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Libro PDF La tienda secreta 2 Misterio en Roma Eugenio Prados

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EL aspecto del hombre era tan peculiar como la manera en la que se comportaba.
Vestido con un abrigo negro, llevaba un paraguas del mismo color con mango plateado. Tras sacudirlo exactamente tres veces lo colocó junto a la puerta. Después
hizo lo mismo con los zapatos, frotándolos despacio tres veces sobre el suelo. Después avanzó hacia ellos. Los miró a través de unas gafas estrechas y de montura casi
invisible. Gotas le resbalaban por los cristales, y el hombre, sacando un pañuelo, se las quitó y empezó a limpiarlas. Estuvo así durante un largo minuto. Luego se las
volvió a poner.
A Ana le pareció que estaba más ante un robot que ante un ser humano.
—Acérquese —dijo ante el silencio que mantenía el aparecido—. Dígame en qué podemos ayudarle.
El hombre, como si calculara la distancia entre él y el mostrador, avanzó con cinco pasos de la misma longitud.
Ana entonces vio más de cerca sus rasgos: aunque no era viejo, era difícil determinar su edad. Según le daba la luz parecía alguien joven o viejo. Incluso su acento le
resultó extraño cuando le dijo:
—Hace un día espléndido. Lástima que mi trabajo me mantenga siempre tan ocupado. He visitado algunos de los lugares más bellos de este planeta, pero nunca he
podido disfrutar de ellos. Me temo que es el precio que tenemos que pagar los que nos dedicamos a esto.
Y el hombre, en lugar de mirar a Ana, posó su vista en Bastien.
Un vértigo recorrió al ayudante al sentirse observado por aquel desconocido. Observó sus ojos y los notó pequeños y curvados, que le daban a su mirada un toque
oriental. Su parpadeo era inconstante, a veces rápido y otras muy lento, y sus pestañas eran largas.
—¿Usted también se dedica a las antigüedades? —preguntó Ana con tono profesional.
—No. Solo soy un humilde ayudante. —Lanzó otra mirada a Bastien—. Una persona al servicio de alguien que sí que es experto en este oficio.
—¿Cuál es su nombre?
—¿El mío o el de la persona a la que represento?
—El suyo, para empezar.
El hombre tardó en responder, como si al pronunciarlo fuera a revelar demasiado sobre su persona. Con un leve movimiento de hombros, por los cuales bajaron
varias gotas de lluvia, dijo:
—Francesco —y estiró su mano derecha—. Francesco Marianelli.
Entonces quedó claro que el acento con el que hablaba era italiano; aunque tan difuminado que podía pasar perfectamente por español.
—Yo soy Ana —dijo devolviéndole el saludo.
—Fauré, supongo —añadió Francesco.
Ana asintió. Al parecer la noticia de que ella era la nueva propietaria de la tienda había corrido rápida entre el resto de Casas; aún así se sorprendió de que el
italiano conociera su apellido.
Francesco, con la parsimonia que lo caracterizaba, abrió la cremallera de su abrigo y buscó en uno de los bolsillos interiores.
Aquel gesto hizo que Ana, Bastien y Erika se pusieran alerta.
—Calma, solo soy un mensajero que transmite información —explicó Francesco—. No soy peligroso.
—Pues explíquese de una vez —dijo Erika, cada vez más intranquila ante aquella presencia.
Del abrigo había sacado una tarjeta, que giró varias veces para comprobar que no se había deteriorado en su viaje hasta Francia. Entonces dijo:
—Las Casas no suelen ser amigas unas de otras. Todas se tienen en gran consideración, y precisamente por ello, jamás se ayudan. Cada dueño que se retira o muere
es un motivo de alegría para los demás. Un comportamiento que, en mi opinión, me parece de lo más abyecto. Las Casas deberían apoyarse. Compartir conocimientos.
Unirse en la búsqueda de objetos que sorprendan al mundo.
Ana intentó ver el nombre que había escrito en la tarjeta, pero le fue imposible. Francesco no dejaba de darle vueltas.
—Por eso, y con ese deseo de alianza, les traslado la propuesta de la persona que me envía: una colaboración entre dos Casas para trabajar mano a mano sobre un
hecho ocurrido hace pocos días en Italia, que puede ser de lo más jugoso. Por eso deseo que acepte la invitación de esta Casa.
Tras darle un par de giros más Francesco dejó la tarjeta sobre el mostrador.
Ana notó la extraordinaria calidad del papel, de color hueso y delicadas letras en relieve. Al leerla no le sonó el nombre de la Casa. No se lo había oído decir a
Bastien, ni lo había visto entre los cientos de papeles y dibujos de su padre que había organizado durante este tiempo.
—Casa Scarlatti. Quartiere Coppedè, Roma —leyó en voz alta. En la segunda línea no había escrito ningún número de teléfono ni otra forma de contacto. Tan solo
un nombre, que tampoco le fue familiar—. Bárbara.
Al tocarla notó que la tarjeta, además, estaba perfumada. Un aroma a dalias y crisantemos penetró en su olfato. ¿Así olía la persona que se la había enviado? Ana
se giró hacia sus amigos para comprobar su reacción. Erika tenía el mismo semblante que cuando viajaron a Praga para buscar las lentes de Volterra: una mezcla de
inseguridad, pavor y curiosidad por ver hacia dónde llevaba aquello. Sabía que la acompañaría si era necesario. Sin embargo, cuando miró a Bastien comprobó que su
reacción era muy distinta. Estaba paralizado. Incapaz de pronunciar una palabra. ¿Significaba que conocía a esa mujer? ¿Que la consideraba peligrosa? ¿Más aún que la
Casa Sibelius?
Francesco, que parecía acostumbrado al efecto que producía el nombre de su jefa entre la gente, le dijo a Ana:
—La señora Scarlatti quiere conocerla. No debe preocuparse por el precio del viaje ni del alojamiento. Mi señora corre con todos los gastos. Podrá instalarse en su
residencia. Un lugar que estoy convencido de que será de su máximo interés.
—¿Qué desea tu Casa de mí? —preguntó Ana—. No entiendo esa colaboración de la que me habla.
