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Libro PDF La Sombra Del Dinero Sandra Estevez Calvar

La Sombra Del Dinero  Sandra Estevez Calvar

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í señora –contestó Graciela. Su tono de voz mostraba respeto y sumisión.
– Perfecto, me alegra que lo hayas entendido todo a la primera. No me gusta repetir las cosas más de una vez. Ahora, la compañera te indicará cuál es tu
habitación, donde podrás dejar tus pertenencias. También te enseñará el resto de la vivienda, y te pondrá al día de ciertas costumbres que tenemos en la familia –
dijo Ruperta, con autoridad y altanería. La miró de arriba abajo con su particular superioridad. El brazo izquierdo lo tenía cruzado, el codo del otro descansaba
sobre el torso de la mano izquierda, y la otra estaba apoyada en el pecho.
– Muchas gracias por su gratitud –respondió la mujer. El desprecio que la propietaria de la casa sentía por el personal de servicio, se palpaba a leguas. Su
nueva jefa iba ataviada con un mono negro de raso, zapatos y cinturón rojos, y una chaqueta sin cuello blanca, de tres cuartos. En cambio, ella vestía unos vaqueros
negros y una camiseta estampada que realzaba las marcas que el embarazo, y el fuerte tratamiento que tomaba, desde la muerte de su marido, habían dejado en su
cuerpo.
Ruperta salió del despacho con la cabeza erguida, mirando al frente. El ruido de sus tacones de aguja resonaba en toda la sala. Un minuto después, apareció
María, para acompañar a Graciela hasta el ala de la casa que era utilizada por el personal de servicio. Le ayudó con el poco equipaje que traía, y le explicó cuáles serían
sus tareas diarias.
Graciela estaba muy ilusionada con ese trabajo, pues llevaba varios meses sin trabajar debido a la crisis. Nunca había servido en una vivienda tan grande ni
para una gente tan adinerada y aristocrática.
La vivienda, de estilo contemporáneo y minimalista, era impresionante, con ochocientos metros cuadrados de superficie construida, suelo radiante, hilo
musical en todas las dependencias y siete dormitorios. En la primera planta se ubicaba la cocina, un salón semicircular con enormes ventanales que alcanzaban toda la
altura de la planta, y que daban, unos, a la piscina exterior, y otros, al jardín. Las paredes estaban pintadas de blanco, al igual que los sofás que descansaban sobre una
fascinante alfombra de color vino. En una de las paredes yacía una moderna chimenea y, en el centro, y sobre otra carísima alfombra, resplandecía un piano. También se
ubicaba un amplio comedor con una impresionante mesa para doce comensales, la sala de cine, sala de lectura, sala de juegos, un despacho privado y la zona de
gimnasio. Los suelos eran de pizarra y las escaleras interiores de piedra natural. Al lado de la cocina estaba la zona de lavandería y, justo en la zona contraria, te
encontrabas con una inmensa piscina interior totalmente climatizada, con diversos ventanales que daban al exterior. En la primera planta se hallaban parte de los
dormitorios y varios despachos, y en la segunda el resto de las habitaciones. En las dos torres de la vivienda vivía el personal que trababa en la casa. El exterior contaba
con piscina de diseño con cascada y diversas terrazas, pista de tenis, un delicado jardín y un extraordinario garaje para cuatro vehículos.
La chica nueva se encargaría de las plantas, segunda y tercera, en las cuales estaban los dormitorios de la familia con los baños y vestidores integrados, las
salas privadas, y ayudaría también a servir la comida cuando fuera necesario. Había sido elegida entre diez candidatas, para cubrir la baja de otra chica que se había caído
por las escaleras principales. Nunca le había asustado el trabajo, no lo iba a hacer ahora. Necesitaba el dinero para sacar a su hija adelante, tras la muerte accidental de su
esposo.
El personal que trabajaba allí era muy discreto, tal y como requerían en la oferta de trabajo. Se les exigía uniforme y el pelo impolutamente peinado,
preferiblemente atado y nada de tacones ruidosos. A Graciela le costó una semana coger confianza con sus compañeras, y no porque ella no quisiera o fuera
introvertida, sino porque ellos se mostraban reservados. En total eran siete personas al servicio de esa familia, cada cual con sus tareas y responsabilidades. Pepa era la
encargada de la primera planta de la casa, Esperanza ayudaba a todos en general a limpiar y a servir las comidas, Lucía era la cocinera, María era el ama de llaves, la única
persona en la que confiaba Ruperta, Luis era el chófer al servicio de la familia y marido de María, y Suso el jardinero y estaba casado con la cocinera.
