicó Marit,
abrumada de desesperación—. El
Laberinto puede transportarlos. Puede
llevarlos allí en un abrir y cerrar de
ojos, si quiere. Todos nuestros
enemigos, todas las malévolas criaturas
del Laberinto… agrupadas para combatir
a mi pueblo. ¿Cómo podremos
sobrevivir?
Estaba dispuesta a rendirse. Su
misión parecía inútil. Aunque encontrara
a Alfred con vida, ¿de qué serviría? Al
fin y al cabo, Alfred era uno solo. Sí,
era un mago muy poderoso, pero estaba
solo. «Busca a Alfred», le había dicho
Haplo. Pero éste no podía saber cuan
desfavorables eran las circunstancias
para ellos. Y, ahora, Haplo había
desaparecido, tal vez muerto. Y el Señor
Xar, también.
Su señor, al que debía lealtad. Marit
se llevó la mano a la frente. El signo
mágico que Xar le había tatuado en la
piel, el signo que había sido muestra del
amor y la confianza ciega que ella le
profesaba, escocía a Marit con un dolor
sordo y pulsante. Xar la había
traicionado. Peor aún: parecía haber
traicionado a su pueblo.
Xar era lo bastante poderoso como
para resistir la acometida de los seres
maléficos. Su presencia habría inspirado
a su pueblo; su magia y su astucia
habrían proporcionado a los suyos una
posibilidad de victoria.
Pero Xar les había vuelto la
espalda…
—Nos ha abandonado a nuestra
suerte. Xar… ¡Xar no haría una cosa así!
No, no puedo creerlo —musitó Marit
para sí—. Se marchó…, se llevó con él a
Haplo… ¡para curarlo! ¡Sí, eso es! ¡Mi
señor curará a Haplo y, luego, los dos
volverán para combatir a nuestro lado!
Pensándolo bien, era lógico. Xar
había retirado a Haplo a un lugar seguro.
Mientras tanto, a ella le correspondía la
tarea de localizar a Alfred. ¡Cuando
estuvieran todos juntos allí, ante la
Última Puerta, nada podría derrotarlos!
Marit se apartó los cabellos
mojados de la frente con gesto enérgico.
Con la misma resolución, apartó de su
mente todo lo que no tuviera relación
con su problema más inmediato. Había
olvidado una lección importante: no
mirar nunca demasiado lejos. Lo que una
veía podía ser un espejismo. Era preciso
mantener la vista fija en la senda que se
pisaba.
Y allí estaba. El rastro.
Marit se maldijo. Había estado tan
preocupada que casi había pasado por
alto lo que estaba buscando. Hincó la

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