—Primero tiene que decir si acepta el trato o no. Entonces le explicaré con más detalle. Debe comprender que se trata de un asunto de la máxima gravedad, y la
señora Scarlatti quiere llevarlo con discreción. Estamos en los primeros pasos de algo que puede ser grande, y no desea compartir sus conocimientos nada más que con
usted. ¿Qué me dice?
Ana no respondió, pero su decisión ya estaba tomada. ¡Por supuesto que iba a aceptar! Cómo no hacerlo. Cómo rechazar aquel regalo, aquella oportunidad de salir
de las cuatro paredes de la tienda y llevarla nada menos que a Roma, donde entablaría conversación con la que parecía una de las Casas más poderosas que existían. Sería
una idiota si desaprovechaba la ocasión.
—Señor Marianelli, estaré encantada de… —comenzó a decir Ana, cuando la voz de Bastien, elevándose por encima de la de ella, la interrumpió:
—Gracias por haber venido hasta aquí, pero rechazamos la oferta.
—¿Cómo? —exclamó Ana—. ¿Qué dices?
Francesco permaneció inmóvil, como si la contestación de Bastien hubiera sido un ruido tan insignificante como el aleteo de una mosca.
—Me temo que es la señorita Fauré quien debe dar la respuesta, no usted.
Bastien salió del mostrador y se acercó a Francesco.
—Ana no tiene nada que decir. En esta tienda somos dos, y cuando una de las partes no está de acuerdo en algo, la otra se calla y lo acepta.
—¡Bastien! —Ana no podía creer lo que oía.
—Usted es solo un ayudante —dijo Francesco—. Igual que yo.
Bastien se aproximó más y su mentón quedó tan cerca del de Francesco que estuvo a punto de tocarlo con su barba.
—No queremos saber nada de ti. Ni de la dueña de la Casa Scarlatti. Así que lárgate, si no quieres volver a Roma con varios dientes de menos.
El cuerpo de Francesco se tensó, y bajo aquella apariencia desapegada y distante, se encendió una chispa que lo mostró como alguien mucho más peligroso de lo
que aparentaba a simple vista.
—No hay que amenazar a quien no se conoce —dijo—. Es un consejo que le doy.
La boca de Bastien se abrió y de ella salió un sonido que, más que una frase, fue el gruñido de un oso.
—¡LAR-GO DE A-QUÍ!
Ante la falta de reacción de Ana, fue Erika quien puso fin al enfrentamiento.
—Bastien, contrólate —le reprendió—. Este comportamiento no es digno de ti. Y usted, Francesco, haga el favor de marcharse. En estos momentos Ana no está en
condiciones de tomar una decisión.
Bastien resopló, y Francesco, con el gesto más rápido que realizó desde que entró en la tienda, tomó la tarjeta del mostrador. Mientras la volvía a guardar, le dijo a
Ana:
—Hay oportunidades que solo ocurren una vez en la vida, y usted, por desgracia, acaba de desperdiciar una. Veo que todavia tiene que aprender mucho sobre su
oficio. Sobre todo en lo referente a controlar a sus subordinados. Informaré de su decisión a la señora Scarlatti. Buenos días.
Un trueno sonó a la vez que Francesco tomó su paraguas, después salió de la tienda y lo abrió. Bajo la arcada, sin que ninguna gota cayera aún sobre él, quedó unos
segundos parado, para luego tomar el camino de la izquierda. Entonces su figura vestida de negro se perdió en la lluvia.
Ana se derrumbó sobre un taburete y observó el vacío de la entrada de la tienda. Por allí desaparecía, pensó, la oportunidad que tanto llevaba esperando. El
comienzo de una nueva aventura. El conocer a Bárbara Scarlatti. Una catástrofe de la que Bastien tenía toda la culpa.
Su ayudante daba caladas a la pipa, convencido de que había hecho lo correcto.
Erika se colocó entre los dos, como un árbitro obligado a poner paz. Fue a consolar a Ana y vio que su amiga se tocaba la ristra de pendientes que adornaban su
oreja izquierda, haciéndolos entrechocar. Cosa que hacía cuando planeaba algo. Quiso acercarse y darle un abrazo, cuando Ana se levantó del taburete, y con una
velocidad que contrastó con la apatía que había mostrado hasta ahora, salió corriendo de la tienda.
A Bastien se le cayó la pipa al suelo al ver a Ana cruzar por delante de él, y sus peores augurios regresaron.
A pesar de que se sentía débil y con el frío todavía adherido a los huesos, Erika se dijo que no podía dejar sola a su amiga.
Y salió tras ella.
C AP TULO 3 NYO NS BAJO LA LLUVIA
UN vendaval golpeó a Erika nada más pisar la calle y pensó que le sería imposible alcanzar a Ana.
¿Por qué ha tenido que ocurrir esto ahora? Justo cuando ibas a contarle lo más importante.
Los pasos de Erika resonaban sobre el suelo empedrado. Corría lo más rápido que podía, a pesar de que con cada respiración sus bronquios solo se llenaban hasta
la mitad y luego expulsaban un débil resuello. Una fatiga que Erika sabía que no era causada por el gélido ambiente ni por el largo viaje, ya que no había dejado de
sentirla desde hacía dos meses.
En un giro atisbó el largo cabello negro de Ana y se esforzó por seguirla. Sin rastro de Francesco, pensó que Ana tomaría algún atajo para llegar a él. Era lógico
deducir que si aquel hombre había venido en coche hasta Nyons, éste lo tendría que haber dejado aparcado en las afueras debido a que la mayoría de las calles de la
población eran peatonales. Por la categoría del negocio que representaba seguro que conducía un coche de gama alta.
Todo ha salido al revés de como lo habías planeado, se dijo Erika enfadada consigo misma. Habías ensayado mil veces la manera de contárselo: el continuo
agotamiento, la dificultad para respirar y las fiebres intermitentes que te hicieron ir al médico. Los análisis de sangre que te hicieron. Los malos resultados que dieron.
Junto al cansancio habían aparecido otros síntomas, como las motitas de color rojo oscuro que le habían brotado en los brazos y en las piernas, o los cinco kilos
que había perdido en poco tiempo, y que se notaban en sus pómulos y en su ya de por sí huesuda cadera.