Ella se defendía sin problemas, e incluso, en muchas ocasiones, ayudaba a los demás para adelantar trabajo y ganarse su confianza. La vivienda estaba
apartada de la ciudad, construida en una zona privilegiada con impresionantes vistas y gran privacidad, por lo que los empleados tenían que habitar en ella. Cada semana
completa de trabajo, libraban dos días, que aprovechaban para ir a visitar a sus familiares.
La acaudalada familia la formaban las siguientes personas: Alfred, de nacionalidad inglesa, era el cabeza de ésta, y propietario de una multinacional dedicada
a la fabricación y comercialización de material eléctrico; Ruperta era su esposa, una mujer que le gustaba vivir bien y aparentar normalidad y codearse con gente de las
altas esferas, pese a que provenía de una familia normal. Alba era la hija, que apenas estaba en la mansión, debido a que estudiaba en una universidad en el extranjero;
Pedro era el vástago mayor, separado, vividor, juerguista y derrochador; Jorge era el descendiente más joven de la familia, que iba por el mismo camino de su hermano; y
por último estaba Ryan, sobrino y primo de los anteriores, llevaba toda su vida viviendo con ellos, porque sus padres se habían fugado pocos meses después de haber
nacido él. Lo trataban como un hijo y hermano, y era el que gestionaba los negocios de su tío en España, ante la pasividad del heredero mayor de la familia. Alfred
confiaba plenamente en él por su seriedad y competitividad. Lo había educado de la misma manera que sus tres hijos, y nunca le ocultó que su hermana y su marido, lo
habían dejado a las puertas de su vivienda con pocos meses, para, posteriormente, fugarse a algún remoto lugar, evadiendo así la responsabilidad de ser padres. Ruperta
había optado por entregarlo en algún orfelinato pero su esposo se negó rotundamente.
Hacía más de treinta años que no sabían nada de la pareja.
Su dormitorio era pequeño pero cómodo. Las paredes estaban pintadas de blanco y el suelo era de parqué flotante de pino. Cama con canapé, donde
guardaba la maleta y el calzado, un pequeño armario y una silla antigua reciclada, que hacía de mesilla de noche. El cabecero de la cama era un vinilo decorativo de un
árbol gris cuyas ramas caían y las hojas eran círculos que decoraban. La cubría una preciosa colcha rústica lisa, en un tono blanco óptico y sobre ella tres cojines grises y
esponjosos, igual que las cortinas que encubrían una pequeña ventana. Contaba con un baño integrado, televisor y una radio. Obviamente, cada uno de los trabajadores
se encargaba del mantenimiento de su propio cuarto. Cuando se retiraba, lo primero que hacía era llamar por teléfono a la madre para preguntarle cómo estaba su niña.
La echaba muchísimo de menos y esperaba con ansiedad los días libres para ir a visitarlas y disfrutar de su cariño. Las noches que no podía conciliar el sueño, que eran
prácticamente todas, pensaba que su niña la olvidaría, que no reconocería su voz ni la forma de acariciarla, y eso la estaba torturando. Deseaba estar a su lado y disfrutar
de su niñez, pero la situación económica no se lo permitía. Su madre cobraba una pequeña pensión y no llegaba para las tres. Los pocos ahorros que tenían, los habían
gastado en el funeral de su esposo, y cubrieron los gastos básicos de la pequeña como vacunas, pañales y leche. Los vecinos le habían regalado la ropa que ya no les
servía y, así, fueron aguantando hasta entonces.
Además de acordarse de su hija las noches de insomnio, dormía envuelta en una camisa azul de Marcos y con la fotografía de ambos entre sus brazos, el día
de la boda, recordando los magníficos momentos que habían vivido juntos, y también la noche que la llamaron para comunicarle la trágica noticia. Tras ese hecho, se
prometió que nunca más volvería a ser feliz con otra persona, salvo con su hija. Su corazón estaba cerrado al amor.
