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Libro PDF La sombra del inquisidor – Roberto Ciai & Marco Lazzeri

La sombra del inquisidor - Roberto Ciai & Marco Lazzeri

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La luz del sol se abría en el cielo como la cola
de un gigantesco pavo real dorado y esparcía
sobre las olas del mar verde miles y miles de
luciérnagas que iluminaban y movían su brillo al
unísono, palpitando, elegantes, sobre las olas.
Un calor terrible envolvía Alejandría aquella
tarde. Desde el puerto de Eunostos hasta lo que
quedaba del lago Mareotis al este de la ciudad
vieja, el reflejo era intenso y cegador. Se sentía
que entraba en los ojos aun a través de los
párpados cerrados, cual rayo feroz de un antiguo
dios enfurecido.
Abrasado por el soplo de aquel horno, el
puerto parecía extrañamente tranquilo, casi
dormido. En la dársena estaban fondeadas
numerosas naves de carga egipcias y un trirreme
griego, con el enorme ojo blanco pintado en el
casco fijo en el horizonte. La nave cabeceaba
indolente, tensando el cabo del ancla con el
mismo crujido de chicharra que se escuchaba día
tras día en todos los puertos del mundo. Las
velas estaban enrolladas con cuidado y atadas
rígidamente en torno al mástil. Un solo marinero,
con la cabeza afeitada y ambos lados cubiertos
con un paño de lino blanco, se movía en cubierta
con las pocas energías acumuladas por el tórrido
calor. Otras pequeñas embarcaciones la
rodeaban oscilando con lentitud, cual descaradas
rémoras que rodearan el enorme escualo.
Levantaban algunas salpicaduras, que se
nebulizaban en el aire y parecían evaporarse por
el calor aun antes de que las gotas volvieran a
caer en el agua. Sobre la dársena, algunos
escribas protegidos por grandes parasoles
tomaban nota de las mercancías, que llenaban
cestos de mimbre de todas dimensiones.
Gaviotas, blancas como dientes, inmóviles
encima de los noráis. Resaca que ponía al
descubierto cintas verdes de algas sobre masas
de piedra clara. Olor salitroso. Las velas
chocaban al ritmo de las ráfagas del viento. Por
todas partes, la silenciosa sinfonía del mar.
El Heptastadion, la vía más grande, partía en
dos la dársena y se zambullía en el agua,
marcando durante un largo trecho la superficie,
hasta la isla de Faros. Aquí, circundada por
escollos puntiagudos y guardada por las enormes
estatuas del rey Tolomeo Filadelfo y de la reina
Arsínoe, la torre luminosa se alzaba más de
doscientos cincuenta codos. El faro era un coloso
de mármol y piedra de un candor deslumbrante,
que se decía era visible casi desde la isla de
Rodas, incluso en caso de tempestad. Aparte de
los encargados de la hoguera, que vivían en el
interior del edificio durante meses enteros, pocos
hombres habían tenido el privilegio y la fuerza
de llegar al ápice, donde ardía el gran fuego.
Contaban que se asomaba uno en el medio del
cielo, con la perspectiva de un dios: todo
minúsculo, más allá de toda comprensión. Naves
como insectos negros y sutiles cabellos de
caminos, edificios como el Museion y la
legendaria Biblioteca, que habían sustituido
definitivamente a la Academia y el Liceo de
Atenas en la cultura de la época, observados
desde aquella altura eran pequeños granitos de
sal.
En la Biblioteca se custodiaban cerca de
setecientos mil volúmenes en rollos de papiro:
todas las obras del hombre, desde Tales en
adelante, recogidas durante años y años de
paciente labor. A poca distancia surgía el Soma,
que contenía el cuerpo sepulto de Alejandro
Magno.
De la puerta del Sol a la puerta de la Luna,
recorría la ciudad la vía del Canopo, que,
incluso en aquella tarde calurosísima, estaba
llena de gente que se movía sin tregua, vestida
con una simple falda o con un palio claro sobre
la bronceada piel. Los esclavos llevaban
pequeños palanquines de madera de papiro
cubiertos de telas blancas, por las que asomaban
brazos deslumbrantes de pulseras. Unos mulos
cargados de mercancías levantaban lentamente el
polvo de la calle, los aguadores ofrecían
cucharones que sumergían sensualmente en
jarras de cobre de brillante superficie. Gritos,
órdenes, plegarias. Mugidos. Tintineo de
cascabeles. Y, sobre todo, el sol. Sus rayos
cegadores encendían resplandores en los muros
blancos de las casas elegantes y lujosas del
Bruqueion y de las bajas y desgarbadas del
barrio hebreo.
Aquí las casas eran blancos bloques
cuadrangulares con pequeñas ventanas
profundas, cerradas con cortinas de algodón azul
sostenidas por sutiles varillas de menos de un
codo de largo.
Asomado a una de ellas, inmerso en la tenue
atmósfera de la luz ambarina que filtraba el
tejido, un hombre anciano dejaba vagar sus ojos
por el panorama y por las maravillas de aquella
ciudad única en el mundo conocido, nacida según
los principios geométricos de la urbe ideal de