Luego te hicieron la biopsia y todo quedó claro, iniciándose una cuenta atrás imposible de parar.
Ana se mantenía una docena de metros por delante de Erika, y ambas al poco llegaron a un despejado espacio cercano el río Eygues que se usaba como
aparcamiento. Frente a ellas aparecieron las montañas que rodeaban Nyons, y Erika se dio cuenta de que los colores del terreno habían cambiado desde su anterior
visita. Del intenso verde que cubría las laderas y el violeta claro que desprendían los campos de lavanda a los tonos marrones de las hojas secas y los viñedos.
Qué belleza, pensó Erika, reduciendo el paso al ver que Ana también se detenía y buscaba el coche de Francesco, convencida de que estaba allí. Su amiga se giró y
Erika cambió su rostro apesadumbrado por una luminosa sonrisa.
La lluvia ahora caía sin freno y las nubes grises estaban tan bajas que atravesaban las cimas de las montañas.
—Si has venido para decirme lo mismo que Bastien será mejor que… —dijo a la defensiva Ana.
—No —replicó Erika, haciendo un esfuerzo para que su débil voz se escuchara por encima del torrente de agua—. Puedes hacer lo que quieras, pero lo que no voy
a permitir es que estés a solas con ese desconocido. ¿Quién sabe lo que puede hacer?
Erika se dio cuenta de que Ana no prestaba atención a sus palabras, sino que observaba su rostro.
—Estás sin respiración. ¿Te encuentras bien?
—Es demasiado rápida —contestó Erika con una nueva sonrisa.
No preocupes a Ana más de lo que está. Sería muy egoísta por tu parte añadirle un nuevo pesar. Una persona solo está enferma cuando se muestra a los demás
como tal, y ahora Ana te necesita sana. Permanece a su lado y aprovecha cada segundo que te queda para ayudarla.
—¿Puede ser ese el coche de Francesco? —dijo entonces Erika, señalando un Tesla Model S de color negro que salía del aparcamiento y avanzaba hacia ellas. Erika
se aproximó a Ana y se colocó en el centro de la carretera con una clara idea en mente.
—No permitiré que se vaya sin escucharte.
El coche seguía acercándose como si no estuviera delante.
—Erika, apártate —dijo Ana—. No va a parar.
—Lo hará —dijo Erika—. No le queda más remedio.
Y si te atropella no tienes nada que perder.
Ana se hizo a un lado y agitó los brazos en dirección al Tesla.
—¡Francesco, detente!
Pero el vehículo no paraba.
—Parará… —repitió Erika.
Entonces notó que alguien se colocaba a su lado. ¿Era Ana?
El coche recorrió unos metros más, cada vez más rápido, y Erika no pudo evitar cerrar los ojos. Acepto lo que tenga que ocurrir. En ese momento oyó un frenazo.
Al abrir los ojos otra vez vio el Tesla parado a un metro de distancia. La ventanilla del conductor se abrió y apareció la cabeza de Francesco.
—Qué imagen tan adorable. ¿De verdad pensaban sacrificarse por la señorita Fauré?
Erika comprobó que la presencia que había sentido su lado no era la de Ana, sino la de Bastien. Las había seguido hasta el aparcamiento y se había colocado junto a
ella para enfrentarse también al coche.
Ana, fuera de la carretera, los miraba desconcertada.
—Sé que no puedo hacer nada para que Ana no acepte ese estúpido trato —dijo Bastien—. Pero lo que sí está en mi mano es evitar que se presente allí ignorando
la naturaleza de la persona que la quiere conocer. Alguien que, gracias a lo que me contó Jean-Jacques Fauré sobre ella, sé como es.
—¿La conocía mi padre?
Bastien, apenado por la actitud que había tenido con ella, dijo:
—No quería que lo supieras, pero me temo que ya no hay remedio… —dijo entre fuertes gotas de lluvia—. Ella…, Bárbara Scarlatti…, fue la amante de tu padre.
Ana sintió que se abría un abismo bajo sus pies.
Francesco aproximó el coche hasta ella y sacó un brazo por la ventanilla. Portaba una carpeta de cuero.
—Ahora que dispones de esta nueva información, te entrego los datos necesarios para que comprendas mejor el caso que mi señora investiga. Junto a la
documentación hay billetes de avión en primera clase para todos los que quieran venir. La señora Scarlatti les espera dentro de tres días en su casa.
Ana tomó la carpeta a la vez que una sensación la envolvió: la de que a pesar de haber descubierto al asesino de su padre, de haberle dado sepultura y haber
continuado con el trabajo de su tienda, no sabía nada de él.
Francesco cerró la ventanilla del Tesla y se alejó con la misma parsimonia y misterio con los que había venido.
—Mejor volvamos a la tienda —dijo Bastien—. Allí te contaré todo mejor.
Ana estuvo de acuerdo y se volvió hacia Erika para que los tres regresaran juntos a la Casa Fauré, cuando vio que su amiga se llevaba una mano a la cabeza.
—¿Erika?
La lluvia, el frío, la tensión y lo que ocurría en su cuerpo, habían hecho que las escasas fuerzas que tenía se le escapasen del todo.
—Lo siento… —dijo tambaleándose y cayó al suelo—.
Erika oyó cómo Ana gritaba su nombre y corría hacia ella.
Tendrás que inventarte una buena excusa, pensó. Contarle a Ana que ha sido una bajada de tensión, o de azúcar, o que tienes un poco de anemia. Cualquier cosa
con tal de que ignore la gravedad de lo que te ocurre, y que descubra que en lugar de en Nyons deberías estar en un hospital. Lo que sea con tal de que nunca sepa que
lo que tienes es…
Sintió que Bastien la tomaba en brazos.
… leucemia.
Erika perdió el conocimiento.
C AP TULO 4 NO TAS SO BRE UN SUC ESO EN RO MA
LO que había dentro de la carpeta que Francesco le entregó a Ana era un iPad, en cuyo interior se encontraban una serie de documentos que explicaban las
circunstancias que iban a llevar a Ana hasta la Casa Scarlatti. Había noticias sacadas de webs de periódicos italianos, convenientemente traducidas, junto a una serie
fotografías y vídeos que desvelaban el carácter del caso.