Habían pasado quince meses pero la herida permanecía igual que si fuera ayer. Patricia apenas tenía nueve meses cuando él las dejó para siempre, sin poder
disfrutar de la hija que tanto quería y con la que se había emocionado el día de su nacimiento.
Su fallecimiento había sido inesperado para todos. Marcos trabajaba en una empresa de reparación de electrodomésticos y, cuando se disponía a regresar a
su casa, otro vehículo lo embistió lateralmente, provocando que su coche saliera de la pista y chocara contra un enorme y compacto muro de hormigón. El conductor se
dio a la fuga y, hasta la fecha, la Guardia Civil no había conseguido descubrir al causante de ese terrible accidente, y así hacer que pagara por la muerte de un hombre
trabajador, honrado y que adoraba a su familia. La empresa en la que trabajaba, tampoco se responsabilizó del fallecimiento porque habían pasado varias horas desde
que abandonara el puesto de trabajo, y el seguro de su coche se lavó las manos, dejando totalmente abandonadas a Graciela y su pequeña. Los investigadores le habían
comentado que había sido un automóvil de alta cilindrada, posiblemente un todoterreno, pero hasta ahí habían llegado las pesquisas.
Capítulo 2
Pedro, el discordante de la familia.
G
raciela los fue conociendo poco a poco, a medida que iban apareciendo por la casa. Tanto Ruperta, como Pedro y Jorge, eran los que más pegas ponían por todo. A
Alba la conoció un fin de semana que vino para relajarse, después de los exámenes, y le pareció una chica con algo más de sentido común, seguramente se parecería a su
padre, y a Ryan lo veía todas las mañanas en el desayuno y alguna que otra noche, cuando servía la cena en el comedor familiar. Era un chico que, aparentemente,
parecía serio y aburrido, vestido con traje de chaqueta, corbata y camisa, leyendo la prensa o preparando informes para el día siguiente. Siempre estaba con el teléfono
móvil pegado a la oreja, dando órdenes o hablando con gente importante. Su tono de voz era moderado y rara vez perdía los papeles. Se notaba que sabía lo que tenía
entre manos.
Un sábado por la tarde, Pedro llegó ebrio, después de un encuentro que había tenido con su ex, y llamó al servicio para que le llevaran al salón una bolsa de
hielo. Tenía los nudillos hinchados de dar puñetazos contra la puerta de su todoterreno. Ese fin de semana, le había tocado a Graciela cubrir a la compañera que había
librado. Él, estaba sentado en el sofá blanco, con los ojos a medio abrir. La miró de reojo y dijo:
– Acércate.
Ella se aproximó con cautela, pues ya le habían advertido de su afán por conseguir lo que se le metía entre ceja y ceja, y más, tratándose de mujeres. Estaba
a poco más de un metro de él, cuando la agarró por la muñeca derecha y tiró de ella, provocando su caída en el sofá. Graciela intentó levantarse pero él la apretó contra
su cuerpo, pasándole la lengua, impregnada en alcohol, por el cuello, sobándole los pechos con las manos. Ella sintió pánico ante lo alterado que estaba, y más, teniendo
en cuenta que no quería armar escándalos. Aunque gritara, nadie la escucharía dado que esa tarde únicamente estaba ella y el jardinero, los demás volverían a última hora.
Intentó desasirse de aquellas manos que la intimidaban, pero su fuerza era menor que la de él, a pesar de estar borracho como una cuba. Pedro consiguió ponerla bajo su
figura, y empezaba a subirle la falda cuando alguien lo agarró de los brazos, y lo tiró al suelo. El rostro de Graciela mostraba miedo, desesperación. Permanecía con los
ojos cerrados, a cal y canto, esperando lo peor, cuando Ryan retiró a su primo de encima de su cuerpo. Ayudó a que se levantara y se preocupó por cómo se
encontraba.
– ¿Te encuentras bien? –sus ojos, verde mar, se posaron en el rostro sobrecogido de la mujer.
– Sí, perfectamente –contestó, algo aturdida–. ¡Lo siento mucho, señor!
– ¿Qué lo sientes? –preguntó, extrañado–. ¡Pero si la culpa no es tuya! Debes disculpar a mi primo, seguro que no era su intención. De un tiempo a esta
parte, ha perdido el norte, entre la separación, los problemas con mi tío, una cosa y otra… Aunque eso tampoco lo excusa.
