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La tierra de laberintos – Ana de Beraza Lavín

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oportunidad a los Señores de la Frontera para que ordenen a tiempo la vuelta.
—Confiemos en que la Naturaleza siga de nuestro lado, de momento, el viento sopla con energía y la pleamar no discurre en contra de Azimut.

de la diosa, ahora es trémula tentación para él. Mal sueña. Visualiza sus manos bailando sueltas y fantasmagóricas sobre un abismo sin senos, arañando el aire; son
zarpas sin presa. Tenebrosa soledad… Una boca muda -la suya- busca insaciable la de Méridi, perdida en un túnel vacío, sin abertura. Lagunas verduscas invaden su
entendimiento allí donde los placeres son desaliento.
Despierta empapado en sudor con los brazos en alto, es un ave rapaz sin alas ni graznido. Avergonzado, esconde las extremidades bajo la toga; mira a todos los lados,
nadie puede ser testigo de su actitud. Se reincorpora sobre el diván, la túnica envuelve su cuerpo en decenas de pliegues. Se imagina a sí mismo ejerciendo un poder sin
límites como Gobernador y Jefe de la Milicia.
Vuelve el sosiego a él. «¡Eso es!… Obligaré a la mayoría de los hombres a alistarse en las tropas; las mujeres serán las que labren la tierra y se encarguen de los
ganados, trabajarán en los comercios y en las tabernas, los hijos compartirán las tareas». Le complace recordar el último precepto aprobado: los ancianos no deben ser
atendidos cuando enferman. «Su tumba ya está abierta». Dicha decisión esconde una inquietud que atormenta su soberbia: desea eliminar de la mente de los pobladores
de Nordiph cualquier recuerdo sobre el poder que los Vigías Dorados un día ostentaron: «Los haré desaparecer». Y, aunque ha comunicado a sus habitantes buenas
noticias respecto a la salud y la riqueza de Arponei, en realidad ansía su olvido. El nuevo Gobernador aspira a formar un ejército que ensombrezca cualquier Fuerza:
«Ningún habitante tendrá queja de mí, se alimentarán de un diezmo de los que produzcan y, en cuanto a los soldados, su sueldo será lo bastante generoso como para que
me sean fiel de por vida».
Capítulo VI
Octavo día de navegación,
La mañana sobre cubierta despierta fría y desangelada, una espesa niebla entorpece el trabajo de los marineros, que apenas pueden ver a un palmo de distancia. Desde
el castillo de proa, Yemani llama a la prudencia:
—¡Los pasajeros más jóvenes no deben correr solos durante las horas nocturnas! ¡Tres niños han desaparecido esta noche!
Los embarcados murmullan inquietos.
—¡Se sospecha —continúa el Capitán—que fueron arrastrados por una ola mientras jugaban cerca de los jardines de popa!
Eric no presta más atención y va en busca de Marta: «¡Los que han desaparecido eran huérfanos, no tenían a nadie que les advirtiera de los riesgos en cubierta!». No
quiere que eso ocurra con su hermana. Da con ella justo cuando está a punto de descender por la escalerilla del tambucho.
—¿A dónde vas?
Marta se ruboriza:
—Abajo.
—Ya veo que vas abajo… Pero quiero saber a dónde exactamente.
La niña duda.
—Trabajo…

Nash y la lluvia primaveral
La Princesa Nash viste llamativos plumajes, su complexión es fuerte y algo masculina, pero anda con gracilidad. Piel oscura y caderas anchas, labios gruesos,
senos turgentes, ojos pequeños de grulla.
Belleza singular.
Un hueso atraviesa en horizontal la nariz de Nash, pues los miembros de la Tribu Buyebere creen que esta costumbre ayuda a percibir los olores más inescrutables
de la Naturaleza. Nash pronto será desposada y, por consiguiente, heredará el trono de su padre, el Rey Yarh. La Princesa espera con ansiedad ese día, durante la
próxima muda de los pájaros, pues será entonces cuando las mujeres de la Tribu elaborarán bonitos vestidos para ella y cantarán las leyendas ancestrales de su
pueblo. Pero hoy… hoy son otras sus preocupaciones… Se dirige a lo más oscuro de la selva, debe ir en busca de Alma, así llama la Tribu Buyebere a la única piedra
no erosionada por el viento y las mareas, aquella protegida por el musgo y los líquenes de la tierra. Es la roca protectora del pueblo Corín, al que pertenece. El Brujo
Mondi ha leído en los huesos de la pezuña de un búfalo y la caída del plomo de la última flecha, que Nash debe traer de vuelta la Piedra Sagrada antes de las próximas
lluvias primaverales o, de lo contrario, la aldea quedará inundada bajo la tromba de agua sin posibilidad de que un solo habitante quede con vida. Alma en poder de
Nash evitará el desastre.
Nash se adentra en la jungla, muchas son las flores venenosas que desean rozar su piel, y muchas las moscas mortíferas que no cesan de zumbar en sus oídos, pero
Nash no siente miedo, debe conseguir llegar a Alma como sea; en la piedra descansan los espíritus de los primeros guerreros Buyebere, aquellos que atesoran el poder
de sosegar las adversidades de la Naturaleza. La Princesa va armada con una flecha y un cuchillo y, atado a la cintura, un conejo cazado esa misma mañana -aún
caliente roza su muslo izquierdo-. Según el brujo Mondi, una altísima empalizada circular de robles, surgida de forma espontánea y natural, guarece la Piedra
Sagrada Alma justo en el centro de la selva. Nash tiene un día por delante para alcanzar el destino, corta la maleza con determinación; algunas lianas dejan libre el
paso nada más notar su presencia. A mitad del camino cocina la liebre para reponer fuerzas. Retoma andadura. Detrás de una concentración de setas gigantes topa
con un loro mudo y un lobo sin garras ni colmillos; por genuinos, son respetados en la selva, no atacados por el resto de las bestias. Los dos animales se unen a Nash
en el camino, tienen la misión tácita de escoltar a la Princesa.
Después de una larga caminata, Nash alcanza el muro natural, se despide del lobo y el loro y trepa por la empalizada apoyándose en los salientes que le ofrece la
rugosidad de la madera. Los nudos se retuercen hacia el cielo. Cuando ha escalado más de la mitad del trecho, una docena de macacos surgen de entre la arboleda,
gritan y se golpean el pecho asustando a Nash, que pierde el equilibrio precipitándose al vacío. Cuatro de los monos se sirven de las colas para frenar la caída de la
Princesa, la ayudan en el ascenso.
Las nubes, blancas y pizpiretas, se transforman de súbito en una masa oscura y pesada. Nash sabe lo que eso significa: la lluvia primaveral no tardará en llegar.

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