El primer texto era una portada del Corriere della Sera de hacía cuatro días, cuyo titular rezaba:
«HALLADO EL CADÁVER
DE UNA JOVEN
EN LARGO DI TORRE ARGENTINA»
En el texto interior se explicaba la noticia con más detalle: el cuerpo de una chica, de tan solo veinte años de edad, había sido hallado en las ruinas de uno de los
templos por los responsables del refugio de gatos situado en esa misma plaza. Una inusual concentración de felinos llamó la atención de los trabajadores y al acercarse
descubrieron la causa. La policía acordonó la zona con rapidez.
«LA CHICA FUE ASESINADA»
El siguiente artículo daba el nombre y el apellido de la víctima: Nicoletta Cenci, y la causa de su muerte: una puñalada en el corazón. Pero poco más. La policía,
evitando dar pistas sobre la investigación, dejó de proporcionar información a la prensa; si bien otros medios de comunicación lograron dar con lo que querían a través
de otros métodos.
«MÁS DETALLES
SOBRE LA MUERTE DE
NICOLLETTA CENCI»
La mejor cobertura del asesinato apareció un día después en una web especializada en sucesos —bellamorte.it— que afirmaba que la joven no solo había sido
apuñalada, sino también mutilada. El cuerpo se había encontrado desnudo de cintura para arriba y era apreciable una profunda herida debajo del pecho izquierdo. El
asesino se lo había extirpado para llevárselo como trofeo. Según la página se habían realizado pruebas para determinar si la chica había sido violada antes de morir. El
resultado fue negativo.
«ASÍ ERA NICOLETTA»
También había varios videos pertenecientes a informativos de la televisión. En ellos aparecían fotografías de Nicoletta extraídas de su perfil de Facebook e
Instagram, donde la mostraban como alguien alegre y que disfrutaba de la compañía de sus amigos y de su familia. En varias instantáneas aparecía junto a Giulia, su
hermana pequeña. También era una buena estudiante —en una imagen aparecía con la última matrícula de honor que había sacado en la carrera de matemáticas que
estudiaba—; y sus padres, al ser asaltados a la puerta de su casa por la prensa, señalaron que: «Lo único que Nicoletta nos ha dado es amor. Y lucharemos para que ese
sea el recuerdo que quede de ella».
La siguiente pieza era una entrevista con el prestigioso criminólogo romano Vincenzo Garrone.
Pregunta: Sobre la víctima se conocen multitud de datos. Se ha reconstruido su vida y podemos hacernos una idea de cómo era antes de morir. Sin embargo, del
asesino apenas ha transcendido nada. No sabemos si conocía a Nicoletta o la escogió al azar. ¿Qué puede decirnos sobre él, profesor Garrone?
Respuesta: Por el modo en que la atacó, estamos ante individuo que tenía claro a qué tipo de persona quería hacer daño. Buscaba a alguien de una determinada
edad, con unos rasgos físicos concretos. Un tipo muy específico de mujer que, por desgracia, Nicoletta cumplía a la perfección. Mi teoría es que el asesino la apuñaló en
el corazón en una calle cercana y luego la trasladó hasta Largo di Torre Argentina. Allí la mutiló y escapó de la zona. De este modo llegamos a uno de los puntos más
interesantes del caso: el motivo por el que la amputación del pecho se llevó a cabo precisamente en ese lugar.
P: Largo di Torre Argentina está integrada por las ruinas de varios templos. La postura en que Nicoletta fue encontrada, con una mano tapándose el pecho herido,
dando la impresión de algo escenificado.
R: Sí, este crimen tiene enormes connotaciones ritualistas. El hecho de representarlo en un templo, en concreto en el llamado de Aedes Fortunae Huiusce Diei, da a
entender que quería mostrar su obra no solo a personas, sino también a seres más elevados. Quizá a antiguos dioses romanos. Lo que indica una visión trastornada de la
realidad, dentro de la cual se está preparando para actuar otra vez.
P: ¿Está seguro de que volverá a matar?
R: Sí, y lo antes posible. Largo di Torre Argentina no es uno de los monumentos más conocidos de Roma. El asesino tiene una visión más grande de sí mismo.
Necesita que sus actos sean vistos por el mayor número de ojos. Si por él hubiera sido, y hubiera tenido los medios necesarios, no tengo dudas de que el cuerpo de
Nicoletta Cenci habría aparecido en el centro del mismo Coliseo.
P: Permita que discrepe en este aspecto, pero el perfil psicológico que nos da sobre el asesino no coincide con las últimas informaciones aparecidas. Hablo de la
nota escrita a mano por el mismo autor y que al parecer ha sido hallada dentro del corte del pecho. ¿Cree usted…?
R: Perdone, pero no voy a hablar sobre ese detalle. Yo me considero un profesional y solo me guio por mis más de treinta años de experiencia y las declaraciones
realizadas por las autoridades. Una imagen de dudosa procedencia aparecida en una web, sin indicar la fuente y que, si se piensa con frialdad, podría haber sido hecha
por cualquiera, solo sirve para entorpecer el trabajo de gente que, como la policía o yo mismo, intentan arrojar un poco de luz sobre este delito.
P: Gracias por su tiempo, profesor Garrone.
«LA NOTA ENCONTRADA
EN EL CUERPO DE NICOLETTA
ES AUTÉNTICA»
La página bellamorte.it, ante las dudas manifestadas sobre su publicación de la nota hallada en el cuerpo, no solo se reafirmó en su exclusiva, sino que la volvió a
publicar, esta vez a mayor resolución, anunciándola como «la llave para entender la mente del asesino».
El último documento proporcionado por la Casa Scarlatti era una transcripción de esa nota, que decía así:
«Aquí dejo la prueba de lo que está por venir. Yo no traigo la muerte, sino la vida. No traigo el dolor, sino la esperanza. Mis actos no serán comprendidos,
porque no siguen la lógica de los hombres. Quien guía mi mano es alguien extraordinaria y divina, pura, perfecta y eterna.. ¡Santa entre las santas, ten piedad de tu
siervo y muéstrate para adorarte como te mereces!»
Ana leyó todo aquello sin separarse un segundo de Erika.