– Mi intención no es causar problemas, señor, le pido por favor, que no se lo comente a sus tíos, o perderé el trabajo –Graciela entendía que lo que acababa
de hacer Pedro estaba mal, pero no podía perder ese empleo, pues era el sustento para ella y su niña de dos años.
– Tranquila, no pasará nada, aunque él se acordará de este día –su primo seguía tirado en la carísima alfombra, incapaz de levantarse por sí mismo.
Con pasos livianos se retiró del salón, enjugándose las lágrimas de los ojos con un pañuelo que llevaba en el bolsillo del delantal. Ryan agarró a su primo
por los codos y lo levantó. Ambos quedaron mirándose a los ojos.
– ¡Eres un indeseable! –espetó Ryan, de muy mal humor.
– ¡Sí, la oveja negra de la familia! Lo escucho todos los días –dijo, en tono burlón y alzando los brazos de forma descoordinada.
– ¿Te parece gracioso? –le tocó con un dedo el pecho para llamar más su atención.
– ¿Desde cuándo te preocupas por el personal de servicio? –comentó irónicamente.
– Desde siempre. Por si no lo sabes, son personas como nosotros y tú no tienes derecho a burlarte de ella. Se gana la vida dignamente. ¿Qué tienes que decir a
eso? –hizo una pausa sin quitarle ojo–. ¡Tú, únicamente te ves a ti mismo y todo lo demás te importa un comino!
– Jajaja… –no paraba de reírse–. ¡Fue a hablar el héroe de la familia!
– ¡Te estás pasando de la raya! –argumentó Ryan, ante las tonterías de su primo.
– No, quien se ha pasado de la raya has sido tú. Nadie te ha llamado y sólo has venido a fastidiarme. En mi casa hago lo que quiero y con quien me dé la gana.
Ellos son simplemente nuestros criados y están a nuestro servicio.
Ryan estaba que echaba humo por las orejas. Sabía que su primo era un bocazas, pero nunca pensó que llegaría a tales extremos. Lo agarró fuertemente por
la camisa y con mirada encolerizada, manifestó:
– ¿Te das cuenta en qué te has convertido? No eres más que un desgraciado –sus ojos echaban chispas–. Espero que sea la última vez que le pones una mano
encima a la chica, de lo contrario… –decidió no acabar la frase. No deseaba continuar por el camino al que su primo lo estaba conduciendo.
– De lo contrario, ¿qué? –quiso saber Pedro, incapaz de mantenerse quieto cinco segundos seguidos.
– No titubearé, ni un solo segundo, en contárselo a tu padre, y seguro que eso no lo quieres, ¿verdad? –él sabía que su tío estaba muy enfadado con Pedro, ya
lo había amenazado en varias ocasiones para que retomara su vida y se olvidara del pasado. Llevaba más de un año viviendo de lo lindo, sin trabajar. Lo suyo, era
estar achispado todo el día y acostarse con cualquier mujer que se presentase a tiro.
– ¡No te atreverás! –exclamó divertido y levantando un dedo en señal de advertencia.
– ¡No me retes, sabes que lo haré! Tu padre ha trabajado y se ha sacrificado mucho para llegar a dónde está, y no vas a ser tú, quien lo va a demoler.
Pedro intentó darle un puñetazo a su primo, pero éste, harto de reflejos, consiguió esquivar sin problemas el puño que iba hacia su ojo derecho, agarrándolo
con fuerza y devolviéndoselo con furia. Con rabia, se frotó las manos y se largó del salón, directo a su dormitorio, dando trompicones, cruzando las piernas y chocando
con algunos muebles que encontraba en su camino.
Graciela había pasado mucho miedo y, desde una zona oculta, comprobó cómo Ryan había amenazado a su primo y le había cantado las cuarenta. Ella
trabajaba en esa casa para servir a la familia, pero no para ser la ramera de nadie. No quería perder el trabajo pero tampoco iba a consentir que ese suceso se volviera a
repetir.
Las semanas siguientes fueron tranquilas. El vástago de la familia aceptó la propuesta que le había hecho su primo de ingresar en un centro para dejar, de
una vez por todas, su adicción al alcohol. Habían sido muchas horas de charlas pero por fin había reconocido que tenía un problema. Su madre no estaba por la labor,
pues siempre había sido el niño de sus ojos, pero al comprobar que él pedía ser internado, no opuso resistencia. El mismo Ryan fue quien lo llevó hasta el lugar,
despidiéndose, ambos, con un sincero abrazo, pues durante un largo período de tiempo estaría totalmente incomunicado con el exterior. Nada de móviles, nada de recibir
llamadas ni visitas. Imposible abandonar el centro salvo que lo fueran a rescatar.