Aristóteles. Parecía gozar del esbelto sosiego de
la soledad y esperar con paciencia que el sol
descendiese sobre los mares occidentales y sobre
las tierras resecas de Cirene.
El hombre aspiraba el gusto especiado de las
hojas que él mismo secaba y desmenuzaba
sabiamente y, al mismo tiempo, disfrutaba del
regusto salobre que salía del mar. El humo de la
pipa de caña se dispersaba lentamente en el aire
inmóvil, y se hacía de improviso invisible una vez
cruzado el tramo que separaba la sombra de la
luz de la tarde, dejando tras de sí un olor
agradable.
Su perfil aguileño y afilado se veía envejecido
por una larga barba blanca mechada de gris.
Vestía una túnica ligera de amplias mangas,
escotada sobre unos hombros huesudos y
marcados por la larga exposición al sol.
La atención dedicada al espectáculo que
ofrecía aquella vista encantadora no le impidió
sentir los pasos que se aproximaban a su
derecha, tan ligeros que bastaba para hacerlos
casi imperceptibles. Aspiró otra vez; después los
ojos se hundieron en una sonrisa llena de
alegría.
—¡Tío Jetró! ¡Tío Jetró!
El viejo se volvió hacia la niña y le acarició
los cabellos rizados y oscuros, como si fuera
madera quemada al fuego. La piel era morena y
los ojos, negros de azabache. Se parecía tanto a
su hermana que estaba tentado siempre de
llamarla Sara en vez de Miriam.
—Adorada sobrina, ¿qué quieres de tu viejo
tío? —le preguntó, con los ojos ancianos
adornados por el afecto.
—Tío Jetró, hemos llegado. Mamá los está
haciendo entrar.
Jetró la levantó y dejó que lo abrazase
aferrándolo alrededor de la nuca. Le murmuró
cálidas palabras de ternura, con el rostro
inmerso en sus cabellos perfumados. «¿Cómo no
se va a amar la existencia que reserva perlas tan
inestimables, y cómo no se van a dar gracias al
Señor por lo que nos da día tras día? La vida es
un collar de estas perlas al cuello de cada uno de
nosotros», pensaba el viejo.
La niña le tiró de la barba y alargó el brazo,
indicando con la manita. El hombre volvió a
darse la vuelta hacia la costa, más allá de la
ventana abierta, siguiendo con la mirada el
pequeño dedito y entrecerrando los ojos por la
reverberación del sol sobre la refulgente piel del
mar. A lo lejos se veía una vela, aparentemente
inmóvil, como un trozo de confeti suspendido en
el aire. Pero nada es verdaderamente inmóvil en
la vida.
—Bien —murmuró, con la sonrisa que moría
—. Comportémonos como buenos anfitriones, en
nombre del Altísimo.
ANTECEDENTES
GRANADA, OCTUBRE DE 1492
Abrió los ojos.
Pasó con viscosa lentitud de la inconsciencia a
la vigilia, escalando, paso a paso, un plano
inclinado de sufrimiento. Aguzadas hoces
lacerantes se enlazaban con breves instantes de
alivio inesperado. El aire estaba inmóvil, casi
líquido, y respirar se asemejaba a flotar de noche
en un lago, por el esfuerzo desesperado de tener la
boca fuera del agua.
Tiniebla sobre tiniebla. Oscuridad amontonada
sobre otra oscuridad. Después, los colores de
recuerdos lejanos se sobrepusieron al negro y
crearon imágenes deformadas, angustiosas y
desesperadas. La memoria retrocedió a retazos
obsesivos, parecidos a algo que se observa correr
detrás de una celosía sin poder distinguir bien los
contornos.
Por algún rincón de la mente recordaba la
lectura de las actas, declamadas en alta voz por el
notario durante el proceso: «Die quarto mensis
Junii se le detuvo, acusado de cumplir los
mandatos del israelita no arrepentido. Ministri
duxerunt eum ad locum tormentorum»i.
Una maraña de dolores diversos, todos
incandescentes y enlazados por vínculos
indisolubles a cada pequeña parte de su cuerpo.
Tan intensos que superaban a menudo los confines
bioquímicos de las terminaciones nerviosas,
cuando el cuerpo de un hombre ya no siente
sufrimiento.
«Eodem die Domini mandarunt eum elevari, y
es elevado y colgado con los brazos a la
espalda»ii.
Los hombros dislocados solo permitían
movimientos desarticulados. Ya no sentía las
cadenas que lo habían atado a los aros murales,
pero es una pobre consolación, una libertad de la
que de ningún modo se puede gozar.
«Aún estoy vivo», se repetía cientos y cientos
de veces, los pensamientos que se retorcían como
las mujeres en el parto. «Todavía soy un hombre, a
pesar de todo. Tengo la dignidad de un hombre y
no la perderé por ninguna razón del mundo, pase lo
que pase. No les permitiré que me humillen
también mentalmente, después de haber destruido
mi cuerpo».
Comenzaron de nuevo con la cuerda, que entró
en las muñecas y desvelaba viva la carne de los
brazos del condenado. Atormentado cuarenta horas
por los funículos hasta los huesos y en el tormento
precitado acabó en carne viva, buena parte de la
cual terminó después machacada y podrida.
Abandonado sobre un camastro, notaba el
hedor nauseabundo de sus

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