C AP TULO 5 UN ENC UENTRO ENTRE LIBRO S
Alicante, Biblioteca Pública Azorín. Martes, 21 de octubre, 09:15h.
El silencio era constante y agradable, por eso Martín pasaba allí la mayor parte del tiempo. Después de una larga búsqueda, había encontrado un lugar aún mejor
que la biblioteca de la universidad. Aquel lugar había perdido poco a poco su encanto, donde la proliferación de estudiantes en épocas de exámenes lo había convertido
en un sitio insoportable.
Esa era la causa que más se repetía para justificar su traslado; aunque había otra de mayor importancia que sabía que tarde o tempreano tendría que aceptar:
Cada rincón de la biblioteca de la universidad le recordaba a Ana.
—Disculpa, joven —le preguntó de pronto un hombre de setenta años y gafas de montura redonda que, con un papel en la mano, lo sacó de sus pensamientos—,
¿sabes dónde puedo encontrar este libro?
A causa de las largas jornadas que pasaba en su interior, a veces confundían a Martín con uno de los bibliotecarios. Él intentaba tomárselo como un cumplido.
—Debe ir a la sección de novelas y allí buscar estas letras escritas, que corresponden al comienzo del apellido del autor. Los números de abajo indican…
—¿Me puedes acompañar?
—Qué remedio…
Llevó al hombre hasta la estantería adecuada y extrajo el libro que deseaba: La Romana, de Alberto Moravia.
Bueno, pensó Martín, al menos tiene buen gusto.
El hombre le dio las gracias y se colocó las gafas redondas para luego irse a un sillón y comenzar a leer. Martín les echó un vistazo. Su forma le recordaba las de
otras.
Las de Volterra.
Gracias a esas lentes había conocido a Ana, y no había nada de lo que se arrepintiera más que del modo en que se había comportado desde el fin de aquella
aventura. Con lo fácil que hubiera sido seguir en contacto con ella y demostrarle que era tan simpático y ocurrente como cualquiera, y no la arisca rata de biblioteca que
parecía. Pero se quedó parado como un idiota ante la cercanía que Ana mostró hacia otra persona.
—¿El tiempo entre posturas? —le preguntó entonces una mujer.
—¿Qué? —Martín no podía creer que fuera otro lector despistado.
—Busco el libro El tiempo entre posturas.
—Querrá decir El tiempo entre costuras.
—Pues eso.
No había dudas, era una despistada.
—Signatura N, de novelas; DUE, de Dueñas; y TIE, de tiempo.
—Y ¿dónde está eso?
Martín le indicó la dirección que debía tomar; pero la mujer se lo tomó mal.
—¿No me lo das tú?¡Qué poco profesional! —le recriminó, y se alejó entre murmullos.
Martín pensó que aquel día estaba siendo más extraño de lo normal.
Sin querer hablar con nadie más, se adentró en una de las secciones menos visitadas —antropología filosófica— y pensó que lo mejor era seguir al margen del todo.
Durante los últimos días, no había contestado los mensajes que Erika le había enviado. En ellos le decía que iba a visitar a Ana a Nyons y quería que lo
acompañara. Le pareció la más estúpida de las ideas.
Por nada del mundo iba a salir de Alicante.
En ese momento una tercera persona se acercó a él. Era mucho más joven que las anteriores, de no más de veinte años, que sin más rodeos le dijo con tono
enigmático:
—¿Quieres que te recomiende un buen libro?
—¿Perdona? —dijo Martín.
—Se encuentra en esta sección —dijo la chica y le entregó una nota—. Es de un autor conocido, pero que ya nadie lee. Una pena. Espero que tú sabrás apreciarlo
mejor.M artín miró la nota y vio el título.
—¿Por qué me dices esto? ¿Tú lo has leído?
—No —respondió la chica—. Sin embargo, quien me ha dicho que te lo recomiende está convencido de que te gustará.
—Pero si me acabas de decir…
—¿Te digo dónde está?
—No hace falta —contestó Martín y se separó de la chica invadido por una sensación familiar.
En la signatura 821 PER OBR encontró el libro. Se trataba de La sombra, de Benito Pérez Galdós. Sin embargo, el volumen no estaba en una estantería, sino en las
manos de una persona. La que menos ganas tenía de ver.
—Debí imaginar que eras tú desde la primera persona que me habló.
Aleksi Sibelius acarició el libro sin apartar la vista de la portada.
—Cuando con cinco años comencé a estudiar español —le dijo a Martín—, mi padre me obligó a leer este libro ocho veces. Quería que fuera capaz de entender el
significado de cada palabra, por complicada que fuese. Lo tengo tan grabado en la memoria que puedo recitarte párrafos enteros sin equivocarme. Al comienzo de la
historia se describe el gabinete de un alquimista. Un lugar que, cuando era niño, me recordaba al castillo donde vivía, pero que ahora me ha hecho rememorar otro sitio
con un ambiente distinto: la Casa Fauré.
Martín se preguntó qué demonios había ido a hacer Aleksi allí.
—Mis memorias sobre la tienda son cada vez más borrosas —dijo—. Tendrás que refrescarme la memoria de cómo era. Tú has estado muchas más veces que yo.
Los fríos y azules ojos de Aleksi levantaron la vista del libro por primera vez.
—Llevo sin ver a Ana el mismo tiempo que tú.
—¿Es eso cierto? —preguntó Martín, disimulando el pequeño placer que sintió al oírlo.
—Las normas no escritas de las Casas dicen que no deben entablar amistad entre ellas, ni tampoco aliarse, incluso en los casos más extremos. A no ser, claro, que
se trate de una estrategia para perjudicar al otro. Por lo tanto, el que haya estado apartado de Ana, y ella de mí, se puede considerar una buena señal. Significa que
todavía no queremos destruirnos el uno al otro.
—Y ¿qué ha pasado para que ahora quieras hacerlo?
Aleksi abrió La Sombra y de entre sus páginas apareció un recorte de periódico que ofreció a Martín. Estaba escrito en italiano, pero podía traducirse con
facilidad:
«SE TEME UNA NUEVA ACTUACIÓN
DEL ASESINO
DE NICOLETTA CENCI»
—¿Qué es esto?
—El motivo de una unión entre Casas que no debe suceder.