Mientras, Graciela respiraba más tranquila. El hecho de vivir bajo el mismo techo que un hombre que había intentado agredirla sexualmente, le ponía los
pelos de punta. Ryan había estado muy atento con ella en las últimas semanas, preocupándose por su estado anímico, y transmitiéndole confianza y seguridad. Aquel
chico, recto y adusto, se convirtió, ante los ojos de ella, en un joven risueño y agradable.
Ella se mostraba indiferente ante las miradas de él. Sabía perfectamente que no podía mezclar el placer ni la amistad con el trabajo, una regla imposible de
romper y, si se quebraba, sería el final de una relación laboral. Además, no estaba preparada para tener otra relación tan pronto, todavía perduraba el aroma varonil de su
pareja, entre sus ropas, entre sus pocas pertenencias; todavía lo sentía tras ella, abrazándola, besándola. El destino había querido que sus caminos se separaran, el reloj
de Marcos se paró aquel fatídico día mientras que el de ella, continuaba dando las horas. Se negaba a volver a sentir algo por otro chico; sentía que, haciendo eso, estaría
engañando a su difunto marido.
Aparte de las miradas robadas y las frases de preocupación, entre los dos comenzaba a surgir algo, por el momento, difícil de desovillar. Por un lado
Graciela, atada al pasado y con una única misión en la vida: hacer feliz a su niña. Por otro Ryan, con una carrera prometedora por delante, muchas responsabilidades que
su tío había descargado sobre él, y un corazón dispuesto a amar que, en muchas ocasiones, se sentía solo.
Un martes por la noche, se encontró mal. Tenía fuertes dolores intestinales y llamó para que le llevasen una manzanilla a su dormitorio. Graciela se la hizo
con mucho cariño y se la llevó con una rodaja de limón, sobre una bandeja de plata. Al entrar, lo vio acostado en la cama, con la sábana hasta la cintura y el pecho
desnudo. Estaba pálido y con la mirada perdida. Ella se acercó y le preguntó dónde le dejaba la infusión. Ryan la miró y le dijo que se sentara a su lado. Graciela
obedeció, pues confiaba en aquel hombre. Removió varias veces la manzanilla con la cucharilla de acero inoxidable, y se la acercó a los labios. Bebió con desgana, pues
odiaba las infusiones, hasta que sintió la necesidad de vomitar. Corrió hasta el servicio y durante unos minutos estuvo devolviendo todo aquello que le atormentaba el
estómago, consiguiendo una notable mejoría en cuanto acabó. Regresó al dormitorio y Graciela ya no estaba. Volvió al baño y se enjuagó la boca, pues tenía un
desagradable sabor a vómito. Al regresar, alguien tocaba en su puerta. Era ella, que volvía para limpiarle el baño, pues intuía que quedaría hecho un asco. Él le dijo que
no hacía falta, que lo haría al día siguiente, pero la mujer insistió. Se internó en el baño con su bayeta, un frasco con lejía y un ambientador. Él la observaba desde el
marco de la puerta, incapaz de quitarle el ojo de encima. Le parecía una mujer inmensamente sexi, a pesar del ridículo uniforme que le obligaba a usar su tía, con la falda
por debajo de la rodilla, una blusa de color azul celeste y el delantal por encima.
– Conmigo, no tienes por qué comportarte así –expuso, dibujando una ligera mueca de dolor por las molestias estomacales.
– ¿Disculpe? –dijo extrañada y sin mirarle a los ojos. No sabía realmente a qué se refería.
– Quiero decir, que no hacen falta tantos formalismos ridículos, creo que somos más o menos de la misma edad y yo no soy igual que mi familia; de hecho, ni
siquiera soy hijo de ellos, ni hermano. Mis tíos me adoptaron cuando apenas tenía unos meses de vida.
– Lo siento, señor, pero no me está permitido familiarizarme con los miembros de la familia. Es usted muy amable conmigo –Graciela deseaba conocer su
historia, pero le había quedado bien claro que nada de confianzas. Los ojos los tenía anclados en el suelo.