Aleksi Sibelius relató a grandes rasgos a Martín el nexo entre aquel crimen cometido, Ana y la aparición de la Casa Scarlatti.
—Bárbara, la dueña de esa Casa, ha utilizado la muerte de esa chica para conocer a Ana. La ha invitado a viajar hasta Roma, y espera trabajar junto a ella para
averiguar quién es el asesino.
—¿Las Casas de antigüedades también se dedican a resolver crímenes? —preguntó con sorna Martín.
—A Bárbara le importa poco el responsable de esos actos. Como la mejor anticuaria de toda Italia que es, lo que de verdad le atrae es un aspecto de la historia, que
la policía ha pasado por alto, o todavía no ha investigado a fondo.
La hoja de diario estaba acompañada por dos imágenes: una del lugar donde había ocurrido el crimen y otra con la reproducción de la nota dejada supuestamente
por el asesino.
—Santa entre las santas —leyó Martín—… ten piedad de tu siervo y muéstrate para adorarte como te mereces… ¿Qué significa?
—Esa frase es música celestial para la Casa Scarlatti debido al tipo de objetos que vende. Bárbara es experta en reliquias, y su olfato le ha indicado que ahí hay un
posible negocio.
—Y quiere a Ana para…
—Se puede decir que Bárbara Scarlatti y Jean-Jacques Fauré mantuvieron hace años una relación que fue más allá de lo profesional. Ahora, al saber que la tienda
volvía a abrir, le ha entrado curiosidad por conocer a la hija de quien fue su amante. Circunstancia que me parece de lo más sospechosa.
Martín no le preguntó a Aleksi cómo sabía todo aquello. Estaba claro que su ejército de chivatos y confidentes a su servicio había realizado su trabajo, y que aquel
hecho había activado una señal de alarma.
—Entonces quieres decir que Ana está en peligro.
Las pupilas de Aleksi eran dos puntas de iceberg fijas en él.
—Tanto como cuando mi padre ordenó la muerte de Jean-Jacques.
—¿Por qué no has ido entonces a Nyons para advertírselo?
Martín vio cómo la mano de Aleksi que sujetaba el libro temblaba.
—Mi padre me odia tanto como yo a él. Sigue todos mis movimientos, y si descubriera que quiero ayudar a Ana tendría la excusa perfecta para meterse en el juego
y hacer todo el daño posible. Por eso quiero que tú actúes en mi lugar.
Martín lo rechazó de inmediato. Lo que Aleksi decía iba en contra de su idea de mantenerse ajeno a todo. Pero el hijo de Seppo Sibelius no tenía intención de
marcharse con un no como respuesta.
—No sé el motivo por el que has decidido estar separado de ella. Tampoco me importa. Pero si sigues al pie de la letra mis instrucciones, no tendrás que cambiar
tu comportamiento. Podrás actuar en un segundo plano, si eso es lo que quieres. Solo deseo que viajes a Roma y me informes de lo que ocurre. Yo no puedo ir sin que
mi padre me descubra. Bastante me ha costado venir hasta aquí sin levantar sospechas. De esta manera protegerás a Ana y, si sale todo bien, conseguirás que te mire
con nuevos ojos. Eso te gustaría, ¿verdad?
Si Aleksi estaba tendiendo sus hilos para convertirlo en una marioneta, Martín los cortó de golpe.
—No tienes ni idea de lo que me gustaría; si no sabrías que si voy a aceptar tu propuesta no es tanto para alejar a Ana de la Casa Scarlatti, si no para averiguar tus
verdaderas intenciones. Nunca me he fiado de ti y no voy a empezar a hacerlo ahora. Pero al menos así descubriré si intentas hacer algo en tu beneficio.
Sin replicar Aleksi tendió la mano para sellar el acuerdo. Martín hizo lo mismo y sintió la palma de Aleksi, fría y llena de cicatrices, provocadas por el incendio que
destruyó los anteojos de Volterra.
—Todo sea por Ana —dijo Martín.
—Así sea —dijo Aleksi, y sus ojos brillaron como la superficie de un lago helado.
C AP TULO 6 B RBARA Y JEAN JAC QUES
Nyons, Casa Fauré. Martes, 21 de octubre, 23:04h
Ana y Bastien no habían dejado de vigilar a Erika desde su desmayo el día anterior.
Tras llevarla a la tienda, su primer impulso fue llamar a un médico. Pero nada más oírlos Erika despertó y como si hablara en sueños, dijo:
—Médicos no… Ellos no me curarán… No pueden hacerlo… No…, por favor…
Tampoco se dejó quitar las ropas empapadas, como si no quisiera deshacerse de ellas por nada. Luego quedó en una duermevela, en la que pasó todo el lunes y
gran parte del martes. Ahora se había levantado y, tras cenar con un hambre voraz, había dicho que se encontraba mejor y que le apetecía dar un paseo por Nyons para
despejarse por completo.
Ana y Bastien aceptaron y aprovecharon aquel momento para hacer las maletas y comentar en privado su estado de salud.
—¿Crees que ha sido un simple enfriamiento? —preguntó Ana—. ¿Una leve hipotermia?
—Es posible —respondió Bastien, doblando uno de sus chalecos—. El cambio de atmósfera de Alicante a aquí ha sido demasiado brusco para ella y eso le ha
provocado el síncope.
—Ojalá sea solo eso. —La preocupación de Ana era evidente.
—Claro que sí. Ya has visto que está muy recuperada.
Pasó un minuto en el que Bastien siguió metiendo ropa en la maleta, pero donde ninguno de los dos dijo nada. Hasta que Bastien se detuvo, y dijo:
—Ana…
—¿Qué?
—¿Hay algo más de lo que quieras hablar?
Ana se encogió de hombros.
—Quizá.
—¿Y ese algo tiene que ver con la causa por la que tu padre y Bárbara Scarlatti se conocieron?
—Eso sería un buen comienzo.
Bastien dejó a un lado la maleta e invitó a Ana a sentarse en la cama en la que Erika había descansado. Tardó en dar con las palabras adecuadas.
—Lo primero que debo decirte es que todo lo que sé sobre esa relación lo conozco a través de Jean, ya que sucedió hace más de diez años, mucho antes de que lo
conociera. Me lo contó en una única conversación, a colación de un negocio que nos había salido en Roma. Uno tan apetecible y sencillo que no podíamos rechazar; pero
al que tu padre se negó como si el nombre de esa ciudad le provocase un rechazo insoportable. Nunca había visto a Jean así. Le pregunté la causa de la negativa y, tras
una larga pausa en la que no supe si iba a contármelo o a darme un puñetazo por meterme donde no debía, me dijo que había hecho la promesa de no volver a pisar
Roma en lo que le quedaba de vida. Entonces me contó la historia, pero lo hizo de tal forma que más que a mí, parecía que se la estaba contando a sí mismo.
»Tu padre viajó a Roma a comienzos del año 2001, cuando tú tenías seis años. Fue en busca de una antigüedad a la que había echado el ojo y en la que llevaba
trabajando más de seis meses: una talla de San Bartolomé. Pieza que, según él, guardaba algo de gran valor en su interior, y que quería traspasar de las manos de su
dueño a las suyas. El propietario era un conocido cardenal apellidado Riario, miembro del Pontificio Consejo de la Cultura en el Vaticano, el cual vivía en un lujoso
palazzo rodeado de decenas de imágenes piadosas de las que, usando a su favor su cargo, se había apropiado a lo largo de los años. Él era tanto la puerta de entrada
como el principal problema para hacerse con el San Bartolomé, debido a una característica especial del cardenal: nunca vendía sus obras. Jean-Jacques pensó que la única
forma de conocerlo y entablar una relación con él era acariciando su ego. Y ensguida dio con la idea perfecta que le permitiría ver de cerca al santo.
Tras comprobar que Ana seguía su historia con gran atención, Bastien le explicó que Jean-Jacques contactó con el cardenal haciéndose pasar por un alto cargo del
Ministerio de Cultura de Francia. En su llamada le explicó que buscaban ayuda para una futura exposición en el Museo del Louvre sobre arte religioso, y que estaba
interesado en que él cediera de manera temporal algunas de sus obras; siempre de acuerdo con las más estrictas medidas de seguridad y a cambio de una generosa
compensación económica. Ese último punto fue el que consiguió que Riario aceptara reunirse con su padre.
—Jean-Jacques llegó a Roma solo un día más tarde para preparar con tiempo el encuentro. Lo primero que pensó es que si quería dar la apariencia de funcionario
del gobierno francés tendría que mejorar su imagen. Por eso entró en una sastrería situada en la via de Ripetta, dispuesto a gastarse lo que fuera necesario.
—¿Fue allí donde conoció a Bárbara? —preguntó Ana.
—Sí, pero ella no era la dueña del negocio, sino una simple empleada. Al entrar Jean en la tienda el propietario había salido a visitar a un importante cliente, y fue
atendido por su ayudante. Nada más verse, Jean y Bárbara se gustaron. Ella le preguntó qué tipo de traje buscaba, y tu padre, con aquella voz con la que encandilaba a
todo el mundo, respondió: «Uno con el que pueda seducir a un cardenal». Bárbara sonrió levemente: «Entonces es el encargo más interesante que he tenido en años». Le
tomó las medidas, y los roces y las miradas entre ellos se multiplicaron. A Jean, cuya debilidad eran las mujeres, se le soltó la lengua y le contó más sobre su cita con el
cardenal; también sobre el San Bartolomé que buscaba y las dificultades que tendría hacerse con él. Llegado el momento le hizo una proposición a Bárbara: «Podrías
acompañarme y hacerte pasar por mi secretaria», dijo. «Tu presencia me será de gran ayuda». Bárbara aceptó con otra sonrisa.
Ana se dio cuenta de que Isabel, su madre, conoció a Jean de la misma manera: un encuentro casual en las calles de París, una atracción irresistible y luego una
invitación a conocer su mundo. ¿A cuántas mujeres había engatusado así?
—¿Qué ocurrió después? —dijo Ana—. ¿Cómo fue la visita con el cardenal? ¿Qué salió mal?
Bastien se levantó de la cama y fue hacia su maleta, abrió una de las cremalleras interiores y sacó un cuaderno. Uno que Ana dedujo enseguida que era de su padre;
aunque nunca lo había visto.
—Lo tenía escondido por temor a que lo vieras, pero creo que es el momento de entregártelo. Jean no me respondió a ninguna pregunta sobre el cardenal, pero está
claro que en esa reunión ocurrió algo que marcó para siempre la vida de tu padre. Mira la última página del cuaderno y sabrás a lo que me refiero.
Ana pasó la vista por los cientos de dibujos de monumentos y objetos que Jean había realizado, hasta que se detuvo en uno pintado con un puñado de trazos
negros y que representaba la cabeza de un hombre. Un retrato en apariencia normal, salvo por un detalle: un tajo de cuchillo que recorría su cuello de izquierda a derecha
y del que brotaba un manantial de sangre. También había dibujado un abrecartas. El arma que había sido utilizada en el asesinato.
—Bárbara Scarlatti fue la responsable. Engañó a Jean, que tardó demasiado en percatarse de que esa mujer era mucho más de lo que aparentaba. Que tras su imagen
de simple ayudante de sastrería se ocultaba alguien ambicioso que llevaba años esperando una oportunidad de cambiar su vida, y que aprovechó la primera ocasión que
tuvo para conseguirlo.
—¿Ella mató al cardenal?
Bastien negó con la cabeza. La respuesta era tan sencilla que asustaba.
—No. El asesino fue tu padre.
Ana miró el cuello rebanado y una nube roja atravesó su visión. Mareada, imaginó la escena: su padre atacando al cardenal. La piel abriéndose y dejando a la vista
capas de grasa y músculo. Los ojos del religioso abiertos y mirando al cielo, encomendándose a un Dios indiferente. La sangre salpicando el rostro de Jean. Y Bárbara
Scarlatti mostrando una sonrisa maligna, deleitándose por el modo en que había manipulado a un bobo para entrar en el mundo de las antigüedades. Ana sintió un
profundo odio hacia Bárbara; pero también hacia su padre. Nunca pensó que fuera capaz de matar.
—Lo siento… —oyó decir a alguien que no era Bastien, y Ana miró al frente.