– ¡Pues sí que tomas a pecho las absurdas normas de mi tía! –dijo, después de pensar en cada una de las palabras susurradas por ella.
– Mi trabajo consiste en servirles a ustedes, por eso me pagan. Creo que cumplo a rajatabla todas las tareas y me siento feliz por ello –pronunció, consciente
de que eso era lo único que sabía hacer.
– Vale, vale, no te enfades, solamente quería que supieras que puedes contar conmigo para lo que necesites, y que no me mires con inferioridad, ni
subordinación. Trátame de igual a igual.
– Eso no podrá ser –contestó con voz preocupada.
– ¿Y eso, cuál es la razón por la cual no podemos ser amigos?
– La razón es obvia, señor Ruiz. Yo soy una simple sirvienta o empleada, llámelo como quiera, y usted es una persona culta y que pertenece a la alta
sociedad, no quedaría bien que se mezclara con personas de mi clase social –pronunció con claridad.
– Yo hablo y me relaciono con quien me da la gana, no me importan las clases, ¡eso son mitos! Debes cambiar tu forma de pensar –comentó Ryan, al tiempo
que le tocaba la barbilla con su dedo índice.
– Disculpe, debo irme –nerviosa, recogió las cosas que tenía sobre el mueble del baño y salió de su dormitorio.
Los días siguientes a esa noche, Graciela procuró no coincidir a solas con él, pues ese hombre la intimidaba extraordinariamente, y sabiendo cómo era ella de
sensiblera, podría llegar a enamorarse de él, algo que nunca debería de suceder. Afortunadamente, la propietaria de la casa le dio tres días libres, los cuales tenía pensado
aprovechar para disfrutar de su niña y olvidarse del hombre que le estaba robando los sueños.
Llegó a su casa sobre las once de la noche, cansadísima. El chófer de la familia la había llevado hasta la estación de autobuses en el coche de Pedro, un
todoterreno de color negro, y ahí, había cogido un bus que la dejó a pocos metros del edificio donde vivía su madre. No le había avisado de que había conseguido un
permiso de tres días y, cuando entró, tanto ella como la niña estaban dormidas. Se dirigió a la habitación de su progenitora y le dio un beso. Al lado, estaba la cuna de la
pequeña. La tomó en brazos y se la llevó para su dormitorio, acostándola en su cama. Cogió un vaso de leche de la nevera y se acostó. Necesitaba dormir varias horas
seguidas, y eso, únicamente lo conseguía cuando volvía a su hogar.
Al día siguiente, ayudó a su madre a limpiar la casa en profundidad y por la tarde se acercó al parque infantil con Patricia. Le encantaba observar la cara de
felicidad de su niña cuando se subía en un columpio, o bajaba por el pequeño tobogán rojo. La pequeña no se merecía vivir en la pena. Debía ser feliz, relacionarse con
otros niños de su edad y jugar mucho. En unos meses comenzaría el colegio, lo que liberaría un poco a su madre de estar todo el día pendiente de ella, teniendo en cuenta
que casi tenía ochenta años y ya no estaba para esos trotes.
El siguiente día lo pasaron las tres en la playa. Habían preparado varios bocadillos, unas botellas de agua y cogido un autobús. Era la primera vez que la
niña pisaba la arena y se sintió feliz de vivir ese momento junto a ella.
El tercer día fue más de descanso. Por la mañana salió a hacer unos recados para su madre y por la tarde durmió la siesta y jugó con la niña en el pequeño
salón familiar. No quería separarse de ella pero no había otra solución. En la mansión donde trabajaba ganaba un buen sueldo y, estando allí, no gastaba prácticamente
nada. Todo el salario lo ahorraba para mantener a Patricia. Cuando llegaba a casa, le entregaba a su madre la mitad de lo que ganaba para los gastos que ocasionaba la
niña. Lo que no sabía ella era que, ese dinero, era ingresado en otra cuenta que su madre había abierto en una entidad bancaria, a nombre de la pequeña.
A las seis de la mañana abandonó su casa, con mucho pesar, para coger nuevamente un autobús y regresar a su trabajo. Luis la esperaba en la estación una
hora después, nuevamente en el todoterreno de Pedro.