Junto a la puerta de la habitación estaba Erika, que había escuchado la conversación.
Ana tenía el cuaderno abierto entre las manos.
—No sé qué pensar —dijo a su amiga—. Ni qué hacer.
Con un aspecto radiante y energías renovadas Erika lo tenía más claro.
—Yo sí: tienes que ir a Roma y cantarle las cuarenta a esa zorra.
C AP TULO 7 PREPARATIVO S
Roma, quartiere Coppedè. Martes, Villa Scarlatti. Miércoles, 22 de octubre. 07:14h
Desde el amanecer, Francesco Marianelli preparaba la casa para la llegada de los invitados. Tras desayunar, había descorrido las cortinas para que la luz penetrara
en las dos plantas de la vivienda. Después, y con una tarjeta magnética, abrió las quince habitaciones y las diez salas que componían el interior de la villa, comprobando
que todo estaba tal y como lo había dejado la noche anterior. Comprobó que la temperatura y la humedad eran las adecuadas para la buena conservación de las reliquias
que allí se exponían, cuyas formas, grotescas y bellas a un mismo tiempo, contempló con detenimiento:
El corazón incorrupto de San Bernardino.
Seis espinas de la corona de Jesús.
El dedo de San Lorenzo.
Una moneda perteneciente a Judas Iscariote.
Siete astillas del lignum crucis…
Cada sala disponía de diez reliquias, y Francesco las recorrió todas menos la marcada con el número seis. Esa siempre debía permanecer cerrada.
Luego acudió al mercado para comprar los ingredientes que utilizaría en la deliciosa comida que tenía pensada preparar, y en un quiosco se hizo con un ejemplar de
cada diario, de los que sacaría cualquier nuevo dato sobre el asesinato de Nicoletta Cenci.
Cerca de las diez regresó y se dirigió al jardín, ubicado en la parte trasera de la casa. Las hojas secas cubrían el suelo y las barrió para despejar el camino principal,
delineado por los parterres. Regó los crisantemos y las dalias, y junto a la sombra que proyectaban dos cipreses escuchó el gorjeo que surgía del interior del palomar
instalado en la parte sur. Al verlo, Francesco se dijo que era momento de llamar a su señora.
Subió hasta la segunda planta, y de allí a la pequeña torre en la que se encontraba el dormitorio de Bárbara. Entró, pero ella no estaba allí. Las cortinas estaban sin
abrir y, tras hacerlo, Francesco examinó el cuarto y empezó a ordenarlo. Recogió las sábanas tiradas por el suelo y colocó en su lugar el colchón. En la mesilla de noche
tomó la jarra de agua que dejaba todas las noches, y que ahora estaba vacía, y recogió la tableta de pastillas que había junto a ella. No quedaba ninguna. Visión que para
Francesco se había convertido en rutina. Entonces decidió buscar a su señora en el otro lugar de la casa donde podía estar.
La capilla de villa Scarlatti se encontraba en la parte este, construida por el primer dueño de la vivienda, y que fue el elemento que hizo que su señora se decidiera a
adquirirla. De poco más de diez metros cuadrados de superficie, era un lugar apartado y gélido, donde la temperatura siempre era tres grados inferior que en el exterior.
Las piedras con las que se había edificado llamaban al recogimiento, a cual ayudaban las velas colocadas junto al altar, que proporcionaban una etérea luz a la estancia.
Francesco entró allí y encontró a Bárbara arrodillada sobre un reclinatorio. Las manos unidas en posición de rezo y sujetando un rosario.
—Señora —dijo—, según mis cálculos, el avión que trae a la señorita Fauré debe haber aterrizado en este momento. Estimo que ella y sus acompañantes llegarán en
breve. Bárbara Scarlatti no respondió. Francesco se acercó más a ella y advirtió que de los altavoces colocados en cada esquina de la capilla sonaba una melodía. Lo hacía
de forma tan débil que no la había oido el entrar.
—Señora —repitió—, la señorita Fauré…
—Sube la música, Francesco —dijo Bárbara de manera arisca. Después bajó el tono—. Por favor.
Francesco obedeció y reguló el volumen hasta que las voces que se escuchaban de fondo ascendieron a un primer plano. La pieza procedía de la época barroca, y su
señora la escuchaba todos los días, a veces durante horas, de tal modo que Francesco la había llegado a memorizar. Dejó que su letra invadiera el ambiente:
Oh, cuán equivocado está si piensa que los años
No tienen que terminar; debemos morir.
Es una vida de ensueño que parece tan agradable
Qué breve el disfrute; debemos morir.
Por debajo, la señora Scarlatti rezaba, donde lo que decían sus labios se mezclaba con las voces y era difícil distinguir quién decía qué.
Los querubines y los hombres jóvenes
Son objeto de incineración; debemos morir
Los sanos, los enfermos, los valientes y desarmados,
Todos tienen que terminar; debemos morir.
La mirada de Francesco se posó sobre el cuadro dedicado a San Bartolomé que presidía el altar. Atado a un tablón, el santo miraba al cielo instantes antes de que
dos verdugos le arrancaran la piel a tiras. Una imagen de crueldad extrema, pero donde los ojos del santo transmitían un sentimiento que iba más allá del dolor, y que
remitía a los orígenes de la Casa Scarlatti.
Bárbara se levantó del reclinatorio y le entregó a Francesco el rosario, pidiéndole que lo dejara en su dormitorio. Francesco asintió, pero antes de retirarse su señora
lo tomó del brazo.
—Esmérate en todo lo que hagas —dijo—. Hoy es un día especial. Quiero que Ana Fauré tenga una buena impresión de esta casa.
Francesco convino con la orden.
—Haré todo lo que esté en mi mano para no decepcionarla.
Una hora más tarde, un taxi apareció por la entrada principal del quartiere Coppedè, cruzó la Fuente de las Ranas y avanzó hasta la via Ombrone. El sol estaba alto
y el cielo más despejado de lo habitual.
Francesco vio bajar primero a Erika y Bastien, y después a Ana. Esperó en la entrada de la villa, mientras los tres miraban alrededor sin saber con exactitud cuál de
las pintorescas casas que componían aquel barrio era la que buscaban. Cuando al fin vieron a Francesco
 

 

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