Era sábado y en la mansión había mucho revuelo. Cuando entró por la cocina, fue informada de que esa noche se oficiaría una fiesta en los jardines. Se
celebraría el aniversario de boda de Alfred y Ruperta y, como venía siendo habitual, no escatimarían en gastos. Los propietarios habían contratado a más personal para
la recepción y el jardín estaba impecablemente engalanado, con preciosos adornos florales, guirnaldas y antorchas. Al parecer, acudiría gente muy importante y todo
tenía que estar perfecto. El personal de servicio debía salir con el uniforme que tenían para los eventos importantes.
Aproximadamente sobre las ocho, Ruperta decidió pasarse por la cocina e inspeccionar cómo iban los preparativos y si los empleados estaban vestidos, de
acuerdo al evento. Pidió a María que los reuniese a todos y en menos de cinco minutos los tenía en fila. Comenzó a analizarlos desde los pies hasta el cabello. Cada
detalle era sumamente importante. Se paró delante de Suso y le recriminó que llevaba los zapatos sin sacar el brillo suficiente. El hombre se disculpó, alegando que
todavía no había acabado en el jardín y que después los dejaría impecables. Ruperta lo miró fijamente a los ojos y le dijo que sus invitados pertenecían a la alta sociedad,
y que se fijaban en todo. Su intención no era estar en boca de todos por esos pormenores. Todo lo contrario, quería que fuese una ocasión que nadie olvidara.
Continuó pasando revista hasta llegar a Graciela. Se colocó frente a ella y fijó la mirada en su cintura.
– ¿Has engordado?
– No, señora –respondió la mujer con cierto nerviosismo.
– A mí me parece que sí, y esas prendas te delatan. Esa blusa marca todo tu estómago y no te sienta bien. Sube a tu habitación y cámbiate de ropa –se pasó
las manos por la cintura para que la mujer comparara su cuerpo con el de ella–. María, acompaña a Graciela y facilítale una talla más de camisa. No quiero que
llame la atención de esa forma. ¡Es horroroso, por Dios!
– Sí, señora. Ahora mismo se la busco.
– Graciela, a partir de mañana haz algo más de ejercicio para bajar el abdomen y cuida tu alimentación –tras ese comentario, cualquier persona ajena a la casa
pensaría que Ruperta se preocupaba por el personal que trabajaba para ella, pero, los que allí estaban, sabían que lo único que le importaba era lo que pensara la
gente que visitaba su vivienda, los amigos.
– No se preocupe, señora –respondió la mujer, totalmente avergonzada y mirando al suelo.
– ¡Claro que me preocupo! Todos vosotros sois responsabilidad mía mientras estéis trabajando aquí, y la imagen vale más que mil palabras –en ese momento
sonó su móvil. Ojeó la pantalla y, antes de retirarse, finalizó diciendo–, y por favor, levanta esa cabeza o se te formará chepa.
– Lo siento, señora. No volverá a ocurrir –irguió su cuello y ganó varios centímetros en la altura.
Ruperta salió del habitáculo para atender la llamada, pero, unos minutos después, regresó a la cocina para comprobar si la comida estaba preparada.
– ¿Está todo preparado, Lucía? –desde la puerta revisó rápidamente toda la cocina.
– Sí, señora. El servicio de catering ya ha traído los canapés- −la mujer buscó con la mirada el albarán.
– ¿Has comprobado que han traído lo que les he pedido?
– Lo he comprobado por la lista que usted me ha dejado esta mañana. Canapés de gulas y gambas, aguacate y bonito, anguila ahumada, cangrejo con
mahonesa, de pulpo, cecina y jamón de pato. También han traído jamón ibérico y los preferidos del señor. Crostini de berenjena, rollitos de salmón ahumado con
queso y sobrasada con huevos de codorniz y orégano –observó nuevamente la lista con las gafas de leer y concluyó–. Y no podía faltar la alfombra de huevo y
caviar, sus preferidos –Ruperta la escuchó atentamente y asintió con la cabeza.
– ¿La tarta también ha llegado?
– Sí, señora. En el refrigerador está una impresionante tarta de dos pisos.
– ¿Tal y cómo les he solicitado? ¡El postre es muy importante, Lucía!
– Lo comprendo, señora. La repostera ha acompañado esta nota. Supongo que será la que usted había pedido –le tendió el apunte.
Ruperta abrió el sobre y en el interior estaba el detalle de la tarta de aniversario. Los bizcochos eran de vainilla en forma circular. El primero, relleno de
crema de araní y cubierto de ganaché de chocolate con crema. El de arriba relleno y cubierto de masa fondant blanca y dos cintas negras. Como decoración le habían
colocado dos flores comestibles, varias rosas blancas, capullos y hojas. En la parte superior emplazaron unos discos, también comestibles, con las alianzas plateadas y
el número del aniversario en polvo. La dueña guardó el sobre en el bolsillo de su pantalón y se dirigió al refrigerador para ver el aspecto físico del pastel.
Una vez que todo estuvo en orden y los asistentes comenzaron a llegar, la familia fue presentándose para recibirlos. Únicamente faltaba Pedro, pero ese año
no podrían contar con su presencia. Los invitados iban totalmente engalanados, como si se tratase de una boda, con exclusivas joyas, elegantes trajes y los vestidos más
caros y espectaculares. Entre los asistentes destacada una mujer rubia, muy alta y con un cuerpo despampanante. Llevaba un vestido de chifón de cola, color verde con
un generoso escote delantero en forma de V, decorado con cuentas y lentejuelas, del diseñador Roberto cavalli. El pelo lo llevaba recogido en un moño alto, lo que hacía
que pareciese mucho más alta de lo que realmente era. Estaba siempre acompañada de hombres y, desde que entró por la puerta, tanto Ruperta como Alfred, no habían
dejado de tener atenciones con ella. Graciela se había fijado en la joven, por su forma de moverse entre los demás, por los preciosos ojos verdes esmeralda que resaltaban
de su piel bronceada, los blancos dientes que relucían al sonreír. y un atractivo lunar que tenía en el vértice izquierdo del labio superior. Era una mujer bella, elegante y
muy sexi. También se dio cuenta que no se despegaba del lado de Ryan, que por cierto, estaba guapísimo con un esmoquin de Boss y pajarita de seda. No cesaba de
tomarlo de la mano cada vez que se movían para saludar a alguien, o acariciarle las mejillas con ferviente deseo. Otro detalle que no le pasó por alto, fue que Ruperta
estaba muy pendiente de un joven que había llegado a la fiesta, solo. Un hombre que no llegaría a los cuarenta años con un atractivo prodigioso. Graciela supuso que
sería algún sobrino o familiar y no le dio importancia hasta que los vio escondidos tras las paredes de los baños exteriores. Uno de los camareros contratados a mayores,
le había comentado que un hombre se había encontrado mal y había vomitado en los baños. Consideró que lo mejor sería acercarse allí y dejarlo en condiciones de uso,
pero jamás pensó que se encontraría a su jefa tonteando con un hombre más joven que ella. Ruperta, abrazaba con sus manos el rostro de él cuando ella se acercó. Los
tres se quedaron de piedra pero ella supo reaccionar. Se disculpó y salió corriendo hacia la cocina. Allí, tomó un vaso de agua y regresó a la fiesta con una bandeja con
jamón ibérico. Entretanto se iba acercando, se fijó en lo bonito que habían dejado el jardín. La piscina estaba adornada con farolillos de papel que flotaban en el agua,
había antorchas y velas por todas partes, y las pérgolas estaban ornamentadas con preciosas guirnaldas. Le parecía el escenario ideal para rodar una película de cine
norteamericana. A medianoche, tiraron fuegos de artificio y de fondo sonaba la canción de la pareja: Woman in love, de Barbra Streisand. Alfred, rodeaba su esposa con
ambas manos y le besaba el cuello. En ese momento, sacó del bolsillo interior de su traje de Dior, una caja que contenía una pulsera de diamantes blancos. Ella no se
había emocionado ni soltado ninguna lágrima. Únicamente abrazó a su marido y fingió darle dos besos. Se mostraba fría. Graciela pensó cómo reaccionaría ella si su
esposo le hiciera un regalo así. Lloraría, reiría y lo besaría, claro que eso nunca ocurriría, por dos razones. Su marido estaba muerto y, aunque estuviese vivo, jamás
podrían permitirse tal lujo. Seguramente esa joya costaría lo que él ganaría en dos o tres años.
La fiesta terminó muy tarde y, por lo que escuchó, había sido todo un éxito. Los invitados habían quedado satisfechos con el servicio,

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